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Cruzando el Puente
Por Ladygon
Capítulo 7: Recuperarlo es prioridad.
Era para volverse loco. Dean se agarraba la cabeza como si le fuera a estallar en cualquier instante.
—No puedo creer lo que está pasando —dijo Dean.
Tenía ganas de llorar de la impotencia.
—Lo sé, Dean, pero debemos mantenernos firmes. Mira, no nos están echando, solo nos vigilan —observó a los guardias djinns—. Eso quiere decir que podemos permanecer aquí y averiguar lo que está pasando.
—Fácil, yo te digo: Maia nos invitó a una linda reunión familiar con su hermano.
Sam pensó esto último sin ninguna burla.
—Puede ser —señaló Sam.
—¿A qué te refieres? ¿Crees que nos trajo para esto? —Dean se mostraba incrédulo con la revelación.
—No lo sé, porque ella puede manipular esos portales y puede mandar a cualquiera de sus guardias ¿Por qué mandarnos a nosotros?
—Por Cas.
—Eso creo. Cas es el factor común. Ver a su hermano es una consecuencia.
—No calcules tanto. Igual es extraño que el Vacío tenga una hermana.
—Es a causa de la dualidad. Las deidades siempre las tienen: Luz y oscuridad, bien y mal, vacío y lleno, ying...
—¿Lleno? ¿Su nombre es lleno? —interrumpió Dean.
Dean arrugaba la nariz con el nombre tan extraño para una mujer como ella. Después le dieron ganas de reír, pero como estaban rodeados de guardias, se aguantó.
—Plétora —dijo una voz.
Los hermanos casi perdieron el equilibrio cuando voltearon a ver quién dijo eso. Venía hacia ellos un tipo fornido, alto, calvo de piel oscura como perla negra. Tenía los ojos del mismo color, brillantes y una belleza respetable. Parecía ser el jefe de los guardias, porque le hicieron una reverencia. No dijeron nada y los dejaron solos con ese jefe.
—Plétora es su nombre, pero le gusta Maia. Ustedes deben esperar a nuestra reina. Vengan conmigo, los llevaré a sus habitaciones.
Sin decir nada más, volteó y comenzó a caminar, atravesando el salón hasta una puerta. Dean quiso preguntar algo y Sam le dio un codazo para seguir al jefe de los guardias. Lo siguieron en silencio por un buen trecho hasta que llegaron al jardín. Ahí en el centro estaba el hermoso árbol con el fruto de la vida. Uno gigantesco, lleno de ramas verdes y colores moteados de rojo. Su tronco era muy grueso, más que cualquiera hubiera visto, ya que su sola presencia parecía una colina.
Lo primero que se le pasó por la cabeza a Sam, era cómo podían mantener un árbol así fuera de la vista del mundo humano. Los satélites debieron verlo hace mucho tiempo. Sorprendía en todo sentido, en especial el secreto bien guardado.
—Ese es el árbol, ¿no? —preguntó Dean lo obvio, recordando haberlo visto en su sueño.
El silencio fue su respuesta y siguieron caminando. Rodearon el jardín hasta las dependencias de unos metros. Ahí abrieron una puerta y el jefe de la guardia los hizo entrar.
—Esperen aquí, pero si quieren irse, solo salgan y se transportarán —dijo el jefe, cerrando la puerta.
—¡Qué! —Dean trató de evitar que cerraran la puerta, pero fue en vano—. Justo los que nos faltaba.
Sam vio el vaso medio lleno al tener algo de tiempo para pensar. Dean, por el contrario, estaba sin esperanzas, pero con ganas de patalear aun muerto. No era necesario hacérselo saber a su hermano, este ya debería haberlo adivinado. Así era, su hermano debería pensar solo una forma de salir de este problema. Deseo tener el libro de Rowena en sus manos para ver algún hechizo que pudiera usar en este caso.
Buscó mentalmente, algo que pudiera funcionar con un ente poderoso y tenía varias cosas como al mismo tiempo, nada. Fue extraño descubrir esta realidad. Quería a Dean, pensando en una solución; este estaba en otro limbo con sus propias reglas y leyes.
