Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías.

Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

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Kuroko vive tranquilo, sumido en una rutina para superar el dolor desgarrador que vive en su alma y que le ha funcionado todo el tiempo.

Kagami es un desastre de persona, indisciplinado, desordenado y sin preocupaciones, que afronta la vida como si cada día fuera el último.

Enamorarse no entraba en sus planes, pero ambos, deberán luchar contra sus sentimientos, contra sus propios prejuicios, y contra una pasión desbordante de la que ninguno de los dos era consciente.

Kagami x Kuroko... Kise x Kasamatsu... Murasakibara x Himuro... Teppei x Hyuga. ? x Kuroko.

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Silent Scream.

Capítulo veinticuatro: Una musa en la tierra.

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Quieto como una estatua, sobre la camilla, dejaba al médico trabajar en su vientre redondo.

Solo pestañeaba lo justo, para no perderse nada de la pequeña tele frente a él. Sus respiraciones unidas, únicamente rotas por el garabateo del bolígrafo sobre la hoja del informe.

– Necesito que te sientes. – Le ayudó, dejando a Takao con los pies desnudos colgando por el borde de la camilla, balanceándolos divertido mientras le miraba guardar todo el instrumental del ecógrafo en su sitio, serio... demasiado serio para su gusto.

Extendió el brazo, ofreciéndoselo para que le pinchara, aunque Midorima tenía otros planes para él.

De pie entre sus piernas abiertas, buscó un hueco en el cuello del camisón médico para escuchar su corazón desde ahí.

Takao deslizó la mano, por su propio muslo, como quien no quiere la cosa... y le acarició la bragueta con el dorso de la mano. Dibujó una medio sonrisa en la comisura de sus labios cuando dio un respingo al toque, aunque no dejó de mirar su reloj atento, sin pestañear.

–No me distraigas, esto es importante. – Sacó la mano que sostenía el estetoscopio y le subió la bata, para buscar un punto justo en el que escuchar a la bebé, solo un poco, pasando el testigo a la mamá, que entusiasmado hasta el extremo, ponía toda la atención del mundo en su pequeña.

– ¿Cuándo vamos a hacerlo?. – Preguntó, con los ojos cerrados concentrado en la escucha.

– Ahora no podemos, no es buena idea. – Midorima parecía preocupado con los datos escritos, sus cejas se unían en el puente de la nariz de un modo cómico. - Tu cuerpo podría interpretar el orgasmo como una señal para iniciar el parto, y adelantarlo.

– Que mejor manera que venir al mundo después de que mamá se divierta. – Midorima no pudo evitar una sonrisa plena.

– Es un buen modo de iniciar una vida, no te lo discuto. – Repasó la última línea y le miró. – ¿Cuándo fué la última vez que notaste que se movía?...

– Mmm, esta mañana, antes de salir. – Apretó los labios, pensativo. – Si, creo que si, cuando me he inclinado para ponerme los calcetines. – La expresión de Midorima no era agradable. – ¿Qué pasa?.

– Pues... me temo que tienes que quedarte, en observación. – Lo dijo tan serio y preocupado que sonó como una fatídica noticia. Pulsó el botón de llamada y le indicó a la enfermera que acudió, que Takao, quedaba ingresado y le preparasen una habitación concreta. – Creo que... no creo, estás de parto.

– ¿En serio?. – La sonrisa que llenó su cara fué tan hermosa que el doctor se quedó embobado mas tiempo del que estaría dispuesto a admitir en cualquier otro momento. – Pero... es genial... no he traído la bolsa ni nada, creí que esto era una revisión... – Le agarró la cara con las dos manos, bajando de la camilla de un salto y pegándose a él. – ¿Qué tengo que hacer?... Venga, pínchame cosas, o dame medicinas, ponme cables y ventosas de esas... Empujar, tengo que empujar, aunque me tienes que decir cuando, por que en serio, con toda esa agua en la piscina, no te escuché ni una vez en las clases... Venga, no te quedes ahí parado...

– ¿No tienes miedo?. – Era una pregunta lógica. Demasiados años viendo madre tras madre llorar de pánico, o temblar de puro terror al llegar ese momento.

– ¿Pero que dices?, ¿Miedo?... Me muero de ganas por tenerla en brazos, tocarla, ver su carita... dios, llevo meses imaginando como será, y por fin ha llegado el momento... Quiero verla, ya... y además... tu no dejarás que nos pase nada...así que ¿qué se supone que debo temer?... soy tan feliz que creo que no es normal.

