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TODO LO QUE HABRÍA SIDO

—¡Padre!

—¡Octavia!

Los motores de la Buscadora de la Verdad ahogaron sus gritos, las silbantes estelas de las estrellas shurikens llenaban el espacio entre cada respiración. La escala se deshilachaba hebra a hebra. Oscilaban a merced del viento, del impulso, de la gravedad, el cielo lleno de naves del Gremio en plena persecución, escupiendo muerte. Los músculos de Daichi aullaban de dolor mientras se aferraba a la escala con el brazo derecho y a la mano de su hija con el izquierdo. Labios cubiertos de flemas negras. Salían borboteando de sus pulmones.

Dios, ahora no, por favor…

El grito de Octavia. Apenas audible a través del sangriento cielo.

—¡Suéltame!

—¡N-no!

—¡Si no lo haces moriremos los dos!

Dedos entumecidos. Se le resbalaba.

—¡No te soltaré!

Un puñado de corbetas del Gremio se arremolinaban en torno a ellos, los lanzadores de la Buscadora acribillaron a la más cercana de acero giratorio; la nave se abrió en dos como un melón y cayó hacia su muerte en las tierras baldías bajo su casco. Pero otras tres zigzagueaban y viraban entre la centelleante granizada de acero, ojos rojo sangre observaban por las miras telescópicas a los Kagés que habían asesinado a su padre. A su líder. Su Primer Brote.

Popopopopopopopopop.

Una ráfaga de shurikens le desgarró a Daichi el hombro, el estómago, las estrellas se le incrustaron en el pecho; fogonazos de intenso dolor. Octavia chilló cuando él se soltó de la escala, perdiéndose bajo el azote del viento mientras caían. Y aun así él no le soltó la mano, tiró para acercarla mientras rodaban hacia tierra, el espacio entre ambos empapado de sangre, el dolor nada en absoluto. Cayeron dando volteretas mientras él la abrazaba fuerte, igual que había hecho cuando era una niña. Octavia le abrazó a su vez y cerró los ojos, caían, giraban, daban volteretas. Nada importaba salvo que estaban juntos, aquí, al final.

—Te quiero, hija.

El viento se apoderó de las palabras como un ladrón, se las llevó lejos con dedos pegajosos. Pero ella le apretó más fuerte. Ya lo sabía.

Su rugido inundó a Daichi, acallando todo lo demás. Nada más que viento. Se le estaba nublando la vista a medida que la sangre volaba, pintando la cara de Octavia y los negros copos de nieve a su espalda. El rugido llenó sus oídos, más y más, hasta que se lo tragó, el color de la nieve recién caída sobre las cimas de las Iishi.

Centelleaba con una opalescencia metálica, atravesada por franjas del más oscuro de los negros.

Ojos de ámbar.

Garras gris hierro.

Los pescó del aire, con la suavidad de los arroyos de montaña, la fuerza de la piedra de su lecho. Voló bajo y empezó a remontar despacio, por delante de las corbetas destrozadas que caían de los cielos como lluvia. El aire lleno de preciosos gritos salvajes, Los nublados ojos de Daichi se llenaron de lágrimas de asombro, media docena de arashitoras cortando por el aire y a través de las naves del Gremio como katanas. Elegantes y aerodinámicos, más pequeños que Buruu, de algún modo más gráciles, un verso sin par escrito por las manos del Dios del Trueno.

Hembras…

No tenía fuerzas para levantar la cabeza, el calor abandonaba su cuerpo. Octavia le chillaba que aguantara, no te sueltes padre, por favor. ¿Pero habían caído ya? ¿Estaban cayendo todavía?

Quería dormir. Cerrar los ojos y descansar. Tan cansado. Años de guerra, de campos de loto incendiados, de esforzarse a cada respiración para hacer de este un mundo en el que ella pudiera florecer en vez de pudrirse. Y todo para nada. Todo había ocurrido al final, justo como Tojo le había prometido.

Tan cansado.

Madera bajo su cuerpo, el olor a humo de gases de escape y el runrún de unos motores. Una mujer con navajas plateadas a la espalda, apretaba las heridas de su pecho y barriga. Tosió negro, un dolor lejano, las manos y los pies ya insensibles.

—Padre. —La súplica de Octavia, desesperada y bañada en lágrimas—. Padre, aguanta.

