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PERDER A UN SER QUERIDO
Lexa podía sentirlos a todos. A cada uno de ellos. Esperando en el ardiente fuego detrás del muro de su mente. Los arashitoras, negros y blancos, que pululaban por el aire a su alrededor. Su Khan debajo de ella, fiero y orgulloso y agudo como una espada. Los caminantes de las nubes y Samuráis de Hierro que luchaban a bordo de las naves voladoras. Los pilotos de las corbetas que combatían a través de gases cegadores y humaredas negras como el carbón. Soldados Kitsunes que luchaban y morían por defender su hogar. Soldados Toras que luchaban y morían por vengar a su Shōgun. Guerreros gaijins a la carga colina abajo para vengar a su Madre caída. Todos ellos, turbulentos y ardientes y furiosos; una llama ardía con más fuerza que las demás. Una llama que tocaba el Kenning de la misma manera que lo hacía ella, provocando pequeñas ondas por la superficie del ardiente agua.
Echo. Rota por el dolor. Furiosa. Chillaba a pleno pulmón, mientras ella y Kaiah zigzagueaban entre los rotorcópteros de los gaijins, arrancándolos del cielo.
Lexa se estiró en el Kenning a través de la tormenta, le salía sangre de la nariz, un ardiente dolor le taladró la base del cráneo, mientras cruzaba un mar de muerte y dolor. Con toda la suavidad de la que fue capaz, palpó en el interior de la cabeza de la chica, vio por qué tenía el corazón roto: Gustus inmóvil sobre el suelo helado.
Oh Dios, no…
El dolor atenazó el corazón de Lexa, casi lo detuvo por completo. Era un dolor físico. Un puñetazo en el pecho con unos duros nudillos congelados. Otro trozo de sí misma perdido en esta jodida guerra. Otra persona a la que quería y le era arrebatada.
Gaia. Anya. Su padre. Ahora Gustus también. Por todos los dioses. Sus enormes abrazos de oso que la levantaban del suelo.
Su poesía mala. Sus torpes manos de hermano mayor, envolviendo las suyas. Y ya no estaba. Empapado en sangre. Frío e inmóvil.
Estiró la mente para introducirse en la tormenta de garras y plumas que la rodeaba por todos lados, los llenó de su rabia. Inundó sus sentidos de un amargo dolor de cristales rotos, el deseo de venganza ardía blanco y cegador. Rugieron en respuesta, ensordecedores y furiosos. La flota aérea de los Fénix atacaba ahora a la flota Kitsune desde la retaguardia, haciendo trizas a sus tripulaciones con ráfagas de shurikens. Los arashitoras cayeron sobre ellos como martillos caídos del cielo, desgarraron los globos hinchables con las garras; el agudo chillido del hidrógeno en escape libre se oía por encima del rugido de los tigres del trueno al caer sobre aquel diminuto enjambre de madera y enclenque metal, y romperlo en mil pedazos. Las corbetas enemigas se arremolinaron a su alrededor para enfrentarse a ellos; un arashitora llamado Eli quedó atrapado en medio de las ráfagas de fuego cruzado entre tres naves recién llegadas. Acabó hecho trizas y cayó como una piedra del cielo. El resto de la manada sacudió las nubes con su indignación, desviaron su atención de las naves más grandes para perseguir a las embarcaciones más pequeñas, sus pilotos intentaban encauzar a los tigres del trueno hacia la trayectoria de las armas de las naves más pesadas. Navajas de acero llenaron el aire, convirtieron los copos de nieve en una negra neblina congelada. Lexa y Buruu volaron hacia el este, por encima de las llanuras que rodeaban Yama. Al mirar hacia abajo, Lexa pudo ver a una horda de gaijins avanzar como una apisonadora hacia los puentes de asalto que los Toras habían tendido sobre el Amatsu, las tortugas de asedio rugían a la vanguardia. Al mirar hacia atrás, pudo ver al Arrasador avanzando lentamente hacia Kitsunejō, destruyéndolo todo a su paso, las naves voladoras del Zorro enredadas con la flota del Gremio, partidas de abordaje enzarzadas en un brutal mano a mano. Pero el dolor de Echo era como una herida abierta en el cráneo, la pena de la chica amplificaba la de Lexa, imposible de ignorar. Podía ver a Kaiah y a Echo moviéndose como una hoja de sierra entre los rotorcópteros de los gaijins, derribándolos del aire con estallidos de Canción Raijin. Su formación en completo desorden, Kaiah y Echo perseguían a las naves y las abrían como si fueran cartas de amor, los restos revoloteaban hacia el suelo en nubes de ardiente perfume. Pero aun así los pilotos seguían luchando, escupían relámpagos, aparentemente llenos de una rabia suicida. Y entonces avistaron a Lexa y a Buruu que salían como una exhalación de entre las nubes, una segunda chica infernal a lomos de un segundo tigre del trueno; aquella visión hizo que perdieran todo el valor en un abrir y cerrar de ojos. Uno por uno, los restantes 'cópteros huyeron del lugar, de vuelta hacia el este a través de los cielos ahumados.