—Dean, te necesito aquí conmigo, pensando en una solución. Tenemos a dos seres poderosos a unos metros y no podemos salir de esta habitación sin Cas ¿Quieres recuperar a Cas o no?
—Recuperar a Cas es mi prioridad y haré lo que sea porque eso suceda.
La pasión en las palabras del cazador dejó una emoción en el corazón de Sam, cosa que no pensó sucedería. De alguna manera se alegraba de ver a su hermano con esa actitud tan viva, porque en el sueño del cielo, ese aire melancólico no le venía para nada.
—¿Cómo supiste que Cas te amaba? —preguntó Sam de improviso.
Su hermano esquivó la vista. Un tema sensible de tratar. Dean estaba nervioso, pero ansioso, solo unos segundos y hablaría. Sabía los por menores del trato entre el Vacío y Castiel, aunque no sabía todo. Cuando comenzó a hablar, su hermano mostró toda la emoción experimentada. Fue muy revelador, conmovedor y sorprendente. Con razón Dean no quiso contarle todo lo sucedido ese día.
Así estuvo contándole lo que había pasado, pero también estuvieron revisando cuando fueron capturados por los djinns. Debió ser al comienzo de la misión, incluso antes, porque la muerte de esa familia se vio muy extraña. Definitivamente, no podían identificar bien el momento exacto de la abducción. Estuvieron conversando y viendo los sentimientos de Dean con Castiel, por primera vez Sam veía a su hermano muy enamorado, cosa que le parecía insólito. Casi olvida que tenían muchos problemas entre tanta conversación. Parecían temas tabú, aunque alguna vez, los tocaron pese al dolor. Cuando volvieron a tocar el tema de la trampa para sus presuntos enemigos, la puerta se abrió de improviso y apareció la reina Maia.
—Hola chicos, supuse que todavía estarían por acá —dijo con una sonrisa.
Los hermanos quedaron estupefactos, pues no creyeron tener tan poco tiempo. Ni siquiera pudieron pronunciar palabra alguna frente a la sorpresa.
—Me encanta dejar a los hombres sin habla —continuó la reina al ver el rostro de los cazadores—, es estimulante en mucha medida. Puesto que no van a decir nada, les cuento un poco lo hablado con mi hermano.
Tomó asiento de forma muy elegante en el diván de tela extraña, pues no parecía ser de animal, ni de piel de ninguna clase. Si era sintética, era la prueba irrefutable de que ella iba al mundo civilizado, pese a estar escondida. No se dieron cuenta del detalle por estar distraídos, hablando temas íntimos. La reina cruzó las piernas largas y tan hermosas como doradas, como si fuera un paréntesis divino. Los chicos quedaron embobados unos segundos, pero luego Dean reaccionó:
—¿Dónde está Cas?
—¿Ahora les bajó la preocupación por él, cuando antes era carne de cañón? No dudaste en sacrificarlo, pero a tu hermanito ahí presente lo cuidas como si fuera una gema preciosa ¿Para qué lo quieres si ya tienes a ese de ahí? —dijo con voz de autoridad, señalando a Sam.
—Él es mi hermano menor, por eso lo cuido. Lo crie desde niño y somos muy unidos —respondió Dean con sinceridad—. Es verdad, no hemos tratado bien a Cas... no lo traté bien. No lo cuidé como cuido a Sam. Quise hacerlo en muchas ocasiones, pero fracasé una y otra vez y sigo fracasando... —su voz disminuyó—. Intento... yo lo quiero... lo amo... sé, sé que tú lo cuidarías mejor. Estaría mejor contigo, lo sé. Si él quiere quedarse contigo, yo... yo no diré nada, pero por favor, déjame hablar con él, solo con él... que el Vacío no esté... que se vaya. Hablaré y será todo.
Dean se plantó suplicante, por primera vez ante ella. Su actitud de desafío se fue junto con su voz segura, llena de pedantería y exigencia infantil. No podía hacer nada frente a su poder, a veces lo requería, y aunque poca o ninguna vez funcionó, tenía el presentimiento de que lo haría si elegía bien sus palabras, si era sincero de corazón.
