Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.
Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.
Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.
Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.
Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.
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Silent Scream.
Capítulo Once: Galletas sin sabor.
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El doctor entró en su casa con una pesadez que le ocupaba el cuerpo entero.
Había atendido a mas de cincuenta pacientes, y al salir, un parto múltiple. No requería de esfuerzo físico, pero mentalmente le agotaba.
Si no fuera por que esta noche cenaría con Kazunari, iría directamente a la ducha y luego a la cama, hasta el día siguiente.
Dejó el maletín en la butaca de madera negra y tapizado en azul, y la chaqueta en el colgador de la entrada.
Pulsó el botón del contestador, aunque no prestó atención a la veintena de mensajes que se sucedieron uno tras otro por el altavoz del aparato. En su lugar, encendió el portátil y pidió la cena a un servicio de catering a domicilio del que era cliente habitual.
El doctor amaba cocinar, solo que nunca tenía tiempo para hacer lo que a él le gustaría.
– Bienvenido a casa doctor. – La mujer que se ocupaba de la casa le saludó al verle de pie en el salón. – ¿Necesita alguna cosa, quiere algo de comer?.
– No es necesario. – Hizo una pequeña reverencia de agradecimiento. – Me gustaría que preparases la habitación de invitados y después puedes tomarte el resto del día libre.
– ¿Señor?. – Dudó, metiendo las manos en el blanco delantal que resaltaba sobre el atuendo azul celeste que vestía debajo. Un tirante recogido dejaba su rostro al descubierto, y sus ojos color miel estudiaron al médico con un brillito de curiosidad.
– Tengo un invitado a cenar, y si la velada se alarga mucho, no quiero que tenga que salir a altas horas, simplemente es eso, cortesía. – Hacía tantos años que esa mujer trabajaba para su familia, que no podía, ni quería esconderle nada. Prácticamente lo había visto nacer, y había cuidado primero de la casa principal, y cuando se independizó, de la suya propia, siempre con una sonrisa de complicidad en su rostro.
– ¿Desea que le prepare la cena antes de marcharme?. – Consciente de lo enorme de esas palabras, no pudo evitar sonreír.
– Ya he pedido la cena, gracias. – Abrió el maletín y sacó los análisis de Kuroko para echarles un nuevo vistazo mas tranquilamente.
– Pues anúlelo, señor. – Enfadada, le miró seria. – Haré algo tan delicioso que su invitado querrá volver solo para repetir.
Midorima sabía que era imposible discutir con ella. Yama podía imponerse de un modo tan sutil, que acababa sintiéndose culpable. Y al fin y al cabo, era un capricho sencillo que podía permitirle.
– Está bien, que sea algo sencillo. Kazunari está a dieta, nada de grasa, ¿De acuerdo?. – Feliz de salirse con la suya, caminó hasta la parte opuesta del salón, aún a sabiendas de que no había terminado de hablar. – No uses alcohol para cocinar, está embarazado.
– Está bien, señor. Algo sano y delicioso. Si necesita cualquier cosa, llámeme. – Se retiró, primero para hacer la habitación y dejarla lista y luego a la cocina, contenta hasta el delirio.
Por norma general el doctor era alguien serio y reservado. Ver interés en otra persona por su parte era un motivo de felicidad para la mujer.
Iba a leer los informes, pero algo que Takao le había dicho le hizo desviar la mirada al ordenador, que seguía encendido sobre la mesa auxiliar en la que estudiaba los casos mas interesantes.
Los documentos y libros se sucedían en perfecto orden, un orden que solo él comprendía.
Pasó junto al piano, que adornaba el amplio salón como un precioso y brillante protagonista, y que le ayudaba a pensar cuando estaba realmente perdido, y se sentó frente al ordenador.
Anuló la cena, pagando una pequeña multa y abrió el navegador.
Escribió su nombre y no tardó ni un segundo en aparecer varios miles de resultados.
Pinchó el primero y leyó con interés.
