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LO QUE SERÁ
Cargas instaladas. Temporizadores preparados. La sonrisa de Octavia, triste en la oscuridad.
Habían colocado cuatro bombas en el depósito de chi, cada una con la potencia suficiente como para incendiar el vapor del combustible e iniciar una reacción catastrófica, Ninguno de los rebeldes parecía saber lo profundo que era el depósito, pero seguro que había el suficiente chi para volar la Primera Casa y arrancarla de la ladera de la montaña.
Cuando cada dispositivo estuvo revisado tres veces, Misaki se volvió hacia Octavia, con la cabeza ladeada.
—¿Cómo habíais planeado escapar de aquí, Kagé?
Octavia se encogió de hombros.
—Robar un acorazado. Pilotarlo lo mejor que pudiéramos.
—Nuestra tripulación está esperando en nuestra nave a que regresemos. Uno de nuestros hermanos está plantando explosivos debajo de otra plataforma de aterrizaje, para que sirva de distracción. Estaremos bajo fuego intenso si despegamos sin autorización. Pero podemos llevaros con nosotros si queréis…
Octavia echó un vistazo a Maro y a los demás. Asintió despacio.
—Sí, volaremos con vosotros.
—¿Y qué pasa con tu padre? —preguntó Misaki.
Octavia parpadeó. Sintió una puñalada en el estómago.
Retorciéndose.
—… ¿Mi padre?
—Está en Primera Casa. Hablaron sobre él en los informes de seguridad. —Misaki encogió los hombros—. Supuse que esa era la razón por la que estabais aquí.
—¿El…? —se le quebró la voz—… ¿Él aún vive?
—¿Te sorprende que el Primer Brote quisiera hablar con el líder de los Kagés?
Octavia entornó los ojos con recelo detrás del respirador.
—¿Está con el Primer Brote?
—En la Cámara del Vacío —asintió Misaki.
—¿Cómo llegamos hasta ahí?
—No llegáis hasta ahí. Atacar al Primer Brote en su santuario es un suicidio.
Octavia dio un paso al frente, se quedó de pie a escasos centímetros de la Vida Falsa, miró directamente a esos ojos sanguinolentos.
—He preguntado cómo llegamos hasta ahí…
Un suspiro metálico.
—Esta misión es demasiado importante para ponerla en riesgo por la vida de un solo hombre.
—Un gran hombre —gruñó Maro—. Un hombre que lo ha dado todo por salvar esta tierra.
—Si lo hubiera dado todo, no quedaría nada de él para rescatar.
—Me dijiste que hacías esto por tu hija —dijo Octavia—. Que no hay amor más grande que el de un padre por un hijo. Bueno, pues yo no tengo hijos. No tengo ninguna familia excepto él, y estos hermanos y hermanas que están a mi lado. Y no dejaré a ninguno de ellos detrás hoy. Antes me moriré.
Misaki se había quedado completamente inmóvil, sus bulbosos ojos no parpadeaban, las patas plateadas ondeaban alrededor de sus hombros. Miró a los Kagés, uno a uno.
—La Cámara del Vacío es un observatorio. Un tejado abovedado. Salid por la escotilla y lo veréis de inmediato. Pero vuestras opciones de llegar hasta ahí sin que os vean…
—Somos sombras —dijo Maro—. Deja eso de nuestra mano.
—Quince minutos. Después de eso no quedará nada de este lugar excepto un montón de escombros.
Octavia asintió.
—Lo entendemos.
—Los Inquisidores que protegen al Primer Brote Tojo —advirtió Misaki—, tienen una fuerza que mana de la locura. Se mueven como el mismísimo humo que respiran. Tendréis que luchar por cada centímetro que avancéis. Necesitaréis que los dioses en persona intercedan por vosotros para tener alguna opción de victoria.
Octavia sonrió.
—Igual que cualquier otro día, entonces. —Hizo un gesto afirmativo en dirección a sus hermanos—. En marcha.
Daichi pestañeó, apenas podía creerse lo que estaba oyendo. Miró al Primer Brote encaramado sobre su Trono de Máquinas, su respiración sonaba rasposa en sus pulmones ennegrecidos.
—¿Usted quiere que yo le mate?
—Lo que yo quiera tiene poco que hacer aquí. Este es el lugar en el que muero y usted es el que trae mi muerte.
