Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo diecinueve: Señales contradictorias.

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Las varillas volaron desde el bol de las claras batidas hasta la pared contraria.

Una palabrota, otra, y otra mas. Un gesto airado, el bol sale disparado, y acaba en el suelo, después de rodar un par de metros hasta detenerse del revés.

– ¡Joder!, ¡ Así no!. – Limpia toda la encimera con el brazo. Todos los enseres caen al suelo, formando un estruendo.

La cocina se convierte en un pequeño campo de batalla, donde ya ninguna de las sustancias que salpican todo son reconocibles.

Murasakibara gruñe. Está molesto, enfadado, confuso... no sabe si con él mismo, con el mundo, con Akashi... con Himuro; por su culpa todo va mal.

Normalmente, cuando está preocupado por algo, cocina. Hace varios platos, un par de tartas, quizá un flan gigante, o un par de litros de helado... siempre depende de lo gordo que sea lo que le tiene infeliz... pero esta vez, le sobrepasa.

Himuro tiene la culpa.

Su pecado, existir.

Estaría bien hacer una nueva receta de milhojas, sin crema.

Rodea el mostrador y se agacha. Una palabrota, otra, otra mas.

Recoge la comida con una mano y la va dejando sobre la palma abierta. Es inútil, se escurre y cae de nuevo, al suelo, a su pantalón...

Suspira. Sentado en el suelo, sobre platos rotos y comida esparcida Murasakibara recapacita.

La culpa de es Himuro...

La primera vez que vio a Sei, lloraba. En un parque, sucio, despeinado, sin afeitar... lloraba.

Ni siquiera tiene muy claro por qué se acercó, y por qué de repente, le invadieron unas ganas terribles de verle sonreír.

Su sonrisa era mona. Pero lo que mas le impresionó fueron sus ojos, desiguales, inquisidores.

Sei era inteligente, mucho. Tenía esa mirada que solo tienen ciertas personas, las que pasan su día luchando las batallas de otros.

Cuando le dijo que era abogado, todo pareció encajar en un extraño puzzle gigante.

Pero ahora... ahora venía con que iban a tener un hijo. Un hijo, con él.

De fresas... no, eso está muy visto.

¿Cuánto tiempo llevaban juntos?.

No lo sabía... y eso le molestaba. Ni sabía en que momento habían acabado viviendo juntos.

Atsushi era alguien terriblemente despistado. El único momento y lugar en el que puede concentrarse en algo es en la cocina, y creando cosas, cosas deliciosas.

Era goloso, y se le daba muy bien la repostería, pero el resto del tiempo lo pasaba entre actos difusos. Tenía problemas para recordar citas, cosas importantes, incluso caras y nombres, pero las recetas las memorizaba al instante.

El foco de su preocupación actual era otro. Era el moreno pastelero, pero quizá por las razones equivocadas. Recordaba sus galletas, el sabor de la harina que no era, y la falta de azúcar. Era un mal postre, y sin embargo, lo recordaba hasta tal punto, que si no fuera contrario a cocinar cosas insípidas por principios, podría reproducir la receta idénticamente sin casi pensar en ella.

Y eso le hacía sentirse mucho peor. Por Akashi, por ese pequeño bebé inocente que él había metido ahí, sin pretenderlo... ni siquiera se acordaba de cuando, ni de como.

Melocotones, es temporada.

Y la mierda de día no había hecho mas que comenzar.

Una carta, del banco, para Sei. Normalmente no las abre, pero dado que se ha largado, y que no ha tenido el detalle de comunicar su nueva dirección al banco, la correspondencia sigue llegando puntual.

La rabia del momento apaciguada según va leyendo.

Sei ha pagado todo desde que están juntos. Es una revelación que le llega en ese momento. No se lo había pedido, y no tenía por que hacerlo, y sin embargo, el pago del los dos hornos, y de la cámara frigorífica de la pastelería están ahí, frente a él.

Esos pequeños numeritos negros, anotaciones bancarias, le muestran mucho mas que cuentas.

Piensa, en serio, trata de recordar en que momento, el instante justo, en el que dejó de tenerle en cuenta. Cuando dejó de preguntarle por su día, o de darle un pequeño beso al cruzarse con él en el pasillo... cuando habían dormido juntos por última vez, o cuando simplemente se habían sentado frente a frente a conversar, de nada en concreto, hablar por el simple hecho de compartir algo.

El concurso, su galardón. Lo tenía, ahí estaba, colgado sobre el mostrador, para que lo viera todo el mundo.

A costa de Akashi. Ese había sido el precio por ganarlo. Fama, clientes, y soledad.

Le dio vueltas al tema, durante un rato, y a una receta para el milhojas pero con melocotones... era extraño que en un momento de tanto drama mental, él pensara en hacer pasteles.

¿Qué se hace cuando se tiene un bebé?. ¿Qué esperaba de él Akashi?.

Había quedado muy claro que no valía para ocuparse de amar a otra persona, ni siquiera recordaba estar enamorado de Akashi... en ese preciso instante ni siquiera podía asegurar haberle amado en algún momento; seguramente así fue, aunque él no lo recordara.

" No te preocupes por nada, yo me ocuparé", esas habían sido sus palabras, nada nuevo.

Sei se había ocupado de todo, era como una especie de necesidad, lo de controlarlo todo, saberlo todo, hacerlo todo. Despejar su vida de obstáculos para que nada le distrajera de la cocina, y de su propósito principal.

Tomó entre los dedos el bol metálico y lo giró, esparciendo por el suelo lo poco que podía quedar dentro, y negó.

