Kagome ya estaba agotada de que el demonio la evitara, desde que hicieron el amor. Asi que decidio confrontarle harta de verle dormir bajo los arboles para no compartir el lecho con ella.
—No podemos quedarnos aquí atrapados sólo porque tienes miedo de que te abandone cuando regrese a casa —le dijo—. ¿Se te ha ocurrido pensar que también podría dejarte aquí?
Sesshomaru se tensó y le enseñó los colmillos.
—Inténtalo, miko. Siempre iré tras de ti. ¡Nada me detendrá!
Kagome ocultó el rostro entre las manos.
—¿Qué diablos me pasa? —farfulló en voz tan baja que él apenas pudo oírla—. Amo a alguien que es incapaz de sentir lo mismo por mí.
—¿Amor? —soltó él—. ¿Es eso lo que quieres de mí? —A Sesshomaru se le paró el corazón.
Quizá debería contárselo todo. Si tanto temía la reacción de ella, quizá lo mejor sería quitárselo de encima cuanto antes. Tarde o temprano terminaría por abandonarlo. «Y no me importará, porque ya no confío en ella.»
Kagome levantó el rostro.
—Sí, Sesshomaru —contestó abatida—. Quiero que me ames.
—¡No sabes nada de mí! Pero lo sabrás. —Le contaría su sórdido pasado, no omitiría ningún detalle. Así ella comprendería con qué clase de individuo se había casado—. Cuando termine la noche, lo sabrás todo.
«Lo sabrás todo...» Sesshomaru tenía una expresión cruel, como si tuviera intención de hacerle daño con lo que iba a contarle.
Pero ya se lo estaba haciendo. El demonio estaba convencido de que su relación dependía de cuál fuese su pasado, de cómo dicho pasado lo afectaba a él. En vez de pensar que tenía que tener en cuenta el pasado de ambos, y forjar su futuro juntos a partir de eso. Le costaba confiar en ella, pues bien, a ella le costaba alejar
se de él, que la ignorase, que la rechazase...
—Pues cuéntamelo, Sesshomaru. Quiero saberlo todo.
A pesar de que el demonio quería aparentar indiferencia, el rojo de sus ojos evidenciaba lo poco calmado que estaba. Kagome supo en aquel preciso instante que lo que le iba a contar, jamás se lo había contado a nadie.
—Mi madre era una puta —empezó—. No tengo ni idea de porque mi padre la eligio para concebirme.
Eso Kagome ya lo sabía, pero tras sopesar si debía decírselo, decidió escucharlo y callar.
—¿mataste a tu madre?
—Cuando crecí, fui a visitarla al castillo donde vivía. Quería enseñarle en qué me había convertido, quería que se arrepintiese de haberme abandonado. Y cuando me sirvió una copa en
venenada, la obligué a bebérsela.
A Kagome le dio un vuelco el corazón al comprender por qué Sesshomaru había ido a ver a aquella demonio. Él todavía ansiaba que su madre lo quisiese, a pesar de que quizá lo deseara de forma inconsciente, o de que incluso ahora siguiera ignorándolo. Y su ma
dre le había respondido sirviéndole una bebida envenenada.
Sesshomaru malinterpretó el silencio de Kagome.
—¡Se lo tenía merecido!Él le aguantó la mirada.
Ahora ella le comprendía mucho motivo por el que no quería dejarla embarazada.
¿Cómo podía confiar en que Kagome sería buena madre si la suya lo había abandonado a su suerte y había permitido que se criara en soledad y lejos de una familia? Su propia madre lo había vendido y había tratado de asesinarlo. ¿Por qué iba a esperar que ella fuera distinta?
Kagome nunca había conocido a una persona a la que le costase más confiar en la gente que a ía heridas mucho peores en el alma. «Y yo se las he abierto.»
—¿Y qué piensa ahora la miko de su esposo?
Sesshomaru se preparó para soportar la repulsión de Kagome, a pesar de que sabía que no debería importarle lo que opinase.