—Ella Lo Que Será…
—Ah, ha oído hablar de ella. De boca de la joven Clarkesan, supongo. ¿Le contó lo que vio dentro de la Cámara del Humo? —Tojo hizo un gesto hacia su trono, con los ojos refulgentes—. ¿Le contó que ella será Primer Brote cuando yo falte?
Tojo levantó una palanca del apoyabrazos y un crujido sordo reverberó a través del suelo. La canción hueca de unos potentes engranajes sonó dentro de las paredes y el gran techo abovedado empezó a deslizarse hacia atrás, dejando entrar la luz del día, tan brutalmente intensa que Daichi guiñó los ojos al verla. El viento frío aulló a través de la abertura cada vez mayor, le produjo un punzante dolor en los pulmones a pesar de hacer desaparecer el hedor a chi que goteaba de las paredes. Parpadeando en la cegadora luz, Daichi pudo distinguir las vagas formas de los Inquisidores reunidos alrededor de él: dos docenas, vestidos de negro, humo del color de la medianoche escapaba de sus respiradores.
—Es la hora —ordenó Tojo—. Dejadnos, hermanos.
—Primer Brote…
—La saludaré de vuestra parte, pequeñas Serpientes. Vuestro nuevo Primer Brote accede al trono en este día. Id y preparaos para su llegada, las cenizas de los Zorros sobre las plantas de sus pies.
Los Inquisidores hicieron una reverencia, profunda y solemne, con las palmas de las manos apretadas entre sí, hablaron con una sola voz.
—Por la Madre.
—Por la Madre —asintió Tojo.
Los Inquisidores salieron en fila india de la habitación, cruzaron la puerta semejante a un iris, el metal chirrió al cerrarse a su espalda. Solamente se quedaron cuatro, de pie en la periferia de la sala. Daichi se encontró solo, a muy pocos pasos del corazón del poder del Gremio en Shima.
Se miraba fijamente la palma de la mano.
Ninguno de los Inquisidores estaba lo bastante cerca como para detenerle. Una vez que sus ojos se acostumbraran a la luz, podría romperle el cuello a ese anciano como si fuera yesca. No había nada en el maldito mundo que pudiera hacer que Clarke sirviera como Primer Brote en este lugar; sabía que el amor de la chica por Lexa nunca le permitiría dirigir el Gremio. Si pensaban que ella iba a llenar el vacío que Tojo dejaría al desaparecer…
—Si Clarke va a ser la próxima líder del Gremio, ¿por qué no está aquí en la Primera Casa? ¿Protegida?
—Porque ella Será la próxima líder del Gremio.
—Pero ¿no deberían mantenerle a salvo? ¿Por qué arriesgar su vida en el asalto a Yama?
—No arriesgamos nada. Lo Que Será, Será.
—Eso es una locura. Nada en esta vida es seguro.
—Tonterías. Todo está predispuesto. No me diga que no lo siente, desde que la primera negrura arraigó en sus pulmones. Y no me diga que la certidumbre no le ha proporcionado una claridad de ideas. Una paz. Una fuerza. Usted lo sabe, Daichisan. Estaba destinado a estar aquí, hablando conmigo, ahora mismo.
—Yo elegí estar aquí. Para bien o…
—Somos esclavos del destino. De un plan más allá de nuestra comprensión.
—Eso no tiene ningún sentido. No hay cuerdas. No hay nada ni nadie manejando unas marionetas.
—¿No cree en los dioses, entonces?
—Por supuesto, pero…
—He visto el futuro, Daichisan. He visto este momento, cada noche en mis sueños. En la Cámara del Humo, abrimos nuestro ojo interior de par en par, vemos el tapiz del destino. Los que tenemos más fuerza, vemos el momento más fundamental de nuestras vidas. ¿Cómo podría ocurrir eso, si nuestras vidas no estuvieran predeterminadas? ¿Si todos los acontecimientos que llevan hasta ese momento no estuviesen grabados en piedra?
—Pero si todo está predestinado, ¿cuál es el propósito de vivir?
—No vale para nada. Para nada en absoluto. Esa es la verdad que ella nos susurra en la oscuridad.
—¿Ella?
