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INCENDIARIO
La cabeza del Primer Brote golpeó el suelo, las arterias cortadas la bañaron en sangre, que chisporroteó sobre los disipadores térmicos que brotaban de la espalda del líder del Gremio. Octavia cortó de un sablazo los cables que unían el cuerpo al trono y al techo, le dio una patada salvaje y lo tiró rodando al suelo. Los demás Kagés habían bajado haciendo rápel desde el tejado de la Cámara, aterrizaron detrás de un Inquisidor de la periferia; entre los cuatro lo cortaron en pedazos antes de que pudiera gritar siquiera. Los otros Inquisidores no hicieron ni un ruido mientras atravesaban a todo correr el enorme espacio pringado de sangre. Octavia bajó de un salto del Trono de Máquinas, lanzó los brazos alrededor del cuello de Daichi.
—Padre… —murmuró.
—Hija —dijo Daichi casi sin aliento—. ¿Qué has hecho?
Octavia se arrancó las gafas de los ojos.
—Yo también me alegro mucho de verte.
—Le has matado… —Daichi paseó la vista por la habitación, contempló los murales de la Diosa Izanami grabados sobre las paredes—. Todo esto, justo como lo planearon…
Un grito de dolor se oyó por toda la cámara y Octavia vio a Yuu caer envuelto en sangre. Tres Inquisidores estaban enzarzados en una pelea con los Kagés, se movían de un lugar a otro entre serpenteantes estelas de humo. Con un bramido, Octavia se abalanzó hacia ellos por el suelo de piedra negra, Daichi a su lado, resollando y boqueando. Vieron a Eiko recibir una patada tan fuerte que su cuerpo agrietó la pared a su espalda, un chorro de vómito sanguinolento salió por su boca. Octavia se lanzó a por su atacante, le cortó el brazo por el codo; el hombre se volvió, en el más absoluto silencio, sus ojos inyectados en sangre refulgían. Un momento estaba al alcance del brazo, el siguiente se volatilizó, y antes de que Octavia pudiera parpadear, había rebasado su guardia, tocó su plexo solar y le sacó todo el aire del cuerpo. Daichi le dio al Inquisidor una patada voladora en la barbilla que hizo que se le soltara el respirador y se le partiera limpiamente la mandíbula; quedó colgando por debajo de sus dientes rotos como una puerta que alguien se había dejado abierta. El hombre cayó sobre una rodilla, exhaló aire negro azulado entre las encías ensangrentadas. Daichi le golpeó la cabeza con el talón, un nauseabundo crujido resonó por la Cámara cuando el Inquisidor impactó contra el suelo. Daichi tosió, desvió tres puñetazos de un segundo Inquisidor antes de que el puño del hombre se convirtiera en humo. Sus nudillos se materializaron contra el pecho de Daichi, que salió volando tres metros hacia atrás como si le hubiera golpeado una calesa a motor. Octavia ya se estaba poniendo en pie, columpió su wakizashi, cercenó de un tajo cuatro dedos del Inquisidor y luego enterró la espada en sus costillas. El Inquisidor rieló como la calima en un día de verano, la espada de Octavia se movía dentro de su pecho con tanta facilidad como lo haría en una nube de humo. La chica recibió un golpe en el cuello, un cabezazo en la mejilla, estrellas blancas brotaron ante sus ojos. Sacó la espada, arremetió a ciegas, sintió la carne abrirse como el agua mientras una zancadilla le quitaba los pies de debajo del cuerpo y caía al suelo, abriéndose la cabeza contra la piedra. Parpadeó repetidas veces, tuvo la vaga impresión de ver un destello de acero, oyó la voz de Maro fiera y llena de odio, un suave y húmedo ruido sordo. Unas manos fuertes la ayudaron a ponerse de pie, mientras intentaba quitarse la sangre de los ojos. Tenía la mejilla partida, su visión tenía un filtro escarlata. Botan estaba muerto, destripado con su propia espada. Yuu yacía inmóvil, con el cuello retorcido en un ángulo denteroso. Eiko estaba arrodillada al lado de la pared, agarrándose la tripa y vomitando. Daichi estaba a cuatro patas, tosía violentamente, tenía la barbilla toda pringada de negro.
Cuatro de ellos, desarmados, hicieron todo esto. Y teníamos el factor sorpresa de nuestro lado. ¿Qué pasaría si…?
Octavia oyó el agudo chirrido de unas hojas de acero rozando las unas contra las otras.
El portal como un iris que daba acceso a la habitación empezó a dilatarse.
Maro posó la vista en la puerta, luego en Octavia y en Daichi, levantó los ojos hacia la cuerda de seda que aún colgaba del borde de la cúpula allá en lo alto.
—Marchaos —dijo.
—Maro…
Su dura mirada silenció la protesta de Octavia. La sombra de su hermano flotaba detrás de sus ojos, clamando venganza. Sangre.
Muerte.
—Marchaos —repitió.
Y entonces Maro echó a correr, blandiendo su katana, con un grito de guerra en los labios, mientras cargaba contra los Inquisidores que entraban en la sala. Sin tiempo para preguntarse nada, para sentir, para pensar. Solo movimiento. Solo acción.
Pensar haciendo. Octavia levantó a Daichi y puso sus manos pringadas de negro en la cuerda.
—¡Trepa!
Tiró de Eiko para ponerla en pie, la llevó medio en brazos hasta la cuerda y le chilló que subiera por ella, que trepara, que avanzara, simplemente que avanzara. En la puerta de entrada, vio a Maro salir volando por los aires entre una lluvia de sangre cuando una humeante patada giratoria casi le arranca la cabeza de los hombros. Octavia se quitó bruscamente la mochila de la espalda, metió la mano dentro en busca de los explosivos que le quedaban. Con un grito informe, los lanzó hacia los Inquisidores y saltó hacia la cuerda mientras un fogonazo de fuego furioso estallaba a su espalda. La onda expansiva la estampó contra la pared y casi se resbala de la cuerda, se le desgarraron las palmas de las manos al trepar hacia arriba. Podía ver a Eiko subir lentamente, a su padre tosiendo y escupiendo esputos negros. Cláxones aullando. Pasos corriendo.
