Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo veinte: Luna de miel.

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Escucha los golpes en la puerta, pero ni se inmuta. En su lugar se acomoda con mas gustito al otro lado, sonríe con los ojos cerrados, y se vuelve a arropar, pero no se mueve de la cama para nada.

Teppei se levanta. Busca entre su ropa algo que ponerse y atiende al servicio de habitaciones del hotel desde la puerta de la habitación. No está dispuesto a dejarle entrar, y eso que el muchacho insiste en que cuando vayan a recoger las sobras del almuerzo, el servicio de limpieza apreciaría que salieran al menos un par de horas, para adecentar la habitación.

Esas cosas tan mundanas como necesarias tales como cambiar las sábanas, toallas, airear el cuarto, limpiar el polvo, barrer, fregar, reponer el gel de ducha, la espuma de afeitar.

El chico le recuerda que es un servicio que el hotel ha cargado ya en su cuenta por la habitación, y que quizá, un paseo por la playa sería beneficioso para la nueva pareja.

Kiyoshi promete consultarlo con su esposo... y pensarlo juntos.

Empuja el carrito con el alimento hasta la cama, y se sienta en el lecho, destapando los platos uno a uno para ver el aspecto de todo.

Hay de todo. Tostadas, zumo natural, esas pequeñas porciones individuales de mantequilla y mermelada tan graciosas, café solo, sin azúcar, un bol con fruta cortada en pequeños gajos.

Kiyoshi toma un trozo de sandía entre los dedos, lo lleva a la boca y suelta un gemido satisfecho al tragarlo.

Camina hasta el ventanal que da a la playa y abre de un tirón las cortinas en color crema, dejando entrar la luz a la habitación.

Junpei se cubre la cara con la mano, se gira, hundiendo el rostro en la almohada, evitando la luz como un vampiro resacoso con unos gruñiditos de lo mas adorable a oídos de su esposo.

– El desayuno... – Intenta que se levantarle tirando de la sábana, sin mucho éxito. – Me lo comeré todo, no dejaré nada, ni un poquito.

– No tengo hambre. – Gruñó, sacando apenas la boca lo justo para ser escuchado y volver a la postura anterior. –Me duele todo...

– Bebiste mucho... demasiado para lo que eres tu. – El estómago de Hyuga gruñó sin su consentimiento, clamando por comida. – Venga, tienes que comer algo, y luego vamos a dar una vuelta por la playa. No estamos de luna de miel para pasarla en la cama...

– Creí que las lunas de miel eran para eso. – Una sonrisita satisfecha, oculta de esos ojos marrones que le miran, escondiéndose como un niño que se tapa los ojos para que el monstruo bajo la cama no le tome en cuenta.

– Me encantaría pasar entre tus piernas lo que nos queda de vacaciones... pero los del hotel quieren entrar, para limpiar y eso. – Se inclina sentado, aparta la sábana y besa su hombro, una sonrisa en sus labios que se contagia a su esposo al segundo. – Aunque yo creo que quieren ver si sigues vivo, por los gritos de anoche.

– No me lo recuerdes... – Alarga la mano, buscando sus gafas en la mesilla. Se sienta, estira los brazos y contonea la columna hasta que suena crujiente y le mira. – La culpa es tuya... ¿Cómo quieres que no grite?... Eso que haces con la lengua no es normal...

– Yaaaa. – Mirada graciosa. – Es que tu aguante da pena... Tanto tiempo sentado en la oficina te está ablandando... cuando volvamos tu y yo vamos a ir juntos al gimnasio. Una tabla ligerita de ejercicios, para hacer fondo. – Su estómago rugió también, de hambre. – Pero ahora a desayunar.

Junpei le miró, mientras elegía el desayuno entre toda la comida dispuesta en la bandeja. Siguió la dirección de sus dedos, repartiendo todos los manjares en dos partes mas o menos iguales; incluso le hizo gracia que ignorase los cubiertos para seguir comiendo la fruta con los dedos.

Un nuevo trozo, una frambuesa, desde sus dedos hasta los labios del moreno. Negó, un par de segundos, inútilmente, a sabiendas del lugar en el que habían estado esos mismos dedos unas horas atrás.

– Si haces eso no saldremos de aquí. – Sus ojos pedían guerra, como su cuerpo entero.

– Quiero que comas... aunque tenga que obligarte. – Un gajo de naranja, y una porción de melón fresquito, a la espera en la palma de su mano. – y luego saldremos, a comprar un montón de cosas feas y absurdas para nuestros amigos, que no digan que no nos acordamos de ellos.