—¡Echo! —El grito rebosó de sus labios y se coló en el Kenning, resonó en la roja calidez que había entre ellas—. ¡Echo, escúchame!
La chica se volvió en la montura, los relámpagos centellearon sobre los bordes de su armadura. Tenía la cara contorsionada, los anteojos colgados del cuello, lágrimas congeladas sobre las mejillas.
—¡Le han matado! —gritó—. ¡Han matado a Gustus!
Lexa casi podía sentir el sabor del dolor de la chica en el aire.
Podía ver fragmentos de él en la mente de Echo: los dos tumbados juntos en la oscuridad, ella con la cabeza sobre el pecho de él, envuelta en su amable fuerza. Se le llenaron los ojos de lágrimas, por su amigo, por Echo que le había perdido casi tan pronto como le había encontrado. Pero ahora no había tiempo para lamentarse, a no ser que quisieran llorar al país entero junto con él.
—Echo, sé lo que han hecho. Pero van a morir miles más si no detenemos esto.
—¡Me importan una mierda todos ellos! ¡Al menos Gustus no estará solo en los Infiernos!
—¿Y qué pasa con tu hermano? ¿Qué pasa con Murphy?
—Él no está aquí…
—Echo, si fracasamos hoy, el país entero está perdido, ¿lo entiendes? Nadie estará a salvo. El Gremio seguirá existiendo y todo lo que era bueno o puro en estas islas habrá desaparecido. Todo. ¿Crees que Gustus hubiera querido eso?
—Tú no le conocías como yo…
—Le conocía desde que tenía siete años. Me dio la mano en el funeral de mi hermano. Y aunque no le amaba como tú, no te atrevas a decirme que no le conocía. Él querría que lucharas ahora, Echo. No para vengarle, sino para salvar a estas islas y lo bueno que queda en ellas.
Se miraron fijamente a través del cielo lleno de nieve, el olor a humo negro y fuego y sangre, la cacofonía de los motores de las naves voladoras y de las pisadas del Arrasador, la estampida de gaijins que se acercaba a los puentes tendidos por los Toras sobre el río. Echo seguía llorando, se le sacudían los hombros mientras hipaba intentando recuperar la respiración. Kaiah cortó el aire en rápidos círculos, con la cola estirada como un látigo.
…ELLA DICE LA VERDAD, ECHO. AUNQUE MUY POCAS, HAY COSAS AQUÍ QUE MERECE LA PENA SALVAR. ÉL QUERRÍA QUE LUCHARAS…
La chica agachó la cabeza, se quitó lágrimas congeladas de las pestañas. Lexa podía sentirla luchando consigo misma, el dolor y la pena y la rabia y el rencor enredados con las palabras de Kaiah, de Lexa, con su propio sentido de la justicia. Vacilaba al borde del abismo, el mismo abismo que casi había engullido a Lexa cuando murió su padre. Pero al final, Echo cogió su pesar y se lo tragó, oxidado y afilado. Y Lexa pudo ver por qué Gustus la había amado.
—Estoy contigo —asintió la chica.
—Muy bien. —Lexa señaló hacia el puente de asalto que cruzaba el río Amatsu, el ejército gaijin que iba a la carga hacia él—. Impedimos que los gaijins entren en Yama. Luego nos encargamos de la flota Tora. Después acabamos con el Arrasador.
—Hai —hipó Echo.
Lexa se metió en los pensamientos de Buruu, todo calidez y acero doblado.
¿Estás preparado, hermano?
SIEMPRE.
Muy bien. Cortemos esto de raíz.
Su nombre era Vladimir Grigori. Marinero de segunda. Quince años de edad. Su solicitud de ingreso en el servicio había sido una ristra de medias verdades entretejidas de mentiras, aunque en verdad, los reclutadores no le habían interrogado con demasiada vehemencia una vez que descubrieron que era de Krakaan. La masacre perpetrada por los traficantes de esclavos, el rapto de todas las mujeres, niños y hombres medio sanos de la ciudad… bueno, la historia ya se había convertido en leyenda antes de que Vladimir y el puñado de destrozados superviviente llegara cojeando a Tarnow, al este. ¿Que un chico quisiera vengarse después de que destruyeran todo lo que conocía? Cualquiera podía entender eso. Tuviera o no tuviera quince años.