Akashi era de esas personas, de las que cuidan de los que están a su alrededor a costa de su propia felicidad.

Y por todo eso sentía que la culpa era de Himuro.

El moreno se había cruzado en su vida sin pretensiones y a él si le recordaba, con claridad. Sus galletas, el dulce de leche que le acompañaba, el aroma almibarado de su pelo, sus ojos, tan bonitos. Cerraba los ojos y podía casi paladear el sonido de su voz, la textura de mousse de sus dedos... Y eso era como despreciar a Sei, su sacrificio, su entrega. Todo lo que le había dado quedaba reducido a un par de palabrotas y un lazo que les uniría de por vida; ese niño que les mantendría unidos aunque no quisieran.

Quizá debería utilizar piña en lugar de melocotones. El hojaldre no aguanta muy bien las capas de fruta húmeda.

Escucha unos toques, pequeñitos en la puerta trasera de la tienda.

Se levanta, sin limpiarse ni nada, poniendo cuidado en cada paso para no darse la hostia del siglo resbalando.

Himuro le sonríe desde el otro lado de la puerta.

– ¿Estás bien?. – Señala su ropa, sucia, escurriendo fluidos desconocidos por todas partes.

– Yo si... solo... ¿Akashi está bien?. – Se limpia las manos directamente en el pantalón, esparciendo un poco mas las sustancias por la tela.

– Supongo que si, no he podido quedarme. – Camina hasta la cocina, aunque duda si entrar al ver todo el estropicio. – Casi ni he podido aparcar cuando lo han sacado del coche, y luego ha aparecido un policía a toda leche y me ha apartado de un empujón y ya está. La verdad no sé que mas decirte... ¿En serio que va todo bien?.

Murasakibara no responde. Debería llamar a alguien, a Midorima por ejemplo, pero en su lugar se queda mirando a Tatsuya, que ignorándole completamente, se pone a recoger las cosas de suelo, dejándolas en la encimera.

– Es tu culpa. –Dice, en voz alta. La acusación se escucha perfectamente en el silencio que se hace justo después de dejar uno de los trozos de un plato roto en la encimera metálica. – De tus galletas sin sabor. No puedo dejar de pensar en ti, en chocolate...

– ¿Perdón?. – Aunque le ha escuchado perfectamente, su cabeza no estaba prestando atención. De hecho sigue sin hacerlo, recogiendo todo lo que está a su vista por el suelo.

– Le he fastidiado la vida a Akashi, y yo solo puedo pensar en tí, en que es por tu culpa que no me importe. – Mete en el fregadero los utensilios que Himuro ha ido rescatando del suelo y empieza a fregarlos, mojándose las mangas de la chaqueta blanca en el proceso.

– ¿Quieres que me vaya?. – En ese instante, todo se torna mucho mas serio de lo que parecía al principio.

Himuro supuso que ese chico era su ex novio, ya le había dicho que había sido abandonado, pero Akashi no le pareció alguien que se marcha sin razón alguna... y Murasakibara tampoco parecía alguien que hiciera daño por deporte. Ahora estaba confuso, intrigado.

– Quiero que te quedes, ese es el problema. – Hundió las manos en la espuma, ya no se sabía si fregaba o no. – Debería estar llamando a todo el mundo para saber que pasa, y solo puedo pensar en ti, en que quiero cubrirte de chocolate y …

Suspiro.

Silencio.

Himuro está sorprendido, no, lo siguiente.

Se gira, para darle la espalda, y abre una de las cámaras frigoríficas. Rebusca dentro y saca uno de los botes.

– ¿Helado, sirope, virutas, de cobertura?. – Pregunta alzando el bote y agitándolo.

– Amargo, caliente. – Responde al leer la etiqueta del bote.

– No sé donde lo guardas, no estoy familiarizado con tu cocina, pero primero limpiamos esto.

– ¿Para qué?, con el chocolate vamos a ensuciarlo todo de nuevo.

– Pues limpiaremos otra vez. – Una medio sonrisa, su mirada medio oculta tras el flequillo.

– ...y tu me ayudarás a ensuciarlo de nuevo. – Mientras habla, se acerca por la espalda. Sus mangas gotean, mezclando el agua con el resto de cosas.

– Bien... estoy dispuesto a correr el riesgo.

Incluso Murasakibara y su eterno despiste se dieron cuenta de lo que implicaba esa frase.

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El timbre sonaba, y sonaba, y sonaba sin descanso.

No hacía falta correr para saber que era el rubio piloto, que obviamente había recibido su mensaje, contándole lo de Kagami.

La próxima vez se aseguraría de que estuviera en la otra parte del mundo antes de decirle nada.

– ¡KUROKOCHHHHHIIIIII!. – Tiró la maleta a sus pies y las bolsas que cargaba en la otra mano y le apretujó con ganas en un abrazo asfixiante. – Pero que guapo te pones cuando follas.

– Yo no he... – La risa de Kise le indicaba que era inútil discutir con él. – Pasa, siéntete como en tu casa.

Mas emocionado de lo que podía demostrar, dejó la maleta en la entrada, a un lado, aunque si fue con las bolsas hasta el salón, y las dejó sobre el sofá.

Al girarse levantó una ceja.

Perros jugando al poker. Y un jarrón, en una esquina. Girasoles de seda, vistosos, coloridos, decorativos.

– Te he traído unas camisas … – Esperó que se sentara a su lado, y señaló el cuadro con el pulgar. – ¿Lo ha comprado Akashi?

