Había llegado la hora de que lo enjabonara entre las piernas.
Le cubrió la espalda con delicados besos y desde atrás, le fue acercando el paño a los testículos. Sesshomaru se movió intranquilo. ¿Ninguna hembra lo había tocado allí? ¿O es que hacía mucho tiempo desde la última vez? La entristeció pensar que el demonio se había pasado tantos años allí exiliado, completamente solo.
Esa misma noche, ella le daría tal placer, que Sesshomaru no podría compararlo con nada de lo que hubiese sentido en toda su vida. «¿Acaso quieres que se acuerde de ti, Kagome?»
Acallando ese pensamiento, le rodeó la cintura y buscó la erección con la mano. Se la rodeó con los dedos lo mejor que pudo y se mordió el labio para no gemir.
Bastó con que lo tocara para que Sesshomaru se incomodara de nuevo y separara las piernas. Y entonces se quedó inmóvil. Todo él irradiaba tensión, y su erección disminuyó un poco.
Algo iba muy mal, las emociones del demonio estaban en conflicto. Kagome incluso detectó... ¿rabia?
Decidió dejar de tocarlo, pero cuando iba a hacerlo, él se dio media vuelta, le apartó la mano de donde ella la había colocado y la sujetó por la muñeca que antes le había roto.
—¡Demonio! Casi vuelves a rompérmela... —Al verle la cara no terminó la frase.
Tenía una expresión amenazadora, con los colmillos completamente extendidos. Una mirada letal.
Kagome dio un paso hacia atrás y de lo mucho que le dolía la muñeca los ojos se le llenaron de lágrimas.
Sesshomaru sacudió entonces la cabeza con fuerza, como si hubiera estado en trance.
«Me alegro por ti, pero yo empiezo a replantearme las cosas», pensó ella, y se dio media vuelta dispuesta a irse corriendo al otro extremo de la piscina.
El demonio le rodeó la cintura con un brazo y la pegó a él.
—no... Kagome, no —susurró con voz rota. Y escondiendo el rostro en su pelo, inhaló hondo. Su erección estaba volviendo a la vida, la punta acariciaba orgullosa las nalgas de ella.
—¡Suéltame! —Cuanto más se movía, más notaba el pene de él acariciándola—. ¡No digas que no te lo advertí! —Su cuerpo bullía de poder y electrocutó a Sesshomaru como si fuera una valla de alta tensión.
—¡Kagome! —gritó él al verse obligado a soltarla.
Pero ella apenas consiguió dar dos pasos antes de que volviera a cogerla.
—Quizá a ti te guste que te hagan daño. Pero a mí no. —Volvió a electrocutarlo incluso con más fuerza que antes—. Ojalá pudieras verte la cara... —Se dio cuenta de que el demonio se había resignado a que ella lo golpeara con su fuerza, pero que no tenía intención de soltarla, así que subió un poco más la intensidad. La frente de Sesshomaru cayó encima del hombro de ella cuando se retorció de dolor, pero a pesar de todo no la soltó.
Al final fue Kagome quien se rindió; ya no tenía poder y el demonio todavía seguía en pie. «La próxima vez que decida hacerle daño, estaré preparada», se juró. Le derrotaría.
Sesshomaru la hizo volverse entre sus brazos hasta que quedaron frente a frente, sus torsos pegados al del otro, el antebrazo de él bajo las nalgas de ella.
—¡Suéltame ahora mismo! —le ordenó.
Tras dudarlo unos instantes, él la deslizó por su cuerpo muy despacio y la dejó en el suelo.
El contacto de piel contra piel, el descenso gradual, el sonido de sus respiraciones...
En contra de su voluntad, Kagome sintió una punzada de deseo. Y supo que el demonio se había dado cuenta. Sesshomaru res
piró hondo y las fosas nasales se le dilataron. Luego se quedó sin aliento, como si el aroma de ella fuera más de lo que podía soportar. Su pene tembló entre los dos.
