Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo nueve: Encuentros y desencuentros.

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Takao sonreía. La silla de plástico de la sala de espera era incómoda. Le hormigueaban los pies, tenía ganas de orinar y su estómago rugía de hambre, pero él solo podía sonreír como un tonto; un tonto enamorado.

Estiró las piernas, deslizando el trasero por la superficie hasta el borde y cruzó los tobillos uno sobre el otro. Sus manos en lo alto de la redonda barriga cubierta con la camiseta rosa pastel, como si tratara de recordar el ángulo perfecto de la curva.

La enfermera se asomó, minutos después, solo para llamar a alguien que no estaba, o eso creía él, hasta que le escuchó un "aquí", ni se había dado cuenta de que estaba sentado a su lado.

Ya le había visto unas cuantas veces por la consulta y se dio cuenta de que su barriga no había crecido en todo ese tiempo... y teniendo en cuenta la especialidad del doctor, que ese chico no estuviera embarazado era raro.

Se fijó un poco mas en él cuando el médico le llamó por su nombre, y como el chico miraba al suelo, avergonzado. Ese tal Kuroko estaba siendo reprendido y eso que no podía oír bien lo que pasaba

Takao ensanchó la sonrisa, sabedor de que no era el único que se llevaba sus regañinas por no cumplir con sus diabólicos planes de tortura.

Quiso acercarse mas para escuchar dentro, pero no le pareció correcto husmear tan descaradamente, y mas cuando, en unos pocos minutos, se lo podría preguntar directamente al médico y listo.

La consulta se le hizo mucho mas rápida de lo que esperaba, o eso, o que se había distraído demasiado con el ambiente, pensando en sus cosas, por que la puerta volvía a estar abierta, y el tal Kuroko, caminaba por el pasillo a la salida, con un taco de papeles lo bastante gordo como para no considerarse una lectura ligera para nada.

Escuchar su nombre en los labios del médico le hizo ensanchar la sonrisa aún mas. El tono con el que pronunciaba "Kazunari" sonaba hasta obsceno en su mente.

– Hola. – Dejó la carpeta con los papeles y la pequeña mochila que iba con él a todas partes, con su documentación, móvil, llaves, todo eso que uno no quiere llevar en las manos sobre la silla, y esperó mirándole directamente.

Midorima leía, todo su historial con atención. No quería dejar nada al azar, todo debía salir bien, y si algo iba mal, no sería por su culpa.

Rodeó la mesa, indicándole la camilla a un lado, separada de la zona de consulta por un biombo blanco y plateado. Señaló la bata blanca y verde que le esperaba doblada en mitad del colchón negro cubierto por una capa de papel blanco y fino.

Takao dio un respingo al escuchar el odioso sonido del látex de los guantes, al tironear de ellos para colocarlos en su sitio. Ese ruidito era aterrador.

– Ya te lo sabes, no me hagas suplicar. – Le miró, una chispa de advertencia en sus ojos. – Sube aquí, túmbate y separa las piernas, quiero comprobar que todo está bien.

– ¿Así?, ¿Sin invitarme a cenar ni nada?. – Takao usó la pequeña escalera de apenas dos peldaños para subir a la camilla, y hacer lo que le había pedido, un pequeño, muy pequeño desafío divertido en sus ojos azules.

– Te invitaré a lo que quieras de la cafetería, siempre que sea sano y apropiado para tu condición. – Encendió la redonda luz blanca y la acercó antes de sentarse a sus pies. Giró la carpeta con el codo para no usar las manos enguantadas, comprobando los datos de la revisión anterior. – Junta los pies y deja caer las rodillas a los lados hasta que no puedas mas.

Durante los siguientes segundos, se escuchó el siseo de sus manos enguantadas rozar su cuerpo, usar sus conocimientos médicos para tocarle fríamente, pero aún así, le hacía feliz.

Si no fuera por la estúpida capa de goma en sus manos, sería perfecto. Aunque el médico solo viera en él un paciente mas y no un ser humano con necesidades humanas.

– Bien, estira las piernas. – Subió la sábana para taparle las vergüenzas y presionó, con dulzura por el costado, siguiendo la curva, notando al bebé en sus dedos con claridad a pesar de no verlo.

Paró un momento, para anotar lo que había visto, todo bien. La verdad es que en una semana no había ningún cambio sustancial a reseñar que saliera de lo normal.

Había engordado otro poco, lo que era obvio, y su cuerpo se acomodaba lentamente para el último trimestre, y el desenlace de tan increíble cambio, tampoco nada del otro mundo.