—El final de Tojo… fue justo como él dijo. —Bajó la vista hacia la mano de su hija, sujetaba la suya como un lazo sangriento—. Todo lo que hemos hecho… ha provocado todo esto. Nosotros los hemos ayudado…

—Padre, no hables. Estate tranquilo…

—No, debes escucharme.

—Por favor…

—¡No! —El miedo burbujeaba en sus labios. Desesperación. Ingravidez—. No hay forma de escapar al destino. De derrotar a un enemigo… que conoce la forma de las cosas que vendrán. Shima morirá… Última está en camino. Lo que será, será…

—¿Última?

—Lo siento, hija. Intenté… —Una tos, desgarraba su pecho; cristales rotos y ensangrentados—. Intenté darte… un futuro. Pero… solo conseguí asegurar su futuro…

Octavia se volvió hacia los otros con los ojos anegados de lágrimas.

—Ayudadme con él. Levantadle.

La mujer de los brazos plateados habló:

—No deberíamos…

—¡Levantadle!

—Todo para nada… —musitó Daichi.

Al borde de la inconsciencia, sintió unas manos que le levantaban. No tenía fuerzas para sostenerse en pie, pero le sujetaron, Octavia a su lado, manteniendo el frío a raya. Sangre en su lengua entre una pasta de cenizas, miró por encima de la barandilla a la Primera Casa: una mancha amarilla entre el mar de tierras baldías.

—Sí nos has dado un futuro, padre. El Gremio no puede verlo todo. Eso te lo prometo. —Daichi tenía la cara empapada en lágrimas. Pero en la voz de su hija, oyó un fuego igual al que él había perdido—. Si hubieran podido preverlo todo, hubieran previsto esto…

Señaló hacia la Primera Casa, el cielo entre medias lleno de naves del Gremio y chillidos de los tigres del trueno. La periferia de su visión se iba oscureciendo, se cerraba como una lenta cortina, la llegada de la noche después de un largo y frío día. Pero mientras miraba, brotó una diminuta chispa, tan solo la llama de una cerilla al principio, ardiendo en su creciente penumbra. La chispa se convirtió en un fogonazo, una llamarada tan brillante como el sol, iluminó el cielo como un día de verano, una serie de devastadoras explosiones llegó unos segundos después. Los ladrillos, el hormigón, los cristales y la piedra de la Primera Casa se desintegraron en la luz, salió volando como el polvo bajo un viento de invierno. Una ráfaga de calor le golpeó en la cara, borró ese horrible frío, derritió su temor. La certeza. La semilla del fatalismo que amenazaba con robarle todo lo que era, en ese momento final.

—¿Ves padre? —gritó Octavia por encima de los truenos cada vez más intensos.

—… Lo veo…

—¡Nosotros decidimos! ¡No los dioses! ¡No el destino! ¡Nosotros elegimos!

La explosión fue imposible, abrió en canal las Montañas Tōnan, las nubes eran ahora de rocas y polvo. La nave se estremeció en aquel tembloroso cielo, gritos de alarma se extendieron por la cubierta. A Daichi se le vencieron las piernas, cayó de rodillas, su hija le abrazaba fuerte. Explosión tras explosión, con forma de hongo, pero ellos dos estaban perdidos el uno en brazos del otro mientras la Buscadora se sacudía como una cometa de papel en un viento abrasador.

¿Pasaron años? ¿Momentos? Daichi no podía saberlo. Solo que ya no había dolor. Octavia le tumbó en la cubierta a medida que el aire se iba calmando, los cielos manchados de tierra, los escombros caían como lluvia.

—Nosotros elegimos… —dijo con voz áspera.

Octavia bajó la vista hacia él, la cara pringada de sangre, de lágrimas, sus ojos gris acero relucían brillantes en una máscara de cenizas y mugre. Tan parecida a su madre. Una sonrisa que le robó a Daichi el aliento, si solo la dejara florecer… con todas las fuerzas que le quedaban, levantó las manos, le acarició las mejillas, deslizó el pulgar por la cicatriz que le cortaba la cara en dos. La herida en el alma de su hija, nunca curada del todo.

—Elige entonces —murmuró—. Ser libre… de él.

—Padre…

—Elige… ser feliz. —Octavia cerró los ojos, lloraba, todo su cuerpo se agitaba con sus sollozos—. Prométemelo, Octavia. —Ella pasó los brazos alrededor de su cuello, apretó la mejilla contra la suya; su hija entre los brazos—. Prométemelo.