Vladimir era hijo de pescador y supuso que si iba a servir en las fuerzas de la Imperatritsa, un barco sería el sitio lógico para hacerlo. Solo que no se había dado cuenta de que sería tan jodidamente aburrido. La agrupación de las tropas había sido magnífica, eso seguro. El asalto a la ciudad de Kawa, glorioso. Pero ahora que habían tocado tierra, los marineros tenían muy poco que hacer. Estaban atracados en las humeantes ruinas del puerto de los negreros, a la espera del regreso de las tropas del Mariscal Sergei. Vladimir pasaba los días jugando a juegos de azar, escuchando las noticias del campo de batalla o, como hacía ahora mismo, de pie en una torre de vigilancia, con un cigarrillo en una mano y el catalejo en la otra. Los cielos estaban negros y el mar de color gris hierro, el viento era tan frío como el aliento de un demonio del hielo. Alguien le había dicho que los traficantes de esclavos llamaban a este lugar «Bahía de los Dragones». Contemplando el agua allá abajo, Vladimir exhaló una bocanada de humo y sacudió la cabeza ante su absurdidad. Algo plateado se movió en las profundidades, largo y con aspecto de látigo. Un destello y desapareció.
Vladimir pestañeó, frunció el ceño sin quitar la vista del oleaje que se estrellaba contra el casco en crestas de tres metros de altura. Otro destello plateado pasó por debajo de la proa, rápido como el Abuelo de las Nieves, si no medía seis metros no medía ninguno. Vladimir se quitó el cigarrillo de los labios congelados y cogió aire para gritar al mismo tiempo que levantaba la vista hacia el horizonte. Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, el pánico le golpeó como un cubo de agua gélida. Se agachó y empezó a girar la manivela de la sirena de alerta, chillando a pleno pulmón.
—¡A sus puestos! ¡Todos a sus puestos! ¡Tsunami!
Gritos de alarma recorrieron todo el barco, el lamento de la sirena sonaba estridente en su cabeza. Vladimir sintió cómo arrancaban los motores, el redoble de cientos de botas de la tripulación que corría a sus puestos. El Grigori empezó a moverse, las hélices trituraban las olas hasta convertirlas en espuma mientras la proa viraba lentamente. La flota entera hizo lo mismo, los timoneles giraban frenéticamente sus timones y ponían los motores a plena potencia para hacer virar sus naves y aproarlas a la amenaza que se cernía sobre ellos desde el horizonte. Vladimir podía verla a simple vista: una enorme y demoledora pared de agua, negra y fría como la noche. Miró por el catalejo, contuvo la
respiración. Limpió la escarcha de la lente y volvió a mirar otra vez, una maldición cargada de asombro brotó de sus labios.
—Diosa Viviente, sálvanos.
Una ola más grande que cualquiera que hubiera visto jamás, hecha no solo de agua, sino también de dientes. Un millar de formas serpentinas se revolvía en sus profundidades, subían nadando y asomaban bruscamente a través de su faz; formas sobre las que las tripulaciones de las granjas de relámpagos hablaban con temor y reverencia.
Dragones marinos.
Pero más profundo en aquella gigantesca ola, vio dos sombras inmensas, más largas que la flota entera de un extremo al otro. Criaturas tan enormes y terroríficas que resultaban totalmente inverosímiles; dientes tan altos como casas, ojos como grandes soles refulgentes. Algo primitivo se despertó en él al verlas, algo nacido en las largas noches de invierno de su infancia: un miedo tan insondable que su corazón casi deja de latir en su pecho. Y cuando llegaron a la cresta de la ola, una serpiente de reluciente plata, la otra tan negra que la luz parecía morir en su interior, Vladimir se vio gritando a pleno pulmón.
—¡Abandonad el barco! Diosa ayúdanos, ¡abandonad el barco! Dragones.
Dragones como los que el mundo no había visto desde hacía más de mil años.
Y venían hacia ellos.
Podía sentirlos, al estirar la mente a través de la isla que había entre ella y los mares del este. Hacia las cosas que ella había despertado, los gigantes dormidos hechos un ovillo en el calor de Tormenta Perpetua, inmovilizados por la nana de Susanoō. Pero ella había hablado lo suficientemente alto. Había sido lo bastante fuerte. Los fuegos en su tripa le habían dado el poder de oírlo todo, cada pulso, cada latido del corazón, la Canción Vital del mundo. Y se había metido en sus mentes y había gritado, su grito rebotó en la negrura, hasta que unos ojos tan grandes como naves voladoras habían abierto una rendija, hasta que unos corazones tan grandes como castillos habían empezado a latir más deprisa, hasta que aquellos que habían dormitado durante más tiempo que cualquier ser había vivido se habían despertado en las profundidades y habían exigido saber su nombre.