– Necesito que estés quieto. – Esperó la respuesta, y no se movió hasta que la mamá se tumbó, dejándose hacer sin mas. Posó las manos tras la nuca, y cerró los ojos.

El instrumental iba y venía del recipiente metálico, pero solo podía escucharlo; solo quería escucharlo.

Para distraerse del sonido empezó a preguntar como una ametralladora. Lo cierto es que el doctor podía simplemente no responder y seguir con sus análisis, pero aún así, entendiendo su miedo, iba contestando sus dudas con sinceridad.

– ¿Tienes hijos?. – Juntó las cejas, ese pinchazo no se lo había esperado.

– No. – Posó el algodón impregnado en alcohol sobre la aguja, haciendo una leve presión para aliviar el susto.

– ¿Pareja?, ¿Sales con alguien?. – Suspiró por la nariz al notar la aguja fuera de su vientre.

– No, no hay nadie en mi vida. – Vació el contenido de la jeringuilla en el botecito hermético y lo colocó en su lugar. Curó la punción y la tapó con un algodón y un gran esparadrapo blanco.

– ¿Por qué médico?. – Chistó, un poco dolorido, aunque otro respingo le dio un nuevo susto, no abrió los ojos y siguió con su encuesta.

– Me gusta observar el proceso. Siento que formo parte de su crecimiento, hasta que salen al mundo y otro nuevo aparece. Este trabajo es maravilloso. – Escuchó sus pulmones y corazón por delante, sobre la bata, escribió los nuevos parámetros. – Sigues con la tensión alta, me preocupa.

– Es tu culpa, ya te lo he dicho... lo hago siempre que vengo. – Una sonrisa adornó los labios del médico, y de la mamá. – ¿Te arrepientes de ser médico?.

– Me arrepiento de haber fallado...cuando algo no sale como debería, siento que es mi culpa, que no he hecho todo lo posible. – Se quitó los guantes, y exploró por su cuello y nuca con los dedos. – ¿Puedo preguntar yo también?.

Takao asintió, en silencio. No podía hablar mientras el doctor palpaba su garganta.

– Siempre vienes solo. – Asintió, mirándole. – ¿No hay un padre?. – A lo mejor era un poco osado por su parte, inapropiado, pero no sabía si tendría una nueva oportunidad para despejar sus dudas sobre él.

– No lo necesitamos, igual que él no nos necesita a nosotros. – Había mucho mas detrás en esa historia, pero no quiso que siguiera hablando si eso iba a afectarle de algún modo.

– ¿Vives solo?. – Acercó la cara al oído, mirando dentro con la pequeña luz, y luego se giró a la otra oreja.

– Está claro que no, doctor. – Abarcó su vientre con la mano como si lo expusiera en un concurso como premio. – Tengo un compañero de piso a tiempo completo.

– ¿A qué te dedicas?. – Pasó la linternita por sus ojos, aunque se detuvo a mirarle con ella entre los dedos, sin enfocarle realmente. Adoraba el azul de sus ojos, era precioso.

– No te lo vas a creer aunque te lo diga. – su rostro se iluminó con una sonrisita divertida. Apresó la mano del doctor entre las suyas, y la posó en su vientre, con las suyas encima. – No escuches a mamá, bebé. – Se inclinó para acercarse a su oido, susurró muy bajito. – Soy actor porno.

Midorima se atiesó, sorprendido. Le había visto lo bastante como para saber que eso era mentira, pero el tono en el que lo había susurrado, erótico por demás, le hizo tener esa reacción.

– Tu y yo sabemos que eso no es verdad. – El médico tenía la sospecha, no certera pero casi, de que ese bebé era producto de una primera experiencia, y no muy buena. Lo que le tenía intrigado era el resto de la historia.

Takao tenía veinticuatro años, y era hermoso, simpático, limpio, agradable. Que su primera vez hubiera sido tan tardía debía ser por una razón muy poderosa, pero el médico sentía que no era muy profesional preguntar eso.

– Soy cantante de un grupo de rock... bueno, mas bien lo era, antes de que esta cosita preciosa montara el campamento en mi barriga. – Lo dijo en serio, y Midorima lo notó al instante.

– No salgo mucho, así que, aunque seas una estrella internacional, seguramente ni te habré escuchado. – Se disculpó con la mirada, y levantó la mano, apoyando su disculpa con mas contundencia. – Aunque me encantaría escucharte cantar.