—Sí.

Un suave suspiro.

Una sonrisa en los labios de Daichi.

Los cielos a su alrededor llovían los restos de todo lo que habría sido.

—Lo prometo.

El Artífice chilló cuando el lanzador de hierro le atravesó el hombro y le hizo caer de rodillas. Clarke dio un grito ahogado, las ampollas de las palmas de sus manos se abrieron dejándolas en carne viva. Gritos de alarma se extendieron por la barriga del Arrasador mientras Shinji se dejaba caer de la carcasa de la transmisión a la cubierta; el suelo bajo sus pies cabeceaba furioso mientras el Arrasador continuaba su marcha.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

El Artífice herido agarró al chico por el tobillo. Clarke abrió fuego de nuevo, el disparo salió desviado y levantó chispas sobre el grasiento metal. Más gritos, formas de latón corrían a través del vapor y el humo. Shinji sacó el detonador de su cinturón, pero una patada salvaje hizo que el aparato saliera volando hacia la oscuridad. Clarke disparó otra vez, el proyectil rebotó contra el casco del Artífice, este se alejó dando tumbos para ponerse a cubierto. Varias mochilas cohete se pusieron en marcha, los Hombres del Gremio se acercaban peligrosamente al conducto de Clarke. Disparó un puñado de proyectiles, rezando para que simplemente no miraran hacia arriba. Shinji chilló cuando el Artífice herido le inmovilizó con una llave de cabeza, la fuerza del chico no era rival para un Hombre del Gremio totalmente equipado.

Otro disparo. Otro. Sudor en los ojos de Clarke. Chi en la lengua.

Temblaba tanto que apenas podía respirar. Un Artífice aterrizó en un pescante justo enfrente de su conducto de ventilación y Clarke le disparó, dándole en el muslo y haciéndole caer como una piedra.

—¡Clarke! —gritó Shinji—. ¡El detonador!

Otro disparo, impactó contra una forma de latón escondida detrás del eje de transmisión. El gatillo del lanzador hizo clic, estaba vacío. Con una ahogada exclamación de dolor, Clarke se arrastró fuera del conducto y se estrelló sobre la malla metálica que había a sus pies. Se le escapó un grito. Fogonazos de llamas blanco azuladas.

Sonoras pisadas de botas por las pasarelas de metal.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

—¡Comprobad la transmisión! —Un áspero grito metálico—. ¡Han instalado algo!

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Clarke captó el brillo del metal bajo una maraña de tubos refrigerantes, la esfera escarlata de encima del detonador le hacía guiños. Se puso de rodillas con gran esfuerzo, la piel quemada se le desgarró aún más, cruzó el espacio vacío justo cuando dos Artífices doblaron la esquina, un tercero aterrizó sobre el pescante por encima de su cabeza, envuelto en un halo blanco azulado. Clarke se arrastró bajo el estrecho espacio que quedaba entre los tubos y el suelo, con un brazo estirado. Las yemas de sus dedos rozaron la caja de metal bruñido pero no llegaba a cogerla.

—¡Hay explosivos en la transmisión!

DUUMDUUMDUUMDUUM.

—¡Sacadlos de ahí!

DUUMDUUMDUUMDUUM.

La estremecedora sacudida de un impacto, enormes brazos como guadañas empezaban a reducir las antiguas murallas a escombros, el bastión de Kitsunejō estaba al alcance de sus golpes al fin. Clarke sintió que le agarraban violentamente del tobillo, que le arrastraban hacia atrás mientras aullaba de dolor. Intentó alcanzar el detonador una vez más, solo pudo tocar el borde.

Se estiró todo lo que pudo.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Dio un grito ahogado cuando el Hombre del Gremio le arrastró hacia atrás.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Demasiado lejos.

El dolor demasiado intenso.

