Decidido a bañarla, Sesshomaru consiguió apartar las manos de los pechos de Kagome.

Le dedicaría el mismo rato que ella le había dedicado a él, aunque para ello tuviera que negar su propio deseo e ignorar aquellos pechos que su compañera no dejaba de ofrecerle.

«Cuando ha arqueado la espalda... y me ha suplicado que se los tocara.»

Le pasó el paño por el pecho y los hombros, y le masajeó el brazo hasta los dedos. Luego repitió el mismo proceso en el otro brazo. Se detuvo y le cogió las manos, fascinado por lo pequeñas y frágiles que eras comparadas con las suyas.

Toda ella era muy femenina. Tenía los muslos bien torneados, el trasero turgente, las caderas marcadas en la cintura. Su piel blanca lo tenía fascinado, cada una de sus curvas.

La estaba explorando y, por algún motivo, ella se lo estaba permitiendo.

Entre los muchos descubrimientos que hizo, Sesshomaru se dio cuenta de que Kagome no tenía vello en las piernas ni en las axilas. Aparte de la melena y del fascinante triángulo que tenía entre las piernas, el resto de su cuerpo carecía de pelos.

Le encantaba lo suave que tenía la piel, lo distinta que era de él.

Ahora le tocaba el turno a la espalda, y Sesshomaru le dio la vuelta y le apartó la melena, que le pasó por encima de un hombro.

Tuvo ganas de besarle el cuello, pero tenía miedo de que se asustara y creyera que iba a morderla.

Se conformó con pasarle el paño y la mano desnuda por la nuca, describiendo círculos por toda su espalda como si la estuviera puliendo.

Volvió a darle media vuelta y se aferró a una de sus generosas caderas para retenerla mientras le subía el paño por las rodillas. La notó temblar bajo sus caricias.

—No me detengas, Kagome —le pidió con voz ronca—. No volveré a hacerte daño.

El demonio se estaba esmerando, le había enjabonado cada centímetro de piel del ombligo para arriba, y hacia abajo se había dedicado a ciertas partes. Le había pasado el perfil de la mano por entre las nalgas, caricia que la asustó un poco, pero Sesshomaru siguió siendo atento y cariñoso.

Ahora le estaba enjabonando los muslos, centímetro a centímetro, susurrándole algo con aquella voz suya tan sensual. Kagome estaba temblando y contenía la respiración, impaciente por saber qué zona iba a lavarle después.

Pero no fue el paño lo que la tocó allí, sino la áspera y firme mano de Sesshomaru.

—¡Oh!

hmp. —«Suave», susurró él estremeciéndose de placer.

Con la otra mano le sujetaba la cadera para que no se moviera mientras con un dedo empezaba a investigar el sexo de ella. La acarició y le separó los labios con cuidado.

Kagome no podía entender cómo Sesshomaru había sido capaz de controlarse cuando ella lo había bañado. Por su parte se estaba muriendo de deseo, quería sentir sus labios al alcanzar el orgasmo.

—Bésame.

—¿Beso?

Ella se dejó llevar por la emoción del momento y se puso de puntillas. Le sujetó el rostro entre las manos y colocó los labios encima de los suyos.

Sesshomaru se quedó petrificado sin saber qué hacer.

—¿He vuelto a asustarte? —le preguntó sin apartarse, sus respiraciones entremezclándose. El demonio tenía los ojos abiertos y era evidente que estaba confuso. Maldita fuera, Kagome sabía que tenía que dejar que fuera él quien llevara las riendas de aquel encuentro—. Me he excitado demasiado. Perdona. —Empezó a apartarse, temerosa de que volviera a ponerse violento—. No volverá a...

A la velocidad del rayo, Sesshomaru la sujetó por la nuca y la acercó hasta que sus labios se encontraron.

Ahora fue ella quien abrió los ojos desmesuradamente, pero cuando los suyos se cerraron, los de ella también lo hicieron. Kagome envolvió la boca del demonio con la suya, y luego lo hizo de nuevo mientras él no dejaba de acariciarla entre las piernas.

Besos tiernos, inocentes, que la lengua de ella deseaba convertir en algo más. Kagome volvió a apartarse y miró a Sesshomaru, que parecía haber descubierto el paraíso.

Lo besó de nuevo, y esta vez le recorrió la comisura de los labios con la lengua. Él los abrió ansioso y ella se deslizó hacia su interior en busca de su lengua. El demonio gimió sorprendido.

Aunque al principio se mostró un poco inseguro, en seguida le cogió el truco. Pronto su lengua se entrelazó con la de Kagome y los gemidos de placer de ésta se mezclaron con los de sorpresa de él, sin que sus dedos dejaran de tocarla ni un segundo.

