Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo diecisiete: Pasado y futuro.

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Kuroko despertó.

No por el despertador sonando, como cada día, ni por el teléfono, ni el timbre de la puerta.

Ni siquiera Nigou solicitando urgentemente que alguien, quien fuera, lo sacara para hacer sus necesidades.

Lo que le despertó fue el sonido, característico de alguien vomitando.

Akashi expulsaba la cena, o lo que quedaba de ella en el estómago después de una noche entera de digerirla, con fuerza.

Arrodillado frente al retrete, soportaba las arcadas y convulsiones aún medio dormido. Como si su cuerpo no fuera suyo, algo totalmente ajeno a él mismo.

– ¿Quiéres que llame a Midorima?. – Kuroko preguntó, a su lado, preocupación en sus ojos. – ¿O al policía?.

La medio broma, en mitad de un momento tan desagradable, le arrancó una sonrisa, antes de una nueva arcada.

Kuroko a su lado, le pasó la mano por la espalda, sobre el pijama de ovejitas, que la noche anterior le había hecho tanta gracia.

– No creo que ninguno de los dos quiera verme así. – Se sentó, en el suelo, con la mano en alto, esperando una nueva remesa de vomitos a traición.

– Midorima seguro que lo disfruta. – Kuroko recordaba estar en la misma situación, un par de años antes, y la cara con la que el doctor disfrutaba de cada nuevo síntoma del maestro era para hacerle una foto y conservarla.

– Lo siento, no quería... – Desvió la mirada un momento. No era algo que quisiera que Kuroko recordara, y menos por su culpa, que se sintiera mal

Kuroko le tendió una toalla, previamente humedecida en el lavabo. La pasó por su nuca y cuello, relajándose casi al instante con la sensación refrescante y agradable.

– No pasa nada, no te disculpes. – Tiró de la cadena, aunque no cerró el retrete, a la espera de que Akashi pudiera necesitarlo de nuevo. – Se como te sientes, y es un asco... lo bueno es que dura poco.

– No les llames, a ninguno de los dos. – Le miró, de reojo, un leve sonrisita cómplice.

– Demasiado tarde. – Agitó el móvil de Akashi, donde podía verse un mensaje que acababa de ser mandado. – Ya he sido malo.

– Acabamos de empezar y ya me lo quieres espantar... – Una medio sonrisa.

– Si huye al verte así, es que no te merece. – Besa su cabeza, y se levanta, aunque le deja a él en el suelo; necesita acomodarse interiormente antes de ponerse en pie. – Necesitas mimos, muchos mimos... y yo puedo darte unos poquitos... como amigo... A ese policía le corresponde darte "de los otros". – Vuelve a mojar la toalla justo después de escurrirla bien. – Voy a prepararte una manzanilla, cuando te sientas con fuerzas para levantarte me das una voz y estoy aquí.

Sale, dejándole a solas con el retrete.

Akashi suspira, espera. Es extraño, como si su cuerpo no le perteneciera del todo. Siente la garganta rasposa, el estómago vacío, los músculos pesados.

Está cansado sin hacer prácticamente nada. Tiene sueño, mucho sueño.

Escucha a Kuroko, la tetera pitando, las tazas y platos. El cajón de los cubiertos, el sonido que hacen las cucharillas contra el plato.

Su móvil, un mensaje entrante.

Aomine se disculpa, pregunta si le necesita ahí.

Akashi le responde. Sabe, sin tener que pensarlo, que si le dice que sí, Daiki estará en su puerta en diez minutos, seguramente sin vestir, en pijama o como esté.

Se siente extrañamente atendido por todo el mundo; una sensación desconocida de la que casi se había olvidado.

Suspira de nuevo. Últimamente lo hace mucho, suspirar todo el tiempo.

Kuroko vuelve, y le ayuda a sentarse en el sofá, formando un colchón de almohadones tras su espalda para que esté mas cómodo. Pone la infusión en sus dedos, y se sienta a su lado.

– ¿Qué tal fué?. – Pregunta en voz baja. No quiere importunarle pero aún así comprende su curiosidad.

– Se lo dije... bueno él preguntó y le respondí. – Toma un sorbo, con cuidado. El humo le dice que está mucho mas que ardiendo.

– ¿Y que dijo?. – Pasa la mano de nuevo por su espalda, un gesto de apoyo.

