Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo veintidós: Realidad.

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Estaba enamorado.

A veces ocurre.

Un sonido, una sensación, un color, un objeto, un aroma, una situación...

Algo impredecible que nos da de lleno, nos muestra una realidad que siempre ha estado ahí, y de la que no hemos sido conscientes

Y ahí estaba la suya, de repente llegó, sin mas.

Se levantó, lavó la cara, cepilló los dientes.

Un bostezo, agua en el lavabo para eliminar los pequeños pelitos del afeitado, y que Kuroko lo encontrara limpio cuando se levantara. Una docena de muecas frente al espejo y ahí estaba.

La revelación... y Nigou arañando la puerta despacito, con una urgencia

Le acarició, con una sonrisa. Estaba sorprendido consigo mismo, por no darse cuenta antes de lo que mudarse, vivir con él, significaba.

Se asomó un momento, para comprobar que aún seguía dormido, y no quiso despertarle.

Decidió bajar a correr, una hora estaría bien.

Normalmente coincidía con alguno de los compañeros en el gimnasio, tras el turno, pero desde que Nigou había entrado en su vida a tiempo completo, le había encontrado la parte placentera a correr con el perro a su lado, sin música, solo con las llaves en el bolsillo y nada mas.

No necesitaba cargar con agua, había fuentes desperdigadas por todo el recorrido.

Calentó brevemente y salió trotando todo lo calmado que pudo, para no estresar al can.

Se sentía en paz, en todos los aspectos de su vida. Era como si el caos que siempre le rodeaba se hubiera convertido en un orden establecido de lo mas lógico y corriente.

Sus turnos parecían sincronizados, por lo que la casa estaba relativamente limpia y recogida todo el tiempo. Había descubierto con cierta sorpresa que le gustaba limpiar el polvo... y hacer la colada. Tender la ropa tenía un efecto relajante para él..

Aunque le gustaba mucho mas mirar a Kuroko hacerlo, no por ser un vago redomado, si no por el pequeño voyeur que habitaba en su cabeza, y que adoraba disfrutarle solo con los ojos, haciendo cosas de lo mas corriente.

Y vuelta al inicio, a su mirada devuelta en el espejo, a ese momento, ese instante congelado en el que la decisión de limpiar la loza del lavabo le rebela que lo hace por amor, por que está enamorado de él.

A estas alturas ya ni le sonroja el hecho de que los dos sean hombres, los prejuicios quedaron atrás cuando hicieron el amor la segunda vez, un poco menos contrariado que la primera... mucho mas consciente y entregado, mas él mismo que la otra vez.

Solo ahí se dió cuenta de muchos detalles que había pasado por alto. Su piel, sus suspiros, sus manos, el modo en el que se movía para disfrutarle, en el que su cuerpo le buscaba y acogía una y otra vez, con esa paz, esa calma que le rodeaba, que era una parte mas de él.

Se había enamorado de él, y de todo lo que significaba. Su pasado traumático, su forma de luchar y avanzar... él.

No era algo que hubiera contemplado, jamás.

¿Enamorarse?, ¿Él?. Venga, hombre.

Disfrutaba de la vida, sin mas. Comía cuando tenía hambre, dormía cuando tenía sueño, follaba cuando le picaba el pito... una vida sin complicaciones fuera del trabajo.

Ser bombero ya era lo bastante arriesgado como para dotarle de su dosis de adrenalina necesaria, pero sin pretensión de extenderlo mas allá del entorno laboral. Punto.

Y entonces ese niño le meó en los pantalones... y todo se desencadenó sin detenerse.

Y ahora estaba enamorado, enamorado, enamorado... o quizá era desde el primer día que le vió, no lo sabía, solo estaba convencido de que justo hoy, esa mañana, se había dado cuenta de ello.

Llevaba casi una hora al trote, sin parar. No se sentía cansado ni pesaroso, pero Nigou necesitaba una pausa.

Se desvió al parque, y acunó un poco de agua en sus palmas para el perro, mientras normalizaba su respiración.

Miró alrededor, tranquilo.

Desde ahí podía ver el cementerio, y por un instante la idea de presentar sus respetos a la familia de Kuroko pasó por su mente, pero inmediatamente le pareció que sería mejor hacerlo juntos, con él.

Nigou le lamió la cara, hora de volver.

De camino echó de menos la cartera... habría sido un detalle despertarle con unas rosas, y unos panecillos de leche recién hechos, pero había salido a correr, y tras una ducha y un cambio de ropa, sería mucho mas bonito... sobre todo si olía un poco mejor que ahora.

El aroma a rosas y sudor mezclado no era muy buena idea como para despertar... o quizá si.

Una sonrisita traviesa y pervertida le llenó el rostro; rosas y sudor, sonaba bien para amanecer.

– Venga muchacho, hay que volver. – Nigou ladró, en respuesta, sin mas.