Rugido de motores.
Sintió tensión más abajo en la cuerda, bajó la vista hacia una cara que ardía lentamente, un Inquisidor trepaba hacia ella como un humeante mono retorcido. Desenvainó el wakizashi, cortó la cuerda por debajo de ella y el hombre cayó seis metros; chocó contra el suelo de piedra como una nube de humo, se volvió a materializar y la miró con los vacíos ojos inyectados de sangre y llenos de odio. Octavia oyó una voz distorsionada por encima de su cabeza, levantó la vista y se le cayó el alma a los pies cuando vio a unos Hombres del Loto aterrizar sobre el borde de la cúpula. Su silueta se recortaba contra el cielo, miraban hacia abajo con relucientes ojos sanguinolentos, pacientes como arañas, esperando a que trepara hasta sus brazos. Daichi se había detenido, giraba en el sitio, Eiko por debajo de él. Más Inquisidores se reunieron en la habitación. Octavia apretó los dientes, tenía los nudillos blancos, bajó la vista hacia su muerte.
—Lo siento, hija —tosió Daichi—. Yo no quería que estuvieras aquí.
—Deberías haber confiado en mí, padre. Ninguno de los dos tendría que estar aquí.
—No me refiero a aquí, en este lugar —dijo Daichi con voz áspera—. En esta vida. No habría… elegido esto para ti. Me hubiera gustado que fueras feliz… Lejos de todo esto.
Octavia pensó en los temporizadores de los explosivos que habían colocado en los depósitos de chi, en la cuenta atrás que iba corriendo.
Segundo.
A segundo.
A segundo.
—No temas, padre. —Una débil sonrisa—. Pronto estaremos lejos los dos.
—Mierda, qué demonios…
Lexa maldijo cuando el Arrasador se sacudió de encima los ataques suicidas de los Kitsunes y reemprendió su pesada marcha hacia Kitsunejō. Su casco ennegrecido y humeante, su cabeza abollada, pero aun así, seguía adelante. Echo y Kaiah volaban en círculo por ahí cerca, junto con los únicos tres machos jóvenes que quedaban de la manada de Tormenta Perpetua, Sukaa todavía entre ellos. El negro goteaba sangre, sus ojos verdes centelleaban con la emoción de la matanza, miraba a Lexa con algo cercano al hambre.
—Por las barbas de Izanagi, ¿qué hace falta para detener a ese monstruo? —gritó Echo.
Lexa desvió sus pensamientos del hijo de Torr y los trajo de vuelta al problema que tenían entre manos.
—¡No hay nada que hacer! ¡Tengo que entrar dentro! ¡Si consigo ver al piloto, puedo matarle!
YA HAS VISTO LO QUE LES PASÓ A MIS HERMANOS.
—¿Y cómo demonios conseguimos meterte dentro? —El grito de Echo resonó entre los pensamientos de Buruu—. ¡Esos lanzadores de hierro nos harán trizas antes de que nos acerquemos siquiera!
… LEXA, DETRÁS DE NOSOTROS.
Lexa sintió una advertencia titilar en la mente de Sukaa, vio a Kaiah rugir y subir como una exhalación cuando unas formas se materializaron entre la cortina de humo y nieve negra. Cuatro acorazados del Gremio, magullados por la batalla y cojeando. Cascos desgarrados por ganchudos rezones de abordaje, lonas inflables chamuscadas por las llamas, suelos de madera empapados de sangre. Pero pudo verlos en las cubiertas: cascos de demonios pintados de blanco hueso. Los últimos miembros de la Élite Kazumitsu, con las espadas desenvainadas, bramando su desafío cuando la vieron, asesina de Shōgunes, destruidora de dinastías. Y de pie sobre la proa de la nave más grande, con la cara cubierta de cenizas y salpicaduras de sangre, estaba él, alto y feroz como los tigres.
Roan…
ASÍ ES.
Mientras Buruu giraba en redondo, la mano de Lexa se deslizó sin querer hacia su tripa, hacia las vidas que crecían en su interior. Tan pequeñas. Tan fuertes. La llenaban del poder suficiente para despertar dragones ancestrales, para sentir las mentes de cada soldado inmerso en esa batalla, para nadar en los pensamientos de todos los tigres del trueno que flotaban por encima de la carnicería. Una parte de ella, tan parte de ella como el corazón en su pecho.
¿Pero parte de él también?
Le miró a través de los cielos cubiertos de humo, recordó cómo se sintió la primera vez que le había visto. El corazón en las sandalias. Aquellos ojos verde mar, en realidad nada parecidos al color de mar. Porque los océanos eran rojos como la sangre, igual que los cielos envenenados. Y el Gremio que lo había destrozado todo era el mismo Gremio que había colocado a Roan sobre su trono astillado, que armaba a los soldados Toras que estaban cometiendo la carnicería en la ciudad bajo sus pies, que había construido ese inmenso Goliat que estaba a solo unos minutos de convertir el palacio Kitsune en escombros.
Ellos sus amos y él su esclavo.
Pero aun así…
DEBEMOS ASEGURARNOS ESTA VEZ.
¿Lo que quiere decir…?
QUIERE DECIR QUE NO SOLO LE ARRANCAMOS EL BRAZO.
Buruu emitió un largo gruñido sordo, los ojos fijos en el Daimyo del clan Tigre.
LE ARRANCAMOS LA CABEZA.
