Kuroshitsuji pertenece a Yana Toboso.
Cap 7: Hundiéndose (hasta el fondo)
—V-Violet… No puedo aguantar más… — gemía Greenhill con el rostro sonrojado y bañado en sudor por el esfuerzo.
—Deja de quejarte—respondió Gregory sin inmutarse—. Has hecho esto miles de veces. Una más no te va a hacer daño.
—P-Pero esta… postura es…d-demasiado, arg, complicada…
—Greenhill, ten cuidado—intervino Redmond con su habitual sonrisa mientras disfrutaba el espectáculo—. Violet te va a matar si se derrama una gota antes de que él acabe.
—No dudes que lo haré—asintió Violet dándole a Greenhill una mirada de advertencia que este no pudo ver debido a su posición.
Era un sábado por la tarde en el Mirador del Cisne. El cielo estaba despejado, el sol brillaba con fuerza y una suave brisa evitaba el exceso de calor. Los prefectos estaban tomando el té de rutina… y algo más.
Hermann Greenhill se encontraba con los pies en alto, manteniendo el equilibrio solo con sus manos. Sobre sus pies había una enorme bandeja llena hasta los topes de vasos de vino que se bamboleaba peligrosamente, su contenido a un paso de caer. Violet había decidido probar esta nueva perspectiva artística… o eso decía, ya que todos sabían lo mucho que le divertía ver a Greenhill sufriendo por aguantar hasta el final.
—N-No lo aguanto. B-Bluer, ¿no podrías d-decirle algo? —preguntó dirigiéndole una mirada suplicante al nombrado. Este se tomaba las reglas más en serio que ninguno y, definitivamente, poner en peligro la cristalería de la escuela para un retrato no era exactamente fiel al reglamento.
Sin embargo, Bluer no parecía haberle oído. O incluso notar lo que estaba pasando a su alrededor.
— ¡Bluer!—exclamó Redmond dándole una palmada en el hombro— ¿Te pasa algo? Llevas toda la semana como en sueños.
—No, no es eso—se apresuró a responder mientras se colocaba las gafas y trataba de mantener un aire de calma y dignidad—. Es solo que estoy algo cansado últimamente. Se me pasará.
— ¿Seguro?— inquirió Violet mirándole fijamente, como si tratara de leer sus pensamientos— ¿No tienes… algún problema?
—N-No, ninguno—se apresuró a contestar Bluer desviando la mirada—Eh, Clayton, ¿podrías servirme un poco más de té, por favor?
—Por supuesto. — respondió el sirviente acercándose con la tetera y sirviéndole con mano temblorosa. Tenía claro que las predicciones de Violet eran infalibles, así que su comentario sólo podía significar una cosa: Bluer tenía algún problema.
Antes de que sus pensamientos pudieran seguir por ese cauce, un ruido estremecedor los distrajo a todos. Greenhill había derramado la bandeja por accidente y su contenido se había esparcido por todo el mirador. Clayton y los demás sirvientes fueron inmediatamente a limpiar el estropicio.
—Lo siento —se disculpó Greenhill mientras ayudaba a recoger los vasos rotos. A continuación se volvió hacía Violet—. Tendremos que dejarlo para otro día.
— ¿El qué? —preguntó el otro con aire distraído—. El retrato lo acabé hace diez minutos. Quedaste muy bien, por cierto.
— ¿¡Y por qué no me avisaste!?
—Tampoco te dije que siguieras posando.
Mientras ellos discutían y los demás se afanaban en limpiar el desastre Bluer se levantó de improviso.
—Si me disculpáis, volveré ya a la escuela. La cabeza me duele un poco.
—No hay problema—respondió Redmond acomodándose en su sillón—. Que te mejores.
Bluer asintió con la cabeza y se marchó. En otras circunstancias se quedaría con ellos y pasaría una buena tarde. Por mucho que insistiera en las normas, le divertía ver a sus amigos metiéndose en esos líos. Pero su mente no podía apartarse del hecho de que esa noche cometería uno de los actos más inmorales de su vida: robar dinero de la escuela.
Había pensado mil soluciones: pedir ayuda a su familia, denunciar al chantajista al director, averiguar su identidad y exponerlo o, simplemente, darle el cambiazo y sacar el dinero de otra parte.
Pero, cada vez que pensaba esas cosas la foto y las consecuencias de su publicación le detenían. Era arriesgar demasiado y no quería poner a su familia en semejante situación. No mancharía generaciones de irreprochable conducta y buena fama.
Al salir de sus pensamientos se dio cuenta de que, de alguna manera, había ido al almacén en vez de a los dormitorios. Se quedó mirando al edificio unos minutos en absorto silencio hasta que decidió marcharse a su estudio. Justo cuando se daba la vuelta vio una luz dentro.