– No, ha sido idea mía. – Estiró sus labios en una sonrisa llena de orgullo. – Es gracioso. Y los girasoles... los vi en una tienda, volviendo de la guardería, y simplemente los compré por impulso. ¿Quieres tomar algo?.

– Nada de distraerme con la comida. – No quiso comentar nada de que Kuroko por fin admitiera algo en su casa para adornarla. – Quiero todo, detalles jugosos y chorreantes incluidos. Desembucha o te lo sacaré por las malas.

– No pasó nada. – Kise sacó su móvil y le mostró el mensaje que el profesor le había enviado. – Bueno si, pasó algo, pero no lo que tu crees.

– Detalles, sensei. – Agitó los dedos siniestramente como un malo de peli cutre. – y luego si eres bueno te cuento yo.

– Vamos, cuéntaselo aunque sea para que se calle. – Akashi salía del baño, limpiándose los labios, después de otra sesión de vómitos. Nigou le seguía caminado despacio, casi sin hacer ruido alguno.

– Es que no pasó nada... solo nos besamos... mucho... y nos tocamos un poco... – Le miró, abriendo los ojos hasta el límite y acercándose peligrosamente a su espacio vital demasiado emocionado con la información, demasiado Kise. – ¿Sabes lo embarazoso que es hablar de esto contigo tan cerca?.

– No cambies de tema. – Acarició a Nigou, que había ido hasta él, cuando se aseguró de que Akashi estaba sentado y cómodo. – ¿Solo le tocaste la manguera o le dejaste adentrarse en el fuego?

– Nah... ni una cerillita de nada. – El pelirrojo hizo el gesto de masturbarse agitando el puño con una risita cómplice.

– Muy bonito... ¿Vais a atacarme los dos?. – Hizo un puchero, con la cara tan roja como un tomate maduro. Nigou se alzó sobre las patas, lamiéndole por la cara y uniéndose al ataque a su amo. – Los tres... traidores...

Su sonrisa, ahí estaba. Hacía meses que no le veían sonreír así, tan nítidamente que iluminaba todo a su alrededor.

– Nos alegramos por tí, Tetsuya. – Kise le abrazó, perro incluido. De verdad, se podía notar que su felicidad era real. – Sabes que no lo hacemos con maldad, solo te lo preguntamos por que nos gusta tu carita roja...

– Lo sé. – Estiró la mano para tocar los dedos de Akashi aún abrazado a Kise. – Por eso os quiero.

– Si, bueno, fuera sentimentalismos. Desembucha. – Kuroko negó, enfurruñado. – Lo de sacártelo por las malas iba en serio... he pasado un montón de horas en un avión y cuando por fin llego al hotel, me mandas este mensajito... – Hizo un puchero de lo mas teatral, bastante mal hecho. – Está bien, si no quieres no me lo cuentes, pero solo para que lo sepas, he dejado en mi habitación a un morenazo de ojos azules y cuerpo de infarto a punto de hacerme muy feliz... apiádate de mi, ten compasión.

– Es que no pasó nada …. solo lo que te he dicho... dormimos juntos después de lavarnos y compró donuts para desayunar... y ya está, no sé que mas decirte.

– Si lo sabes. – Los desiguales ojos del pelirrojo mirándole, esperando su confesión.

– Estoy bien, lo prometo. – los miró a los dos, comprendiendo su preocupación constante. – Taiga me gusta, y quiero intentarlo con él... además, si hubierais visto la cara que puso cuando lo monté, entenderíais muchas cosas

– Solo por los donuts le damos mas puntos. – Kise estalló en carcajadas con Akashi. – Nos alegramos de que todo esté bien y... eh, eh ,eh, espera un momentín. ¿Qué es eso de que lo montaste?.

– Te lo cuento si me cuentas tu lo del morenazo. – Mirada inquisitiva.

– ¡Oh, vamos! ¿Chantajes a mi?. – Sonrió, sentándose hacia atrás. – Es mi segundo de abordo, nada mas. Es mi acompañante para la boda de Teppei... que por cierto, ¿Ya sabes que ponerte?.

– ¿Yo?. – Kuroko no entendía la pregunta.

– ¿Irás con tu bombero, no?. – Negó. – ¿No te ha invitado?. – Kuroko negó de nuevo. – ¿Y Kiyoshi tampoco te ha invitado?.

Kise sacó su móvil, y escribió un mensaje a la velocidad del rayo.

– Me sorprende que te haya invitado a ti. – Akashi puntualizó como si nada. – Su casi marido no estará muy contento con tu presencia...

– Su casi marido me la puede comer cuando quiera. – Sonó hasta rabioso y todo. – Somos amigos, y él puede tomarlo como le venga en gana, faltaría mas.

– Me encanta cuando te pones grosero. – El abogado le sacó la lengua.

– Es uno de mis numerosos encantos y ... – Sonó su tono de llamada y levantó la mano para pausar la conversación. – ¿Por que no has invitado a Tetsu a la boda?.

Escuchó la respuesta, uniendo las cejas en el centro.

– Ya, si, lo entiendo...bien, nos vemos mañana, en la despedida. – Colgó y se guardó el aparatito en el bolsillo de la camisa. – Teppei dice que Kagami va con una mujer... una tal Satsuki. Solo por eso ya le quito los puntos de los donuts...

– No pasa nada Kise. – Aunque lo decía sonriendo, una pizquita de decepción se veía en su mirada. – Para él es un poco todo nuevo, y salir del armario, por las buenas... y delante de sus compañeros de trabajo, es demasiado.