Los tigres del trueno rugieron, volaron por los cielos a toda velocidad hacia los acorazados del Gremio. Las estrellas shurikens lanzaban destellos entre la nieve que caía, los relámpagos se reflejaban en sus bordes, convirtiéndolo todo en rotos cristales giratorios. Echo y Kaiah se desviaron hacia la izquierda, se lanzaron en picado por debajo de la proa de uno de los acorazados, Sukaa giró a la derecha con otro negro morchebano. Lexa y Buruu volaron por encima de la tormenta de shurikens, acompañados por un veloz macho de Tormenta Perpetua llamado Tuake; luego se dividieron y se dirigieron hacia la lona inflable de la Muerte Honorable desde direcciones opuestas. Los lanzadores de la cubierta superior abrieron fuego, le dieron a Tuake en un ala y cayó dando vueltas en espiral, rugiendo de rabia. Lexa entornó los ojos, tenía una mano enredada en la crinera de Buruu, la otra apretada contra el estómago, las yemas de sus dedos rozaban las bengalas de mano que guardaba en el obi. Impactaron contra el globo inflable, desgarrando la lona reforzada, el aire a su espalda se llenó de hidrógeno aullante, el poppoppopopopop de los disparos de los lanzadores de shurikens, rugidos y Canción Raijin. Lexa sacó una bengala, la encendió contra su peto. La llama brotó en su mano, brillante y caliente. El calor sobre la cara la hizo estremecerse, las chispas volaban a través de los copos negros que caían detrás de ellos. Con solo un pequeño giro de muñeca. Con solo soltarla. Dejarla caer. Contemplar cómo ardía. Cómo ardía él.
¿Así?
LEXA…
Vaciló, se quedó mirando la luz que tenía en la mano.
… Él es su padre, Buruu. El padre de estos bebés que llevo dentro.
ES UN DESTRUCTOR. TODA ESTA MUERTE. ESTE DOLOR. ES OBRA SUYA.
Lo sé.
¿Y AUN ASÍ LE PERDONAS? GAIA. DAICHI. GUSTUS. ANYA. INCLUSO TU PROPIO PADRE. TODOS MUERTOS POR CULPA DE ESTA GUERRA. Y ÉL ENCABEZA ESTE EJÉRCITO.
Nunca dije que podría perdonarle.
PERO RETIENES TU MANO.
No, Buruu. Roan aún muere hoy.
Lexa lanzó la bengala lejos del globo desgarrado, la luz cayó girando y escupiendo hacia la asolada tierra bajo sus pies.
Solo quiero decirle por qué.
Clarke se dejó caer detrás del sistema de refrigeración y se colapso convertido en una bola de dolor, agarrándose el agujero del muslo. Estaba empapada en sudor, la temperatura ambiente era casi suficiente para escaldarle la piel desnuda. Pero a pesar del calor, sintió un frío terrible, grasiento y nauseabundo, sus manos temblaban como las hojas en otoño. Le costaba respirar. Le costaba pensar.
Estás entrando en shock.
Shinji aterrizó a su lado con un suave quejido, los brazos alrededor de sus costillas rotas, el parloteante repicar de su mecábaco silenciado con la palma de una mano.
Vas a morir aquí dentro…
Clarke se puso a cuatro patas, la cabeza gacha, goteaba sudor, intentaba respirar. Enroscó los dedos, cerró los puños. Le dieron arcadas pero tenía el estómago vacío.
—¿Estás bien?
—… Hai.
Podía oír las botas de unos Hombres del Gremio que patrullaban por los pescantes y pasarelas que había por encima de su cabeza. Kensai debía tener una vaga idea de lo que estaba pensando, solo había unas pocas razones que podían haberle empujado a huir por los conductos de ventilación. Tenía que hacer llegar esos explosivos a la transmisión. Deprisa.
—¿Dónde están las cargas? —dijo en voz baja.
—Allí arriba —señaló Shinji—. El hueco es muy estrecho.
Clarke se arriesgó a echar un vistazo desde su posición, vio los explosivos soldados a la matriz de difusores, a unos tres metros y medio del suelo. El sistema de refrigeración ocupaba el piso entero por encima de la sala de máquinas; una retorcida maraña de tubos que hervían con líquido refrigerante. El ambiente estaba cargado de vapor; el rugido de los motores y el ruido atronador de las pisadas del Arrasador recalcaba un mar de hierro siseante. Shinji se apoyó contra un tubo de entrada y reprimió un gritito, la piel que tocó el metal chisporroteó como una sepia en una sartén.
—¿Cómo demonios conseguisteis ponerlos ahí arriba? —preguntó Clarke.
—Los instalamos antes de que nadie arrancara los motores. Nunca pensamos que tendríamos que moverlos.
Clarke oyó unos pasos que se acercaban, unas rasposas voces metálicas. No había tiempo que perder, ni siquiera un minuto para buscar una alternativa. Cada segundo traía a las patrullas más cerca, llevaba al Arrasador al borde de Kitsunejō. Cada instante desperdiciado era un instante en que otro arashitora o soldado Kitsune o, Dios no lo quisiera, incluso Lexa misma, hacían algo suicida para detener su marcha. Esto era por lo que había dejado las Iishi, por lo que la había dejado a ella atrás.
Esto es por lo que se había sacrificado Daichi.
Para que Clarke pudiera estar aquí, en este momento; el poder para hacer que el Arrasador se arrodillase estaba a tan solo unos metros de distancia.
—Dame tu membrana —le dijo a Shinji.
—¿Qué vas…?
—Simplemente dámela.