Sus labios eran cálidos, el roce de una pluma contra los suyos, suaves como pétalos al caer.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

—Lexa…

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Dio otro tirón hacia delante, se le desgarraron los ligamentos, agarró el detonador justo cuando el Artífice le sacaba a rastras de debajo del tubo. Una explosión llenó la sala de máquinas, ensordecedora en aquel espacio tan reducido, Clarke chilló cuando el aire se incendió. La onda expansiva lanzó a todo el mundo al suelo, trozos de trajes atmos y carne sangrienta caía como nieve roja entre el estruendo del metal retorcido y torturado. Un estremecedor chirrido agudo, una agonía para los oídos, el desdentado gruñido de bielas al romperse y remaches reventados. El suelo cabeceó, como la cubierta de la Hija del Trueno la noche en que él y Lexa se quedaron juntos, de pie bajo la lluvia limpia. Se inclinó peligrosamente hacia un lado, el gigante se escoró, Clarke empezó a rodar y acabó deteniéndose contra los tubos del sistema de refrigeración. Respiraba con dificultad, guiñó los ojos a través de los asfixiantes vapores hasta conseguir ver la carcasa de la transmisión, vomitaba humo negro de sus entrañas. Los grandes motores temblaron, perdieron velocidad y se callaron. El metal se estremeció y respiró un último suspiro. Y por fin, el Arrasador se detuvo.

Pero solo por un momento.

Lexa estaba dándole un último apretón a la mente de Roan cuando la llamarada chamuscó el horizonte sureño. Se volvió para mirar, vio el cielo encenderse, casi como si un segundo sol estuviera levantándose por el borde de la isla. La cubierta se sacudió bajo sus pies, la gran masa herida de la Muerte Honorable derribaba casas con la barriga a medida que caía lentamente. Nubes de humo flotaron a través de la cubierta cuando la onda expansiva de la explosión de las Tōnan por fin los alcanzó, el mismísimo aire se estremeció.

Echo y Kaiah llegaron volando del oeste, un acorazado en llamas caía del cielo a su espalda, la voz de la chica ardía brillante en el Kenning.

¡Los rebeldes lo han conseguido! ¡La Primera Casa ha desaparecido!

El gemido del metal torturado fue lo siguiente que oyeron sus oídos. Lexa levantó los ojos para ver al Arrasador caer de rodillas, grandes nubes de humo salían como vomitadas de su barriga. Los brazos de guadaña todavía se movían espasmódicamente entre los muros rotos de Kitsunejō, pero el Goliat parecía incapaz de dar ni un paso más. La euforia llenó su corazón, el cielo a su alrededor era un revoltijo de alas, los restos ensangrentados de la manada de Tormenta Perpetua, llamándose los unos a los otros entre el humo y las cenizas. Manchados de sangre. Ojos ámbar y verdes, brillantes por la victoria. Incluso Sukaa parecía contento por ella.

—¿Lo ves, Roan? —Miró hacia el suelo y sonrió al Daimyo que estaba de rodillas, con la cara pintada de sangre—. La Primera Casa ha desaparecido. El Arrasador está paralizado. Yama aún está en pie. Todo ello. Todo lo que has hecho. Todo para nada.

La Muerte Honorable impactó contra el suelo, abriendo un surco a través de la Plaza del Mercado. La nave tembló, su morro se estrelló contra un templo en honor a Amaterasu. Lexa se agarró a la barandilla cuando la nave derrapó y acabó parando en seco.

Nubes de polvo, el sonido de lejanas reyertas, llamas crepitantes.

Levantó la mano, frunció el ceño en concentración mientras el Daimyo del zaibatsu Tora se llevaba las manos a las sienes y se hacía un ovillo sobre la cubierta.

—Adiós, Roan…

Un temblor.

Solo un susurro al principio, el apagado eco de un terremoto ya pasado. El suelo revoloteó bajo sus pies, pequeñas piedras danzaban sobre los adoquines rotos, tejas caían hacia su muerte. Pero se hacía más sonoro, más fuerte, la tierra temblaba, se sacudía, un rumor sordo, el gemido de la tierra al colapsarse se filtraba hacia arriba desde el subsuelo. La voz de Sukaa resonó en la mente de Lexa.

CUIDADO.

Buruu rugió, sus ojos lanzaban destellos.

¡LEXA, SÚBETE A MÍ!

