Capitulo

El inuyoukai con gran esfuerzo despues de ser rescatado por su miko, decidio que era hora de volver a su castillo, y asi lo hizo luego de dejar a kagome en su lecho y que la hubieran atendido por sus heridas decidio despedir a todos en el castillo, conociendo el temperamento de su amo nadie se atrevio a contradecirle.

A pesar de que queria creer que las cosas habian cambiado para mejor no sentia esa seguridad. Y las palabras de su hembra al despertar lo confirmaban.

—¿Qué quieres tú de mí? —le preguntó ella.

—Eres mi esposa. El destino me ha unido a ti. Así que necesito protegerte.

—¿Y hacerme tuya?

La lujuria lo sacudió igual que un rayo y se excitó en cuestión de segundos.

—¿Y beber mi sangre?

Sesshomaru se quedó sin aliento. Recordó el último día que habían pasado juntos en la cueva. Tenía grabada en la mente la imagen de ella justo después de tener un orgasmo, con dos gotas de sangre resbalándole por el pecho. La marca de sus colmillos sobre su piel.

—¿Ahora estás dispuesta a permitir que beba tu sangre, cuando antes te negaste? —Trató de recordar lo que había sentido al morderla unas horas antes, pero se le nubló la mente.

—Ahora entiendo por qué lo haces.—Estaba justo detrás de él—. Es para sentirte unido a mí, ¿no? Jamás volveré a negártelo.

«No volverá a negarnos...»

—Sesshomaru, daría lo que fuera para volver a estar contigo. Te he necesitado mucho. —Le colocó una mano en la espalda y luego apoyó la mejilla. Él se tensó—. ¿Tú no?

Kagome le quería, por fin quería que la poseyera. Entonces, ¿por qué Sesshomaru tenía un mal presentimiento? ¿Por qué estaba tan enfadado?

«No hagas caso. Tómala, piérdete en su cuerpo.» La miko podía volver a engañarlo con la misma facilidad que antes y podia rechazarlo otra vez si algo la incomodaba. Pero esa vez, si él le hacía el amor, cuando Kagome lo abandonara por volver a su vida de antes de conocerle podría estar embarazada de su hijo.

Y preferiría no tener hijos antes que dejarlos solos en aquel mundo, vulnerables sin él a su lado para protegerlos y cuidarlos. Sesshomaru no iba a ser como su padre, que lo había abandonado despues de comprarlo a una puta que lo había vendido por un par de tierras, se dio media vuelta para mirarla.

¿Por qué fuiste a la Ciudad de las Cenizas? ¿Querías rescatarme de hoshi para despues abandonarme verdad?

— Habría ido a rescatarte de todos modos. Me sentía fatal por haberte hecho daño...

—¿Y a pesar de todo decidiste hacerme algo todavía peor dejandome solo? —Se pasó la mano por el pelo. —. ¿Sabes qué me dijo Hoshi antes de que lo matase? Me dijo que te perdería.

—No me has perdido, Sesshomaru. Estoy aquí.

Él suspiró abatido.

—Y yo estoy cansado, miko. Ve a ocuparte de tus heridas y déjame en paz.

Ella retrocedió como si la hubiese abofeteado.

—Está bien. —Y regresó al dormitorio.

Sesshomaru oyó el susurro de las sabanas cuando Kagome se tumbó en su lecho.

Se quedó mirando la lluvia a través de la ventana durante mucho rato, esperando a que ella se durmiera. Como siempre, estaba desesperado por estar a su lado.

En cuanto oyó que su respiración se volvía más profunda, se encaminó a la habitación para verla. Kagome rodeaba a la almohada con sus brazos.

Haría —no, había hecho— cualquier cosa para protegerla.

Tal vez no todo había acabado entre ellos dos.

Él seguía sintiendo un nudo en el estómago. «Y quizá eres un idiota.»

Sesshomaru se despertó y se puso en pie de un salto. Había decidido dormir junto a la puerta de la habitación.