Shinji obedeció. Cogió el fino y brillante material y arrancó los brazos, el torso, las piernas a la altura de los muslos. Clarke podía ver las fijaciones de bayoneta en la piel de Shinji, los cables que salían del mecábaco del chico y se introducían en su carne. Envolvió la tela alrededor de sus manos, rodillas, pies, y salió gateando de detrás de los tubos. Se tumbó sobre la tripa, el muslo le ardía, le temblaban las manos, se deslizó por debajo del barrigudo bulto de la red de difusores y se coló en el espacio que quedaba entre estos y la pared. El aire rielaba, demasiado denso para respirarlo. El frío de sus entrañas se evaporó en el estrecho y abrasador hueco. Apretó la espalda contra la pared, casi no podía soportar el calor de ese horno, fue deslizándose hasta ponerse en pie. Y entonces, con una oración susurrada a quien estuviera escuchando, puso las manos sobre el metal y empezó a trepar. El calor tardó un momento en penetrar en la membrana de Shinji y había conseguido subir al menos un metro antes de que el material empezara a derretirse. Entonces llegó el dolor, en rápida escalada desde una leve molestia hasta la agonía atroz. El hedor a carne quemada le llenó las fosas nasales, la membrana se puso negra, empezó a salir humo, todos sus instintos le gritaban que soltara, que se fuera de ahí, que se dejara caer. Pero puso con fuerza los pies y las rodillas y las manos sobre el difusor, de vuelta a la pared, subiendo más y más alto a medida que aumentaba la agonía. Ampollas. Quemaduras. Borraron de un plumazo el creciente atontamiento provocado por la herida del lanzador de hierro, el shock en el que su cuerpo había tratado de envolverle, y le zambulleron de cabeza en un dolor incendiario. En cuanto tocaba el metal, le salía humo de la piel. Tenía un grito estrangulado detrás de los dientes. Pero podía verlo a través de la neblina, el manojo de explosivos, a solo unos centímetros de su mano ya, los ojos llenos de humo, lágrimas resbalaban por sus mejillas. Estiró los dedos cubiertos de ampollas rozó el borde casi se resbala Dios están demasiado lejos duele DUELE.
Y si te sueltas ahora todo habrá sido en vano
cada mentira cada muerte cada segundo de tu vida
que te ha llevado hasta este
momento este lugar empujando más arriba rozándose la espalda
dejándose la piel atrás estirándose
un poco más solo
un poquito más y podía oler cómo
se quemaba el pequeño
Clarke
en el fuego
Dios
nada no queda
nada no te
atrevas
a soltarte ahora NO
TE
ATREVAS
A
SOLTARTE.
Se cayó. Se le desgarró la piel, su cara se estampó contra el difusor, se dejó una capa de mejilla chisporroteando sobre el tubo. Se colapso sobre la malla metálica, bufó al sentirla quemar su pecho, rodó lejos del bulto que había arrastrado consigo al caer. Un manojo de formas cilíndricas, un diminuto receptor de radio montado sobre unos detonadores manufacturados; hacían suaves ruidos tintineantes mientras se enfriaban lentamente.
Un regalo lleno de ampollas.
Una promesa humeante.
Una explosión por venir.
Octavia contuvo la respiración, esperando a morirse.
La cuerda se retorcía entre sus dedos, giraba lentamente por encima de la Cámara del Vacío. En cualquier momento ya, los depósitos de chi saltarían por los aires, destrozando la Primera Casa por completo. El final del poder del Gremio. El final de todo.
—Suban despacio, ciudadanos. —Los Hombres del Loto reunidos en torno al borde de la cúpula miraron hacia abajo con ojos ardientes—. Sin movimientos bruscos.
Eiko contenía la respiración para evitar echarse a llorar, sus manos temblorosas sacudían la cuerda espasmódicamente. Octavia alzó la vista hacia la chica, con el corazón apesadumbrado. Apenas diecisiete años. Tanta fuerza en alguien tan joven. La sabiduría para ver y el valor para actuar. Y aun así, condenada a morir en este agujero inmundo junto con el resto de ellos.
—Valor, chica —dijo Octavia—. Pronto habrá pasado todo.
Tictictic…
—No quiero que pase…
—Lo que queremos raras veces tiene importancia en la vida, hija. Hacemos lo que debemos.
—Lo que debemos… —murmuró Daichi.
Octavia miró a su padre colgado de la cuerda por encima de su cabeza, tenía los ojos fijos en el cadáver decapitado del Primer Brote. Octavia vio un pálido temor en ellos, una sombra de duda que nunca antes había visto. Y se dio cuenta de que no era Eiko la que hacía temblar la cuerda.
Era él.
—¡Ciudadanos! —El Hombre del Loto levantó el cañón plano de su lanzador de shurikens—. Si no empiezan a trepar en cinco segundos, empezarán a caer.
Apuntó el arma hacia el pecho de Daichi.
Tensó el dedo sobre el gatillo.
Tictictic…
Octavia no quería que él muriera así. Asustado. Solo. No después de todo lo que había pasado. Y si estos momentos iban a ser sus últimos, sabía que no deberían estar enturbiados por errores del pasado o palabras no pronunciadas en voz alta. La ira que había en su interior, la que había ardido con tanto brillo cuando él la dejó sola, no era suficiente para romper el vínculo que había entre ellos. Lazos más profundos que la sangre. Aquí y ahora y siempre.
Tictictic…
—Padre.
Los ojos de Daichi todavía estaban fijos en el cuerpo del Primer Brote.
—Padre, mírame.
El hombre levantó la vista hacia sus ojos.
Tictictic…
—Padre, todo va a ir bien. Te lo prometo.
—Octavia… —Una atroz tos le robó las palabras de la boca.
—Lo sé, padre —sonrió—. Yo también te quiero.
—Ya se lo avisamos —dijo el Hombre del Loto con voz rasposa.
El hueco popopopopopopopop de los disparos del lanzador de shurikens, el acero afilado centelleó en el aire. Octavia se obligó a mirar, a no mover ni un músculo, a no darse la vuelta. Gotas de sangre en el aire, esferas perfectas, caían como la lluvia. Y tras ellas, empezaron a caer cadáveres de Hombres del Loto, sus pieles de latón desgarradas y hechas jirones, sus cuerpos caían dando volteretas mientras la Buscadora de la Verdad rugía en lo alto, las hélices hacían picadillo el aire cargado de nieve, el ruido atronador de los motores se perdía entre el sonido de los latidos de su propio corazón. Misaki estaba asomada por encima de la barandilla, les lanzó una escala de cuerda y gritó palabras demasiado lejanas para que pudieran oírlas; los lanzadores de shurikens montados en la cubierta escupían muerte hacia los demás Hombres del Loto y hacia los Inquisidores que se estaban convirtiendo en humo entre aquella granizada de chispas y acero.