" … Nacido hace veinticinco años en la calurosa costa, Kazunari Takao se hizo famoso cuando al primer año de instituto formó, junto a cuatro de sus compañeros, el grupo de rock Dark Kiss. Su primer sencillo se convirtió en una semana en número uno de las listas, con mas de un millón de descargas en sus primeras 24 horas de estar en la red. El sonido de la banda, rock metal melódico con pinceladas del mas clásico de los ritmos, aúna en sus canciones unas letras impactantes, eróticas y directas, junto a unas melodías que lo envuelven en un papel de regalo de lo mas llamativo. Kazunari posee una de las voces mas hermosas que ha pisado jamás un escenario, sabiendo jugar con los tonos para hacerlos parecer mas que notas musicales sentimientos, que llegan al oyente de un modo brutal y difícil de olvidar. Su estética, sobre todo sus llamativos tatuajes, y su largo cabello negro, le hace una criatura casi divina …."
Midorima ladeó la cabeza. Había intuido la punta de lo que parecía un tatuaje en su brazo, pero no pensó que fuera importante. Hasta donde él había visto, sus piernas, vientre y pecho, estaban limpias de tinta.
Abrió el buscador de vídeos y tecleó el nombre del grupo.
El primer enlace era de apenas dos meses, y el cantante no era Takao.
Volvió a la ventana anterior y siguió leyendo.
" … anunció su retirada del mundo de la música y desapareció de la vida pública con un comunicado de prensa emitido por su sello discográfico. Un mes después, y tras numerosas pruebas el grupo presentó al nuevo cantante y anunció una gira mundial en la que están cosechando éxitos por todo el planeta ..."
Volvió a los vídeos y bajó por la página hasta los mas antiguos.
Ahí estaba.
Por un momento se acercó hasta la pantalla sin pestañear. Podía reconocer esos ojos en cualquier parte del mundo, aunque su delgado y fibroso cuerpo se le hizo del todo extraño.
El vídeo comenzaba con Kazunari tendido en un sofá de plumas negras, boca abajo. La cámara mostraba sus tatuajes en movimiento como pequeños demonios que entraban en su piel para quedarse. Despertaba, ante un infierno de plumas, por todas partes. La música sonaba, un titilar de una caja de música, lenta y tortuosa, casi siniestra.
Sus ojos completamente negros estudiaban su alrededor, hasta volver al azul que tanto le gustaba... El resto del grupo aparecía dormido a su alrededor, fingiendo estar muerto para ir volviendo a la vida a su paso.
Un ángel. Takao tenía un hermoso ángel tatuado en la espalda, y la mitad del brazo derecho.
Midorima se perdió en la estética y el ambiente del vídeo clip. No era capaz de escuchar la melodía, de hecho no le prestó atención hasta la tercera vez que lo vio.
La letra, preciosa, hablaba de lo que estás dispuesto a sacrificar por amor. Takao era un ángel caído que vivía feliz sabiéndose querido en su propio infierno.
El moreno que vio, vídeo tras vídeo, no compartía apenas nada con el que él conocía.
Su voz era hermosa, y su cuerpo perfecto. En la pantalla del ordenador, ese cuerpo fibroso y marcado invitaba a algo privado. Sus labios, el modo en el que miraba la cámara, la línea del pantalón en sus caderas, insinuando justo el nacimiento del bello íntimo, sin enseñarlo... todo él era una tentación para la vista.
Aunque a Midorima le gustaba lo que veía, a él le había interesado el sosegado embarazado que le discutía todo en la consulta. Su carita regordeta, vientre redondo, ropa de colores pastel, pelo corto... sus labios eran gorditos, jugosos, pero tenía esa dulzura lejana al deseo que poseen aquellas personas que van a ser madres en poco tiempo.
Y aún así, Midorima se sentía atrapado en el azul de sus ojos, en su dulce y tranquila mirada.
Volvió su atención a la pantalla. Sus cabellos negros, largos, muy largos, sedosos y brillantes, oscilaban con su cuerpo en el baile cadente de la canción...
– Señor, ya he terminado. – La mujer se quedó lo bastante lejos como para no ser una curiosa.