– Nada. – Le mira, directamente. – No me encontraba bien y el chico con el que está ahora me llevó a la consulta de Midorima... no sé que pensará, si le gusta o no... solo le dije que no se preocupara por nada... y es la verdad.

– Y.. ¿Así está bien para ti?. – No quiere presionarle, pero Kuroko quiere que su amigo lo tenga claro.

– Si. – Le mira, directamente, una sonrisa plena y feliz en su cara. – Así está bien.

– Me alegro, por ti, y por el bebé. – Un pequeño, muy pequeño beso en su sien. –Ya sé, esta tarde vamos a comprar cortinas... y una mesa, grande. Para comer todos juntos. Cuando vuelva Kise quiero hacer una comida como las de antes.

Akashi le escucha, sin mirarle. Por un momento, siente pena por Kuroko, por lo que ha tenido que pasar. Aún no sabe donde estuvo todo el tiempo que pasó desaparecido, el maestro tampoco lo ha contado.

Le admira, por la fortaleza que demuestra cada día.

Pero sobre todo por su capacidad para perdonar, y para seguir adelante después de tanto dolor.

Si hay alguien que merezca ser feliz, es él.

Y quiere hacer algo para que lo logre.

Cuando Kuroko sale a sacar a Nigou, llama a Daiki. Entre los dos van a prepararles una cita a solas, íntima y agradable. Tiene que aprovechar que el bombero y su chico son compañeros de piso a su favor. Y así de paso, podrá disfrutar él también de su sesión de mimitos diaria.

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– ¿Y que te han parecido?. – Takao pregunta, con la mano rozando el cinturón de seguridad del coche, colocándolo bajo la redondez de su vientre. – Dime que mi padre no te ha amenazado con cortarte algo...

– Tienes una familia maravillosa. – Esperó a que el semáforo se abriera para seguir su camino. – Tu madre es adorable, y sí, tu padre ha ejercido como tal, y le entiendo. Tu hermana es muy simpática y la comida estaba riquísima. Me he divertido mucho.

– Solo lo dices para contentarme. – Protesta haciendo morritos, muy gracioso.

Midorima cambia de marcha, y le toma la mano, que lleva a sus labios, para besar, distraído, en el dorso. Decir que el gesto fue del todo inesperado es quedarse corto. Takao le miró, con la boca abierta, fijamente.

– Si fueran malas personas te lo diría del mismo modo. – Contestó, sin perder de vista la carretera. – De verdad, no te preocupes, ha sido una velada agradable.

– Gracias. – Apoyó la frente en la ventanilla, disfrutando del pasar de las calles con el ambiente nocturno.

No supo cuanto tiempo pasó simplemente viendo pasar las luces, la gente, los coches a su alrededor. Hasta que su móvil empezó a sonar no se dio cuenta del tiempo que había pasado en la misma postura.

– ¿Adivina quien ha vuelto a casitaaaaa?. – Takao se incorporó en el reducido espacio del asiento, en movimiento lento.

– Miyaji... ¿Eres tu?. – La sorpresa inicial siguió a la incredulidad. El grupo llegaba, pero si se fiaba de la prensa no tan pronto. Escuchó a los demás, vociferando de fondo, chorradas y tonterías. – ¿Quién te ha dado mi número?

Había cambiado el teléfono cuando se desvinculó del grupo, y nadie salvo su familia y Midorima lo tenía.

– Tu hermanita, una dulzura. – Escuchó sus risas histéricas. – Bueno, hace medio año que no sabemos de ti... ¿Te vienes de juerga?.

– Me encantaría, pero no puedo. – Suspiró, no habían cambiado nada.

– ¿Qué pasa, no te deja tu madre o que?. – Kimura le había arrebatado el teléfono de algún modo al rubio, y ahora gritaba al aparatito, obligando a Takao a apartarlo un poco de su oreja.

– Es que no puedo, de verdad. – Si le veían, con la barriga, y el cambio que se había hecho en general seguro que les daría algo.

Midorima paró a un lado, y tomó el móvil de sus dedos. Les dio su dirección y colgó.

– ¿Qué haces?. – Pestañeó, alucinando por el gesto.

– Lucho contra tus demonios, en mi terreno. ¿Algo que objetar?. – Le mantuvo la mirada, esperando un reniego por su parte, un berrinche, incluso una retahíla de palabrotas malsonantes, pero Takao parecía asustado, bloqueado. – No tienes nada que temer, estoy aquí, contigo. – Soltó su cinturón para inclinarse hacia él, le besó, aprovechando su aparente estado de pausa.

