Kuroshitsuji pertenece a Yana Toboso.


Cap 8: Sin salida.

Clayton no podía apartar los ojos del armario, especialmente de la bolsa llena de dinero que se encontraba dentro. ¿Cómo había llegado allí? ¿Quién la había metido? ¿Qué estaba pasando? Se quedó allí parado, murmurando incoherencias, sin notar el paso del tiempo y con las ideas amontonándose en su cabeza.

—Joven Clayton—dijo el profesor Michaelis poniéndole una mano en el hombro—, se que se encuentra…alterado ahora mismo, pero tenemos que aclarar esto.

Esas palabras bastaron para que Clayton asimilara la gravedad de la situación. Tal y como estaban las cosas podía considerarse ya expulsado, incluso arrestado. El dinero estaba en su armario y no tenía ninguna prueba de su inocencia.

En ese momento se le vino a la cabeza la nota ¿Eso era lo que quería? ¿Verle expulsado de la manera más deshonrosa posible? ¿Pero qué había hecho para que le odiaran tanto? Totalmente desesperado, se volvió hacia el profesor Michaelis.

—Profesor Michaelis…yo…le juro que no tengo ni idea…yo nunca…

—Tranquilo—respondió el profesor con voz apaciguadora—. Estoy seguro de que usted no ha sido. Acompáñeme a la sala de profesores y lo hablaremos con el profesor Agares. No se preocupe, me aseguraré de que se haga justicia.

Clayton quería tranquilizarse, de verdad quería, pero la situación se estaba poniendo cada vez peor. El profesor Agares era el tipo de persona que no dudaba a la hora de emitir un veredicto, especialmente cuando parecía tan obvio quien era el culpable.

Y eso era lo que estaba haciendo. A pesar de que el profesor Michaelis estaba usando sus mejores argumentos de por qué Clayton podía no ser culpable o por qué cualquiera en la casa azul podría haber metido el dinero en el armario, el subdirector seguía inflexible.

—Profesor Michaelis, sus argumentos estarían muy bien en una novela de misterio. Pero los hechos son que el dinero fue robado y ha aparecido en el armario de este joven—dijo Agares con una mirada que hizo estremecer a Clayton. —. Eso es un hecho irrefutable. Hablaré con el director y se tomarán las medidas oportunas.

—Si fuera el culpable, habría tenido tiempo de sobre para esconder el dinero en cualquier parte—repuso el profesor Michaelis—. Esto ha sido un crimen premeditado, profesor Agares ¿Cree usted que el criminal sería tan estúpido de esconder el dinero en su propio armario? Yo creo que deberíamos investigar más a fondo antes de tomar una decisión.

—Ya. Pero mientras el director esté fuera yo soy quien toma las decisiones aquí. Lo siento mucho, profesor Michaelis. Ahora…

—No me deja otra alternativa—interrumpió el profesor Michaelis mientras se ajustaba las gafas. —. Haga el favor de acompañarme, profesor Agares. —dijo señalando la sala de visitas que se encontraba justo al lado.

El subdirector le miró con extrañeza.

— ¿Qué…?

—Por favor—interrumpió el otro, su voz fría como un glaciar. —. Joven Clayton, espérenos aquí, no tardaremos.

Sin decir ni una palabra, el subdirector siguió al profesor Michaelis.

Clayton se quedó en su asiento totalmente paralizado, apenas registrando la puerta que se cerraba. Tras unos tortuosos segundos mirando al suelo empezó a recorrer la habitación con la vista, hasta que reparó en el enorme armario donde el dinero había estado antes del robo.

El joven se levantó y se acercó a echar una ojeada. No sabía si encontraría algo, pero era mejor que estar perdido en sus muy negros pensamientos mientras los profesores tenían su conversación.

A simple vista todo estaba normal. No había huellas, ni manchas extrañas, nada. Pensó en abrir los cajones pero no se atrevió, su situación era ya bastante complicada. En su lugar se agachó a revisar el suelo y ahí obtuvo un resultado: Casi escondido debajo del mueble se encontraba un pequeño objeto que resultó ser un botón.