– Bueno, parece que para frotarse no tiene problemas. – Estrechó la mirada, hasta hacerla una línea delgada. – Aunque a estas alturas me parece que no queda nadie en toda la ciudad que no sepa lo vuestro...ir con otra persona a la boda me parece una falta de respeto inmensa. Pero es mi opinión, nada mas.

Akashi no dijo nada, aunque compartía por una vez el punto de vista de su amigo.

– Solo es una boda... – Trató de quitarle importancia.

– No es solo una boda, es "la boda", la gran oportunidad de socializar como pareja... – Kise tenía razón pero de nada servía discutir. Dirigió sus ataques a la otra persona del cuarto. – ¿Y tu con el poli, que tal, bien?.

– Estupendo, le llega hasta la rodilla. – La broma les hizo reír a los tres.

– No es verdad. – Kuroko intervino divertido. – un poco menos.

– ¿Y tu como sabes eso?. – Akashi quiso saber...

– El otro día salió en bolas de tu cuarto. – El abogado enrojeció hasta la coronilla. – Y me lo encontré en el pasillo... bonitas vistas, por cierto.

– Que vergüenza... ¡Eh! ¿Qué pasa? Se puede hablar del mío y no del tuyo, ¿No?.

– Mmm, Kagami parece bien dotado, su dedo corazón es largo... aunque jejeje, ¿Os habéis fijado en las manos de Kiyoshi? . – Levantó las dos cejas un par de veces, gracioso. – Eso es una maravilla … Cuando le baje los pantalones a Yukio, le hago una foto y os la mando, ya que estamos presumiendo...

– Si, justo lo que necesita mi teléfono, fotos de intimidades ajenas. – Kuroko le dió entre risas en el brazo.

– Nunca hay suficientes fotos de esas... el mundo necesita fotos de esas... de hecho me haré una foto a los bajos y los compartiré con el mundo... ¿Por qué privar al planeta de mis encantos sensuales?... además, tengo los bajos rubios, eso mola...

– ¿Y pensar que este tío pilota aviones?. – Akashi le señaló con el pulgar.

Nigou se levantó, nervioso.

– Parece que tenemos una emergencia. – Kuroko fue por la correa, sonriendo. – Ahora volvemos, no te vayas Kise.

– Como mandes. – Esperó a que saliera para volverse al abogado, serio. – Ahora la verdad, ¿Cómo está?.

– Bien, como lo ves ahora. – Se encogió de hombros. – Está mas animado, sonriente, hablador. No es como antes, pero se acerca bastante. Daiki sigue investigando el caso, hay muchas cosas que no encajan como deberían.

– ¿Qué cosas?.

– La documentación no cuadra. La muerte del bebé no tiene sentido, faltan datos, papeles que deberían estar y no aparecen. El dinero de Tetsuya, fue liquidado de un modo rápido, y el banco no hizo preguntas... no sé, hay varias cosas mas que a Daiki no le convencen del todo.

– ¿Merece la pena removerlo todo?. – La pregunta de Kise tenía su lógica. – Has visto su sonrisa, y no creo que el pasado sea bueno para él. Opino que es mejor que se quede donde está, en el pasado, y que le ayudemos a ir hacia delante. – Akashi asintió. – ¿Sigue yendo al cementerio cada día?.

– Si va, pero no con tanta frecuencia. Y Nigou le está haciendo mucho bien.

– Eso está muy bien, si señor. – Kise arrastró el trasero por el asiento hasta ponerse a su lado y posó la mano abierta en su vientre. – ¿Y como se cuece mi ahijado?.

– ¡Ah, no! De eso nada. – Demasiado tarde entendió el significado de esas palabras. – Ni se te ocurra llenarme la casa de cosas... te lo advierto, te demandaré por acoso como lo hagas...

– Que mamá mas gruñona. – Cruzó los brazos por encima del pecho. – Pero pienso comprarle lo que me de la gana, y no puedes impedírmelo.

– Si que puedo impedirlo y lo haré. – Forcejeó en broma con el rubio, que trataba de acercarse lo bastante como para hablar directamente con el bebé y pasar por alto a su mamá.

Kuroko entró, seguido de Daiki, al que había encontrado en la calle, al regresar del parque cercano.

– No deberías engañarme así, recuerda que voy armado. – Daiki les miró a los dos, demasiado juntitos para su gusto.

– Quita idiota. – Empujó a Kise por los hombros, pero el rubio se aferró a sus caderas con las dos manos, impidiendo que lo moviera ni un milímetro de su sitio junto al bebé. – No es lo que parece, te lo prometo.

– Desde aquí parece que te están metiendo mano. – Aomine les miró, inquisidor.

– ¡Que grosero! yo no hago esas cosas marranas, y menos a Akashi. – Apoyó la mejilla en su vientre, y le miró, riendo. – Hablo con el bebé, para saber que le gustaría tener...

– Mmm... yo tengo una lista. – Daiki se acercó, siguiéndole la broma.

– ¿Sigo aquí, sabéis?. – Ambos le ignoraban.

– Y tu eres el poli. ¿De verdad te llega hasta la rodilla?. – La pregunta de Kise salió tan natural que no pudo evitar romper a reír por eso.

– ¡KISE!. – Se quejaron los otros dos, rojos de vergüenza.

– ¿Quéee?, solo quiero saber.

De verdad, que el piloto era un caso... pero sin él estarían muy perdidos, mucho.

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La puerta de la habitación del hotel se abre, despacio.

Teppei está sentado en la cama, con la corbata en la mano.

