Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y a la Saga Crepúsculo, solo me adjudico la historia y algunos personajes.

EPÍLOGO

El gran día ha llegado. Yo estoy de pie frente a una asociación de alcohólicos anónimos. Es un lugar asqueroso, lleno de lujos y dinero, hasta el polvo que cae debe valer muchísimos dólares.

—Muévete, idiota —dice Esme—. Vamos, entra, perra —gruñe.

Y yo también le gruño en respuesta. ¡¿En qué mierda me he metido ahora!?

—Si crees que vas a llegar a revolcarte con mi hijo y estar así de drogada y alcoholizada siempre, te equivocas, Isabella Marie, te equivocas… —Y aquí vamos de nuevo con el sermón de Santa Esme.

Sí, ya Esme está enterada de mi relación con Edward. Y fue malditamente horrible. Preferiría nunca haber conocido a ese jodido hombre que aguantarme a mi mejor amiga todos los días llevándome a centros de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos. Está a punto de llevarme a una jodida granja y dejarme ahí para que vuelva hecha una florecita, lo sé.

***
—Hoy no te librarás de mí, tía B —bromeó.

Sonreí contra sus labios y le besé reuniendo toda la calentura en mi interior.

¿Cuánto falta para que llegue Esme? —pregunté.

A estas alturas ya ni recordaba los horarios de mi mejor amiga, sólo podía pensar en Edward y en nuestro maravilloso sexo. Después de la llegada de su madre, decidimos mantener una relación en secreto y vaya sorpresa me llevé al descubrir que el niñato no era ningún niñato, puro y casto. De hecho, ya lo había hecho bastantes veces en el instituto y otras muchas en la facultad de medicina.

Tenemos tiempo. —Se limitó a decir.

Y comenzamos a frotarnos creando una deliciosa fricción. No cabía duda, estábamos hechos para esto, para unirnos. Es decir, al principio ni yo podía aceptar el estar con alguien menor que yo y menos quererle tanto como lo quiero, porque sé que los chicos a esa edad desean sólo sexo y bueno, yo también. La diferencia con Edward era que nuestros roles habían sido intercambiados, él quería algo más que sexo, más de lo que podría ofrecerle mi jodido corazón. Sin embargo, hice acopio de cualquier sentimiento que tuviera hacia él y por eso, seguí con esto. Y es que, día a día, nuestra relación se fue haciendo más fuerte, por muy cursi que sonara. No teníamos más que dos o tres horas para vernos diariamente pero las disfrutábamos al máximo. Sabía que tarde o temprano Esme iba a saberlo y me preocupaba, aunque no lo demostrara y dijera "¡Vale mierdas! ¡Te quiero para mí, pequeño!".

¿En qué piensas? —curioseó, mientras succionaba mi cuello y mis pechos.

Suspiré con pesadez, olvidándome un poco de todos esos problemas.

Edward levantó la mirada y trató de leer mi rostro, como siempre lo hacía pero o mi expresión debía ser muy neutra o no quiso darle importancia al tema, porque con una sonrisa introdujo sus manos en mi intimidad brindándome placer.

Tranquila —susurró.

Respiré profundamente y comencé a besarle con verdadera pasión, una batalla de lenguas había sido desatada entre nosotros. Mis manos iban desde su precioso cabello hasta su bien formado culo. Maldito cuerpo.

Con una sonrisita seductora se deshizo de nuestras ropas y nos acomodó de tal manera que mi espalda reposaba en las almohadas mientras él se cernía elegantemente sobre mí.

Todo de él era de esta manera. Como si ningún detalle pasara desapercibido, quería que cada cosa que hiciéramos fuera perfecta. Era emocionante, creo que quizás podía pensar en lo que hacíamos como algo más que sexo.

Jugaba con mi intimidad mientras daba caricias y mimos a mis pechos, mis gemidos eran acallados por sus labios de vez en cuando. Y yo, sólo alcanzaba a hacerle varios y pequeños chupones en su clavícula, no para fastidiarlo –porque los odiaba– sino para marcarlo. Era mío, perras.