Se frotó la cara y miró la noche tormentosa. Sólo había sido un sueño. Y era obvio que Kagome se había recuperado. Entonces, ¿por qué seguía estando tan preocupado por ella?

El único culpable de que tuviera esas pesadillas era él mismo, él era quien había querido descubrir sus recuerdos de su vida "antes de conocerlo". A pesar de que Sesshomaru odiaba soñar con su propio pasado, ansiaba en cambio soñar con el de Kagome y descubrir así más cosas sobre ella.

Con el último mordisco había adquirido nuevos recuerdos, docenas.

Se apoyó en la puerta y trató de unir todos los retazos de información. Vivia en un templo con un anciano y un pequeño. «¿Y ésa es la vida a la que quiere regresar?»

Una vida de la que él no formaba parte.

Miró a Kagome de nuevo. La tenía tan cerca, pero al mismo tiempo la soledad lo abrumaba, mucho más insistente que durante las noches que había pasado en aquella cueva infernal donde se refugiaba durante sus cacerias. Amo del reino del oeste y sin embargo tan vacio.

«Porque ahora sé lo que no tengo...»

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Kagome miró por la ventana para ver si distinguía al demonio por algún lado. ¡Sorpresa, seguía lloviendo!

Los helechos crecían como si fueran árboles, y eran casi tan altos como Kagome. El liquen cubría todas las rocas, combatien

do contra el musgo para ver quién ganaba la batalla final.

En el acantilado todo parecía duro, arrasado por el viento. Allí, entre los árboles, la niebla le quitaba dureza al paisaje, lo acallaba.

Podría dormitar tranquilamente bajo las copas de los árboles, y el interior el bosque era tan frondoso como allí. «¿Se habrá alejado mucho del castillo?», se preguntó al empezar a investigar.

Volvió a acercarse a la ventana y miró fuera con avidez. Ni rastro de Sesshomaru.

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Sesshomaru repasaba mentalmente sus emociones al verla herida a manos del lord Hoshi. Se habia sentido..¿Triste? Estaba muerto de preocupación, consumido por la angustia.

Y a pesar de eso, seguía teniendo dos problemas con respecto a la miko: primero, no podía soportar la idea de perderla, e iba a hacerlo cuando ella lo dejara, cuando regresara a su hogar... Y segundo, no sabía si podría volver a confiar en que ella nunca más le negaria su derecho de companero. Hacerlo contemplar y asumir esa opcion sólo lo haría más desgraciado.

«Me enfrentaré a esto ahora, me negaré lo que más deseo en este mundo.»

Se quedó recordandola. Como el fuego se reflejaba en su pelo negro. Echaba de menos tocarla, echaba de menos morderla. En el cuello, en el pecho. Echaba de menos dormir con ella a su lado...

Kagome iba a preguntarle si tenía frío, pero él salió del agua completamente desnudo. Ella se quedó atónita; no, no tenía frío.

Caminó hacia ella a grandes zancadas, y Kagome estuvo a punto de gemir. El agua se le deslizaba por el torso, y las gotas brillaban encima de sus abdominales antes de alcanzar sus muslos, sus caderas... y lo que había en medio. Sesshomaru se excitó ante su mirada y su pene se alargó todavía más.

Él la había acostumbrado a darse placer muchas veces. Y ahora hacía unas noches que no. Necesitaba desahogarse... sencillamente, necesitaba estar cerca de él.

—¿Qué quieres, miko?

—Hablar contigo. ¿Has pensado en lo que te dije?

Sesshomaru cogió su ropa.

—Ya te dije que lo pensaría.

—Mírame. —Al ver que la esquivaba, insistió—: ¿No? Pues en tu habitacion no podías dejar de hacerlo.

Por fin la miró.

—Eres tú la que nos ha puesto en esta situación. Yo sencillamente trato de sobrellevarla.

—¿Y has decidido no hablar conmigo? ¿Dejar de tocarme?

Sesshomaru se puso los pantalones.

Kagome se acercó a él.