Ella se lo dijo.
Y ellos le dijeron que habían estado esperando.
Los vio ahora en el ojo de su mente, subiendo desde el fondo de los océanos.
A su paso, remolinos.
Sus heraldos, los tsunamis.
¿Bahía de los Dragones, la llamaban los hombres?
Había llegado el momento de que hiciera honor a su nombre.
Lexa y Buruu bajaron en picado a través de la tormenta de nieve, Echo y Kaiah a su lado, planearon por encima del puente que cruzaba el Amatsu. Los arashitoras hicieron presa en las barandillas e intentaron arrastrarlo para retirarlo de las orillas del río. Pero la estructura era imposiblemente pesada, Buruu y Kaiah tiraban de ella con todas sus fuerzas.
…ERES DÉBIL, TRAIDOR. NI SIQUIERA LO ESTÁS INTENTANDO …
ESE NO ES MI NOMBRE.
…ES TU VERDAD…
AHORA SOY EL KHAN DE TORMENTA PERPETUA.
…Y ESTO NO ES TORMENTA PERPETUA. ASÍ QUE TIRA, MALDITA SEA…
Ni siquiera la fuerza de los dos juntos era suficiente para mover la estructura, así que Lexa llamó al resto de la manada de Tormenta Perpetua. Los arashitoras respondieron, negros y blancos, abandonaron sus refriegas aéreas y volaron a toda velocidad hacia el río. Pero las tropas gaijins estaban casi sobre ellos, los arqueros se estaban apostando en la cima de las colinas, los guerreros con martillos de relámpagos y los Bebedores de Sangre aullaron al lanzarse a la carga. Todos sabían que si los arashitoras conseguían arrastrar la estructura, tendrían que llamar a sus propios ingenieros para forjar un nuevo puente. La batalla por Yama habría terminado antes de que llegaran. Así que se lanzaron colina abajo, decididos a cortar a las señoras de las tormentas en pedazos.
—¡Retroceded! —le gritó Echo a Lexa—. ¡Buruu no tiene armadura!
Lexa y Buruu saltaron hacia los aires y emprendieron el vuelo, se alejaron de la tormenta de flechas que caían por doquier; Echo y Kaiah se abalanzaron hacia las tropas gaijins. Kaiah golpeó un ala contra la otra, los gaijins se taparon los oídos y cayeron como arbolillos jóvenes bajo las sierras de las trituradoras. Llovieron flechas entre los negros copos de nieve, se convirtieron en astillas por la onda expansiva de los truenos de Kaiah. La arashitora produjo otro trueno devastador para que coincidiera con la segunda salva de los arqueros, rompió las flechas en mil pedazos mientras otra oleada de gaijins caía como moscas del loto. Pero el puñado de Bebedores de Sangre seguían avanzando a trompicones, parpadeando, cegados, la sangre manaba de sus orejas, pero aun así levantaron sus mazos para atacar. Buruu rugió una advertencia, se zambulló en la ola, un frenesí de garras y pico; sobre su lomo, Lexa y su katana cercenaban el aire y todo lo que se pusiera a su alcance. Cuando Daichi le dio la espada, la llamó «Ira». La encarnación de la rabia de Lexa por la muerte de su padre, por la muerte de la tierra a su alrededor. Pero al blandirla, Lexa solo sentía pena por que todo hubiera llegado a ese punto, por que se estuviera derramando tanta sangre sin razón, por que todos los que estaban en ese campo estuvieran luchando por la misma causa. Se estiró en el Kenning para tocar sus mentes, para introducirse en la canción del mundo, haciendo caso omiso del dolor. Si podía verlos, también podía tocarlos, estirarse a través de la tormenta de muerte y dolor que anegaba su mente. E inundó las mentes de cada hombre que tenía a la vista con imágenes de dragones ancestrales que entraban devastadores en la Bahía de Ryu, marineros gaijins que huían en diminutos barquitos, tsunamis hechos de dientes que se estrellaban contra los edificios a la orilla de la bahía y los hacían añicos. Se aferró al miedo primitivo al leviatán e inundó a los soldados de ese mismo terror, ese temor nacido en las mentes delos niños pequeños, acurrucados bajo sus mantas mientras los vientos invernales soplaban fuera de sus ventanas y los monstruos de debajo de sus camas arañaban con sus largas uñas la parte inferior de sus catres.
Corred.
