Los pasillos estaban concurridos. Los alumnos se dirigían al Gran Comedor ha cenar. Todos habían acabado sus clases, el fin de semana se acercaba y con él, la noche del Baile de Navidad.

James, Sirius y Remus caminaban al mismo paso, intentando mantener una conversación entre la bullicie de alumnos que, como ellos, caminaban en dirección al Comedor. La cena empezaría de un momento a otro.

—Ayer no me acabaste de explicar en que pensabas cuando besaste a Cara Linch... —dijo James mirando a su amigo que se quedó de piedra—.

Sirius enmudeció de repente sorprendido e incomodo por la respuesta que podría darle a su amigo, a sabiendas que Remus estaba allí y podría escucharla. No estaba preparado para que nadie supiera que mientras besó a Cara estaba pensando en Remus. No estaba preparado para que nadie supiera que miraba a Remus o que mostraba cierto interés en él. Ni si quiera quería asimilar la situación en la que se encontraba. No quería ni pensar en que posiblemente estuviera... ¡No, imposible! —se decía a si mismo—.

—Yo... si, bueno... —dijo intentando sonar natural, mientras escondía su nerviosismo ante la mirada discriminatoria de Remus—. La verdad, no recuerdo con claridad en lo que estaba pensando... Ya sabes, cuando besas a alguien —suavizó sus palabras para que quien le oyera las disfrutara— no debes pensar, simplemente debes sentir.

—Pues, eso no es lo que me dijiste ayer... —James le miró con incredulidad—.

Remus sintió como se le crispaban los pelos de la nuca, como se erizaban al escuchar aquellas palabras. Aquellas palabras que acariciaban los labios de Sirius cuando las pronunciaba. Tenía algo especial cuando hablaba, algo que transmitía al oyente una sensación paralizante. Tuvo miedo de que solo fuera a él a quien le produjera aquella sensación, pues James parecía totalmente indiferente ante las sutilezas de Sirius mientras hablaba.

Llegaron con calma al Gran Comedor. Allí se encontraron con Peter que ya había empezado a degustar los manjares de Hogwarts. No le dieron importancia y se sentaron en las banquetas. Sirius se puso al lado de Peter, quedando frente a James y Remus.

—Quedan dos noches para el Baile... —dijo Remus con los ojos entornados—. ¿Lo tenéis todo listo?

—Mis padres me han enviado una túnica de gala negra, —dijo Peter con una gran sonrisa—

—Mi traje es azul —dijo James—.

Sirius y Remus compartieron una mirada cómplice.

—¡Ah, por cierto! —James miró a Sirius—. ¿Con quien vas a ir al final al Baile?

—Con Remus... —dijo sin pensar—.

Remus se ruborizó y en Sirius darse cuenta de lo que había dicho, habló:

—Quiero decir, —dijo entre risas—. Me quedaré con él durante la transformación... Estaremos juntos la noche del Baile.

James miró a Remus, este asintió.

—Intenté negárselo, pero ya sabes como se pone... —dijo Remus—.

—El cabezota de Sirius Black ¡ese soy yo!

Los cuatro rieron.

Sirius miró a Remus. Se fijó en su sonrisa y atisbó un pequeño hoyuelo escondido en la comisura derecha. Era tan diminuto que parecía indetectable para aquellos que pasaban por alto los detalles que escondía aquel rostro afable. ¡Adoraba aquella sonrisa dibujada en su cara! ¡Lo adoraba! Y le daba miedo aquella adoración tan intensa, tan irrefutable.

—¿Entonces ninguno de los dos irá al Baile? —dijo Peter—.

—No, querido amigo... —Sirius le pusó la mano sobre la espalda—. Tendrás que soportar la tortura de tener a James para ti toda la noche.

—Tranquilo, Peter... —dijo James con una sonrisa y un brillo inusual en los ojos—. No serás tu quien me soporte...

—¿Quien será entonces, Potter? —Lily había llegado y se había quedado detrás de Remus y James. Sonreía con picardía—.

