Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo quince: Hasta detenerte el pulso.

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Dentro del cuarto el ambiente sigue viciado. El aroma permanece en el aire, en las sábanas, en las cortinas, hasta en los armarios y el suelo.

Las baldosas, la pintura de la pared, todo huele a ellos, a los dos, y a lo que acaban de hacer.

Akashi descansa boca abajo, tapado hasta la mitad de la espalda, desnudo bajo las finas, finísimas sábanas. El sudor, ya frío, cubre su piel, pega las cortas hebras del flequillo a su frente, hace que sus labios sepan ligeramente salados; una prueba de que está maravillosamente acompañado.

Curva la comisura de sus labios en una delicada sonrisa.

Aomine a su lado, de costado, con la mano sosteniendo su rostro en alto, codo apoyado en la almohada, ojos mirándole por todas partes. También desnudo, sudoroso, felizmente cansado.

Mas feliz que cansado. La mano libre, antes en su cadera, recorre el espacio entre ellos, sus nudillos se posan en la zona en la que la espalda pierde su nombre, y sube, en una lenta caricia por la espina dorsal hasta la nuca.

Ahí gira la muñeca, metiendo los dedos entre el cabello rojo de la nuca, y sigue la línea del cuello, la clavícula, el mentón, en una caricia que no parece tener fin.

– ¿Cómo hemos acabado así?. – Duda, en un susurro, dicho a la almohada, con la que se cubre el rostro para no mostrarlo.

– Me provocaste, con esos labios tuyos tan eróticos. – Aomine se inclina, acercando tanto sus labios que Akashi nota el cálido aliento en la oreja. – Te besé, me besaste... una caricia por aquí, otra por allá... me pediste que entrara a tu cuarto... te quitaste la camiseta y cuando quise darme cuenta me la estabas chup...

– ¡No lo digas!. – Protesta, sentándose de un golpe, dejando que la tela escurra hasta sus caderas. La incómoda sensación, mas que dolor, le obliga a volver a tumbarse como estaba. – No lo digas por favor...

Aomine sonríe, al ver la punta de sus orejas coloreadas del mismo tono que su pelo. Se acerca de nuevo, para susurrarle en un suspiro.

– Pero es verdad... y no tiene nada de malo decirlo en voz alta. Me la has chupado, y muy bien. Hemos hecho el amor, y me ha encantado. – Akashi niega contra la almohada, ocultándose penosamente de su mirada. – Y creo que cada vez que me acuerde de tu cara al correrte, se me pondrá dura... y no podré hacer mas que buscar un lugar íntimo y cascármela como un mono...

– ¿Siempre eres tan..?. – No termina la pregunta, por que la mirada divertida, la expresión feliz que lo contempla deja que su mente quede en blanco un momento.

– ¿Tan qué, Akashi?. Venga dilo, quiero que me lo digas... lo que soy. – Intenta que le mire, sin resultado. Akashi es obstinado, sigue escondido contra la almohada blandita.

Resuelto, se tumba, y tira de él, con cuidado, casi "obligándole" a ponerse encima, a que le use de colchón de un modo extraño.

– … tan tú... – Se acurruca en su pecho, acomoda sus miembros entretejiéndose con el cuerpo bajo el suyo, de un modo casi perfecto, solo casi.

– Me han llamado muchas cosas, pero nunca "tú"... no sé si sentirme ofendido o alagado. – Sus brazos lo abarcan entero, buscando a tientas la tela con la que taparlos a los dos.

– Solo no digas esas cosas... – Deposita un beso, pequeñito, apenas un roce en su barbilla, y vuelve a dejar la mejilla en el lugar anterior. – Me da vergüenza... hace mucho que no oía eso... y mucho mas que no echaba un polvo...

– Y tu no digas eso. – Esperó a que alzara la cabeza y le mirase. – No hemos echado un polvo, nosotros no hacemos eso. Tu y yo hacemos el amor... los polvos para las hadas y los magos.

– Aomine... – Al decir su nombre, cambia el ambiente. El temor a que todo haya sido demasiado precipitado le asalta; no quiere que lo que acaba de hacer sea un error... otro mas en su lista.

– Te acompañaré. – Su ceño fruncido le dice que Akashi no entiende lo que dice. – Sé que te dije que no se lo dijeras, pero a mi me gustaría saberlo si estuviera en su lugar. No estás solo, estoy contigo, solo quiero que lo tengas en cuenta. – Akashi está paralizado, sorprendido por las palabras que escucha, momento que aprovecha para un beso, y otro mas.