Miró la hora, y se dio cuenta de que llevaba un par de horas sentado simplemente mirando vídeos de Dark Kiss, algo tan inusual en él como el amanecer a media noche.
En realidad, le estaba viendo a él, a Kazunari, al Kazunari que era antes de entrar en su consulta.
– Está bien, muchas gracias. – Giró la silla sobre las ruedas y se levantó para despedirla desde la puerta. – Tómate mañana libre también.
– Gracias señor. – Inclinó la cabeza a un lado. – He dejado la carne en el horno, a baja temperatura para que no se enfríe del todo. Cuando la sirva recuerde apagarlo. El postre está enfriándose en la parte alta de la nevera, y el cuarto está listo para ser ocupado. He preparado todo lo necesario para que su invitado pase la noche de un modo cómodo y agradable. Que disfrute de la velada, doctor.
– Gracias por todo Yama, no sé que haría sin ti. – Abrió la puerta de entrada y esperó que la mujer tomara su bolso del colgador. – Diviértete mañana.
– Igualmente doctor.
Al cerrar la puerta se dio cuenta de que apenas quedaba media hora para que Takao apareciera y él seguía con el traje que había llevado todo el día aún puesto.
Una ducha rápida y ropa cómoda.
Eligió un pantalón beige claro de lino, ancho y un jersey blanco con cuello de pico, aunque decidió quedarse descalzo, encendiendo la calefacción del suelo para caldear la casa, un poco.
Quedaba diez minutos para la cita, y decidió darle un pequeño repaso rápido al informe de Kuroko. El laboratorio había remitido los últimos análisis con rapidez, y le preocupaba el hecho de que su amigo se planteara retomar su vida íntima. Su repentino interés en el bombero lo había pillado con la guardia baja.
No se planteó en ningún caso que Tetsuya podía volver a tener pareja... su cuerpo había tardado meses en eliminar completamente el veneno, pero no era eso lo que le preocupaba de verdad.
Volver a intimar con otra persona exponía a Kuroko a algo con lo que no se enfrentaba desde que murió su esposo, algo para lo que no estaba muy seguro que pudiera llevarlo con naturalidad.
Kuroko podía quedar embarazado de nuevo. Era así de sencillo. Su cuerpo libre de toxinas estaba mas que sano. Su ciclo se había reiniciado y estaba receptivo.
Para Midorima, como médico, era maravilloso. Como amigo, estaba preocupado. Invitaría a comer a Kuroko, para tantearle a nivel mental, y ver si estaba en condiciones. La experiencia de su anterior embarazo del todo traumático y con un final tan trágico, había dejado una profunda huella en el maestro... y eso era lo que temía.
El timbre le sacó de sus pensamientos y se levantó alejando de su mente lo que le preocupaba hasta ese instante.
Abrió la puerta y le miró, de pie en la entrada.
Llevaba una camiseta rosa palo y una chaqueta melocotón de punto fino y manga larga. La cintura del pantalón blanco marcaba la camiseta en una línea recta por debajo del ombligo, y se había colgado una bolsa de cuero negro en el hombro, que quedaba a la altura de su muslo. Aún llevaba en la mano las llaves del coche, que agitaba nervioso entre los dedos.
– Hola. – Levantó la mano en un divertido saludo. – ¿Nos dejas entrar o vamos a cenar aquí?.
– ¿Nos?. – Miró tras él buscando a la persona que lo acompañaba al hablar en plural. Takao señaló su tripa, torciendo la boca. – Pasad, por favor. – Habló en plural, siguiendo la broma.
Takao se adelantó, curioseando por el pasillo y el salón con descaro. Midorima se fijó en que sus tatuajes se clareaban bajo la ropa y dibujó una sonrisa, colocando sus gafas en un gesto automático.
– Tienes una casa preciosa, al menos la parte que he visto. – Se sorprendió al verse en la pantalla del ordenador y se acercó, pulsando el play, viendo el vídeo de pie. – Vaya, que de tiempo... aunque esta no es de mis preferidas. – Tecleó una frase en el buscador, y pinchó el primer enlace. El grupo aparecía sin maquillaje ni adornos, en un pequeño cuarto, tocando una preciosa balada en acústico. – Esta es la primera que escribí, cuando aún me gustaba ...