– Eres increíble... – Tomó sus cosas y le ayudó a ir hasta la habitación tomando su mano, le acomodó con cariño en la cama y le dejó su ropa sobre la misma. Takao sacó de inmediato su móvil del pantalón.

– Tu si que eres genial, pero quita esa cara de susto, que se supone que estamos contentos, vas a ser papá... y un papá no puede tener esa cara de amargado... no quiero que la primera visión de mi niña sea esa cara de ogro. – Le pidió un momento. Llamó a sus padres y a Miyaji en apenas dos minutos. – ¿Me espatarro y me pongo a empujar, o que?...

– De momento, me gustaría que te tranquilizaras. – Le acarició el pelo y la nuca. – Necesito que estés lo mas en calma posible.

– Eso puedo hacerlo. – Sentado en la cama le pidió que se acercara, robándole un beso que sonrojó al doctor las mejillas.

– Duerme un poco, vuelvo enseguida. – Se ajustó las gafas, ocultando su nerviosismo. – Tengo que atender la consulta, pero estaré aquí si me necesitas en un pestañeo.

– Venga, a trabajar. – Se despidió con la mano.

– Mandaré alguien para que te ponga una vía y monitorice tus constantes y las de la niña.

Se acomodó en la cama, en cuanto se vió a solas. Había esperado ese instante desde que se enteró, y no podía quitar su sonrisa de la cara aunque quisiera.

Había tanto silencio, que le costó darse cuenta de que en algún momento se había dormido. Y había sido tanto y tan profundamente, que ya tenía una vía en el dorso de la mano y unas correas rodeando su vientre y ni se había enterado.

– ¿Cuánto he dormido?. – preguntó al médico, a su lado trasteando con un aparato lleno de números.

– Un par de horas. – Encendió, y por fin pudo escuchar, alto y claro, el rápido y hermoso latido de su pequeña. – ¿Cómo te encuentras?.

– Mmm... bien, raro... – Hizo un puchero. – Tengo hambre...

– No puedes comer nada... pero puedo traerte una gelatina de frambuesa...

Unos toques en la puerta dejaron la respuesta en suspenso.

– Perdón doctor... sé que dijo que no le molestáramos, pero es que … – La enfermera se acercó, como queriendo contarle un secreto solo a él, preocupada por algo. – Verá... ahí fuera hay unos chicos... bueno, aseguran ser familia suya, pero es que... tienen pendientes por la cara y tatuajes... no digo que sea malo, pero no recuerdo que en su familia haya gente con malas pintas, y los pelos de colores...

– Tranquila, déjeles pasar. – Midorima sonrió, haciendo a la enfermera mirarle mas preocupada.

– Doctor, si quiere que avise a seguridad... – Desconfiada fué hasta la puerta, aunque no dijo nada mas.

– No pasa nada, de verdad. – Agitó la mano en el aire, quitándole importancia. – Son de mi familia, deje que pasen, por favor.

– Hola gordito, ya estamos aquí. – Miyaji entró casi a la carrera, tomando asiento en el borde del colchón e inclinándose para besarle la frente. – ¿Cómo estás?, ¿Te duele mucho?.

– No, estoy bien. – Les miró, sintiéndose en familia, tranquilo de tener a todo el grupo ahí. – ¿No habréis dejado nada a medias por mi culpa?.

Reconocía el olor de los cosméticos y los productos de peluquería en ellos, gracias a su refinado olfato de mamá.

– Que le den. Nada es mas importante que nuestra musa. – Le tocó la barriga con la mano. – Tu ocúpate de que nuestra fan número uno llegue de una pieza, nosotros nos ocuparemos del resto.

En los ojos de Takao había una pregunta mas, una preocupación que siempre había estado presente y que no se atrevía a poner en voz alta.

Masaaki.

Kimura negó, desde los pies de la cama, y no hizo falta nada mas, para que el ex-cantante lo entendiera. El representante no tenía ni idea de donde estaban los chicos... o no se había enterado aún.

O sencillamente, no le importaba una mierda Takao. Al fin y al cabo, si no se había preocupado de él en todos estos meses, sería bastante descarado que apareciera en el último momento para reclamarle algo...

Aún así...