Aunque le encantaría contestar, los trozos de fruta se suceden en su boca, uno tras otro. Tiene hambre, pero el placer de la comida no viene de lo delicioso de cada bocado, si no de que proviene de los dedos de la persona que mas ama en el mundo.

Ahora, mirando atrás se siente como un estúpido. ¿A qué le tenía tanto miedo?, ¿Qué era eso tan terrible que sucedería si mostraba su amor abiertamente al mundo?

No le había fulminado ningún rayo divino, ni una catástrofe había caído sobre su persona. Por no pasar, estaba casi seguro de que no había recibido ni una mala mirada.

Sus ojos se desvían al suelo, donde sus trajes de bodas descansan enredados, tirados y olvidados por los dos. Estaba tan guapo, tanto, que cuando le vió llegar, de la mano de su hija, sus nervios, preocupaciones y dudas se largaron definitivamente.

El anillo en su dedo, simple, brillante y hermoso, la mas bonita de las joyas del mundo.

Su sonrisa, ahora le pertenece. Y esa pequeña mueca que hace entre las cejas cuando le mira, como ahora, tratando de adivinar que le ronda por esa cabecita suya, tan enredada y llena de cosas.

– La playa, suena bien. – Le arranca una carcajada, que a Hyuga le suena a música. – ¿Hemos traído toallas de sobra?, ¿Bañadores?, ¿Crema para el sol?. – Sigue enumerando cosas que podían necesitar, tan práctico como siempre, tan él.

El Junpei que ha amado desde siempre.

– A la mierda el desayuno. – Aparta el carrito con cuidado, la sábana de un tirón, rebelando su cuerpo desnudo bajo la fina tela. Levanta el dedo, una clara advertencia para su silencio, no aceptará ni un minúsculo reproche.

Cuelga el cartel de "No molestar" fuera y cierra la puerta con el pestillo, deja la tarjeta en el cierre, para que no abran por fuera " sin querer", le mira, desde la lejanía.

Por un momento cree salirse con la suya, cuan equivocado está.

Al girarse le esperan, con el cuerpo entero a su disposición. Una mirada que lo dice todo, y una luna de miel que presiente, a puerta cerrada.

La playa puede esperar.

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– Mira... ahí, está sonriendo, ¿Verdad?. – Takao señala, un lugar en la mancha negra y difusa del televisor.

Su padre frunce el ceño, su madre lagrimea. Takao salta, contento, demasiado.

Su pequeña mancha con pies y manos, sonríe, se mueve, todo el tiempo, de eso si que puede dar testimonio claro.

– Si dejo que se emocione un poco mas, la niña sabrá escribir dos idiomas antes de salir. – Midorima se acerca, le toma por la cintura, para que se siente. Sobre todo que deje de dar saltitos, por muy emocionado que esté no es bueno.

– Pero ha sonreído, lo ha hecho. – Bien, sentenciado queda y a ver quien es el guapo que se lo niega, con esa carita tan adorable y rosadita.

– ¿Puedo quedármelo?. – Su madre desliza la flecha al inicio del vídeo, y vuelve a ponerlo desde el principio.

– Es para usted. – Se inclina, de pie frente a Takao, aparta su flequillo tan dulcemente que sus padres los miran sorprendidos por el ambiente a su alrededor, le sonríe al ver su sonrojo. Está tan feliz, por ver a la niña en la pantalla, que casi parece irreal.

Midorima va a la cocina, con familiaridad a pesar de no ser su casa, y vuelve con medio vaso de agua, que prácticamente obliga a la mamá a beber hasta el final.

– Y así todo el día... no me deja ni respirar sin supervisión, ¿Cómo no voy a quererlo?. – Aunque su tono es burlón y divertido, sus padres comprenden por que lo dice.

El médico se ha convertido en algo así como un guardián a tiempo completo del cantante. Es tan amoroso y adorable que casi, casi, da miedo. Pero los dos adultos comprenden su preocupación, después de la visita de su grupo. .

– Lo siento. – Recoloca sus gafas, se gira, busca su móvil, se sumerge en la pantalla, mira sus mensajes, disimula su malestar, evade su mirada.

Takao suspira, muy bajito. Trata de levantarse y bufa. A estas alturas el simple hecho de ponerse en pie desde un sofá requiere de, al menos, tres maniobras.

Tapa el móvil del médico con su mano, obligándole a mirarle.