Por un instante no supo qué hacer ¿Quién estaba ahí dentro? ¿El chantajista? ¿Algún alumno demasiado curioso? ¿O simplemente alguno de los empleados? Podría dar por hecho que era lo último e irse; pero después de todo su deber como prefecto era asegurarse de que todo marchaba con normalidad. Así pues, se dirigió al viejo edificio.
Al entrar oyó un ruido de pasos y de muebles moviéndose. Armándose de valor preguntó:
— ¿Hay alguien ahí?
—Cielos, Bluer—respondió una voz que desgraciadamente conocía bien— ¿Has venido a traerme el dinero antes de lo previsto? ¿Tanto me echas de menos que no puedes esperar a mañana?
Recordando lo que pasó la última vez, Bluer trató de contener la desagradable respuesta que deseaba darle. En su lugar respondió, con voz bastante tensa:
—Aún no lo tengo.
— ¿Qué? El plazo termina mañana. No seas rebelde o lo vas a pasar muy mal.
—Lo conseguiré esta noche. —aseguró el prefecto con voz más asustada de lo que pretendía. Ese tipo, su seguridad en sí mismo, esa actitud de tenerlo todo bajo control realmente le daba miedo.
—Bien—contestó el otro con un susurro satisfecho—. Eso sí, no intentes engañarme. Si el lunes los profesores no están registrando los dormitorios como posesos, esa foto llegará hasta el último tabloide de Inglaterra.
— ¿Piensas…piensas publicarla en los periódicos? —preguntó Bluer retorciéndose furiosamente las manos y con una mirada de espanto imposible de disimular. De todo lo que podía hacer con esa imagen… en serio no iba a…
—Claro. De esa forma pasarán de saberlo todos tus conocidos a saberlo todo el país. Pero no te angusties—añadió, viendo que Bluer parecía a punto de desmayarse. O de suplicarle de rodillas, que era mucho mejor. —. Si eres un buen chico, esta tarea puede ser la última y la foto arderá. Así que ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora, vuelve a la escuela.
Bluer debería sentirse humillado de que le hubiera mandado de vuelta a la escuela como a un chiquillo de primer año, pero en realidad se sentía casi feliz. Saber que, tal vez, no volvería a verle y esa situación se convertiría sólo en un desagradable recuerdo le devolvía las energías.
Pasó el resto del día dividido entre esa pequeña alegría y la ansiedad y remordimiento de saber que ya no podía retrasarlo más: tendría que ser esa noche. Era ya la hora de cenar y no podía probar bocado.
Clayton debía haber notado que algo andaba mal porque le miraba con cara de preocupación cada pocos minutos. Sonrió débilmente. Aunque no le fuese a ayudar al menos era un consuelo saber que se preocupaba por él. Había elegido al mejor sirviente, eso sin duda. Su mirada se oscureció recordando cómo casi le mató por seguir las instrucciones del chantajista. No podía arreglar sus propios problemas y además se los creaba a la gente que le importaba. Menudo prefecto estaba hecho.
Una vez sonó el toque de queda fue a su cuarto. Se puso el camisón, se metió en la cama y se dispuso a esperar. Era una suerte tener un cuarto para él sólo. Así no tendría que preocuparse de despertar a ningún compañero.
Estar tan nervioso tenía sus ventajas: no había pegado ojo en varias horas. Revisó el pequeño reloj en su mesa y vio que eran ya las dos de la madrugada. El momento perfecto.
Se levantó en silencio y salió de su habitación haciendo el mínimo ruido posible. Avanzó por los oscuros pasillos pegado a la pared y mirando ansiosamente a todas partes, confundiendo cada sombra con un profesor dispuesto a denunciarle. Nunca el camino se le hizo tan largo.
En esos momentos se hallaba ante la puerta de la sala de profesores. Con mano temblorosa sacó la llave y entró en la amplia habitación. Pasó por las mesas de los distintos maestros hasta llegar al mueble donde se encontraba guardada la recaudación. Abrió el cajón conteniendo las ganas de salir corriendo y volver a su cuarto, y cogió la bolsa del dinero como si le quemara las manos. A continuación se marchó y dejó la llave en el pequeño armario del pasillo donde se guardaba siempre.
El viaje de regreso fue una tortura. Antes al menos tenía la excusa de ir al baño o recoger algo que había olvidado. Ahora prácticamente llevaba un letrero en el que ponía "soy un ladrón" y si algún profesor le sorprendía las consecuencias serían peores que si la foto salía a la luz.
Nada más entrar en su cuarto se apresuró a cerrar la puerta y esconder la bolsa bajo la cama. Se sentía peor que nunca por lo que decidió intentar dormir lo que le quedase de noche. Mañana entregaría el dinero y esa pesadilla acabaría.