Pero mientras la veía pensar su respuesta, se arrepintió de haberle contado todo aquello. No podría soportar que lo mirase con asco, de ella no podría soportarlo...
—Te agradezco que hayas confiado en mí y que me hayas contado tu pasado —dijo al fin—. Eso explica muchas cosas. Pero no modifica para nada lo que siento por ti.
Sesshomaru soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Y entonces se puso furioso.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó con rabia—. Estás mintiendo, quieres engañarme otra vez. ¿Cómo es posible que no te dé asco?
—No me lo das. Lamento mucho que tuvieras que pasar por eso y quiero consolarte, pero mis sentimientos hacia ti no han cambiado lo más mínimo.
Él apretó los puños. «A mí me sucede lo mismo.» ¿Qué tenía que hacer para aflojar el nudo que sentía en el estómago, para dejar atrás aquellas dudas tan amargas?
«Ya no quiero sentirme así...»
Al ver que él no respondía, Kagome se puso en pie.
—Me voy, Sesshomaru. Pero hay algo que deberías saber. —Esperó a que él la mirase antes de añadir—: Si me has contado todo esto para levantar un muro entre los dos, te ha salido mal. Lo único que has conseguido es que te ame todavía más.
«¡Lo que carece totalmente de sentido!» Después de revivir todos esos recuerdos, él se moría por dentro. Quería hacerle daño, quería arrancarle aquella máscara de preocupación y empatía. «Nunca volveré a creer en nadie.»
En cuanto Kagome dio media vuelta para volver a su habitacion, Sesshomaru levantó una mano, la sujetó por el tobillo y tiró de ella hacia la arena.
—No he terminado contigo, esposa.
Ella lo miró, pero no estaba furiosa ni alerta, sino decidida.
—Me alegro, porque yo jamás terminaré contigo, Sesshomaru. —Le acarició el rostro y descansó la palma de la mano en su mejilla. Sus ojos se suavizaron al mirarlo.
Cada vez que lo miraba así, el rencor de Sesshomaru aumentaba.
—El único motivo por el que aceptarías a alguien como yo en tu cama —le sujetó las manos y se las retuvo encima de la cabeza— es porque sabes que sin mi protección estarías indefensa. —Estaba tan seguro de eso como de su propio reflejo—. Y cuando estés sana y salva en tu casa, ya no me necesitarás.
—Eso no es verdad.
—Demuéstramelo —dijo con voz cruel—
Demuéstrame por qué una hembra de tan alta cuna como tú que desciendes de Midoriko —le rompió el kimono dejándole los pechos al descubierto y apretándoselos sin delicade
za— iba a querer acostarse con alguien como yo.
—Sesshomaru, quiero acostarme contigo porque te deseo.
—¿De verdad quieres que el bastardo de una puta youkai se meta entre tus piernas? —le susurró él al oído después de arrancarse también la yukata. Le levantó el resto del kimono hasta la cintura y le desnudó el sexo—. ¿Si estuvieras en mi lugar, no te parecería sospechoso? —Se bajó los pantalones hasta las rodillas y se colocó encima de ella.
—Te deseo. Siempre te desearé.
Sesshomaru colocó la punta de su erección a la entrada del sexo de Kagome y a ella se le aceleró la respiración y se excitó, lo que sólo sirvió para que él se pusiera más furioso.
—¿Te gusta que te folle un asesino? —le enredó una mano en el pelo—. ¡Mírame! ¡Mírame de verdad! ¿Qué ves que los demás son incapaces de ver?
—Veo a mi marido.
El gimió frustrado y la penetró con un único movimiento. A pesar de que estaba hecho un lío, el placer le sacudió todo el cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio para no gritar.
Ella separó los labios al sentirlo en su interior y se quedó sin aliento. Luego susurró:
—Te amo.
Él se quedó petrificado y la miró.
—¿Qué has dicho?
El cuerpo del demonio era una masa de nervios, una bomba a punto de estallar, pero Kagome se lo repitió:
—Te amo, Sesshomaru.
—¡Cállate! —La penetró con fuerza y ella apretó los dientes.
—Te amo.