Te quiero, Bella —murmuró mientras besaba mi ombligo y luego hacía maravillas con su lengua en mi cuello, recorría todo mi cuerpo.

Estaba cegada por el placer, se me hacía imposible responder. Aunque quería decirle que yo también. Desde hace unos días que él estaba repitiéndomelo, y no había podido responderle como debía ser.

Con una fuerza casi animal se introdujo inesperadamente en mí. Madre mía.

Mi vagina tendrá una seria conversación contigo, ¿oíste? —gruñí, medio en broma, medio en serio.

La verdad es que se sentía alucinante. Un Edward todo salvaje y erótico era mi sueño.

¿Ah sí? —bromeó agitadamente.

Edward se estrellaba con todas sus fuerzas en mi interior, cosa que me proporcionaba una sensación increíble. Era tan delicioso nuestro sexo, podría dejar el cigarrillo, las drogas y el alcohol por estos momentos tan gratos. Vaya, me estaba convirtiendo en una blanda.

Durante nuestro fuerte vaivén cambiamos de posición y ahora yo me mantenía sobre él, montándolo. Ya que estábamos tan agitados y con ganas de llegar al punto de éxtasis, decidí introducirlo lentamente en mí y tomar un ritmo bastante lento pero que hacía que a Edward se le contrajera el rostro y soltara varios gruñidos y maldiciones.

Sin detener el ritmo agónico, besé con parsimonia su pecho y su rostro, finalmente atrapé sus labios mordiéndolos con fuerza, ya estaba a punto de llegar, el orgasmo estaba por soltarse de mi interior y estaba segura que el de Edward también. La mordida fue la gota que derramó el vaso porque mi amante me tomó de las caderas y comenzó su propio ritmo desenfrenado, arrastrándonos rápidamente al delicioso vacío que se experimenta en el orgasmo. Un vacío en el que hay nubes, hay placer… mucho, mucho, muchísimo placer.

Me quedé un rato sobre su pecho estabilizando mi respiración.

También te quiero, mi Ed —pronuncié al fin.

Él sonrió feliz de la vida y dejó un casto beso en mi frente.

Pero pronto, una tos rompió nuestra perfecta y jodida burbuja.

Los espero afuera —espetó Esme con furia.

Edward y yo tiritamos como si de frío se tratase. Sin embargo, lo que nos causó el escalofrío fue la presencia de mi mejor amiga y madre suya, el peor y mejor día de nuestras vidas.

El peor… Esme lo sabía y no de la mejor manera que alguien podría enterarse. Es decir, si había esperado a que acabásemos era porque había escuchado todo, en absoluto. Ella estuvo esperando afuera hasta que nuestra ronda terminara. ¡Qué sorpresa se llevaría al escuchar mi confesión! ¡Dios mío! ¡Si estás allí, sálvame de ésta mujer!

Y el mejor… Había descubierto mi amor por Edward, realmente lo había descubierto. Era fascinante cómo mi corazón latía con mayor rapidez a su lado, y como el sexo se convertía en mariposas fluyendo a través de mí. Sí. Así me sentía. Como una maldita mariposa andante.

Era perfecto. Quería para siempre mantenernos juntos, él me hacía escapar de la realidad, con él no necesitaba psicotrópicos, alucinógenos, alcohol, cigarrillos…, ni ninguna de esas mierdas. Sólo Edward era suficiente para hacerme volar y olvidarme de mis problemas. Y me beneficiaba. No a largo plazo, porque cuando no estábamos juntos a penas lograba contener mis adicciones, de hecho, me frustraba el no poder estar con él y me intoxicaba aún más. Me había hecho adicta a su presencia, era mi mayor sufrimiento ahora. Aunque Esme ya se encargaría de arrebatármelo, por lo que yo iba a acabar muerta en algún lago cercano.

A ambos —añadió dando un portazo.

