Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 29: Midoriko
17 de septiembre
—No va a funcionar.
31… 32…
—Tú calla y hazlo.
33… 34…
—¡Demonio idiota!
35…
—Me han quitado…
36…
—… ¡Mi poder!
37…
—Kagome dijo que lo hicieras.
38… 39…
—Así que hazlo.
40… 41…
—¡No puedo!
42…
—Escúchame bien…
43… 44…
—Te mataré…
45…
—Con o sin bebé, te mataré.
46… 47… 48…
—Bebé… mi…
Inuyasha siguió contando mientras Kikyo paraba de discutir y ponía la mano en su vientre. Si no empezaba a tensar aquella cuerda pronto, iba a tener que arrancarle los brazos de su cuerpo y hacerlo en su lugar.
52…
—Prepárate, Kikyo.
53…
Estaba completamente preparado para hacer lo que tuviera que hacer para que esa flecha bajase por el pozo. No quería tener que mutilarla, pero no iba a dejar que fastidiara esto. No iba a permitirle que estropease su oportunidad de recuperar a Kagome. Justo cuando estaba a punto de «ayudarla» físicamente, sacó la flecha, levantó la mirada y sonrió con la mano todavía en su vientre.
58…
—Dame fuerzas —susurró.
59…
—¡Kikyo!
60…
—¡AHORA!
Inuyasha contuvo la respiración mientras Kikyo preparaba la flecha. Pero se sorprendió un poco por cómo puso el poder en la flecha. Había un aura lavanda emanando de su centro que subía por su columna y a través de sus brazos. Hizo que la flecha brillase cuando Kikyo la dejó volar directamente al corazón del pozo.
Fuego azul pareció estallar del pozo.
Entonces, captó su aroma.
—¡KAGOME!
Saltó dentro del pozo por instinto, a pesar de la luz cegadora y de lo que podría haber más allá. Si allí era donde estaba Kagome, entonces ahí era a donde iba a ir. Se preparó para el impacto, pero no llegó nunca. En lugar de aterrizar al fondo del pozo, siguió avanzando. Era como si estuvieran tirando de él, no como si estuviera cayendo.
Le dio un vuelco el corazón.
No fue el miedo a que estuviera cayendo a su muerte lo que hizo que su corazón saltase en su pecho. No fue el miedo a hacia qué diablos estaba cayendo lo que hizo que se le cortase la respiración. Fue la silueta que se formó en la luz que caía hacia él.
Era Kagome.
La alegría pareció estallar en su pecho mientras se estiraba hacia ella. Su propia visión se volvió borrosa cuando vio que los ojos de ella se llenaban de lágrimas mientras pronunciaba su nombre, estirándose hacia él. Su sonrisa le derritió el corazón. Sabía que probablemente estaba sonriendo como un idiota, pero realmente no le importaba. Kagome estaba aquí. Kagome estaba casi a su alcance. Eso era lo único que importaba.
Los dedos de ella rozaron los suyos y, con rápidos reflejos como el rayo, le agarró la muñeca. Empezaron a pasar el uno al lado del otro, pero sus manos unidas los mantuvieron juntos y la fuerza de su caída los hizo girar.
Mientras giraban, Inuyasha la atrajo hacia él, estampándola contra su pecho.
—Kagome…
—Inuyasha…
Una mano le sostuvo la cabeza contra su hombro mientras la otra le rodeaba la espalda, presionándola contra su cuerpo. Con su nariz en la unión de su cuello con su hombro, inhaló su aroma. Lo rodeó. Lo llenó. Por primera vez desde que ella había desaparecido, se sintió en paz. No importó nada más. Qué más daba dónde acabasen, al menos estaban juntos. Y nunca, nunca iba a soltarla.
—Te he echado de menos —susurró ella.
Su respuesta fue presionar la boca contra su hombro. Los dedos de ella lo aferraron y él dio las gracias porque no intentara apartarse.
—Yo también te he echado de menos —susurró contra su piel.
—¿Qué les está llevando tanto tiempo?
—Paciencia, Shippo.
—He sido paciente, Miroku. ¿Adónde fue? —El zorrito miró en dirección a Kikyo—. ¿Crees que no funcionó?
—El pozo todavía brilla —respondió mientras miraba hacia el pozo—. Sin embargo, tienes razón. Está tardando mucho. Me pregunto si algo salió mal.
Como si fuera una señal, el brillo se volvió más débil.
Shippo soltó un chillido justo cuando un objeto salió volando del pozo. Todos retrocedieron un paso, sobresaltados.
—¡Kagome!