– No te disculpes, si me encanta. – Le acaricia el rostro, una sonrisa. Abre los ojos, al darse cuenta de que no están solos... una carraspera a su espalda es una clara señal... los gemiditos lastimeros de su madre, que sigue a lo suyo, también. – Estoy bien, de verdad. No hace falta que monitorices cada segundo de mi vida. He estado embarazado seis meses sin ti, y me ha ido bastante bien, ¿No crees?.

– Si no te llego a poner a dieta, ahora estarías mucho mas esférico … con esa manera tuya tan marrana de comer. – Estrechó la mirada, un golpe bajo con comida de por medio. Mini punto para el médico.

– No creo que sea por ni forma de comer... a lo mejor me falta e-jer-ci-ci-o... – Alzó una ceja, desafiante.

– Chicos, nada de discutir, y menos delante del abuelo. – Posó la mano abierta en lo alto de la barriga. – Que clase de ejemplo le queréis dar a mi nieta, ¿eh?... Vaya padres que estáis hechos.

– Ha empezado él, llamándome gordo. – Aprieta los labios, molesto.

Midorima no dice nada, no sigue la broma. Acaba de tener una especie de revelación, algo que no había tenido en cuenta hasta ese momento, a pesar de ser mas que evidente.

La palabra "padres" resuena en su cabeza sin malicia; es cierto, si sigue como está, esa niña será suya... aunque ya lo tenía asumido, no había sido consciente de lo contrario, de que él sería su padre. Esa parte no la había contemplado ni por un momento, lo que era de lo mas idiota, ya que estaba mas que claro que sería así.

– Tenemos que irnos. – No respondió al ataque de Takao, en su lugar miró la hora y le indicó que debían despedirse ya. – Ha sido un placer volver a verla. – Le besó la frente. – Hasta otro día. – Le tendió la mano al caballero y caminó hasta la puerta.

Takao y su padre se miraron, confusos. No parecía enfadado, pero si mucho mas serio, como cuando entraba en "modo médico" pero en grave. Ahora si que era un buen momento para asustarse...

– Luego te llamo. – Su madre asintió, comprendiendo. A pesar de no estar viéndoles era la única que se había dado cuenta de que Midorima acababa de ser iluminado con la realidad en un solo instante. Saberse enamorado del cantante ya era un auténtico logro, y ahora, era como si acabara de enterarse de que iban a tener una hija.

– Cariño. – Takao se volvió. – Sé bueno.

– Siempre soy bueno. – Agitó la mano desde la puerta a modo de despedida y salió, mas confuso que cuando entró.

En el coche, prefirió no decir nada, limitándose a mirar por la ventanilla el paisaje. Tenía muchas cosas en las que pensar, pero hoy no tenía ganas de preocuparse por ninguna de ellas.

Iban a su primera clase de preparación al parto y eso ya le tenía de los nervios como para toda la tarde y parte de la noche... y posiblemente lo que le quedaba de embarazo.

En el parking, al bajar del coche, se decidió por hablar primero, aunque Shintaro le cortó antes de que dijera nada.

– No pasa nada. Es solo que acabo de darme cuenta de que voy a ser padre, y es un poco abrumador. – Le miró, media sonrisa, tomando su mano entre las suyas. – Solo si me aceptas... no es lo mismo que salgamos a que...

– Espera, espera, espera. – Agito las dos manos frente a su cara. – Woo, eso ha sido impresionante... necesito sentarme un momento. – Abrió la puerta del acompañante y se sentó de nuevo, con los pies en el suelo. – no te lo tomes a mal, pero una cosa es que salgamos como pareja y otra muy distinta es que quieras cargar a tus hombros … – Miró su barriga, abarcando con ella la curva que hacía. – .. a ella...

– Pero yo quiero... – Arrodillado a sus pies, le tocó la redondez, por primera vez como hombre enamorado y no como médico. – .. a ella y a ti.

No hay dudas, ni un pequeño destello de arrepentimiento, nada. Sus ojos verdes, tras el cristal de sus gafas le dice que está mas que mentalizado, y que los quiere a ambos, sin ninguna tacha.

– ¿Tu no estás bien de la cabeza?. – Le hizo un gesto con el dedo de punta, para que se acercara, un pequeño y breve beso. – Aunque después de conocer a mi loca familia y a los chicos del grupo, que digas eso de querernos a los dos, me dice que aquí arriba pasa algo...

– Me alegro. – Una sonrisa, sus brazos en las caderas, cerrándose en torno a ellas. Su cara queda justo sobre el ombligo, pero no toca, si no que sube, hasta sus labios.

Tira de sus manos, despacio, y cierra la puerta del coche.

– Vamos a llegar tarde. – Abrió el maletero y se colgó una mochila en el hombro de la que Takao no sabía nada.