Como zombies nos levantamos y en silencio nos pusimos decentes. No cruzamos miradas, ni palabras, nada. La frivolidad del ambiente podía cogerse con una mano y hasta ahorcarse con ella. Lo cual era una de mis mejores posibilidades en este horrible momento.

Pero todo de Edward era noble, a pesar de estar aún más preocupado que yo, con firmeza cogió mi mano y nos dirigió al comedor donde su madre nos esperaba.

Al principio, Esme tenía una expresión neutral, nos evaluaba desde la unión de nuestras manos hasta nuestros rostros apenados y sonrojados. ¡Yo estaba sonrojada e intimidada por mi mejor amiga! Y es que, debía estarlo. La había cagado en grande. No era cualquier cosa el mantener relaciones secretas con el hijo de aquella que te había apoyado durante toda tu vida. Si bien ella nunca me había juzgado por mis acciones, desde hace un tiempo para acá lo había estado haciendo, quizás porque ya estaba llegando al límite en mis decisiones, y sé que ella se preocupaba bastante por la vida que yo llevaba.

Una cosa es que Esme antes fuese así como yo he sido toda mi vida, pero ella supo cuándo y cómo parar, lamentablemente necesitó de alguien como Carlisle tan estricto y controlador para poder salir de ese desastre en el que vivía junto a mí. Yo pude haber experimentado la misma mejoría junto a Edward, pero no lo hice. Y es lo que ella alegaba.

Los dejé seguir pensando que sería algo bueno para Isabella —explicó—. Pero ya basta de todas estas tonterías. No dejaré que dañes a mi hijo, o vas a rehabilitarte o te alejas de él —sentenció con voz fría.

Mamá… —replicó Edward.

Esme le lanzó una mirada endemoniada que lo hizo callar de inmediato.

Nunca la había visto de esa manera. Pero vale, lo entendía perfectamente. Era su jodido hijo, que mucho le había costado sacar adelante.

¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó Carlisle confundido.

Lo que faltaba…

Lo haré, voy a rehabilitación —murmuré rápidamente, antes de que Esme pudiera explicarle a Carlisle lo que sucedía.

Carlisle se volteó hacia mí, sorprendido por mis palabras. Y no fue el único, Edward me miró boquiabierto y apretó mi mano. Por otro lado, Esme me miraba satisfecha y con una sonrisa triunfal en el rostro.

Qué bien, Bella. Es el primer paso para quedar limpia, reconocer que necesitas ayuda. —Me felicitó Carlisle, con una falsa sonrisa en el rostro, sabía bien que poco le agradaba a este hombre—. Tengo unos amigos psiquiatras, y varias asociaciones excelentes en las que podrías internarte para… —Y ahí lo perdí, se enfrascó varios minutos en ese tema. Yo yendo a rehabilitación, yo siendo algo bueno para la sociedad, yo quitándome mis tatuajes con láser…, etc.

Miles de cosas que no sucederían, yo amaba mis malditos y dolorosos tatuajes.

.

.

.

El psiquiatra recomendado por Carlisle es un hombre realmente sexy, debe estar en sus 40 pero de verdad que está para chuparse los dedos.

Tiene un cabello castaño claro lleno de canas, su piel es blanca pero bronceada, y definitivamente tiene un rostro de muerte. Parece un actor de Hollywood. Hasta su cuerpo parece de película.

Esme chasquea los dedos frente a mis ojos.

—¿Oíste lo que dijo? —cuestiona con expresión severa.

Ruedo los ojos fastidiada y asiento. Aunque no tengo ni idea.

—¿Y bien? —Me codea fuertemente en las costillas y me quejo—. ¿Hace cuánto consumes?

Carraspeo incómoda.

—¿Siguiente pregunta? —farfullo.

El sexy actor de Hollywood se ríe pero luego vuelve a adoptar su actitud profesional.

—De acuerdo, entiendo lo que sucede —musita—. Esme, ¿podrías esperar afuera?