– A mi me encantaría cantar para ti. – Sus miradas conectaron durante tanto tiempo, que solo un escalofrío recordándole a la mamá que seguía ligero de ropa, rompió el hechizo de esos ojos verdes por completo. – Ahora solo canto para él, y bueno, no es un público muy entregado...

– Vístete, he terminado. – Le dejó tras el biombo, para que se colocara de nuevo la ropa, mientras terminaba el informe y lo guardaba en su correspondiente carpeta.

Takao apareció a los pocos minutos, se sentó en la silla frente a él, esperando el montón de regaños por el resultado de las pruebas.

– Está todo bien, aunque me gustaría llevar un control un poco mas riguroso de lo que se haría normalmente. – Le miró por encima del límite de las gafas, y una pequeña, pequeñísima sonrisa le curvó los labios solo de un lado hacia arriba. – La dieta sigue igual, y la medicación. El resto lo iremos viendo con el tiempo. – Takao asintió, serio. – Una cosa mas. – Bien, ahí estaba el remate, ahora le regañaría por el chocolate... – Cena conmigo.

Takao pestañeó, tomando entre sus dedos la pequeña tarjeta que el doctor había depositado encima de su carpeta, y empujado hacía el con la punta del índice.

Su tarjeta personal, datos de contacto, su móvil, dirección privada.

– Cena conmigo. – Repitió. – En mi casa, cuando quieras, puedas o te venga bien. – Sorprendido y totalmente inesperado consiguió algo que no esperaba, Kazunari sin palabras. – Puedes decir que no, no te sientas obligado es solo que me gustaría …

– ¡Sí, claro que si! … – Recogió sus cosas con las dos manos, apoyándolas en lo alto de la barriga, demasiado entusiasmado con la petición. – Esta noche estoy ahí... ¿Quieres que lleve algo?, ¿Vino?, ¿Postre?... bueno vino no, yo no puedo beber, pero claro puedo llevarlo para ti, aunque no tienes pinta de beber ni con las comidas, pero claro una cena no es una comida, o si, pero por la noche... ay, lo siento, me he puesto muy nervioso y ya no sé ni lo que estoy diciendo...

– No es necesario que traigas nada, salvo a ti mismo. – Le acompaño hasta la puerta de la consulta, aunque no abrió. – A las ocho está bien. ¿Sabes donde es?, ¿Conoces la zona o voy a buscarte yo a ti?.

– No tengo ni la mas remota idea, tomaré un taxi, no te apenes. A las ocho, ahí estaré...

– Hasta las ocho entonces. – Abrió la puerta, aunque Takao no salió. Le miró largo rato, como si decidiera si hacer algo o no, y al final simplemente le sonrió, y se despidió con la mano en alto.

Cerró la puerta sin llamar al siguiente paciente, y le entregó a la enfermera de laboratorio el historial y las nuevas muestras de Takao. Esperó a estar solo para sonreír, feliz.

Tenía una cita.

Por su parte la mamá salió caminando decidido. En el parking tardó un rato en arrancar, con la frente apoyada en el volante, y la cara completamente roja como un tomate maduro.

Miró su vientre hinchado sin levantar la cabeza, y se carcajeó completamente desbordado por el sentimiento casi olvidado de felicidad que le invadía.

– Tenemos una cita... una cita, con el sexy doctor... ¡Oh! Tenemos que ir de compras. – El bebé se movió, lentamente, sacándole una carcajada sonora. – Hay que encontrar algo de ropa bonita para estar guapos.

Arrancó, tras decirlo, rumbo a la zona comercial.

Feliz, después de muchos meses simulando estarlo, por primera vez sonreía sinceramente.

Desde que se enteró de que esperaba a su pequeño milagro, si, esa fué la última vez que fué feliz sinceramente. Después de eso, solo fingió serlo.

Hasta hace unos minutos.

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Teppei le buscó, por todo el espacio del parking de camiones, pero a Kagami parecía habérselo tragado la tierra.

Y el caso es que le había visto llegar, y ordenar las existencias del almacén. Aunque bien era cierto que parecía estar con la cabeza en las nubes... o en otro planeta desde que había fichado a la entrada, al comienzo de su turno.

Le encontró en la parte de atrás, con la frente apoyada en la pared de chapa del patio.

– Si intentas sujetar la pared así, es mala idea. – No se movió, solo le miró por el rabillo del ojo, suspirando profundamente. – ¿Qué ocurre, Kagami kun?.

