¿Se acuerdan de mi? Solo espero que si y que como disculpa acepten este modesto capítulo. ¡Que lo disfruten!
Sirius tenía las piernas cruzadas sobre las prietas sabanas de su cama, los brazos doblados bajo su cabeza a modo de almohada y la mirada perdida en algún punto del techo de madera.
Suspiró.
En unos diez minutos, él y Remus, marcharían hacía la casa de los gritos para que Remus pudiera sufrir su transformación sin que ningún alumnos que disfrutara del Baile de Navidad tuviera que lamentar su existencia. Sirius se encargaría de que Remus no padeciera la peor noche de su vida, acompañándole durante la transformación. Pero no estaba nada nervioso. Había echo esto cientos de veces durante su estada en Hogwarts. Los Merodeadores habían sufrido las transformaciones de Remus a su lado. James transformado en ciervo, Sirius en perro y Peter en rata. Dado que los hombres lobos no atacan a aquellos con los que se encuentra en igualdad de condiciones, se podían permitir el lujo de pasar las noches de transformación los cuatro juntos. Pero esta noche era muy distinta. Esta noche estarían Remus y Sirius solos. Y aunque Sirius estaba relajado, tenía miedo que la situación se le fuera de las manos, y no solo por la transformación, tenía miedo a lo que podría pasar si todas aquellas dudas, aquellas sensaciones, aquellas chispas, se acumulaban de una manera inadecuada y explotaban justo aquella noche. Tenía miedo de que Remus le rechazará o que él mismo se estuviera equivocando.
Decidió dejar de pensar.
No fue demasiado difícil.
Se incorporó y se sentó en su cama con los pies cruzados.
—¡PRONGS! —Chilló en dirección a la puerta del cuarto de baño—. ¡¿Que estás haciendo ahí dentro?!
James abrió la puerta.
—Las obras maestras requieren tiempo y paciencia, querido amigo. —James iba vestido con un traje de dos piezas. La americana era azul oscuro y la camisa de debajo blanca, los pantalones eran de color negro y los zapatos de ante marrón. El pelo, siempre revuelto y despeinado, ahora estaba perfectamente engominado hacia atrás.
Pero Sirius veía más allá. Había algo en James, algo diferente. Algo que iluminaba su rostro, una luz, un brillo especial. Estaba feliz.
—Prongs, estás haciendo que me arrepienta de no haber ido al baile... —dijo Sirius torciendo una sonrisa—. Si hubiera sabido que ibas a ir así de guapo, te pido que seas mi pareja...
—Ay, —James se tapó la cara y cambiando la voz, dijo— ¡Para, que me pongo roja!
Ambos rieron.
—¿Estás nervioso? —Sirius se serenó y habló con calma—.
James fue hasta la cama de Sirius y se sentó a su lado.
—La verdad... —y exclamó James—... ¡Sí!
Sirius sonrió con ternura.
—Tengo muchas ganas de pasar esta noche con ella, —miró a los ojos a Sirius—. Tu lo sabes, Padfoot... Sabes que provoca ella en mi. ¡Es tan increíble! —los ojos de James echaban chispas—. No sé si voy a poder controlar los nervios...
—Tranquilo, Prongs —dijo Sirius—. Parece mentira que me digas esto... Escucha, has echo esto con miles de chicas ¿Que hay de diferente ahora?
—¡Que es Evans, Sirius! —dijo desesperado—. ¿No lo entiendes?
—Sirius no lo entiende, James... —Remus estaba tumbado en su cama boca a bajo y enfadado con el mundo y aborreciendo su propia existencia—.
—Claro que lo entiendo, —dijo Sirius molesto—. ¡James la quiere! Esta enamorado...
—¡No es verdad! —James se escandalizó—.
—¡Claro que es verdad! —Remus seguía boca a bajo en su cama—. No te engañes, James.
—Tal vez tengáis razón, pero aún no...
—¿Cuando entonces? —dijo Sirius—.
—Cuando ella también lo este de mi.
Que curioso era todo aquello. Que nuevo para los Merodeadores ver a James sufrir de amor, sufrir de algo que siempre les había quedado grande, algo que veían tan lejos y tan distante. Algo como el amor, algo por lo que James jamás hubiera apostado y en cambio ahora era lo que le robaba el sueño todas las noches.
