Los personajes pertenecen a Yana Toboso, aunque todos lo sabemos a estas alturas.


Clayton se dejó caer en la silla con el camisón en la mano y el botón en la otra, mirando de uno a otro repetidas veces. No podía asimilar aquella devastadora verdad. Bluer había robado el dinero. Bluer lo había metido en su armario y sólo un milagro había evitado que le enviasen a algún correccional.

No podía entenderlo, simplemente no podía. Bluer había sido su mentor, su amigo, su hermano desde que había llegado a la escuela. Le había enseñado todo lo que tenía que saber, orientado, aconsejado, ayudado cuando le había necesitado. Clayton había tenido la más absoluta fe en él ¿Cómo había podido hacerle esto? Aquella traición le dolía tanto que ni siquiera podía pensar. Se quedó allí con los ojos fijos en las pruebas, sin moverse e incapaz de hilvanar un pensamiento coherente hasta que oyó la puerta abrirse.

Bluer salió de la reunión con una horrible sensación de nauseas. El profesor Agares había informado a todos los prefectos de que el dinero había aparecido y que, a pesar de haber un sospechoso, todavía no iba a dar nombres por falta de pruebas. Aquello bastó para hacerle sentir peor que basura y Greenhill hablando de cómo ese sospechoso debería haber sido ya expulsado no estaba ayudando demasiado. En cuanto pudo se separó de ellos para volver a su estudio. Necesitaba ver a Clayton para convencerse de que estaba bien y todo iba a ir normal.

Al abrir la puerta, se encontró a Clayton sentado con una de las prendas que le había encargado coser… pero no estaba cosiendo. Por alguna razón estaba contemplando el camisón y el botón correspondiente como si estuviera en trance.

— ¿Clayton, te ocurre algo?

Cuando su sirviente alzó la cabeza para mirarle, Bluer empezó a sentirse realmente confuso… y preocupado. Los ojos de Clayton mostraban una confusión, una tristeza, un odio que él jamás recordaba haber visto. Justo cuando se disponía a preguntarle otra vez, Clayton habló.

— Ayer, cuando me llevaron a la sala de profesores, encontré esto debajo de un armario—susurró mostrándole a Bluer el botón. Cada palabra parecía costarle un mundo. — . Debajo del armario donde estaba el dinero.

Bluer se quedó paralizado por la sorpresa y la vergüenza. Había rezado porque nadie lo supiera, para que esa deshonra quedase entre él y el chantajista; pero ahora Clayton lo había descubierto y el prefecto podía imaginar lo defraudado que se sentía. Se recompuso como pudo y se dispuso a dar una explicación.

— Clayton, se que debes estar decepcionado, pero te prometo que yo…

— ¿¡Qué!?

Clayton retrocedió como si le hubieran abofeteado. A pesar de que las pruebas hablaban por si solas había deseado que Bluer no fuese culpable. Que hubiera otra explicación para el botón. Y allí estaba, admitiendo su culpabilidad con toda la calma del mundo. En ese momento la furia le invadió, agarró al prefecto por los hombros y lo estrelló contra la pared.

— ¿¡Me prometes qué!? — gritó con toda sus fuerzas, lagrimas de rabia corriendo por sus mejillas. — ¿Cómo pudiste robar el dinero? ¿Cómo pudiste ponerlo en mi armario? ¡Jamás pensé que serías capaz de esto!

En cuanto Bluer se repuso del repentino dolor en su espalda, la comprensión le golpeó con la fuerza de una roca. Clayton no sabía nada sobre el chantajista. Eso significaba que su sirviente estaba convencido de que ÉL había estado a punto de arruinar su vida entera por vete a saber qué motivos.

Su primer instinto fue corregirle y explicárselo todo. Pero cuando estaba a punto de abrir la boca se detuvo. ¿Realmente se merecía el perdón de Clayton? Casi le había matado con esa cruz y había puesto su ruina en bandeja de oro al chantajista. Chantajista que, ahora Bluer lo veía claro, había ido a por Clayton desde el primer momento. Incluso si ya no tenía las fotos, aquel tipo contaba con otros medios de obligarle a hacer lo que fuera, él mismo lo había admitido en su última carta. Si seguía relacionándose con Clayton, su sirviente estaría en peligro. Sólo había una solución.

Adoptando la mirada más fría y carente de emociones de su repertorio, el prefecto al fin habló.

— Puesto que ya lo sabes, no hay nada más que hacer. Si quieres denunciarme ante el subdirector, te aviso que no hay pruebas. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos importantes.

Clayton, ahora sí, no podía dar crédito a sus oídos. Bluer había decidido quitarse la máscara y dejado claro la clase de… ser que había debajo. Se sentía enfermo. Quería matar a Bluer allí mismo y simplemente desvanecerse. Sin poder contenerse más empujó al prefecto con tal fuerza que le hizo caer al suelo y salió de la habitación. Vagó por los pasillos apenas fijándose por donde iba o con quien tropezaba. Solo quería llegar a la enfermería lo antes posible y no salir de allí en muchísimo tiempo.

Bluer, por su parte, se levantó sintiendo un fuerte dolor en el hombro derecho, que había recibido el impacto de la caída. Sin embargo, apenas le importó. Se sentó en su escritorio apenas viendo el papel enfrente suyo. Era lo más cruel que había hecho en su vida pero tenía que hacerlo.

— Es lo mejor. — se dijo a si mismo ignorando el ardor en sus ojos y la humedad recorriendo sus mejillas.

Aquella noche, cuando todo el internado dormía, una misteriosa figura avanzaba por los jardines escondiéndose en la oscuridad. Sonrió al llegar a su objetivo: el almacén. Entró rápidamente y cerró la puerta con cuidado.

— ¿Qué te parece cómo está yendo todo?

No hacía falta preguntar si su cómplice estaba allí. Siempre estaba.

— Muy bien—respondió el aludido con aquella voz siniestra y profunda. —. En realidad, es casi mejor de lo que esperaba.

— ¿Cómo es eso? — preguntó el chantajista con un gesto de impaciencia. — Clayton se ha salvado de la expulsión, el dinero ha aparecido y ni siquiera Bluer tendrá que preocuparse de las consecuencias.

En ese momento sintió la mano huesuda de su compañero, casi como una garra, levantándole la barbilla y haciéndole mirar directamente aquellos siniestros ojos.

— Ah, realmente eres muy joven aún— dijo con un tono benevolente, casi paternal—. Pero hay cosas peores que esas.

— ¿Peor que ser acusado de un crimen que no cometió? —inquirió el más joven con genuina curiosidad. — ¿Peor que ser arrestado y llevado a un correccional? ¿Incluso peor que ser despreciado por tus seres queridos y la sociedad cuando no hiciste nada para merecerlo?

A medida que hablaba su cuerpo comenzó a temblar de excitación. Sólo imaginar a Clayton pasando por todo eso y más…

— Sí peor que eso— respondió el otro posando su mano en el hombro del muchacho—. Piensa en esa persona por la que sientes gran amor, admiración y confianza. Cuya lealtad y aprecio a ti das por hecho. Entonces esa persona conspira contra ti, trata de destruir tu vida mientras pone buena cara y finge estar de tu lado. Y un día lo descubres , descubres que te odia, te desea lo peor y ha trabajado duro para conseguirlo. Eso es lo que Clayton está sufriendo ahora mismo. Y resulta que ni siquiera es verdad.

El rostro del chantajista se iluminó con una retorcida felicidad. Oh, si Clayton sintiese la mitad de sufrimiento que imaginaba se daba por satisfecho.


Pido 10000000 disculpas por la tardanza. La falta de inspiración aún me persigue.