– Sei... – Pone las manos en el colchón, dándose impulso, para acabar sentado en sus caderas. – Mi nombre, es Sei... – Suspira, dándose tiempo para pensar. – Voy a ser claro contigo. Aún no he decidido nada con lo del bebé, tengo que pensarlo, pero tienes razón en que debe saberlo, y también la tienes en acompañarme. No sé si esto es un error o que, pero quiero que tu y yo, seamos tu y yo, y ya...

– Tú eres tú y yo soy yo, claro como el agua. – Las manos en su cadera, suben, al vientre, juntas, unidas, cálidas y reconfortantes.

Sabe que es imposible, demasiado pronto para eso, pero por una sola décima de segundo desea que la simiente del hombre bajo él, sea la responsable de ese bebé que crece, imparable, en sus entrañas.

Desde su posición escuchan a Kuroko y a Kagami entrar. Ríen, en voz baja, aunque les escuchan trastear en el salón para luego encerrarse en la cocina. La nevera, su conversación...

– Daiki. – Se impulsa, para acabar sentado con Akashi sobre él. – Mi nombre... dilo.

– Daiki. – Sonríe, le besa.

– Amo como suena con tu voz. – Cierra los brazos a su espalda, pegándole mas, y mas. – Dilo otra vez, Sei.

– Daik.. ahh. – No termina, no puede. Su mente se ha ido, presa del deseo.

Sus cuerpos se buscan, a tono de nuevo. Cansados, saciados y sensibles, pero nada de eso les detiene. Necesitas amarase.

Kagami se marcha. Le escuchan hablar animadamente en la puerta con Kuroko. Suaves risas, y un silencio, el que usan para un beso. Escuchan sus pasos alejarse, y sienten el silencio los minutos siguentes en los que Kuroko se limita a mirar al lugar por el que el bombero se ha marchado.

La puerta se cierra y él va al baño y luego a su cuarto.

Para ese entonces, ninguno de los dos tiene en cuenta al propietario del apartamento. Sus besos se pierden mas allá de la piel, del pelo y del cuerpo.

Hacen el amor, tal y como le ha pedido Aomine. Akashi le corresponde, acaricia, besa y siente, aún cuando su cuerpo deja de ser suyo para pertenecer al moreno.

Gime, en voz baja, la carne de gallina, el frío sudor calentándose de nuevo, surgiendo de sus poros en cada roce. Los besos le distraen, casi ni es consciente de los dedos preparándole, cada movimiento perdido entre susurros obscenos.

Le mira, un segundo, antes de acogerle dentro, otra vez. Después el mundo deja de existir. Su cuerpo deja de ser suyo para convertirse en un nervio sensible, inmenso y etéreo, que le rodea y rodea todo a la vez.

Cada empuje es justo, certero, le roba el aliento, el alma, la conciencia... la vida tal y como la conocía.

¿Cuándo fue la última vez que se sintió así?, ¿Cuándo fue la última vez que simplemente sintió?.

¿Con Atsushi era así?, ¿de verdad?.

Su mente divaga mientras su cuerpo ama, sin esperas.

Comete el error de mirarle, mirar sus ojos, de un azul profundo, oscuro y hermoso, la cejas y su expresión. El sonrojo en su piel de canela, sus labios entre abiertos. Su aliento escapando entre ellos, bebiendo su aire casi sincronizados.

Llega, el "ya casi" le araña las entrañas, le empuja una vez mas, y otra, y otra...

Sus manos en los hombros morenos se cierran, como las garras de un depredador alrededor de una jugosa presa, de una muy jugosa.

Se supone que tiene el corazón roto, destrozado, y sin embargo está amando con una intensidad impensable. Quizá sea por eso, por que no lo está pensando, simplemente siente sin mas... que ya por si solo es un todo inmenso.

Se arquea contra él, en una pose impensable con Atsushi. Sus labios se quedan atascados en el arco entre el cuello y el hombro. Muerde, con todas sus ganas, ahogando el grito orgásmico que le arranca desde el centro mismo del deseo, y horada hacia arriba, hasta sus cuerdas vocales imparable.

Si no le estuviera mordiendo gritaría, ¡oh, si!, aunque no sabe que palabra o sílaba saldría de sus labios hinchados, pero lo haría. Gritaría hasta quedarse sin aire.

Es tan placentero, tanto.

La cama cruje bajo sus cuerpos cuando Aomine le toma por la cintura con un solo brazo, cambian de postura.