Midorima consideró que debía dejarles a solas un tiempo, después de comprobar todos los aparatos y la vía en su mano, incluso apretó un par de veces la bolsa de suero con nutrientes que pendía junto a la cama.

– Vuelvo en un rato. – Besó su frente y sus labios, sin importarle nada mas que su hermoso moreno en todo el cuarto, hasta que Takao le empujó despacito con las manos en sus hombros.

En el pasillo hizo una llamada, mientras caminaba alejándose de la habitación.

– Akashi... soy yo. ¿Has recuperado la licencia?. Necesito un abogado. – Midorima entró a su despacho, cerrado la puerta tras él buscando intimidad para su llamada.

– Creí que no te caía bien... – Hizo una pausa.

– No es para mí. – Suspiró. – Mi prometido está a punto de tener una bebé de otra persona, y no quiero a esa persona cerca... Necesito al mejor abogado, y por muy mal que me caigas, que por cierto no es el caso, estoy dispuesto a bajarme los pantalones para contratar sus servicios.

– Espera... ¿Takao está de parto?. – Se escuchó el trasteo de cosas siendo movidas. – Voy para allá.

Midorima miró su teléfono con el tono de colgar de fondo... No era la respuesta que esperaba pero aún así, se sintió un poquito feliz.

Obviamente, Akashi no apareció solo. Aomine, parecía una prolongación de él mismo desde los últimos meses, y verle con el uniforme de policía siempre impresionaba un poco.

– ¿Cómo está?. – Lo importante primero.

– Bien, va por la mitad. – Su vena médica le hizo acercarse de mas al pelirrojo, a punto de tomarle las constantes en la muñeca.

Aomine dibujó una media sonrisita por el gesto.

– Yo me voy. – Abrazó a Akashi y le besó en el cuello. – Aún me queda medio turno. Si necesitas lo que sea, me llamas.

Solo cuando Aomine se marchó dejándoles a solas, se atrevió a preguntarle por la llamada.

– Hay ciertos detalles que prefiero que no sepas, dada tu condición, pero el hecho es que la niña no es biológicamente mía... y no me gustaría tener problemas de ningún tipo.

– Sin esos detalles que no quieres que sepa... pero que intuyo, te puedo decir, que así a simple vista, podría demandarle por la custodia, pero no creo que prospere a su favor. Bastará con demostrar que no ha habido ningún intento de contacto por su parte durante la gestación. Después la ley establece que el menor debe permanecer con su madre durante los dos primeros años; a partir de ahí se negocia un calendario de visitas... pero si no ha dicho nada en todo este tiempo, creo que cuando sepa que debe pagar los gastos de la niña y una compensación a la madre se echará para atrás.

– Pero...

– Si preguntas si puede estar en su vida, la respuesta es si. Lo siento, pero es lo que hay. – Akashi lo sabía de buena mano, ya que había estado mirando las leyes por si acaso prosperaba el caso contra él, pero en su situación, Murasakibara en su vida no era ningún problema.

– ¿Y si la concepción no fué de mutuo acuerdo?. – Intentó ser lo mas sutil posible, por Akashi.

– Si puedes demostrarlo sería un delito, y podrías denunciarlo, pero eso no cambia el hecho de que es el padre. Lo siento, no puedo decirte nada bueno... – Akashi se encogió de hombros. – El único modo de mantenerle lejos, es conseguir que renuncie a la niña por si mismo.

– Gracias...

– No hay de qué... y ahora, ¿Puedo ver a tu chico?. – Esperó que le abriera la puerta y comenzaron a caminar juntos por el pasillo. – He llamado a Kuroko, viene para acá pero un poco mas tarde, tenía que hacer algo antes... está de lo mas misterioso y Kise en el otro lado del mundo, como siempre.

Midorima suspiró. Podía parecer extraño, pero sintió que había alguien de "su parte" en el hospital, y eso le reconfortó, un poco.

…...

El tiempo pasaba, siempre lento, siempre a su propio ritmo.

La habitación estaba llena de risas, de anécdotas nunca contadas de un grupo de amigos, de hermanos, haciendo algo que amaban por todo el mundo.

Midorima iba y venía de su consulta. Atendía otras madres, otros bebés, con la mente puesta en ese cuarto y su preciado par de inquilinos, aunque también estaba tranquilo, ya que le sabía a salvo y rodeado de las personas que lo querían.

