Skyhold era todo lo que Solas había prometido y aún más. Es posible que estuviera sucio, abandonado, y que hubiera mucho trabajo por delante: sacar escombros, limpiar el polvo, hacerlo completamente habitable para todos.

Cullen había hecho montar el campamento en el valle, a la orilla nevada del río; a pesar de la nieve perpetua, el clima parecía más clemente de lo que cabía esperar, con cielos despejados y vientos suaves. Los pasos eran estrechos, bien defendibles, pero seguros. Cullen no tardó en explorar los alrededor y reconstruir las atalayas de los picos de alrededor.

Los dos primeros días los pasaron acampados en el patio. El tercero, Cassandra le llevó hasta el extremo del puente que conectaba la fortaleza con la montaña y le señaló el reguero de gente que ascendía la ladera: algunos traían suministros, pero otros eran solo personas normales, sin apenas equipaje.

-Cada vez son más los que hacen el peregrinaje hasta aquí.

Luego la llevó hasta el patio y le ofreció convertirse en líder de la Inquisición. Sin aviso. Sin tantearla antes, o preguntarle su opinión. A Ellara todavía le dolían los huesos de la batalla de Haven. Cuando vio la espada que Leliana le ofrecía, casi se rió.

-¿Le estás ofreciendo el puesto… a una elfa? ¿Estás completamente segura de lo que haces?

-Te lo ofrezco a ti.

Una multitud se estaba reuniendo en el patio. Habían abandonado sus trabajos y aguardaban su respuesta; Leliana sujetaba la espada en silencio, con esa sonrisa serena tan suya, inexpresiva como una máscara orlesiana. Josephine y Cullen estaban a los pies de las escaleras, mirándola, esperanzados. Ellara sintió la presión caer sobre ella como un chaparrón, un escalofrío que le recorrió la columna vertebral.

Ni en sus más descabellados sueños podría haberse visto en un lugar como Skyhold, rodeada de personas que esperaban a que se convirtiera en su líder. Ella no era un líder, nunca lo había sido. No sabía inspirar a la gente ni dar discursos grandilocuentes; no tenía las dotes de mando que tenía Cassandra, ni la fina diplomacia y facilidad de palabra de Josephine, ni el carisma y autoridad de Cullen. Pero les tenía a todos ellos.

Hacía semanas que se había convertido en el Heraldo de Andraste. ¿Qué importaba otro título? Recogió la espada de las manos de Leliana y la alzó, como una promesa. Luego hubo gritos, vitoreos, aplausos. Alguien la presentó en voz alta como Inquisidora, y era un título grandilocuente que sonaba demasiado bien. Cullen alzó la espada con ella y sus soldados enloquecieron. El fuego prendió y de golpe, ya no eran unos refugiados que acababan de ser derrrotados y buscaban empezar de nuevo; ya no luchaban contra el imposible. De golpe, eran capaces de todo.

Ellara sintió esa llama prender en ella también. No era insensible a ese clamor; y por primera vez, sintió que estaba donde debía estar.

Así que la vida continuó, pero ahora todo el mundo se inclinaba a su paso y la llamaba Excelencia, y en vez de dormir en una tienda del patio o en una litera en los cuarteles, tenía unos enormes aposentos que irían llenándose de muebles caros.

Después de siete días en Skyhold, parecía que las cosas habían retomado el ritmo de Haven. Sus números aumentaban a marchas forzadas. Josephine conseguía aliados hasta entre la nobleza más improbable; Leliana, mientras tanto, intentaba rastrear cualquier movimiento sospechoso alrededor de la Corte de la Emperatriz Celene, pero con una guerra Civil fraguándose en Orlais nada parecía inocente.

Cullen recibía a los nuevos reclutas y reorganizaba el ejército. Con voluntarios llegando cada día desde Orlais y Ferelden, estaba tan ocupado como Josephine y Leliana.

Al octavo día convocaron el primer Consejo de Guerra, que empezó con fuerza pero terminó completamente desalentador. Seguían sin tener nada a lo que aferrarse; Corypheus estaba hecho del material de las pesadillas, y pocos que no le hubieran visto en el campo de batalla, junto al Archidemonios y rodeado de templarios rojos, creerían en su existencia. Sin embargo, encontraron a Varric esperándoles a la salida con gesto culpable.

-He escrito a un amigo mío. Puede que sepa algo, se ha cruzado con Corypheus antes.

-Los aliados nunca sobran -asintió Josephine-. Tráele al Consejo en cuanto llegue.

