Sesshomaru saltó hacia adelante con todas sus fuerzas y cogió a su compañera por el tobillo justo antes de que se precipitara por el abismo. Ella gritó, y seguía gritando cuando él la subió sana y salva a la superficie.

Kagome se quedó tumbada boca abajo en el suelo y a cuatro patas se alejó, pero Sesshomaru le cogió una pierna con una mano y la retuvo. A pesar de que trató de soltarse, ella no consiguió dar ni un paso más.

¿Por qué se estaba resistiendo? Él estaba muy confuso. «¿Por qué no me reconoce igual que yo la he reconocido a ella?»

Su esencia era tan femenina que iba a volverlo loco. La lujuria lo embargó en cuanto la recorrió con los ojos; aquella delicada cintura, sus sensuales caderas. Su cuerpo ansiaba ser poseído. Pensó en cómo sería dejarla marcarla y los colmillos se le tensaron un poco más, mientras la erección le temblaba en los pantalones.

Pero ella lo cogió desprevenido y le dio una patada en la cara que le rompió el labio.

Las ganas que tenía de eyacular, de marcar a su compañera con su esencia, lo estaban sobrepasando. El deseo se estaba convirtiendo en dolor.

«¡No puedo luchar contra esto!»

Cuando Kagome intentó darle otra patada, él se colocó entre sus piernas y le retuvo las muñecas en la espalda con una sola mano. Pero ella falló, y la falda se le levantó... dejando al descubierto algo que Sesshomaru no había visto jamás.

No llevaba la ropa interior que él conocía, sino un pequeño retal de seda que le rodeaba las caderas y se hundía por entre sus nalgas perfectamente torneadas.

Atónito, se quedó observándola mientras su cuerpo se estremecía y su erección parecía a punto de estallar.

Ella siguió resistiéndose. Y una parte de Sesshomaru quería soltarla, la parte que no quería hacer lo que su instinto le exigía que el hecho de que se resistiera sólo servía para excitar al demonio que habitaba en su interior, él quería retenerla contra el suelo. El demonio desesperado por morderle. Su instinto demoníaco le gritaba que la poseyera y eyaculara dentro de ella, que la mordiera y la hiciera suya.

Kagome se echó hacia atrás y la melena se le enredó en un arbusto, dejando su cuello al descubierto, tenía la piel pálida y suave, perfecta para dar la bienvenida a sus colmillos.

Sesshomaru no había querido marcar jamás a nadie.

—Perdóname —le suplicó en idioma inu. Y se cernió sobre su cuerpo, hundiendo el rostro en el cuello de ella y los colmillos en su piel tan blanca.

—Ah... —Suspiró al cerrar los ojos. La sangre de su compañera se deslizaba caliente por entre sus labios, incluso antes de que empezara a beber.

La euforia lo invadió con cada gota.

Pronto le fue imposible ignorar la creciente presión que sentía entre las piernas. Incapaz de controlarse, movió las caderas contra las nalgas de ella. La intensidad, la locura... tanto placer. Un ligero movimiento más y alcanzó el orgasmo. Gritó pegado al cuerpo femenino y se movió una y otra vez, hasta que por fin la presión empezó a disminuir.

Agotado y atónito, se desplomó encima de Kagome y de mala gana dejó de morderla su veneno apenas empezaba a correr por su sangre. A pesar de que no había eyaculado, el clímax había sido demoledor. Y la sangre de ella seguía corriéndole por las venas. Se sentía tan satisfecho que incluso gimió.

Y eso sólo había sido el principio. Por fin sabría lo que se sentía. Su pene pronto entraría en el cuerpo de su hembra, y eyacularía envuelto en su calor. Se excitó de nuevo sólo de pensarlo.

Antes estaba tan desesperado que se había comportado como un bruto, pero la próxima vez sería delicado.

Pero cuando se levantó para decírselo, ella volvió a enfrentarse a él. Sesshomaru le soltó las muñecas para darle la vuelta y vio que lo miraba con odio. Sus ojos chocolate despedían chispas.

¿Todavía no había entendido que era su alma gemela? Le cogió una mano y se la colocó encima del corazón; un corazón que le había devuelto a la vida.