– No está bien que se aproveche de una mamá indefensa, doctor. – Dibujó una medio sonrisa, mas relajado al darse cuenta de que Midorima le estaba tomando el pulso con la mano en su muñeca. Era adorable hasta cuando intentaba controlarlo todo. – Se iban a enterar de todos modos... asi que, cuanto antes...

– Si algo va mal, lo que sea... recuerda que tengo acceso a multitud de drogas ilegales... y un par de amigos con una morgue clandestina alejada de miradas curiosas.

Takao estalló en carcajadas, sonoras y musicales. Suspiró, mas tranquilo.

– Incluso cuanto tratas de parecer un sádico cabrón eres adorable. – Le agarró de la corbata y le acercó para besarle en la boca, con ganas. – Venga,... que después quiero una cita con mi médico... en privado.

Volvió a su sitio, con una sonrisa. Se colocó el cinturón de nuevo y se incorporó al tráfico.

– Voy a matar a mi hermana. – Midorima sonrió, a la ocurrencia. – Esa cabrona me las va a pagar.

– Como quieras...

…...

Se quitó las gafas de sol frente a la puerta principal de la casa.

Un taxi se paró en la acera, dejando ver a otro de los miembros del grupo.

Solo faltaba Tai, que apareció a los pocos minutos en otro taxi.

Para esquivar a la prensa, y las fans, fueron por separado, aunque los tres acabaron en la puerta de la dirección que les había dado el tío que cogió el teléfono de su anterior vocalista.

– Oye, esto no será una trampa o algo así. – El rubio se guardó las gafas dentro de la cazadora de cuero con cremalleras. – Este sitio da escalofríos.

Giró sobre si mismo, mirando alrededor.

Todo estaba en silencio, aunque podían ver luz en la gran casa.

Kimura re-colocó la guitarra sobre su hombro, mirando igual que el rubio alrededor. Aún seguía mosqueado por la espantada de Takao.

A ninguno de ellos les dijeron por que se había ido, simplemente que no había vocalista a una semana de empezar la gira. Con todo listo, y preparado, cuando quisieron ponerse a buscar un cantante, la discográfica les mandó a un nuevo vocalista, preparado y con todo su repertorio aprendido.

Aunque seguían intrigados, la simple vorágine de los viajes, los shows y todo lo que conllevaba les dejó sin tiempo como para pensar en ello.

– Bueno, ya estamos aquí. – Tai expulsó todo el aire de golpe. – Acabemos con esta chorrada de una vez.

– Vamos, vamos, quita esa cara de mala hostia. – Le golpeó con el puño en el hombro, haciendo tintinear las cadenas que colgaban de sus vaqueros negros por la cintura. – Te mueres de ganas por ver a nuestro cachorrito.

Resopló, dándole la espalda.

La espera tras llamar al timbre se les hizo eterna, pero por un momento, solo uno, los tres desearon que la puerta no se hubiera abierto nunca.

La persona tras ellos daba auténtico terror. Tras sus gafas unos ojos, aterradores. Una promesa de mucho, mucho dolor en ese verde tan hermoso.

Estaban acostumbrados a tíos que daban miedo: su propio personal de seguridad era así. Pero esos hombres que los protegían lo hacían por dinero; este tío con gafas no.

– Hola... perdón... – Dio un paso atrás, para asegurarse de que habían llamado a la puerta adecuada. – Venimos a ver a Kazu …

– Pasad. – Se apartó, aunque no se movió de la entrada, cerrando tras ellos.

Los tren entraron al gran salón.

Kimura descolgó su guitarra y la dejó con cuidado extremo en el sofá, mirando disimuladamente alrededor.

Había alguien en el piano. Sentado dándole la espalda al resto. Por el reflejo en el cristal de la gran ventana que daba fuera, vio un rostro que se le hizo del todo conocido.

– ¿Kazunari?. – Murmuró, pasando la mano por su cráneo rasurado, incrédulo.

De todas las cosas increíbles que había visto en su vida, Takao con el pelo corto, y una camiseta rosa, era el número uno de cosas increíbles de su lista.

– Hola tíos.. ¿Qué pasa?. – Se giró, sentado. Mordió el labio inferior, avergonzado, y trató, inútilmente de cubrir su hinchado vientre con el antebrazo.