Sus padres y su hermana llegaron poco después de que Akashi se marchara. Le agradecía la visita, pero en su condición no quería que pasara mas tiempo del necesario de pie, y su policía había venido a buscarle apenas unos pocos minutos de terminar su turno.

Desde el pasillo podía escuchar sus risas, tan musicales como él.

Apenas puso un pie dentro del cuarto y ya le estaba pidiendo que se acercara.

– Esto tiene que oírlo Shinchan. – Alargó la mano en su dirección para que se acercara, aunque Miyaji seguía sentado a su lado en el colchón.

– ¡Oh! por favor... ¿Otra vez lo de los pantalones?. – Taishuke rodó los ojos. – Si ya lo has contado un millón de veces, todo el mundo lo vio en internet...

– Shinchan no... –Le pidió que viniera entre risas. – Adivina quien se quedó con el trasero al aire delante de veinte mil personas... y no miro a nadieeeee – Estalló en carcajadas por las caras de sus amigos, conteniendo la risa.

– No tiene gracia... – Respondió el "exhibicionista". – ... se me olvidó el cinturón...

– Si que la tiene, si eres el batería y lo ves todo en primera fila. – Taishuke agitó el dedo negando. – Tío, tuve que parar de tocar y todo... tu culo es asqueroso...

– Jaaa jajaja... es que, es que ...¡Ay!. – Takao había empezado riendo, pero la última palabra hizo que el cuarto se quedara en silencio, y todos los ojos puestos en él. – ¡Oh, vaya! esto es un poco vergonzoso...creo que he hecho choff. – Apartó la sábana y se inclinó hacia delante para mirar.

– Tío avisa, si vas a ponerte marrano. – Miyaji se pasó la mano por el pelo.

– No sale. – Murmuró Takao mirando concentrado entre sus piernas. – Si no te gusta no mires, nadie te ha invitado, guarro.

– Creo que deberíamos salir y esperar fuera. – Kimura parecía el único sensato del grupo. – Me parece que ahora viene la parte de los gritos y no quiero verlo...

– Oírlo desde fuera tampoco es que vaya a ser muy tranquilizador. Prefiero quedarme. – El rubio se sentó en el sofá al fondo del cuarto y se acomodó tranquilamente.

– ¿Shinchan?... ¿Voy a gritar?. – La pregunta iba en serio, tan en serio que estuvo a punto de arrancarse a reír por la situación.

– Si puedo evitarlo, no. – Le besó la frente, aunque tomó unos guantes de la caja directamente.

– ¿Que hago?, ¿Me pongo a empujar?. – Preguntó divertido.

– Vale, eso tampoco quiero verlo. – Kimura se levantó y salió al pasillo. – Y vosotros tampoco deberíais... Dejemos al doctor hacer su trabajo.

La habitación quedó en silencio sin pretenderlo. En el pasillo, tampoco hablaba nadie, todos esperaban noticias del médico, las que fueran.

– Es raro... que no me duela. – Le miró, acusador. Midorima entre sus piernas, palpando, buscando los indicios de algo que era evidente; había roto aguas, y ya estaba en camino. – Has puesto algo en el suero, ¿Verdad?.

– Te prometí que no te dolería... – Apretó los labios al ver un poco de sangre junto al líquido transparente. Era normal, lo había visto cientos de veces, pero esta vez era diferente. Era Kazunari... y su hijita.

– Gracias... pero la pequeñaja no saldrá borracha o algo así, ¿No?. – Una sonrisa llenó su cara, y una mueca extraña. No le dolía, pero si que lo podía sentir con todo el cuerpo.

– Un poquito lenta, nada grave. – Acercó el carrito metálico a su lado, con todo el instrumental y pulsó el botón de llamada. Dio las instrucciones precisas para atender el parto ahí mismo, en ese momento.

– Quiero que te pongas de costado. – Aunque se lo había pedido, acabó ayudándole él mismo a colocarse. – Vamos a indicarle por donde salir.

– Tu sentido del humor apesta. – Expulsó todo el aire de golpe. Esa contracción si que la había sentido, como una presión en la parte baja de la espalda. – Pero date prisa, quiero verla...

– Está bien. – Sus manos se posaron juntas, en el vientre, recorriendo con cierta presión la piel tirante, buscando a la pequeña y su postura para saber donde apretar para no dañarla. – Eso que notas, es una contracción... vienen muy seguidas, y empezarás a sentirlas en serio dentro de poco. Quiero que empujes, así de fácil.