Abre mas las piernas, apenas el segundo que precisa para colocarse, un poco mas unido a él.

El semen caliente, en su vientre, se desliza por el vientre moreno, a cada empuje.

Ya no sabe donde poner las manos, ni que hacer con ellas salvo tapar su boca, ahogar ahí las palabras inconexas con las que trata de comunicarse.

Si Daiki quiere o no escucharle, queda para el silencio. Se balancea contra él, una, diez, mil veces. Akashi sale a su encuentro en todas ellas.

Ya no hay marcha atrás, ni quiere ni puede detenerse. Ya no.

Un último fogonazo, mas fuerte, certero y brutal. La mandíbula apretada, el rostro alzado por encima suya... sus caderas unidas hasta el límite permitido.

Como una cerilla, el destello inicial va poco a poco suavizando sus agarres. Los dedos de Akashi clavados en su trasero como garras se relajan, hasta caer a ambos lados de su cuerpo sobre el colchón. Sus piernas flexionadas imitan a sus hermanos brazos.

Aomine se deja caer, un instante sobre él. Luego se escurre hacia abajo, aún tratando de recuperar el aliento, besa su pecho, y baja, mas y mas, hasta la tersa piel bajo su ombligo.

Akashi le mira, le sigue con los ojos. Tiene la sensación de que no puede dejar de mirarle.

Posa sus labios ahí, justo ahí.

Ese beso dice mucho, muchísimo.

No es un gesto post-sexo sin mas.

Suspira, profundamente.

Alarga la mano, hasta su mejilla, acaricia con la punta de los dedos los mismos labios que acaban de besar a su diminuto bebé.

– Quédate, por favor. – La petición surge, en un susurro.

No sabe si es a dormir, a comer, a pasar el resto de su vida con él, solo asiente... por que sea lo que sea, quiere quedarse...

Aomine sonríe, se duerme sonriendo, con el cuerpo de su amante pegado al suyo.

Cuando volvió no pensó que acabaría así con él... y era tan irreal y maravilloso que casi parecía una vil mentira.

Pero solo casi.

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Dos golpes secos en la puerta le hacen alzar la vista de los informes que trata de terminar desde hace un par de horas... aunque su mente se empeña en recordarle una y otra vez su patética declaración de borracho despechado.

– Pasa. – Murmura, y acaba haciendo un gesto con la mano. La corbata se cierne en su cuello como una maldita soga. Hace calor, frío, no lo sabe.

Teppei cierra tras él, casi sin hacer ruido. Sonríe divertido a los esfuerzos que hace Hyuga para no mirarle. De repente el sacapuntas azul es de lo mas interesante del mundo.

Una mano enorme entra en su campo visual, convertida en un puño.

La gira y abre. En el centro de la palma, una cajita de terciopelo negro, pequeña, cerrada, totalmente reconocible.

Se sorprende, le mira y espera hasta que la deja sobre la mesa para tomarla con dos dedos.

– Lo siento. – Suspira. – Todo esto es culpa mía. Kise... dios... yo... Lo siento, de verdad.

– No arruines un momento tan romántico con tus inseguridades. – Rodeó la mesa y se sentó en el borde, girando la silla con el pie hasta lograr que le encarase. – Ábrela.

Junpei deslizó los dedos por las esquinas, abriendo la cajita con cuidado.

Dos anillos de oro blanco descansaban en un lecho de seda roja.

– No te emociones, son los mismos de la otra vez. – Se limitó a mirar sus reacciones, tan adorables.

– Los guardaste... – Fué una afirmación, inesperada. – Son preciosos... son..

Bajó la mirada, a sus rodillas. No podía evitar sentirse culpable. Por su culpa, por su indecisión Kise saldría herido... no es que le conociera mucho, hasta un par de días atrás era su enemigo, y se lo hacía saber cada vez que podía... pero siendo fríos no tenía nada que ver con su dilema a la hora de salir del armario, y su animadversión a airear sus secretos de alcoba con el mundo entero.

Estaba resentido con el piloto, por que tenía mas en común con Teppei que él mismo. No tenía la necesidad de esconderse para hacerle una caricia, ni una paranoia insana a ser descubierto si , en algún momento del día, deseaba darle un beso en los labios, o donde le viniera en gana.

Kise mostraba su sexualidad de un modo natural, al igual que Kiyoshi, sin miedo a ser juzgados, o para ser exactos, sin que les importara.