Yo le ruego con los ojos que deje la habitación. Esme bufa y asiente, dedicándome una mirada de advertencia.

La consulta ha ido bien después de todo. A pesar de que tuve que confesar todas mis adicciones apenada por primera vez en mi vida.

—Hola, cariño —saludo a Edward con un corto beso en los labios.

Esme suspira y nos ignora mientras hace el almuerzo.

—¿Cómo te fue? —pregunta bastante interesado, aunque está ocupado leyendo una revista médica.

—Bien —murmuro cabizbaja.

Ese doctorcito se ha metido en mi cerebro, ha hecho de él un desastre. Mejor dicho, ha hecho que me sienta mal por el desastre que he hecho durante toda mi vida. Sé que su objetivo no era ponerme pesarosa, sino hacerme entender el daño que me hacía consumiendo y viviendo de esa manera.

Mi mejor amiga sonríe con satisfacción. Una sonrisa que he visto muy a menudo estos días.

Mi novio levanta la mirada de la revista con preocupación.

Sí, mi novio…

Toma mi mano por encima de la mesa y le da un suave apretón, entre miradas me pregunta si realmente estoy bien y yo no sé qué le respondo pero él está satisfecho con la respuesta. Ahora todos se sienten felices por mi sufrimiento. ¡Gracias, chicos!

Mi dolor de culo –y no es Carlisle– llega. Jasper el jodido tatuador de culos.

—¡Hola, queridos! —saluda mientras fuma un cigarrillo, Edward le lanza una mirada furiosa de la que él se percata.

—¿Podrías dejar de fumar en esta casa? —dice Edward. Más que una pregunta, se lo ordena.

Jasper sonríe y levanta las manos en señal de rendimiento, apaga el cigarrillo y lo echa a la papelera. Esme se carcajea y enciende el horno, introduciendo una bandeja con pavo. Yo… pues, quiero de ese maldito cigarrillo ahora mismo. Maldito Jasper y su descendencia.

Edward entiende lo que me sucede y me lleva hacia el jardín para despejarme, no sin antes asesinar a Jasper con la mirada. Y este último se encoge de hombros divertido por la situación.

—Bella, tú en serio vas a poder con esto, no te agobies. Tómalo con calma —aconseja, apretando mi hombro.

Asiento algo fuera de mí misma.

—Hey, estaré aquí para ti —asegura—. No te olvides que no estás sola. —Sonríe y besa mi nariz. Tanto sus palabras como su gesto me derriten el corazón.

—Lo sé. Te quiero, Edward, en grande —susurro. Esta nueva yo me está gustando.

Él mantiene esa sonrisa moja bragas en su rostro y besa lentamente mis labios, saboreando cada lugar. Introduce su lengua en mi boca y juega con la mía. Tiene un sabor delicioso. Sus labios son mi dulce preferido.

Nos acomodamos en un columpio que se encuentra en el lugar y seguimos con nuestra sesión de besos.

Beso todo su rostro haciéndolo reír y atrapar mis labios nuevamente. Le doy un mordisquito en el labio inferior y gruñe, sus ojos se ven oscurecidos. Mete su mano debajo de mi blusa y pellizca mis pezones haciéndome gemir. Hace ya semanas que no tenemos sexo. Apenas leves toques, con Esme es difícil.

Me acomodo sobre él con mis piernas abiertas y tiro de su cabello, besándolo furiosamente. Sólo se escuchan nuestros labios devorándose, y roncos pero cortos gemidos de Edward al yo estar removiéndome sobre su entrepierna. Pronto nos rozamos con más fuerza, parece que en cualquier momento su miembro va a romper sus pantalones y a introducirse en mí.

—Bella —gime Edward.

—¿Uhm?

—No quiero acabar en mis pantalones —dice mordiéndose el labio.

Sonrío y le beso nuevamente, muerdo repetidas veces sus labios hasta hincharlos y me separo poniéndome de pie, bastante agitada. Pero aquí no podemos hacer nada más. Esme llegará a interrumpir en cualquier momento.

