Kuroshitsuji pertenece a Yana Toboso


Durante los primeros tres días, Clayton había pensado que solo era casualidad. Después de todo, todo el mundo tenía una mala racha ¿no?

A los cinco días ya empezaba a pensar que aquello era bastante raro; y oía las palabras de advertencia de Violet hasta en sueños.

Al final de la semana llegó a una conclusión: estaba total e irremediablemente gafado; lo que le llevó a tomar medidas.

En primer lugar, hizo lo que todo buen Shappire Owl haría: buscar las causas. Pero, por mucho que se esforzase, no se le ocurría ninguna. No recordaba haber roto ningún espejo, ni pasar por debajo de una escalera, ni cruzarse con un gato negro, ni nada de lo que, según lo que sabía, producía mala suerte.

Y ya que no daba con la causa, pues intentaría buscar una solución, por temporal que fuese. Tras mucho leer y pedir consejos consiguió todo lo que necesitaba. El problema era que, con todo lo que llevaba encima, parecía el puesto ambulante de una bruja gitana.

Llevaba encima tantos crucifijos que podría montar su propia santería, varias patas de conejo atadas a la cintura, una herradura en el bolsillo de la chaqueta (benditos establos) y una ristra de ajos en la cartera (cuando los pidió en la cocina pensaron que se había vuelto loco).

Además, recitaba el libro entero de oraciones varias veces al día, tocaba madera tantas veces que se le había desgastado el escritorio y arrojaba sal por encima del hombro izquierdo hasta cuando se duchaba.

Después de varios días con esos métodos llegó a una conclusión: no servían para nada. No había forma de que algo le saliese a derechas y estaba comenzando a desesperarse. Tendría que buscar otra solución… cuando se levantase de su más reciente caída. Ya era la cuarta vez ese día que acababa besando el suelo.

-¿Se encuentra bien, joven Clayton?-

El aludido miró hacia arriba. El profesor Michaelis le miraba con expresión preocupada mientras le tendía la mano.

En un arrebato de desesperación, Clayton se abrazó a sus rodillas y le miró con ojos suplicantes. Era su única esperanza.

-¡Profesor Michaelis, por favor, la mala suerte me persigue, por favor haga algo, se lo suplico!- gritaba entre sollozos.

-Está bien, hijo mío- decía el profesor con voz conciliadora-. Mañana por la tarde ven a la capilla y discutiremos a fondo esta cuestión. Este no es el mejor lugar- añadió mirando avergonzado a su alrededor.

Entonces Clayton se dio cuenta. El pasillo estaba lleno de gente, unos aguantándose la risa y otros mirandole como si fuera un demente.

Incapaz de soportarlo, salió corriendo para encerrarse en su habitación ¿Pero cuando se acabaría aquello?

Sebastian, por su parte, decidió que tendría que hablar con su joven amo. Aquella situación con Clayton podría servirles para algo… aunque fuera para echarse unas risas.