Takao empezó a cantar, por encima del volumen del ordenador, dejando a Midorima clavado en el sitio hasta que terminó la canción.
Una hermosa melodía que hablaba de amor.
Toda la canción había estado con la mano en el vientre, acariciando al pequeño cuando su voz se elevaba por encima de lo normal como para hacer que se moviera. Alargó la última nota hasta dejarla morir y se fue hasta el piano, tomando asiento y levantando la tapa sin pedirle permiso.
– ¿Tocas?. – preguntó posando uno de sus dedos en las teclas, pero sin llegar a presionarlas.
– Si, sobre todo cuando necesito pensar en algo, despejarme. – Se sentó a su lado, posando la punta del pie descalzo en el pedal y deslizando una sola mano por las teclas, formando una melodía clásica del todo reconocible.
Takao posó la mano contraria, y le acompañó, completando la melodía de un modo perfecto.
Y Midorima lo supo. Justo en ese momento, en esa última nota. Era su mitad, su amor, su todo.
– Voy a poner la mesa, tendrás hambre ya, ¿No?. – No esperó que le respondiera, simplemente fue a la cocina, y empezó a preparar la vajilla, nada mas.
Takao le siguió con la mirada y después miró fijamente el teclado. Hacía mucho tiempo que no cantaba para alguien que no fuera su pequeño... y se le hizo un nudo en el estómago al tocar el piano.
Añoraba la música... y acababa de darse cuenta de que amaba compartirla con el sexy doctor.
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Murasakibara había terminado de montar el puesto en la calle para la pequeña feria de barrio que se organizaba cada tres meses. Era un modo perfecto de integrarse con el vecindario, ofrecer degustaciones de sus productos para ganar clientes, y probar la mercancía del resto de comerciantes.
Había hecho una tabla de galletas, de todos los sabores y formas que se le habían ocurrido. Para los niños con formas de animales, de flores para las damas, con chocolate para los papás ocupados. Pequeñas porciones de tarta, faciles de llevar y una fuente de chocolate con porciones de fruta y palitos en las que insertarlas.
Volvió al coche a por las flores que pensaba regalar cuando le vio, al otro lado del parking, descargando cajas de género.
Trotó hasta su lado y le miró por encima del hombro.
– Ya hay un pastelero en el mercado. – Musitó, molesto.
– ¿Miedo a la competencia?. – Acompasó su paso a las largas piernas del pelilila, aferrando con mas ganas la caja de galletas recién horneadas en sus brazos.
– ¿Competencia, dónde?. – Miró alrededor buscando y luego le enfocó. – ¿Tu?... ¿Con estas galletas insípidas?... En tu próxima vida, es posible.
– ¿Y como sabes que están sosas sin probarlas?. – Estrechó la mirada.
– No necesito probarlas para saber que has usado menos azúcar del recomendado. – Usó su estatura para tomar una directamente de la caja por encima de la cabeza del moreno, y morderla, dejando caer migas en su pelo, sonriendo. – Les falta dulce. – Antes de que protestara empujó el trozo que no se había comido dentro de su boca a la fuerza, y esperó a que lo masticara. Tenía razón. Ese estúpido gigante tenía razón.
– No sé que ha pasado. – Le miró, reconociendo su error. – Las llevaré de nuevo al coche.
– ¿Dónde está tu puesto?. – Himuro señaló al final de la calle, a una pequeña mesa y una silla solitaria con el cartel de su tienda. – Ven conmigo.
Sin dejarle elegir le empujó en la dirección en la que una pequeña carpa blanca acogía su puesto. La mercancía ordenada bellamente, formando montañas perfectas en las que se podía distinguir los sabores, colores, texturas.
Hizo sitio en la mesa y abrió la caja que traía Himuro en sus manos, colocando las galletas en fila. Puso un bol en sus manos libres y unas varillas y le llenó el recipiente de distintos ingredientes que el moreno fue anotando en su cabeza para no olvidarlo. Mantequilla, chocolate fundido de la fuente, trozos de almendra. Hizo una pasta y le dio forma sobre sus galletas.