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Aomine se echó hacia atrás, en el sofá. La pequeña mesa de té, aterida hasta los bordes con todo lo que había podido recopilar sobre Kuroko, entre el archivo de la comisaría y los documentos de Akashi, y aún así, sentía que faltaba algo, y no dar con la respuesta le tenía de mala leche.

Siempre que empezaba a investigar un documento en concreto, acababa en un callejón sin salida. El abogado del marido, jubilado. La médico que le atendió, desaparecida. Los responsables del banco, despedidos y ausentes.

Una y otra vez repasaba esos documentos, que casi había memorizado y nada.

No había autopsia del bebé, y eso le sorpendía, dada la denuncia por envenenamiento, habría sido lo normal... y el caso es que si se mencionaba dicha autopsia despues, en otros papeles... por supuesto, el forense también estaba jubilado y pescando en un lago fuera del país, sin cobertura ni posibilidad de recibir llamadas. La analítica de la madre, incompleta. Vale que no era médico, pero incluso alguien que no supiera de medicina podría ver claramente que había demasiados espacios en blanco en ese historial médico.

Y luego lo que mas le intrigaba, el vacío de meses en la vida de Kuroko. Había un periodo indeterminado, de entre cuatro y seis meses, en el que practicamente estaba desaparecido. Ni moviminetos bancarios, ni médicos, ni una simple multa, ni nadie que recuerde haberle visto, nada.

Akashi se estiró, bostezando hasta el límite de su boca y le miró, regañándole con la mirada.

– Dime que no has pasado la noche despierto con esto. – Se acercó, besando su frente antes de rodear la mesa y mirar curioso el hermoso mapa de papeles frente a él. – Me prometiste que lo dejarías estar.

– Lo sé, pero tengo ese... bueno, esa cosa dentro que me dice que algo no cuadra...Soy poli, me pagan por resolver misterios, ponte en mi lugar. – Le miró, sonriendo, feliz de tenerle ahí, tan hermoso recién levantado, guapo.

– ¿Qué voy a hacer contigo, eh?. – Suspiró, mirando los papeles desde el otro lado, sin interés.

Una foto le llamó la atención.

–¿Quién es?.– Señaló la imagen, sobre una de las carpetas médicas.

– ¿No lo sabes?. – Frunció el ceño, curioso. Le acercó la foto, para que la mirase con mas atención.

Akashi negó, no recordaba haber visto a esa persona en su vida. Se sorprendió mucho mas cuando Aomine le pasó la carpeta en cuestión.

– Se habrá traspapelado de otro caso, pero este no es el esposo de Kuroko. – Ciertamente era una foto de la mesa de autopsias, de un joven de la misma edad, pero …

Daiki ensanchó la sonrisa, hasta las orejas. Se levantó, le besó en los morros con ganas, incluso rodó con él entre sus brazos y salió disparado a la calle, no sin antes despedirse con un sonoro beso y una frase que hizo al abogado pasar el dia sonriendo como un bobo enamorado.

– Voy a tener que detenerme a mi mismo y confesar, por que quererte tanto debe ser delito.

….

Aún le quedaba una hora o poco mas antes de iniciar su turno en la comisaría, pero si había alguien, en cualquier lugar del planeta capaz de resolver sus dudas con el caso de Kuroko, y todo el misterio que le rodeaba, era él.

Parado en la entrada de la morgue llenó sus pulmones hasta el límite.

Siempre que iba a ese edificio le rodeaba una especie de respeto y nerviosismo al mismo tiempo que le calaba hasta lo mas profundo.

Era policía, estaba, tristemente familiarizado con la muerte, pero para trabajar ahí, había que estar hecho de otra pasta.

Apenas si abrió medio centímetro la puerta de entrada, la música le llegó claramente. Heavy metal, a todo volumen.

Abrió un poco mas, y ahí estaba, el olor. Una mezcla casi perfecta de carne, limpiadores, roces metálicos, cuero frío, efluvios de lo mas variado... la muerte tenía un extraño aroma casi dulce, almibarado y oxidado del que se tardaba un poco en estar acostumbrado.

Pasó casi con prisa, apretando los glúteos, por el pequeño pero lleno museo macabro que el forense tenía expuesto.

No estaba en esa sala, aunque en la mesa si que había cierta evidencia de movimiento.

Apagó el equipo de música con el dedo de punta y avanzó hasta la siguiente sala.

Las dos puertas batientes, grandes y pesadas, pero suaves al movimiento, se alzaron ante él como un muro.

Por una de las pequeñas ventanitas puedo ver el interior de la habitación.

Blanca y diafana, del suelo al techo. Una enorme mesa metálica, preparada para varios cuerpos, cables, mangueras, instrumental. Solo un par de estantes, con cerradura, para los productos peligrosos, y un carrito, con las cosas mas comunes y necesarias para su trabajo.

– A ella no le gusta que hayas apagado su música. – Una voz, surgió de la nada desde el otro lado de la sala.