Tojo hizo un gesto vago hacia las paredes con un amplio y chirriante movimiento de su brazo. Daichi miró alrededor, con los ojos todavía entornados después de semanas en la penumbra. Pero por las paredes de la habitación, grabados profundamente en el granito, pudo ver unos murales. El Dios Izanagi removiendo los océanos de la creación con su lanza. La gran Dama Izanami, muriendo al dar a luz a Shima. La búsqueda del Dios Hacedor para recuperar a su amada, pero fracasando. Y por último, la Diosa sentada sobre un trono de huesos humanos, esperando en la oscuridad.
Sola.
—Última, Daichisan —dijo Tojo—. La que canta nuestro Último momento. Nuestro fin.
—La Diosa Izanami.
—Hai.
—¿Pero, por qué? ¿Ella qué hace para…?
—Mil personas. Cada día.
—¿Y los tontos del Gremio pretenden ayudarla? ¿Provocar el fin de todas las cosas?
—No todos los del Gremio lo saben. La mayoría están tan ciegos como usted. Nunca se cuestionan las cosas.
—¿Pero cómo? Está atrapada en Yomi para siempre…
—Ya intentó reclamar el trono de este mundo una vez. Engañó a un niño para que abriera la puerta que el Dios Izanagi había sellado. Y a través de esa puerta, envió a sus hijos a guerrear en el mundo de los hombres.
—La Guerra de la Puerta del Infierno.
—Eso es.
—Pero el Señor de las Tormentas Tora Takehiko entró a la carga en Yomi y selló la puerta para siempre.
—Y entonces, con la puerta de las Iishi reducida a escombros, buscó una nueva forma de entrar en el mundo. Una nueva llave para abrirlo. Un nuevo altar, regado con la sangre de miles y miles.
—El loto de sangre…
—Hai.
—Las tierras baldías…
—Hai.
—Dios mío…
—No, no —se rio Tojo—. Diosa suya.
—Así que todo esto… el loto, la guerra con los gaijins, el inochi… ¿todo para empezar otra guerra del infierno?
—No habrá ninguna guerra. —Tojo negó con la cabeza—. No saldrán solo onis por las grietas que abrimos en la faz de la isla. Los pequeñines ya han empezado a llegar, pero cuando hayamos acabado, las fisuras serán lo bastante grandes como para liberar a los moradores más grandes de Yomi. Horrores inimaginables. La Madre Oscura en persona caminará por estas islas. ¿Y a su paso? Cenizas, todo cenizas.
—Eso es una locura… —musitó Daichi.
—No podríamos haberlo hecho sin los de su especie. Oh, qué maravillosos hombrecillos sin piel. Tan enamorados de los cachivaches que les proporcionábamos. Máquinas y naves voladoras y espadas de sierra para luchar sus guerras y suministrar esclavos gaijins a nuestras despensas, su sangre regando la tierra de donde Ella brotará.
Tojo sacudió la cabeza, suspirando.
—No puede imaginarse la magnitud de la tarea cuando empezamos con ella. Quedábamos tan pocos, del clan de la Serpiente. Y si nos hubiesen dicho entonces que podríamos convencer al país entero para convertirse en cómplices de su propia muerte, no solo de mantenerse al margen y dejarnos trabajar, sino realmente ayudarnos… bueno, les hubiéramos tildado de dementes. —La risa de Tojo sonó como el revoloteo de un millar de alas de metal—. Pero estáis ciegos. Tan ciegos.
—Les mintieron —gruñó Daichi—. Nadie podía saber…
—¿Necesitaban saber? Su gente tiene ojos en la cara. Podían ver el daño que le estaban haciendo a su propio mundo. Cielos rojos. Ríos negros. Extinciones en masa. Y nadie movió ni un dedo. Porque era más fácil, ¿no es así? ¿El mundo que les dábamos? Nunca obligamos a nadie a hacer nada, Daichisan. Simplemente les dimos el arma y dejamos que se cortaran su propio cuello.
Daichi escupió saliva negra sobre el suelo.
—No todos estamos tan ciegos a lo que hacen.
—Y por eso, tiene mi agradecimiento.
—Entonces, ¿por qué? —preguntó Daichi con voz rasposa—. ¿Por qué me cuenta todo esto?
—Porque no hay nada que pueda hacer para detenerlo. Lo que será, será.
