Sesshomaru farfulló unas palabras que ella no escucho con claridad. Pero significaran lo que significasen, Kagome supo que expresaban algún sentimiento, y le demostraron que no le había perdido para siempre.

Cuando se arrodilló a su lado, volvió a recordarle a un dios dorado. El enorme cuerpo del demonio era puro músculo.

Un mechón de pelo mojado se le había pegado a la mejilla y sus ojos ambar brillaban, ahora completamente rojos.

Pero al seguir con la vista el camino de vello dorado que conducía a su erección, Kagome se preocupó un poco al ver lo grande que era. Si no iba con cuidado, le haría daño.

«Confía en él, tú le has pedido que te hiciera el amor.»

Sesshomaru se tumbó a su lado, y ella se volvió hacia él para tocarlo.

El demonio la miró serio y negó con la cabeza.

—No —dijo dominante —, no me toques más o terminaré en tu mano.

Y, acto seguido, le cogió las muñecas y se las retuvo por encima de la cabeza con una mano. Se acercó dos dedos de la otra a los labios y se arrancó las garras.

Ella tembló de emoción, y su sexo se estremeció de las ganas que tenía de sentir aquellos dedos en su interior.

—Entonces tócame tú, demonio —susurró, y dejó caer ambas rodillas al suelo.

Con un gemido, Sesshomaru la acarició con la palma y la cubrió como si le perteneciera, antes de deslizar el dedo índice dentro de ella.

—¡Sí! —Kagome se deleitó en la caricia, a pesar de que ansiaba más.

Él agachó la cabeza y le besó los pechos, su lengua ardiente le recorrió los pezones. Con la frente arrugada de tan concentrado como estaba, Sesshomaru rodeó un pecho con sus labios y farfulló como un poseso lo dulce que sabía... lo mucho que había soñado con su olor.

Cuando la penetró con otro dedo, ella estaba ya al borde del orgasmo.

—Dime que estás lista —le pidió él antes de dirigirse al otro pecho—. Quiero... hacerte mía. —Movió los dos dedos con de

terminación—. Ah, poseerte de este modo. —Otro movimiento firme de muñeca. Sesshomaru podía sentir que sus palabras la excitaban todavía más—. Mi esposa está húmeda, necesita terminar.

—Sí, estoy lista —dijo con toda la desesperación que sentía—. Por favor, demonio...

Él se colocó entre sus piernas, su piel brillaba por la lluvia, su sexo temblaba ansioso. Tenía los ojos rojos como el fuego y ardían decididos.

Es tan guapo. «Y está a punto de ser mío.»

Él se sujetó el miembro y lo guió hacia el sexo de Kagome.

—Dime que me deseas, miko.

—Te deseo, Sesshomaru. —Gimió en cuanto notó que la punta se deslizaba en su interior—. Jamás he deseado a nadie como a ti.

Él desvió la vista hacia donde sus cuerpos se unían y tragó saliva, nervioso y excitado al mismo tiempo.

—Por fin sé lo que se siente.

«Por fin estoy con mi esposa.»

—Sí, sí —murmuró ella arqueando las caderas sin ningún pudor.

Con cada ondulación, el sexo de Kagome humedecía el pene de Sesshomaru, dejándole probar lo que sentía cuando empujaba.

Él quería perderse en su interior, quería que su cuerpo lo en

volviera por completo.

—Ve con cuidado durante un rato.

La lluvia caía sobre la piel de Kagome, y Sesshomaru empezó a echarse hacia adelante, gimiendo a medida que el calor de ella le daba la bienvenida. Cuando su sexo lo atrapó, él ya no pudo dejar de mirarlo, y se quedó sin aliento al sentir lo apretada que estaba. «Después de haberme pasado tanto tiempo preguntándo

me cómo...»

—Despacio, demonio. —Se aferró a los hombros de él y cambió de postura, buscando una que le permitiera a él penetrarla por completo—. Por favor.

«Despacio. Tengo que conseguirlo.» Colocó las manos temblorosas detrás de los muslos de ella, le separó las piernas un poco más, y, despacio, fue deslizándose. Su pene había empezado a temblar, incluso le dolía. Y ni siquiera había llegado a la mitad.