– ¿Hola tíos que pasa es lo único que se te ocurre?. – Tai recortó el camino hasta él, abrazándole con la bastante fuerza como para levantarle en volandas solo con la fuerza de sus brazos. – ¿Has engordado o algo?.

– Joder, estás como una puta vaca. – Miyaji le señaló con el dedo de punta.

– ¿Puedo darle una patada o se considera ejercicio?. – Le preguntó Takao a Midorima, que simplemente les observaba desde la entrada, dispuesto a intervenir por si acaso, aunque no parecía hacer falta.

– Puedo darle una patada yo, si hace que te sientas mejor. – El médico se ofreció para que su chico no se hiciera daño.

El bebé se movió, mientras Taishuke le sostenía abrazado contra él. No había que ser un genio para saber que pasaba.

Le bajó, lentamente, mirándole totalmente asombrado.

– Mi bebé dice hola. – Agitó la mano, en el aire para sus compañeros.

El momento parecía suspendido en el tiempo. Era como si de repente hubiera un millón de cosas que decirse y todos estuvieran esperando a que hablara el otro.

– Eso explica muchas cosas. – Kimura avanzó, hasta ellos, posando la mano abierta en lo mas alto de la curva. – Lo siento. – Apartó la mirada de los ojos de Takao, para centrarla en la barriga. – Hola bebé, encantado de conocerte.

– Venga ya tío. ¿Aquí dentro hay un bebé? Un niño haciéndose y eso... – Miyaji también posó la mano, a un lado. – Joder, que alucine... ¿y quien es el padre?.

Un nuevo silencio. Midorima le miraba, esperando que lo dijera en voz alta. Tenía sus sospechas, pero ahora con el grupo al completo ahí, esperaba oír la historia de sus labios, o al menos su nombre...

– Soy madre soltera. – Hizo una sonrisa para rebajar la tensión. – Aún estamos buscando a su padre...

– No debí dejarte solo... joder tío, lo siento. – Tai se dio la vuelta, solo un par de pasos.

– No fue culpa tuya, ni de nadie. – Takao se acercó, a su espalda, tocándole con la punta de los dedos. – No te disculpes... no hay nada que sentir.

Le obligó a poner la mano sobre el bebé, de nuevo.

– Pero... si me hubiera quedado a terminar los arreglos del tema contigo...

– Habría pasado otro día... habría encontrado otro modo de quedarse a solas conmigo... no te culpes, joder... lo pasado, pasado está, y a nadie le importa ya eso, ¿Eh?...

– A ver si lo he entendido... – Kimura avanzó, para hacer corro con ellos dos. – ¿No te largaste?... Masa nos dijo que te habías largado por que estabas hasta los huevos de todo.

– Mírame. – Takao, sonrío hasta con los ojos. – Me echó, por que no quise renunciar a mi bebé... y lo siento por vosotros, pero no le cambiaría por el grupo por nada del mundo.

– Nunca te pediríamos algo así. – Miyaji se aferró a él en un abrazo apretado. – ¿Qué te crees imbécil?. – Le pasó la mano por el pelo. – Tío, te has cortado el pelo... y esta ropa... que horterada...

– Me lo dice el que lleva la camiseta agujereada por mil sitios. – Rodó los ojos, gracioso.

Midorima interrumpió, para pedirle que se sentara, y siguieran hablando en el sofá.

– La camiseta es tuya, tonto del culo. – Le dió con suavidad en el hombro, con el dorso de la mano.

– Tenías que haber tirado esa mierda. – Takao tomó la prenda por una punta, y tiró de ella hacia arriba, en broma. – Con la de pasta que ganas, no te llega para comprarte ropa y tienes que ponerte mis mierdas... ¿Ehhh?.

– Tus mierdas me recuerdan que tenía un amigo que se largó dejándonos con la gira a punto de empezar. – Miyaji sonrió. – lo que no pillo es por que Masa te pidió que eligieras entre el mocoso y nosotros... No es asunto suyo... digo yo, vamos... a no ser que...

Silencio...

– Ya te lo he dicho, idiota. – Takao le abofeteó, con cuidado. – El bebé es mío y de nadie mas. – Señaló la guitarra y luego a Kimura. – ¿Funciona o está sin pilas?.

– ¿Cómo puedes querer cantar en un momento así?. – Tai le miró, apretando los labios, cabreado al darse cuenta de la dimensión de lo que Takao decía sin llegar a ía la sensación de que las mentiras de Masaaki no se quedaban ahí, y que Takao no se había prrestado voluntario precisamente para hacer ese niño.