Lexa dio un salto y se encaramó sobre el arashitora, el poderoso tigre del trueno emprendió el vuelo mientras la tierra rugía, como un niño mimado con una pataleta, tirado de espaldas y gritando su descontento. Las murallas de Yama se agrietaron y derrumbaron, la ciudad entera temblaba, las casas se colapsaban, una mortaja de polvo flotaba por doquier, las piedras se rajaban y caían dando volteretas en nuevas fisuras que brotaban como sonrisas desdentadas. El terror se extendió por toda la ciudad, edificios más altos empezaron a desmoronarse, la torre pentagonal del Cabildo de Yama se escoró, las torres de atraque se colapsaban en amasijos de hierros retorcidos, los restos del puente del Amatsu desaparecieron en las negras aguas turbulentas.

En el nombre de todos los dioses, ¿qué…?

TERREMOTO.

Como ninguno que haya visto antes…

Volaron por encima de la ciudad, mirando hacia el sur, hacia las tierras baldías del clan Kitsune, las grandes franjas de asfixiada tierra cenicienta. Lexa sintió miedo en el pecho, frío y nauseabundo. Vio crecer una cortina de vapores gris ceniza a medida que las grietas de la tierra torturada se ensanchaban más y más, cayendo hacia una oscuridad que sus ojos no querían ver, oyó unos débiles gritos en la parte de atrás de su mente.

¿QUÉ ES ESO?

¿Tú también lo oyes?

A TRAVÉS DE TI. ¿QUÉ ES?

Dios…

Se acordó de Tormenta Perpetua, de la oscuridad que había vislumbrado al mirar hacia Shima a través de la Canción Vital. Se introdujo en el Kenning, en el fuego de cada ente vivo a su alrededor, la tormenta de seres y espíritus y aliento, sintió el pulso del mundo. Los gritos se volvieron más altos en sus oídos, Buruu rugió asustado, los demás arashitoras le hicieron los ecos a su inquietud. Angustia en su vientre, la mano apretada contra el bulto de calor y vida que crecía en su interior. Se concentró en el sonido, ese horripilante gemido estridente, como sangrientos clavos chirriando por la pizarra de su cráneo. Y entre el terror, el primitivo temor paralizante de todo ello, Lexa oyó un ritmo invertido, tamborileado sobre la piel de la locura por las garras de niños malogrados. Y entonces se dio cuenta de que no eran gritos en absoluto. Ni un gemido ni un aullido ni un llanto. Era…

ES UNA CANCIÓN.

La voz de una madre, negra de odio y nostalgia, emanaba desde los confines del tiempo. Las palabras del Inquisidor ciego resonaron ahora en la mente de Lexa, su sonrisa había sido como una máscara cadavérica.

Los pequeñines ya están aquí, después de todo…

Y mirando dentro de las fisuras de las tierras baldías, con las garras arañándole la garganta por dentro en su ansia de escapar, los vio. Siluetas recortadas contra una oscuridad aún más profunda, subían arrastrándose de las grietas, cubiertos de cenizas, con brillantes ojos rojo sangre. Humanoides con la piel de un azul de medianoche, largos brazos sinuosos, mandíbulas inferiores rebosando dientes sonrientes. Pero detrás de ellos, arrastrándose desde esos fosos cada vez más grandes que llevaban Dios sabe

dónde

yo

dónde

venían formas talladas en pesadillas, todo bocas y ojos y carne despellejada, cosas con alas y colmillos y carne manchada de cenizas, dedos invertidos y sonrisas cortantes y nombres que todos los niños conocen en la oscuridad más profunda de la noche y crecen en la luz y eligen olvidar.

Onis…

Subían como un enjambre, solo un puñado, pero aun así, pero aun así… Voces levantadas con la de Ella, la de Ella, y mirando hacia el sur, hacia la Mancha, hacia el corazón de la corrupción que la humanidad había plantado en su propia piel, Lexa supo la verdadera forma del miedo.

Supo por fin a dónde les había estado conduciendo todo aquello.

Lo que estaba viniendo.

Quién estaba viniendo.

Lo supo.

—La Diosa Izanami —murmuró—. Gran Hacedor, sálvanos…

El cielo a su alrededor estaba asfixiado de cenizas, hervía, los restos de las Montañas Tōnan y de la Primera Casa caían entre la nieve negra. Una gran ola de vapores y humo de las tierras baldías ascendía desde la Mancha allá abajo, las fisuras se colapsaban, toda la llanura de tierras baldías se estaba hundiendo en una insondable negrura; solo quedaba un gran agujero furioso donde la llanura entera estuvo una vez. Octavia miró hacia abajo, hacia esa oscuridad, le dio la impresión de que le devolvía la mirada; una negrura demasiado inmensa para comprenderla. Un aullante viento que helaba hasta la médula se levantó desde la fisura, el hedor a piras funerarias y pelo quemado. La mente de Octavia invadida por un nada melodioso himno estridente, un rugido de puro terror psíquico; en su intento de dejar de oírlo, se arañó las orejas hasta hacerlas sangrar.