James se giró, y aquel brillo tan inusual se intensificó al ver aquella chica de melena rojiza y ojos verdes como esmeraldas. James tenía claro que aquella chica le robaba el aliento cada vez que aparecía. Era algo tan extraño, algo tan nuevo, tan imposible de evitar.

—Evans —dijo con una sonrisa—. ¿Que haces aquí? ¿No has podido resistirte a mañana y tenias que verme?

—No, Potter... No —dijo poniendo una mano sobre el hombro de James. Vengo por Sirius...

—¡Te lo dije! —exclamó Sirius mirando a James—. Te dije que yo era el más irresistible de los dos. —Sirius miró a Lily y sonrió—. Por fin te has dado cuenta de que elegiste al equivocado, Evans...

Lily rodó los ojos.

—¡Padfoot! No tiene gracia... —decía James como un niño al que le acaban de negar un caramelo—.

—¡Vale, hermano! —Sirius sonrió—. ¿Que quieres, Lily?

—Regulus pregunta por ti... Está allí, —dijo señalando a la puerta del Comedor—.

—¿Regulus? —Sirius alzó una ceja y miró en dirección a la puerta—.

Allí estaba su hermano, apoyado en una de las columnas del recibidor.

—¿Y que quiere este ahora? —dijo con asco—.

—Y yo que se... A mi no me metáis en vuestros dramas con los de Slytherin. —dijo mirando a James e intentando reprochar lo de la clase de pociones—.

James sonrió enseñándole los dientes.

—Voy a ver que quiere... —Sirius se levantó de la banqueta dejando allí a sus amigos—.

—¡Sirius! —gritó Remus— Paciencia.

Sirius asintió.

Fue hacía la puerta del Gran Comedor. Salió al recibidor con las manos en los bolsillos. No tenía ganas de hablar con su hermano.

Regulus estaba apoyado en una de las columnas. Tenía los brazos doblados a la altura del pecho y miraba el suelo con determinación.

Las cosas entre Sirius y Regulus no eran muy fluidas. Nunca lo habían sido en exceso, más aún cuando el Sombrero Seleccionador envió a Sirius a Gryffidor, haciendo así que deshonrara a toda la familia Black. En un principio, Regulus, no tuvo reproche hacía su hermano, pero pasaron los años y los compañeros de Regulus y el ambiente en el que estaba creciendo y criándose junto a los de su casa, hizo que la mentalidad de Regulus fuera decidiéndose por un bando. Sirius lo sabia. Sabia en lo que se estaba metiendo su hermano, sabía con quien estaba mezclado y no quería saber nada. Todo lo contrarió, Sirius no tendría el menor reparo en luchar contra todo eso. Nunca lo puso en duda.

—Vaya, vaya... —dijo Sirius en llegar. Se quedó frente a él—. ¡Mi querido hermanito desciende de las alturas! —dijo con sarcasmo—.

Regulus levantó los ojos del suelo, y sus ojos azules se encontraron con el rostro gélido de su hermano que lo miraba con reproche.

—¿Que quieres ahora?

—Mira, Sirius... —dijo Regulus incorporándose—. A mi tampoco me apetece ver tu cara asco, pero no me queda otra, ¿vale?

—Enserio, Reg... ¿Que quieres? —Sirius miró a su hermano cambiando la expresión en su rostro. Como Remus había dicho, paciencia—. No tengo tiempo para las tonterías de siempre...

—Madre quiere que vengas a pasar las Navidades en casa, —dijo seco—.

—¿Como?

—He recibido una carta esta misma mañana. Madre insistía en que te dijera esto. —dijo Regulus—. Nos quiere a los dos en casa para las vacaciones de Navidad.

—Pero yo me iba a casa de James para Navidad... —dijo Sirius con fastidio—. ¡No pueden hacerme esto!

—¡Hey! Calma, fiera. En todo caso, hablas con Madre... A mi no me metas en tus tonterías con ese Potter, —a Sirius se le encendieron los ojos—.

—Céntrate, —Sirius no entendía todo aquello—. ¿Por que me quieren en casa? Yo ya le escribí a Madre diciéndole que no vendría a casa durante las Vacaciones.

