Desclaimer: Digimon no me pertenece, ni sus personajes.
Koushiro movía el pie impaciente, golpeando el suelo una y otra vez. Se calentó las congeladas manos en la tila que el camarero acababa de traerle. Mimi llegaba tarde. Una mano le golpeó suavemente el hombro izquierdo. La sonriente joven se sentó frente a él y pidió un café vienés.
—Perdón por la tardanza, Kou. He salido un poco más tarde de trabajar —dijo Mimi mientras se quitaba su gorro de lana blanco—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
—Tranquila, Mimi. No hay problema. ¿Qué tal la semana?
Los jóvenes se sumieron en una conversación trivial, intentando aplazar el momento en que las cosas se pusieran serias. Los nervios del chico habían disminuido visiblemente. Hablaban como solían hacerlo años atrás, riendo. Iba por su segunda infusión cuando se atrevió a decir:
—Fue muy injusto de mi parte, Mimi, lo siento —la aludida pareció perdida en primer momento, pero luego su mente voló lejos, recordando aquel momento en Times Square—. Sabía que tú no sentías lo mismo y aún así te lo dije, lo estropeé todo, ¡maldición!
—No, Kou, no. He sido una inmadura contigo y soy yo la que debe disculparse. No me lo esperaba, de verdad que no. No vi otra salida que obviar tu comentario y evitarte después —Mimi cerró sus manos en pequeños puños antes de añadir—. Te quiero tanto... Pero nunca podría verte de esa forma, supongo que ya lo sabes. No quiero perder tu amistad, Koushiro. Ni quiero que estemos distanciados como estos últimos años. Esto es algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo.
—Al principio te odié por ello, ¿sabes? —preguntó, mas no esperaba respuesta— También me odie a mí mismo por forzarte a contestarme. Sabía que no sentías lo mismo, pero necesitaba decirlo en voz alta, para que tú lo supieras, para digerirlo también yo.
—Y ahora, ¿me odias? —demandó ella, temblorosa.
—No, Mimi, no te odio. Estoy resignado, simplemente. Mis sentimientos han disminuido, pero siguen ahí, luchando por salir a flote. Yo luchando por enterrarlos —Koushiro hizo una pausa, terminó su té de un sorbo y añadió—: Estamos bien, Mimi. Somos amigos, antes que nada, somos amigos.
Siguieron hablando un tiempo más. Cuando el camarero les trajo la cuenta, depositó unas monedas encima del platillo metálico e hizo ademán de levantarse. Koushiro negó con la cabeza, pidiendo más tiempo.
—¿Qué pasa, Kou?
—Verás, el otro día cuando salimos vi algo extraño —confesó. Mimi le miró expectante, animándole a seguir con la mirada—. Cuando os estaba buscando, a Yamato y a ti, me pareció veros muy juntos.
—¿Cómo? —la voz de Mimi temblaba cuando hablaba—No sé que quieres decir.
—Os vi, Mimi —acusó Koushiro, con voz firme—. Os estabais besando, junto a la pared.
—¡Oh, mierda! —exclamó, sin medir su reacción. Varios clientes la miraron—. Te lo puedo explicar.
Mimi le habló de su llegada a Japón. La búsqueda de trabajo, la celebración en Lucky, la interrupción de Taichi. Le contó acerca del rechazo de Yamato el día que salieron todos. Koushiro escuchaba en silencio, mirándola atentamente, escrutándola. Arrepentimiento junto algo más que no lograba descifrar teñían la voz de su amiga.
La joven no le dejó levantarse del lugar hasta que le prometió que no hablaría del tema con nadie.
Sintió sus manos envolverle. Besaba su cuello dejando alguna pequeña marca cuando le mordía sin querer. Gemía al compás de su mano subiendo y bajando. La cogió bruscamente y la tumbó sobre la cama, poniéndose él encima. Ella enredó sus piernas en su cintura y él las acarició cuan largas eran. La miró a los ojos unos segundos antes de entrar en ella, sin control. Empezó a moverse, primero lentamente, luego más rápido, furioso. Le besaba detrás de la oreja, en el cuello, mordiéndole la clavícula, y él sentía que perdía la noción de lo real. Cuando ella arqueó la espalda llegando al éxtasis, se dejó ir, derrumbándose sobre su pequeña figura.
Se despertó sudoroso, confundido. Miró el reloj que descansaba sobre su mesita de noche y comprobó que a penas eran las tres de la madrugada. Sintió su miembro palpitar reaccionando al reciente sueño que había tenido, clamando por su atención. La imagen de Mimi desnuda, gimiendo bajo su cuerpo le vino a la mente. Su subconsciente había decidido encontrar un final alternativo a la noche que salieron todos juntos. Se fue a la ducha a erradicar su problema, malhumorado.