Una única palabra en todas las mentes, heló hasta el tuétano de cada hueso, detuvo el avance de cada hombre, quebrantó sus espíritus, y les hizo dar media vuelta y huir chillando de la chica montada en su tigre del trueno con el pelo azotándole los ojos, mientras los vientos aullaban y las nieves caían y los truenos desgarraban los cielos.
CORRED.
La manada de Tormenta Perpetua llegó envuelta en una granizada de negros copos de nieve, media docena aterrizó sobre el puente improvisado. Kaiah y Buruu se olvidaron de los derrotados gaijins y agarraron las barandillas con las garras delanteras. Cada uno de los arashitoras empezó a batir las alas, jadeando por el esfuerzo. Y entre todos, muy lentamente, consiguieron apartar el puente de la orilla, arrancaron pedazos enteros de tierra congelada, la pasarela de hierro rechinaba en las juntas, se retorcía bajo su propio peso; los arashitoras rugían mientras tiraban de él hacia arriba, para por fin soltarlo y dejarlo caer. Las soldaduras reventaron, el metal gimió al impactar contra las aguas negras como el alquitrán del Amatsu, levantó una ola cegadora y se hundió en las profundidades. El ejército gaijin estaba inmerso en el mayor de los caos, los disparos poco entusiastas de los arqueros caían por todas partes como una débil llovizna. Lexa bajó la vista hacia el campo de batalla, se introdujo en la Canción Vital y llenó con ella los pensamientos de todos los ahí reunidos. La pena y el dolor por la muerte de Gustus, la pérdida de su amigo, tierno y amable y valiente, desaparecido ya para siempre. Como las madres gaijins, y los hijos e hijas, raptados y amontonados en las barrigas de las naves de los traficantes de esclavos, para no volver a ser vistos jamás. El mismo dolor, la misma pena, independientemente del color de su piel o el nombre de los dioses y diosas en los que creían. El simple dolor de una cosa amada, una cosa robada, para no volver nunca, sin importar la sangre que se derramara en venganza. Todos ellos eran iguales.
Todos nosotros somos iguales.
Y aquellos que no estaban huyendo con la mente llena de imágenes de dragones, agacharon las cabezas y se les llenaron los ojos de lágrimas sin saber muy bien por qué. Los arcos caían de dedos insensibles, murmuraban los nombres de madres o hijas, padres o hijos, golpeados hasta lo más profundo de sus corazones y sangrando de nuevo. Los arashitoras volvieron a los cielos, un enjambre de negro y blanco, ojos de ardiente ámbar y verde brillante. Emprendieron el vuelo hacia el oeste, Lexa podía ver al Arrasador cortar a través de Yama como una avalancha de nieve, dejando solo polvo de hormigón y gritos a su paso. Podía ver a la flota del Gremio por encima de la ciudad de Yama, enzarzada en voraz batalla con los Kitsunes, todo humo y fuego y destellos metálicos. Un enjambre de máquinas trituradoras había arrinconado a un gran grupo de soldados del clan Zorro cerca de la muralla destrozada, cortaban a través de los hombres como un cuchillo caliente cortaría la nieve negra. Detrás de los bushimen, una multitud de impotentes civiles acobardados entre las ruinas, a solo un minuto o dos de ser masacrados.
LEXA…
Los veo.
EL ZORRO NO ESTÁ CUIDANDO DE LOS SUYOS, PARECE.
Rechinó los dientes, apretó la katana con tanta fuerza que le dolían los dedos. Y por fin, sintió la ira con la que Daichi había bautizado a la espada. Subía como una ola por su garganta y burbujeaba por encima de su lengua; una mano apretada sobre el hierro que el cubría la barriga, los nudillos de la otra blancos sobre la empuñadura de la espada.
Muy bien. Entonces cuidemos de ellos nosotros.
Había sentido sus dedos moverse involuntariamente cuando la pareja voló por delante de sus ojos, Lexa y su tigre del trueno, rugiendo hacia el este, hacia la horda de los gaijins. No los dedos de la prótesis, los de carne y hueso que ellos le habían arrancado. Un recuerdo fantasma de la refriega en la arena de Kigen, cuando quiso pagarle a Lexa su traición traicionándola él a su vez, dejando a un lado el amor en pro del honor. La lealtad. La servidumbre.
Y después, solo quedó odio.
—¡Ahí está! —Roan desenvainó bruscamente su katana de sierra—. ¿Podemos perseguirlos?
—¡Mi Señor, no podemos movernos! —escupió el timonel—. ¡Los Kitsunes nos tienen enredados e inmovilizados!