—Iré a terminar con esto, luego veré que haremos contigo. —Me besa nuevamente y se ríe, sube a su habitación por las escaleras traseras y yo entro con una sonrisa bobalicona a la cocina.

Esme y Jasper me miran entrecerrando los ojos, ambos acusatoriamente y yo me encojo de hombros, sin ningún arrepentimiento.

Un año después…

Tengo exactamente nueve meses sin consumir algún tipo de droga o alcohol. Y me siento satisfecha con ello. ¿Pueden creerlo? Porque ni yo misma me lo creo ahora mismo. Es algo tan extraño, me siento otra persona. Es decir, nunca había estado tanto tiempo limpia y a la vez sintiéndome tan bien, tan saludable.

—Señorita Swan. —Chasquea los dedos frente a mí—. ¿Va a querer vender ésta obra?

El señor Smith es uno de mis mejores clientes, siempre se pasa por mi recién inaugurada tienda de arte para llevarse una de mis pinturas. Sip. A esto me dedico ahora. Durante mi rehabilitación descubrí que tengo habilidad para pintar sobre un lienzo y que esta habilidad ciertamente se me da muy bien, tanto como para tener mi propia tienda y vender los cuadros a buen precio. ¿Genial, no?

—Er, sí, señor Smith. —Le sonrío amablemente—. Serán 20 dólares por esa —informo y muerdo mi labio con nerviosismo, es la más costosa.

Suelo vender mis cuadros en máximo 12 dólares. Pero vale, éste ha sido difícil de crear. Es una obra abstracta pero dentro de ésa técnica puede visualizarse un claro floreado bordeado de árboles, y si le prestas mucha atención puedes ver a dos personas tomadas de la mano caminando por el lugar, el cielo es un lindo atardecer y casi pueden oírse a las aves cantar. Sin duda, es mi favorita.

El señor Smith esboza una sonrisa dejándome claramente confundida.

—Le doy 50 dólares por ella si me deja exhibirla en Nueva York —propone—. Por supuesto, dándole el mérito por ella.

Y yo me paralizo. Eso es más de lo que podría aspirar. Una de mis pinturas exhibida en esos museos de la Gran Ciudad por al menos un día, siendo vista por miles de famosos pintores cazatalentos.

¿Al menos tendría que pensarlo? Obviamente no.

Asiento efusivamente como una niña pequeña y el señor Smith se ríe.

—Ten 50 por ahora, niña. —Me tiende el billete y lo tomo—. Estoy seguro que vas a ganar más. Estupenda obra —elogia y se retira de la tienda con mi querida y prontamente famosa pintura.

—¡No lo puedo creer! —exclama Esme—. ¿Tu pintura en Nueva York? Felicidades, Bella, estoy orgullosa de ti. —Me abraza fuertemente y suspira, incluso puedo ver que sus ojos se cristalizan.

Nuestra amistad se había visto muy afectada por el asunto con Edward, pero creo que ahora está volviendo a la normalidad. Con esto de Esme estando embarazada…

—Perdona por ser una perra contigo este tiempo —susurra derramando lágrimas.

Mierda, no.

—Chis. —Le calmo y beso su frente—. Todo está bien, Esme.

Y pasa del llanto a la risa. Lo que me hace rodar los ojos.

—Edward dejó esto para ti —dice y me tiende una pequeña caja.

La guardo en mi bolso, ni loca la abriría delante de ella. Aunque puedo ver por sus curiosos ojos que quiere saber qué hay dentro.

Edward está de viaje por esto de la medicina y asuntos de estudio, cosa que me tiene furiosa, hormonal y muy idiota, lo extraño con locura. A pesar de estar feliz por el logro, siento que lo necesito aquí para celebrarlo. Y es así, se ha vuelto indispensable para mí.

Exactamente hoy cumplimos trece meses de relación formal. Como quisiera tenerlo aquí para que me diera uno de sus cursis regalos —además del que me acaba de dejar con Esme, seguramente— y luego sexo descontrolado para disfrutar y celebrar.