– Deja de darle vueltas. – Aunque por su postura, el tono de su voz, su mirada, se veía claramente que en ese momento, justo, deseaba besarle, se estaba conteniendo por él. A Hyuga le pareció de lo mas tierno. No ese había dado cuenta de cuanto daño le hacía con sus dudas hasta ese gesto, ese constante agradarle a toda costa. Y si eso incluía no acercarse a él en público, aunque le costara la vida misma contenerse, lo hacía.

– Aún así, lo siento. – Hizo algo totalmente impensable. Se levantó, le tomó la mano y colocó el anillo mas grande en el dedo. – Y él siempre me ha tratado bien, ha aguantado mis ataques sin ser culpable de nada... al fin y al cabo, el que te abandoné fui yo, él se limitó a coger los trozos ...y ahora esto.

– No te preocupes, ya te lo he dicho. – Miró el anillo en su dedo, sonriendo. Puso la palma cerca de su cara, a la espera de que posara el otro anillo en ella para repetir el gesto con él. – Sabe que te amo, que nunca he dejado de hacerlo... y aunque reconozco que me ha hecho mucho bien lo nuestro, Kise es … bueno... no es tonto. Siempre ha sabido lo nuestro, aunque finge que no se da cuenta, yo sé que lo sabe, por su manera de mirarte, o por que no le suele gustar venir a mi casa, siempre prefiere la suya, o un hotel...Como sea, no te preocupes.

Duda un segundo. No está acostumbrado a hacer eso y se puede notar por su tensa postura. Aparta la silla, y se inclina para besarle.

Teppei se queda estático, sorprendido por el gesto. Ni se mueve, casi ni respira.

– Lo siento. – Perdido en sus ojos marrones se averguenza. – Por hacertelo pasar tan mal.

No responde nada, toma su mano y pone el anillo, directamente.

– Podemos esperar, el tiempo que necesites. – Señala el anillo, refiriéndose a la boda.

– Gracias. – Le besa otra vez, aunque ahora si reacciona, tomándo su cintura con un brazo.

Le observa recoger la mesa, apagar el ordenador. Deja todo listo para el siguiente turno, rojo como un tomate maduro. Le espera en la puerta del despacho, para ir juntos a donde sea. A cenar, a tomar algo, a cualquier sitio siempre que sea juntos.

De nuevo le sorprende, entrelazando sus dedos, tomando su mano y tirando de él para caminar juntos.

Si alguien les está mirando, ninguno de los dos lo toma en cuenta.

Teppei le mira, un segundo.

Tiene que hablar con Kise, y cuanto antes lo haga, mejor para todos.

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Pasa junto a los peluches con una sonrisa inmensa. No sabe que hacer con ellos, son demasiados y son feos, y grandes... y muy feos.

La idea de llevarlos a la guardería se le hace cada vez mas acertada, pero primero quiere preguntarle a Kagami. No le gustaría que le sentara mal su decisión, al fin y al cabo eran un regalo para él.

Nigou le espera, en la puerta, sentado y moviendo el rabo. Sus ojos azules fijos en la correa.

Kuroko va a por su chaqueta, y ve otra... que no le suena para nada. Curioso cotillea la prenda con dos dedos. Una chaqueta de cuero negra, demasiado grande para ser de Akashi, pero demasiado pequeña para ser de Atsushi.

La idea de que su amigo estuviera con alguien se le hace tan extraña que ni se lo plantea.

Nigou gimotea, hay prisa.

Toma la cartera, las llaves y el móvil, no sin antes dejar la chaqueta como estaba.

Es demasiado pronto para que haya mucha gente por la calle, no se ha fijado en la hora cuando ha salido. Solo cuando ve la floristería aún cerrada se da cuenta del error.

Se acostó muy tarde, pero la verdad es que no podía estar dormido. La emoción le había mantenido despierto mucho después de acostarse, y apenas se había quedado frito cuanto Nigou apareció en su puerta arañando por atención.

Fue hasta el parque, para que el perro se aliviara y regresó, a la media hora. El género aún no había sido colocado, y las flores se amontonaban en la puerta dentro de grandes cajas.

Girasoles.

No supo por qué, pero escogió girasoles ese día.

– Buenos días. – Le saludó el responsable del cementerio. – Hoy vienes muy temprano.

– No podía dormir. – Acarició a Nigou, que se había sentado a su lado. – Y este chico tenía una emergencia.

Una sonrisa en respuesta, y abrió la puerta.