Se volvió a acostar recordándose a sí mismo que mañana hablaría con Taichi. El moreno no podría negarse a una salida de chicos. Necesitaba encontrar alguna mujer para aliviar el estrés acumulado.
Terminó de leer el manuscrito que Takeru le había dado la semana pasada. Era la primera historia original que escribía. Su mejor amigo quería saber su opinión antes de buscar una editorial que quisiera publicarlo.
Habían pasado varios días desde la última ve que estuvieron juntos. El rubio prácticamente la había echado del coche cuando la llevó a casa tras la fiesta. No se había atrevido a mandarle ningún mensaje ni a llamarlo siquiera.
Escuchó un pitido tras otro. Takeru no contestaba. Lo llamó de nuevo y le hizo el mismo caso. La ignoraba.
Hikari se levantó, enfada. Se enfundó en su abrigo color crema y guardó el manuscrito en una carpeta antes de salir por la puerta rumbo al apartamento de su amigo. Le devolvería la carpeta, hablarían como adultos, y todo volvería a la normalidad.
Cuando llamó al timbre, la señora Takaishi le abrió la puerta. Le hizo señas con el brazo invitándola a entrar al acogedor apartamento.
—¡Cuánto tiempo sin verte, Hikari! Pasa, pasa. ¿Puedo ofrecerte algo, cariño?
—Oh, no se preocupe. Vengo a devolverle esto a Takeru —dijo, señalando la carpeta azul— ¿Está en casa?
—Claro, está en su habitación, ve.
Le dio una sonrisa de agradecimiento a Natsuko y se dirigió al cuarto del chico. Golpeó tres veces la vieja madera de la puerta y giró el pomo para abrir la puerta cuando escuchó un suave pasa. Cerró al entrar y se quedó de pie, esperando.
Takeru estaba sentado en la silla giratoria de su escritorio. Sus dedos se movían ágiles por las teclas de su portátil negro. Vestía un viejo chándal de ir por casa y su pelo estaba más revuelto de lo habitual. El joven se giró pensando que encontraría a su madre apoyada en el umbral de la puerta, como siempre que entraba a preguntarle si necesitaba algo. Sus ojos se agrandaron y su boca se abrió ligeramente por la sorpresa de ver a su mejor amiga allí. Se levantó de la silla apresurado mas se quedó de pie, parado.
—Hola, Takeru —Hikari sonrío tímidamente, midiendo las reacciones del rubio—. He venido a devolverte tu historia.
—Ah, claro, claro, la historia.
Se acercó a ella lo necesario para poder estirar su brazo y coger la carpeta que ella le ofrecía. La dejó en algún lugar de la estantería, junto a libros viejos que acumulaban polvo.
—¡Me ha gustado mucho! —exclamó de golpe, sobresaltándolo— Escribes muy bien, Takeru. Estoy muy segura de que las editoriales se pelearan por publicarlo.
El chico murmuró un casi inaudible gracias antes de girarse para sentarse de nuevo en la mullida silla. Hikari se mordió el labio dubitativa. Takeru no quería hablar con ella, seguía enfadado. Tras un debate interno, decidió quedarse. Se dejó caer al borde de la cama y respiró fuerte antes de hablar:
—Estás así por lo de Daisuke, ¿cierto? —preguntó— Ni siquiera me has mirado a los ojos desde que he entrado. No sé que pasó, Takeru, pero pasó, y tenemos que hablar de ello.
El rubio la miró, silencioso, girando levemente la cabeza. Pareció querer decir algo, mas se calló. Volvió su vista al ordenador. Hikari suspiró, indignada.
—No sé si quiero hablar de ello, Hikari —dijo él, quedamente—. Fue tan extraño... Dios, hemos hablado tantas veces sobre lo que Daisuke siente por ti, y siempre hemos llegado a la misma conclusión: que tú no sentías nada por él.
—Y no lo hago, creo. Daisuke es un buen amigo, nada más. Estoy confundida. ¡Mierda! Nada de lo que digo tiene sentido.
Se levantó bruscamente de la cama y empezó a caminar. Sus pies se movían rápidamente de una punta de la habitación a otra. Takeru la seguía con la mirada, meditando sus palabras.
—¿Te gustó? El besarle, digo. —Preguntó él, temeroso ante la respuesta.
—Creo. Puede. Había bebido mucho, no estaba pensando del todo bien cuando lo hice. Estábamos tan bien todos, nosotros dos, durante toda la noche. Y entonces apareció Mitsuki —Hikari hizo una pausa lenta antes de añadir—: Te pusiste a hablar con ella y me sentí abandonada.