– Tu estás demasiado emocionado con esto, me parece a mi... – Intenta hacer fuerza a su manera para no moverse; no sirve de mucho, ya que él solito ha empezado a andar al ver el cartel sobre la puerta principal del edificio al que se encaminan.

– Es que se me ha olvidado comentarte que las clases de preparación al parto las doy yo. – Señaló delante de ellos. – Es un método que estoy probando desde hace unos pocos años, con buenos resultados, aunque aún no puedo decir que sea un éxito, es relativamente efectivo.

– O sea, que soy uno de tus alumnos/conejillo de indias. – Hizo un precioso mohín disgustado.

– Eres mi pareja, y solo deseo que el nacimiento de la niña sea lo mas breve y fácil para los dos, si es posible. – Le besó en lo alto de la cabeza. – Y si yo puedo ayudarte, aunque sea un poco, creo que deberías aprovecharlo...

– Me gustaba mas la parte en la que admitías tener acceso a drogas ilegales...pero que me traigas a una piscina también me gusta... sobre todo la palabra "climatizada" en el cartel, eso me entusiasma. – Miró alrededor al llegar a la recepción esperando encontrar mas personas embarazadas, pero no había nadie mas. – ¿Soy tu único alumno?.

– Hoy si. – Le entregó un papel a la recepcionista y tomó las llaves que ella le daba. – He alquilado la piscina para nosotros, para una clase tranquila. Ve a cambiarte. – Señaló el vestuario y le guiñó un ojo.

La verdad no sabía que pensar. Se suponía que era él quien iba a seducir al sexy doctor, y ahora se sentía como si él fuera el conquistado.

Abrió la mochila y descubrió un bañador para él, una toalla y un neceser con todo lo preciso para darse una ducha después.

Se quitó la ropa y fué doblándola con prisa. El bañador le gustaba, pero al verse en el espejo con la barriga tan redonda, volvió a ponerse la camiseta de nuevo.

Se sintió un poco tonto. Al fin y al cabo, Shitaro ya le había visto todo, por todas partes... aunque como médico... pero eso no quería decir que él no tuviera vergüenza de verse observado por otra persona, y mas cuando esa persona es el sexy doctorcito.

Se colgó la toalla en un hombro y salió caminando despacio hasta el recinto de la piscina. Al cruzar la puerta que separaba las dos estancias notó el cambio.

El aroma húmedo, a cloro tan característico le inundó las fosas nasales.

El sonido del agua balanceándose perenne en la piscina era una tonada que le gustaba, y mucho.

Midorima estaba de pie en el borde, del lado contrario. Un escueto bañador negro cubría sus vergüenzas. El resto de su glorioso cuerpo estaba a la vista, y menudas vistas. Ese cuerpazo no se intuía para nada debajo de la bata blanca, y mucho menos de esos trajes con capas que se empeñaba en vestir todo el tiempo. Incluso en pijama, ni se le había ocurrido pensar que debajo de esas prendas había una hermosa anatomía... eso no podía ser legal.

Takao se quedó con la boca abierta mas tiempo del que habría jurado. Le miró estirar, cada uno de sus músculos, antes de saltar de cabeza y hacer un par de largos a braza, para surgir tras bucear media piscina a su lado, o al menos lo mas cerca posible de la orilla en la que el cantante se había quedado de piedra.

– ¿Puedo tirarme en bomba?. – Bromeó, desviando la mirada a sus pies y el maravilloso mundo de sus deditos pequeños.

– Preferiría que no lo hicieras. – Se acercó del todo, aún dentro del agua, aunque el nivel le llegaba hasta el ombligo. – Ven, siéntate en el borde y te ayudo a entrar.

Midorima no dijo nada cuando se sentó, metió los pies en el agua, y se quedó ahí, mirando lejos de él. Supuso que le daba vergüenza su físico y por eso seguía con la camiseta, por lo que no hizo comentario alguno al respecto, solo alargó las manos en su dirección y esperó que las tomara.

Le aguantó a pulso, unos segundos antes de dejarle hacer pie por si mismo.

– Son mucho mas impresionantes. – Murmuró la mamá. – Tus ojos, sin las gafas... ¿Ves algo?.

Midorima sonrió a la pregunta.

– De cerca si. – Se inclinó, haciendo uso de su diferencia de estatura y depositó un beso en su frente. – y tu estás igual de impresionante en cualquier situación.

Se hizo un silencio entre ellos, solo mirándose.

– Venga, empecemos con esta tortura... pero que conste que estoy en contra. – Fingió estar molesto, aunque se quedó aferrado a sus antebrazos con las manos mucho mas tiempo del que admitiría si le preguntaban. – ¿Qué quieres que haga?.