Él seguía mirando la unión de sus cuerpos. Un sentimiento similar a la pena lo invadió cuando se dio cuenta de que jamás encajarían. El delicado físico de Kagome no estaba hecho para al

guien como él.

—miko, no puedo... —Ella lo miraba con los ojos llenos de deseo—. Tú no... —¿Cómo podía preguntárselo? Apenas era capaz de formular sus propios pensamientos, así que darles voz estaba casi fuera de su alcance—. ¿No te hago daño?

—No, Sesshomaru. —Movió la cabeza, y la exquisita esencia del pelo de ella lo embriagó.

«¿De verdad?» Si ella no estaba preocupada, entonces podía relajarse. Kagome sabía mejor que él cómo funcionaban aquellas cosas.

—Demonio, casi estás a... —Se quedó sin aliento al notar que él llegaba hasta lo más profundo de su cuerpo. El calor lo en

volvía por completo—. ¡Ah, ahí! —Arqueó la espalda y el sexo de ella se deslizó por su erección.

Sesshomaru casi perdió el conocimiento.

—¡Kagome! —gimió, aturdido por el placer—. No hay nada mejor. —Quería saborear el momento, deleitarse en aquella unión. Pero el instinto lo empujó a moverse, le exigió que empujara con las caderas. Retrocedió por primera vez. Y sintió tantísimo placer que un rugido desgarrador se escapó de su pecho. Tensó la espalda.

Otro movimiento de caderas.

«Dioses santos.» Hasta aquel instante no sabía lo que era vivir.

Gimió y la miró, y le dijo en demoníaco que era preciosa, perfecta.

Que estaba en el cielo.

Se tumbó encima de ella y se movió hacia adelante, desespera

do por poseerla del modo más básico.

Ahora sí que le estaba haciendo daño.

—Tranquilo, demonio. —Él no parecía oírla. Al principio le había gustado mucho, pero él se estaba excitando cada vez más y su erección no paraba de crecer. Kagome podía sentir cómo tem

blaba en su interior—. Por favor, ¿puedes esperar un segundo, por favor?

Él se incorporó un poco y la miró incrédulo, como si despertara de un sueño. Pero dejó de moverse.

Negar sus instintos era pura agonía. Tenía la mandíbula tan apretada que temblaba y los músculos del torso, de los brazos y del cuello tan tensos que se le marcaban bajo la piel.

—¿Te estoy haciendo daño? —preguntó con mucho más acento que de costumbre.

—Sí, un poco. Necesito acostumbrarme a ti.

La frente y el torso de Sesshomaru se empaparon de sudor.

—¿Qué... qué puedo hacer?

—¿Puedes besarme aquí otra vez? —Le ofreció un pecho.

Él frunció el cejo como si ella le hubiera dejado completamente descolocado.

Gimiendo desesperado, le acarició los pechos y se acercó un pezón a los labios. Su hambrienta boca se lo besó hasta casi rozar la agonía.

Kagome arqueó la espalda.

—¡Más, demonio!

Sesshomaru se dedicó al otro pecho, sin olvidar el que había estado besándole antes, que pellizcó con los dedos.

Ella no tardó en ansiar que él se moviera en su interior.

—Ahora —le suplicó, moviendo las caderas y pidiéndole que hiciera lo mismo—. Estoy lista.

Como respuesta, el demonio se movió despacio.

El placer recorrió todo el cuerpo de Kagome.

—¡Ah, sí! —No le dolía. Era puro éxtasis—. Más...

Otro movimiento de caderas.

Ahora que nada la distraía, se dio cuenta de que Sesshomaru acertaba con precisión en el clítoris con cada uno de sus movimientos. Se dio cuenta de que las sudadas caderas de él rozaban la parte interior de sus muslos.

Se dio cuenta de que la llenaba por completo, como si formara parte de ella. Un único ser, sin principio ni fin.

—No puedo parar otra vez, miko —gimió Sesshomaru contra el pecho de Kagome.

—¡No, hagas lo que hagas, no pares! —gritó ella en cuanto él echó las caderas hacia atrás.

Su esposa quería que continuase. Aferrándose al poco auto

control que le quedaba, y decidido a hacerla llegar al orgasmo, Sesshomaru la obedeció.

Volvió a mover las caderas una y otra vez hasta que por fin encontró el ritmo.

—Bebe mi sangre —le pidió Kagome mientras sus cuerpos se pegaban el uno al del otro.