Antes de que Inuyasha aterrizase siquiera con la miko en sus brazos, Shippo se había lanzado a Kagome. Se rieron, lloraron y se llenaron de besos. Sango fue la siguiente en adelantarse, las lágrimas bajaban por su rostro. Kagome se retorció hasta que Inuyasha la dejó sobre sus pies y fue a darle un abrazo a su amiga. Miroku sostuvo a su hijo y sonrió, era demasiado inteligente como para intentar darle un abrazo.
Kikyo avanzó, pero Inuyasha empujó a Kagome detrás de su espalda y gruñó.
—La tocas y mueres.
Kikyo sostuvo las manos en alto en gesto de rendición y se conformó con una bienvenida verbal. Le dio a Kagome otro par de minutos para que se regocijase por estar en casa antes de volver a hablar.
—¿Funciona?
—Sí. —Kagome sonrió—. Hojo te está esperando.
Kikyo se tapó la boca para no llorar. Después, se giró hacia el pozo que la llevaría a casa. No parecía muy seguro y, en su estado, parecía aún más peligroso. Pero ni de broma iba a desaprovechar la oportunidad.
—Deseadme suerte.
—Buena suerte —clamaron Sango y Kagome.
—Buen viaje —deseó Miroku.
—¡Adiós! —gritó Shippo.
—Vete de aquí de una vez —gruñó el demonio perro.
—¡ALTO!
Kikyo se quedó paralizada. Ella, al igual que los demás, se giraron hacia la fuente de la voz. Una mujer, una mujer muy enfadada, estaba en el claro. ¡Era Midoriko!
Sango desenvainó su espada y Miroku le tendió su hijo a Shippo, quien cogió a Ryoku para esconderlo entre los árboles. Kikyo y Kagome cogieron una flecha y tensaron el arco. Inuyasha… Inuyasha ya estaba en el aire con la espada bajando hacia la miko que había causado tantos problemas.
—Retírate —ordenó cuando Inuyasha rebotó contra la barrera que había erigido—. Esta no es tu pelea.
El demonio perro soltó un creativo despliegue de maldiciones antes de aterrizar.
—Todo lo concerniente a Kagome me concierne. —Preparó su espada—. Nadie va a tocarla.
Un búmeran de hueso voló por el aire, pero también fue evadido. Midoriko frunció el ceño mientras miraba a la exterminadora de demonios y levantó la mano. Salió disparado un rayo de luz, empujando a Sango hacia atrás, haciéndola chocar contra Miroku. Antes de que pudieran volver a ponerse de pie, unas enredaderas se envolvieron alrededor de sus cuerpos, atrapándolos.
—He tenido este sueño a menudo —comentó Miroku—. Aunque nunca con público.
—Pervertido —musitó Sango mientras intentaba encontrar una forma de soltarse.
Inuyasha se limitó a ignorarlos y volvió a correr hacia Midoriko. Kirara saltó hacia la miko, pero un estallido de luz la lanzó volando contra un árbol, haciendo que se transformase de su forma de gran gata de fuego a su forma más pequeña.
Inuyasha oyó que Kagome le gritaba a Kikyo que saltase. También oyó a Kikyo gritándole en respuesta que esta también era su pelea. Inuyasha rajó la barrera mientras Kagome le seguía gritando a Kikyo que se fuera. Saltó hacia atrás y decidió que necesitaba una nueva táctica, ya que un ataque frontal no estaba funcionando. Aunque deseaba con ganas que Kagome parase de gritarle a Kikyo que se fuera, le distraía bastante. Siempre podrían usar a otro guerrero para pelear, ¿por qué era tan importante que…? Oh.
Midoriko sonrió mientras dirigía su atención hacia Kagome y Kikyo.
—Estoy aquí para enmendar este error. Estoy aquí para enviarte donde está tu lugar.
Ahora tenía sentido por qué Kagome estaba intentando conseguir que Kikyo se fuera. Con ella aún aquí, todavía cabía la posibilidad de que Midoriko obligase a Kagome a volver. Kikyo tenía que irse para sellar la entrada. Su propia exigencia gritada de que saltase por el pozo no fue tan educada como la de Kagome.
Kikyo asintió con gesto de comprensión (al fin, pensó el demonio perro) y corrió hacia el pozo, pero Midoriko lo estaba bloqueando con una barrera.
—No puedo permitir esto —dijo la mujer mientras encerraba a Kagome en una burbuja de luz—. No se te puede permitir existir en un mundo al que no perteneces. Debes regresar.
—¡No se va a ir a ninguna parte! —Inuyasha cargó contra Midoriko, atacando la barrera una y otra vez. Como eso no funcionó, intentó abrirse paso a través de la barrera que contenía a Kagome—. ¡Miroku! ¿No puedes hacer nada?