Faltaba una bombilla, que descansaba sobre uno de los estantes fuera de su casquillo, lo que dotaba de una semi penumbra a una parte de la sala de autopsias.

En esa zona, en una mesa con ruedas, permanecía tendido el cuerpo de una joven, aún con su ropa y adornos en el cuerpo. Sentado a su lado, en la cabeza de la mesa, el joven forense peinaba su cabello, mechón a mechón, recogiendo los restos en una hoja encolada que sostenía en sus muslos.

– Lo siento. – Hizo una pequeña reverencia. – Necesito hablar contigo. Puedo ponerla, pero un poco mas baja, ¿Te parece bien?. – Su voz sonó realmente dulce.

– Dice que de acuerdo, pero que quiere oirla de fondo. Desde la tercera canción, esa le gusta mucho. – Recogió el pelo en un pequeño moño y lo envolvió en una gasa antes de etiquetarlo con delicadeza. – Y si vas a estar aquí, ponte una de las batas, coge unos guantes. Podemos hablar mientras me ayudas con esta preciosa dama.

– Sakurai...no creo que... – Una mirada chocolate en él le dejó claro que las excusas no servirían. – Está bien, ya voy.

Salió, obedeciendo cada una de sus órdenes sin pensarlo mucho.

Era mejor no darle vueltas al asunto.

Dejó sus cosas en la estantería y sacó con dos dedos los guantes de su cajita. La bata le quedaba pequeña, por lo que acabó abierta, dada su diferencia de estatura y masa, pero no tenía ganas de filosofar sobre lo enanas de las batas de laboratorio y la poca consideración que tenían con las personas de tu talla y altura.

Sakurai se movió en la silla, apretando las plantas de los pies para darse impulso, sin levantarse rodeó la mesa y sacó los pendientes y el collar del cuerpo, depositándolo con calma en la bandeja que Aomine le acercaba.

Había cierta ceremonia en cada uno de sus gestos. Su mirada fija, en las pequelñas parcelas del cuerpo que exploraba, en los restos que obtenía y etiquetaba con eficiencia, en el movimiento de sus dedos por las prendas, antes de retirarlas y meterlas en la gran bolsa de pruebas que el policía sostenía entre sus manos.

– ¿Qué necesitas saber?... has venido a preguntarme algo sobre un caso... o no podría disfrutar de tu inestimable compañía.

Aomine asintió de nuevo. Por un momento pensó en ir por los documentos, pero no lo creyó necesario al darse cuenta de la persona ante la que se encontraba.

No supo muy bien en que momento, su asustadizo y aniñado compañero de instituto se había convertido en una eminencia de la medicina forense, pero el caso es que habían sido compañeros de camino durante sus años de aprendizaje en el instituto, y años despues en la academia de polícia. Por otro lado, era realmente un honor contar con él. Sakurai era totalmente fiable, sin tacha alguna.

– Hace dos años, un doble homicidio, por envenenamiento... un recién nacido y ..

– No, te equivocas. – Aomine le pasó el grifo unido a una manguera fina y le miró limpiar la piel de los pies y rodillas con cierto interés. – No hubo ninguno de esos. A no ser que fuera a otro facultativo, por aquí no pasaron.

– Tengo los certificados, con el sello de aquí. ¿les echas un vistazo?. – Esa frase captó su atención por completo.

– Dímelo de palabra, pero ya te digo que no. – Tomó una foto de una de las rodillas y dejó la cámara de nuevo, colgada en la silla, antes de seguir hacia arriba. – ...hace dos años no entró ningún recién nacido y de los homicidios, los que eran por envenenamiento fueron setenta dos, y fué el caso del restaurante, alimenticio; salió en toda la prensa y no pararon con el tema durante semanas.

Aomine le miraba trabajar, concentrado y al mismo tiempo se fascinó por su increible memoria.

Sakurai dedicó mas minutos de los que le pareció, politicamente correcto al vientre y los pechos de la chica, aunque obviamente tenía sus razones.

Le contó lo que había escrito, poco e impreciso, sobre el caso, solo la parte que el atañaba a su departamento; el resto del caso era totalmente irrelevante para el forense.

– El bebé se envió directamente desde el hopital, según el informe de la doctora, un varón, de dos kilos cien. Como ya te he dicho, se certificó la defunción en el paritorio, aunque se envió para la autopsia que fué realizada aquí. Al encontrar trazas del mismo veneno en la madre se desetimó la causa por homicidio. El otro cuerpo, el padre del pequeño, un varón de...

– No, imposible. – Aomine apartó la mirada cuando le vió manipular los ojos y el interior de la boca, aunque solo con el ruido que hacía, ya le daba suficiente como para que la imaginación hiciera el resto. – Ningún bebé. Además, según el protocolo, para esos casos soy yo quien se traslada al centro sanitario, y no al revés. – Le miró, sonriendo. – Lo miraré si quieres, pero sabes que tengo razón. .. Ayúdame a darle la vuelta, sujeta bien el cuello, que la cabeza no se mueva de donde está.