No tenía que preocuparse por él, sabía a donde iba y lo que iba a hacer, así que el hombre se centró en sus quehaceres, ignorando a Kuroko.

Nigou se tumbó entre los dos sepulcros continuos al de su familia, y le miró ir y venir por el agua. Siguió sus movimientos mientras limpiaba, y se relajó cuando le vió sentarse a un lado.

– Buenos días, mis amores. – Dejó los girasoles, cuatro, en el centro, retirando las flores del día anterior, aún frescas y bonitas. – No sé ni por donde empezar... ayer le besé, yo, simplemente lo hice. ¿Te acuerdas lo que nos costó dar el paso?, dios, creí que acabarías odiándome si seguía diciéndote que no, pero tu insistías, una y otra vez... y luego, fue de pena, reconócelo. – Una leve, casi invisible sonrisa quiso dibujarse, para apagarse al momento. – Había olvidado lo que se siente cuando le importas a alguien... y él, es maravilloso. Una parte de mi me dice que lo aparte antes de que todo lo malo que hay en mi le dañe... la otra, que tu me enseñaste, me dice que sea feliz, cuanto antes. Ayer le dije que te amaba... y su cara, tenías que haberla visto. Le hice daño, lo sé. O a lo mejor vi algo que no existe en su expresión.

Suspiró.

– ¿Sabes? Es cierto, que te amo. Creo que jamás dejaré de hacerlo... y eso que a veces me cuesta recordar tu cara. Soy patético, ¿Verdad?... puedo recordar perfectamente cosas inútiles, como la ropa que llevabas en nuestra primera cita, pero me cuesta recordar como era tu sonrisa, o el tono de tu voz. – Nigou se puso a su lado, alertado por su tristeza. – Es posible, que apartir de ahora no venga tan seguido. Te quiero, os quiero a los dos, pero quiero intentarlo con Taiga. Perdonadme por favor. Estáis en mi corazón, siempre, os lo juro por dios, pero de verdad, quiero, aunque sea un poco, sentirme vivo de nuevo.

Hace una pausa. Solo cuando Nigou le lame la cara es consciente de que está llorando, de que ha estado llorando desde que ha empezado a hablar.

– Te quiero, os amo. – Se levanta, recoge todo y lo deja detrás, colocado para que no estorbe. – Cuida de nuestro hijo, te lo ruego. Hasta luego, mi vida.

Se despide, en un susurro. Una última caricia al frío mármol, y sus pasos le alejan del pasado, a ritmo lento, pero seguro.

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Parado frente a la tienda de Atsushi, duda si entrar. Ha llegado hasta ahí, pero ahora, tan cerca no lo tiene tan claro.

El móvil en la mano, aferrado, por si acaso necesita llamarle. Se lo ha prometido, que lo haría a solas, solo con la condición de que si algo va mal, lo que sea, le llamara.

No quiere faltarle al respeto y entiende que es algo que debe hacer solo.

La campanilla de la puerta, anunciando un nuevo cliente le hace dar un respingo.

La primera vez que la escuchó fue entre risas, entre besos y tropiezos; ahora solo quería salir corriendo de allí y no parar hasta que le doliera hasta el alma.

– Buenas tardes... – La voz de Murasakibara risueña se cortó en la segunda palabra. – ¡ah, eres tú!, ¿Qué quieres?.

– Tenemos que hablar. – Centró su mirada en las tartas expuestas, de vivos colores y diseños preciosos. – Es importante. ¿Estás ocupado?.

– Para ti si. – Entornó la mirada, molesto. – Te largaste, sin decirme a donde ni con quien.

– No me buscaste. – Respondió, molesto también. No tenía derecho a tratarle así después de ignorarle durante tanto tiempo.

– ¿Y por qué debería, Akashi?. Fuiste tu quien se fué. – Apretó los labios, ahora si, mirándole fijamente. – Por si te interesa gané el concurso. – Señaló la placa acreditativa en la pared junto al reloj.

– Enhorabuena. Me alegro por tí. – Desvió la mirada, intimidado.

– Esperaba que vinieras al menos, pero fué un detalle que mandaras a Kuroko en tu lugar, así pude enterarme que estabas con él, y te lo pudo contar todo de primera mano. – Golpeó el mostrador con la mano abierta. – ¿Te dijo también que estoy con alguien ya?. ¿No esperarías de verdad que esperase a que volvieras de tu rabieta sin sentido?.

" yo, yo, yo , ombligo del mundo"

– No es eso es que... – Al mirarle, su cara con una mueca de lo mas infantil, enfadado, se dio cuenta de que no podría razonar con él. – Me alegro también por eso, por que hayas encontrado alguien con quien compartir tu profesión.