—Sé que todavía sientes algo por mí. Cuando me hirieron estabas angustiadísimo. Te sentiste muy aliviado cuando viste que estaba bien.

—No quería que mi compañera muriese.

«¡Vaya, ha aprendido a ser cínico y sarcástico al mismo tiempo!»

Le tocó el brazo, pero él se apartó.

—¿Qué puedo hacer para que vuelvas a confiar en mí?

—Dejarme en paz para que pueda pensar.

—Está bien si eso es lo que quieres, pero creía que tal vez necesitarías algo más, a juzgar por cómo me mirabas.

—¿Y si necesitara algo más, qué? ¿Qué me ofrecerías, esposa?

—Sexo. Te estoy ofreciendo sexo.

Él se rió con amargura.

—Lo único que estás haciendo es cumplir con un derecho que me corresponde desde hace tiempo.

—Es verdad.

—Y si ahora estás tan predispuesta, ¿por qué no me dejaste que te poseyera antes?

—No me acuesto con cualquiera, Sesshomaru. Y tú al principio estabas fuera de control, a veces me asustabas. Y luego, cuando me ofrecí a ti, me mordiste.

—Y lo he pagado con creces.

—Sí, así es. Pero la verdad sigue siendo que me ofrecí porque sentía algo por ti. Y ya no podía seguir negándolo.

—¿Tan segura te sentías de mí en el bosque? —se burló él—. ¿Cuando tú no estás predestinada a sentir nada por mí?

—Estaba casi segura. Confío en mis instintos, y ellos me decían que tú eras mio aunque lo queria evitar.

—Una historia muy bonita, viniendo de una miko que solo pensaba entretenerme para despues irse lejos.

—Sesshomaru, sé que me llevará tiempo que vuelvas a confiar en mí, pero también sé que terminaré por conseguirlo. Quizá, mientras, pudiésemos disfrutar el uno del otro. Te estoy pidiendo que me hagas el amor.

—¿Para que siga protegiéndote? Te estás ofreciendo a un demonio para poder utilizarle. Igual que antes, miko. Nada ha cambiado.

—Me estoy ofreciendo a ti porque te deseo. —Le cogió la mano y le besó la palma antes de colocársela encima de un pecho, y deslizarla luego por su estómago...—. Tócame, comprueba cuánto te deseo.

Como si tuviera voluntad propia, la mano de él siguió descendiendo. Al tocar la falda se detuvo indeciso.

Kagome contuvo la respiración hasta que sus dedos se desliza

ron por debajo de la prenda . Tembló cuando su palma le rozó el muslo.

Cuando con los dedos le rozaron los pliegues del sexo, frunció el cejo y la miró con reproche y adoración en los ojos.

Un demonio salvaje y atormentado.

—Echo de menos el modo en que me tocabas, Sesshomaru. El modo en que me besabas —susurró Kagome. Estaba más húmeda de lo que él la había notado jamás, temblando de necesidad.

Se le dilataron las fosas nasales al oler el deseo femenino.

—Maldita seas, miko —dijo entre dientes, incapaz de detener sus dedos y dejar de acariciarla. Al notar su calor, el pene se le endureció todavía más.

Ella se inclinó hacia él y apoyó las palmas de las manos en su pecho. Piel contra piel, Kagome murmuró:

—¿Puedes besarme? —Y le lamió el pectoral lentamente.

Sesshomaru se estremeció y con el antebrazo retuvo la cabeza de ella junto a él.

—Otra vez —le pidió con la voz rota, mientras seguía acariciándola entre las piernas.

Ella sacó la lengua y lo lamió hasta que a él le flaquearon las rodillas.

—¿Quieres que te bese? —La soltó—. Entonces acércate a mí.

Ella se puso de puntillas y se le acercó, y cuando se lamió los labios, él fue incapaz de seguir resistiéndose y atrapó su boca con la suya. Gimió; había echado mucho de menos los labios de su miko durante las noches que había pasado velando su convalescencia.