– Venga, por los viejos tiempos. – Señaló de nuevo el instrumento.

Un nuevo silencio, en el que solo se escuchaba el afinar de cada nota, a todos ellos les sonó a tiempo pasado. A cuando se reunían con trece años en el garaje del rubio, y fingían ser una banda de rock famosa, haciendo el tonto entre risas y notas mal tocadas.

– ¿Vives aquí?. – Mijayi preguntó, en voz baja. – pedazo de casa...

– No, aún es muy pronto, pero lo haré. – Usó el mismo tono confidente, mirándole con una risita. – Mírale. – Sus ojos se cruzaron con los de Midorima, que seguía en el cuarto, aunque entretenido con su ordenador, dándoles cierta intimidad pero presente por si le necesitaba. – Salgo con él... bueno aún trato de ligármelo... hoy ha conocido a mis padres.

– Si tu padre no le ha matado, es que le gusta. – Tai estalló en risas con ellos, ya que les estaba escuchando.

– Y eso significa que a nosotros también nos gusta. – Kimura levantó el pulgar, aprobando la conversación. Rasgó las cuerdas, tocando notas al azar, comenzando una canción para cambiar a otra que no tenía nada que ver.

– Como si necesitara vuestra opinión a estas alturas. – Suspiró, relajado. – Shin... por que no dejas eso y vienes.

– Claro. – Apagó la pantalla, pero se sentó en el banco del piano, frente a ellos y no en el sofá. – Soy todo tuyo.

– Señoras y señores... bueno mas bien señor, tiene el gusto de disfrutar de Dark Kiss original, con todos sus integrantes de una pieza... – Miró a Takao y sonrió. – Bueno, todos y un nuevo miembro, que aún está en el horno. Solo por hoy, y por ser un público tan entregado, aceptaremos peticiones.

– Muchas gracias... Me gustaría escuchar la que me enseñaste el otro día... la que tocabais en un garaje...

Dijo el título y un par de cabeceos, comprendiendo, alucinados comenzaron con los primeros tonos del tema.

Su voz seguía sonando maravillosamente bien, incluso ahora tenía un delicado y sutil vibrato que antes no habían escuchado en él.

Las notas fluían entre ellos de un modo cotidiano, normal, habitual. Como si no hubiera pasado el tiempo, y aún siguieran, apenas unos meses atrás creando sus canciones, todos juntos.

Midorima le escuchaba con los labios separados. Sonaba bien, de un modo diferente a cuando cantó para él... sonaba feliz.

Y la canción era tan preciosa como él... Abrió los ojos, mucho mas que antes, atrapado en la sonrisa que hacía entre cada estrofa, al darse cuenta, y ser completamente consciente, de que estaba enamorado de él.

Sin mas.

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Solo cuando cerró la puerta se dio cuenta de que sus manos temblaban sin remedio.

Akashi se había ido, y se había llevado a Nigou con él.

Kagami esperaba en el sofá, con una cerveza en la mano, platos sucios de la cena en el fregadero de la cocina. Café enfriándose recién hecho, restos de tarta y flan casero.

Daiki era divertido, y sus atenciones silenciosas a su amigo le habían sorprendido, y mucho.

Notó el calor en su cara, y en la punta de sus orejas, subiendo hasta perderse en lo mas alto de su cabeza y quedarse ahí, en la coronilla. Esos dos idiotas les habían preparado la cama como si fueran un par de recién casados en su noche de bodas.

Había loción y condones como para un año entero.

Cerró sin prestar atención a las velas, repartidas por todo el cuarto, apagadas, pero con un encendedor a la vista... había hasta rosas...La madre que los...

suspiró, con la espalda apoyada en la puerta, antes de recomponerse y volver al salón, junto al pelirrojo.

– Me da en la nariz que esos dos nos han tendido una trampa. – Le ofreció su botellín, mirando como sus labios se ajustaban a la boquilla de cristal.

– No te haces una idea de como. – Le devolvió la bebida, un poquito mas tranquilo. – Tu por si acaso, no mires en el cuarto de la derecha...

– No tenemos por qué... – Desvió la mirada, vergonzosamente sonrojado. –... bueno ya sabes...solo por contentarlos a ellos...la verdad es que aún hay cosas que no entiendo muy bien... y conociéndome como me conozco, seguro que la cago de todas las maneras habidas y por haber.