—Mas te vale que no la hagas enfadar en exceso, esta noche —dijo Remus—. Ya sabes como se pone cuando la sacan de sus casillas...
—Esta noche tendré extremo cuidado —James se puso en pie—. No quiero perder ninguna parte del cuerpo...
—Tu procura no perder lo que tienes entre las piernas, —Sirius se puso en pie y fue al armario—.
—Eso, querido hermano... Siempre pegado y bien vigilado, —todos rieron—.
Sirius rebuscó en su armario y sacó una camiseta negra de Los Ramones y unos tejanos claros. Los dejó encima de la cama y los metió en una mochila pequeña. Esa sería su ropa para el fin de semana. Ya había preparado el baúl para el día 26 coger el tren con dirección a Londres, pasaría las vacaciones en casa.
—¿Ganas de ver a tu chica, Prongs? —dijo Sirius caminando despacio hasta la puerta? —¿Y tu, Wormtail? —abrió la puerta—. ¡Pues iros ya!
James abrazó efusivamente a su amigo, este le devolvió el entusiasmo.
—¡Mucha suerte, Prongs! —dijo Sirius con una gran sonrisa—.
—A por todas hermano, —deshizo el abrazo, fue hasta la puerta y dijo:— Chicos, que vaya bien... De verdad que me sabe fatal no poder estar con vosotros... —miró a Remus— Moony no te cargues a Padfoot esta noche.
Sirius juró sonrojarse.
—Sí, que vaya bien —dijo Peter al lado de James—.
—Gracias, —Sirius miró a James y habló en voz baja—. Cuidaré de él, no os preocupéis...
—Eso no lo pongo en duda, —le guiñó un ojo y se fueron, James y Peter, pasillo abajo—.
Sirius se acercó a la cama de Remus.
—¿Vas a quedarte aquí toda la noche? —alzó una ceja—.
Remus suspiró.
—No quiero matar a ningún alumnos, —dijo apenado—. Así que supongo, que no.
—Pues levanta el culo de la cama, coge la capa, ropa para mañana y ¡vayámonos! —odiaba verle tan decaído, pero era normal siendo la noche en la que le tocaba transformarse—.
Remus se levantó lentamente de la cama, cada movimiento que daba era un reclamo para Sirius que le miraba con la respiración entre cortada. Cogió la mochila que había preparado. Se la puso sobre los hombros y cogió la capa colgándosela en el brazo.
—Iremos bajo la capa hasta los jardines... —dijo Sirius—. No podemos arriesgarnos a que Alma te vea la noche del Baile.
Remus suspiró.
—O cualquiera de sus amigas... —dijo—.
—Vamos, —Sirius caminó hasta la puerta con Remus pisando sus talones—.
Se paró antes de salir. Y cuando Remus llegó a su lado, puso la capa por encima de sus cabezas mientras la tela caía dispar tapando sus cuerpos.
Quedaron muy justos el uno del otro. No podían permitirse que nadie les viera. Nadie podía saber que Remus había estado en Hogwarts la noche del Baile, ya que cualquier información podría llegar a Alma.
En llegar a la Sala Común se encontraron con aquellos alumnos que esperaban impacientes a a sus parejas. Apoyados contra la pared, gran parte de la sección masculina de Gryffindor, esperaban a sus respectivas parejas. Algunas chicas ya deambulaban por allí. Lucían vestidos de todas las clases y colores.
James estaba solo, sentado en la gran butaca y mirando hacía las escaleras esperando a su pelirroja. Sirius y Remus se acercaron a él.
—¡Ts! Eh, James... —Susurró Sirius muy cerca. James se sobresaltó y dedujo que se trataba de Sirius y Remus que ya estarían bajo la capa.
—Como alguien os oiga... —susurró James—.
—Será culpa de Padfoot, que no se esta quieto —dijo Remus—. ¡Para de mover la capa! —este se removió y dio un tirón.
—¡No tires, Remus! —Sirius se acomodó su trozo de capa—. Se me van a ver los pies...
—Más os vale que no me la rompáis —James miraba con determinación la escalera—. ¿Donde diablos esta?
—Las obras maestras requieren tiempo y paciencia, querido amigo —dijo Sirius haciendo elusión a lo que había dicho James antes.
—¡Iros ya! —James sonrió— Al final saldrá la luna y aún no habréis llegado...