– Le besé. – Solo esas dos palabras, y vuelta al maravilloso mundo de la chapa frente a él. – A Tetsuya, le besé.

Kiyoshi levantó una ceja, y se puso a su lado, apoyando la espalda y el trasero en la pared.

– ¿Y cual es el problema?. – Esperó su respuesta intrigado, aunque tenía una ligera idea del "problema". – ¿Le molestó?, ¿Te rechazó o algo parecido?.¿Cómo se te ocurre besar a nadie en la primera cita?, ¿Estás mal de la cabeza o qué?.

– No... mucho peor que eso. – Suspiró mirándole directamente. – Le besé en la frente, dos veces... y me gustó, ese es el problema. Me pasé toda la cita pensando en que era genial estar con él, que me estaba divirtiendo... que Tetsuya era él, ya sabes, cuando encuentras a la persona. – Golpeó la pared con la frente al final de cada frase. – Me gustó besar a un tío...¿Qué demonios me pasa?.

Teppei estalló en carcajadas. Sonoras, escandalosas, gritonas, histéricas. Se dobló hacia delante, sujetando el estómago con las dos manos por encima del uniforme de trabajo.

– No tiene ni puta gracia, hablo en serio. – La preocupación real en su mirada hizo que las carcajadas de Kiyoshi subieran de volumen e intensidad.

– Si que la tiene... Jaaaa jajajaaj... Espera, espera... es que es tan gracioso... jaaaaaaaaaaaaaaaaaa jajajajaja... – Las lágrimas de la risa le llenaron la cara, no podía parar de reír.

– Hablo en serio, Teppei. – He besado a un hombre...

– No, eso no es un beso, te lo puedo asegurar. – Limpiando su cara, trató de pasar por una persona normal. – La verdad, no debería preocuparte en que cuerpo están unos labios, si no, a ver... ¿Te gustó, no?.

Kagami asintió, con un puchero.

– Pues no le des importancia, solo ve a por todas. – Suspiró fastidiado por la negativa del pelirrojo. No sabía la suerte que tenía de vivir su primer amor de esa manera tan limpia y pura.

Podía parecer que los dos habían vivido demasiado para eso, pero no era así. Ese tipo de amor, el que se descubre poco a poco, era un privilegio reservado solo a unos pocos afortunados.

– No digas que no es un beso... mis labios se posaron en su pelo, yo quise hacerlo, me gustó hacerlo... me muero por volver a hacerlo... es un maldito beso, y yo besé a otro hombre, yo...

Teppei suspiró. De repente se sintió mucho mas anciano de lo que era, y ante sí tenía a un adolescente que necesitaba una lección. El caso es que Kagami era de esas personas que solo comprenden las cosas cuando las viven.

Le giró de un tirón, y aprisionó su cuerpo contra el del otro bombero. Quiso luchar contra él, por supuesto, pero Teppei era mas fuerte y mas alto; imposible.

Le besó, sin darle explicaciones de ningún tipo. Unió sus labios, trazando un camino con sus manos por la cintura hasta cruzarlas en su espalda, inmovilizándole contra la pared.

Se abrió paso a la fuerza, hasta colar su lengua en la boca del pelirrojo, que a duras penas, centraba sus pensamientos en separar al otro bombero de sus labios.

Solo veinte segundos después, un tenue sonrojo teñía sus mejillas, mientras Kiyoshi daba por terminado el beso. Aún unidos por un hilo transparente de saliva, se dieron cuenta de que tenían público.

Y un público, que aunque lógico, era inesperado.

Hyuuga cruzó los brazos sobre el pecho, mirándoles seriamente, sin saber muy bien que hacer o decir de lo que acababa de ver.

Apenas unas horas antes, hacían el amor en su apartamento, de un modo ilícito y traicionero, y ahora se morreaba con Kagami en la parte de atrás... y aún no sabía lo mejor.

– No sé que cojones hacéis aquí atrás con el montón de trabajo que hay pendiente. – Teppei dibujó una sonrisa tristona, y se inclinó, haciendo una reverencia a modo de disculpa. – Kiyoshi, tienes una visita. Está esperando en la entrada.

– Lo siento jefe. – Kagami se disculpó, pasando a su lado como un suspiro aún con el beso presente en su cuerpo por todas partes.

– ¿Y quien es?. – Hasta que no estuvieron solos no se acercó, uniendo sus hombros para hablarle en un susurro. – No es lo que piensas, solo enseñaba al muchacho que los besos son importantes depende de quien los dé.