Le giró y tiró de él para que flotara tumbado. A su espalda, sosteniendo su cabeza fuera del agua, fue caminando por la piscina.

– Quiero que cierres los ojos y respires profundamente, lo mas despacio que puedas. – Su voz, en ese entorno cerrado sonaba mas profunda y pausada que nunca. – Llena los pulmones hasta que no puedas mas y expulsa el aire por la nariz, muy despacio hasta vaciarlos. Siente el aire, y los músculos que utilizas para hacerlo.

Takao obedeció, no supo si por lo sencillo de la petición o por el modo de hacerla, sonó de lo mas hipnótico.

– Es fácil. – Murmuró, con los ojos cerrados.

La sensación de sentirse ligero en el agua era casi mas placentera que el hecho de estar ahí con él.

– No hables, relájate. – Le "regañó" aunque no sonó a reproche. – Solo respira, un poco mas.

Dejó la mente en blanco, sintiendo la suavidad del agua por todas partes, solo dejándose flotar sin mas. Sus manos, en la nuca y en su espalda, manteniéndole a flote, eran el único toque fuera de su cuerpo.

La niña parecía tranquila, apenas si se movía lentamente, contagiada por la calma de su madre.

Paz.

En algún momento Midorima se había colocado a su costado, para sostenerle, pero él, tan concentrado en respirar profundamente como le habían dicho, ni se había dado cuenta de el movimiento.

Y entonces lo sintió. Una cálida presión en sus labios.

Entreabrió los ojos, y le vio, cerca muy cerca de su cara.

Midorima le estaba besando, en un toque rápido.

– Mmm... ¿Esto también es parte de las clases o intentas aprovecharte de mi?. – Sacó las manos del agua para cubrirse las tetillas sobre la camiseta en un gesto divertido.

– Es tu dosis de la medicación, ¿Recuerdas?. Dos o tres veces al día... por la hora, creo que te va tocando. – Le miró, una sonrisita y un nuevo beso.

– Mmm... gracias doctor, lo había olvidado. – Agitó las manos bajo el agua y las sacó, para dejarlas sobre el vientre, simplemente posadas sin mas.

– De nada. – Dibujó una simple sonrisa. – Vamos a seguir un poco mas.

Takao asintió, y le dejó hablar.

La clase se sucedió entre sencillos ejercicios destinados a fortalecer sus músculos, ser consciente de su ubicación y pequeños trucos para relajarse.

Estar en el agua ayudaba muchísimo. Takao sentía el sopor por todo el cuerpo y no solo eso.

El modo en el que le acariciaba por encima de la camiseta para indicarle como darse pequeños auto-masajes relajantes era del todo sublime. Casi rozaba la adoración.

Se podía pensar que en otro lugar no recibiría las atenciones del mismo modo, y quizá era cierto. La piscina, la calidez del agua, el silencio a su alrededor, el sonido del balanceo del agua, del goteo que sus cuerpos hacían al moverse, al sacar un brazo o una mano del agua. Todo el entorno a su alrededor era un personaje mas de la clase, parecía vivo, y de algún modo hacía todo mucho mas sencillo y cómodo para los dos.

La lista de ejercicios era simple, pequeños movimientos de rotación, tobillos, caderas, hombros, cuello. Y sobre todo dos cosas: relajación y respiración.

Concentrarse en respirar alejaba su mente del dolor, aunque eso no quería decir que su cuerpo no lo sintiera y era lo que trataba de incluir en su mente por todos los medios. Era como tratar de inducir al cerebro a ignorar el dolor, o mas bien el miedo a él.

Una madre relajada y tranquila era sinónimo de parto rápido y fácil, pero aún trataba de establecer una pauta que seguir, una especie de protocolo estándar para que su método fuera usado por todos los médicos del mundo que quisieran disponer de él.

– Hemos terminado, ¿Cómo te sientes?. – Le giró para que se pusiera de pie, aunque Takao flexionó las piernas para quedar sumergido hasta los hombros.

– Ahora mismo quiero casarme contigo y que vivamos aquí dentro para siempre. – Dio un par de brazadas inseguro, pero tomó confianza y fue moviéndose con un poco mas de soltura en poco tiempo. – Estoy en la gloria, de verdad, es una pasada.

– Me alegra escuchar eso, aunque la próxima vez si que será con mas gente. – Le pidió con el dedo que se acercara, pero el cantante negó, sonriendo.

Midorima estrechó la mirada y se fue sumergiendo lentamente, como un depredador.