Roan bajó la vista hacia la cubierta de la Muerte, la brutal reyerta entre samuráis del Zorro y del Tigre. Espadas de sierra besaban espadas de sierra con brillantes estallidos de rugientes chispas, la madera pulida empapada de sangre mientras los hombres luchaban y gritaban y morían en charcos de sí mismos. Pero la Muerte estaba firmemente encajonada entre otras dos naves voladoras, un acorazado Kitsune y un mercante Ryu. Metros y metros de cabos de abordaje estaban enredados en sus jarcias, rezones incrustados en su casco. Roan se volvió hacia su guardia personal, seis samuráis de la Élite Kazumitsu que se mantenían pegados a él.
—Bajad ahí y conseguid liberar esta nave. La asesina de Wells vuela libre mientras nosotros forcejeamos con la chusma de Isamu. ¡Deberíamos estar empapando nuestras armas en ella, no en estos perros Kitsunes!
—Hai.
Los samuráis desenvainaron las espadas y se zambulleron en la tormenta de cuchillas. Roan se volvió hacia los cielos de Levante, observó a la diminuta figura volar más y más lejos.
Y ella ni siquiera le había mirado.
—Pronto lo harás —susurró—. Y yo seré lo último…
Unas suaves pisadas por la cubierta, los motores de una espada de sierra arrancaron a su espalda, un grito de dolor. Roan giró sobre los talones con una exclamación ahogada, levantó su katana de sierra y desvió el golpe que pretendía cortarle la cabeza; sintió cómo el wakizashi de sierra le hacía un profundo tajo en el brazo izquierdo. La sangre salió a chorro, caliente y espesa. Roan se apartó de la barandilla de un salto cuando vio el wakizashi volver hacia él como una guadaña, para acabar cortando limpiamente la madera. Dio un paso hacia atrás y levantó la katana para defenderse, el brazo izquierdo colgaba inútil y sangrando a un lado. Miró fijamente a la chica que casi lo había decapitado.
Pequeña y ágil y tan aguda como un cuchillo. Pelo negro convertido por una espada de sierra en una irregular melena. Labios regordetes y protuberantes retorcidos en una desagradable mueca mientras liberaba el wakizashi de la barandilla. Apretó el acelerador.
La última vez que la había visto, iba envuelta en un precioso traje escarlata, correteaba por el palacio del Shōgun. Ahora llevaba un negro peto de hierro oscuro. Pero aun así la reconoció al instante.
Reconoció las espadas que tenía entre las manos, antes propiedad de su querido primo Ichizo, encontrado muerto en los aposentos de la chica después de que los insurgentes convirtieran la ciudad en cenizas.
—Raven —bufó.
—Mi Señor Daimyo.
Roan echó un vistazo hacia arriba, a la lona inflable desde la que ella había descendido, hacia abajo, al timonel al que casi había cortado en dos. No podía sentir la mano izquierda, la sangre goteaba de sus dedos dormidos y salpicaba alrededor de sus pies.
—Una entrada impresionante.
—Tu salida la dejará en nada.
La chica se abalanzó hacia él por la cubierta, se dejó caer, deslizándose sobre las rodillas y apuntando sus chirriantes espadas hacia las piernas de Roan. Este dio un salto en el aire, pasó por encima de la cabeza de Raven y aterrizó en cuclillas detrás de ella. Intentó golpear su espalda descubierta, pero Raven interceptó el golpe a ciegas, se puso de pie de un salto y lanzó un ataque frenético a la cara, el cuello y el pecho de Roan. La prótesis de este prácticamente no se veía, se movía más rápido que cualquier brazo de carne y hueso, se doblaba en las articulaciones de formas que ningún brazo humano podría, desviando así todos los golpes de la chica. Brillantes chispas brotaban con cada beso, cada impacto quedaba marcado con notas subarmónicas de frecuencia irregular, como si cada uno estuviera tocando una melodía en la espada del otro. La chica interrumpió su lluvia de golpes, dio un paso atrás y desvió dos rápidas estocadas, se agachó por debajo de un sablazo brutal que le hubiera cortado la cabeza de los hombros. Raven estaba en perfecta forma, sus acciones iban por delante de sus pensamientos, sus espadas eran un remolino invisible. Pero el brazo de hierro era ahora tan parte integral de Roan como lo había sido su brazo de carne y hueso, un peso constante sobre el hombro, un escalofrío que le recorría el pecho en lo más profundo de la noche. Y todos los ataques, golpes y puñaladas de Raven, todos ellos, encontraban una respuesta por parte de la espada de él, los dientes de las hojas de sierra gruñían como lobos hambrientos, con las lenguas cubiertas de chispas. Roan intentó asestarle otro golpe, su espada silbó mientras se dirigía directamente al cuello de Raven, él rugió al arremeter contra ella. Pero la chica desvió el ataque con ambas espadas, ardientes fragmentos de metal escupieron mil chispas por el aire, las suelas de sus botas chirriaron sobre el suelo de madera al derrapar casi un metro hacia atrás por la cubierta. Raven jadeaba, no se lo podía creer, adoptó una posición defensiva, con un pie retrasado y las rugientes espadas en alto. Roan podía leerle los pensamientos, con tanta claridad como si los hubiese dicho en voz alta.