Daichi no podía ver la cara de Tojo, pero hubiera jurado que el anciano estaba sonriendo. Una sonrisa desdentada detrás de una máscara de quitina, piel cetrina y huesos raquíticos que seguían unidos gracias a su jaula de latón. Podía sentir la ira dentro de sí, ese ardiente odio cegador del que había sacado tantas fuerzas. El don que él había animado a Lexa a acoger con los brazos abiertos. Y aquí estaba, en el corazón del poder del Gremio. El líder de ese Gremio casi impotente delante de él. El hombre responsable de todo ello: el cielo envenenado, la tierra ennegrecida, las fosas comunes. Tojo merecía morir. Aquí y ahora. Con la cabeza retorcida, el cuello partido, que su última sensación fuera la rotura de su médula espinal y el lento ahogo que venía a continuación. Se lo merecía. Y si todo lo que decía era verdad, no había forma de escapar de ello.
—La muerte es demasiado buena para usted —dijo Daichi con rabia.
—La muerte no piensa. Simplemente quita. Lo «bueno» no tiene nada que ver con ella.
Daichi tosió. Una vez. Dos. Se agarró la tripa al sentir llegar un ataque de tos, Dios no, ahora no…
—Si tuviera algo que ver, usted no se estaría muriendo. Pues ¿no es usted un… buen hombre?
—No… —Daichi se limpió los labios, le costaba respirar, escupió esputos negros—. Soy un asesino. Diez años de rebelión no son suficientes para expiar… una vida de servicio a un régimen construido sobre carnicería y mentiras.
—No se avergüence. Usted es lo que tenía que ser. Todo lo que ha hecho es lo que se esperaba que hiciera. La aceptación proporciona libertad. Libertad para hacer lo que esté en su naturaleza hacer.
—Y usted quiere que yo le mate —dijo Daichi con un hilo de voz—. Porque esa es mi naturaleza. He dedicado mi vida entera a aplastar a los de su especie… Y aquí está usted, a mi alcance, y no tengo ninguna razón para no hacerlo. Pues aunque usted crea que Clarke renacerá de sus restos, tengo que decirle ahora que conozco a esa chica mejor que cualquier sueño ahumado… Ella nunca dirigirá este lugar.
—Lo que será, será.
—Ahórremelo. —Daichi levantó la vista hacia el parloteante trono, con cara de pocos amigos—. Dice que todo esto ha sido predicho. Esta habitación, su tumba, y yo, su verdugo. Pero sus sueños no tienen ningún poder sobre mí, viejo. Mi mundo lo construyo yo… Mis triunfos, mis errores, mis amores, mis pérdidas. Yo elijo lo que soy. Cada día. Me levanto y me pongo en pie. Y el mundo que usted describe es un mundo en el que solo me arrodillo. —Daichi enderezó la espalda, cuadró los hombros, apretó los puños—. Así que, aunque tengo muchas razones para matarle… detengo mi mano. Esto, lo decido yo. Su Lo Que Será solo será si yo elijo que sea. Y elijo desafiarlo. —Escupió sobre el suelo—. Eso es lo que vale su predeterminación. Eso es lo que vale lo que usted sabe que es verdad.
Tojo se quedó mirando a Daichi durante un largo y silencioso momento, los truenos en la lejanía eran el único sonido. Y entonces empezó a aplaudir, metal contra metal, el ruido de un martillo al golpear un yunque resaltado por una sibilancia hueca que Daichi al fin reconoció como una risa.
—Ay, los sin piel —dijo—. Cómo les gustan sus falsas ilusiones.
—Diga tantas mentiras como desee —escupió Daichi de nuevo—. Moriré como he vivido durante esta última década. Libre. No le daré la muerte que desea.
—Yo nunca dije que usted me daría muerte, Daichisan. Yo solo dije que usted me la traería. —Tojo ladeó la cabeza hacia el cielo—. Creo…
Una sombra cayó como una flecha desde las nubes. Una espada reluciente en una mano estirada, grullas doradas en pleno vuelo por el esmalte negro. Acero doblado atravesó latón bruñido, se incrustó en la unión entre hombro y cuello, salió por el pecho, empapado en líquido carmesí.
El Primer Brote dio un grito ahogado cuando Octavia sacó el wakizashi de su cuerpo.
—Al fin…
—¡Hija, no!
Y levantando la espada, con la cara retorcida de odio, Octavia cercenó la cabeza del Primer Brote.