—¿Abandonada? ¿Por Mitsuki? ¿Y entonces vas y besas a Daisuke? —Takeru alzó la voz al hablar, sorprendiéndola con su repentino enfado— ¿Qué carajos dices, Hikari?
—¡No lo sé! Me arrepiento, ¿vale? Daisuke no se merece esto. Pero me sentía tan mal, y él siempre había estado ahí...
—No te entiendo, Hikari. No entiendo nada. Estamos discutiendo como no hemos hecho en años. Se supone que somos mejores amigos.
—Tal vez ese es el problema.
Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de su confesión. La miró justo cuando ella detuvo su ruidoso andar. Redujo gran parte de la distancia que los separaba en unas zancadas, quedando a medio metro de ella.
—¿Qué has querido decir con eso, Hikari?
—No sé desde cuando, ni el porqué, pero me he enamorado de ti, Takeru.
Revisó su teléfono cuando salió de trabajar. Tenía varios mensajes de Sora pidiéndole que la llamara. Marcó su número y esperó tres pitidos antes de escuchar a su amiga. Hola, Mimi. Te llamaba para saber si te apetece salir esta noche. Taichi me ha dicho que saldrá con Yamato. Supongo que iremos a tomar algo.
Colgó el teléfono prometiéndole a Sora que estaría lista a las nueve en punto. Había terminado su turno a las siete y media, así que tendría tiempo de sobra.
Llegó a casa y se duchó rápidamente. Pensó en que tenía una oportunidad de oro para conocer mejor a Yamato, si él se dejaba, claro. Se quedó varios minutos mirando su armario, desafiante. Pensó en ponerse cómoda, pero atractiva. Finalmente se decidió por unos vaqueros ajustados y un jersey burdeos. Se maquilló tenuemente, acentuando sus ojos y pómulos. Buscó durante varios minutos dentro de su estuche de maquillaje hasta que logró encontrar su pintalabios carmín favorito.
Recibió un whatsapp de Sora justo cuando acababa de ponerse el botín izquierdo. Esos habían sido su última adquisición. Negros, brillantes, con tacón grueso. Cómodos. Con la chaqueta de cuero a medio poner y la asa del bolso colgando de la boca, salió a llamar al ascensor.
Taichi le sonreía desde el volante, al lado de un despreocupado Yamato. Sora agitaba la mano desde el asiento trasero, invitándola a subir.
Cuándo Sora le había preguntado donde saldrían esa noche, maldijo con todo su ser a Yagami Taichi. ¿Qué mierdas no entendía del término salida de chicos? ¡Le había vendido! Creía que querías salir a tomar algo, Yamato. Por eso he invitado a Sora. Y creo que ella se lo ha dicho a Mimi. ¡Cuántos más seamos mejor! Podía aceptar que viniera Sora, ella no le juzgaba nunca. Pero, joder, ¡Mimi no! Lo último que necesitaba después de soñar con ella era verla. Se revolvió incómodo en el asiento cuando las imágenes del sueño le volvieron a la cabeza. Cuando ella subió al coche, un aroma dulzón, tal vez vainilla, inundó el vehículo. Se maldijo internamente por estar tan pendiente.
Taichi conducía en silencio, tranquilo, al ritmo de una vieja balada rock. Las chicas hablaban de como les había ido la semana y él se limitaba a mirar por la ventanilla. Cuando reconoció el pequeño restaurante de comida tailandesa al que solía ir todos los martes, supo a donde se dirigía Taichi. Los estaba llevando a Lucky; ironías del destino, se dijo Yamato.
Miró a la castaña detenidamente por el retrovisor. Estaba enfrascada en una conversación con Sora sobre algo relativo a unos zapatos nuevos. Estaba guapa. Era guapa, se corrigió. Su piel blanca contrastaba con el toque rojo de sus labios y eso se le hizo delicioso.
Estuvo tentado a pedirle a Taichi que cambiara de rumbo. Había cientos de bares repartidos por toda Odaiba donde podrían pasar una buena noche y él justamente los llevaba al lugar donde empezó su tormento. Y luego se arrepintió, porque Taichi era un preguntón y él no tenía respuesta alguna.
Dejaron a las chicas en la puerta mientras ellos iban a buscar un sitio donde aparcar. Taichi condujo por los alrededores hasta dar con un sitio perfecto a menos de una manzana. Cuando entraron en el pub las divisaron en una de las mesas del fondo. Estaba vacío, pensó Yamato, si lo comparabas con los días en los que él solía ir. Un grupo de borrachos atrincherados en la barra, dos parejas en las mesas próximas al escenario y ellos cuatro. La iluminación era más tenue que de costumbre y la música más relajada.