Podía engañarse a sí mismo, podía convencerse de que de verdad estaban juntos, de que no tenían un pasado. Sí, podía fingir que no había nada entre los dos, sólo deseo. La besó con más fuerza, deslizó la lengua hacia el interior de su boca.

Ella empezó a gemir y los dedos de Sesshomaru, que todavía seguían acariciándola, quedaron empapados. Cuando se dio cuenta de que Kagome iba a alcanzar el orgasmo, apartó la cabeza y la mano.

A decir verdad, entre ellos dos no había nada excepto deseo. No estaban unidos, no confiaban el uno en el otro, no tenían futuro.

Ella se apoyó en él y le besó de nuevo el torso.

—Te deseo —susurró—. Hazme el amor, demonio, por favor.

Sesshomaru levantó la vista hacia los árboles; había empezado a llover y las gotas de agua le mojaban la cara. La lujuria lo recorría entero, pero si no confiaba en Kagome, ¿cómo podía compartir algo tan íntimo con ella?

Un rato antes, había recordado que había una manera de estar juntos sin correr el riesgo de dejarla embarazada. «Pero entonces no puedo marcarla, o eyacularé dentro de ella.»

«¿De verdad era tan fácil?» ¿Iba a poseerla aquella misma noche?

En su guarida, cuando pensaba en cómo sería hacerle el amor, se sentía embargado de la emoción, abrumado incluso. Ahora no sentía nada. Se sentía vacío.

«Relájate y disfruta, haz lo que haría cualquier otro.»

Por fin sabría lo que se sentía al consumar el deseo.

Desvió la vista hacia abajo en cuanto ella empezó a acariciar le el pecho, y le dio un vuelco el corazón cuando le pasó una uña por la cintura de los pantalones, adelante y atrás, justo por encima del vello que tenía bajo el ombligo. Se excitó al notar que lo tocaba, la punta de su pene se irguió.

—Oh, Sesshomaru. —Kagome estaba sin aliento—. Dime que pare si no quieres que te toque, amor. De lo contrario...

¿Decirle que parara? Lo que Sesshomaru quería hacer era cogerle la mano y metérsela dentro de los pantalones, quería que lo acariciase; el deseo lo quemaba por dentro y los testículos incluso le dolían.

Kagome pasó un dedo por el extremo más sensible de su miembro y él gimió, consciente de que lo había derrotado. Ella empezó a acariciarlo, pasó la yema por encima de la hendidura del glande hasta que consiguió arrancarle unas gotas de semen.

«Derrotado.»

Sesshomaru le cogió la muñeca y le apartó la mano, y, acto seguido, la tomó en brazos. La llevó hasta donde yacian su yukata, donde la tumbó para poder quitarle la ropa.

En cuanto la tuvo desnuda, se sentó sobre los tobillos y soltó el aire que había estado conteniendo. Se quedó mirándola, abrumado por su belleza, ebrio de ella.

La niebla le humedecía la piel perfecta. Los pezones rosados subían y bajaban con cada inspiración, los tenía erectos, como si le suplicaran que los besara.

Los ojos de Kagome parecían brillar de deseo.

—Sesshomaru, por favor, no pares ahora. —Estaba apretando las piernas y su cuerpo temblaba ansioso.

—Koishi... Yo nunca... No sé cómo...

—A mí puedes contármelo todo.

—Yo nunca he hecho esto antes y... —Quería expresar bien lo que sentía. No quería hacerle daño, sólo quería darle placer.

Ella se limitó a levantar una rodilla y a separar las piernas para dejar al descubierto los resplandecientes rizos de su entrepierna.

Un gemido se escapó del pecho de Sesshomaru, que se quitó los pantalones y le dijo:

—Me has vencido. —Desnudo, se arrodilló junto a ella—. Esta noche serás mía o moriré de deseo.

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Hola muchachas! Antes que nada pido disculpas el trabajo agota mis fuerzas y ganas de escribir ya casi llegamos al final muajaja gracias por sus reviews!

Hasta pronto *sale corriendo*