-Ya está aquí. Pero… quizá sea mejor que se reúna con la Inquisidora a solas. Creedme, es complicado.

Ellara no lo dudó. Siguió a Varric hacia un lugar poco transitado de las murallas, un recoveco de las almenaras donde un hombre les esperaba.

-Inquisidora, este es Hawke.

Hawke tenía una presencia inmensa. Llevaba una armadura ligera y el báculo cruzado a la espalda.

-¿El Campeón de Kirkwall?

-Ya no suelo utilizar mucho ese título.

Hawke tenía la voz profunda y segura. Ellara escuchó todo lo que le tenía que decir y le preguntó todo lo que se le ocurrió, lo que les llevó gran parte de la mañana. Hawke parecía un hombre seguro de sí mismo, pero estaba tan confuso como ellos. Su mejor pista era un Guarda Gris llamado Strout, un amigo que investigaba el lirio rojo de los templarios de Kirkwall y que, temiendo la corrupción de los altos cargos de los Guardas, se había escondido.

Hawke les ofreció su ayuda. Ellara no dudó en aceptarla, bien sabía que en ese punto necesitaban toda la posible.

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Abajo, en el patio, Cullen establecía las nuevas rotaciones de la guardia y hablaba con alguno de los templarios que se habían unido recientemente. Luchaba contra su impulso de utilizarlos como guardianes de los magos, y en cambio, los distribuía entre las distintas secciones del creciente ejército, tratando de aprovechar su experiencia y su disciplina.

Al ascender las escaleras, se encontró con Cassandra contemplando fijamente las murallas con el ceño fruncido. Siguió su mirada, y distinguió a la Inquisidora sentada al borde, con las piernas colgando, y a un hombre a su lado. Estaban hablando. El hombre le resultaba conocido, y entonces comprendió el enfado de Cassandra.

-¿Ese es Hawke?

-Voy a matar a Varric.

-Puede que no sea el mejor momento para matar aliados.

-Ese maldito enano mentiroso… me dijo que no tenía ni idea de cómo contactar con Hawke. Y yo le creí.

-No sirve de nada lamentarse ahora, Cassandra.

-Necesitábamos a Hawke. Leliana y yo buscamos al Héroe de Ferelden por todas partes, pero con ella desaparecida, Hawke era la mejor opción para liderar la Inquisición. Él hubiera estado en el Cónclave, quizá hubiera podido…

La voz de Cassandra se diluyó con rabia, pasando de la furia a la desesperanza. Se culpaba de lo ocurrido en el Cónclave, igual que lo hacía Leliana; lloraban la pérdida de la Divina Justinia como se llora a un amigo.

-No sabemos qué hubiera ocurrido si Varric te hubiera llevado hasta Hawke -dijo, intentando animarla-. Puede que ni siquiera hubiera aceptado convertirse en Inquisidor. Lo que sabemos es que la tenemos a ella -señaló a Ellara con la cabeza-. El Hacedor ha debido mandarla por algún motivo. Tenemos que creer en eso.

Cassandra asintió lentamente, recobrando la compostura. Se cruzó de brazos y miró a Cullen de reojo; él no apartaba la vista de la Inquisidora.

-¿Le has dicho que ya no tomas lirio?

-Esperaba el momento adecuado.

-No creo que vayas a encontrarlo.

-Eso me temía -suspiró Cullen.

Antes de que pudiera dar alguna otra excusa, uno de sus hombres se acercó y se cuadró ante él con un gesto rápido.

-Comandante, el prisionero acaba de llegar.

-Avisa a la Embajadora y a la Inquisidora. Y que preparen la sala del trono para el juicio.

Cullen salió a recibir la carreta blindada que trasladó a Alexius desde Ferelden hasta Skyhold. Paseó alrededor mientras supervisaba cómo dos de los soldados abrían las puertas y se aseguraban de apretar los grilletes antes de hacerle bajar. El Magistrado arrastraba los pies, orgulloso pero dócil.

El Comandante custodió a Alexius hasta la sala del trono donde soldados, trabajadores y peregrinos empezaban a congregarse. Había nobles y plebeyos por igual, vestidos con los extravagantes ropajes de Orlais o los más sencillos de Ferelden. Josephine apareció trotando por una de las puertas laterales, comprobando unas notas de su tablilla. Cullen le hizo un gesto para que se tranquilizara, pero ella miraba nerviosa el trono vacío.

La Inquisidora se tomó su tiempo en llegar, y cuando lo hizo, no parecía impresionada. Se sentó y apoyó los codos en los reposabrazos, esperando a que todo empezara. Josephine no tardó en empezar a recitar los cargos mientras Alexius era arrastrado y empujado ante el trono.