—Estoy un poco ocupado en este momento, Inuyasha.
Inuyasha le dirigió una mirada mientras Sango y él luchaban contra las enredaderas que estaban intentando asfixiarlos. No le servían. Se giró hacia Midoriko.
—¡Este es el lugar de Kagome! ¡Su lugar está CONMIGO!
—Basta, demonio.
Midoriko lo miró con furia mientras lo señalaba. Las enredaderas lo agarraron y tiraron de él contra un árbol, el árbol sagrado. Sus brazos y piernas quedaron estirados mientras las enredaderas se enroscaban a su alrededor y lo ataban con firmeza. Brillaban. Y eran irrompibles.
—¡Suéltalo! —gritó Kagome.
—Es hora de enviarte a donde perteneces.
—Mi sitio está aquí. Quiero a Shippo, Sango, Miroku, Kirara y Ryoku. Ellos son mi familia. Amo a Inuyasha. Es mi corazón, mi vida. Mi sitio está a su lado.
Kikyo se situó al lado de Kagome. Tenía la mano sobre su vientre, protegiendo al niño que llevaba dentro. Una luz lavanda subió desde su centro hasta su mano y puso esa mano sobre la barrera que retenía a Kagome. La barrera cayó y también Kagome.
—Qué niño tan poderoso tienes ahí dentro —comentó Kagome mientras se ponía rápidamente en pie.
—Pues sí.
Midoriko levantó la mano de nuevo y las señaló. Kagome erigió una barrera propia, la luz rosa se vio reforzada con un poco de lavanda. Juntas, bloquearon con éxito el ataque de la miko más mayor. Kikyo preparó una flecha.
—Mi sitio está con mi marido y mi hija. Este ya no es mi mundo. Voy a volver.
—La vida que vives le pertenece a Kagome, no a ti.
Kikyo se enderezó más.
—NO. Es MI vida. Mi marido. Mi hija. MI vida, Midoriko. Mía. No me la vas a arrebatar. Mi lugar está con ellos. Allí es donde yacen mi corazón y mi vida.
Asintió en dirección a Kagome, quien bajó rápidamente la barrera. Kikyo dejó volar la flecha. Kagome colocó rápidamente una flecha y dejó volar también la suya. Las dos partieron en direcciones opuestas. Kagome siguió disparándole flechas a la miko, quien paró todas y cada una de ellas.
—¿Crees que me hieres con simples flechas, niña?
Kagome sonrió con satisfacción y soltó otra flecha.
Midoriko negó con la cabeza mientras desintegraba otra flecha.
—Niña, no puedes esperar derrotarme así. Pensaba que eras más lista que esto.
—Oh, no sé, creo que es bastante lista —dijo Inuyasha entre risitas desde el árbol.
Midoriko se giró justo a tiempo de ver el pozo perdiendo su brillo por completo. Inspeccionó la zona rápidamente y no encontró trazas de Kikyo. Entrecerró los ojos mientras miraba la expresión de victoria en el rostro de Kagome.
—¿Crees que has ganado? —Abrió la mano y en ella se formó un arco de luz—. ¿Crees que seguirás viviendo en una época a la que no perteneces? —En su otra mano se formó una flecha—. ¿De verdad piensas que esto es el final? —Apuntó con su arco a Kagome.
La joven miko jadeó, luego erigió una barrera, esperando que fuera lo suficientemente fuerte como para bloquear el ataque de la miko más experimentada. Entonces, parpadeó con sorpresa. Midoriko giró la cabeza y movió la punta de la flecha para apuntar hacia Inuyasha.
—Tal vez si ya no tuvieras una razón para quedarte aquí, no serías tan difícil.
—¡NO!
Kagome corrió. Inuyasha maldijo. Midoriko sonrió.
Soltó la flecha, una flecha de luz. Kagome no pudo pensar, sólo pudo reaccionar. Se abalanzó hacia Inuyasha, protegiéndolo de la única forma que pudo. Gritó cuando la flecha le atravesó la espalda. Jadeó con horror cuando vio la punta emergiendo de su pecho.
—¡Kagome! ¡No! ¡Kagome! ¡Kagomeeee!
Inuyasha estaba a salvo. Midoriko no lo había matado. Después de todos los miles de millones de veces en las que la había salvado, al fin había tenido la oportunidad de salvarlo a él. Inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo. Luego, presionó sus labios suavemente contra los de él.
—Siempre te amaré —le dijo.
Entonces, el mundo se oscureció lentamente.
El último sonido que oyó antes de que todo se quedara en blanco fue el sonido de Inuyasha clamando su nombre.