Ahora si que estaban deliciosas.
– ¿Por qué no traes tu mesa y unimos los puestos?. – Murasakibara le dedicó, por primera vez una sonrisa sincera que le avergonzó por su intensidad. – Vamos a tener un montón de trabajo y siempre es mejor dos que uno.
Señaló al final de la calle, por donde acudía Kuroko con toda su clase, y el resto de profesores y alumnos de la guardería.
– Está bien, todo el mundo en fila y que le de la mano al compañero de delante. – Kuroko los guiaba en fila, volviéndose cada poco para asegurarse de que estaban todos.
Se paró frente al puesto de Murasakibara, y colocó a sus chicos en orden para ser atendidos.
– Hola Kuro chin. – Le saludó con la mano en alto. – Hola chicos... ¿Quien quiere probar la fuente de chocolate?. – Se escuchó un "yoooooo" general y una maraña de niños amontonándose frente al surtidor, aunque en un orden que ponía los pelos de punta, efecto de Kuroko y sus enseñanzas.
– ¿Puedo coger una de estas, señor?. – Himuro bajó la mirada a la vocecita, y asintió.
A los niños parecían gustarle sus galletas y la fuente de chocolate se veía desde el inicio como una muy buena idea.
Sorprendido se descubrió mirando a Murasakibara con absoluta admiración. Tenía un don para arreglar las recetas en el último segundo y hacerlas sabrosas con apenas unos pocos ingredientes improvisados.
Le vio conversar con el profesor, y susurrarle algo que le hizo ponerse rojo. A Himuro le hizo gracia su comportamiento, cuando rodeó la mesa y se empezó a comportar como un niño mas, a pesar de ser un gigantón enorme.
– Kuro chin, mira lo que hay allí. – Señaló con la cabeza a un lado de la calle, un callejón en el centro de la gran vía, donde el camión de bomberos estaba aparacado y listo para cualquier imprevisto que sucediera durante la celebración. – Por que no te acercas a decir hola, yo te vigilo a la tropa un rato.
Kuroko asintió, y saludó ya desde lejos al pelirrojo, que dejó de hablar con Teppei para ir a su encuentro.
– ¿Qué haces aquí?. – Saludó a Teppei con una sonrisa y volvío a Kagami.
– Dos palabras: fuegos artificiales. – Tomó uno de los tirantes del delantal entre dos dedos y lo acarició distraído. – ¿Y tu?.
– Trabajo. – Señaló tras él, aunque con la que estaban montando se les escuchaba perfectamente.
– Y bueno... ¿Nigou?. – Desvió la mirada a sus pies.
– En casa, cuidando de Sei. Estoy trabajando y no puedo traer el perro al trabajo.– Posó la punta del dedo en su barbilla para que le mirase. – ¿Y tu ropa?.
– En casa, la he guardado, no te preocupes. – soltó una carcajada y se colocó los tirantes sobre la camiseta que dejaba a la vista sus brazos. – No te vas a librar de lavarla.
– No pensaba hacerlo. – Tomó el tirante y lo separó un poco para soltarlo y darle sin mucha fuerza en el pecho con él. – Aunque si esto sigue así, estoy pensando en poner unas tarifas tipo lavandería.
– ¿A que hora estás libre?. – Preguntó, directamente. – Podemos quedar... otra vez si no te importa...
– A las dos habré terminado en la guardería, luego tengo algo que hacer y estoy libre.
– Vale, pues... ¿Qué te parece a las cinco?. – Kuroko asintió. – De todos modos te llamo antes de salir...
– Tengo que volver o se comerán a Murasakibara. – Kagami asintió, con una sonrisa. – Hasta luego.
Le vió girarse, para volver con su clase, pero algo invisible, inconsciente, le hizo tomarle del brazo, darle la vuelta y besar sus labios, todo en un mismo gesto.