—¿Por qué haría eso? —preguntó la reina.
—Porque Cas me ama —respondió sin vacilación.
Quiso agregar muchas cosas a sus razones. Lo pensó mejor y decidió callar, dejar esa, la única valedera para su petición. Estaba muy agitado, pues la respuesta de esa mujer sería su juicio. Esperó la respuesta con mucha ansiedad y respiración entrecortada.
Su hermano estaba sorprendido con la reacción de su hermano. Si bien alguna vez lo vio en esa actitud, nunca fue tan vulnerable, ni siquiera cuando le pidió a Chuck que regresara a Castiel, porque tenía el plan con Jack. Ahora no tenían nada, ninguna cartita bajo la manga como tampoco se les ocurría nada. Tenían la mente sin ideas bajo las circunstancias, solo sentimientos.
La reina lo miró fijamente sin pestañear. Fue cuando vio la verdadera naturaleza divina de la diosa Plétora. Siempre al fijar la vista en Castiel veía su naturaleza sobrenatural. Al principio lo veía por ser un cazador, pero después cuando vio más al fondo, pudo sentir su bondad. No importa cuántos seres poderosos existían en el universo, dentro del mundo sobrenatural, Castiel era el mejor de todos.
El silencio fue muy largo. Una lucha de miradas daba la sensación de infinito suspenso. A cada instante el aliento de Dean moría para volver a la vida y dar un pequeño respiro para continuar. Finalmente, la mujer cambió de posición las piernas, se acomodó demasiado bien en el diván como para querer irse de ahí y dio mala sensación. Aun así, Dean no se movió de su lugar, siguió mirando a la reina, aguantando el aire en sus pulmones.
—Mi hermano me habló de ti —dijo la reina—, no muy bien debo recalcar. Él no es feliz cuando lo molestan y ustedes lo molestaron mucho. No quiere saber nada de ustedes y no me costó convencerlo de lo contrario. Me pidió algunos favores, por supuesto complaceré a mi querido hermano. También quiero complacer a mi esposo y rey, Castiel. Soy una reina razonable, puedo entablar conversaciones con diferentes seres. Trato de entenderlos.
Miró a ambos a los ojos para luego proseguir.
—Así lo hice la vez que vino Castiel a mi reino a robar mi fruta. No lo maté y es la razón por la que ustedes siguen con vida —explicó la mujer—. Puedo complacerlos. Sería la única vez, no tengo intensiones de ver sus rostros nunca más. Si respetan mi deseo, dejaré que vean a mi rey —continuó, descansando su mentón en el dorso de su mano y el codo en el brazo derecho del diván en actitud pensante—. Acostumbrados a abusar, es mucho pedir por eso quise matarlos. Además, merecían un buen castigo por abusar de Castiel.
A Dean le dio la impresión de ser regañado por una madre. Quiso replicar, defenderse, ofenderla por la mala acción de tomarlos sin aviso y matarlos de esa forma, aunque debía confesar que morir así no le parecía tan malo. De alguna forma, era pacífico y completaba su vida. Solo había algo o alguien que no permitía ese final y ese alguien era Castiel. Su recuerdo no lo dejaba en paz, no importando si iba al Cielo o no. Su vida o muerte sin Castiel, estaba incompleta. Haría cualquier cosa por tenerlo otra vez a su lado.
—Haré cualquier cosa. Si quiere no volver a vernos, lo prometeré. Jamás contactaré con usted, no la veré, ni pediré nada, lo prometo —dijo Dean con solemnidad, después miró a su hermano.
—Yo también lo prometo —respondió Sam a la mirada de su hermano.
Maia acarició sus labios con su dedo índice, sin dejar de tocar su barbilla con la mano derecha. Los observó con mirada escrutadora por un largo tiempo en silencio. Los hermanos sabían que los estaba probando y no se atrevían ni a moverse si quiera. Dean estuvo a punto de sacar una de sus pesadeces, pero estaba tan desesperado, que su instinto le decía que no debía hacerlo.
—No confío en ustedes —dijo por fin Maia.