La pequeña Raven, la Kagé, la virtuosa de las espadas. Cualquier otro hombre estaría muerto ya. Su ataque relámpago había fallado.
Cada segundo que él seguía con vida era otro segundo en el que simplemente podía pedir la ayuda de docenas de miembros de la Élite que luchaban en la cubierta inferior.
Pero no. ¿Qué tendría eso de honorable?
En vez de eso, Roan se echó a reír, flexionó el brazo mecánico adelante y atrás.
—Puedes decir lo que quieras del Gremio, Ravensan. —Aceleró el motor de su katana de sierra—. Pero parece que ya tienen solución para el problema de la carne.
—¿Crees que tus amos podrán fabricarte otra cabeza?
Finta. Ataque.
Desvío. Chispas.
—No son mis amos —gruñó Roan, casi sin darse cuenta.
Ahora le tocó a Raven echarse a reír.
—¿Acaso te arrancó Buruu también los ojos cuando te arrancó el brazo?
Una oleada de rabia. Repentina y ardiente. Podía sentir las cenizas de su piel cuartearse al gruñir, bajó la espada hacia la cabeza de la chica. Raven desvió el golpe hacia la cubierta, la espada cortó a través de los tablones de madera mientras ella levantaba el wakizashi hacia el cuello de Roan y le daba una patada a la hoja atorada. Roan la soltó, se inclinó hacia atrás mientras Raven hacía diana en su barbilla, recortándole la perilla. El chico se alejó rodando por el suelo, se puso en pie, sacó su wakizashi y arrancó el motor. Raven desenganchó la katana de Roan de la cubierta y la tiró por la borda.
Descuidado.
—¿La verdad duele, pequeño Daimyo? —se burló Raven.
—Cierra la boca, zorra.
Golpe. Finta. Ataque. Finta. Chispas.
—Dios, mírate. —Raven se retiró el pelo de los ojos, echó un vistazo a la carnicería que estaba teniendo lugar a su alrededor—. Toda esta muerte, todo porque Lexa eligió mantenerse de pie y resistir en lugar de arrodillarse a la sombra de Wells. Pero tú sigues ahí arrodillado.
—No pronuncies su nombre delante de mí.
—Ella te quería, ¿te das cuenta? —Roan retrocedió como si la chica fuera una víbora de jade, enroscada y preparada para atacar—. Podía verlo en sus ojos cuando decía tu nombre. Como una flor que se abre con la primera luz de la primavera…
—¡Cállate!
—Fuiste el primero, ¿sabes? Y ella para ti también, ¿me equivoco?
—¡CIERRA LA PUTA BOCA!
Una pequeña parte de su cerebro le chillaba que estaba jugando con él, que le estaba manipulando para empujarle a un torpe ataque aullante. Pero esa voz quedaba ahogada por la indignación, la furia, la sangre que manaba de las costras que esta putita Kagé había arrancado como quien no quiere la cosa. Así que se abalanzó a por ella, vio cómo esos labios protuberantes se curvaban en una sonrisa, cómo la chica se movía como el agua por encima de unos lisos cantos rodados. Raven desvió su ataque, estrelló su wakizashi contra el brazo con el que Roan manejaba la espada, destrozó los gavilanes, cortó los conductos de combustible, las sierras dejaron de girar. Se puso en cuclillas mientras giraba sobre sí misma, le dio a Roan una patada en los tobillos cuando pasó trastabillado por su lado, el impulso le estampó contra la cubierta, se estrelló de bruces contra la barandilla y rodó hasta quedar boca arriba, jadeando mientras su nariz rota vomitaba ríos de sangre.
Paseaban por los campos de loto, encaramado sobre sus hombros. Levantaba los brazos para tocar sus espadas, tan pesadas que apenas podía con ellas, con los ojillos brillantes por la emoción.
—¿De mayor seré como tú, padre?
Raven plantó el pie sobre la espada de sierra de Roan, la suya aún gruñía entre sus manos. El viento le azotaba el pelo, tenía una maraña negra azabache metida en los ojos, miró a Roan con nada parecido a la misericordia.