Misaki volvió a gritar. Señaló la escala.
¿Qué está diciendo?
—¡Vamos! —gritó Eiko—. ¡Por todos los dioses, saltad!
La chica saltó de la cuerda, se agarró a la escala como pudo, pataleó frenéticamente en busca de apoyo. Unos disparos de shurikens desgarraron el casco de la Buscadora, el rugido de más naves voladoras resonó por encima del pulso que palpitaba con fuerza en sus sienes. Eiko estaba chillando, estiró la mano cuando la Buscadora empezó a ascender. Daichi se lanzó a por la escala, enroscó un puño alrededor del escalón inferior. Octavia por fin despertó de su ensueño, saltó al vacío, con los brazos estirados, consiguió aferrarse a la mano de su padre, áspera y dura como la piedra. La Buscadora ascendió hacia la luz. Agudos aullidos de las sirenas, el rugido de los acorazados, la percusión de los lanzadores de shurikens, gritos metálicos. Los motores a plena potencia, alejándose del complejo de la Primera Casa, el viento le azotaba la cara, la piel, hacía oscilar la escala de un lado al otro. Bajó la vista hacia el monasterio, el valle asolado, los oxidados conductos de chi que serpenteaban por la ladera de la montaña. Subieron más y más, el sudor hacía que la palma de su mano y la de su padre empezaran a estar resbaladizas. Le costaba respirar, le costaba pensar, era imposible trepar. Miró hacia arriba, a los caminantes de las nubes Kitsunes y a los Hombres del Gremio, empezaron a tirar de la escala, subiendo palmo a agónico palmo.
Nudillos blancos. Dedos entumecidos. Resbalaba.
—¡Agárrate a mí! —rugió Daichi.
—¡No puedo!
—¡No me sueltes!
Estrellas shurikens llenaban el cielo, otra ráfaga de los acorazados que los perseguían. Octavia sintió un proyectil pasar silbando al lado de su mejilla, la escala se zarandeó cuando otro la golpeó, cayeron un espantoso palmo entero y quedaron colgando de una única cuerda deshilachada. Eiko chillaba. El viento gélido hacía que le lloraran los ojos, las lágrimas se cristalizaban sobre sus pestañas.
Los dedos entrelazados con los de su padre.
—¡Padre!
Resbalaba.
—¡Octavia! ¡Agárrate a mí!
Resbalaba.
—¡Aguanta!
Apretó su mano.
Un repentino caos. Voces de pánico rebotaban por los conductos del Arrasador, murmullos vacíos de los Shateis, de pie estupefactos y mirando a la nada. Los susurros iban tomando forma, se convirtieron en un hecho casi demasiado imposible de comprender. Shinji agarró el brazo de Clarke que bufó de dolor cuando las yemas de los dedos de su compañero tocaron su carne cauterizada. Pero el chico tenía los ojos como platos, la mano apretada contra el incesante parloteo de su mecábaco. Y cuando habló, su voz fue casi inaudible, como si le hubieran dado un puñetazo en la tripa.
—El Primer Brote está muerto…
Un eco por debajo del conducto en el que estaban escondidos, unos pasos lánguidos se arrastraban por la malla metálica.
—El Primer Brote está muerto…
Clarke miró a Shinji incrédula.
—Por todos los dioses…
—Doscientos años… —musitó Shinji—. Doscientos años ha estado sentado dentro de la Primera Casa. ¿Quién demonios podría ocupar su lugar? ¡Están acabados, Clarke!
Clarke no dijo nada, rodó hasta quedar tumbada de espaldas, casi lloraba de dolor. Manos, antebrazos, espinillas y pies, todos llenos de ampollas, capas de piel olvidadas tras ella como las escamas de una serpiente. El sudor le escocía en las quemaduras, tiritaba de la cabeza a los pies. La agonía era suficiente para desconectar su conciencia de su piel, el shock inundaba cada receptor. Pero no podía detenerse aquí. No tan cerca del final.
El Arrasador hizo otra parada, sus ensordecedores pasos quedaron silenciados cuando la noticia de la muerte de Tojo se extendió por los intercomunicadores. Sin su cabeza, el cuerpo se quedó quieto, la angustia era palpable en sus entrañas. Pero Clarke sentía tanto dolor que apenas se podía mover.
—¿Tienes algún opiáceo? —dijo entre dientes—. ¿Un kit de primeros auxilios?
—No —dijo Shinji—. Lo siento.
—Dios, me está matando… —Cerró fuerte los ojos. Apretó los dientes.
Simplemente respira…
—Tenemos que avanzar solo un poquito más. Casi estamos encima de los motores. Yo pondré las cargas. Pero tenemos que darnos prisa, aprovechar que todo el mundo está impactado por la muerte de Tojo.
—Déjame aquí.
—No puedo hacerlo solo, Clarke. Tienes que moverte.
Clarke intentó rodar sobre la barriga, tenía la cara retorcida de dolor, los dientes relucían muy blancos en contraste con la carne chamuscada.
—No puedo…
Shinji la miró con los labios fruncidos, tamborileó con los dedos sobre la cara interna del conducto.
—¿Por qué estás aquí, Clarkesan?
—¿En este conducto?
—Quiero decir, ¿por qué te rebelaste contra el Gremio?
Clarke cerró los ojos. Aspiró una profunda y tranquilizadora bocanada de aire que bajó temblorosa todo el camino hasta sus pulmones.
—Porque lo que hacen está mal. Matar la tierra, asfixiar el aire…
—No. —Shinji negó con la cabeza—. La gente no se levanta simplemente un día y tira a la basura todo lo que le han enseñado en la vida. ¿Por qué estás aquí de verdad?
Clarke abrió los ojos. Se chupó los labios resecos y agrietados.
—Una chica…
—Ah.
—Lexa.
—¿La Señora de las Tormentas?
Clarke negó con la cabeza.
—… Para mí es solo Lexa.
