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En toda su larga vida, Sesshomaru nunca había estado tan atónito como en aquel instante.
Estaba bajando por la montaña cuando olió el delicioso aroma de la compañera que el destino había elegido para estar con él; aquella a la que él nunca había esperado encontrar saltó montaña abajo y atravesó el bosque a toda velocidad. Pero a medida que iba acercándosele, detectó la presencia de otros demonios. Unos que querían hacerle daño a ella. Los descuartizó a todos y, mientras lo hacía, el corazón empezó a latirle con ansiedad y fuerza, sus pulmones volvieron a recibir aire; como si fuera la primera vez en varios siglos.
Era ella. Su compañera. El destino le había elegido a una desconocida de pelo oscuro como la noche y ojos chocolate. Tenía la piel perfecta, tan pálida como el brillo de la luna, tan nivea como la de su difunta madre, pero carecía de colmillos. Era una mortal, pero a Sesshomaru no parecio importarle .
Y su olor. Olía como él siempre había imaginado que debería oler. No como aquellas demonios que apestaban a todos los que se habían acostado con ellas.
Los motivos por los que nunca había yacido con una hembra no le eran aplicables. Era perfecta, su olor lo tentaba. Ella le pertenecía.
¿Para qué quería él una compañera? Esa pregunta ya no importaba. «Me quedaré con lo que es mío.»
Ella le hizo un gesto para que se acercara. Seguro que también sabía que él era quien le estaba destinado. «Quiere estar conmigo, que le dé lo que quiero darle.»
Pero estaba alterado por la batalla y apenas le quedaba un ápice de autocontrol. Su instinto demoníaco de satisfacer su lujuria con aquella criatura tan bella luchaba y en su interior su necesidad de reclamarla. Casi podía sentir cómo hundía los colmillos en la nívea piel del muslo de ella.
Kagome se lamió el labio inferior y separó un poco las piernas, dejando que él le viera la ropa interior de seda color rosa oscuro la falda de esta mujer dejaba muy poco a la imaginacion.
Sesshomaru dejó de pensar, rugió y se acercó a ella.
Justo antes de que pudiese tocarla, sintió mucho dolor. Incrédulo, bajó la vista hacia su costado. Su compañera sujetaba una lanza en la mano, y había deslizado la punta debajo de la armadura para hundírsela entre las costillas. Lo miró furiosa y se la clavó más hondo.
Le había tendido una trampa. La rabia de Sesshomaru fue a más. «Estoy perdiendo el control.» Ella tenía que irse de allí.
—Corre —le ordenó entre dientes. «Corre.»
Aquella criatura ni siquiera se había dado cuenta de que tenía una lanza; no había sentido dolor hasta que se la había hundido en el costado.
Él siguió mirándola, consumido de deseo. La deseaba tanto que resultaba casi palpable, y a Kagome le dio vueltas la cabeza percibir sus emociones.
El demonio apretaba los puños con tanta fuerza que incluso se hizo sangre en las palmas de las manos. Bajó la vista del rostro de ella a la herida que acababa de infligirle, y luego la volvió a subir. Fijó los ojos en los suyos.
—Corre —farfulló de nuevo.
Él echó la cabeza hacia atrás y gritó:
—Corre!
Kagome abrió los ojos, asustada, soltó la lanza y se puso en pie. Se agachó para esquivarlo y corrió hacia la parte más profunda del bosque. Estaba convencida de que era perfectamente capaz de cortarle la cabeza y clavarla del palo más alto.
En cuestión de segundos, lo oyó gritar detrás de ella y se atrevió a volverse para mirarlo; y lo que presenció la dejó boquiabierta. Se estaba convirtiendo. A pesar de la nube de polvo, vio que los colmillos superiores se le estaban alargando y afilando.
Y al parecer acababa de perder el control sobre sí mismo.
Kagome corrió colina arriba, esquivando los caminos de huesos y viejos cadaveres, el miedo le daba alas. Él poseía una fuerza sobrehumana, la partiría en dos como si fuese una rama. Sudada, se secó la frente con el antebrazo y la sal le escoció en los ojos.
El demonio se plantó delante de ella de repente. Kagome gritó y lo esquivó. Tras otra curva, se dio cuenta de que el camino no tenía salida y que terminaba en un barranco vertiginoso.
No tenía escapatoria.
Él se acercó más y ella se colocó justo en el borde, a pesar de que la caída podría matarla. «Mis poderes, por todos los dioses, necesito mis poderes...una barrera seria mi salvacion»
El demonio se agachó y empezó a acercarse. Parecía estar mal, pero no por culpa de la herida. Y a pesar del dolor seguía excitado.
¡Aquello no era lo que Kagome había planeado! No contaba con quedar atrapada en lo alto de una montaña, al borde de un precipicio. Ni tampoco contaba con encontrarse con un demonio de ojos rojos y colmillos de vampiro...
Ni con que él sintiera la imperiosa necesidad de poseerla.
A medida que él iba acercándose, ella iba retrocediendo. Las piedras caían por el desfiladero y Kagome miró por entre el humo hacia las profundidades. ¿Sería capaz de saltar para huir de sus garras?
Nadie se enteraría jamás de su muerte.
Sus ojos rojos brillaron de determinación. Y en aquel preciso instante, Kagome lo comprendió todo: él nunca la dejaría escapar. Era evidente que hasta esa noche nunca había deseado nada como a ella.
—Acercate —dijo él.
—No me acercaré hasta que te calmes un poco.
—Acercate!
Ella se negó y levantó una pierna para indicarle que saltaría al precipicio.
Él gruñó furioso y se fue hacia un lado para desahogarse con una roca. Le dio un puñetazo y la rompió por la mitad como si fuera un huevo.
«Tiene mucha fuerza.» Podría romperme los huesos con sólo tocarme.
Kagome había oído historias sobre demonios que buscaban a sus hembras o "compañeras". Nada podía detenerlos. Y también sabía que los demonios de algunas especies sentían tal deseo que terminaban por volverse locos. Ni siquiera la certeza de que podían morir conseguía contenerlos.
Y era evidente que el que tenía delante estaba en medio de esa fase.
¿Se atrevería Kagome a saltar? ¿Prefería saltar a dejar que aquel animal la tocara? Él dio otro paso, y ella volvió a levantar la pierna hacia el precipicio.
Y entonces, la roca cedió bajo sus pies.
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Segunda entrega para ver si se motivan un poquito y me dejan conocer vuestra opinion :)