– ¿Disfrutas con esto ?. – La pregunta, lógica por otra parte, surgió de sus labios en un susurro, mientras hacía lo que le pedía.

– Me gusta mi trabajo, hace que el tuyo tenga sentido. – Otra sonrisa. – La muerte es hermosa, es un final adecuado... aunque ella no piensa lo mismo. – Le acarició el hombro y el costado, o eso parecía, aunque estaba pasando una gasa y tomando muestras en cada uno de sus gestos. – Cada cuerpo es un enorme misterio, una prueba de la fragilidad humana... además mis pacientes son una maravillosa compañía, nunca ofrecen razones para discutir... – El policía asintió a su razonamiento. – ¿Quién firmó la documentación ?.

– El doctor Kushiro. – Sakurai alzó las dos cejas, aunque no supo si por su respuesta o por algo que había hallado en el cadáver.

Le vió continuar su trabajo en silencio, solo con la tonada de guitarras y batería que llegaba desde el hilo musical unos minutos que se le hicieron eternos.

Le miró ordenar de forma precisa cada una de las muestras en una caja, sellarla y etiquetarla perfectamente, y dejarla a un lado, para llamar al mensajero del laboratorio que debía hacer los análisis.

– Se jubiló... hace cinco años. – Ahora el soprendido era el policia. – No puede firmar nada, al menos nada legal... ya sabes como funciona esto, no dejas de ser forense, pero tus evidencias ya no sirven para nada.

Se quitó los guantes y la bata antes de preparar todo para continuar con la parte profunda de la autopsia, que aunque no le importaba el público, supuso que el agente preferiría estar lo mas lejos de allí posible, y para eso primero tenía que darle sus respuestas.

Con los documentos en su mano, en la sala anterior a la que estaban, arrugó la nariz en su parte mas alta. Rodeó la mesa y sacó el sello oficial del cajón. Dio un golpe en una de las hojas para notas que estaba en blanco y se lo tendió al policia para que viera lo que le había soprendido.

– Es una buena falsificación, pero el oficial tiene esta filigrana en el borde... – Aomine parecía perdido en los detalles que diferenciaban las dos marcas. Sakurai señaló un dato del documento. – Mi consejo es que consigas una orden para exhumar esta tumba.

– Es un caso cerrado... lo estoy investigando por curiosidad propia. – Suspiró, molesto.

– Bueno, una falsificación en un documento del estado creo que te razones para reabrir el caso, o al menos para husmear con permiso. – Señaló el parte médico de Kuroko durante su hospitalización. – Este también es falso y esta doctora ni siquiera está autorizada para entar a un paritorio...leí sobre ella, mas bien sobre sus métodos poco ortodoxos... le retiraron la licencia hace mas o menos cinco o seis años. Tienes base para presentarlo a un juez, aunque habla con el capitán primero, y que te oriente en la dirección correcta.

– Gracias. – Recogió todo en las carpetas y posó su mochila en la mesa. Rebuscó dentro y sacó un pequeño tarro que levantó hasta su cara y esperó que lo tomara con la misma delicadeza con la que estudiaba los cuerpos. – Un regalo, por tu ayuda.

Sakurai parecía hipnotizado con el pequeño cráneo de rata que contenía el frasco.

Andó un par de metros y escogió una de las estanterías del corredor/museo que unía las dos estancias para dejarlo, donde se pudiera apreciar bien.

– Gracias, es precioso. – Le tendió la mano, apretando lo justo. – Y enhorabuena... Me he enterado de que vas a ser padre, aunque no por tí...maleducado. ¿Ves ? Por cosas como esta detesto a los vivos...

– Perdón... Tengo mil cosas en la cabeza, tienes razón. – Tomó una de las hojas y anotó su dirección. – Ven a comer, el sábado y te lo presento. Pero nada de cosas tétricas y siniestras, recuerda que está embarazado y si le asustas con tus comentarios macabros te patearé el trasero.

– Siempre tan agradable. – Apenas un par de segundos y ya había memorizado la dirección. – Me disfrazaré de persona para tu esposo, y solo haré comentarios sobre cachorritos y nubes.

– Gracias por tu ayuda, y por ser tan bueno. – Le abrazó, a sabiendas de que el forense tenía grima al contacto físico con los vivos. – Te espero el sábado.

– Habla con el capitán, sobre el caso. – Asintió. – Y allí estaré... y si eres un poco mas listo de lo que pareces, le hablarás de mi antes de que vaya.

Aomine sonrió, y agitó la mano en el aire antes de marcharse.

Ahora tenía un gran dilema.

Hablar con el capitán y seguir adelante, o hacer caso a Akashi, y dejar las cosas como estaban... pero algo dentro de él le decía que lo que ahí había pasado, no podía quedar como estaba.

…...

– Hola buenos días. – Saludó al trabajador del campo santo.