– Mi tonto papá. – La niña se acerca, y toma la corbata en sus manos. Levanta el cuello de la camisa y la coloca debajo, pero no sabe anudarla, así que se limita a acariciarle la cara, para no despeinarle. – Está en el juzgado, esperando. Vamos papá, por lo menos esta vez no te deja plantado.

– Estas muy guapa, cariño. – A sus ojos, su hija es la mas preciosa de las criaturas. – Y deja de hablar como tu madre, das miedo.

Riko entra también, sonriendo.

– ¿Aún no has aprendido como atar una corbata?. – Es ella quien se acerca, y quien va colocando la tira de tela. – Estás muy guapo, el uniforme de gala te sienta muy bien.

Hace el nudo con maestría, planchando las solapas del cuello con la punta de los dedos, colocando la chaqueta blanca en el proceso, y obligándole a acortar la distancia para besarle en la mejilla.

– Gracias, tu también estás preciosa. – Le devuelve el beso, y una sonrisa.

– Bueno, vamos a dejar ya de tirarnos piropos y a ponerte el cepo. – Una risita, traviesa. – Aún estás a tiempo de huir.

– No gracias. – Le tomó la mano y la obligó a girar sobre sus tacones para verla desde todos los ángulos. El vestido azul de gasa le hacía un cuerpo de infarto. – Estoy deseando apretar ese cepo. Llevo muchos años esperando por este día, si me vuelve a dejar plantado le perseguiré y le obligaré a casarse conmigo, aunque sea por las malas.

– No va a dejarte escapar. Ya he tenido con él "la charla"... ya sabes de papá nuevo a hija.- La niña se estiró, haciéndose la interesante. – Si se le ocurre hacerte daño me las pagará.

– Esa es mi chica. – Otro abrazo apretado a su pequeña, agradecido por tenerla. – Venga, vámonos.

– ¿Tienes todo?, los anillos, la identificación... no te dejes nada. – Riko y su sentido práctico en el momento justo.

Solo por eso ya las adoraba.

….

Junpei bajó del coche, despacio, mirando alrededor con cautela. Casi no había dormido la noche anterior, de los nervios. No por miedo, si no por que se moría de ganas por que llegara el día, y por fin estaba ahí, listo y a la espera.

Sus hombres formaban grupos frente a los juzgados, todos con sus imponentes uniformes de gala, blancos y dorados. Las insignias del cuartel y las espadas ornamentales eran por demás, un conjunto perfecto.

Sus parejas, hijos y amigos, todos ahí reunidos, por ellos.

Kiyoshi y él.

La verdad, es que esta vez no tenía la sensación de querer salir corriendo de la primera. Esa boda frustrada fue un cúmulo de quiero y no puedo alargado durante años. Comprendió que esconderse del mundo, de lo que sentía, y de lo que le hacía pasar a Kiyoshi no era bueno para ninguno.

Al mundo no le importaba con quien se acostaba, solo veían su trabajo al frente de los bomberos, y en ese caso era impecable. No había una sola falla en su actuación, ni un mal servicio, ni una mala gestión.

Alargar lo inevitable era estúpido y cruel. El le amaba, tanto o mas que el castaño de vuelta. Y llevaban así desde el instituto. Superó lo de Riko, y eso si que fue un golpe de lo mas duro, y se negaba la felicidad a su lado alegando al que dirán; cuando en realidad todo se resumía a que tenía miedo, mucho miedo.

Sintió celos de Kise, de como se desenvolvía a su lado sin vergüenza alguna, de como le mostraba su cariño delante de todos. Envidiaba el valor que tenía y que a él le faltaba.

Vio al piloto, junto a un hombre moreno, con el que reía de lo mas cómodo en la acera contraria nada mas cerrar la puerta del coche. Estaba elegante enfundado en un impoluto traje negro y azul entallado a su cuerpo; sus aires de modelo aún perduraban en el rubio como algo natural en él.

Se vio rodeado por los compañeros, casi sin pretenderlo. Las bromas típicas de la espera, el " si quieres irte ahora es el momento", " te cubriremos jefe", o el "¿Estás seguro de que quieres hacerlo?", llenaron los minutos de espera de un modo plácido.

Finalmente Kise se acercó, y simplemente le tendió la mano. Una sonrisa, una mirada cómplice, una declaración de paz delante de todo el mundo.

Y tomó su mano, y le acercó a él de un tirón.

– Si vuelves a revolotear cerca de Junpei te mato. – Un susurro, solo para ellos.

– Si vuelves ha hacerle infeliz, seré yo quien cumpla esa amenaza. – En el mismo tono, misma amenaza de vuelta.

Paz entre ellos, o al menos, un intento de cara al resto.

El coche del novio apareció, aparcando justo detrás del que le había traído a él, y Hyuga se preparó para recibirle en la acera.

Contuvo un suspiro, durante unos segundos, nada mas verle.

Su hija, Riko, él, las personas mas importantes de su vida ahí, compartiendo ese momento de dicha con ellos, "entregándole" a su nuevo casi esposo, con una sonrisa y vestidos de gala.

Tomó su mano, a su lado, entrelazando los dedos, alzando las manos juntas para besarle en ella, y luego en su mejilla, y en los labios.

Hyuga sonrojado era lo mas hermoso que había contemplado en su vida, desde la primera vez que lo vio supo que sería como una sustancia de vital importancia para su existencia.

Al principio solo eran amigos, desde el primer año de instituto, solo eso.

