Clayton iba hacia la capilla, sintiendo las miradas clavadas en su nuca y los susurros a sus espaldas. Se había hecho más popular en apenas una semana que en los cinco años que llevaba en Weston Collegue. Y no por sus meritos precisamente.
Sus caídas, accidentes y desastres en general en esos días se habían hecho ya legendarios. Los alumnos le señalaban por los pasillos, comentaban su última "hazaña" y hasta alguna vez había escuchado a los de primer año haciendo apuestas sobre cuando y como se iba a escoñar a continuación.
Y no podía más. Como el profesor Michaelis no le encontrase remedio a su problema, se acabaría ahorcando en su cuarto. Aunque, tal y como estaban las cosas, lo mismo se le rompía la cuerda antes de espicharla.
Entró en la fría y silenciosa capilla y se dirigió al confesionario, no sin antes destrozarse el dedo gordo del pie contra uno de los bancos. No había que perder las costumbres.
Entró al confesionario casi rompiéndose la cabeza. En ese momento oyó la voz del profesor Michaelis al otro lado de la cabina.
-¿Se ha hecho daño?- preguntó el docente con voz aparentemente preocupada. Lo que Clayton no podía ver era la ancha sonrisa que adornaba su rostro en esos momentos.
-No se preocupe, estoy bien- respondió Clayton frotándose la cabeza.
-Y ahora, dígame ¿Qué le tiene tan preocupado?-
Clayton aprovechó la oportunidad y se explayó a sus anchas. Se lo contó todo, como un enfermo contándole los síntomas de su enfermedad al doctor. En cuanto acabó, se sintió como si le hubieran quitado un enorme e invisible peso de sus hombros.
-Así que-dijo pensativamente el profesor-, por alguna razón, está teniendo una cantidad de mala suerte terrible que está afectando mucho a su rutina diaria.
-Eso es. No hay nada que me salga a derechas y yo no puedo vivir así. Por favor haga algo- el tono de Clayton se había vuelto más suplicante a medida que hablaba.
El profesor permaneció unos instantes en silencio reflexionando (fingiendo reflexionar, realmente) hasta que por fin respondió.
-Bien, aunque no puedo dar con la causa, es evidente que sus flujos de chakra están mal alineados, lo que provoca una alteración negativa de su porvenir causándole desgracias-
-Comprendo-dijo Clayton aunque realmente no había entendido ni una palabra. Pero el era un miembro de la casa azul, así que no le pillarían sin saber algo-. ¿Y hay algún remedio?-
-Sí. Verá, mi tía abuela, una muy respetable abadesa del convento de Sotoancho, tenía una poción para la buena suerte que era un autentico milagro. Tómese un trago cada hora y verá como su suerte mejora en un par de semanas-
Clayton levantó una ceja, escéptico. Había oído de remedios para la mala suerte que había que colgar, llevar puestos… ¿pero beberlos? Aún así decidió fiarse del profesor. Después de todo, era un hombre sensato, integro y fiable. Sin sentido del espacio personal, pero muy fiable.
-Muchísimas gracias- respondió al fin sintiendo un inmenso alivio- ¿Dónde tiene la receta?
-Ah, justo esta mañana se la di al joven Phantomhive. El pobre niño estaba tan desesperado por ayudarle que me la pidió. Ahora debe estar haciéndola.-
Los ojos de Clayton se llenaron de lágrimas. Lagrimas de felicidad y agradecimiento. Desde luego, Pahntomhive era un amor. Le daría las gracias en cuanto le viera.
Se despidió del sacerdote con voz medio ausente y salió del confesionario, tan abstraído en sus pensamientos sobre la bondad humana, que no vio la pared de piedra hasta que se dio de morros con ella.
Sin él saberlo, dentro del cubículo donde estaba el profesor Michaelis, tenía lugar una conversación trascendental.
-Realmente, Joven Amo, hay que ver las cosas que me hace decir- se medio quejaba cierto mayordomo demoniaco.
-Cállate. Era necesario- dijo el conde Phantomhive intentando levantarse. Había escuchado toda la charla sentado en el suelo de la cabina y se estaba sintiendo ya incomodo. Y, con lo estrecho que era aquello, no le quedó otra que sentarse en las rodillas de Sebastián.- Si estamos ayudando a Clayton con esta estupidez, es porque así podré hacer meritos con él para la reunión a medianoche.
Sebastián sonrió con cinismo. El sabía los verdaderos motivos. El director aún no había dado fecha para la reunión y el pequeño conde se estaba aburriendo como una ostra. Ayudar a Clayton era una forma de combatir la rutina.
-Por cierto, Sebastián- volvió a hablar el conde- ¿Cuál es la receta de la "pócima de buena suerte"?- preguntó con una sonrisa burlona.-
-¿Quiere hacerla?-inquirió el mayordomo pensando que, por una vez en su vida, su amo se colocaría detrás de un fogón de cocina.-
-Ni hablar- negó el conde. Los sueños del demonio de ver a su amo en delantal, al garete- Solo quiero ver qué va a beber Clayton exactamente. Dependiendo de lo que sea, puede que me dé pena y todo.-
Sebastian sacó un papel del bolsillo de la sotana y se lo tendió a su amo, quien leyó con interés.