– Buenos días sensei. ¿Margaritas?... Hoy trae muchas. – Miró sus manos y le dedicó una sonrisa.

– Espero que les gusten. – Siguió andando, hasta el lugar de reposo de su familia.

En el pasillo contiguo, frente a una de las tumbas de blanco marmol con un angel en lo alto, había otra persona. Quiso respetar su duelo, y se movió sin hacer apenas ruido por el pasillo de grava hasta el grifo, en el que llenó el cubo y comenzó su ritual.

– Buenos días mis amores, ¿Qué tal el día?. – Se pasó con mas ímpetu por las letras, donde se había acumulado un poco de gravilla, de las últimas lluvias. – Me siento un poco solo, ahora que Akashi y Aomine se han ido... Si ya sé que el policía no vivía con nosotros, pero teniendo en cuenta el tiempo que pasaba en casa, le contaba como un inquilino mas... – Escurrió el trapo y lo volvió a meter en el agua después de añadir un poco de jabón tras retirar la suciedad, mas barro que desperdicio, del que cae con la lluvia. –Por lo demás, todo es genial, novedoso, sorprendente. Cada día es una sorpresa... Pintamos un montón con la clase, toda la guardería está forrada con nuestras obras de arte. –La sonrisa en su rostro era mas luminosa que la propia luz del día. –Y Nigou.. bueno, está enorme, ya le has visto, y es listísimo, un perro genial, un buen chico, tenías razón. Seguro que a nuestro hijo le habría encantado...

La persona al otro lado comenzó a andar entre las tumbas, acabando justo tras él, en la fila a su espalda.

–Vaya... me sorpende que les hables así. –Su voz sonó perfectamente en el silencio del cementerio.

–Claro que si... Quiero créer que me escuchan siempre y que les gusta lo que les cuento. Ellos son mi f … – Se giró lentamente, y dió un paso atrás al reconocer a la persona. – ¿Shoichi?...

La alegría en su rostro se desvaneció en décimas de segundo. Con prisa, empezó a recoger sus cosas sin terminar de limpiar, dispuesto, casi, a salir corriendo si las piernas le respondían.

– No, por favor, Tetsu. No te vayas. – Alargó la mano, adivinando sus intenciones. El terror absoluto en sus movimientos era mucho mas clarificador que cualquiera de las palabras que pudiera escucharle. – Mi padre ha muerto, y me he enterado de todo lo que te hizo pasar... No sabía nada, lo juro. – Tetsuya pareció dudar un momento, aunque notó la sinceridad en sus palabras. – Recuerda que yo estaba en el otro lado del mundo... creímos... creí que estabas muerto, es lo que mi padre aseguró...

– ¿Yo, muerto?. – Aún tenía el susto en el cuerpo, pero iba diluyéndose al tiempo que le escuchaba. – No tenía forma de contactarte y además... pasó mucha...

Shoichi le estrechó entre sus brazos, con fuerza. Tembló, un segundo, aunque no se sabía quien de los dos temblaba en realidad, y le devolvió el abrazo con la misma intensidad. Tanto que se olvidó del cubo hasta que golpeó el suelo de grava al verse libre de los dedos del maestro.

– Tengo tanto que preguntarte, tanto que decirte. – Imayoshi se apartó, aunque no mucho, solo para tantearle con las manos por todas partes, con el cariño de un hermano mas. – Vamos a otro sitio, tenemos que hablar.

Tetsu asintió, sorpendido por volver a ver a su cuñado, al que creía mas que perdido.

Él también tenía mucho que preguntarle, mucho que saber, pero lo harían tranquilamente frente a una taza de té hirviendo unas pastas.

…...

El tono de llamada sonaba y sonaba, una y otra vez, pero el nuevo matrimonio estaba realmente dormido, tanto que ninguno lo escuchó hasta pasados cinco minutos.

Kiyoshi tanteó, por la mesilla y la butaca junto a la cama, con los ojos cerrados. Encontró el teléfono, bajo sus calzoncillos, que la noche anterior volaron por el cuarto hasta acabar ahí.

– ¿Si?. – Voz pastosa, dormida aún. Apenas si son las cinco de la mañana y su noche ha sido especialmente movidita.

– Soy yo. Siento llamarte tan temprano, pero una de mis compañeras está enferma y tengo que sustituirla en el trabajo... – Riko sonaba apurada, realmente agobiada.

– ¿Necesitas que vaya por la niña?. Dame un minuto y salgo. – Se sentó, estirando los brazos y piernas con pesadez.

Junpei se despertó con él, tranquilo. Pasó la mano por la espalda amplia de su esposo, que sentado en el borde, ya se ataba las zapatillas dispuesto a salir por su hija.

– Ahora vuelvo, voy a por la princesa. – Una sonrisa, se encorvó para besar su frente, mejilla y labios. – ¿Preparado para ser papá postizo?.