– Seguro que no. – Se sentó a su lado. – Todo lo que haces lo haces bien... aunque digas que no, siempre me sorprendes... – Una sonrisa, clara. – Me gustaría intentarlo...

– Agradezco lo que intentas hacer... de verdad, pero ¿No es un poco pronto para eso?... quiero decir, no es que no quiera, me encantaría de verdad, me pareces muy sexy y eso, pero bueno, yo nunca he "ya sabes" con otro tío y tu hace tiempo que no... – Desvió la mirada de su rostro, buscando en su cabeza las palabras adecuadas para no herir sus sentimientos y no quedar como un cerdo insensible. – No quiero que pienses que soy un salido que solo está contigo por el sexo. Ni que te estoy rechazando por algo o lo que sea... es que no quiero que te sientas mal, ni obligado a... bueno, hacer nada que no quieras.

Como no podía darse cuenta de lo perfecto que era; se preguntaba mentalmente Kuroko. El simple hecho de dudar de ese modo, le decía todo de como era su persona.

– Me gustaría intentarlo. – Repitió, de rodillas en el sofá.

Le arrebató la cerveza, y se contorsionó hacia atrás, para dejarla sobre la mesa.

– No creo que debam... – Sus manos se posaron en la cara del bombero, acariciando por los laterales, delineando sus orejas con la punta de los dedos, viajando hasta la nuca, con las dos manos.

Sus cabellos negros, parecían mas suaves y cortos, de una textura agradable, diferente.

Kagami sentía sus ojos estudiándole, siguiendo el movimiento de sus manos, por su cara, pelo... cuando sus dedos deshicieron el camino hacia abajo, a su cuello, reaccionó.

Le atrajo a su regazo, acomodándole sobre sus piernas,de lado. Consideró que quizá era muy osado ponerle en la postura del jinete, aunque su pene pensara por su cuenta y le pareciera que unas simples caricias eran suficientes como para levantar la cabeza y tratar de asomarse a mirar el mundo.

– Me encantan tus labios. – El susurro bajito de Kuroko desvió la sangre de sus bajos a su cabeza de nuevo.

Kagami se sintió mareado, apremiado. Los lugares que Kuroko había rozado, ardían, manteniendo la calidez del cuerpo contrario en si mismo.

– No tenemos por qu... – Era como un mantra para si mismo, una frase repetida mil veces en su cerebro, con la esperanza de que se convirtiera en realidad.

Se acercó, un beso, solo uno, y acabaría con esta locura.

Se disculparía, incluso estaba dispuesto a mentir... a mentirle a Kuroko con tal de no hacerlo con él. No por que no lo deseara, si no por que creía que su lealtad hacia su marido estaba demasiado presente...; esa era la idea inicial.

Kuroko pensaba, cada gesto estudiado al milímetro, pensado y requetepensado.

Si quería empezar un nuevo camino, debía adelantar un pie, y dar el primer paso.

Dicen que besar es como montar en bici, nunca se olvida. Hacía mas de dos años que Kuroko no daba un beso de tal naturaleza a alguien con quien deseara intimar mas allá de los besos.

Quizá esa era la diferencia; quería ir mas allá con Kagami.

Y el bombero no era alguien de medias tintas, ir al grano era lo mejor con él.

Su mano, viajó, casi por su cuenta, guiada por el instinto y en mitad de un delicado beso, hasta el bulto que el pelirrojo no tenía en cuenta en sus pantalones.

Se deslizó, en una tenue y delicada caricia hacia abajo, abarcando su totalidad en la palma, bajando hasta el límite y regresando a la cinturilla del pantalón, en lo que parecía una caricia del todo infinita.

No lo era, pero deseó que no terminara jamás.

Gimió, desde dentro, en mitad del beso. Giró la cabeza, le abarcó con sus brazos, levantando el delgado cuerpo del maestro para que le rodeara con sus piernas.

Ahora si, sus torsos quedaron frente a frente, sus caderas unidas. El deseo de amobs concentrado en un mismo punto.

Brillante, fugaz, como un destello, el beso fue un poquito mas allá.

Las manos no encontraban bastante piel que acariciar, bajo las prendas que aún seguían puestas. Los alientos iban y venían, de una persona a otra, de un cuerpo al siguiente. Gemidos y jadeos perdieron su nombre, desdibujándose en algo inmaterial como el aire que los rodeaba, y al mismo tiempo presente.

Los besos ya no eran suficiente, ni las manos parecían ser bastantes.

