Sesshomaru no regresaba y la culpa la hizo salir en su busqueda.Bajó por la montaña y vio signos de lucha. Era como si hubieran talado los árboles, y eso sólo podía hacerlo alguien que tuviera la misma fuerza que Sesshomaru.

¿Unos demonios habían conseguido atacarlo? Seguro que habían terminado arrepintiéndose. Lo más probable era que ahora estuviera ocupado deshaciéndose de los cadáveres, o quizá cocinándose un par. Con él nunca se sabía.

Estudió las pisadas que había en el claro y volvió a reconocer las de Sesshomaru, pero en esta ocasión detectó también otras. ¿Más demonios?

Una media pisada muy profunda quería decir que el propietario del pie había embestido a alguien, ¿no? Pues había muchas de ésas. Daban vueltas y vueltas. Al final, Kagome dedujo que Sesshomaru avanzaba cojeando con demonios rodeándolo por todas partes. Y luego las huellas desaparecían.

¿Qué? ¿Sesshomaru había permitido que aquellos demonios lo llevasen con ellos? Aunque estuviese muy débil, si oponía la suficiente resistencia, nadie podría llevárselo en contra de su voluntad.

Tenía que averiguar qué había sucedido, así que hizo un hechizo para poder ver al demonio.

«Quiero ver. Quiero ver a Sesshomaru.»

Delante de ella apareció una escena igual que si fuera una pantalla de televisión con mala señal. El demonio estaba sudando como si hubiera estado corriendo por la montaña, pero parecía ir de regreso a la mina.

A pesar de que hacía rato que se había ido, seguía furioso consigo mismo. Todavía cojeaba, y el brazo roto le caía de una forma algo rara, además de que tenía sangre seca por todo el cuerpo.

Kagome volvió a sentirse culpable. Ella no había querido hacerle tanto daño.

Abrió mucho los ojos al presenciar la siguiente escena. Había unos demonios esperándolo. Sesshomaru estaba tan herido y tan distraído que no los vio... hasta que lo tuvieron rodeado. Había como mínimo veinte. El más grande llevaba armadura y era casi tan alto como él. Los otros lo llamaban Hoshi. Y, a juzgar por la cara de Sesshomaru, éste lo despreciaba.

Habían ido allí a capturarlo.

Con los ojos rojos y llenos de odio, vio a su demonio decir algo en voz baja. Estaba furioso.

Hoshi hizo una mueca de desprecio y respondió en el mismo tono. Sesshomaru se abalanzó entonces sobre él y lo empujó contra un árbol.

Pero la armadura de Hoshi absorbió el impacto del golpe. Y, a diferencia de Sesshomaru, Hoshi y sus hombres no tenian la desventaja de estar heridos. A pesar de lo veloz que era Sesshomaru, ni siquiera él era capaz de defenderse de tantos ataques por sorpresa. Los demonios aparecían y desaparecían sin cesar y lo apuñalaban una y otra vez.

«No puedo mirar... no puedo mirar...»

Después de varios intentos fallidos, le lanzaron una red de metal por encima, pero Sesshomaru oponía tanta resistencia que les resultaba imposible someterlo.

¿Cuánto rato había pasado luchando? Sesshomaru se estaba debilitando, y él lo sabía. Pero a pesar de todo seguía enfrentándose a ellos, seguro de que al final saldría de aquélla. Sin embargo, se quedó petrificado de repente. Sus sentidos eran mucho más agudos que los de los otros demonios y había oído a Kagome llamarlo acercándose a donde estaban.

Sesshomaru entrecerró los ojos para pensar y sopesó todas las posibilidades. Kagome se quedó boquiabierta al ver que dejaba de luchar. Había decidido dejar que se lo llevaran.

Justo antes de que lo sometiera, gritó como un poseso dos veces para evitar que los otros demonios pudieran oír sus gritos llamandole. Y desaparecieron.

«Ah, por kami, no.»

Si hubiera soplado más viento, Kagome no habría visto la zona aparentemente poblada. Tenía que ir tras él. Dejando a un lado lo culpable que se sentía por haberle hecho daño y distraerlo, Kagome iría a salvarle y luego lo dejaria y encontraria el modo de volver a su casa.

«¿De verdad eres tan fría, Kagome?» No, no era fría, pero una niño pequeño dependía de ella.

«Sesshomaru también te necesita», le recordó una vocecita en su mente.

—Juro por Kami que no descansaré hasta liberarlo. —Todo acabaría bien, aunque quizá le llevara un poco de tiempo conseguirlo.

Tras hacer ese juramento, se centró en el problema que tenía entre manos: un cerdo llamado Hoshi. Kagome estaba frustada sexualmente. Lo que significaba...

«¡Hoy van a morir muchos demonios!»

¿Cómo podía llegar hasta ellos? El bosque la separaba de la ciudad, y tendría que gastar muchísima energía para ser invencible.