—¡Vuela! —le gritó al comatoso timonel—. ¡Maldito seas, sácanos de aquí!

Las tigresas del trueno rugieron aterradas, emprendieron veloz vuelo hacia el norte cuando unas cosas brotaron de la oscuridad, bulleron en sus bordes, informes pesadillas aladas, resbaladizos horrores sin piel, dedos con demasiadas articulaciones, caras con demasiadas bocas, cabezas sin ninguna cara en absoluto. Y detrás de eso, engordando preñada en la penumbra, Octavia podía sentirlo, sentirla a Ella, un temor y un odio tan perfectos que podía sentir cómo reventaba su cordura, vio cómo se arañaba sus propios párpados sin dejar de chillar.

El cuerpo de su padre yacía sobre la cubierta delante de ella.

Ojos cerrados. En paz. ¿Cuán fácil sería tumbarse ahí a su lado?

¿Dejarse caer en los brazos de las cosas que manaban de las fauces a sus pies, darles la bienvenida a su casa, sonreír y tararear con ellos la canción que acabaría con el mundo?

Lo prometiste.

Esa idea la arrastró de vuelta de la oscuridad. Le incrustó los dedos en la piel.

Se lo prometiste a él.

Gateó por la cubierta, agarró el timón y se puso en pie con gran esfuerzo. Misaki yacía en el suelo de madera a su lado, sus relucientes brazos de araña bailaban una aterrorizada y espasmódica danza brincada, su cabeza aporreaba la cubierta con un excéntrico ritmo tartamudo. Eiko estaba hecha un ovillo en un rincón, chillando, solo chillando, con las rodillas contra el pecho mientras se balanceaba adelante y atrás. Y Octavia giró todo el timón hacia el norte, empujó el acelerador como si solo con su voluntad pudiera hacerlos volar más deprisa.

Un viento gélido se levantó a su espalda, dedos helados entrelazados en su pelo, un susurro en su oído, tan viejo como la creación misma.

—Ya estoy en casa, oh hijos míos…

Ojos fijos en los cielos, al frente, dientes apretados, se negaba incluso a parpadear.

—Y os he echado tanto de menos…

Un aullido en su mente, un lamento de un tiempo anterior al vientre materno, anterior a la oscuridad, cuando todo era el vacío. Clarke rodó para quedar sobre la barriga, se llevó las manos a los oídos mientras chillaba, el suelo se abrió bajo él y desapareció en la grieta, le arrastraba hacia abajo, hacia la insondable negrura vacía.

Pero no, no estaba cayendo, no lo estaba haciendo, todo en su mente, su mente, Dios, ¿qué es ese ruido?

El aire estaba lleno del tartamudo parloteo de los mecábacos, todos los Hombres del Gremio sufrían espasmos, tirados de espaldas mientras las máquinas de sus pechos escupían ese ritmo poco melodioso, aporreaban el suelo con la parte de atrás de la cabeza al mismo son. Clarke gateó hasta el Shatei más cercano, le quitó el kit de primeros auxilios con manos temblorosas. Llenó una jeringuilla de opiáceos, incrustó la aguja en su brazo, suspiró cuando sintió el dolor desintegrarse. El gozo ascendió sobre unas alas en sombra, le susurraba que se durmiera, que cerrara los ojos y dejara que todo simplemente desapareciera.

Sshhh, calla, chiquilla.

Sus párpados aletearon sobre su mejilla como las alas de unas mariposas que solo había visto en pinturas.

Calla, tranquila.

Del tipo que ya no existía gracias al veneno del loto que flotaba más y más hacia los cielos…

Irguió la cabeza, se agarró el muslo. Se levantó sobre unos pies que no sentía y se tambaleó a través de la humeante oscuridad, encontró a Shinji con espasmos y babeando, estampando la cabeza contra el suelo con ese ritmo tartamudo. Clarke desenchufó el mecábaco del pecho del chico, la máquina se quedó callada, los ataques se fueron haciendo más lentos hasta que Shinji abrió los ojos de par en par, las pupilas como platos, sus dientes castañeteaban como si se estuviera congelando de frío.