—Eres Mia.

Pero ella gritó de dolor. Y entonces Sesshomaru se dio cuenta de que le había roto la muñeca. La soltó al instante. Era ningen, de eso estaba seguro, no era demonio y él le había hecho daño con su fuerza excesiva.

«Bestia», susurró una voz en su mente.

Kagome se tambaleó al ponerse en pie y lo miró igual que lo había hecho alguna vez su madre: con cara de asco.

lo siento, no quise —le dijo él al ver que empezaba a retroceder. «Ven aquí, compañera.»

Maldición, allí fuera no estaba a salvo. En aquel bosque vivían miles de criaturas peligrosas, bestias y otros demonio. Sesshomaru se pasó la mano por la cara y trató de hacerse entender calmandose quizas su hembra comprenderia que no tuvo intenciones de lastimarle.

ven! —le ordenó de nuevo que se acercara.

Para su sorpresa, ella se detuvo, alzó el mentón y levantó la mano ilesa para hacerle un gesto obsceno.

Eso sí que lo entendió.

Ella volvió a hablar y si que estaba enfadada. Acababa de darle una orden.

No, definitivamente no era una esclava.

¿Acaso aquella mujer pretendía darle órdenes? El demonio que habitaba en su interior lo instó a que la poseyera y le enseñara quién estaba al mando.

Sesshomaru se dio cuenta que a ella se le estaba acelerando la respiración. Sus ojos castanos pronto brillaron como estrellas. Bastaba con mirarla para saber que estaba furiosa; tenía la comisura de los labios levantada y le mostraba unos diminutos dientes blancos. Las palabras que salían de su boca empezaron a devolverle a Sesshomaru la sensatez.

Oyó la palabra «demonio» justo antes de ver que le empezaba a brillar la palma de la mano.

Kagome atrapó ese sentimiento "su propia furia" y alimentó con él su poder.

Y ahora estaba acumulando energía en la palma de la mano. No tenía demasiada... pero ¡tendría que conformarse!

—¡Si supieras la semanita que llevo, cerdo! —Kagome lo bombardeó. Rayos afilados como láseres salieron de su interior, impactaron en el demonio y lo empujaron contra unas rocas que se desprendieron a su alrededor—. Esto por morderme, neandertal.

A Kagome nunca la había mordido nadie. Él le había robado su esencia, y probablemente mucho más. ¿Cuánto tiempo tardaría en poder calcular el alcance de aquel mordisco?

—¡Mantén tus sucios colmillos lejos de mí!

Disparó otra vez, y otra, hasta que él se cayó de rodillas, retorciéndose de dolor.

—¡Y esto por romperme la muñeca!

No tenía poder suficiente para matarlo, aunque torturarlo era de lo más satisfactorio. Sin embargo, se obligó a parar y a guardarse algo de energía para un conjuro de invisibilidad.

Sesshomaru estaba en el suelo, pero por sorprendente que pudiera parecer, no se había desmayado. Estaba tumbado, perfectamente consciente, con su enorme cuerpo temblando de dolor. Trató de cogerla, pero ella levantó la pierna y le clavó el talón en los testículos.

El grito que salió del demonio fue delicioso.

Y, acto seguido, Kagome se hizo invisible. Para él era como si hubiese desaparecido. No podía verla, ni olería, ni oírla. No dejaba ningún rastro tras de sí.

Aprovechó para salir corriendo de allí y, sujetándose la muñeca, se alejó tanto como le fue posible de aquel horrible lugar. Veinte minutos más tarde, tuvo que pegarse a una roca porque él pasó corriendo a su lado. Al parecer, estaba decidido a encontrarla, y sus ojos ahora ambar brillaban con determinación.

¿Cómo había podido recuperarse tan rápido? Aquellos rayos de reiki tendrían que haberle frito el cerebro. La herida de la lanza todavía le sangraba, pero era como si no la tuviera.

El demonio corrió hacia una dirección, y ella fue hacia la contraria, a ver si así se alejaba de su guarida.

Kagome se obligó a seguir corriendo hasta que los gruñidos de desesperación de él se perdieron en la distancia y se hizo de noche.