Él se incorporó sobre los brazos.

—¿Qué has dicho? —Empujó y a ella le temblaron los pe

chos. Los pezones excitados, todavía húmedos de la lengua de él. ¿La había oído bien?

—Muérdeme el cuello...

—No puedo. —A aquellas alturas tenía serias dudas de si sería capaz de apartarse a tiempo.

Y seguro que no podría si la sangre de Kagome corría por sus venas.

Ella movió la cabeza desesperada.

—Muérdeme el pecho y bebe mi sangre, igual que la última vez.

—¡Basta! Cállate —le suplicó, a pesar de que no podía dejar de mirarla. Su suave piel lo atraía sin remedio. Beber su sangre mientras le daba placer...

¿Qué sentiría al hundir los colmillos en su cuello mientras otra parte de él seguía dentro del cuerpo de ella? ¿Cómo sería estar bajo la piel de Kagome de dos maneras distintas al mismo tiempo

Sacudió la cabeza, decidido a contenerse, a no caer en la tentación de morderla. Los gemidos de Kagome eran cada vez más constantes, le clavaba las uñas en la espalda para atraerlo hacia si. Estaba al borde del orgasmo, y él quería que lo alcanzara. «Entrégate a mí, miko...»

Sesshomaru se movía entre sus caderas, guiado por el lujurioso calor que emanaba de ella. La cogió por la nuca y la levantó.

—Nunca podré renunciar a ti. Nunca dejaré que te vayas.

«¡Entrégate a mí!»

—Demonio... —La angustiada expresión de Kagome se convirtió en otra de puro éxtasis y los ojos le brillaron como estre

llas—. Oh, me estás... —Echó la cabeza hacia atrás y gritó—: ¡Sesshomaru! ¡Sí, sí!

Él notó que ella apretaba los músculos al alcanzar el clímax, envolviendo su pene de aquel modo que había imaginado tantas veces.

Pero la realidad era mucho mejor que todas sus fantasías. El olor de ella, sus gritos, el modo en que su cuerpo se movía deba

jo de él. Moverse en su interior mientras tenía un orgasmo...

—¡Por todos los dioses, Kagome! —gritó.

Iba a explotar. El sello iba a romperse, el semen estaba subiéndole. Había esperado cuatrocientos años para eyacular, para ofre

cerle su parte más íntima a otra persona.

Cuando estuvo tan excitado que ya no podía ni moverse, cuando estaba a punto de tener el mayor orgasmo de toda su vida, su mente le susurró:

«Sólo es deseo»

—¿Qu... qué? —Kagome no entendía nada—. ¿Qué has hecho?

¿Sesshomaru se había apartado antes de terminar?

El demonio alcanzó el orgasmo encima del estómago de ella, estremeciéndose mientras gritaba su nombre. Y Kagome sintió como si la hubiese abofeteado. Ni siquiera se había roto el sello demoníaco, ni siquiera había eyaculado.

Ahora yacía encima de ella, con el corazón retumbándole en el pecho, moviendo las caderas lá ¿por qué tenía ganas de llorar?

—Bueno, ya puedes levantarte.

Él levantó la cabeza a duras penas, todavía estaba sonriendo.

—No sé si puedo moverme, mujer.

Esa media sonrisa casi fue la perdición de Kagome. Se lo veía tan joven, tan relajado...; tenía los ojos completamente ambar.

—No me moveré hasta que lo hayamos hecho otra vez. —Empezó a excitarse de nuevo.

—Apártate.

Sesshomaru frunció el cejo ante su tono de voz y se apoyó en los codos.

—¿Te he hecho daño?

Se lo había hecho, pero no del modo que él imaginaba. Se echó hacia atrás y salió de debajo de él.

— ¿qué pasa? ¿He... he hecho algo mal?

—Dame un segundo, Sesshomaru. —Ni siquiera podía procesar lo que estaba sucediendo. Acababa de tener la mejor experiencia sexual de toda su vida, había sentido la conexión emocional más intensa desde que tenía uso de razón, y él la había estafado. ¿Por qué lo había hecho? ¿Cómo había sido capaz de hacérselo?

Antes de alcanzar el orgasmo, le había parecido que Sesshomaru estaba completamente entregado.