Suspiro con tristeza.

Esme se ríe y me tiende su celular, confundida lo tomo.

—¿Hola?

¡Amor! —saluda con felicidad—. ¿Cómo estás?

Mis ojos brillan y una sonrisa se posa en mis labios.

—Joder, habías tardado tanto en llamar, Edward Anthony —susurro con indignación. Mierda, me estoy volviendo más gruñona y bipolar de lo normal.

Tampoco había tardado tanto, sólo un par de días.

Oye, estaba ocupado —murmura con pena—. Te extraño, ¿lo sabes? Feliz mes aniversario, Bella. Te quiero —dice con voz dulce—. Espero que tengamos muchos más de estos, pero juntos —se apresura a aclarar.

Y yo me derrito como un helado en verano.

—También te quiero, cariño y te extraño muchísimo. ¿Cuándo regresas? —pregunto ilusionada.

A mi lado, Esme rueda los ojos con fastidio. Todo este tema con su hijo le sigue dando mala espina. Como a toda madre.

Pronto, pero no sé cuándo.

—Oh vamos, Edward, llevas 20 días fuera, maldita sea —gruño.

Él se ríe por mi bipolaridad, estoy segura que ahora mismo debe estar divertido con esta situación.

Mira, lo siento, me he quedado más de lo que debería —admite—. Pero te prometo regresar rápido, estoy ansioso por estar contigo, créeme. Sobre todo ahora… —Esto último lo susurra como si no quisiera que lo oyera, pero lo oigo perfectamente.

—Eso espero, Edward. ¿Y por qué sobre todo ahora? —cuestiono interesada.

Escucho su suspiro a través de la línea.

Debo colgar, Bella. No abras el regalo hasta que yo esté contigo, ¿de acuerdo? —pide.

—De acuerdo —digo enfurruñada—. Cuídate.

Lo peor de toda esta situación es el hecho de que ése estúpido regalo me mira y me dice "ábreme, ábreme."

Maldito seas Edward Cullen.

Esa noche me duermo luego de tomarme una píldora para descansar, porque no podía pegar ni un ojo. Morfeo tampoco estaba conmigo. Ah, y lloro, lloro porque extraño a ese maldito hombre como si fuera mi aire para vivir. Necesito abrazarlo y ahorcarlo a la vez.

Abro los ojos porque alguien muy gracioso —y sé que es Jasper— decide abrirme las cortinas de la habitación y la jodida luz interrumpe mi lindo sueño donde Edward me está besando.

—Maldito tatuador de culos degenerado de mierda —le grito y me levanto en un salto, encontrándome con Edward de frente.

Mi rostro debe ser un poema porque el hombre de mis sueños se carcajea. Acto seguido, abre sus brazos y yo me acurruco en su pecho, él rodeando mi cuerpo, yo feliz de estar en mi lugar favorito.

Deja cortos besos en mi cabeza y yo no puedo despegarme de él. Su aroma se filtra por mi nariz y me embriaga. Cuánto lo extrañaba.

—Me estás sacando el aire, amor. —Bromea.

—Tonto. —Golpeo su brazo y él hace una mueca de dolor fingido.

Sí que ha cambiado en estos 20 días. No parece un niño en lo absoluto, lleva un poco de vello facial. Y es que es muy distinto a como era el año pasado, claro, en unos meses cumplirá 20 años. Y yo… 35 años. ¡No puede ser! ¡Madre mía!

Me ha sorprendido en grande, pero agradezco que en serio haya vuelto pronto.

Después de besarnos como dos adolescentes hormonales procedemos a desayunar. Edward trajo comida de Subway, no es Mcdonald's ni Wendy's pero no me puedo quejar, a él no le gustan esos lugares.

—Dime, ¿cómo te fue? —Le doy un mordisco a mi hamburguesa de pollo, está deliciosa.