—Entonces, imagínatela al final de este conducto, Clarkesan. Esperándote. Todo lo que tienes que hacer es gatear hasta ella.
—Pero ella no está ahí…
—Clarke. —La voz de Shinji sonó dura y fría como el hierro—. Gatea.
Y eso es lo que hizo. Rodó sobre la barriga y se arrastró lo mejor que pudo. La textura del metal era como papel de lija sobre su carne, las juntas de soldadura como ganchos en su piel. El sudor le escocía en los ojos, las ampollas se le estaban reventando, la saliva resbalaba por su barbilla, llevaba la cabeza gacha, los ojos abiertos apenas una rendija. Avanzar solo un palmo más. Un centímetro más. Solo hasta la siguiente soldadura. La siguiente curva. El siguiente piso.
Ya iba con los ojos cerrados, cada movimiento era el de una máquina. Una que no sentía dolor. La piel se le iba desprendiendo.
Las heridas en carne viva rozaban contra el metal grasiento. No sentía nada.
Nada en absoluto.
La imagen de ella en su mente, descolorida y con los bordes tiesos como una vieja litografía, una imagen grabada en sus pensamientos hacía una eternidad. De pie juntas, bajo la lluvia, al lado de la tumba del padre de Lexa, sus párpados aleteando y cerrándose al acercarse a ella. Labios como rosas amoratadas rozando los suyos, ligeros como una pluma. Una cortina de noche caía en dulces ondas alrededor de sus hombros. Todo por ella. Todo ello.
Gatea, maldita seas.
Luz en su piel. El ruido de los motores aumentó de volumen.
Abrió los ojos, vio una rejilla de ventilación a su derecha, miró a través de ella y vio el suelo de la sala de máquinas. Los pistones gruñían, la transmisión giraba como una boca abierta llena de dientes de relojería. Había Artífices de pie en un rincón, con las cabezas gachas. Voces inseguras apenas audibles por encima del estruendo del motor. Clarke rodó para apartarse de la abertura y dejar que Shinji se pusiera manos a la obra desatornillando la rejilla desde el interior.
Un anuncio plagado de interferencias brotó a través del sistema de intercomunicación.
—Hermanos. —La voz de Kensai; pena mezclada con algo más. ¿Energía? ¿Euforia?—. Nos ha llegado la dolorosa noticia de que Tojo, resplendente Primer Brote del Gremio del Loto, ha muerto a manos de asesinos Kagés. Aunque os duela en el alma misma, no os dejéis llevar por la pena. Convertid vuestro dolor en ira y prended un fuego en vuestros corazones. Un fuego que nos guíe a través de la oscuridad e incinere a cualquiera que desafíe nuestra voluntad.
Shinji apartó la rejilla con un débil chirrido metálico.
—No puede haber Gremio del Loto sin un líder. —Ahora Clarke reconoció claramente la emoción en la voz de Kensai, unas palabras que el anciano había esperado una eternidad para pronunciar—. Y por eso, reclamo el título de Primer Brote hasta que el sucesor de Tojo pueda ser nombrado.
Shinji apartó la rejilla a un lado, hizo un gesto afirmativo hacia Clarke.
—Muy bien. Bajaré ahí, plantaré las cargas en la carcasa de la transmisión. Con suerte, la explosión reventará algún rodamiento. Quizás incluso una biela.
—¿Y yo qué hago? —susurró Clarke.
Con una sonrisa, Shinji metió la mano en su cinturón y sacó un lanzador de hierro.
—Tú me cubres.
—¿De dónde demonios has sacado eso?
—Del armario de las municiones. Lo forcé después de cortar los mecanismos de control del puente de mando. Me pareció una buena idea en ese momento.
—Bien pensado. —Clarke mostró sus manos cubiertas de ampollas—. Pero no puedo disparar, Shinji.
—Tienes un buen ángulo desde aquí arriba. Será como dispararles a unos peces koi en una copa.
Clarke apretó los dientes y cogió el arma lo mejor que pudo, hizo una mueca de dolor cuando la culata rascó contra sus palmas llenas de ampollas. Shinji sacó un bloque plano de hierro bruñido con una antena adosada y un interruptor de cromo reluciente. El chico apretó un botón liso, un diodo rojo se iluminó en los explosivos, otro en el bloque que tenía entre las manos.
Detonador.
—Deséame suerte.
—Buena suerte, Shinjisan.
—¿Qué? ¿Eso es todo? —Shinji parpadeó—. ¿Ni un beso ni nada?
Con una sonrisa, el chico se deslizó fuera del conducto de ventilación, los explosivos bien sujetos en una mano. Se dejó caer hasta el suelo con su carga y avanzó sigiloso entre el vapor y las sombras en dirección a la transmisión. Clarke fijó las miras telescópicas en los cuatro Shateis reunidos en torno al sistema de megafonía, apuntó con manos temblorosas.
—Dirigiré este Gremio como lo ha hecho Tojo. —Kensai se aproximaba a su gran final—. Veré esta muerte vengada y todo el que incite a la insurrección será purificado por las llamas. ¡El loto debe florecer!
Shinji había llegado a la transmisión, trepó por la carcasa exterior con los brazos llenos de explosivos. Se resbaló, se agarró a los peldaños, casi deja caer el paquete.
—¡El loto debe florecer! —sonó el grito por las entrañas del Arrasador.
Dios, están todos tan acostumbrados a seguir a los que mandan.
Clarke negó con la cabeza.
Ninguno de ellos se para a pensar a dónde puede llevarles ese seguir…
—¡A los puestos de combate! —gritó Kensai.
El conducto dio una sacudida bajo la barriga de Clarke y los motores rugieron cuando el Arrasador retomó la marcha. La atronadora cadencia de sus pasos rebotaba por el interior de su cabeza, las vibraciones amenazaban con tirar a Shinji del sitio en el que estaba encaramado.
DUUMDUUMDUUMDUUM.
DUUMDUUMDUUMDUUM.