Leliana observaba desde uno de los balcones interiores, como una sombra vigilante. Cullen se colocó junto al trono, con las manos reposando sobre la empuñadura de la espada y el ceño fruncido.

-Inquisidora, Ferelden lo ha depositado bajo nuestra custodia para que le juzguemos como consideremos apropiado, como muestra de agradecimiento por nuestra ayuda -explicó Josephine, diligentemente. Luego se volvió hacia Alexius-. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?

-No he podido salvar a mi hijo. ¿Crees que me importa mi destino?

Josephine miró a la Inquisidora, esperando una respuesta. Ellara apretó el puño contra los labios antes de preguntar.

-¿Cuál es el castigo por intentar desgarrar el tejido del tiempo?

Alexius sonrió. Incluso encadenado, prisionero, se sentía victorioso. Transmitía esa falta de miedo a cualquiera que le mirara; se sentía fuerte, y capaz de desafiar una última vez a la Inquisición, con el frágil valor de aquel a quien solo le queda la esperanza de la venganza, aunque fuera a manos de otro.

-No habéis conseguido nada -escupió-. Todo lo que habéis creído salvar, Él os lo arrebatará. Y todos estos pobres infelices que os aclaman verán la verdad: ¡no sois más que una sucia zorra elfa!

El insulto sobrecogió a todos. Cullen agarró la empuñadura de la espada y dio un paso hacia él, con los ojos ardiendo de furia.

-¿Cómo te atreves…?

-Cullen.

La Inquisidora no alzó la voz. El comandante se detuvo, sorprendido. En el gran Hall de Skyhold, el silencio era tan denso como la brea. Alexius tampoco se atrevió a hablar. Solo se oía el entrechocar de las armaduras de los soldados, tensos.

Ellara se levantó y esquivó a Cullen para acercarse al magistrado. Solo estaba tres escalones por encima de él, pero se alzaba todopoderosa, con los labios apretados y las marcas de las heridas que Haven había dejado en su piel aún presentes en forma de finas líneas blancas.

-He visto lo que eres capaz de hacer -dijo Ellara. Hablaba solo con él, en voz queda-. Si te hubiera permitido seguir con tu plan, habrías reducido el mundo a cenizas; habrías torturado a cientos y asesinado a miles de personas. ¿Y todo para qué? -ladeó la cabeza-. Puede que no hayamos conseguido nada venciéndote solo a ti. Pero tu hijo está muerto y tú ya no tienes rango ni posesiones. No te queda nada. Tu vida es mía.

Alexius se había ido encogiendo hasta esconder la cabeza entre los hombros y ocultar la mirada en el suelo. Ellara le miró sin rastro de clemencia.

-Metedlo en una mazmorra -anunció, en voz alta, regresando al trono-. Que Leliana le interrogue -se sentó y volvió a apoyar los codos en los reposabrazos-. Puede que ella no aprecie la ironía, pero yo desde luego, la disfrutaré.

-¿Encarcelado? -protestó Alexius- ¿Como un criminal callejero? Un verdugo hubiera sido más compasivo.

-No descartes aún la opción del verdugo -replicó Ellara, haciendo un gesto para que lo apartaran de su vista.

Alexius no se resistió. Dejó que los dos guardias le cogieran de los brazos y lo condujeran, en silencio, hacia las celdas.

-Josephine, ¿algo más?

La embajadora se sobresaltó y parpadeó antes de consultar sus notas y responder.

-Nada más, Inquisidora.

-Gracias.

Se quedó sentada un instante, pensativa, con la mirada fija en la espalda de Alexius mientras desaparecía por la puerta. Los presentes se revolvieron, inquietos, aguardando a su reacción.

-Puedes volver al trabajo -dijo al fin, mientras se levantaba.

Cruzó el salón y desapareció por una de las puertas laterales. Nadie se atrevió a seguirla. Aunque la admiraban y la respetaban, la Inquisidora seguía siendo una figura llena de sombras. Funcionaba mejor como símbolo que como persona y ni a Leliana ni a Josephine se les escapó esto.

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-Enséñame a soñar.

-¿Por qué? -Solas no se dio la vuelta, siguió mirando las paredes desnudas de la torre desde el andamio.

-Quiero ver lo que has visto. Quiero entender lo que dices. Como aquella vez que me llevaste de vuelta a Haven, cuando me enseñaste cómo llegar aquí.

Solas saltó hasta el suelo para examinarla más de cerca. Estaba decidida.