Sí, Kagome había utilizado sus reservas de energía para estar con Sesshomaru, y luego había malgastado mucha para lanzarlo contra la pared. Así que si no administraba su poder, se quedaría sin fuerzas para luego enfrentarse a todos aquellos demonios.

Necesitaba encontrar una fuente de energía. Y todo dependía de una cosa. De que Sesshomaru se alegrara de verla, no habia hecho falta ninguna explicacion Kagome habia caido en cuenta que su cercania al youkai le brindaba lo necesario para aumentar sus reservas de reiki, definitivamente su emparejamiento momentaneo, le permitia canalizar la fuerza del youkai en su propio beneficio. No seria problema salvo por el hecho de que aun no manejaba sus poderes con tanta seguridad como quisiera.

—Ya has completado el círculo, perro —dijo Hoshi desde fuera de la celda de Sesshomaru. Y después de tantos siglos, no eres nada.

Entrecerrando los ensangrentados e hinchados ojos, Sesshomaru se aferró con fuerza a los barrotes de la celda, corroído por la ira. Unos momentos antes, el traicionero Lord había dado órdenes a sus soldados para que lo golpeasen, pero se negó a enfrentarse a Sesshomaru solo... a pesar de que ahora Hoshi tenia ventaja.

—Y tú sigues siendo un cobarde que siempre me ha temido.

Cuando el otro se encogió de hombros, su armadura repicó con el movimiento.

—Tus comentarios no me afectan porque ambos sabemos que he ganado yo. Y tú, perro, siempre perderás. Quizá tardes cientos de años, pero siempre acabarás fallando.

Nunca antes Sesshomaru había sentido tal necesidad de matarlo como la que sentía en aquel mismo instante. Porque todo lo que decía Hoshi era cierto.

«Yo quería vivir con Kagome. Eso es todo.»

Aunque la idea de estar encerrado separado de su compañera lo volvía loco —había jurado que no se separaría nunca de ella— tenía un consuelo. Hoshi no la encontraría a ella. «Así que soy yo quien gana.» Para cuando el lord y sus hombres hubieran terminado de torturarlo y volvieran a la montaña para empezar a inspeccionar el territorio, Kagome ya haría mucho rato que habría desaparecido.

Sesshomaru la había hecho enfurecer tanto que no había ninguna posibilidad de que ella intentase seguirlo. ¡Como si hubiese tenido alguna oportunidad de conseguirlo antes de la mordedura! Kagome se dirigiría a su lugar de origen. Con el poder que había demostrado tener esa misma mañana, estaría a salvo.

«Me hubiese gustado ver su hogar. Dejar que me lo enseñase.»

¿Se preguntaría alguna vez qué había sido de él?

No importaba. Iba a morir allí, y ella estaría a salvo de aquellos demonios.

Hoshi se pasó la punta de la lanza por debajo de una garra.

Sesshomaru recordó a Kagome sonriéndole. Se las había apañado para durar lo suficiente como para proteger a la compañera más exquisita del mundo, para darle placer. «Pude disfrutar de sus gemidos en mi oído y la he podido proteger hasta el final.»

Irguió los hombros de nuevo.

—No sabes nada de mi vida, Hoshi—dijo con petulancia.

—Sólo sé que está a punto de terminar —contestó el otro, volviéndose para llamar a los guardias—. Ya es la hora.

Era hora de que empezase el penoso ritual. «Y yo seré el sacrificado.» Pero aun en ese momento, Sesshomaru sólo se arrepentía de una cosa.

Había roto la promesa que le había hecho a Kagome.

Debía de estar muy enfadada con él. Y Sesshomaru no había conseguido explicarle que la había mordido porque le estaba entregando su corazón. Trozo a trozo, le pertenecía sin remedio.

Y él había querido algo de ella a cambio.

Kagome recorrió la zona cercana al imponente castillo con asco.

No corría aire, lo que habría sido una buena cosa, porque la atmósfera olía a putrefacción. Y sin las nubes de humo, el sol quedaba al descubierto. Huesos blanquecinos y calaveras cornudas estaban tirados por doquier en las calles.

La mayoría de los edificios se veían en ruinas.

Y a cada paso, estaba más y más convencida de que los demonios habían capturado a Sesshomaru para ejecutarlo.

«Si llego demasiado tarde, nunca me lo podré perdonar.»

Al bajar por el sendero principal, vio en la distancia cómo se formaba una aglomeración de personas. Con lo que le quedaba de energía, se camufló para que pareciese que llevaba una capa que le cubría el pelo y todo el cuerpo. Debajo llevaría un elegante vestido de seda, con joyas de oro e incluso una corona.

Si tenía que relacionarse con demonios en una sociedad organizada en clases, tendría que aparentar que era rica y debía estar preparada para dar órdenes.