Bebieron sus cervezas entre conversaciones triviales. Cuando Taichi se levantó a por una segunda ronda, le bastó una mirada de advertencia de Sora para volverse a sentar. Pediré un refresco, aseguró mientras retomaba su camino. Hablaron del nuevo trabajo de Mimi, de los avances de Sora, de todo. Después de la segunda pinta, Mimi consideró que ya habían conversado bastante.
—¿Por qué no jugamos al futbolín? —preguntó de pronto—. Podríamos hacer un chicos contra chicas.
La maldad brilló en los ojos de Taichi al aceptar el reto. Se posicionaron para jugar mientras Sora echaba la primera moneda. Tras el segundo gol, Mimi se permitió levantar la vista para observar a sus oponentes. Taichi manejaba a los delanteros y centro-campistas en una batalla por colar la pelota en la portería de Sora. Yamato, desde la defensa, miraba concentrado la jugada. Algunos mechones rubios caían rebeldes sobre su frente. Otros se pegaban, sudorosos. La calefacción del bar estaba demasiado alta. Sus manos se aferraban a los mangos de madera, fuertes, firmes. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado hacia delante, imponiéndose a la mesa. Los dos primero botones de su camisa negra estaban desabrochados, dejando entrever el inicio del hueso izquierdo de su clavícula. Su piel pálida relucía bajo la luz de la lámpara que alumbraba el futbolín. Mimi se relamió los labios, inconsciente.
Cuando Sora le pasó el balón, ni siquiera lo tuvo tres segundos en su posesión antes de que Yamato se lo quitase, mirándola arrogante. Se quiso golpear mentalmente. La había pillado mirándolo de nuevo. Siguieron jugando algunas rondas más, cambiando de parejas. No dejaron de jugar hasta que se quedaron sin monedas, intercalando alguna partida de billar donde las chicas pudieron defenderse mejor.
De nuevo en la mesa, Taichi hablaba sin parar. Yamato se limitaba a observar y tanto Sora como Mimi intentaban seguirle el ritmo a Taichi. La castaña vio su oportunidad de oro cuando Yamato anunció que saldría a fumar. Voy contigo, Ishida.
Una vez fuera encendieron sus cigarrillos y Mimi se encontró sola frente al peligro.
—Aquí estamos, casi un mes después... —se quiso golpear hasta el desmayo por la forma más estúpida de romper el hielo— Mierda, no quería recordar eso, ¡perdón!
Yamato río tranquilo, melodiosamente a ojos de ella. Fue tan natural que estuvo tentada a pedirle que lo repitiera. Fue como si se hubiera quitado unos cinco años de encima con esa carcajada tan juvenil. Negó con la cabeza, dándole a entender que no pasaba nada.
—¿Y cómo te va el trabajo? —preguntó ella.
—Bien, estamos en un proyecto muy importante ahora.
Yamato no añadió nada más y ella bufó por lo poco comunicativo que era. Dio una calada rápida a su cigarrillo antes de decir, frustrada:
—No ayudas mucho así, Yamato. Tú mismo lo has dicho alguna vez, somos adultos —Mimi hizo una pausa y él la miró con una ceja levantada, expectante por lo que diría a continuación—. Estoy intentando conversar contigo, ser tu amiga. Tenemos el mismo círculo social, cada vez que salgas me vas a tener hasta en la sopa, ¡acéptalo! —lo apuntó acusatoriamente con el dedo índice y añadió—: Ya no somos adolescentes para andar evitando a nuestros ligues accidentales de una noche de borrachera.
Yamato se atragantó con el humo de su cigarro y empezó a toser repetidamente. Le pareció ver como un sonrojo surcaba su cara, aunque después no pudo distinguir entre vergüenza o esfuerzo por toser. Mimi estuvo tentada a darle unas palmaditas en la espalda, pero se contuvo al ver cómo la fulminaba con la mirada de reojo. Cuando el rubio se recompuso, la miró, serio.
—Supongo que tienes razón —las palabras casi se le atragantaban ya que Yamato no era alguien que acostumbraba a ceder—. No puedo escapar de ti. —Añadió a modo de broma.
—Así me gusta —dijo ella sonriendo—, el primer paso es aceptarlo. Vamos a intentarlo de nuevo: ¿qué tal el trabajo?