Un golpe en las entrañas para Dean. Este abrió la boca y un gesto del dedo índice de la mujer, el cual dejó sus labios para dar una señal de atención, la cerró.
—Recuerda —sentenció Maia con voz firme y no quitando para nada los ojos de Dean como si lo estuviera penetrando con la mirada—, si rompes tu promesa, jamás verás otra vez a Castiel.
Dean asintió con un movimiento de cabeza a lo que Maia levantó su mano y la puerta se abrió de golpe. La sombra reconocible de inmediato, apareció en la habitación.
—Cas... —murmuró Dean.
El ángel entró con su rostro impasible y se colocó a un lado de la reina.
—Querido mío —dijo la reina—. Este hombre quiere hablar contigo a solas. Si lo deseas, te dejo con él. Depende de ti.
La mirada de Dean cambió a una de súplica, pero aun así fue escrutadora.
—¿Cas está solo? —preguntó Sam.
No había hablado en todo ese tiempo y fue una muy buena pregunta.
—Mi hermano volvió a sus dominios. Fue una corta visita de su parte, pero nos veremos muy pronto —respondió la reina.
—Maia yo... —dijo Castiel.
—Lo sé, querido. No es necesario que me des las gracias ¿Y bien? Puedo enviarlos con una patada en el trasero. Me gustaría y lo disfrutaría mucho —respondió con una sonrisa maligna en sus labios.
—Hablaré con él.
Maia se levantó de su asiento con pereza y se encaminó hacia la puerta, la cual seguía abierta. Antes de traspasarla, miró por encima de su hombro y se dirigió a Sam:
—¿Vienes? —preguntó.
Sam dio un respingo, miró a Dean, luego a Castiel y siguió a la reina. Debía dejarlos solos en la habitación para que arreglaran sus diferencias. Sam confiaba en ellos, aunque sintiera cierto recelo y ansiedad por el futuro cercano. La puerta se cerró a sus espaldas. Entonces, el silencio incómodo reinó en la habitación, con las dos figuras mirándose mutuamente con intensidad.
Dean al comprender que Castiel no hablaría primero, soltó las primeras palabras:
—Cas, ¿estás bien?
—Sí, Dean, lo estoy —respondió—. Te dije que te fueras.
—No puedo irme. Antes debo decirte algo importante...
—Sé lo que me quieres decir, no...
—¡Cas!
Castiel calló de improviso con la exclamación de Dean.
—Cas —repitió Dean, ya más calmado—, no me interrumpas, por favor. Necesito decirlo. Necesito decir que te amo...
—Dean —respondió con una entonación sutil, llena de emoción.
Dean tenía la vista baja, pero al oír la voz de Castiel, pudo darse valor.
—Sí, Cas, yo te amo. También te amo —insistió—. No sabes cuántas veces estuve a punto de decirlo de esta forma directa, por eso lo digo así. Muchas veces traté y lo dije, de otras formas. Muchas palabras con significados escondidos. Muchas miradas y muchas acciones, pero nunca pude decirlo así de simple. Es lo único que no pude decir, porque no lo acostumbro hacer, hasta que tuve que llegar al punto de morir para comprenderlo.
El cazador tragó saliva y por fin se dignó a levantar la mirada para chocarla con su ángel. Los ojos de Castiel emanaban tanta ternura, que lo sobrecogió al estar seguro de estar en presencia de él y de ningún otro ser extraño. Dean de alguna manera, esperaba una respuesta, pero se olvidó de eso al ver ese rostro. Así que hicieron sus acostumbradas miradas eternas el uno con el otro.
—Dean...
No alcanzó a decir nada, porque en tres zancadas, Dean llegó a los labios de Castiel y los tomó sin ningún permiso. Fue un acto desesperado, igual al anterior beso. Pudo sentir todas esas emociones, ahora de regreso. Su ángel le respondía con la misma intensidad. No supo lo tan necesitado de contacto con Castiel que requería, hasta que estuvo en sus brazos. Dejar de tocarlo no estaba en sus planes de ninguna forma, aunque el mundo terminara en ese instante.
Fin capítulo 7