—Excelente, he adelantado dos materias y me ha sumado puntos ésta investigación, lo que quiere decir que en unos dos años y medio me graduaré —dice satisfecho de sí mismo. Y me enorgullece que le apasione su elección de carrera.

Lo felicito con un corto beso en los labios y terminamos de desayunar.

—¿Dónde está la jodida caja? —me pregunto exasperada. Ayer la dejé sobre mi escritorio y no está.

Edward se ríe y la agita en su mano.

—No es gracioso, casi me haces creer que la había perdido. —Entrecierro mis ojos hacia él.

Pero mi novio luce feliz, muy feliz, y sé que no sólo es por haberme visto. Hay algo más y ese algo tiene que ver con la jodida cajita.

Se acerca a mí, me abraza y me besa lentamente. Disfrutando de mis labios, introduce su lengua en mi boca y la explora. Es un beso intenso. Tiene sabor a "te extrañé", y se lo regreso. Cuando cortamos el beso me toma la mano y nos sentamos en mi cama.

Sí, mía, ya no vivo con Jasper. Y tengo mi propio guardarropa. Es increíble lo que ha cambiado en un año mi vida.

—Puedes abrirla. —Me tiende la cajita y yo la agito pero no se escucha nada en su interior.

La abro, mirándolo directamente a los ojos, tiene una chispa distinta en ellos.

Dentro hay un anillo de oro firmemente colocado sobre una rendija, y debajo de éste una hoja doblada. Miro confusa de Edward a la caja y viceversa. Él se ríe por mi reacción y coge el hermoso anillo, tiene una pequeña pero reluciente piedra y ahora sé a quién pertenece… a la abuela Masen. Sé que se lo heredó a Esme y Esme a su vez, se lo dio a Edward.

Mi novio lo pone sobre mi dedo anular y besa mi mano. Le sonrío agradecida y enamorada totalmente. No se trata de un compromiso, al menos. Porque no me ha preguntado nada. Y lo agradezco, sé que eso enloquecería aún más a Esme.

Cojo el papel y lo desdoblo, estoy aún más confundida al notar que es un análisis clínico. No entiendo ni mierda lo que dice.

Edward carraspea y nervioso despeina su cabello.

—Ahí dice que estás embarazada —susurra, y me mira midiendo la expresión de mi rostro.

Embarazada. Voy a tener un bebé. ¡Y no me había dado cuenta! Mi mundo se voltea completamente. Exhalo todo el aire que he estado conteniendo y Edward me tiende un vaso con agua, parece que llevo rato sin articular palabra.

—Dime algo, B. —Está a punto de llorar, lo sé.

—¡Seremos papás! —exclamo con emoción.

Y puedo ver el alivio en su rostro. Estoy verdaderamente feliz. Digo, no es el momento para Edward, pero para mí ya es hora de ser mamá.

—Sí, mi vida, lo seremos —concuerda.

Me levanto y me siento a horcajadas de él besándolo con felicidad.

Tendré un pequeño Edward o una pequeña Bella…

FIN.

.

.

.

—¡Un momento, jovencitos! ¿Cómo que seré abuela? —grita Esme al enterarse, sus ojos se hacen dos pozos de agua y me abraza. —Seremos mamás, juntas, Bells.

Yo me río y Edward nos abraza a ambas.

—Lo mejor es que tendré un hermano y un hijo, probablemente el mismo mes —confiesa y se encoge de hombros.

Esme y yo chillamos de la emoción y Carl me da a regañadientes las felicitaciones.

Tal vez Edward no esté socialmente listo, ¡pero yo sí!

Los meses de embarazo se nos pasan volando, nueve meses de hormonas, lágrimas, antojos y peleas. Edward está al borde del desespero y Carlisle se la pasa trabajando.

Sólo yo tengo experiencia con Esme en este sentido, y sé qué tan insoportable se puede poner.

—Bella, ¿cómo soportaste este comportamiento a los 16 años? —me cuestiona Edward, rascándose la cabeza.