– Desde el primer día. – Se sentó a su lado, ya despierto. – Voy a preparar el desayuno para los tres, así lo disfrutaremos juntos antes de que vaya a clase.

– Eres un cielo. – acunado en su pecho, le estrechó con un poco mas de fuerza y besó su pelo. – Me alegro cada dia de estar casado contigo. Lo harás bien.

No hacía falta que le dijera nada, Kiyoshi entendía perfectamente su miedo al verse frente a la responsabilidad de una preadolescente a su cargo. Podía coordinar a un centenar de hombres sin perder el sueño, pero una hija, y de la persona que mas amaba, implicaba mucho mas que dar órdenes. Tenía que hacerlo bien, gustarle, ser padre, amigo, hermano... muchas de las cosas con las que no estaba familiarizado. Hasta ese instante, su vida era el trabajo, y ya. De repente era un recién casado con una hija; quería hacerlo bien... aunque la niña, la verdad, se parecía tanto a su padre que era sencillo tratar con ella, aparte de que era muy madura para su edad.

– Venga, no la hagas esperar mas, es muy pronto y seguro que tiene sueño, y hambre. – practicamente le empujó a la puerta del cuarto.

En la cocina, no podía parar de sonreír. Era una tontería, y seguro que no tenía importancia, pero para él era su primer desayuno en familia, como esposo de Teppei.

Y eso le hacía increiblemente feliz.

…...

Sentado frente al escritorio, repasaba los dos últimos años de Kuroko. El caro y eficiente detective que había contratado para encontrarle le había enviado un dossier completo con todo lo que había podido encontrar, y la verdad, no sabía que le resultaba mas aterrador de toda aquella lectura.

Saber que estaba vivo era una cosa, pero conocer de ese modo por todo lo que había pasado, no llegaba a imaginar lo que tendría que haber sido para Kuroko.

La verdad, aún seguía pensando que hacer. Era demasiado para él, y también tenía que pensar en Tetsu chan. Para el pequeño su mamá estaba en el cielo, y no se le ocurría que podía contarle para decirle la verdad. Era demasiado pequeño para comprender algo tan complejo como la traición y la mala persona que era su abuelo.

Aunque se moría de ganas de verle, de algún modo su hermano y su madre le habían convencido de lo contrario. Mantenerse al margen, era mas doloroso de lo que había imaginado. Había vivido los dos últimos años en una especie de duelo, con el corazón roto, volcado en la empresa familiar de espaldas al mundo, para no tener que pensar en él, recordarle, o si quiera, tener la tentación de autocompadecerse de su pérdida buceando en recuerdos y vivencias de las que sabía, no volvería a disfrutar jamás... o eso pensaba hasta la muerte de su padre.

Había un vacio de siete meses en el informe del detective, que no supo llenar. Desde que fué echado del hospital hasta que reapareció, no había ni un solo indicio de su paradero, nada.

Sobre todos lo papeles, una foto, tomada en una semana, en el patio de la guardería.

Un montón de niños a su alrededor, sonríendo. Junto a la valla, un pelirrojo, y el perro que él mismo le había regalado, ya mas grandote y adorable. Sabía quien era ese hombre, había leido sobre él, lo entendía. Tetsu tenía derecho a rehacer su vida, a volver a sentir.

Cada nuevo folio que leía, le hacía sentirse mas miserable, y al mismo tiempo culpable.

Se conformó con las palabras de su padre. No entendía que había pasado, simplemente, se encontró mal, fué al hospital, le pincharon algo y oscuridad absoluta.

Cuando despertó estaba en la casa familiar, con su hijo recién nacido en una cuna junto a su cama... y no hizo preguntas, o no las adecuadas.

Se conformó con las palabras de su padre, de que Tetsu habia muerto y que no debía volver a su casa. Le creyó, cuando se mostró preocupado por su salud mental, cuando le indicó con sus palabras que el pequeño necesitaba a padre a tiempo completo, y que él se había ocupado de todo.

Debió preguntar, insistir. Pero no hizo nada. El bebé lloraba, le recordaba cada día que su madre no estaba, que él no había estado con Tetsu en sus últimos momentos.

Cuando su padre instaló una pequeña losa en el jardín para recordarlo, ni se planteó que no había nada bajo ella. Y cuando sin venir a cuento, su foto juntos, la primera, que adornaba la entrada de su casa, apareció en la mesa de su despacho... fué como una declaración firme de que todo había terminado. Kuroko había muerto y él estaba solo en el mundo con su pequeño hijo, no había nada mas detrás.

La puerta del despacho se abrió, dejando ver a su madre con expresión preocupada.

Unos pasitos recorrieron con ruido sordo la alfombra, gateó bajo la mesa, hasta las rodillas de su padre.

– ¿Tas cupado?. – Sus ojitos azules no le habían parecido tan hermosos jamás como en ese preciso instante.