Extasiado, Clayton volvió a su silla a examinarlo con más detenimiento. No era de ningún uniforme, ni de alumnos, ni de profesores, ni del servicio. Pero el ladrón no podía ser alguien de fuera.

Suspirando de impotencia se guardó el botón en el bolsillo. Lo único que sabía seguro era que el culpable, el enemigo capaz de causarle cualquier desgracia y deseoso de hacerlo, dormía en su misma casa. Y, mientras que solo los prefectos sabían el cajón exacto donde se guardaba el dinero, todos sabían que estaba en la sala de profesores. Todos sabían donde conseguir la llave. Podría haber sido cualquiera, hasta sus propios compañeros de sexto curso. La perspectiva le tenía aterrorizado.

Justo cuando empezaba a imaginarse que sería lo siguiente en la lista de torturas (no se le podía llamar de otra manera), los profesores salieron de la habitación. Clayton los miró ansiosamente, esforzándose por aparentar una calma que no sentía en esos momentos.

—Joven Clayton—comenzó Agares con voz tortuosamente lenta—, dadas las… extrañas circunstancias no tomaremos medidas contra usted. De momento. Pero, a la próxima, no esperaré explicaciones ni razonamientos: se le expulsará sin contemplaciones ¿Está claro?

Clayton estaba tan feliz que no acertaba a articular una frase coherente. Murmurando palabras de agradecimiento se marchó apresuradamente de la habitación.

En cuanto hubo salido y cerrado la puerta tras de sí, Agares se encaró con Sebastian.

— ¿Está contento?

—Mucho—respondió el demonio con una sonrisa tan falsa como amplia—. Me alegro de que haya sido razonable, profesor Agares. No me habría gustado tener que escribirle al director y contarle sobre sus… cuestionables métodos para conseguir bebidas alcohólicas.

—Le encantaría, estoy seguro—repuso Agares con una mirada de desprecio—. No creí que pudiera caer tan bajo por un alumno.

—Y yo no puedo creer que usted permitiese a los alumnos ir al pueblo sin permiso a cambio de que le trajeran alcohol. Eso sí que es caer bajo.

—Beber no es un delito—respondió Agares con suficiencia—, pero el chantaje sí que lo es.

—Puede. Pero, si le envío la carta al director ya no será chantaje. Será cumplir con mi deber como docente honrado —dijo Sebastian con una sonrisa dirigiéndose a la puerta—. Que tenga un buen día, profesor Agares. —agregó cerrando la puerta tras de sí, dejando a un muy furioso subdirector en la sala de profesores.

— ¿Te vas ya, querido? —preguntó la señora Jones viendo como el prefecto de la Casa Azul se levantaba de la cama.

—Sí, ya estoy mucho mejor—respondió Bluer con amabilidad—. Gracias por todo, señora Jones. No sé que habría hecho sin usted.

—No hay de qué. Esta situación es terrible. Espero que aparezca pronto el dinero o tendré que empezar a atender crisis nerviosas entre los profesores.

Bluer asintió. Ojala que apareciera el dinero, y no solo por las crisis nerviosas. Si la reputación de Weston Collegue fuese dañada de alguna forma, jamás se lo perdonaría.

Se despidió de la anciana y se dirigió a su estudio. Decidió ordenarle a Clayton que le preparase un té y le pusiese al día con los detalles de la investigación. No sabía si eso le calmaría o le pondría peor, pero no podía estar sin saber. En ese momento Phantomhive se le acercó.

—Bluer, alguien ha dejado este sobre en tu buzón.

—Gracias, puedes retirarte. —respondió en un tono normal pero se sentía extrañado ¿Por qué Clayton no se había ocupado de esto?

Dejó de preguntárselo en cuanto vio la letra. Esa letra redonda en tinta roja…

Desesperado, corrió al estudio, cerró dando un portazo y abrió el sobre con las manos temblándole cada vez más ¿Qué quería ahora? ¿Iba a cumplir su parte del trato o a atormentarle aún más?

Lo primero que encontró en el sobre fue la famosa foto que tantos disgustos le había traído y todas las copias de la misma. Inmediatamente las tiró al fuego y sacó la nota. La ansiedad le estaba matando.