Lo mas pegado al fondo que pudo le acechó, desde abajo. Surgió a su espalda, tan en silencio como le dejó el agua a su alrededor. Un beso en la mitad de su espalda, otro en el hombro, nuca, cuello, incluso la oreja fue besada. Su mano se deslizó buscando la de la mamá, tomó su muñeca y la sacó del agua.

Acercó la mano del moreno a su cara, todo lo cerca que pudo para ver bien.

– Hay que salir, estas arrugadito. – Desde el borde solo necesitó un pequeño salto para quedarse acuclillado fuera y tenderle la mano, que Takao no tardó en tomar. Aunque las vistas desde abajo eran de lo mas impresionante.

– Tenemos hambre. – El bulto que hacía la bebé al moverse se vio claramente por culpa de la camiseta mojada, pegada a su cuerpo de un modo mucho mas que sexy.

– Dúchate y te invito a comer algo. – Señaló los vestuarios y se giró, para saltar de nuevo al agua.

Takao se envolvió en la toalla, después de quitarse la camiseta y escurrirla. Se preguntó, mientras le veía nadar de un lado al otro de la piscina, por qué siempre se detenía. La oportunidad de intimar había surgido una docena de veces, y siempre era el médico, quien de un modo totalmente dulce y sutil, daba por terminada la caricia, o el beso, evadía la oportunidad de seguir y simplemente desviaba la atención a otro punto, siempre cuidando que el cantante no se sintiera ofendido.

No lo había notado antes, pero desde la visita del grupo se había hecho mas evidente.

Takao sonrió, y se encaminó a las duchas.

Definitivamente, había sido conquistado, ya podía decirlo en voz alta.

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Huevos, baicon, pan tostado, café recién hecho.

Kuroko apagó el fuego y apartó la sartén. Ordenó la comida en la mesa, dos servicios de tazas y platos. Los cubiertos y un vaso para el zumo. Tomó una taza mas, y se dió cuenta al momento de tocarla de lo que iba a hacer... y de que ya no era necesario. Tenía que dejarle atrás, y hacerlo ya.

Unas risitas tras la puerta y las llaves tintineando. Akashi entra primero, sonriendo. Daiki le sigue, una bolsa con bollería recién horneada en su mano. También sonríe.

Por la cara de los dos, Kuroko puede adivinar que ninguno de ellos esperaba encontrarle en la cocina, y mucho menos preparando el desayuno.

Akashi es quien entra a la cocina y saca un par de cubiertos mas, para ellos. La marca rojiza en su cuello le arranca una sonrisa al sensei.

Daiki acaricia a Nigou, que entusiasmado con tanta gente, se menea gracioso a su alrededor, respondiendo a sus atenciones con alegría.

– ¿Y Taiga?. – Pregunta desde el comedor, arrodillado mientras le rasca la barriga al perro.

– Shhh. – Kuroko le "regaña" colocando la jarra con café en el centro de la mesa. – Sigue dormido...

Kuroko hizo un gesto de beber mucho con la mano y volvió a la cocina, para terminar de servir la mesa.

Aomine entendió que se había puesto fino en la boda, aunque no entendía que hacía ahí durmiendo. No sabía muy bien porqué supuso que seguiría de juerga, y no en casa de Kuroko...

Sus súper poderes de policía se pusieron en marcha. La ropa de Taiga no estaba en el salón. Lo normal, cuando vas a casa de alguien para estar cómodo, es despojarte de la chaqueta del traje, que por norma general termina en una silla, o en el espaldar del sofá, debidamente doblada.

En la pequeña mesa frente a la tele había un montón de comida, mordisqueada por Nigou, un par de películas sobre la tele, una de ellas abierta, presumiblemente en el reproductor.

Akashi apareció y Aomine le hizo un gesto con las dos manos claramente reconocible.

Señaló la cocina y luego metió el índice de su mano derecha, en el círculo formado por el índice de la izquierda y el pulgar.

Akashi frunció el ceño, sopesando la posibilidad, abrió mucho los ojos, sorprendido y luego negó, mas por lo increíble que sería que las suposiciones del policía fueran ciertas, que por la posibilidad real de que hubiera ocurrido.

Que Kuroko y Kagami se hubieran acostado, no podía ser cierto.

Aomine le hizo un gesto mudo de que volviera a la cocina y le preguntara.

Akashi se encogió de hombros y salió del salón.

En la cocina le miró, sin encontrar nada distinto. Se movía como siempre, y no parecía afectado por nada...

….