– Un poquito. – Una sonrisa, subió al pequeño a sus muslos, apartando los papeles del detective, aunque puso uno en blanco para el niño. – ¿Me ayudas?.

El niño asintió. Podía notar que su papá estaba diferente, mas contento, aunque no comprendía la razón dada su tierna edad.

– Yo hago cumento a la yaya y papá escansa un totito. – Apretó sus pequeños labios, en una postura de lo mas seria y profesional, garabateando con la pluma sin ningún orden en la hoja.

La mujer tomó la foto de Tetsuya de encima de las carpetas y la acercó para mirarla bien.

– Está mas delgado. – Acarició su rostro en la imagen con la punta de los dedos. – Pero sigue siendo hermoso...y se parece tanto... es una bendición.

El niño seguía con su "trabajo". Su pequeño ceño fruncido, concentrado como un auténtico profesional en su "informe", que al final no era mas que una docena de líneas sin orden alguno.

– Mamá... es horrible. – Señaló la carpeta, aunque la mujer se limitó a asentir sin mirar nada, salvo la foto. – Tengo que verle...

– No necesito leer una sola línea para saber que ha sido un infierno para él. – Giró la foto, aunque no se la entregó, siguió mirándole en esa instantánea sonriente. – Deja que tu hermano hable con él, que le vea, que indague un poco. Vamos a devolverle lo que tu padre le robó, pero con calma. Han pasado dos años, es mucho tiempo para vivir sufriendo, eso no se olvida.

– Pero mamá... – Se quejó, infantilmente... – ¿Y que hay de mí?... también he pasado dos años sin él...

– Tu has tenido todo lo que has necesitado. Tienes familia, un techo, todas las comodidades del mundo, dinero y afecto... y a tu hijo. – Rodeó la mesa, sentándose en el borde, tomando su cara con las dos manos. – Sé que no es lo mismo, mi vida. Eres mi hijo, y te quiero, pero tu dolor no se puede comparar con el suyo. Él no solo te perdió a ti... también perdió a su pequeño... y no hay padre que se sobreponga a un golpe así. Sigues adelante, pero nada es igual, nunca.

Suspiró, tomando la foto de Tetsuya que su madre se empeñaba en aferrar entre sus dedos.

– Está mas delgado. – Miró a su hijo, le besó el pelo y miró de nuevo los ojos de su madre. – Y tiene el pelo mas largo... no se le ven las orejas. – Se puso serio, señalando al pelirrojo que también salía en la foto, de espaldas. – Vive con él... están juntos.

– Makoto... solo piensa que para él estás muerto... ¿Comprendes?... No puedes reprocharle que quiera seguir con su vida, no es justo. – Asintió, lo sabía, su madre tenía toda la razón, pero eso no quería decir que no hubiera albergado una pequeñísima esperanza de que todo volviera a ser como era antes, de su amor mutuo siguiera de algún modo vivo e intacto...

– Ahhh un pedo. – Tetsu chan señaló a Nigou en la foto.

Risas por la ocurrencia del niño. No podía culparle por no saber pronunciar perfectamente la doble "r". Al fin y al cabo, solo tenía dos años...

– Esperaré, a que llame Shoichi... y veremos que hacer. Por el momento, creo que empezaremos por devolverle su dinero, pero de forma anónima.

– Ese es un buen primer paso. – Le tendió la mano al pequeño. – Vamos cariño, papá tiene trabajo que hacer.

– Pero yo yuda... tu tamien yudas . – empujó su hoja para que la abuela hiciera trabajo con él.

– Está bien, vamos a ayudar a papá con el trabajo. – Makoto sonrió, a su madre, a su hijo...

Tenía razón, él lo tenía todo, siempre lo había tenido... y Tetsuya merecía ser feliz, quizá mas que nadie en todo el mundo; con, o sin él.

…...

Midorima llevaba una semana esquivándole, dándole excusas sobre el montón de trabajo que tenía atrasado y demás tonterías para evitar por todos los medios, que Takao encontrara una razón por la que acudir a su casa.

Hacía una semana que llegó a su correo un archivo de audio de parte de Miyagi. No supo como lo había conseguido, pero se tomó en serio las advertencias del rubio antes de escucharlo. Era la grabación del estudio, del día que Takao se quedó solo arreglando el último tema.

No era lo mismo saberlo que escucharlo de primera mano.

Tomó una decisión tras aquello. No quería inmiscuirse mas de lo necesario, y convino que si Kazunari no quería denunciarlo, no sería él quien le obligara, pero sí había algo que podía hacer... y en eso había empleado toda su semana.

Los padres de Takao y su hermana estaban ahí con él, ayudándole a terminar …

– La fiera está a punto de llegar. – La chica señaló la puerta.

Acto seguido sonó el claxon de un coche, y un portazo metálico, seguido de unos pasos airados y una docena de timbrazos cabreados.

Los cuatro sonrieron con cierta malicia contenida.