—Y supongo que ella aceptó de buen grado, —Regulus no puedo evitar sonreír—.

—Supongo que nadie me quiere en esa maldita casa, —dijo Sirius encendido en cólera—. Pero, a ver... ¿¡Para que demonios me necesitan allí!?

—Han organizado una cena en Noche Vieja... Padre ha invitado a gente bastante importante, —Mortifagos, pensó Sirius—. Vendrán Bella y Cissy. Y no sé quien más...

—¿Y Andrómeda?

—¿Quien?

No podía ser. Sirius no podía creer lo que escuchaba, y supuso que así es como iban las cosas a partir de ahora. Andrómeda se había casado con Ted Tonks, un mestizo y a consecuencia, su familia la había anulado por completo. La habían repudiado. Sus propios padres la habían echado de casa, habían renunciado a ella y del mismo modo, ella había renunciado a su apellido, a su procedencia. Sirius se apiadó de Andrómeda, su prima. Su coraje y su valentía le enfundaron esperanza, pero a la vez lástima por la situación en la que se encontraba.

Sirius suspiró.

—¿Que pasa si no voy a la cena? —dijo alzando una ceja—. ¿Que pasa si decido no ir a casa...?

—Mira, Sirius... —Su hermano se acercó a él y bajando la voz, dijo— Yo de ti, venía a casa... Vienes a la cena ¿Tanto te cuesta? Y luego, el resto de vacaciones de Navidad, te vas...

Regulus no podía evitar querer a su hermano. Regulus no podía olvidar todo lo que habían vivido de niños. Y aunque su orgullo y todo lo que se interponía entre ellos le evitaba poder llevar una relación más ortodoxa, él jamás hubiera deseado una situación como lo de ahora. Sirius era su hermano, su hermano mayor y por muchas diferencias entre ambos, nada podía cambiar ese echo.

—No sé, Reg... —Toda la información que Sirius estaba recibiendo era extremadamente excesiva—. ¿Me presento allí y qué? ¡Voy a tener que estar toda la noche escuchando estupideces! ¡Voy a tener que estar escuchando vuestras gilipolleces! ¡Voy a tener que tragarme todas esas tonterías! Lo siento, pero no. ¡No más!

—Sirius, hazme caso... —insistía su hermano—. Hazme caso, por favor.

—¿Desde cuando te importa tanto lo que yo haga, eh? ¡Jamás te ha importado! —decía Sirius con desesperación—.

—¡No quiero que acabes como Andrómeda!

Sirius no recordaba haber visto así a su hermano.

—Creo que ya es demasiado tarde, Regulus... Uno nace así, no se puede elegir. —dijo con los ojos llenos de rabia—. Espero que lo entiendas...

Sirius se dio media vuelta y volvió por donde había venido. Con los puños apretados y los nudillos blancos, se acercó hasta la mesa de Gryffindor y fue hasta donde se encontraban sus amigos.

Tenía un fuerte nudo en el pecho.

Se sentó. James y Remus le miraban preocupado.

La carga de tener que soportar a una familia como la suya le hacía plantearse las cosas. Le hacía pensar en lo fácil que sería tener unos padres Muggles. Lo fácil que sería ser mestizo y no tener que soportar el racismo que vivía cada día y que soportaba bajo su apellido. Estaba totalmente dispuesto a renunciar a él con tal de quitarse esa horrible y molesta carga.

—¡Ey, Padfoot! —dijo Remus con un nudo en la garganta—. ¿Que ha pasado?

—Nada, chicos... —Sirius bajo la vista al plato lleno. Se le había quitado el hambre—.

—Como si no te conociera, —dijo James algo entristecido—. Vamos, hermano... ¿Que te ha dicho Regulus?

Sirius suspiró.

—Tendré que ir a casa para las vacaciones de Navidad... —dijo mirando fijamente a James—. Mis padres han organizado una cena el día de Noche Vieja y tengo que ir...

—Pero, ¿y que pasa con nuestros planes?