Bostezó sin abrir los ojos. Su mano se descolgó por el borde del colchón hasta el suelo. A ciegas recorrió la parte a la que tenía acceso hasta que encontró la hebilla de su pantalón.

Una sonrisa acudió a sus labios aún medio dormido. Tetsu... lo habían hecho, y le había gustado... mucho.

No sabía por qué se había imaginado algo diferente a lo que pasó finalmente... pero la realidad es que fue increíble en todos los aspectos.

Tendría que darle las gracias a Kise, por incordiarle todo el banquete, pero por encima de todo a Teppei, por su charla en el baño.

Fué él quien le hizo ver su equivocación al acudir con Satsuki, aunque no pretendía hacerle sentir culpable, ni mucho menos que saliera corriendo de la boda para acabar en la cama del sensei, solo que se diera cuenta de que para los demás, era un poco extraño; ya que todos sus compañeros, lo que se traducía en la mayoría de invitados, le habían visto con Kuroko y asociaban que ambos salían juntos como pareja.

La verdad es que no esperaba que todo saliera tan a pedir de boca...

Algo caliente le rozó la cara. Otra vez. Abrió los ojos para encontrarse con el hocico de Nigou en su cara, lamiendo sin descanso como si le fuera la vida en ello.

Se sentó de golpe, escupiendo y limpiándose las babas del perro de la cara entre risas.

– Está bien, está bien, para, para... ya estoy despierto ya. – Le empujó sin mucha fuerza, arrancado a reírse con ganas mientras Nigou se subía sobre él, ignorando la prohibición de sus dueños, de los tres contando a Kise, de no subirse a las camas para nada. – ¿Hay que sacarte?.

– Ya ha salido. – la voz le contestó desde el pasillo, entrando por la rendija de la puerta apenas abierta un par de centímetros. – Arriba marmota, el desayuno está listo.

Aomine le miró, una sonrisita cómplice en sus labios.

Y el traje, al completo, en el suelo del cuarto.

Estaba mas que claro. Esos dos se habían acostado, y a lo grande...

… aunque... nah, no podía ser tan idiota...

– Ya voy, dame un minuto para …- Miró su ropa en el suelo, intentó cogerla, y al darse cuenta de que estaba desnudo y que si se movía Aomine le vería, se incorporó, clavando sus ojos en él. – ¿Te importa?.

– Créeme, no tienes nada que no haya visto ya... – Le encantaba chincharle, de verdad, era muy divertido..

– Pírate, mirón. – Le tiró un libro que seguramente Kuroko leía en la cama. – Y tu también, besucón.

Solo cuando se quedó a solas, tomó las prendas del suelo. Resolvió que lo mejor era vestir solo el pantalón y la camisa. Se enrolló los puños de las dos mangas hasta la mitad del antebrazo y guardó los gemelos en el bolsillo trasero.

Cruzó en dos pasos el pasillo hasta el baño, tras el desahogo mañanero y lavarse la cara, donde apreció la incipiente barba que comenzaba a nacer y ya pinchaba, se dio cuenta de que no sabía con que cara mirar a Kuroko.

Se sentía un poco avergonzado, ya que prácticamente lo había asaltado por las malas...

– B-buenos días... – Miró alternativamente al desayuno a Kuroko con cierto nerviosismo y un dulce sonrojo en sus mejillas.

– H-hola... siéntate, come algo, lo que quieras... un café o algo. – Miraba igual que él la comida y su cara a intervalos

Akashi apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las dos manos. Aomine le imitó, mirándolos a los dos comportarse como dos adolescentes avergonzados.

– Que monos... nuestros niños se hacen mayores... – Akashi estalló en carcajadas al escucharle bromear, haciendo a los dos tortolitos ponerse mucho mas rojos si es que era humanamente posible.

– ¿No tenéis casa o que?. – Kagami atacó, molesto pero divertido.

– Da la casualidad de que vivo aquí. – Sei respondió, era cierto.

– Vamos a tener que arreglar eso si nuestros pequeñines siguen creciendo. – Aomine hizo un comentario lógico.

– ¿A qué te refieres?. – Se sirvió del zumo y abrió la bolsa que traía el policía, tomó uno de los bollitos y le dió un mordisco.

– Bueno, Sei pasa mas tiempo en casa que aquí, y está claro que vosotros necesitais cierta intimidad... creo que deberíamos vivir juntos, pero cada uno con su pareja... ¿No?

– Es un poco... pronto. – Kuroko murmuró, pero se le escuchó perfectamente. – Apenas si acabamos de empezar...

– No me refiero a hoy mismo. – Aomine puntualizó al ver la cara de angustia de Akashi.