Cuando los pezones de Kagome pasaron por encima del torso de él, uno rozó su piel. Sesshomaru se volvió a estremecer. Cuando la dejó en el suelo..tenía la mandíbula apretada y los músculos de la mandíbula marcados. Cerraba los ojos con fuerza mientras ella los tenía abiertos como platos.
—¡Oh, por todos los dioses! ¿Estás a punto de terminar? —Antes, cuando había estado dispuesta a masturbarlo con la mano, él había sido incapaz de mantenerse erecto. ¿Y ahora iba a eyacular sin más?—. No te entiendo, demonio. Suéltame de una vez.
A él le temblaban las manos, pero las colocó encima de los hombros de ella y la apartó. Recuperó algo de autocontrol y la soltó, y luego abrió los ojos. Y lo que vio en los de Kagome hizo que desviara la vista hacia la muñeca de ella y después hacia la marca que sus colmillos le habían dejado en el cuello.
Separó los labios como si fuera a decir algo, y luego volvió a cerrarlos. Movió los ojos de tal modo que era evidente que quería decir alguna cosa. ¿Querría explicarle por qué le había hecho daño? ¿Otra vez?
Kagome estaba harta de escuchar excusas. A ella no le iban los tipos con gustos retorcidos, y tampoco los que eran demasiado complicados. Se dio media vuelta y se fue de allí.
Con movimientos tensos, su compañera cogió una de las yukatas que encontro antes junto a la improvisada que usaria para cambiarse y se fue de allí hecha una furia.
«Solo. Otra vez.» Sesshomaru dio un puñetazo en la pared para no gritar de frustración. «¿Acaso voy a estar siempre solo?»
Qué no daría para poder hablar con ella. Quería decirle que estaba dispuesto a aprender de nuevo a complacerla, y que no le importaba no tener sexo y no poder morderla.
Y todo lo haría por ella, pero que, para lograrlo, necesitaba que lo ayudara a crear nuevos recuerdos...a su frotó la frente y trató de no pensar en el pasado. Comprendió que si quería superarlo, tenía que ser quien estuviera al mando de lo que sucediera entre él y su compañera. Tenía que ser quien iniciase el contacto.
Lo cual era un problema, porque no tenía ni idea de cómo tocarla.
Si pudiera estar un rato con Kagome, si pudiera tocarla durante unas horas para aprenderse su cuerpo, quizá podría volver a sentir lo mismo que antes de perder la calma. Y a partir de entonces, cada vez que pensara en el sexo, pensaría sólo en ella y en lo que hubieran compartido juntos.
Fue a buscarla, ansioso por acariciar su piel.
«Esto no acaba aquí.»
Mientras iba alejándose, Kagome se negó a pensar en la mirada perdida del demonio. Se negó a pensar en él. «Entonces, ¿por qué no dejo de mirar detrás de mí?»
Si regresaba, volvería a pasar por lo mismo. ¿La mordería y le haría daño? Sólo hacía unas horas que su esternón se había recuperado de su empujón. Y sí, de acuerdo, la había empujado para protegerla, pero era un ejemplo más del poco control que el demonio tenía sobre su fuerza.
Estaba fuera de sí. Si Sesshomaru fuera un perro, sería el perro apaleado dispuesto a atacar. ¿Por qué entonces tenía ganas de quedár
selo para siempre?
Era triste y salvaje. Miró hacia atrás, y esta vez se mordió el labio inferior. «Mira hacia adelante, fresca que eres una fresca.» Maldita fuera, todavía estaba excitada. Hacía semanas de su últi
mo orgasmo. Y ahora estaba caminando por la mina sin sujetador, los pechos se le balanceaban y los pezones le rozaban la yukata . Cada paso era pura agonía para su todavía húmedo sexo.
Por raro que pareciera, ya se había olvidado de que le dolía la muñeca.
Sesshomaru apareció de repente y, tras cogerla, se la colgó de la cintura, y con ella pegada a la cadera regresó a la piscina.
—¡Suéltame, demonio! ¡Ahora mismo!