En ese mundo de amos y esclavos, quizá haría como si Sesshomaru fuese de su propiedad. ¿Acaso no podía el amo infligir un castigo a algo que le perteneciera? Seguramente hasta podría solicitar que lo soltaran con ese pretexto.

Una vez camuflada, fue directa hacia el gentío. Los demonios se estaban juntando alrededor de un patíbulo de piedra cubierto de sangre. En el centro del mismo había lo que parecía ser una pira, excepto por el hecho de que en ésta había grilletes. Detrás había unas colosales estatuas con amenazantes figuras cornudas, que seguramente representaban a los dioses de los demonios.

Al pie de la pira se veían montones de huesos ennegrecidos, y manos y pies carbonizados que se pudrían en los grilletes. Las manos estaban cerradas en puños, y los pies se doblaban hacia abajo.

Los demonios pensaban quemabar a su víctima viva. ¿Tenían pensado hacerle eso a Sesshomaru? «Por encima de mi cadáver.»

Los pobladores que acudían a aquel sacrificio tenía la misma mirada furtiva que Kisuke, y pudo notar cómo esperaban la inminente ejecución con una enfermiza alegría.

¿Y ésos eran los demonios que ella se había planteado buscar en algún momento, a los que quería unirse para volver a su epoca?

Cuando vio a media docena de soldados llevar a Sesshomaru al patíbulo, la embargó una sensación de alivio por haberlo encontrado todavía con vida.

Superada esa sensación, la rabia que sentía hacia los demonios se multiplicó por diez. A Sesshomaru lo habían golpeado.

Empezó a moverse entre la multitud en dirección a Sesshomaru. Pero los youkais eran inmensos, inamovibles.

Los seis soldados hicieron que Sesshomaru tuviese que someterse a la ira de los enfurecidos demonios que allí había, quienes le clavaban sus lanzas hechas de huesos. Y después de eso, ¿aún esperaban quemarlo vivo?

Sesshomaru debía de saber que ése era el destino que le aguardaba, y aun así se había dejado atrapar por Hoshi.

«Para protegerme.»

Los soldados lo llevaron a la parte del patíbulo donde había un tocón de madera. Lo obligaron a arrodillarse frente a él, y lo encadenaron a la piedra, juntando los extremos de las cadenas que llevaba, que cerraron con un candado antiguo.

Lanzó una sonda. Como era de esperar, las cadenas de Sesshomaru estaban protegidas místicamente. Kagome podría abrirlas, pero necesitaría tiempo.

El rostro de él mostraba aceptación, incluso cuando los soldados le colocaron la cabeza en el tocón y uno de ellos levantó una hacha.

Aunque Sesshomaru no emitió ningún sonido, su magnífico cuerpo se removió entre las cadenas, sus ojos azules resignados.

Los guardas le hicieron girar la cabeza sobre el tocón. A Kagome se le hizo un nudo en el estómago.

Lo volvieron a golpear, esa tortura llenó a los demonios de alegría. Y ella apretó los dientes mientras el poder fluía en su interior.

Sesshomaru continuó mirando hacia adelante, con orgullo en el semblante. Kagome no percibió que se sintiera avergonzado en ningún momento. Lo que significaba que o bien no había hecho nada malo... o era un asesino experto.

Deseó que fuese lo último, pues eso haría que su misión fuese más sencilla. Pero no podía creerlo. Lo miró allí arriba, encadenado, con el cuerpo lleno de tajos.

Él era mucho mejor que ninguno de aquellos demonios. «Sesshomaru es noble.»

La debió de oler justo en ese momento, porque empezó a tensar las cadenas, que resonaron con el movimiento. Entonces ella notó una sensación de alegría en su interior.

Se balanceó y gimió.

—Vaya.

Y al instante él contestó a esa emoción con rabia.

«No hay marcha atrás, demonio.» Notó una sensación como si hubiese tomado una droga de la felicidad. Un exquisito poder crecía dentro de ella. Eso sería suficiente para lanzar varios hechizos a la vez, y los iba a necesitar todos... protección, lenguaje y continuar con su disfraz. Mientras se apresuraba a elaborar los hechizos, el demonio que había dirigido la captura de Sesshomaru subió al patíbulo, cubierto de la cabeza a los pies con una armadura; lo llevaba todo salvo el casco.

Aquel Hoshi tenía aspecto de ser astuto a la vez que vanidoso. Y Kagome pensó que debía de estar muy feliz allí, dirigiendo el asunto.

Después de conseguir acallar los frenéticos cánticos de júbilo del gentío, Hoshi se dirigió a ellos:

—Blablablá Sesshomaru Taisho blablablá

Aunque no podía entender lo que el youkai decía, fuera lo que fuese no era cierto.

No podía acordarse de la última vez que se había sentido tan furiosa. «Un consejo, Hoshi: nunca cabrees a una miko que no tuvo sexo .»

«O te lo hará pagar arrancándote la cabeza.»

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