—Se han ido a la mierda, James... ¡Nuestros planes se han ido a tomar por culo! —Sirius dio un golpe sobre la mesa. Todos callaron—. ¿Sabéis? Estoy harto de esta mierda, estoy harto de mi familia y estoy harto de lo que tengo que soportar.

—Nosotros no tenemos la culpa, Sirius —en estos momentos, esos momentos en los que Sirius perdía los estribos, todos callaban y solo era James quien podía hablar, él único que se podía enfrentar a él y hacerle entrar en razón—. Entiendo que quieras pagarla con alguien, que quieras descargar toda esa rabia... Pero a nosotros no nos eches nada en cara.

—Lo siento, —se serenó—. Esto es demasiado para mi...

—Tranquilo... —dijo Remus poniendo su mano sobre la de Sirius. Nadie lo vio—. Mira, vas a la cena y al día siguiente te vas con James, tal y como lo habíais planeado.

Todos los problemas que acechaban la mente de Sirius fueron sustituidos y apartados drásticamente por todo lo que aquella mano sobre la suya le estaba haciendo sentir. Aunque Remus había dejado de hablar no había retirado su mano. Seguía allí, encima de la de Sirius, apretándola y haciéndole olvidarlo todo.

—Pero, ¿que hago yo allí? —dijo desesperado— Andrómeda no esta, y yo no soy...

—Olvídate de eso ahora— James se puso en pie— ¿Te acuerdas, Padfoot, de aquellas ranas cantarinas que compramos en Zonko la última vez? —dijo alzando una ceja—.

Sirius aun sentía la mano de Remus sobre la suya. Aun no la había retirado. No quería que lo hiciera y Remus no pensaba hacerlo.

Nadie los veía.

—Ohh... Tu si que sabes, Prongs —dijo Sirius—. Creo que los Slytherin no van a poder dormir en unos cuantos días...

—Espero que no tengan muchas ojeras para el Baile, —ambos reían. Peter y Remus les miraban si entender—.

Fue entonces cuando la mirada de Peter se posó involuntariamente en la mano de Remus sobre la de Sirius. Y en Sirius darse cuenta del contacto visual de Peter con aquel echo, apartó drásticamente la mano de debajo. Sintió entonces los ojos de Remus sobre él, pero no le devolvió el contacto. ¿Que habría pensado Peter sobre aquello? ¿Y que pensaba él? ¿Que significaba eso para ambos?

—¿De que va todo eso de las ranas cantarinas? —preguntó Peter—. ¿De que habláis?

—La última vez que estuvimos en Zonko, Sirius y yo compramos unas ranas de plástico que se pegan al suelo y casi no se ven —James hablaba en voz baja y con la malicia dibujada en el rostro—. Entonces, a media noche, las ranas empiezan a cantar... —se detuvo—. En realidad no sé con certeza que cantan, pero no debe ser muy agradable.

—Más bien será molesto, si es de madrugada —dijo Remus interesándose por él tema después del rechazo de Sirius—.

Realmente se lo había tomado como un gran rechazo. Aquel primer paso había sido muy duro para él. Le había costado mucho poner su mano sobre la de Sirius. Para él había sido un experimento, una prueba para aclarar todo aquello que sentía cuando Sirius andaba cerca. Una prueba que le demostrará que no se estaba haciendo paranoias o que estaba empezando a tener alucinaciones.

—¡Exacto! —exclamó James—. Y lo mejor de todo, es que no se pueden desactivar mediante hechizos, si no que tienen un botón en la parte inferior, —James reía divertido maquinando—. Los muy burros seguro que pasan eso por alto, que es lo más obvio...

—Y tardaran unos cuantos días en encontrar la manera de desactivarlas —dijo Sirius entre risas—.

—No hay mejor para el estrés y el mal humor —dijo James mirando con ternura a su hermano—... ¡Que una buena broma y unos Slytherin a quien gastársela!

Espero que les haya gustado, el próximo no tardará y la Noche del Baile ya se acerca. Hasta entonces,

Besos, Lúthien.