Pero claro, él no confiaba en ella. Y en el fondo de su ser quizá incluso la odiaba. O ambas cosas.

Lo único que Kagome sabía seguro era que Sesshomaru había sido capaz de negar su instinto demoníaco, de negarse a sí mismo aquel placer con tal de asegurarse de que no se quedaba embarazada de un hijo suyo.

A pesar de que había jurado que jamás la abandonaría, que ja

más la dejaría ir, odiaba cada minuto que pasaba con ella.

—¿Por qué no me miras? —le preguntó cuando Kagome empezó a vestirse—. ¿Estás enfadada por cómo he terminado? ¿Está mal visto en los de tu especie?

—Es sólo que no esperaba que lo hicieras.

—Lo sé. Si llega a ser mejor, no habría podido apartarme.

—Segunda bofetada de la noche —farfulló ella. Y luego añadió—: Pero has podido.

—¿Estás enfadada por eso? No sabía que querías tener un hijo.

Esperó a estar vestida para enfrentarse a él.

—¡Y no quería! ¡No quiero! —Se apartó un mechón de pelo mojado de la frente—. No es que quiera tener un hijo, pero creía que tú necesitabas romper el sello y seguir tus instintos y todas esas cosas. Al fin y al cabo, soy tu alma gemela.

—Sí, y mis instintos han sido... insistentes —dijo él como si le estuviera explicando que dos y dos suman cuatro—. A mí también me sorprende haber sido capaz de negarlos.

—Si esos instintos han sido tan insistentes, señal de que tus motivos para terminar fuera de mí también lo son. Mira, comprendo por qué lo has hecho. Si me dejas embarazada, yo podría desaparecer y tú nunca sabrías dónde está tu importantísimo heredero.

Sesshomaru se concentró para entender algunas palabras, las comprendió se quedó atónito.

—¿Heredero de qué, Kagome? —solto recuperó la compostura y añadió—: Lo he hecho porque sé cómo tratarías a mi hijo.

—¿Qué? —Tercera bofetada de la noche—. ¿Crees que maltrataría a mi propio bebé?

—Tú misma lo dijiste, hay cosas con las que uno no puede arriesgarse. Yo tengo que estar presente para proteger a mi hijo.

—¿De quién?

—De cualquiera, de todo —dijo— Sesshomaru tenía razón, tenía que quedarse con él para que la protegiera.

A pesar de que acabara de hacerla sentir sucia y poca cosa. «¡Quiero recuperar mi vida!»

—Sabes que es verdad. Y yo no quiero que mi hijo sea tan vulnerable.

—Te olvidas de una cosa: el bebe me tendria a mí.

—¿Crees que alguna vez podré olvidarme de eso, miko que puedes irte sin mi?

Kagome había oído hablar de amores que podían superar cualquier obstáculo. Pero también había oído decir que había cosas que una pareja era incapaz de sobrellevar. Y empezaba a temer que ella y Sesshomaru no iban a poder con el pasado con su rechazo inicial.

Él se puso de nuevo los pantalones.

—Estás enfadada conmigo sin motivo.

—Y tú me estás tratando como si fuera una zorra malvada capaz de abandonar a tu hijo. Yo no soy así. A decir verdad, no soy mala persona. —Sabía que Sesshomaru había tenido una vida muy difícil, que había sobrevivido a cosas que ella ni siquiera podía imaginar. Kagome podía entender que desconfiara. «Pero no sé qué puedo hacer»—. ¿Me perdonarás algún día? ¿O siempre creerás que soy una mentirosa?

—¿Y qué harías si te dejara embarazada?

—No te separaría de tu hijo. —Como si pudiera. Entonces se dio cuenta de que Sesshomaru siempre formaría parte de su vida. Para lo bueno y para lo malo. Él estaba ahora en su vida y no se separaría de ella por las buenas.

Quizá el demonio tuviera razón al querer mantener cierta distancia emocional. Su relación estaba condenada.

Entonces, ¿por qué estaba tan segura de lo que sentía por él? Su corazón no paraba de gritarle la palabra «marido».

Pero ahora su terquedad alzaba un muro que no estaba segura de poder traspasar.

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Y lo dejo hasta ahí les cuento que tendre tres dias fatales a partir de hoy por cuestiones laborales. Gracias por el apoyo y los buenos deseos tratare de actualizar esta noche. Sayonara!