Los Shateis corrieron de vuelta a sus puestos, los mecábacos parloteaban, los ojos rojo sangre lanzaban destellos en la penumbra. El hedor a chi ardiendo era casi sobrecogedor, esa pestilencia química del lubricante quemado, el tufo a aceite y flores chamuscadas. Clarke guiñó los ojos para intentar ver algo entre la humareda, vio a Shinji llegar a la parte superior de la carcasa de la transmisión, mirar hacia abajo, a la desprotegida y revuelta maraña de engranajes y dientes de hierro. El chico no podía simplemente dejar caer la bomba en la transmisión, los engranajes la triturarían hasta no dejar más que polvo y la carga quedaría sin detonar. Shinji se asomó por la abertura, enganchó las piernas en los peldaños de la escalera mientras buscaba el lugar donde podría causar el mayor daño. Clarke maldijo para sus adentros cuando vio a un Artífice moverse ruidosamente alrededor de la carcasa de la transmisión. Si el Artífice miraba hacia arriba, vería las piernas de Shinji enganchadas a los peldaños de la escalera, pálidas como el trasero de una doncella Kitsune.
Date prisa, maldita sea…
Sudor en los ojos de Clarke, la reverberación de las pisadas del Arrasador le provocaba nuevos dolores. Apuntó a la parte de atrás de la cabeza del Artífice, el lanzador de hierro temblaba en sus manos heridas. No había manera de hacerle una seña a Shinji sin llamar la atención hacia su persona.
No había manera de avisar al chico de que un Hombre del Gremio se acercaba a él paso a paso.
Shinji apoyó los explosivos entre el plato espaciador y la junta del engranaje inferior y se enderezó. Al limpiarse el sudor de la frente, vio al Artífice que pasaba por abajo; se quedó congelado, como una estatua en los jardines del Shōgun. Si no hacía ni un ruido, si no se movía, quizás el Artífice no se daría cuenta…
—¡En el nombre del Primer Brote!
El grito provenía del pescante que había por encima de la cabeza de Shinji. Ahí había otro Artífice, su brillante ojo sanguinolento fijo en el chico casi desnudo. El primer Artífice alzó la vista y le vio.
—¡Saboteadores! —chilló—. ¡Están aquí! ¡Haced sonar la alarma!
Clarke contuvo la respiración, un dedo sobre el gatillo.
Apretó.
En medio del fuego, un pie en cada mundo, los ojos como platos.
Lexa podía verlos, a todos y cada uno. Podía sentirlos, su ira y su odio, embutidos en blanco nieve, las caras cubiertas de cenizas.
Sirvientes del gran Wellsnomiya. Los últimos miembros de su Élite. Asesinos, todos ellos, y la muerte de Lexa, el único propósito en su vida.
Ella y Buruu aterrizaron sobre el puente de mando de la Muerte Honorable, astillas y maderas agrietadas, cuerdas y jarcias rotas. Roan estaba de pie delante de ellos, un brazo de frío hierro, el otro colgaba ensangrentado a su lado. Los soldados de la Élite los oyeron aterrizar, se volvieron para mirarlos a la cara. Gritos de alarma. Espadas desenvainadas. A la carga. Todo el mundo se movía a cámara lenta. La Muerte Honorable estaba perdiendo altitud, el hidrógeno se escapaba del globo como una hemorragia. Lexa estudió las cubiertas, el suelo de madera estaba lleno de sangre y cuerpos. Samuráis Kitsunes y caminantes de las nubes y miembros de la Élite Kazumitsu. Todos valientes a su forma. Todos luchando por una creencia, una verdad, una razón. Y una parte de ella quería respetar eso. Comprender que ninguno de ellos era tan diferente. Que Daichi había sido como estos hombres en el pasado y que ellos también podían estar a tan solo un paso de ver el mundo como lo veía él. Y entonces sus ojos detectaron a la chica. Hecha un amasijo en un charco, contra la barandilla. Pelo oscuro cortado de un tajo, piel pálida desangrada hasta quedar aún más pálida, labios protuberantes entreabiertos como para respirar. Solo que no respiraba. Ni se movía. No hacía nada de nada.
—Raven…
Era demasiado.
Demasiada pérdida. Demasiada muerte. Demasiado, lo que le habían quitado. Y si esta hubiera sido una de esas grandiosas leyendas del pasado y ella la gran heroína, una noble señora de las tormentas como Kitsune no Akira o Tora Takehiko, puede que hubiese encontrado algo en su interior a lo que aferrarse. Este sería el capítulo en el que encontraría dentro de sí misma la capacidad de mostrar piedad, de aferrarse al Bushido o al honor o a la certeza de que ninguno de ellos era tan diferente. Ninguno de ellos estaba realmente «equivocado».
Pero esta no era una de esas grandiosas leyendas del pasado. Y si ella fuera una heroína, Raven no estaría muerta. Gustus no estaría muerto. Gaia y Anya y su padre. Los habría salvado a todos. Los podría haber salvado a todos. Si fuera una heroína. Pero solo si.
—No —murmuró.
Se introdujo en el Kenning, en las llamas donde se retorcían los dragones, tsunami y fuego e inundación. Y tocó la mente de cada uno de los hombres que la atacaba, sus caras cubiertas de cenizas retorcidas de odio. Se estiró y los acogió en su interior. Estiró las manos, los llamó con los dedos. Siguieron avanzando hacia ella.
Con las espadas en alto. Escupían insultos. La muerte empezó a desenroscarse.
Cerró los ojos.
Cerró los puños.
Y todos ellos se llevaron las manos a las sienes.
Sangraban por los ojos.
Se colapsaron sobre la cubierta.
Todos.
Y.
Cada.
Uno.
Samuráis y marines y caminantes de las nubes. Jóvenes y viejos. Habían dejado de vivir y respirar y pensar para siempre.
Vació la cubierta de todos los hombres que se habrían alegrado de verla muerta. Ahora muertos a su vez.
Todos excepto uno.