Kagami le agarró, por la cintura, suavemente, como si fuera a romperse en el abrazo, y se inclinó de hombros, para compensar la diferencia de estatura y alargar el beso todo lo posible.
Se sintió como si su cuerpo no le perteneciera y al mismo tiempo, totalmente consciente del mundo a su alrededor; incluso se permitió colar su propia lengua en la boca contraria.
Fué el quien rompió el beso, despacio. Liberó su cuerpo del abrazo y dió un medio paso hacia atrás, adelantando la mano, como para darle permiso para irse.
– Hasta las cinco, Kagami kun. – Rojo como un tomate se unió a su clase, que ajena a lo que acababa de pasar, esperaban por sus dulces con las manos extendidas frente a Himuro y Murasakibara.
Kagami le miró alejarse, y volvió junto a su compañero, que lo había visto todo asombrado del todo.
– Tenías razón. – Tomó la mano de Teppei entre las suyas y la posó sobre su pecho, para que notara el brutal ritmo de sus latidos en la palma. – Nada que ver contigo... tenías razón... es él.
Mirándole sintió que su mundo caótico y desordenado tomaba forma definida y aún no estaba seguro de si le gustaba o no.
…
Kise levantó una ceja al entrar en la cabina.
Era la primera vez en su vida que veía a un piloto con la cabeza entre las piernas.
Eso se hacía para alejar el mareo en los pasajeros, pero en un piloto, era de lo mas raro.
– Comandante. – La azafata de cabina le saludó y tomó su maleta y chaqueta para guardarlos en su sitio. – Va a empezar a subir el pasaje, ¿Quiere que le sirva algo antes de despegar?.
– Agua, y un café, sin azúcar, por favor. – La chica asintió, sonriente.
Kise se agachó junto a reposa brazos y le acarició el pelo con los dedos.
– ¿Primer vuelo?. – Murmuró cerca de su oreja. La cabeza morena asintió en silencio. – Respira por la nariz, a poquitos, y ve levantando la cabeza despacio.
Sin saber por qué, le obedeció, hasta quedar sentado, o mas bien abandonado en la silla.
Kise se inclinó por encima de su asiento y le tomó de las manos para colocarle, a la fuerza, en su propio puesto, el del piloto principal.
Guió sus manos sobre los mandos, y las dejó suspendidas sin hacer nada.
– Bueno, mmm … – Ladeó la cabeza para leer su nombre en el plan de vuelo. – Kasamatsu, es hora de las comprobaciones antes del despegue. Relájate, seguro que has hecho esto un millón de veces en el simulador.
– Ya he volado antes, es solo que … es la primera vez en uno de estos aviones... me acostumbraré enseguida, no se preocupe. – Aunque intentó sonar calmado, su voz emitía una ligera vibración que le delataba.
– Menos mal... solo piensa que estamos dentro de un cacharro con un millón de piezas metálicas y móviles por todas partes y un montón de combustible a unos metros de nosotros... Si la cagamos será un pum de lo mas caro... y seguro que escuece un montón. – Eso no le tranquilizaba para nada. – ¿Estás preocupado?.
– No, estoy aterrado, comandante. – Sus ojos azules le miraban intensamente.
– Bien, pues no olvides esa sensación nunca, ya que es lo que te mantendrá alerta para no meter la pata. – Una sonrisa radiante y una palmada en el hombro relajó el ambiente de inmediato. – Y si quieres un consejo, no te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no vamos a salir vivos de ella...
– Comandante, traigo el agua, y el café. – Le pasó la botella de agua al moreno y se bebió su café de un trago. – ¿Necesita algo mas?.
– No, muchas gracias. – Le besó los nudillos, caballeroso. – Solo avísame cuando el pasaje esté a bordo.
Kasamatsu suspiró, tras el primer trago.
El comandante era alguien peculiar, y por que no decirlo, confiable.
Esperaba que trabajar con él fuera sencillo.
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Gracias por pasar y comentar, de verdad, es un verdadero honor leer vuestros comentarios.
Nos leemos en el siguiente
Besitos y mordiskitos
Shiga san