Al día siguiente a las tres de la tarde Bluer lo tenía todo listo. Cogió la maleta (que había cogido del desván, para que no se notase) con el dinero y salió al almacén esperando que nadie lo viera. Después iría a tomar el té con los otros prefectos como si nada.
Entró en el almacén y miró a su alrededor.
— ¿Hola?
Al parecer no había llegado aún, así que se acomodó en una silla y se dispuso a esperar. En ese momento se dio cuenta de algo ¡Podría verle la cara cuando entrase por la puerta! Se fue a un rincón discreto y con buena visibilidad y esperó. Al fin sabría la verdadera identidad de ese desgraciado.
—No te va a servir de nada. Estoy detrás de ti.
Bluer casi saltó mientras se apresuraba a darse la vuelta. La voz sonaba desde el lado opuesto a la puerta, al fondo donde se almacenaban la mayor cantidad de trastos.
No podía entenderlo. No había otra entrada y las ventanas eran demasiado pequeñas incluso para un primer año ¿De dónde habría salido? Respirando agitadamente agarró la maleta y la puso en mitad de la habitación.
—Aquí lo tienes. Está todo. Ahora si me disculpas, me tengo que ir.
Apretó el paso y se dirigió a la puerta, pero tropezó y cayó al suelo. Se disponía a levantarse cuando sintió un cuchillo en su garganta.
— ¿¡Q-Que haces!? — preguntó aterrado al sentir el metal cada vez más cerca de su cuello.
—Bluer—siseó la voz a su espalda. Sonaba como si estuviese a punto de hacer algo horrible y fuese a disfrutar con ello—, creía que aprendiste la lección, pero ya veo que no lo has entendido del todo. Tratar de engañarme…
— ¡No te he engañado! ¡Te he traído el dinero, justo como querías!
Pensó en tratar de huir pero el filo del cuchillo estaba justo en su carótida. Bastaba con que el chantajista lo decidiera o él hiciera un mal movimiento para que todo acabara.
—Sigues sin entenderlo—respondió el otro con tono burlón. Parecía estar satisfecho de verle perder su compostura. —. Me refería a que has tratado de averiguar mi identidad. Muy mal, Bluer, muy mal. Y supongo que si lo llegas a conseguir me denunciarías al director y yo estaría expulsado. Y, cómo eso no me beneficia para nada, tendré que aplicarte un pequeño correctivo para quitarte las ganas de jugar a Sherlock Holmes.
Remató la frase dando pequeños toques con el cuchillo en el cuello de Bluer. Este, en su pánico, trató de razonar desesperadamente.
—Pero no lo he hecho. No sé quién eres y no puedo hacer nada contra ti. Por favor, deja que me vaya…
—Pero lo has intentado, mi querido Bluer. Y no creo que lo hayas hecho solo para admirar mi bonita cara. Te dije ayer que si te ponías rebelde lo lamentarías. Y, ¿Quién me dice que no investigarás una vez se haya acabado este asunto y la foto esté hecha cenizas? No, no, debo asegurarme de cerrarte la boca.
Bluer sintió que su corazón dejaba de latir cuando asimiló aquellas palabras.
— ¡No me mates! —suplicó cerrando los ojos con fuerza.
La respuesta fue una estruendosa carcajada.
— ¿En serio crees que voy a matarte? —preguntó el otro entre risas—. ¿Crees que sería capaz de eso?
A pesar del miedo y la humillación Bluer estaba sorprendido ¿Ese tipo tenía algún principio moral?
—Después de todo—prosiguió—, no tengo ninguna forma de deshacerme de un cadáver. Y tu desaparición se notaría. No, yo creo que el castigo más adecuado sería cortarte la lengua y publicar la foto hasta en el Punch.
El prefecto estaba temblando como una hoja y jadeando como si acabara de correr una maratón. Se sentía enfermo. Cerró la boca con fuerza y miró el cuchillo con aprehensión.
El chantajista no podía parar de reír.
— ¿Te das cuenta de que no puedo hacer eso sin que se abra una investigación? Para ser un Shappire Owl eres bastante estúpido, no te ofendas. Pero vamos al asunto. No te vas a ir de aquí hasta que te haya quedado bien… grabada la lección. Ábrete tres botones de la camisa ahora mismo.
— ¿Qué…?— empezó a preguntar Bluer pero el chantajista (y el cuchillo) le interrumpió.
—Hazlo.
Asustado como nunca en su vida, Bluer obedeció. No sabía si era peor lo que le iba a hacer o lo que le haría si no obedecía. Con manos temblorosas abrió los tres botones.