En vez de soltarla, él la dejó en el agua, justo debajo de una de las cascadas. Y mientras Kagome escupía el agua que le caía directamente en la cara, Sesshomaru le quito la yukata.
—¿Esto es todo lo que se te ha ocurrido? —Ya no le tenía miedo, así que se atrevió a golpearle el pecho con el puño—. ¡Vaya manera de hacer las paces, tonto !
Haciendo caso omiso de los golpes y lleno de paciencia, él levantó un dedo. Los ojos se le estaban volviendo a quedar rojos.
—¿Un momento? Olvídalo, no tengo intenciones de quedarme aquí contigo. —Al ver que la mirada de él no flaqueaba, añadió—Se quedó embobada mirándole la mano—. ¿Dónde están tus garras? —Se las había mordido. Sesshomaru debía de tener realmente muchas ganas de tocarla.
Él se agachó para quitarle el tanga.
¿Y qué hizo Kagome para oponerse? Levantó la barbilla y dijo:
—No pienso mover ni un dedo para ayudarte.
Para el demonio aquello no era ningún impedimento; la levantó en brazos, se lo quitó y lo lanzó junto con el sujetador que yacia tirado.
Acto seguido, cogió uno de los paños y, completamente decidido, lo empapó en jabón.
—Yo no... no he aceptado...
Sesshomaru le colocó el paño en el pecho y empezó a lavarla con mucho cuidado, y ella no pudo evitar sentirse intrigada por aquella faceta suya tan inesperada. Y sorprendentemente se relajó.
Con una mano, él siguió frotándola sin ninguna prisa mientras con la otra le tocaba el hombro con la palma de la mano extendida sobre su piel. Despacio, le masajeó el músculo con el pulgar.
Cuando Kagome gimió, Sesshomaru interpretó el sonido como una rendición y se sintió tan satisfecho de sí mismo.
Dejó el paño a un lado y con los nudillos le acarició la mejilla, la mandíbula y luego el cuello y más abajo.
Kagome lo había visto cazar, pelearse y protegerla, muy seguro de sí mismo. Pero ahora la estaba tocando como si no supiera qué hacer. Sus dedos temblorosos le recorrieron los hombros mientras, con los ojos, el demonio seguía dicho movimiento. Nadie la había mirado nunca así, como si fuera lo mejor que le hubiera sucedido en la vida.
Le acarició la clavícula con tanta ternura que Kagome se estremeció. Él era capaz de matar, un guerrero sin igual, y sin embargo también era capaz de tocarla de ese modo.
Sesshomaru farfulló algo en demoníaco. Ella no entendió las palabras, pero sí el tono de admiración. Y por primera vez en toda su vida, se sintió querida. Y, por todos los dioses, era una sensación maravillosa. «Podría acostumbrarme.»
Sus dedos descendieron por su clavícula hacia abajo y más abajo. Y cuando iban a llegar al pezón, cuando ella ya estaba temblando sólo de imaginarlo, él respiró entrecortadamente y lo esquivó.
Kagome se mordió el labio. «¡No, tócame ahí, demonio!»
Sesshomaru recuperó el paño y volvió a llevárselo al cuerpo, decidido a lavarla igual que había hecho ella con él.
Pero cuando Kagome arqueó la espalda hacia atrás y suspiró «Por favor, demonio», Sesshomaru gimió y le pasó el paño por encima de los excitados pechos.
Ella gimió a su vez y, a cambio, él volvió a sonreírle satisfecho.
Cuando cerró los ojos, dudó: «¿Me curo la muñeca o lo obligo a soltarme?».
Él le acarició el pezón con el pulgar.
—Oh, Sesshomaru, sí.
¿La muñeca de Kagome? Estaba como nueva.
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Uff hoy tuve un dia horrible pero de igual modo vine a dejarles algo, sigo escribiendo asi que mas tarde les subo mas !
Olee vaya que hay reviews negativos pues mmm que creen la sigo o no?
*Sesshomaru alista sus garras mientras la observa*
- hummm hora de huir! Creo que me llaman en madagascar!
