Percy Jackson, pertenece a Rick Riordan.
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La Nueva Luz del Olimpo.
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27: La Bendición de lo Salvaje.
Estábamos cruzando el río Potomac cuando divisamos un helicóptero. Un modelo militar negro y reluciente como el que habíamos visto en Westover Hall. Venía directo hacia nosotros. —Han identificado la furgoneta —advertí. —Tenemos que abandonarla.
Zoë viró bruscamente y se metió en el carril de la izquierda. El helicóptero nos ganaba terreno.
—Quizá los militares lo derriben —dijo Grover, esperanzado.
—Los militares deben de creer que es uno de los suyos —continué. — ¿Cómo se las arregla el General para utilizar mortales? Esto me fastidia.
—Son mercenarios —repuso Zoë con amargura. —Es repulsivo, pero muchos mortales son capaces de luchar por cualquier causa con tal de que les paguen. —Zoë meneó la cabeza. —No sé hasta qué punto ven a través de la Niebla. Pero dudo que les importase mucho si supieran la verdad. A veces los mortales pueden ser más horribles que los monstruos.
—Thalía, ayúdame —pedí —eres hija del señor del cielo, así que tienes Atmoquinesis, soy hija del señor del Mar, los terremotos y las tormentas, así que yo también la tengo —ella asintió y concentrándonos, enviamos un viento desde el este, que los golpeó por la derecha y derribó el helicóptero.
—Sabes adónde vamos, ¿no? —me dijo Artemisa, sorprendiéndome y tomando mi mano. —San Francisco.
—Lo sé —dije yo. —Necesitamos ayuda, si es que vamos a enfrentar a tantos enemigos en el monte Otis. Hablemos con ellos.
—Percy... ¿crees que quieran ayudarnos? —me preguntó Artemisa.
Le enseñé una sonrisa. —Son mis novias... nos ayudarían y sería bueno darle algo agradable a Thalía en este viaje.
— ¿Qué? —Preguntó mi novia inmediatamente.
—La Niebla allí es muy densa porque la Montaña de la Desesperación está muy cerca. —dijo Zoë preocupada —La magia de los titanes (o lo que queda de ella) todavía perdura allí. Los monstruos sienten por esa zona una atracción que no puedes ni imaginarte.
El sol de la tarde se colaba a través de la malla del vagón de carga, arrojando una sombra sobre el rostro de Thalía. Pensé en cuán distinta era de Zoë. Ésta, tan formal y distante como una princesa; ella, con sus ropas andrajosas y su actitud rebelde. Y, no obstante, había algo similar en ambas. El mismo tipo de dureza. Ahora mismo, con la cara sumida en la sombra y una expresión lúgubre, tenía todo el aspecto de una cazadora.
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Tomamos nuevamente, el mismo tren que transportaba los vehículos, el tren que Apolo nos dio.
Habíamos llegado a los alrededores de una población de esquí enclavada entre las montañas. El cartel rezaba: «Bienvenido a Cloudcroft, Nuevo México.» El aire era frío y estaba algo enrarecido.
Los tejados estaban todos blancos y se veían montones de nieve sucia apilados en los márgenes de las calles. Pinos muy altos asomaban al valle y arrojaban una sombra muy oscura, pese a ser un día soleado.
Incluso con mi abrigo de piel de león, estaba helado cuando llegamos a Main Street, que quedaba a un kilómetro de las vías del tren.
Nos detuvimos en el centro del pueblo. Desde allí se veía casi todo: una escuela, un puñado de tiendas para turistas y una cafetería, algunas cabañas de esquí y una tienda de comestibles.
—Estupendo —dijo Thalía, mirando alrededor— ni estación de autobuses, ni taxis ni alquiler de coches. No hay salida. —¡Hay una cafetería! —exclamó Grover. —Sí —estuvo de acuerdo Zoë—. Un café iría bien.
—Y unos pasteles —añadió Grover con ojos soñadores—. Y papel de cera. Thalía suspiró. —Está bien. ¿Qué tal si vais vosotros dos por algo de desayuno? Percy, Bianca y yo iremos a la tienda de comestibles. Quizá nos indiquen por dónde seguir.
Quedamos en reunimos delante de la tienda un cuarto de hora más tarde. Bianca parecía algo incómoda con la idea de acompañarnos, pero vino sin rechistar.
En la tienda nos enteramos de varias cosas interesantes sobre Cloudcroft: no había suficiente nieve para esquiar, allí vendían ratas de goma a un dólar la pieza, y no había ningún modo fácil de salir del pueblo si no tenías coche. —Pueden pedir un taxi de Alamogordo —nos dijo el encargado, aunque no muy convencido—. Queda abajo de todo, al pie de la montaña, pero tardará al menos una hora. Y les costará varios cientos de pavos. —El hombre parecía tan solo que le compré un par de tonterías. Salimos y esperamos en el porche.
—Fantástico —refunfuñó Thalía—. Voy a recorrer la calle, a ver si en alguna de esas tiendas me sugieren otra cosa.
—Pero el encargado ha dicho...
—Ya —me cortó—. Voy a comprobarlo, nada más. —La dejé marchar. Conocía bien la agitación que sentía. Todos los mestizos tienen problemas de déficit de atención a causa de sus reflejos innatos para el combate. No soportamos la espera.
Bianca y yo permanecimos parados delante de la tienda con cierta incomodidad. Es decir... yo nunca me sentía demasiado cómodo hablando a solas con una chica, y hasta entonces no había estado solo con Bianca. No sabía qué decir, sobre todo ahora que era una cazadora. —Bonita rata —dijo ella por fin. La dejé en la barandilla del porche. Quizá atraería clientela a la tienda de comestibles.