—¿Shinji? —Clarke tocó el brazo del chico—. ¿Puedes oírme?

—Por todos los dioses… —Shinji parpadeó, se secó las lágrimas de los ojos—. Clarke…

—¿Estás bien?

—Podía oírla, a Ella —murmuró el chico—. Dios mío, Ella me estaba cantando.

—¿Puedes andar? Tenemos que salir de aquí antes de que despierten.

Shinji bajó la vista hacia el mecábaco amarrado a su pecho. A los cables que se incrustaban como gusanos en su carne.

—No creo que lo hagan. —El chico sacudió la cabeza—. No mientras Ella esté cantando…

—Levántate. —Clarke se puso de pie, tiró de Shinji hasta que se levantó, lejanamente consciente de que las palmas de sus manos no tenían piel, que sus antebrazos y rodillas sangraban, que estaba perdiendo la piel a tiras.

Shinji arqueó una ceja.

—Primer Brote, ¿estás bien?

Clarke hizo un gesto hacia la jeringa vacía en el suelo, una sonrisa triste asomó a sus pálidos labios. Shinji cogió otro kit de primeros auxilios de un Hombre del Gremio comatoso, sacó vendas de presión y cubrió con ellas las heridas de Clarke. Los chicos cruzaron cojeando el suelo escorado, a través del humo casi cegador, el tictic del metal al enfriarse acompañado por los rítmicos impactos de una docena de cabezas golpeando contra el suelo. Subieron por las escaleras, recorrieron los pescantes superiores, Clarke se sentía más ligero que el aire, la lengua un poco demasiado grande para su boca. Pasaron por delante de más Shateis en los estrechos pasillos, todos tumbados de espaldas, estremeciéndose al ritmo de aquella silenciosa melodía. Llegaron al ascensor de servicio en la columna del Arrasador, apretaron el botón de llamada y observaron cómo bajaba. Clarke se chupó el sabor a humo y pesadillas de los labios, respiró hondo. Dislocado en la neblina opiácea, recordó las Iishi otra vez, las quemaduras que había sufrido allí, él y Lexa refugiados en su pequeña cueva al borde de la charca en las rocas.

—No se lo diré a ellos. Nnunca se lo diré a nadie. No dejaré que te hagan daño. Te lo prometo, Lexa.

Kensai ante él en la enfermería, los ojos brillantes en esa preciosa cara perfecta.

—Dime todo lo que sepas…

Abrió los ojos cuando el ascensor llegó a su piso, entraron y apretaron el botón del puente de mando. Shinji frunció el ceño.

—Nuestra mejor salida es por la parte baja. ¿Por qué vamos hacia el puente?

Clarke sonrió, cerró los ojos mientras subían.

—Tengo que ver a alguien…

Echo chilló un grito de guerra cuando los arashitoras bajaron en picado del cielo, volando directos hacia las retorcidas formas de pesadilla que brotaban de las fisuras de las tierras baldías. Lexa y Buruu iban en cabeza, con la espada en vilo, remolinos de nieve negra caían entre las cenizas y el humo. Echo le había robado una katana de sierra a un Samurái de Hierro muerto y ahora la sujetaba en alto y aceleraba su motor. Las vibraciones que subían por su brazo le daban tranquilidad y fuerza, le regalaban algo parecido al valor mientras volaban hacia las abominaciones que asomaban ya de las heridas de las tierras baldías. Cortaron a través de una cosa hecha de bocas baboseantes y alas correosas, montada sobre espolones de hueso, Kaiah le clavó las garras y la desgarró, Echo golpeaba a diestro y siniestro con la espada de sierra. La sangre de aquella cosa era negra, humeante, llenó el aire de hedor a cadáveres podridos y pelo quemado. Cayó gritando de vuelta al insondable foso, Kaiah y la chica se volvieron y se abalanzaron sobre un alto demonio de largos brazos y piernas, la piel azul de medianoche restregada en ceniza, un cinturón de calaveras alrededor de la cintura. Estaba de pie al borde de la fisura, parpadeando como un recién nacido, con una mano como visera para protegerse de la luz, cuando cayeron sobre él desde detrás y le cortaron el cuello. Su sangre ennegrecida saltó por los aires y les quemó la piel ahí donde caía.