La amistad pronto fue cambiando, haciéndoles mas cercanos y mas íntimos sin que ninguno de los dos fuera realmente consciente de que era amor.

Demasiado jóvenes para darse cuenta de ello, cometieron errores, muchos. Cuando en tercer año dejó embarazada a Riko, su mundo se desestabilizó. Podía simplemente haberse desentendido, diciendo que era muy joven para eso, pero Hyuga se enamoró mas de él al verle ocuparse de ello de un modo adulto. Fue una tontería de juventud, una tarde de confesiones y lágrimas, corazones rotos y un polvo por despecho, pero esa niña estaba ahí, y fuera por la razón que fuese, era de los dos.

Siguió en el instituto, y encontró media docena de trabajos, que ocupaban todas las horas de su día, excepto las que usaba para dormir. Hyuga le vio luchar, cada día, para que a Riko y a esa niña no les faltara de nada. Soportó los insultos, las palizas del padre de Riko, renunciar a su adolescencia por ella, con una eterna sonrisa en sus labios.

Y él no podía dejar de quererlo a pesar de todo.

Se confesó, esperando un rechazo por su parte a los diecisiete. Para ese entonces ya llevaba años enamorado de él, de su forma de ser, de ver la vida, de enfrentarse a todo.

Y vio su confesión correspondida.

Teppei también lo amaba, casi desde el mismo día que se conocieron, apenas un par de mocosos y ambos decidieron salir juntos.

Con su amor se inició el infierno. Los besos a escondidas, las discusiones, las preocupaciones por no ser vistos, por no dar que hablar... funcionó durante un tiempo, pero Teppei se cansó de esconderse, y quiso darle una razón a la desesperada: Casarse.

Si se casaban nadie les diría nada, esa era la idea, pero Hyuga no apareció, y eso le rompió el corazón...

Todo eso era pasado.

Ahora estaban ahí, adultos, con mucho vivido a sus espaldas, sin nada que perder salvo amarse el uno al otro, ser felices, por fin.

…..

Kagami los contempló, a la entrada de los juzgados, juntos.

Se alegraba por Kiyoshi, era su amigo, y su confidente a ratos, y sabía cuanto daño le había hecho esa relación; pero no era eso lo que le hacía sentirse incómodo.

Era otra cosa.

La corbata le estrangulaba y eso que casi podía meter la mano por el hueco. El traje tiraba, la camisa estaba tiesa. Tenía una sensación de malestar general que no sabía a que achacar.

Por supuesto, Satsuki estaba impresionante. El ceñido vestido rojo, elegante y delicado, los zapatos de tacón alto y un elaborado recogido, la hacía parecer una mujer despampanante.

Cualquier hombre a su lado se sentiría afortunado y orgulloso, pero él no.

– Vaya, que agradable visión. – Kise se aproximó a la pareja, de la mano de Yukio, y tomó los dedos de Satsuki para besar sus nudillos, caballeroso. – Soy Ryota bella dama, y él es mi pareja, Yukio.

– Que galante. – Sonrió complacida. – Satsuki... y creo que ya conoces a mi anfitrión.

"¿Anfitrión, eh?"

– Por supuesto, tenemos un amigo en común. – Kagami evitó su mirada, disimulando con los novios, que ya empezaban a entrar al juzgado. – Tetsuya, lo mismo le conoces y todo.

– Claro, es el profesor de mi hijo. – Respondió con naturalidad, sin notar la levísima tensión del ambiente.

– Esperaba verle hoy aquí, pero por lo visto no ha podido venir, una pena. – señaló al otro lado de la calle. – Deberíamos ir, o nos perderemos la boda.

Kagami suspiró, aunque no se movió como el resto.

Era eso lo que le incomodaba, Kuroko.

Debía haberle invitado a él, estar ahí con él. Verle con un traje elegante sería tan maravilloso.

Suspiró, y caminó hasta los juzgados, sin ganas de boda.

De hecho no prestó atención durante la ceremonia, ni cuando terminó y todos salieron para tirarles arroz a los novios, ni cuando se repartían los coches para ir a la celebración.

Cuando quiso darse cuenta, revolvía la tarta de boda con la cuchara sin haberla probado; y eso era de lo mas raro.

– Eres un acompañante bastante lamentable, me siento abandonada. – Murmuró en voz baja, comprendiendo su dilema. Posó la mano en su muslo, bajo el mantel. Al menos así consiguió que la mirase, aunque la cara de susto le hizo soltar una carcajada antes de hablar. – Vete, corre.

– ¿Qué?. – No comprendía.

– Ve con Kuroko sensei. ¿Estás pensando en él, verdad?. – No dijo nada, aunque no hizo falta. – Vete con él, que vea lo guapo que estás. Caerá rendido a tus pies con esta percha que te gastas.

– No puedo dejarte sola. – Se excusó. – Mañana iré a verle un rato antes de trabajar.

– Puedo quedarme sola, no te preocupes. – Barrió las mesas con la mano hacia arriba. – Dentro de una hora esto estará lleno de bomberos borrachos... y con un poco de suerte, solteros. Creo que podré encontrar alguien que me acompañe a casa.

– Nosotros la acompañaremos, si es lo que te mantiene aquí sentado. – Kise intervino, sentado en la misma mesa pero al contrario, había escuchado parte de la conversación entre los silencios de la gente. – Yukio y yo la dejaremos en casa antes de ir al hotel.

– Pero... – Miró a los novios, que ajenos a todo el drama, se hacían carantoñas entre bocados. – Tengo que despedirme y darles las gracias...