Kuroko inició un vaivén inconsciente. Tratando de aliviar la dolorosa prisa instalada en su vientre, se sacudía con dulzura contra el otro cuerpo, mas duro, mas fuerte y grande que el suyo.

Kagami parecía arder, por todas partes... era irónico que precisamente él, el bombero sintiera las llamas desde dentro, desde lo mas profundo de sus entrañas.

Sus manos, grandes, tan ardientes como él mismo, abarcaron la cabeza del maestro, profundizando el torrente de besos todo lo que sus bocas les permitían, lo que el limitado cuerpo humando podía dejarles hacer. Tenía que centrarse en eso, o perdería la razón del todo.

Había hecho eso mismo infinidad de veces, con Momoi, con otras chicas, pero nunca, jamás, ni una sola vez se había sentido de ese modo.

Como si necesitara a esa otra persona para poder ser un ser completo. Los gemidos de Kuroko convertidos en latidos dentro de su pecho; esa necesidad de terminar cuanto antes, reemplazada por ver, sentir, ser el artífice de su placer.

Quería sentir el éxtasis de Tetsuya en si mismo. Sentir como su cuerpo se convulsionaba contra el suyo, como un eterno gemido le recorría por todo el organismo, desde su vientre hasta sus labios, traspasando el cuerpo de Kuroko, entrando en el suyo propio... atravesándole con fuerza hasta quedar tenso y a su merced.

Apretado contra él, dejó que alcanzara el cielo. Perdido en su expresión creyó morir ahí mismo.

Nunca olvidaría ese rostro, ni esos ojos, nunca.

Ni esa sensación, tan brutal, que le empujó a seguirle, a correrse sin mas, solo con el simple balanceo de otro cuerpo sobre el suyo, como un adolescente cachondo que acaba de descubrir el sexo onanista.

– ¿Y ahora... que?. – Recuperando el aliento, le pareció una pregunta de lo mas lógica.

– Pues, voto por ir a limpiarnos. – Aunque señaló tras ellos, no se movió de encima suyo, mirando sus labios, sus ojos, el trozo de piel de su cuello a la vista desde el límite de su camiseta. – Y luego podemos dormir... solo dormir un poco... pero aquí, no querrás ver lo que nos han dejado esos dos...

– Voto también por limpiarnos. – Movió a Kuroko un poco hacia atrás, aunque no le quitó de encima, y apartó la cinturilla del pantalón para mirar dentro... frunció el ceño. – pero no pienso dormir aquí ni muerto... Me da igual lo que ese par de salidos hayan puesto sobre la cama, lo apartamos y nos metemos bajo las sábanas y listo.

– ¿Y que les vamos a decir que ha pasado?. – Kuroko terminó por mirar también dentro de su pantalones, con el mismo resultado...

– No les vamos a decir nada. – Estiró el cuello, para besarle, dulcemente. – Por que por muy amigos que sean... hay ciertas intimidades que no son asunto suyo...

– Si, tienes razón. – Una sonrisa en mitad del beso, contento. – No queremos que se sientan en la obligación de tener que contarnos como les ha ido a ellos...

– Eso sería muy cruel por nuestra parte. – Risitas. – ¿Qué clase de amigos seríamos?...

– Cierto... aunque cuando veas lo que han dejado, no pensarás igual. – Se levantó de su regazo, y le tendió la mano, para levantarle también. – No tengo ropa que dejarte, pero podemos ducharnos juntos... para ahorrar agua.

– Me sacrificaré, y dormiré desnudo... que le vamos a hacer... aunque si la tentación de mi sexy cuerpo no te deja dormir, lo entenderé y te compensaré adecuadamente.

Risas, sinceras, por parte de los dos...

Hacía mucho tiempo que Kuroko no se sentía así, tan sumamente feliz.

Y sinceramente no pensó que volvería a sentirlo jamás.

– Gracias, Taiga. – Tiró de su muñeca para besarle en la mejilla.

– De nada. – Le devolvió el beso, sonriendo.

Ahora solo tenían que ponerse de acuerdo en la versión que contarían, y no habría ningún problema... Excepto Kise, ese montaría un acontecimiento alrededor del hecho, seguro.

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Ale, aquí dejo el cap.

Sinceramente, espero que os guste.

Besitos y mordiskitos

Shiga san

Muchísisisisisisisismas gracias por vuestro apoyo, de verdad, os lo agradezco en el alma.