Querido Bluer:

Cómo puedes ver, he cumplido con mi parte. La foto no será más un problema para ti. Eso sí, mantén la boca cerrada. Aún tengo medios para destrozarte la vida si cuentas algo.

Bluer tragó saliva e inconscientemente se llevó una mano a la cicatriz en el pecho. Siguió leyendo.

Por otra parte, te alegrará saber que ya han encontrado el dinero y lo tienen bajo custodia.

El prefecto dio un suspiro de alivio. Se había evitado un escándalo y nadie tendría que enterarse de que él, un prefecto, había sido el responsable de todo. Aunque viviera con eso en la conciencia toda su vida, al menos la reputación de su familia y de la escuela estaban a salvo.

Probablemente te interese saber donde lo encontraron. Fue en…

¿Dónde? El resto de la hoja estaba vacía. Instintivamente le dio la vuelta y ahí encontró la horrible verdad.

…en el armario de tu querido sirviente. A estas horas ya deben haberle expulsado.

— ¿¡Qué!?

No podía ser…Imposible. Se obligó a leer el último párrafo del texto en vez de salir corriendo a la sala de profesores a confesar.

Y como se te ocurra confesar, Clayton va a pasarlo muy mal ¿Recuerdas el incidente de la cruz? Pues va a ser peor. Así que ya sabes.

Bluer se quedó paralizado, mirando de la nota a la puerta y viceversa. Simplemente no sabía qué hacer. No podía dejar que expulsasen a Clayton, pero tampoco podía dejar que le asesinaran. La cicatriz del pecho empezó a dolerle, como queriéndole recordar lo que su enemigo era capaz de hacer.

Fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estomago. En una decima de segundo se dio cuenta del daño que había causado a una de las personas más importantes en su vida. Y ahora la solución era tan fácil y a la vez tan imposible.

No pudo soportar más la presión y empezó a llorar, liberando toda la tensión, desesperación y remordimiento que había acumulado en la última semana. Clayton había sido casi asesinado por su culpa. Y ahora iba a ser expulsado, marcado como un criminal por el resto de su vida, también por su culpa.

Se dejó caer en una silla, su cuerpo estremeciéndose con los sollozos y los ojos llenos de lágrimas. ¿Por qué? ¿Por qué no podía hacer una cosa bien? Si tan solo pudiera confesar… si tan solo pudiera asegurar que a Clayton no le pasaría nada si lo hacía…

En ese momento alguien llamó a la puerta. Buer se enderezó inmediatamente en la silla y se secó los ojos, tratando de serenarse.

—Un momento, por favor. —dijo con la voz más normal que le fue posible.

Inmediatamente se pasó una toallita fría por la cara, esperando que no se notase que la tenía roja de llorar y respiró profundamente varias veces para recuperar la compostura. Cuando por fin estuvo listo se volvió a la puerta.

—Adelante.

En ese momento entró Clayton. Bluer le miró con ansiedad mal disimulada, aunque al ver su expresión se tranquilizó un poco. Su sirviente no parecía como si estuviera a punto de ser expulsado y deshonrado para siempre. El prefecto se obligó a ser racional y pensar que igual, solo igual, todo había salido bien después de todo.

— ¿Qué tal está yendo la investigación? —preguntó tratando de sonar neutral.

—Bien. Al final el dinero apareció, pero los profesores… consideran que no tienen suficiente información para tomar medidas con respecto al responsable.

—Perfecto… ¿Podrías prepararme un té?

—Claro.

En cuanto Clayton se dio la vuelta, Bluer se dejó caer en la silla con las piernas temblándole, la respiración agitada y un peso lentamente cayendo de sus hombros. No había pasado nada, Clayton estaba bien y su estupidez e incompetencia no le pondrían en peligro, ahora sí, nunca más. Todo había acabado.

Lo que no sabía es que a Clayton no se le había pasado por alto su extraña actitud. Había notado su nerviosismo, sus ojos enrojecidos y la preocupación en su voz. El sirviente estaba no sabía que pensar ¿Se había enterado de que le habían llevado a la sala de profesores? ¿Cómo?