– Puedo hacerlo. – siguió con la mirada el fino tubo transparente, hasta la ruedecita, para comprobar que estaba cerrado, y que ya no le entraba nada de suero al cuerpo. – Cógela en cuanto asome, no sea que se escape.

– Ya viene. Respira hondo y suelta el aire despacio. – Una mano en la mitad de su espalda desnuda, por la bata abierta. – Coge aire de nuevo, y cuando estés lleno, empuja hacia abajo hasta que notes que no puedes mas.

Apretó los dientes, siguiendo sus instrucciones, con mas entusiasmo que miedo. Dolía, por supuesto, pero no tanto como le habían dicho, ni imaginado.

Su nenita estaba llegando, no podía detenerse en esas pequeñeces insignificantes.¿Dolor?, no, eso no era nada.

Solo había sido la primera, pero el impacto fue tan brutal que lo sintió por el cuerpo entero. Estaba a punto de gritar, cuando lo sintió. El tacto de Midorima, en un costado, suave, delicado, tocando justo en el lugar en el que le hacía sentir mas cómodo, mas tranquilo.

Su voz.

Calma, plana, monocorde... hasta, por que no decirlo, un poco erótica, profunda.

Kazunari nota la musicalidad en el tono de su voz, su miedo, su alma médica, saliendo del cuerpo en la punta de sus dedos, dándolo todo para ayudarle, a él, y a todos esos bebés que pasan por su tacto cada día.

Otra contracción, mas fuerte y punzante. Ahora si, quiere gritar.

Y otra vez, Midorima, su voz dándole ánimos aleja su atención del dolor. Su cuerpo responde sus órdenes de forma inconsciente, sin pensarlo apenas.

– Muy bien cariño. – Toma una de sus piernas y la eleva, hasta el hombro. Una pequeña sonrisa en su cara le dice que lo está haciendo bien. – Solo un poco mas, lo estás haciendo muy bien... veo su cabeza.

– ¿A ella le duele?, ¿Lo nota?... ¿Le estoy haciendo daño?. – El tiempo pasaba y las contracciones mas seguidas y notables, le estaban agotando, y no veía que avanzaran nada.

– Ella está bien. – Le besó, y esperó el final de la contracción para ayudarle a tumbarse y descansar un poco. – Se que estás cansado, pero quiero que empujes una última vez, ¿Si?.

Takao asintió, pálido por el agotamiento. El dolor, ahora presente, se notaba por todo el cuerpo. Sentía que le ardía la piel, que el pecho bombeaba demasiado deprisa y un tirón interno.

Esperaba, contenido, esa presión que le indicaba cuando tenía que empujar.

– Puedes gritar si quieres, no pasa nada. – Le apartó el húmedo cabello para besar su frente. De nuevo su voz le llegaba tranquilizadora, delicada con él.

– No quiero que mi bebé escuche a su mamá gritando. – Una pequeñita sonrisa llenó sus labios. – ya... ya est...

No terminó la palabra, no quiso decir nada mas. Aprovechó ese instante, esa sensación ya tan conocida para él después de sentirla todo el día.

Empujó, con tantas ganas, que la vena en su sien se hizo presente, su rostro enrojeció entero, un gemido angustioso se deslizó por el espacio de sus dientes apretados.

El silencio solo lleno por el sonido de su respiración contenida, y el palpitar de su cuerpo dentro de la cabeza.

El acuoso deslizar siguió y el temblor en sus piernas cesó.

Un gemido, pequeñito, que venía de la pequeña, le hizo incorporarse, alargar las dos manos y tomarla en sus brazos.

– Hola pequeñita... mi nenita, mira que guapa. – Pasaba incansable la mano por su carita, quitando con el gesto la grasa blanquecina que la cubría. – Estás aquí, mi nena preciosa. – Miró a Midorima, incapaz de dejar de sonreír. – Mira papá, tenemos una niña preciosa... no llores por favor.

Se llevó la punta de los dedos enguantados al rosto, y retiró el guante antes de tocarse. Estaba tan ensimismado en la niña que no se había dado cuenta de que había empezado a llorar.

– Tengo que dársela a la enfermera, para que la limpien y terminar el parto. – Takao hizo un puchero. – Lo haremos aquí, la verás todo el tiempo.

La enfermera estaba en el cuarto, igual que otro médico de soporte, por si ocurría alguna eventualidad, pero ninguno de los dos los había tenido en cuenta durante todo el proceso.

