Remus jamás había podido tener una vida como la de cualquier persona. Jamás había sido un niño más, nunca había actuado como todos los adolescentes lo hacían y jamás podría hacerlo. Él mismo se ponía sus propios límites. Se alejaba de cualquier persona por la cual pudiera llegar a procesar algo parecido al cariño, hasta que llegaron los Merodeadores. Ellos han sido los amigos que siempre necesito, esas personas que están ahí pase lo que pase, como hermanos. Remus se había sentido querido por primera vez. Se había sentido acogido. A ellos nunca les había importado su condición, jamás se habían asustado de él, nunca le habían menospreciado por la horrible condición que arrastraba. Y eso apaciguaba su alma. Pero ahora se sentía tan terriblemente desgraciado. Todo lo malo le sucedía a él, se sentía la persona más desdichada del mundo. Pero ya estaba acostumbrado a sentirse así, estaba acostumbrado a ser una víctima de sus propios prejuicios. Él mismo se torturaba día y noche, él mismo se hacía sufrir, se infligía sobre su persona un daño totalmente innecesario. Pero esto era la gota que colmaba el vaso, ya no podía más, se sentía devastado. ¿Que le diría a Alma? ¿Que le diría a su novia? Apenas llevaban dos meses y ya le iba a poner escusas baratas para no ir al Baile de Navidad. ¿Como se lo iba a decir? No quiera hacerle daño... ¿Y que haría ahora ella? ¿Con quien iría Alma, ahora?
La cabeza del pobre Moony era ahora un hervidero de preguntas sin respuestas y de pensamientos insanos que no le llevaban a ningún lado.
Había huido como un auténtico cobarde de sus amigos, que lo único que querían era ayudarlo. Había huido dejándolos con la palabra en la boca y haciéndolos sentir mal. Y era horrible pensar en el mero echo de que por su culpa sus amigos estarían inquietos e intranquilos.
Se estaba comportando como un tremendo egoísta.
Y se odiaba por eso.
Se odiaba por todo.
Había huido corriendo hacía el lugar en el que se sentía más protegido de toda la escuela, aquel lugar que le proporcionaba tranquilidad, que le inspiraba confianza y bienestar. Un lugar con el que podía contar cada vez que su mente restaba inquieta e insegura y necesitaba un respiro. Momentos en los que necesitaba detenerse, parar y pensar que las cosas no siempre son tan horribles como uno cree y que el mundo, visto desde otra perspectiva, puede llegar a parecer un poco mejor.
Ese lugar era la biblioteca.
Se había instalado en la mesa más profunda, más oculta y más alejada de la Biblioteca, lo último que quería era encontrarse con gente. Quería estar solo, quería pensar y sufrir en silencio sin molestar a nadie.
Creía que si sufría sus penas en silencio, ahogando todos sus llantos entre los libros, sus amigos no le verían así y no lo pasarían mal. No quería que nadie estuviera mal por su culpa.
—¿Remus?
Reaccionó ante la llamada y alzó la mirada hacía la chica que tenía delante.
Alma.
—¿Que haces aquí? —Tenía una voz dulce y melodiosa, pero a pesar de ello parecía preocupada—.
—Alma, yo...
La chica rodeó al mesa y se puso a su lado. Acercó su cara a la de él con intención de besarle. Fue un beso pequeño, corto, pues Remus así lo quiso.
Ella colocó sus manos sobre los hombros de Moony.
—¿Que te pasa? —decía la chica preocupada—.
—Tengo que decirte algo...
Alma parecía haber captado por donde iban las cosas y su mente inquieta y preocupada por la actitud de Remus, hizo imaginarse lo peor. Se sentó en la silla continua y frunció las cejas.
—Alma... No quiero dejarte —Remus sonrió intentado despreocupar el rostro tenso de su novia frente a él—. No pienses eso, por favor... Yo jamás...
Alma suspiró.
—Vale, —parecía aliviada—.
Remus acarició su mejilla y se dispuso a decírselo.
—Lo que te quería decir es acerca del Baile de Navidad...
—¿Que pasa? ¿No quieres ir?
—No es que no quiera, Alma... —apenas movió los labios—. Lo que pasa es que no puedo.
Hubo un instante de silencio entre ellos. Ninguno de los dos dijo nada. Los ojos de Alma se enrojecieron por la impotencia y la decepción. ¿Que iba a hacer ahora? No podía creer lo que estaba escuchando.
El corazón de Remus se endurecía con cada golpe que le daba la ultrajante fortuna.
—¿Como?
Remus le cogió las manos y las estrechó entre sus dedos.
—No puedo Alma... Mi madre —pensó en una excusa rápidamente— se someterá a una operación el 24, el día antes del Baile, y me gustaría estar con ella. Espero que lo entiendas...
Los ojos de Alma titubearon unos segundos, dudando si lo entendía o no. Finalmente atinó. Era la madre de Remus y ella era su novia de dos meses. ¿Como diablo pretendía enfrentarse a eso?
—Oh, Remus... —sintió una gran decepción—. Podrías habérmelo dicho antes.
—Me he enterado esta mañana, —dijo Remus con un hilo de voz— por carta.
—Entiendo.
Ambos se miraron durante unos segundos sin decir nada. Los ojos de la chica parecían humedecerse, se sentía tan decepcionada. Remus apartó la vista, odiaba verla así, no quería que ella lo pasará mal. Y sabía que estando con él, jamás podría llevar una relación normal y estable.
—Lo siento de verdad, Alma —acarició su mejilla con cuidado—. Esto es un fastidio para mi también.
—Ya..
Alma se levantó y se quedó quieta frente a él, observándole.
—Ya nos veremos, ¿vale?
Remus asintió. ¿Lo estaba dejando?
—Adiós —fue lo único que Remus atinó a decir—.
Y la chica se fue con el llanto roto aferrado a la garganta.
Pero él ya no sentía nada. Únicamente la extraña y confusa sensación de que aquellos ojos grises le seguían y le observaban.
Se giró.
Solo había una estantería con libros.
Y por un segundo, deseó que aquella sensación de los ojos grises fueran real. Y que el propietario de aquellos ojos estuviera allí, observándole.