Con cuidado, deslizó uno hacia su interior. Y en cuanto lo hizo, ella se estremeció al sentirse tan deliciosamente llena. Pero Sesshomaru apartó la mano de repente y dejó de besarla.

—¿Qué? ¿Por qué has parado?

Él la estaba observando, estudiando su reacción. ¿Tenía miedo de haberle hecho daño?

—Oh, no me has hecho daño. —Le cogió la mano y le besó la palma, y luego volvió a colocársela entre las piernas—. Eso es, Sesshomaru. Debería haberte dicho lo mucho que me gustaba.

Él volvió a deslizar el dedo hacia su interior, pero esta vez un poco más profundo. El sexo de Kagome le envolvió y él abrió los ojos atónito. Ella podía percibir su asombro.

Y entonces lo supo. Nunca había tocado así a ninguna hembra. En algún rincón de su cerebro, comprendió que el demonio era virgen, al menos en lo que se refería al sexo femenino.

—Ah, Kagome. —Cuando más hundía el dedo en su interior, más presión ejercía con el talón de la mano sobre su clítoris.

Ella empezó a mover las caderas hacia aquella mano.

—Me gusta, demonio. —Estaba a punto... a punto—. Sólo unos segundos más.

Pero él apartó el dedo y se inclinó hacia adelante para susurrarle al oído:

—Sexo.

Y le presionó la erección contra el vientre insistentemente. Se rodeó el pene con los dedos y se colocó en posición.

—¡Sesshomaru, no!

—¡Sí! Lo Necesito.

—¡No! —«No lo estropees, por favor, no lo estropees»—. Demonio, por favor.

Justo cuando ella se iba a marchar, Sesshomaru volvió a hablar:

—Beso.

Y le acarició el pecho.

A Kagome le tembló la respiración.

—¿Sólo besos?

A modo de respuesta, él le pasó el pulgar por el pezón y se lamió el labio inferior.

Ella se le quedó mirando la boca y tuvo que morderse la lengua para no gemir.

Sesshomaru siempre había creído que las hembras tenían mayor control que ellos sobre su cuerpo, que podían controlar sus impulsos. Que ellos eran criaturas más animales.

«Por todos los dioses. Mi compañera está temblando de deseo.»

¡Por supuesto que había intentado poseerla!

Ella estaba húmeda y excitada, lo que significaba que lo necesitaba dentro. Así, cuando el sexo se le endureció para estar con Kagome, el de ella se humedeció para poder recibirlo.

Él y suhembra estaban listos para estar juntos.

Pero había aceptado las condiciones de Kagome, e iba a respetar sus deseos, aunque sus instintos demoníacos le dijeran a gritos que tenía que satisfacerla. Le daría placer con la boca, la besaría por todo el cuerpo.

Empezaría por los pechos. De camino a ellos se detuvo en el cuello y se lo recorrió con los labios, besándola justo encima de la marca que le habían dejado sus colmillos. Estos le crecieron y notó que ella se tensaba. «Tiene miedo de que vuelva a morderla.»

Sesshomaru descendió rápidamente en busca de uno de los pechos, y con la lengua atrapó una de las gotas que habían caído del techo. Gimió y le rodeó la punta con los labios, besándosela, cerró los ojos al recorrerle el pezón con la lengua.

Cuando ella gimió de placer y se sujetó el pecho con una mano para ofrecérselo, él se ordenó a sí mismo: «Tienes que durar, Sesshomaru. ¡Concéntrate! No termines antes que ella...».

Oh, sí, a su compañera aquello le gustaba tanto como a él. Sesshomaru le besaría los pechos siempre que pudiese. Kagome se sujetó el otro pecho y se lo acercó para que recibiera las mismas atenciones.

Él empezó a besarlo y olió cómo ella se excitaba todavía más. Atraído por esa esencia, siguió descendiendo con sus besos hasta llegar al triángulo de rizos negros. Kagome hundió su inexistente estómago cuando él la besó justo allí.

Antes, cuando la había tocado por dentro, se había dado cuenta de que el sexo de ella estaba mojado como el agua, pero que al mismo tiempo era resbaladizo como la crema. Ansioso por saborearla, se arrodilló entre sus piernas. Sin ninguna vergüenza, Kagome dejó que le levantara una rodilla y se la colocara encima del hombro. Y cuando Sesshomaru vio su sexo supo que era sencillamente perfecto.

Se quedó atónito y siguió mirándolo durante largo rato, asombrado por aquella piel rosada y brillante. Quería decirle que era preciosa, y volvió a sentirse frustrado por no poder hacerlo.

La acarició allí y ella tembló bajo sus dedos.

Sesshomaru la miró a los ojos y le preguntó:

—¿Beso?

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Oleeeee :3

A cuantas les dio calor? XD

Dejad review hahaha cumpli con la entrega del dia muacks *sale corriendo*