¿Qué demonios son estas cosas?

SERES OSCUROS. DEMONIOS DE LOS INFIERNOS MÁS PROFUNDOS…

La voz de Lexa resonó en el Kenning entre los rugidos empapados en sangre de la manada de Tormenta Perpetua, que cayó sobre la camada de demonios y los cortó en mil pedazos.

—Son onis. Hijos de la Madre Oscura. Peleamos contra ellos antes, en las Montañas Iishi. Pero no era nada parecido a esto.

¿Qué demonios están haciendo aquí?

Kaiah le desgarró el cuello a una monstruosidad sin cara, la destripó de una brutal patada y la lanzó dando volteretas de vuelta a la herida que la había visto nacer.

MURIENDO…

Echo cortó en rodajas a una cosa con demasiadas caras que chillaba palabras de atrás adelante que ella de algún modo casi podía entender. Un terror sin nombre le sacudió las entrañas, la empujó a estirar su mente en busca del calor de Kaiah, su poderío, la férrea fuerza de voluntad de la tigresa del trueno entrelazada con la suya propia. Y aun así, le temblaban las manos sobre la espada.

VALOR AHORA. YO ESTOY AQUÍ. ESTAMOS JUNTAS…

Dios, ¿cómo puedes no tener miedo cuando el mundo entero se está haciendo pedazos?

Kaiah le arrancó al demonio la cabeza de los hombros, envuelta en una lluvia espesa y negra, las bocas todavía babeaban mientras el cuerpo caía al fondo del foso.

SOLAMENTE LOS TONTOS SABEN LO QUE ES NO TEMERLE A NADA. BUSCA SOLO TENER MIEDO Y MANTENERTE BIEN ERGUIDA DE TODOS MODOS. ESO ES LO QUE ES SER VALIENTE…

Se movían con decisión entre aquellos horrores, Echo apretó los dientes, empujó al fondo de la barriga ese frío gélido que sentía. Podía ver a los soldados Kitsunes en las almenas de Yama, contemplaban a los tigres del trueno y a las señoras de la tormentas cortar a los demonios en pedazos y enviarlos de vuelta a la oscuridad que los había parido. Los ojos de los hombres brillaban de emoción, vitoreaban cada vez que caía uno de esos horrores. Recordó la promesa de Kaiah en las Iishi, la promesa de la tigresa del trueno a la herida y asustada chica plebeya que una vez fue.

Preguntaste quién cantaría por mí.

AHORA YA LO SABES. ESTAMOS ESCRIBIENDO LAS LETRAS DE ESAS CANCIONES AHORA MISMO …

Lexa y Buruu volaban en círculo, se lanzaban en picado hacia los demonios que seguían arrastrándose del agujero. Uno de esos horrores sin nombre había destripado a uno los arashitoras morchebanos, que había caído hacia la oscuridad. Ya solo quedaban cuatro miembros de la manada, pero no estaban heridos. Los demonios parecían aturdidos, de algún modo confundidos, como recién nacidos que parpadeaban a la luz de su primer amanecer. Echo se limpió espesa sangre negra de la cara, escupió, todavía sentía el sabor en la lengua de Kaiah. Los soldados de las almenas levantaron sus espadas, rugieron triunfantes. Miró a la chica que encabezaba su manada, piel pálida salpicada de sangriento alquitrán, pelo ondeando al viento, y vio lo que veían los soldados. Lo que también debían ver en ella. No una chica pequeña y asustada y que sangraba por una herida en el corazón demasiado profunda incluso para ser consciente de ella. No una cosa de carne y hueso y sangre y dolor y lágrimas.

Una leyenda.

Una señora de las tormentas.

Echo retiró un río de sangre negra de su katana de sierra, echó un vistazo a la oscuridad del fondo de la sima. Una boca abierta que bostezaba y escupía a los hijos de Yomi al mundo de los hombres.

Una grieta en Shima que llegaba bien profundo, hasta los Infiernos.

Le dolía el ojo solo de mirarla.

—¿Qué demonios está pasando, Lexa?

La respuesta de la chica se oyó por todo el Kenning, envuelta en el mismo temor que Echo sentía en el estómago.

—No lo sé. —Lexa volvió la vista hacia Kitsunejō—. Pero sé de alguien que sí lo sabe.