– Lo entenderán, nosotros les diremos por ti. – Kise le señaló la salida con el pulgar de punta.

– Gracias. – Se inclinó a besar a Momoi en la mejilla, y a Kise, que como no se lo esperaba, se quedó de piedra.

Y Kagami abandonó la celebración de la boda poco antes de las diez de la noche.

Kiyoshi sonrió, desde la mesa presidencial, y le mostró el pulgar arriba a Kise, que respondió con el mismo gesto.

…...

Tenía todo listo para una maratón de películas de miedo.

La mesa aterida de chucherías, patatas, gominolas, nachos con queso, y cantidades industriales de refresco. Ropa cómoda, Akashi en el cine con Aomine y Nigou dormido en su camita, con todas sus necesidades cubiertas.

Al menos podría ver un par de películas tranquilo antes de parar y bajarle.

Se acomodó en el sofá, mas despatarrado que sentado, y encendió el reproductor con el primer dvd que había alquilado para la tarde.

Abrió la primera bolsa de gusanitos mientras los créditos iniciales llenaban la pantalla. Cuando surgió el menú, y se dispuso a pulsar el play, el timbre de la calle le hizo fruncir el ceño, molesto.

Con la mano en el tirador de la puerta, y ésta abierta, pestañeó confuso.

Kagami en su puerta, con un traje de corbata, el pelo peinado hacia atrás y una mirada de lo mas decidida.

– ¿Qué haces aquí?. – Era una duda lógica.

No le esperaba, de hecho por la hora, la boda debería estar aún en pleno banquete, y faltaría el baile, las fotos... por muy aburrida que fuera, a la boda le quedaban unas cuatro horas largas.

– Lo siento. – Se disculpó, y le abrazó, sin decir nada mas. – No he podido dejar de pensar en ti en todo el día.

Quiso contestarle, de verdad. Iniciar una conversación pero un beso, candente y avasallador le dejó la boca cerrada los siguientes minutos, sin oportunidad de réplica.

Cerró la puerta como pudo, y se dejó arrastrar. Kagami le mantenía entre sus brazos, cambiando la dirección de su boca y la intensidad con la que le besaba mientras le guiaba a ciegas hasta la habitación.

Pasos cortos, torpes, sin querer romper el beso por miedo a usar la boca para hablar y decir algo inapropiado, o hiriente.

En su mente las palabras se agolpaban sin control. La sensación de pérdida que había invadido su cuerpo todo el día no terminaba de irse, como si necesitara de algo mas, de algo importante, primordial.

Junto a la cama se detiene, le mira fijamente.

– ¿Me quieres?. – Surge de sus labios entre leves jadeos. Está excitado, mucho, como nunca en su vida, y solo por unos pocos besos.

Es él, es Kuroko quien le provoca esas sensaciones.

– El otro día dijiste que querías intentarlo, llegar hasta el final conmigo. – Toma su cara entre las manos, expectante. – ¿Puedo hacerte el amor?.

No espera la respuesta a ninguna de las dos preguntas, y si realmente espera una negativa, no es el momento para escucharla.

– Puedes...

No hizo falta nada mas, una mirada, y un gesto, para ayudarle a tenderse en la cama...

Kuroko se alza sobre los codos, para mirarle. No quiere perderse nada.

La chaqueta del traje acaba en el suelo, su corbata, desanudada de un tirón. Hay cierta prisa en sus gestos, nerviosismo, excitación, ansiedad.

Sus ojos le escanean al tiempo que las prendas van al suelo con interés.

Saca la camisa, de un tirón, abre los botones uno a uno, dejando la prenda en sus hombros pero completamente abierta. El cinturón es abierto, aunque no quitado.

La hebilla tintinea cuando se sube a la cama con una rodilla, despacio.

Kuroko alarga una mano, acariciando con ella su viente, las costillas, arrancándole un quedo lamento que nace en lo mas profundo de sí mismo.

Se sienta en la cama, sobre sus piernas dobladas. Kagami sobre él, de rodillas, se le antoja mucho mas grande y desafiante de lo que le había parecido hasta ese momento. Mucho mas.

El dulce aroma del jabón y de la ropa nueva le llena la nariz cuando acerca el rostro a su vientre. Sus manos suben, lentas, por los muslos, sobre el pantalón del traje, y llegan a las costillas; sigue subiendo, con las dos.

Comete el terrible error de mirar mas allá de su vientre, de seguir el camino por su cuello, hasta sus labios. Esos ojos de pupilas del color de la sangre lo atrapan, como una telaraña a un insecto despistado.

La razón se aleja, sumido en su mirada. No hay miedo, ni duda en sus gestos. Tiene claro lo que quiere, por qué está ahí, por que quiere dar un paso mas a su lado. Es justo, y necesario.

Los dedos del maestro bajan de nuevo, hasta el límite del pantalón. La prenda le molesta, para lo que tiene en mente no es necesaria.

Un botón y una pequeña cremallera, y el pantalón cae, hasta donde los muslos separados del bombero se lo impiden.

Embriagado por la visión, acaricia el boxer por encima, con una sola mano. Un jadeo se escucha, encima de él.

Unos dedos en su pelo, instándole a un poco mas, a darle un bonito espectáculo.

Tetsuya acerca sus labios al espacio de carne entre el ombligo y la goma del boxer. La mano puesta sobre el bulto, palpitante y vivo bajo la tela negra de la ropa interior.