-Debo confesar que fue una experiencia… única. El ancla estabiliza los recuerdos de una manera que nunca había vivido.

-Mi madre siempre decía que tenía una gran sensibilidad para la magia. Nunca fui capaz de demostrar la más mínima de las capacidades, claro. Por mucho que lo intentara.

-¿Querías se maga?

-¿Qué hay de malo?

-¿Vivir en el Círculo? ¿Estar controlada por la Capilla y los Templarios?

-No planeaba ir a un Círculo.

Ellara se sentó sobre unos escombros mirándole con la cabeza ladeada. Un mechón de pelo se deslizó sobre los ojos, pero no se molestço en apartarlo.

-¿Querías ser una apóstata, entonces?

-Quería ser maga. Era pequeña, no sabía nada de Círculos o templarios. Mi madre era maga y no parecía preocupada por esas cosas, ¿porque iba a estarlo yo?

-Una joven e inocente Ellara. Debías de ser una criatura fascinante.

-¿Qué quieres decir? -ella frunció el ceño, pero la comisura de sus labios se curvó en media sonrisa-. Sigo siéndolo.

Solas soltó una carcajada. Le gustaba hacerla sonreír y que ella le hiciera reír. Sentía que era capaz de mirar bajo la oscura capa de amargura que la cubría la mayor parte del tiempo sin que se revolviera; que le dejaba ver cómo era en el fondo, cuando no tenía que protegerse constantemente, cuando no estaba asustada. Le gustaba esa Ellara, más real que la Inquisidora a la que todo el mundo adoraba. Más suya.

-Está bien. Vamos -se sentó junto a ella y le cogió la mano-. Cierra los ojos.

El Velo está sumido en una niebla verdosa. Se oyen voces, ecos; hay sombras lejanas solo visibles por el rabillo del ojo. Es un sitio turbulento si no sabes cómo moverte, pero Solas ha estado muchas veces antes y conoce sus corrientes.

-Escucha atentamente -le dice, caminando a su alrededor.

Ellara parece fascinada. Está tensa, pero no nerviosa. Más bien… excitada. Cierra los ojos y obedece.

-¿Algo llama tu atención?

Ella se concentra. No tarda en volver a abrir los ojos y caminar en una dirección concreta, sin detenerse. Solas la acompaña, abriendo camino entre la bruma, hasta que llegan a un camino de tierra. Bajo sus pies, el suelo se hace firme, terroso, húmedo. El aire se vuelve frío y húmedo. Los murmullos del Velo desaparecen mezclados con el viento.

El terreno se forma abruptamente, como si siempre hubiera estado allí. Ellara nota la presencia de Solas a su lado, respaldándola. Es cálida, y le da una seguridad que no ha conocido antes, aunque se sienta completamente desprotegida, sin arco ni puñal. Pero confiaba en Solas.

El perfil de las montañas es familiar; le lleva un momento reconocer las laderas que le saludan cada mañana al despertarse en Skyhold. El paisaje parece el mismo; el cielo es del limpio azul que les cubre a diario. Pero la fortaleza parece brillar, como nueva. No hay escombros, todos los tejados están en su sitio, las ventanas decoradas de hermosas vidrieras traslucidas.

Solas le enseña cómo era el Skyhold recién abandonado; cómo debería ser una vez que la Inquisición acabe de restaurarlo. Ellara observa cada detalle, cada piedra, cada brizna de hierba. Es aún más hermoso así desierta, sin vida. La fortaleza parece tener un latido propio ajeno a las personas; no las necesita.

Ese primer día, pasean por salas conocidas, disfrutando de la soledad de un lugar tan grande como la fortaleza.

-¿Quién vivía aquí antes, Solas?

-No lo sé. Puede que Josephine encuentre alguna referencia en los archivos.

-Es enorme. Y tan hermosa… -Ellara pasó la mano por una de las estatuas de piedra-. ¿Es ridículo que me sienta como en casa aquí?

-Está construida sobre un antiguo lugar de poder élfico. Puede que sientas cierta afinidad por eso.

Ellara pierde la noción del tiempo, absorbida por el sueño, por los recuerdos. A Solas, lo único que le impresiona es la nitidez con la que puede apreciar los pequeños detalles: las briznas de hierba que se mueven con el viento, los arañazos de los muebles de madera, el aletear de los pájaros que han encontrado un nuevo hogar en los recovecos abandonados.

Intenta aferrarse a la realidad del Skyhold del presente, porque siente que es demasiado fácil perderse en el del pasado. En el silencio y la soledad. Solo con Ellara.