— ¿Qué se siente NO ser una Cazadora? —Le pregunté riendo, con alegría.
—Extraño —admitió ella —prometo no morir de nuevo. —me tomó la mano —Te lo juro.
—Solo evita tocar algo, cuando lleguemos a la chatarrería. —A unos cien metros, vi que Zoë y Grover salían ya de la cafetería cargados de pasteles y bebidas. No me apetecía que volvieran en ese momento. Era extraño, pero me gustaba hablar con Bianca. No era tan desagradable, al fin y al cabo.
— ¿Y cómo se las arreglaron hasta ahora, tú, Hazel y Nico? —le pregunté.
—Ahora SÍ sé que estuvimos en un internado de Washington, luego del Hotel-Casino Loto. Parece como si hubiera sido hace muchísimo tiempo. Nos dijeron que nuestros padres habían muerto. Había un fondo en el banco para nosotros. Un montón de dinero, creo. De vez en cuando aparecía un abogado para comprobar que todo fuese bien. Luego tuvimos que dejar aquel colegio. Hicimos un largo viaje y nos alojamos en un hotel varias semanas, allí conocimos a Hazel y ella me entrenó, con espadas de plástico de la tienda de regalos. Y entonces... Alecto apareció, disfrazada como una abogada a sacarnos de allí. Nos dijo que ya era hora de que nos fuéramos. Nos llevó otra vez hacia el este. Cruzamos Washington, subimos hasta Maine y tomamos el camino a Westover. —ella suspiró, su mirada se volvió culpable, se miró a sí misma y una sonrisa apareció en sus labios —Me he ocupado de Nico durante casi toda su vida. Por eso me moría de ganas de unirme a las Cazadoras, en la línea de tiempo pasada. Ya sé que suena egoísta, pero quería tener mi propia vida y mis propias amigas. Hazel llegó y creí que podría dejarlo con ella...
—Y hacer el juramento, con Artemisa.
Bianca asintió. —Pero comprendí... comprendí que esta es mi tarea: cuidar de Nico y velar por él. No el de Hazel. Quiero mucho a Nico, no me entiendas mal, pero en la línea de tiempo anterior, necesitaba descubrir cómo sería vivir sin ser la hermana mayor las veinticuatro horas del día. Y ahora... sabiendo lo que mi muerte le causó a Nico, entiendo que debo de estar allí, pero al mismo tiempo, puedo tener mi propia vida.
— ¡Escuchen! —dijo Thalía, que subía por la calle corriendo—. Acabo de ver Guerreros -Esqueletos. El General nos está siguiendo... —pero literalmente, bastó con la concentración de Bianca y elevar su mano derecha, concentrándose en los Guerreros-Esqueletos y estos desaparecieron.
Habíamos llegado ya al extremo del pueblo y los demás llegaron. —Está cerca —gimió Grover. —El regalo. El regalo del Salvaje. —Todos lo miramos. Un viento cálido sopló por todo el cañón, sacudiendo los árboles, el cerdo más grande que he visto en mi vida. Era un jabalí salvaje de unos diez metros de altura, con un hocico rosado y lleno de mocos y colmillos del tamaño de una canoa. Tenía el lomo erizado y unos ojos enfurecidos.
— ¡Oííííínk! —chilló, y barrió a los tres esqueletos del camino con sus colmillos. Tenía una fuerza tan enorme que los mandó por encima delos árboles y rodaron ladera abajo hasta hacerse pedazos, dejando un reguero de huesos retorcidos. Luego el cerdo se volvió hacia nosotros.
Thalía alzó su lanza, pero Grover dio un grito. — ¡NO LO MATES!
El jabalí gruñó y arañó el suelo, dispuesto a embestir. —Es el Jabalí de Erimanto —dijo Zoë, tratando de conservar la calma—. No creo que podamos matarlo.
—Es un regalo —dijo Grover—. Una bendición del Salvaje. —Thalía y yo cruzamos el túnel cercano y llegamos al otro lado.
Teníamos al jabalí justo detrás. —¡Vamos! —dije—. Seguramente aguantará nuestro peso.
— ¡No puedo! —gritó Thalía con ojos desorbitados.
El jabalí se había metido a toda marcha en el túnel y avanzaba destrozándolo a su paso. — ¡AHORA! —grité. Ella miró hacia abajo y trago saliva. Habría jurado que se estaba poniendo verde, aunque no tenía tiempo de adivinar la causa: el jabalí venía por el túnel directo hacia nosotros. Plan b: le hice un placaje a Thalía y, evitando el puente, empezamos a deslizamos por la ladera. Casi sin pensarlo, nos montamos sobre la Égida como si fuera una tabla de snowboard, y bajamos zumbando entre las rocas, el barro y la nieve. El jabalí tuvo menos suerte; no podía virar tan deprisa, de modo que sus diez toneladas se adentraron en el puente, que crujió y cedió bajo su peso. El animal se despeñó por el barranco con un chillido agónico y aterrizó en un ventisquero con un estruendo colosal. Abracé a Thalía, para que no temiera, mientras el jabalí de Erimanto, nos llevaba.
—Es nuestro vehículo hacia el oeste. —dijo Grover— ¿Tienes idea de lo rápido que puede desplazarse este bicho?
Zoë miró el cielo y una sonrisa apareció en su rostro. —El señor de la vida salvaje, por supuesto. Por un instante, cuando ha aparecido el jabalí, he sentido la presencia de Pan.