Pero no tenía sentido. Si el prefecto lo supiera (y esa persona se lo hubiera dicho) estaría furioso, no preocupado por él. Agitó la cabeza, frustrado. Esa sensación de que se le escapaba algo le fastidiaba. Decidió centrarse en el té, no le daba tantos quebraderos de cabeza.

Mientras tanto, en un estrecho armario de las escobas, un estudiante y cierto profesor demonio tenían una importante conversación.

— ¿Tiene que ser aquí? —preguntó el conde intentando apartar una fregona de su cara.

—Es más discreto que la capilla—repuso el demonio sacando el pie de un cubo.

—Si nos pillan, te la cargas. Pero a lo importante: ¿qué pasó con Agares en esa habitación? No creo que fuera tan fácil como decir "lo sé todo".

—En realidad no —respondió el mayordomo con indiferencia—. Cuando le dije que lo sabía todo, intento clavarme una pluma en el ojo. Aunque lo arreglé civilizadamente.

—Define "civilizadamente." —pidió el conde con sorna.

—Le tumbé en la mesa, le agarré del cuello y amenacé con rompérselo. Pero con educación. —recalcó.

—Eso fue una barbaridad—dijo Ciel tajantemente—. Imagina si le hubieras dejado marcas.

—Quédese tranquilo.

— ¿Y qué pasa con nuestro "amigo"? ¿Dejará a Clayton en paz por un tiempo o seguirá fastidiando con su repugnante presencia?

—Le odia ¿verdad? —preguntó Sebastian con una sonrisa divertida.

—Naturalmente ¿recuerdas mi enfermedad en el capitulo uno? Fue su culpa.

—Bueno, no creo que haga mucho de momento. Esperará a que el joven Clayton descubra quien robó el dinero. Y en algún momento lo hará. Es inteligente y está buscando la verdad.

—No podemos hacer nada entonces. En fin, vámonos de aquí antes de que nos salgan telarañas.

A pesar de su paranoia, Clayton no encontró intentos de arruinar su vida/ reputación en los siguientes dos días. Aún así no bajó la guardia y el estrés empezaba a notársele. Esa mañana iba hacía el estudio de Bluer para el tiempo del sirviente mirando con expresión sospechosa a todos los que encontraba en el camino, incluida la señora de la limpieza.

Llamó a la puerta del estudio dos veces y ninguna obtuvo respuesta. Empezó a preocuparse ¿le había pasado algo a Bluer?

—Bluer, voy a entrar.

Abrió la puerta cuidadosamente y recorrió la habitación con la mirada. Allí no había nadie. Hasta que miró en la mesa y vio una nota doblada.

Rápidamente la agarró con fuerza como si fuera a irse por su propio pie. Siempre, siempre que encontraba una nota eran noticias de "él". ¿Qué le habría hecho a Bluer? La abrió y se encontró con la letra del prefecto

Clayton:

Hoy tengo una reunión inesperada con los otros prefectos y el subdirector. Te he dejado algo de ropa para arreglar. Perdón por no avisar antes.

Bluer.

En un segundo pasó de sentirse asustado a sentirse gilipollas. Era tan simple y obvio. Si es que no necesitaba a ese tipo, ¡bastante se torturaba solo! Dejó la nota a un lado y `preparó el hilo y la aguja. Decidió terminar con el montón de ropa antes de que empezasen las clases.

Agarró un camisón del montón y lo revisó buscando posibles roturas. Y entonces lo vio. Sin poder creérselo, sacó algo de su bolsillo.

No había duda. Al camisón le faltaba uno de los botones. Concretamente, el botón que tenía en la mano. El que había encontrado en la escena del robo.

Sintió como si el mundo se hundiera bajo sus pies. No podía ser. Simplemente no podía ser.


Siento haber tardado tanto (reverencia) (reverencia) Estoy muy ocupada con los estudios y probablemente los demás capítulos se retrasen. Trataré de compensarlo, sin embargo.

Sobre este... he intentado mezclar el humor de los primeros capitulos con el drama, espero que ninguno haya quedado forzado. En el proximo sabremos que era la famosa foto de Bluer.