Veloz como un rayo, el chantajista le tapó la boca con la mano y le marcó una cruz en el pecho con el cuchillo.
—Supongo que te habrá quedado claro ¿No es así?
Bluer asintió a duras penas sujetándose el pecho con un gesto de dolor. Sus manos empezaban a mancharse de sangre.
—Bien, entonces puedes irte. Y recuerda, no tendré piedad si esto vuelve a repetirse.
El prefecto se recompuso la ropa en cuanto pudo y salió de allí sin decir una palabra. Decidió volver lo antes posible a la escuela, curarse la herida y reunirse con sus amigos lo antes posible. Lo necesitaba.
Al menos podía decir que todo había acabado. O no.
El lunes por la mañana los profesores descubrieron la ausencia del dinero; y el escándalo que armaron se oyó en todo Weston Collegue. Inmediatamente decidieron cancelar las clases, mantener a los alumnos en sus dormitorios y celebrar una reunión de emergencia.
En apenas quince minutos habían tomado asiento en la sala de reuniones con el subdirector a la cabeza. De inmediato comenzó la reunión.
—Señores, estamos en una situación realmente delicada—comenzó Agares pausadamente. —. El dinero ha desaparecido y debemos encontrarlo antes de que esto trascienda. El escándalo sería terrible si alguien ajeno al centro se enterara. Y, por supuesto, el responsable recibirá la correspondiente sanción.
En ese momento tomó la palabra el profesor Walter.
—Considero que lo primero es saber cuando fue robado el dinero. Por lo que sabemos el viernes por la noche estaba aquí, todos los comprobamos. Y nadie ha entrado en todo el fin de semana, así que el robo se produjo entre la noche del viernes y la del domingo, como muy tarde.
—Estoy de acuerdo—respondió Agares—. Pero eso es un margen demasiado amplio. Hay que estrechar el cerco.
—Bueno…—intervino el profesor Smith—. Yo estuve aquí el sábado por la mañana para recoger unos papeles que olvidé. El dinero seguía en el cajón.
—Y teniendo en cuenta que si alguien se hubiese acercado por el día habría sido visto—añadió el profesor Michaelis—, eso quiere decir que el robo solo pudo ser o la noche del sábado o la del domingo.
—Yo creo que deberíamos centrarnos en los sospechosos—dijo el profesor McPeterson—. Por la noche podría haber entrado cualquiera siempre y cuando no fuera visto. Voto por registrar, primero que nada, los dormitorios de los alumnos.
— ¿No deberíamos empezar por los dormitorios de los sirvientes? —inquirió el profesor Smith—. Si los chicos quisieran dinero se lo podrían pedir a sus padres. Y nosotros tenemos nuestros sueldos así que no nos arriesgaríamos al despido o incluso la cárcel.
—Los he revisado personalmente, profesor Smith—respondió Agares—. No había nada. El ladrón podría haberlo hecho por una apuesta, por atrevimiento o por las típicas tonterías de muchachos. Creo que cada encargado de dormitorio debe registrar el suyo, de primero a séptimo. Si aún así no apareciese por ninguna parte, revisaré en persona los dormitorios de los profesores ¿Están de acuerdo?
El sí fue unánime y la reunión se dio por terminada. Cada encargado fue a su dormitorio y comenzó un afanoso registro.
Clayton estaba hasta arriba de trabajo. Bluer estaba en la enfermería con un fuerte dolor de cabeza y él tenía que ocuparse de sus tareas de prefecto por ese día. Y estar atento por si el profesor Michaelis necesitaba ayuda registrando los dormitorios, claro.
Cuando salía del lavabo se dio cuenta de que tenía un papel extraño en el bolsillo. Lo extendió y se quedó con la boca abierta. Esa tinta roja, esa letra perfectamente redonda… Y lo peor era la única y breve línea escrita:
Hora de sufrir.
Miró la nota horrorizado ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué estaba tramando? La última semana parecía haberle dejado en paz ¿Ahora deseaba volver a la carga?
—Joven Clayton, disculpe un momento. —dijo el profesor Michaelis apareciendo de repente.
Guardó la nota en el bolsillo y se obligó a escuchar lo que el profesor tuviera que decirle.
— ¿Algún problema con los registros, profesor?
—Acompáñeme, por favor.
Muerto de curiosidad, siguió al docente por el pasillo hasta una puerta. La del dormitorio de sexto año. La de su dormitorio.
—No se altere, pero ¿es este su armario?
—Sí ¿por qué?
El profesor abrió la puerta y Clayton estuvo a punto de gritar de horror. Dentro de su armario, a plena vista, estaba la bolsa con el dinero robado.
Quejas, flores y tomates ya saben por donde. Espero que les haya gustado.