Esos ojos que la habían embrujado en el pasado, relucían ahora como liso cristal pulido. La cara embadurnada de blanco, pintarrajeada del color de la muerte; el mismo color en el que habían envuelto a su padre antes de prender su pira funeraria. El mismo color en el que envolverían a Gustus y a Raven, suponiendo que alguien sobreviviera a este día.
DUUMDUUMDUUMDUUM.
—La has matado —dijo Lexa.
—Yo no. —Roan había palidecido al ver el destrozo que había hecho Lexa con su Élite—. Mis hombres.
Lexa podía ver la muerte de Raven en la mente de Roan, grabado en algo que sabía a arrepentimiento. Y cuando dio un paso hacia él, vio sus ojos deslizarse hacia su tripa, hacia la suave curva que se adivinaba por debajo del hierro articulado. El gruñido de Buruu sacudió la cubierta bajo sus pies.
LO SABE.
—Raven te lo dijo. Te habló de ellos.
—Hai.
—Así que ahora lo sabes.
—Ahora lo sé.
Con sus pensamientos, se estiró a través del espacio que los separaba, se deslizó dentro de sus sinapsis, le dio solo un pellizquito para hacerle saber que estaba allí. Roan reprimió una exclamación, abrió los ojos de par en par cuando ella le pellizcó.
Pero todavía no.
Buruu gruñó, un gruñido grave, tectónico, un muro de fuego a la espalda de Lexa.
ACABA CON ÉL.
Pronto.
MIENTRAS SABOREAS ESTE MOMENTO, EL ARRASADOR SIGUE AVANZANDO.
No podemos detener al Arrasador, Buruu. Nos haría falta un milagro.
KITSUNE CUIDA DE LOS SUYOS.
Gustus está muerto. Raven está muerta. Gaia. Daichi. Anya. Mi padre. Si esto es Kitsune cuidando de mí, creo que preferiría que me dejara sola de una maldita vez.
—¿Estás contento, Roan? —Lexa hizo un gesto hacia la despiadada batalla que tenía lugar por todo Yama—. Todo esto es por ti. Cada gota. ¿Te sientes orgulloso?
—¿Orgulloso? —Roan se rio, una risa corta y amarga—. Dios, nunca me entendiste, ¿no?
—No. Pero no era más que una cría. Una cría que creía estar enamorada.
—Lo mismo que yo.
—Me traicionaste, Roan.
—Y tú me traicionaste a mí. Cuando traicionaste a mi señor Wells.
—Wells era un cerdo —escupió Lexa—. Un violador. Un bastardo asesino de bebés.
—Sabías lo que mi juramento significaba para mí. —Roan sacudió la cabeza—. Te dije que era samurái antes que cualquier otra cosa. Nunca fingí ser nada diferente.
—Fingiste ser un buen hombre. Un hombre honorable.
—¡Soy un hombre honorable! —Un bramido, la cara retorcida en una mueca de odio—. ¿Sabes lo que he sacrificado por honor? ¿Crees que esos hombres que acabas de asesinar…?
—No te atrevas a darme un sermón sobre asesinatos…
—¡Hice un juramento a la Dinastía Kazumitsu! ¡Juré defender a mi clan! ¡A mi Señor! ¡Sin esos juramentos no soy nada! ¡Te lo dije desde el primer día!
—Ahora no se trata de clanes o juramentos. ¡Se trata de ti y de mí!
—Dios, ¿cómo eres tan ilusa…?
—¡Deberías estar muerto, Roan! Le fallaste a Wells y deberías haberte matado para restaurar tu honor. Pero cuando el Gremio te ofreció una oportunidad de venir a por mí, ¡la cogiste por el cuello y te aferraste a ella como una garrapata!
Lexa dio un paso adelante, Roan dio un paso atrás, tenía los músculos tensos y le salía sangre de la nariz. La Muerte Honorable se estremeció cuando su barriga rozó las murallas de Yama, la nave voladora se hundía cada vez más a medida que su agujereada lona inflable continuaba deshinchándose.
—Nunca quisiste gobernar un imperio. No querías el trono del Tigre ni volver a forjar una dinastía ni casarte con Gaia. Querías venganza. Hacerme daño como yo te hice daño a ti. Te llamas honorable, pero bajo tus códigos y juramentos, no eres más que un niño mimado. Que patalea y arrastra esta nación a la destrucción porque no consigue salirse con la suya. —Hizo un amplio gesto con la mano hacia la destrucción que estaba teniendo lugar por todos lados a su alrededor—. Tú sabes lo que es el Gremio. Sabes lo que le pasará a esta tierra si ellos siguen en el poder. Pero no te importó ni una solitaria mota de mierda tu familia ni tu clan ni tu país cuando te ofrecieron ponerte la soga al cuello. No sacrificaste ni una jodida cosa excepto tu honor cuando te metiste en la cama con esos bastardos.
—¿Y tú? —escupió Roan—. ¿Qué has sacrifi…?
Su pregunta quedó cortada en dos por un ronco grito de dolor.
Cayó de rodillas, se llevó el puño de hierro a la sien, un espeso líquido salado salía a borbotones por su nariz.
—¿Mi padre no es suficiente para ti? ¿Mis amigos?
—Tú… no los… entregaste. Te los… quitaron.
—Me los quitaron. —Lexa se acercó mucho a él, con una horrible mueca de odio—. Gente como tú. Pero ya no lo haréis más. No destrozaréis este sitio, ni a nuestros hijos. No les harás a ellos lo que me hiciste a mí. Quiero que lo sepas mientras mueres. Todo lo que has hecho ha sido en vano. Todo va a arder. Y yo soy el fuego que tú ayudaste a crear.
—Y dentro de unos años… cuando hables con esos niños… ¿les dirás que mataste a su padre?
La sonrisa de Lexa era del color del asesinato.
—¿Quién dice que les voy a hablar alguna vez de ti, Roan? —Apretó su mente más fuerte, cerró la mano para formar un puño—. Ni siquiera sabrán nunca su nombre…
Y apretó.