Yamato suspiró, casi riendo. Resignado por lo insistente que ella podía llegar a ser, empezó a hablar. Le contó más cosas sobre el importante proyecto que estaban desarrollando en la empresa mientras apuraban caladas antes de volver al calor del pub. Ella le escuchaba atenta, deleitándose por escuchar más de cinco palabras seguidas de su boca.
Entraron de nuevo al local justo a tiempo para ver como Sora le cruzaba la cara a Taichi de una bofetada. Mimi soltó una exclamación ahogada, llevándose ambas manos a la boca por la sorpresa. Taichi parpadeaba incrédulo, sobándose la mejilla izquierda con la mano. Sora recogió sus cosas y se acercó a ellos con paso rápido.
—Esta noche dormiré en casa Mimi —dijo dirigiéndose a Yamato, giró su cabeza para mirar a la castaña y añadió—: ¿puedo? De verdad que no quiero respirar el mismo aire que Taichi.
—Eh, claro, no te preocupes Sora —le contestó la castaña— ¿Prefieres volver con ellos o cogemos un taxi?
—Mejor volvemos en taxi —la peliroja centró su mira en su amigo y se disculpó—. Lo siento mucho Yamato, he estropeado tu noche...
—Sin problema Sora, seguro que ese idiota se lo tiene merecido. —le contestó él restándole importancia al asunto.
Mimi fue a por sus cosas y juntas abandonaron el local. Tras unos cinco minutos esperando se subieron a un taxi en dirección a casa de la pequeña.
Cuando llegaron, Mimi le restó un pijama a Sora y ambas se prepararon para dormir en la extensa cama de matrimonio de la castaña. Una vez acomodadas, Mimi preguntó:
—¿Quieres hablar del tema o prefieres dormir?
—Pff, es que estoy muy enfadada, Mimi, de verdad. Estábamos tan tranquilos hablando del partido del sábado pasado cuando de repente el idiota de Taichi me ha dicho y cito textualmente: deberías dejar de salir con compañeros del trabajo. ¿Te lo puedes creer?
—¿En serio? ¿Quién se cree ese idiota para decidir con quien puedes salir y con quien no?
—No lo sé... Y después, para rematar, me ha dicho que seguramente solo se quería aprovechar de mí, como dando a entender que solo salía conmigo por mi físico —Sora rodó los ojos y bufó molesta—. Lo mejor de todo es que ni siquiera le he contado que estaba viéndome con él.
—¿Y cómo carajos lo ha sabido? —Preguntó Mimi, curiosa.
—Pues atenta, cuando se lo he preguntado, como si fuera lo más natural del mundo, me ha respondido que me cogió el móvil el otro día.
—¡No! ¿Cómo se atreve?
—Valiente gilipollas. No lo entiendo Mimi, te juro que no lo entiendo. Después de mucho años, me doy por vencida con Taichi porque veo que no llegaremos a nada más que amigos y empiezo a salir con otros chicos, y ahora me viene con esto. ¿De qué va?
—Es increíble...
Siguieron hablando por unos minutos más, intentando hallarle sentido al comportamiento de Taichi, sin sacar nada en claro. Cuando Mimi estaba casi dormida, le asustó la vibración de su móvil.
Número desconocido, 02:33:
¿Está todo bien con Sora?
Mimi, 02:33:
¿Yamato, eres tú? ¿Cómo has conseguido mi número?
Número desconocido, 02:34:
Sí, soy yo. Lo he cogido del móvil de Taichi. ¿Está bien Sora?
Mimi, 02:36:
Sí, todo bien. Tu amigo es idiota, ¿lo sabías? Le costará mucho que Sora le perdone esta.
Yamato Ishida, 02:37:
Tan idiota como solo él sabe serlo. No sé que ha hecho, aunque creo tener una idea. Seguro que se merecía esa bofetada.
Mimi, 02:37:
En efecto. Voy a dormir, me has pillado en la cama ya. Al final hablar conmigo te ha gustado tanto que has inventado esta excusa para conseguir mi número de teléfono. Buenas noches, xoxo.
Yamato Ishida, 02:42:
Buenas noches, pesada.
Yamato sonrió a la pantalla de su móvil, negando con la cabeza por las palabras de la chica. Después de todo, ser amigo de Tachikawa Mimi no era tan malo. Aunque si quería que las cosas fueran bien, tendría que dejar de soñar con ella de esa forma.
Notas de autora: ¡siento tanto haber tardado! Tenía escrito más de la mitad del capítulo desde hace semanas, casi meses me atrevería a decir, pero no había manera de seguir escribiendo. Espero que aunque sea cortito, os haya gustado :)
¡Muchos besos! Como diría Mimi, xoxo
¡Nos leemos! :D