Aún seguía unida a él por el cordón, y tenían que terminar y limpiar la cama y a Takao, pero solo tenía ojos para su niñita.

Los segundos que están separados, aunque en el mismo cuarto, le parecen milenios, pero la enfermera se movía con rapidez y eficiencia, y la niña estaba sana, aunque aún no había llorado en ningún momento, si que manoteaba y emitía soniditos que a su mamá, le sonaban como la preciosa de las canciones.

Midorima terminó, casi al tiempo en el que entraban a cambiar la cama. Le ayudó a ponerse una nueva bata, limpia y fresca, y re-acomodó en la cama antes de recoger todo lo que debía desecharse.

– Bueno, aquí tienes. – La enfermera la depositó en su costado, haciendo a Takao ladearse para mirarla sonriente. – Limpita y tranquila. Voy a por un biberón. Enhorabuena.

Takao no respondió, toda su atención, toda, estaba puesta en su pequeña calvita, dueña de un pequeño mechón en la mitad de la frente, suave y fino. Mejillas llenas, sonrosadas. Todo en ella era precioso. Sus ojos azules, tan abiertos y enormes, pequeñas manitas cerradas con fuerza, primeros pataleos fuera de su mamá.

– Diles que entren, quiero que todo el mundo la vea. – Ya no había nadie mas en el mundo que ella, nadie.

Midorima cambió la bolsa del suero de su soporte por otra nueva y salió a llamar a los de fuera.

Miyaji entró corriendo, haciendo tintinear las cadenas de sus vaqueros.

– Que pequeñita... ¡Enhorabuena tío! ¿Estás bien?. – Takao asintió sin decirle nada. De repente todo el grupo estaba inclinado sobre él y la pequeña, mirándoles curiosos, ilusionados. – Quiero cogerla, ¿Puedo?.

– ¿Estás de coña, no?... ¿Quieres que se ponga a llorar con tu cara de moco pegado?. – Kimura le dio en el hombro. Se quitó la pulsera de pinchos y los colgantes dejándolos en la mesita con ruedas a un lado. – ¿Puedo?.

– ¡Oh, claro! Nadie me tiene en cuenta por que soy rubio. – Mientras hacía morritos, la pequeñita era acunada en los brazos del bajista.

– Que poco pesa, que monada. – Miró a Taishuke. – Tienes que hacerle una foto, para el carnet. – Una sonrisa a Takao. – Queremos que sea nuestra fan número uno con pase especial.

– Ya es vuestra fan. – Midorima entró, junto a sus padres y hermana. – No ha parado de escucharos desde dentro de su mamá. Creo que se sabe vuestras canciones mejor que vosotros.

Takao trató de mantenerse despierto, pero el agotamiento pudo con él. Su última visión del cuarto le mostraba a sus amigos, sonriendo a su pequeña. A sus padres, ilusionados, a su hermana haciendo planes con ella de protagonista, y a Midorima, a su lado, acariciando su pelo mientras la inconsciencia del sueño le arrastraba sin remedio.

…...

Parado en la puerta del hotel, Kuroko duda.

Camina un poco más, aún hay tiempo, demasiado.

Debería estar en el hospital, apoyando a Takao y a Midorima. Pero …

Había tratado de darle sentido al encuentro. Verle de nuevo, era como … la verdad no sabía que pensar sobre ello, que idea hacerse de la situación.

Si hubiera aparecido antes de la visita de los bomberos a la guardería, ni se lo habría pensado.

Pero ahora, todo era diferente, él era diferente. Amaba a Kagami, casi desde el primer día, y no tenía intención de cambiar eso.

Aún así, quería verle, físicamente y no en la pantalla del teléfono, pequeño e irreal.

Había elegido el hotel, por una razón. Fue el lugar de su primera cita, cita seria.

Si Makoto no lo sabía, entendería que era una jugada de la familia, para hacerle mas daño si todavía no se sentían satisfechos con el dolor que le habían causado ya.

Miró alrededor, una última vez, como una extraña necesidad de recordar el paisaje tras él.

Se decidió por la cafetería a un lado, buscó un asiento junto a la ventana, lo suficientemente íntimo como para tener todo a la vista pero como para no destacar.

Pidió un café y miró el reloj en la pantalla del móvil. Era pronto, menos que al principio pero demasiado para la hora.