Esme está teniendo un ataque, lanza cosas por doquier y lloriquea. Carl sólo la observa divertido y bufando.

—No lo sé, Ed, quizá porque Carlisle no era el papá del bebé y ella no necesitaba la aprobación de nadie para hacer sus cosas. —Me encojo de hombros.

Sí; Esme tuvo a Edward a los 16 años y de un tipo desconocido que jamás en su vida volvió a ver. Sin embargo, Carlisle se hizo cargo de Edward y bla, bla, bla…

—No puedo creer que estés involucrado con la persona que fue tu padre, antes de que yo llegara —inquiere Carlisle, refiriéndose a Edward acerca de su relación conmigo.

—Oye, yo sólo le avisaba a Esme cuando estaba lloriqueando. —Le saco la lengua infantilmente y él me rueda los ojos.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila sabiendo que mañana darás a luz, Isabella? —me cuestiona Esme en medio de su locura.

—Fácil, tendré asistencia médica —musito y Edward me sonríe, abrazándome y posteriormente deposita un beso en mi abultado y tatuado vientre.

.

Dar a luz no fue tarea fácil; pero al ver a ese pequeño de cabello claro y definitivamente muy llorón, hijo mío, sentí que todo había valido la pena.

Edward, de inmediato, lo cargó y besuqueó. Me repitió mil veces que me agradecía cada minuto de felicidad, y éste en especial.

De pronto, dejó a nuestro pequeño Thomas en mis brazos y se hincó a un lado de mi camilla, abriendo una pequeña cajita color negro.

—Siempre estuviste para mí, siempre lo has estado y quisiera que siempre lo estuvieras. Te amo, Bella Swan y uno de mis más grandes deseos es que seas mi esposa y formemos una hermosa familia. ¿Aceptas? —Abrió la cajita y dentro estaba el anillo de la abuela Masen pero le había puesto una pequeña piedra color morado justo en el centro.

Esme nos observa encantada y, sostiene en sus brazos a Carla, la recién nacida hermana de Edward, apenas tiene una semana de vida, pero es preciosísima. Y Carlisle por primera vez, me acepta, porque asiente hacia mí y articula un: "Apúrate"

Miro a nuestro hijo, y al ver esos lindos ojitos de su padre, respondo un casi inaudible "Si"

—Te amo —susurra Edward.

—Yo te amo también, mi amor —le digo entre besos.

Esme lloriquea, Carlisle nos abraza felicitándonos y desde ese momento, supe que nada volvería a ser igual para ninguno.

—¡Llegó el tío Jasper! —exclama el jodido tatuador de culos desde la entrada con un peluche gigante en sus brazos.

A pesar de que Jasper ya se haya rehabilitado —al igual que yo—, Edward sigue sin tenerle mucha confianza. Por lo que coge el peluche con desgano y bufa, a lo que mi amigo intenta coger al niño de mis brazos, Edward le fulmina con la mirada alejándolo de Thom.

... Bueno, tal vez algunas cosas nunca van a cambiar. Pero me queda la certeza de que Edward llegó a mi vida para volverla una vida mejor, y para enseñarme a amar. Después de todo, es el hijo de mi mejor amiga.

FIN.

.


N/A: ¡Gracias por leer! Debo decir que este epílogo estuvo listo hace mucho, solo faltaba colocar el fin, y nunca supe terminarlo. Espero que les haya gustado, y que a partir de aquí no quieran asesinarme por dejarles dudas sobre este TS. Que a la final parece una short-story de tres capítulos. Jajajaja.

En fin. Les invito a que entren a mi perfil y lean mi nueva historia (basada en esta, y en la vida real): "LA MAMA DE MI MEJOR AMIGO"

Únanse a mi grupo de Facebook: groups/annbmasenfanfiction/

Y déjenme por aquí, qué les pareció el epílogo y el desenlace final de este fic. Para mi, fue lo que tenia que ocurrir.

Saludos,

A x.