—NI siquiera sabes lo que me quitaste, ¿verdad? —preguntó Raven con rabia.
—Que el Dios Izanagi os dé la fuerza para morir bien…
—¿Pero sigues hablando? —escupió Roan—. Acaba ya, por el amor de Dios…
Raven puso los zumbantes dientes de la katana cerca del cuello de Roan.
—Un regalo de despedida antes de que nos dejes —dijo la chica—. Para pagarte la amabilidad que mostraste para con mi Señora. ¿Recuerdas a la Señora Gaia, Daimyo? ¿Encadenada a una cama de máquinas por el bien de vuestra gloriosa dinastía? ¿Violada todas las noches por Hombres del Gremio y sus honorables tubos de inseminación? Y durante todo ese tiempo, tu dinastía ya tenía el futuro asegurado. Creciendo en la tripa de la chica a la que una vez dijiste amar. —Tamborileó con las uñas de los dedos sobre la empuñadura de la katana—. Dos de ellos.
—¿Qué has dicho? —Roan abrió los ojos como platos.
—¿Qué quieres, que te lo diga cantando, bastardo?
—¿Lexa está…?
—Nunca les verás la cara. Nunca los tendrás entre los brazos, ni los oirás llamarte «padre». —Una sonrisa, tan fría y vacía como las tumbas—. Y ahora… ahora sabes lo que es perder a un ser querido.
La chica levantó la espada, los dientes de acero cortaron el aire cuando la echó hacia atrás para golpear.
Roan se chupó los labios, sintió el sabor de las cenizas de las ofrendas funerarias. Tenía los ojos abiertos de par en par.
Un buen final. El final de un guerrero.
¿De un padre?
Dios…
—Espera —dijo Roan.
—No —contestó ella.
Todo en ese último aliento era hiperrealista, cada nervio cantaba, cada sentido despierto. Roan podía sentir el viento sobre la piel. Un copo de nieve negro que se derretía sobre su mejilla. Hombres que gritaban. Espadas que entrechocaban. Pasos de personas corriendo. Lanzadores de shurikens escupiendo. Pero en medio de toda aquella sobrecarga de información, esa tormenta de tacto, sonido, olor… todo lo que podía ver era esa espada que descendía.
Descendía.
Caía.
Se estrellaba sobre la cubierta.
Raven se llevó la mano al cuello, al chorro de sangre que brotó de ahí cuando la estrella shuriken cortó limpiamente a través. El estampido del lanzador flotaba en el aire como si fuera humo. La chica abrió los ojos como platos mientras giraba sobre sí misma, apuntó con su wakizashi mientras el segundo marine abría fuego. Saltaron chispas de su peto, chorros carmesís brotaron de su antebrazo, hombro, cara. Se le retorcieron las facciones, se lanzó de lleno a la lluvia de muerte giratoria, pero tan frágil ahora, tan pequeña, esa delicada máquina de muerte y decepción que había tocado las fibras más sensibles de Roan como si tocara un shamisen, incapaz aquí, al fin, de decir ni una sola palabra.
Raven los mató a los dos, hombres valientes con el suficiente sentido común como para mirar hacia el puente de mando y correr en auxilio de su Daimyo cuando todos los demás no se preocupaban más que de sus propias vidas. Los cortó en pedazos, sin darse cuenta de que gastaba sus últimas fuerzas en hacerlo. Y volviéndose hacia Roan, cayó de rodillas, dejó caer el wakizashi con estrépito al charco de sangre que había bajo sus pies, se llevó la palma de una mano al cuello.
Tanta sangre.
Sangre por toda la cara, una cara retorcida de odio mientras intentaba gatear, con los ojos fijos en Roan. Se colapso sobre la barriga, arañaba la madera con las uñas, pataleaba sobre la cubierta. Ya solo se movía impulsada por el odio, la sangre abandonaba su cuerpo en oleadas humeantes. Y él, impotente, solo pudo mirar.
Y al final, la cara de Raven sangró hasta quedarse hueca y blanca, intentó hablar. Protuberantes labios, rojo rubí, formaron las palabras que no podía pronunciar. Su última voluntad y testamento.
Algo profundo, quizás. ¿El nombre de un ser querido? ¿Alguna palabra sabia para grabar en su lápida? ¿Para darle sentido a todo lo que era, y por qué este, de todos los lugares posibles, era el lugar en que moría?
Roan gateó a través de la sangre, apoyó la oreja contra sus labios. El más leve de los susurros, dos únicas sílabas, frágiles como el cristal.
Una oración.
Un epitafio.
Con una mortaja de humo.
—Arder…