A su alrededor, el resto de clientes parecían ajenos a sus dilemas, metidos en sus propias conversaciones, disfrutes y esperas.

Suspiró.

¿Qué demonios estaba haciendo ahí?...

Con el teléfono en las manos abrió la agenda. Taiga arriba, el primero, como contacto en casa de emergencia. Apretó su nombre, y miró, con cierta distancia el devenir de iconos rodeando su nombre. Debería llamarle, o mandarle un mensaje... estaba en mitad del turno, pero aún así, sentía que le estaba engañando solo por estar ahí sin decirle nada.

Alzó la vista, mientras decidía que hacer. Un coche negro, lunas tintadas, los cromados plateados resplandecientes como diamantes se detuvo en la acera.

Makoto surgió el asiento trasero, y se quitó las gafas de sol en un gesto lento.

Sus ojos miraban fijamente la fachada del hotel, recorriendo la acera y los alrededores, buscando una cabeza de cabello celeste. Supuso que llegar temprano le daba la ventaja de verle llegar, tener un poco de tiempo para hacerse fuerte y afrontar de un modo adulto lo que significaba todo.

Kuroko se levantó despacio, mirándole sin poder creerlo aún. El cristal de la ventana le pareció un muro infranqueable, le hizo dudar de la razón por la que estaba ahí.

El niño. Su hijo, su pequeño ángel.

Cuando Imayoshi se lo dijo, no le creyó.

Él lo supo, no le escuchó llorar... nadie podía habérselo llevado sin mas. Kise estaba en los pasillos, no era posible.

Hanamiya giró sobre sus talones, le dijo algo al conductor del coche y caminó despacio hasta la puerta del hotel.

Miró su teléfono, como esperando un mensaje de Kuroko, y sus cejas se juntaron al ver que no era así.

No sabía por qué había elegido un traje negro para la cita. Ahora sentía que le sobraban capas, que no podía moverse bien.

Tras la puerta oteó el hall del hotel. Le vió, en la entrada de la cafetería. Unos vaqueros, una camiseta blanca.

Mas delgado, con el pelo mas largo de lo que recordaba, mas pálido... pero él.

Igual de hermoso que la primera vez que lo vió. Incluso esa cara de sorpresa era preciosa.

Acortó la distancia entre ellos corriendo, echando por la borda todos los años de estrictas enseñanzas de protocolo y buenas maneras.

Cuando llegó hasta él simplemente le abrazó, con fuerza.

– Dios... Tetsu... – Aspiró su aroma, cambió los brazos de sitio, se apartó.

Estuvo a punto de besarle, a punto. Pero el profesor parecía rígido, incrédulo, asustado.

– E-eres tu... – Murmuró, tan bajito que sonó mas a aire expulsado que a una frase. – Mak- Makoto me estás apretando...

Una carraspera a su espalda les indicó que estaban llamando la atención. Pasaron al restaruante, a la mesa que había ocupado Tetsuya.

Silencio. Tenían tanto que decirse, tanto que preguntar, que contar, que ninguno de los dos sabía por donde empezar.

Se limitaban a mirarse, de arriba a abajo. Tetsuya le recorrió, mil sensaciones en su mente luchando por salir. Era él, de eso se dió cuenta en el abrazo, había cambiado, se le veía mas mayor, mas serio, pero era él, indudablemente Makoto.

Incluso llevaba el anillo de boda, lo bastante mate como para demostrar que era el suyo.

Tetsuya bajó su propia mano bajo la mesa, la apoyó en su muslo. De repente se sintió como un traidor.

– Tus cosas... las tengo en un almacén... los muebles, todo... nuestras fotos.. – Alargó la mano por encima de la mesa, tomando los dedos del maestro entre los suyos. – Tu... lo siento. Se que no es mucho, pero no sabía nada... mi padre lo hizo todo...

– Shoichi me lo contó. – No apartó la mano, su tacto era real, conocido. – Siento todo lo que has pasado...

– ¿Porqué te disculpas?... no tienes por qué... yo he tenido todo y tu... – Sacó el teléfono. Se lo iba a pasar pero se decantó por arrastrar la silla y ponerla a su lado.

La primera imagen de su hijo, llenó la pantalla al completo.

– Aquí tenía un mes... – Le obligó a posar el aparato en la mesa, por que con el temblor instalado en sus manos, no podía ver bien la imagen. – Fue la primera vez que pude mirarle como un padre... me avergüenza decir esto pero Shoichi se ocupó de todo hasta que... – Desvió la mirada... – Creí que estabas muerto yo... no podía mirarle sin sentir que me rompía el alma.