– Está bien, podemos estudiarlo con tiempo... es una idea lógica... – Hizo una sonrisa avergonzada. – ¿Kagami kun?.

– Creo que es pronto, pienso como tu, podemos seguir unos meses mas así, hasta que Akashi tenga el bebé, así no estará solo, ¿No?.

La verdad es que era una muy buena idea...

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Una docena de personas de impoluto negro. Todos familiares, lazos consanguíneos les unen.

La viuda a un lado, con sus dos hijos, apoyándola en el duro trance.

Los dos hombres ni se inmutan. Criados en las mas duras directrices, las lágrimas no acuden a sus ojos, en su lugar estudian a sus familiares con frialdad rencorosa, cada uno por sus propios motivos.

El abogado entra en la sala, todos toman asiento, la viuda a su diestra, destrozada de dolor.

Los dos hijos permanecen de pie a su espalda.

El hombre, una persona regordeta, sin pelo en la testa y de piel blancuzca por falta absoluta de sol, toma asiento al igual que el resto. Abre una enorme cartera de piel marrón, usada pero elegante y va sacando documentos, uno para cada presente.

Su propio dossier es mucho mas grande, y lleno que el que entrega a los demás.

– Antes de proceder con la lectura del testamento... – Rebusca entre los documentos hasta dar con una carta cerrada y sellada por el mismo, fechada un año antes. – Su padre quería que le entregara esto, y que lo leyera usted mismo, a solas si es posible. La sala de al lado está a su disposición.

El hijo menor mira a su hermano, confuso. Su padre nunca hacía concesiones, era un hombre cruel e implacable, que había amasado su fortuna a base de hundir en la miseria y pisotear a todo aquel que se cruzase en su camino o su idea del mundo.

Sabe que es importante, su padre no escribiría una carta de su puño y letra por nada.

Despliega los tres folios con los dedos, apenas pinzando las esquinas con las yemas de un par de dedos.

Su rostro, impasible, va mudando a una expresión de puro terror. Su tez se pone mas y mas blanca y apenas si ha leído un párrafo.

Se tambalea, aturdido. Dobla de nuevo las hojas y sale de la sala. Toda su familia ahí reunida le mira pero él ya no está presente.

Necesita estar a solas, necesita hacer uso de la sala contigua.

Apenas si cierra la puerta tras él, su hermano le sigue, preocupado.

– ¿Qué ocurre?. – acorta la distancia hacia él, le sostiene por un brazo, le guía hasta una de las sillas que aparta con el pie para que se siente.

Mas que sentarse se derrumba. La carta en sus manos, apretada con fuerza entre los dedos.

Se agacha delante suya, mucho mas que preocupado.

Le falta el aire, apenas si deja entrar pequeños sorbos de aire entre los labios. Sigue pálido, blanco como las hojas en sus manos.

– ¡Hermano!. – Le sacude, hasta que sus ojos, mirada perdida en las hojas dobladas, le tienen en cuenta. – ¿Qué pasa?.

– ...está vivo...está vivo... papá … él... ¡Oh, dios mío!... padre mintió... maldita sea, me mintió... – Le cuesta encontrar el aire entre cada palabra por la impresión.

– ¿Quién está vivo? No entiendo nada. – Preocupado por el estado de su hermano saca el móvil. – Voy a llamar al médico, no estás bien.

– Papá mintió... No murió en el parto. – Mirada febríl puesta en los ojos de su hermano. – Tetsuya está vivo...

Estira la mano, y le tiende la carta. Sabe que cada palabra ahí escrita es cierta. Su padre nunca mentiría, no en algo como lo que ahí relata.

Los dos han sido engañados por ese hombre avaricioso... pero eso no es lo peor, lo mas horrible es que no son los únicos afectados.

Unos pasitos, un gemidito de esfuerzo y una carrera torpe y apresurada hasta el hombre sentado.

– Lo siento mucho señor. – Se disculpa la nana. – No he podido contenerlo, en cuanto le ha visto entrar aquí...¿Ocurre algo?...

– ¿Papi?. – Ladea la cabeza, sus cabellos celestes se mueven con él. – ¿Tienes pupa?.

Y es ahí, con esa última pregunta cuando el mundo se desdibuja ante sus ojos y se vuelve una negrura absoluta...

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Jelouuuuu preciosidades.

Muchísisisisisimas gracias por vuestro apoyo, cada una de vuestras palabras me llega y la agradezco de todo corazón.

Espero sinceramente que os guste la historia.

Nos leemos en el sigueinte

Besitos y mordiskitos

Shiga san