– No tienes que darme explicaciones, no estamos juntos. – El jefe colocó sus gafas con desdén, esquivando su mirada. – Esto es un lugar de trabajo, serio y responsable. Tenemos que dar ejemplo... tenlo en cuenta y procura que tus citas sean al terminar tu turno. No quiero gente ajena paseando por nuestras instalaciones como si nada.

Teppei le escuchó en silencio. El veneno que desprendía su voz solo podía ser por celos, cosa que no comprendía. Solo tenía que decirle que si, y lo dejaría todo por estar con él. Pero él se empecinaba en mantenerse alejado del matrimonio o de cualquier cosa lo mas parecida a un compromiso de por vida.

Suspiró, mirándole alejarse, entrar en su oficina y ocupar su sitio tras la mesa, sumergiéndose en el trabajo para no ponerse en evidencia delante de nadie.

Kiyoshi pasó del largo a zancadas, cansado de luchar contra el muro invisible del moreno, y sonrió, al modo tan gracioso con el que Kagami trataba de parecer no afectado por el beso.

Para él era una auténtica catástrofe. Había besado a dos hombres, dos, y ambas veces le había gustado... aunque la primera le hizo perder hasta el sueño, la segunda la sintió mas como una reacción corporal que otra cosa mas íntima o importante para él.

… aún así...

– ¿Kise?. – Sorprendido de verle ahí, su nombre le hizo sonreír hasta el límite su boca con una expresión entre feliz y sorprendido.

El comandante se giró, para mirarle, sonriente, feliz. El cansancio reflejado en su rostro. Seguramente había pasado una cantidad de horas desmesurada en un avión para estar ahí con él, y verle un par de horas entre vuelos.

– Lo siento, no debí venir. – Se acercó y le agarró la mano, sin hacer nada mas. – Me parece que a tu jefe no le gusta que esté aquí...Te espero en mi casa, así como un poco, me doy una ducha y duermo algo. – Subió la mano y le besó el dorso. – Tengo un día y medio libre antes de volver al frente.

– Me alegra mucho verte, de verdad. – Acercó la mano, y la giró con ellas unidas, para besar la del rubio. – No le hagas caso, seguramente no ha cagado o algo así. – La suave risa del rubio le hizo sonreír. – Vete a casa, descansa... cuando termine estoy allí como un suspiro.

– Te espero entonces. – Entró de nuevo en el taxi que le esperaba en marcha y dijo hasta luego desde la ventanilla con los dedos de la mano.

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Miró alrededor, buscando entre la gente al posible participante del concurso que había decidido hacer un merengue para presentarlo.

De todos los postres, una tarta con merengue era un suicidio profesional, a no ser que fuera un auténtico prodigio de la repostería, era una muy mala elección.

Murasakibara estaba feliz con su elección. Una tarta nupcial con merengue era sencilla. Había practicado la receta un millón de veces hasta perfeccionarla lo bastante como para hacerla sin medir los ingredientes y a ciegas.

Sabrosa, esponjosa, con un lecho de bizcocho de limón y una suave mousse de arándanos para acompañar, era simplemente perfecta. A los jueces les gustaban los proyectos sencillos, visualmente reconocibles y sabrosos al paladar.

Una selva negra, había sido su elección. Era una tarta compleja, mezclando diferentes capas de bizcocho y relleno cremoso, diferentes chocolates y aromas. Se precisaba de una buena técnica y un conocimiento de las materias primas para trabajar con ellas para darles las texturas y colores apropiados. Era una apuesta arriesgada pero a Himuro le gustaba el riesgo.

Pasó el dedo por la palabra merengue en el cartel, siguiendo la línea hasta el nombre del participante y se giró para buscarle.

Atsushi, el pastelero con una habilidad innata para lo dulce.

Y le encontró en un solo vistazo.

Imposible no verlo con esa altura, ese cabello tan exótico, y ese rostro tan hermoso... Aunque Himuro no pudo evitar dejar sus ojos posados en sus manos... esas manos con las que trabajaba la harina... la masa calentada en sus palmas. Esos dedos sosteniendo las barillas que montaban la nata.

Esas manos con las que hacía su magia...

Y sin darse cuenta, con esos pensamientos rondándole, estaba frente a él, con una sonrisa tímida y una mirada desafiante.

Iba a ganarle. Sin mas.

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Juas juas, llegué al fin de otro cap.

Es oficial, amo a Teppei jajajaj

os super lovio preciosas

Besitos y mordiskitos

shiga san.