– Que guapo. – Miró al que era su esposo, aguantando las lágrimas, solo por ver a su niño. – Mira, como se ríe.

Makoto le miró, mientras veía los dos años de su hijo en la pantalla del móvil.

Le vió reír, con la foto del primer año, sus manos metidas en la tarta, una sonrisa enorme. Dos dientecitos asomando abajo.

Otra sonrisa, en la que le habían vestido de reno, en navidad. Su pequeño ceño fruncido, no muy contento con la ropa.

En la piscina de la casa, un bañador de pingüino, un flotador. Shoichi a su lado, los dos sonriendo.

– No es lo mismo, pero... hay algunos vídeos. – Buscó en el archivo y pulsó play en el primero.

– Papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa... – Tetsu dió un respingo al escucharle, esa vocecita punzante. – Papá... men corre...tio Sho pompado un ninosaudio...midaaa.

– Quiero verle. – Le miró, serio. La sonrisa en la cara de Makoto se desvaneció. – ¿Sabe que estoy bien?.

– Es muy pequeño para entenderlo. – Desvió la mirada un segundo para volver a mirarle. – No se como decírselo...

Tetsuya fijó la mirada en el vídeo que se reproducía. El niño no sabía nada de él, no sabía que su madre estaba bien. Había vivido con ellos, con su abuela, sin tener ninguna preocupación, sin faltarle nada. En todas las fotos y videos salía sonriendo, feliz, regordete...

– Aún así, quiero verlo. – Sonó a súplica, una sonrisa triste. – ¿Me pasas las fotos?... me gustaría verlo mas tranquilamente...

– Claro. – Alzó la mano, pasándolo en su cara, por fin. – Llevo todo el rato queriendo hacer esto. – Tetsuya cerró los ojos, paladeando el tacto en su rostro... – ¿Qué va a pasar con nosotros, con lo nuestro?.

Apartó su mano, lentamente, pasándola de la cara a la mesa.

– No hay... tu, estabas muerto... ¿Entiendes?... He estado dos años, yendo cada día a hablar con … – sacudió la cabeza, negando.

– Yo te quiero, Tetsu... No puedes imaginarte lo que ha sido para mí todo este tiempo sin ti...

– Makoto... escucha... Yo. – No quería hacerle daño, pero tenía que dejarle las cosas claras cuanto antes mejor. – Ya no somos los mismos... yo también te quiero, no he dejado de hacerlo en todo el tiempo... pero … – Ahora era él quien tocaba a Makoto en su rostro.

– Siempre hay un pero... – Posó la mano sobre la de Tetsu, había tanto amor en sus ojos, tanto...

– Te amo... pero no a tí... Amo al Makoto de hace dos años... con el que me casé. – Deslizó la mano hasta sus labios, un pequeño beso en la palma. – Ya no somos los mismos. Tu y yo. Mi amor por tí murió contigo... suena raro, lo sé. Estás aquí, a mi lado, puedo tocarte pero ya no estabas... hablaba a un muerto …

– ¿Le quieres?. – Hanamiya le cortó en mitad de la frase.

– Solo quería darme una oportunidad... a mi mismo. – Le vió apretar las mandíbulas, fuerte. – Por primera vez en dos años... he vuelto a sentirme vivo de nuevo, a sonreír...he vuelto a creer que la vida merece la pena...

– No has contestado mi pregunta. – Serio, tomó sus dos manos entre las suyas. – ¿Le quieres, como me quieres a mi, como querías al que era antes?

Tetsu hizo una pausa, suspiró.

– Creo que si. – Makoto dibujó una sonrisa ante esa respuesta.

– A mi me vale con eso. – Tiró de sus manos hacia abajo y acortó la distancia entre ellos. – Ya te enamoré una vez, puedo volver a hacerlo...

Y le besó, cubriendo sus labios con los suyos.

Un beso dulce, sereno, con tanto amor contenido, tanto dolor, tanto anhelo...

Un beso que decía tanto...

Que Tetsuya cerró sus ojos... y le correspondió, con la misma entrega...

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Buenoooo esto se va liandooooo jejeje

Gracias por estar ahí, cap a cap... ya queda menos para el final.

Besitos y mordisktios

Shiga san