Es lo mismo y a la vez no. Kuroko es una boca, unas manos, un cuerpo, igual que cualquiera de los otros cuerpos con los que ha gozado íntimamente. Pero esta vez siente que hay algo mas, algo inmenso que lo rodea y lo pone contra la pared sin pretenderlo.

Desliza la prenda hasta liberarle y lo acaricia con la palma entera. Sube y baja, hasta tocar con la punta del dedo la abertura de la punta, que ya rezuma ansiosa.

Si tiene miedo, dudas o cualquier otra cosa que no sea deseo, Kuroko lo disimula muy bien.

Le parece bonita, y muy grande. Por un momento no está muy seguro de estirar lo suficiente como para alojarlo por completo sin gritar de dolor, pero sinceramente, no quiere parar. Hace demasiado tiempo que no se siente de ese modo, tanto que casi lo había olvidado.

Había olvidado esa suavidad en la punta de su lengua, ese calor en su cuerpo, esa vida entrando y saliendo de su boca, esa caricia infinita en su cráneo marcando el ritmo y cadencia; esa respiración pesada, gemidos susurrados... el sexo en toda la extensión de esa corta palabra de cuatro letras.

Sus dedos se pierden entre las piernas, sopesando su genitales con cariño, en una caricia similar a la de sus labios.

Kagami no puede mas. Le empuja, hasta tumbarle de nuevo.

Su respiración pesada, labios entreabiertos... esa mirada le dice que está a punto de terminar; y que no quiere hacerlo en su boca.

Saca los pantalones del pijama y la ropa interior en el mismo gesto, rápido.

Su mente ya está nublada de estímulos, no da para mas que para seguir con lo que está haciendo, aún así, una vocecita sigue roneando en su cabeza.

– ¿Estás seguro?. – Duda, voz nerviosa, colocado sobre él pero sin tocarle.

Kagami rueda, a su lado. Tira de él para dejarle boca abajo en la cama. Sus dedos le acarician la espalda, siguen la columna hasta su trasero y se detiene.

Kuroko pone en sus dedos el lubricante y asiente.

– Usa mucho... todo el que puedas. – Oculta la cara en la almohada, temeroso o avergonzado, no se sabe.

El sonido que hace el líquido al salir le hace crispar las manos en la sábana. Nota sus dedos, impregnados, buscando por donde entrar, despacio.

Está tan excitado que su cuerpo no opone resistencia y el primer dígito se desliza hasta dentro, suave.

Y el segundo, del mismo modo...

Tetsu siente la presión contra el colchón. Solo un par de minutos mas, para deshacerse de las prendas que sobran, que aún siguen en sus cuerpos.

– Ya... por favor... – Si está preparado o no, ya no importa. Quiere hacerlo.

Siente a Kagami sobre él como una masa ardiente y suave de carne. Su respiración choca contra su pecho, de un modo inusual. Su rostro tan cerca, quiere besarle.

Ocupado en sus labios no es consciente de la presión, de las pequeñas pujanzas con las que se introduce poco a poco en él, de como invade sus entrañas entre besos, hasta que la fuerza con la que lo hace le hunde un poco mas en el colchón.

Es entonces cuando el aire no existe, sus pulmones se detienen, el pulso se dispara hasta convertirse en un repiqueteo doloroso dentro del pecho.

Placer y dolor se unen, y separan en pocos segundos. Recorre sus brazos hasta los hombros con sus pequeñas manos, mientras sus cuerpos, ajenos a ellos, se aman sin impedimentos.

No sabe en que momento todo terminará, siente que quiere hacerlo infinito, pero su límite fue pasado hace minutos, no aguantará mucho mas.

Y Kagami tampoco.

Por un momento es como si fueran dos personas dentro de cada cuerpo.

Los enamorados que se besan de cintura para arriba, que se hacen promesas de amor eterno con la mirada, con la punta de los dedos, con los labios...

Los amantes que desesperados chocan en una vorágine imparable, para ver quien lleva al otro mas lejos, mas rápido, más fuerte... mas, mas, mas y mas... sin detenerse a pensarlo.

Grita, gime, jadea, maldice, ama, en un solo sonido que sale de sus labios, se aferra con todas sus fuerzas a los hombros del bombero, tensa el cuerpo entero en un orgasmo brutal que estalla desde sus entrañas y se dispersa en todas direcciones como un fogonazo mantenido en el tiempo; todo el tiempo que puede contener el aire en sus pulmones, y mantener sus músculos tirantes hasta que es doloroso y se queda sin fuerzas para mas.

El cuerpo sobre él sigue el movimiento de balanceo un poco mas. Casi se mueve al ritmo de los jadeos que salen de la boca abierta de Kuroko en voz alta. Su cuerpo entero le acoje, cada célula a su disposición, para su disfrute.

Los dos brazos bajo su cintura, un abrazo fuerte, y se pierde en el mismo cielo de fogonazos en el que el profesor ha estado antes que él.

Se desploma sobre él, un par de minutos, y luego rueda a un lado, recuperando la compostura y el aliento.

– ¿Estás bien?. – Duda, afectado. Busca la punta de la sábana y le arropa.

– Si... muy bien. – Nota el cuerpo ardiendo por todas partes, los músculos duros, usados hasta el dolor... Le mira, y solo puede sonreír... y bostezar...

...y Nigou se siente afortunado, por la cantidad de comida sin vigilancia que ha quedado a su alcance.

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Hale, ahora si que terminé...

Un super mega ultra cap largooooo y con marranadas de esas que tanto gustan.

Espero que os guste, de verdad.

Nos leemos en el siguiente.

Besitos y mordiskitos

Shiga san.