Ingredientes:
Varias cabezas de ajo.
Hojas de col de Bruselas.
Un filete de pescado, preferiblemente lubina.
Un puñado de uvas.
Una mezcla de albahaca, tomillo y romero.
Un chorro de aceite.
Sal
Un trago de vino.
1L de agua bendita.
Preparación:
Machacar los ingredientes sólidos.
Mezclarlos con los demás ingredientes.
Echarlo todo al agua bendita y remover hasta que se mezcle.
Servirlo.
Ciel leyó varias veces, debatiéndose entre reírse o vomitar. Si eso no quitaba la mala suerte de Clayton, al menos limpiaría su estomago de una manera que ni el mejor purgante.
-Maravilloso- dijo con una gran sonrisa devolviéndole el papel a Sebastián. De repente pensó en algo.- Realmente, ¿Qué le pasa a Clayton?
Sebastián le explico con una sonrisa las verdaderas causas del infortunio del muchacho. El conde lo miró con los ojos (o al menos con el ojo bueno) como platos.
-O sea, que su mala suerte es por… y por culpa de…-balbuceó tratando asimilar toda esa información. Finalmente se dio una palmada en la frente- ¿Cómo hemos acabado en esto?-
-Culpe a la autora- dijo Sebastián fulminando a la susodicha con la mirada.-
Al día siguiente, Clayton se dirigió a su estudio, recordando que ese día empezaría su "tratamiento" contra la mala suerte; lo que le levantaba mucho el ánimo.
Nada más entrar, se encontró a Phantomhive esperándole con una sonrisa y una botella en su escritorio. Antes de que ninguno de los dos supiera lo que estaba pasando, Clayton había estrechado al menor entre sus brazos mientras lloraba y le agradecía histéricamente.
Ciel consiguió que recuperase la calma antes de que alguien apareciese por ahí y pensase que habían perdido la cabeza (tenía una imagen que mantener). Clayton por su parte miraba con interés (y asco) la botella.
El color del líquido (por llamarlo de alguna manera) no invitaba exactamente a beberlo. Abrió la botella y olió cautelosamente. Casi inmediatamente, se tapó la nariz aguantando las ganas de vomitar. Decir que era asqueroso era quedarse corto.
-Se que no tiene buena pinta-dijo Ciel con una expresión de niño cándido y encantador digna de McMillan-, pero el profesor Michaelis me aseguró que funcionaria.-
Clayton suspiró. Phantomhive tenía razón, además cuanto más asquerosa era una medicina, más efectiva ¿no? Así que, sin pensárselo, se bebió un trago. Era tan asqueroso como parecía.
A lo largo del día, Clayton se lo tomó, sin fallar, una vez cada hora en punto. A cada trago se iba poniendo más verde, hasta que, a la hora de la comida, su estomago no resistió más. Empezó a vomitar como si sus entrañas quisieran librarse de toda la porquería que había bebido. Tuvieron que llevarle a la enfermería entre varios.
Lo que más lamentaba, pensó, era que aquello ya no le servía para nada. Echado en una cama de la enfermería, recuperándose del dolor de estómago, decidió que tenía que averiguar las causas de su mala suerte. Cuanto antes supiera lo que pasaba, antes tendría que dejar de tomar aquel mejunje.
De pronto se acordó de las novelas de detectives que solía leer ¿Cómo no había pensado en eso? ¡Tenía que hacerse las mismas preguntas que los detectives para resolver su caso!
¿Qué? Una mala suerte que lo iba a acabar matando.
¿Cuándo? Desde hacía más de una semana.
¿Dónde? Mayormente fuera de las clases y del tiempo del sirviente.
¿Por qué? Eso quisiera saber el.
¿Quién? Nadie… ¿¡!?
Clayton se incorporó en la cama tan rápido que casi se abrió la frente con el cabecero ¿¡Como no lo había pensado antes!? ¡Le estaban echando un mal de ojo! ¡Todo cuadraba!
La mala suerte solo paraba en las clases y en el tiempo del sirviente, justo cuando quien fuera estaría demasiado ocupado como para maldecirle. No se remediaba porque la maldición seguía activa y era tan bestia porque lo estaban maldiciendo con saña.
Se echó de nuevo en la cama, extasiado por su descubrimiento ¡Todo lo que tenía que hacer erea atrapar al responsable y obligarle a liberarlo de la maldición!
-Ya verás- pensó- . Te atraparé y tendrás que pedir perdón de rodillas ¡Te lo juro, quien quiera que seas!
Lamento decir que tardaré en actualizar porque pronto empezaré las clases. Perdón por las molestias