– ¿Me has estado espiando?. – Negó, serio. – Bueno no importa, ya sabes lo que hay.¿Quieres algo mas?, si no es así, lárgate. No tengo nada mas que hablar contigo.

Abrió la boca, para decirlo un par de veces, pero inmediatamente la cerraba sin emitir sonido alguno.

Sintió la presión en el pecho y la neblina tras sus ojos antes de que pasara. Midorima le había advertido que nada de disgustos, pero no pensó que realmente le afectarían así.

Logró sentarse en el suelo antes de que la tienda rodara a su alrededor.

La campanilla sonó otra vez, y unos ojos azules le miraron de cerca.

– ¿Estás bien?. – Le ayudó a ponerse en pie, y le dirigió hasta las sillas que tenía a un lado para que los clientes esperasen cómodamente cuando había mucha gente. – Trae un poco de agua, no te quedes ahí.

– Déjale ahí, Himuro. – Sacudió la mano, frío. – Le gusta mucho el teatro.

– No es teatro, mírale, está blanco. – Su respiración pesada le dijo que había algo mas. El móvil en su mano, tratando de enfocarlo. – Por favor, trae agua. – Miró a Akashi. – ¿Quieres que llame a alguien?, a un médico o algo.

– Midorima. – Tragó con dificultad.

Murasakibara abrió los ojos hasta su límite. Buscó agua en el obrador y salió del mostrador para acercarse.

Himuro le sostenía sentado con la mano en su pecho mientras hablaba por teléfono con el médico.

– Si, está consciente. Mmm pues pálido, le cuesta un poco respirar. – Escuchó, asintiendo. – Eso no lo sé. – Le miró a la cara, acercando el vaso a sus labios después de arrebatárselo a Murasakibara que seguía la escena de pie, como si realmente no estuviera ahí. – Trae algo de azúcar. ¡Atsushi!.

– Si, .. – volvió con el tarro y vió a Himuro echar una cucharada directamente en la boca del pelirrojo y ponerle el agua a la altura de los labios. – ¿Qué le pasa?.

– Si, sé donde está. Voy para allá. – Le respondió a Midorima y colgó para devolverle el teléfono a Akashi. – Voy por el coche, espera un momento. Si notas que te mareas túmbate, estoy de vuelta en medio minuto.

No le pidió que se ocupara de él, por que se podía ver claramente que no parecía ser asunto suyo, o que realmente no le creía enfermo.

– ¿Es él, verdad? Himuro, es con quien sales. – Le miró, entre las pestañas. – Es guapo, y muy atento. – Jadeó buscando el aire entre cada palabra. – Esperaré fuera.

Al levantarse se tambaleo hacia delante, trastabillo y recolocó el pie para mantenerse erguido.

– ¿Porqué Midorima?, ¿Estás … – Ahora si, sus ojos violetas le miraban a él.

– Es mi amigo, y es médico. – Desvió la mirada, caminó hasta la puerta, esperó.

– Midorima no es tu amigo, te odia por lo que le hiciste a Kuroko. – Puntualizó.

– Vivo con Kuroko, pero eso ya lo sabes, y Midorima me ha perdonado igual que Kuroko.

– ¿Estás preñado?, ¿Es mío?. – Hizo ademán de acercarse a él, pero Akashi abrió la puerta, rompiendo el silencio entre ellos con el tintineo de la campanilla.

Podía responder cualquier cosa, y no le importaría lo mas mínimo.

"... en su lugar, a mi me gustaría saberlo"... La voz de Aomine en su cabeza le devolvió el sentido común.

– Si... a las dos preguntas. – No vió su expresión, no quiso girarse para ver su desplante. – Era lo que quería decirte... pero no te preocupes, es cosa mía.

Himuro aparcó practicamente en la acera, y salió a la carrera, dejando el coche en marcha, y ayudándole a subir al asiento del acompañante.

Murasakibara les vio marcharse, convertido en una estupenda estatua de piedra en la puerta de su propia tienda.

– Joder, lo que me faltaba. – fué lo único que atinó a decir.

Entró, y se acomodó tras el mostrador, tranquilo.

Al fin y al cabo, Akashi lo había dicho, era cosa suya, pues que se ocupara del mocoso.

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Cataplas, otro cap...

Gracias por pasaros y comentar, os super lovio

Besitos y mordiskitos

Shiga san