Kanto: El Tercer Interludio

Bitácora del teniente Nathan Surge. 14 de marzo, 11:00 PM.

Con los primeros rayos del sol anunciando la inevitable llegada del alba, nos encontramos con una escena más que sorprendente: descubrimos que la base de operaciones de Ciudad Verde había sido tomada por un grupo de motoqueros anarquistas que parecían estar disconformes con el gobierno del entonces presidente Busujima. De alguna manera se las habían apañado para envenenar el agua y la comida de los soldados en señal de protesta y de venganza mediante la habilidad de Toque Tóxico de sus Grimer y Muk.

Ya en aquellas alturas de la guerra no era secreto que la presidencia de Busujima había sido nefasta para la región de Kanto, arrastrando a civiles sin experiencia a enlistarse al ejército con la infantil promesa a sus familias de que regresarían y dejando incontables hogares destrozados, con amas de casa con corazones rotos; y jóvenes iracundos e indómitos, carentes de una figura paterna que pudiese inculcarles sabiduría para servirles de guía en los primeros y más ansiosos días de la adolescencia. El resentimiento en los rostros y en el lenguaje corporal de esos muchachos era tan intenso que parecía haber contagiado a sus pokémon.

Querían que Kanto-que Busujima-perdiese la guerra para que el dolor acabara. Y viéndonos con muy pocas opciones, decidimos entre todos usar esa rabia a nuestro favor para establecer una pequeña alianza temporal con ellos; de ese modo, Ciudad Verde fue nuestra.

Mientras Teddy y su Eelektross ayudaban al jefe de la pandilla a reforzar las barricadas y minas que habían colocado en el perímetro para dificultarle el avance al ejército kantonés, Marie se ocupó de contactar con Ciudad Loza e informar que la misión había sido cumplida. Decidí explorar acompañado de Stanley el campo de concentración principal para prisioneros de guerra que se suponía habíamos sido enviados a desmantelar. Los motoqueros nos decían que se negaban a adentrarse en él después de haber liberado a todos los hombres, mujeres y niños, y que nos convenía equiparnos con unas máscaras de gas para resistir los restos de monóxido de carbono que habían quedado fuera y dentro de las cámaras.

El centro de detención estaba completamente vacío, con excepción de los Gastly y Haunter que se ocultaban risueños y sonriendo sardónicamente en los recovecos más oscuros del mismo, gozando y alimentándose del gas en el aire. O al menos eso era lo creíamos.

El jefe de la banda había explicado que por la noche se oía un gemido bajo y apenas perceptible, como si alguien estuviera llorando. Ya fuese alguien que había quedado atrapado o un espectro lo cierto es que mi curiosidad pudo más que mi sentido común, y a pesar de la insistencia de Marie en que retornásemos temprano a la base, nos quedamos hasta que el sol se pusiera para comprobar si dicha afirmación era cierta.

No fue hasta que la luna se asomó y que las macabras risotadas de los pokémon fantasma cesasen que lo escuchamos. El claro llanto de un infante que gemía por lo bajo, pidiendo de forma lastimera que alguien le ayudase.

Determinados a dar con el origen de aquel pedido de auxilio, utilizamos la habilidad de Pararrayos de Sparky para que nos guiase. A diferencia de sus congéneres salvajes de Kanto, los Pichu, Pikachu y Raichu de la fuerza aérea de Ciudad Loza y del ejército de Unova estaban entrenados no sólo para absorber enormes cantidades de electricidad, sino también para poder detectar con su fino olfato cualquier tipo de rastro o actividad energética cercana o lejana en el espectro electromagnético, incluyendo los impulsos eléctricos del cerebro humano.

Revisamos cada cámara y cuarto posible, hasta que finalmente le encontramos: contra todo pronóstico, y debajo de una de las pocas camas que no habían sido volteadas o saqueadas, se hallaba una pequeña niña que tapaba su rostro con ambas manos, plañendo desconsoladamente. Había sido rapada por completo, y su piel era pálida como una lija blanca, evidente señal de que no había visto la luz del sol en semanas, quizás incluso meses. En cuanto se percató de nuestra presencia calló y nos dedicó una mirada inexpresiva y penetrante, como si estuviese juzgándonos y sin saber qué pensar al respecto.

Preocupado, intenté acercarme a ella con el propósito de reconfortarla. Y fue en ese instante cuando nos dimos cuenta de que no estaba sola: un diminuto y singular pokémon de apariencia felina se interpuso entre ella y nosotros, empujándonos unos cuantos metros hacia atrás para luego hacernos levitar en el aire y sacudirnos violentamente con una fuerza invisible. Si no fuera por la intervención del Stunfisk de Stanley, que le convenció de que no queríamos lastimarlos, hubiese seguido hasta quitarnos nuestras máscaras y exponernos a aquel mortal aire.

No nos costó deducir que el pokémon había estado protegiendo a la pequeña de morir envenenada por el gas con su increíble poder, formando una especie de burbuja de aire alrededor de ella. Pero no podría hacerlo para siempre. Estaba débil, y la niña no sobreviviría una vez la burbuja se desvaneciese.

Teníamos que sacarlos a ambos de allí cuanto antes. Y mientras lo hacíamos, me pregunté a mí mismo si no había visto a aquel pokémon antes, en algún momento remoto de mi infancia. Si no estaba ante uno de los mitos y leyendas vivientes de la región de Kanto de los que tanto había leído y oído hablar.