– No me importa, lo ocupado que estés. Mi niña no para de quejarse por que no hemos podido verte toda la semana. – sus dos manos posadas en el bajo vientre, ceño fruncido al descubrir ahí a su familia. – ¿Qué está pasando aquí?. – Los señaló con el dedo de punta, indistintamente.

Midorima le rodeó, besó su frente y le dirigió hasta la puerta de la habitación de invitados.

– Lo siento, pero tengo una muy buena excusa. – Señaló la puerta con la cabeza.

– Mas vale que sea muy buena, por que estamos muy enfadados contigo. – Desconfiado abrió con ganas la puerta, y se quedó con la boca abierta.

Lo primero que vió fue la cuna, blanca con mariposas azules salpicadas por todas partes. Vestida con una colcha del mismo tono que las cortinas.

Un pequeño cuco, portátil, montado en un armazón con dos patas cruzadas como aspas, para llevar al bebé cómodamente por toda la casa sin esfuerzo alguno.

Dio un paso dentro, y otro mas. Giró sobre si mismo, para ver la habitación al completo.

Reparó en la mecedora, a un lado de la puerta, y caminó los dos pasos que le separaban del armario con cajones, a juego con la cuna, para mirar dentro.

Había ropa, colgada en sus pequeñas perchas, cubiertas cada una con plástico fino para que se conservaran perfectamente hasta que su dueña pudiera usarlos, desde la talla 0 hasta los tres años. Zapatos, zapatillas, pijamas, vestidos, camisetas... todo lo que la pequeña pudiera vestir en los primeros tres años de vida.

A su lado, un armario bajo, con pañales, toallitas, cremas, talco, jabón... todo lo relacionado con la higiene y el cuidado, lleno hasta los topes.

Jueguetes de habilidad, libros, pinturas, cuentos, peluches, amontonados, aún en sus cajas y bolsas.

La habitación tenía un tenue aroma a pintura reciente.

Caminó hasta la mecedora, y se sentó en ella.

Hizo un puchero, adelantando el labio inferior.

– Esto es demasiado. – Farfulló. – Te has pasado... mamá...

– Vamos cariño. – La mujer se puso a su costado, acariciando su pelo con calma. – Todos hemos ayudado un poco. Tu padre eligió la cuna... Tu hermana y yo, nos ocupamos de la ropa... – Sollozó, con ruido de mocos y todo. – Vamos, aún queda sorpresa...

Confuso vio como les dejaban a solas, y no necesito pensar mucho para imaginar lo que venía a continuación.

– No no no... ni siquiera se te ocurra.

– Vamos... – De rodillas a sus pies, le tomó las manos, una sonrisa en sus labios. – ¿Me harías ….

– No, no por favor...

– … El increíble honor...? – No podía parar de sonreír, era imposible.

– noooooo... – Seguía con su queja, pero realmente estaba emocionado.

– … de pasar el resto de tu vida a mi lado?. – Concluyó sin dejar que dijera nada concreto.

– Maldito matasanos pinchaculos del demonio. – Protestó. Intentó levantarse de la mecedora, pero la curva en las patas hizo su trabajo, volviéndole al sitio en el mismo movimiento. Se aferró a su vientre, y tomó impulso con los pies, consiguiendo levantarse al fin. – No puedes hacerme esto... ¿Cómo quieres que me enfade contigo si luego haces estas cosas tan adorables?... ¿Es que no tienes compasión? Has pasado una semana esquivándome y yo pensando mil cosas horribles sobre ti, y todo era por esto... por mi pequeña … y vosotros... – Señaló a sus padres, que en el salón, esperaban la respuesta a la petición de mano de su hijo. – Estabais compinchados con el enemigo, muy bonito...

Midorima le seguía con la mirada, sonriendo.

Aunque estaba protestando como un niño al que su madre le niega la diversión, el rojo en sus mejillas y orejas, le hacía ver de lo mas mono.

– ¿Y?. – Midorima le paró, llevándole hasta el sofá, casi obligándole a sentarse y serenarse.

– La habitación es un sueño, es preciosa... todo es genial y bonito y me encanta y es bonita... – otro puchero, a punto de llorar.. – ¿Cómo voy a decirte que no si haces estas cosas tan hermosas por mi?.

– ¿Cómo no voy a hacer cosas hermosas por ti si luego te pones así de adorable al verlas?...

– Enhorabuena, niisan. – Fue su hermana quien rompió la magia, mas o menos...

– Si, si, todo genial, pero no pienso casarme hasta que no esté bueno de nuevo. – Abarcó la pelota en la que se había convertido su vientre con una mini sonrisa. – Amo estar así, pero me gustaría que ella saliera en la foto, y seguro que en el armario hay algo bonito que ponerle para la boda de sus papás...

un suspiro llenó la estancia.

Al parecer, había una boda en marcha.

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Bueeenooo... capi nuevo, yeihhhh

Nos leemos en el siguiente.

Besitos y mordiskitos

Shiga san