—Deja de decir eso —le ordenó, moviendo las caderas, deslizando su erección hasta lo más profundo. La miró como si la odiase, como si quisiera castigarla por amarlo, a pesar de que Kagome podía sentir las emociones que irradiaban de él; sentía lo mucho que anhelaba que le amase de verdad.
—¿Estás tratando de hacerme daño?
Él se detuvo encima de ella.
—Te lo tendrías merecido. —Los ojos del demonio se llenaron de más dolor del que Kagome había visto jamás. Y entonces lo vio desviar la mirada hacia su cuello—. Si te muerdo, ¿seguirás diciendo que me amas?
«Sí, siempre.»
—Compruébalo tú mismo.
—Probablemente tendrías otro orgasmo. ¿No es así, mujer?
En vez de morderla, se puso de rodillas y le soltó las manos. Acto seguido, le sujetó el trasero y la colocó de tal modo que pudiese penetrarla más.
Cuando llegó a lo más profundo de Kagome, movió las caderas como si fueran pistones. Sus poderosos músculos se flexionaban bajo su piel sudada. Ella trató de arquearse para ir al encuentro de él, ansiosa por acompasar sus movimientos, pero Sesshomaru tenía demasiada fuerza.
La fricción... sus gemidos de placer... el calor que crecía dentro de ella.
Sólo con mirarlo moverse de ese modo llegó al borde del orgasmo. Levantó las manos y le acarició el torso, y luego las deslizó hacia abajo.
Con cada una de las caricias de ella, con cada una de las acometidas de él, la tensión dentro de Kagome iba a más, hasta que no pudo soportarlo.
—¡Sesshomaru! —gritó, desesperada por alcanzar el orgasmo. Movió la cabeza frenética, y notó que estaba a punto de estallar.
Por fin la embargó el placer. Ardiente. Sin límites.
—¡Por todos los dioses! ¡Sí, Sesshomaru! —Arqueó la espalda, le clavó las uñas en las caderas, deseando más, anhelando que él lle
gara aún más hondo.
—Te siento —murmuró él—. Siento tu orgasmo a mi alrededor. —Y en el último minuto, justo cuando creía que iba a terminar dentro de ella, él echó las caderas hacia atrás.
Con un grito agónico, su erección se estremeció encima del estómago de Kagome, y el demonio tembló y se movió sin ningún control encima de ella hasta que por fin terminó.
Cuando Sesshomaru se derrumbó, Kagome se quedó mirándole con los ojos llenos de lágrimas por todo el daño que le habían hecho. Le dolía como si se lo hubiesen hecho a ella.
Y junto al oído, Sesshomaru le susurró.
—Sigo sin haber terminado contigo, esposa.
Kagome se despertó justo antes de que amaneciera. La niebla los envolvía a ella y a ía lloviendo. Y ahora todo estaba tranquilo y sereno.
El demonio seguía dormido, lo que no era de extrañar. Debía de estar exhausto tras tantas horas de sexo sudoroso, frenético y —cruzó los dedos— catártico.
A pesar de todo, él no le había hecho daño.
Al terminar la noche, Sesshomaru se tumbó de lado para poder abrazarla, y la apretó junto a su torso. Con el cuerpo temblando, y con voz ronca, había dicho:
—Una ningen tiene mi vida en sus manos, koishi. Vivo y muero por ti.
Ahora Kagome lo estaba mirando. Tenía el cejo fruncido, y los ojos se le movían detrás de los párpados.
«Es tan hermoso...» Tan salvaje... Y estaba tan perdido. ¿Cómo era posible que aquel demonio que sólo había conocido el dolor y el rechazo fuese tan bueno y orgulloso?
Le recorrió el rostro con los dedos y repitió las palabras de él:
—Kagome es de Sesshomaru.
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Mmm si hasta yo me pregunto de donde saque las ideas para esta retorcida adaptacion !
En fin besos y abrazos!
Ando full de trabajo lamentablemente aun no elijo como seguir mis otras historias necesito un novio que me inspire xD
Hasta pronto!