Caminaron despacio intentado no tocar a nadie. La Sala Común estaba algo concurrida y tuvieron que hacer contorsiones para no tocar a ningún alumno. Finalmente, lo consiguieron.
Llegaron al pasillo y fueron dirección a las escaleras. Ninguno de los dos había dicho nada desde que salieron de la Sala Común. Estaban muy juntos y eso hizo que sus cuerpos se tensaran. Las escaleras parecían hacerse eternas para Sirius que intentaba decir algo ingenioso para que ese incomodo silencio muriera entre ambos. Pero no se le ocurría nada, su mente estaba dispersa. Aquel contacto le estaba haciendo enloquecer. Bajo la capa podía ver como se movía. Podía ver su rostro concentrado en no chocar con nada. Sirius se dedicaba a mirar sus pies mientras seguía el ritmo de Remus, pero de tanto en tanto, subía la mirada y se quedaba prendado en los ojos de su compañero. Parecía ofuscado, estaba agobiado. Sirius supuso que estaría ansioso por llegar de una vez a la Casa de los Gritos, sufrir la transformación y que todo aquel infierno acabara rápido. El corazón de Sirius dio un giro cuando sintió como la mano de Remus se aferraba con fuerza a su brazo. Apretaba con fuerza cuando se paró en seco.
—¿Que pasa, Moony? —dijo Sirius sin entender su actitud—.
—Alma...
Justo delante de ellos estaban pasando un grupo de chicas de Ravenclow. Entre ellas había una pequeña figura luciendo un vestido blanco que le tapaba los pies. Estaba preciosa, pensó Remus. Llevaba el pelo recogido y tenía un brillo especial en los ojos.
Sirius miró a Remus investigando cada posible atisbó de sufrimiento que pudiera ver en su rostro. Se mantuvo así hasta que el grupo de chicas pasó de largo. Parecía triste, pero no más de lo que ya había estado durante todo el día. Remus era experto en invadir su cuerpo por un aura de tristeza que se proclama allá a donde iba.
—¡Venga vamos! —dijo Sirius estirando de sus cuerpos hacía adelante—.
Remus no dijo nada, Sirius tampoco se vio preparada para hablar después de aquel mazazo emocional para su amigo. Sirius no sabía que era lo que mas le molestaba exactamente, si el echo de ver a Remus triste o que se sintiera triste por ver a su novia. Su estómago se contrajo y pudo sentir como la sangre se le sobrecalentaba. Ella tenía el privilegio de poder tener a Remus cuando y como quisiera. ¿Que era eso? ¿Celos? ¡Ja, ja!
Caminaron rápido, sin hacer ruido, sin gesticular palabra. Ambos se mantuvieron callados mientras sus cerebros se esforzaban por entender que estaba sucediendo entre ellos.
Llegaron al túnel que les llevaría hasta la casa de los Gritos. Era un camino en la oscuridad, húmedo, arenoso y sucio. Se quitaron la capa en cuanto entraron y se quedaron mirando fijamente durante unos segundos que parecieron interminables. Remus fue el primero en apartar la vista de aquellos pozos grises. Caminó hacía delante sin demora, sin esperar a ver la reacción de Sirius ante el corte tajante de aquella conexión.
Remus caminaba deprisa y decidido. Sirius se puso a su ritmo y rápidamente llego hasta él, quedándose a sus espaldas. Vigilaba los pasos de su compañero cuando uno de los pies de Remus se rezagó y doblándose de una forma dolorosa, chocó contra su otro pie. El chico hubiera caído hacía delante si no fuera por el fuerte brazo con le sujeto en el aire.
—Menudo baile te acabas de pegar, Moony... —dijo Sirius aferrándose al brazo de Remus con una fuerza inhumana y evitando por todos los medios posibles que no se cayera—. Bailas muy bien, pero no es momento...
Remus sonrió.
—Estoy bien —sentenció y siguió caminando, esta vez a un ritmo más tranquilo y muy cerca de Sirius—.
La preocupación por la Luna Llena le nublaba la mente, tenía los nervios a flor de pie. Y aunque hacía esto desde que tenia siete años, una vez al mes, doce veces al año, jamás acabaría acostumbrándose a semejante echo.
Sirius se percató de la tristeza en sus ojos, de su arrastrar de pies y de los ojos de Remus veían algo demasiado interesante en su propio caminar como para levantar cabeza.
—Oye, no pasa nada ¿vale? —dijo Sirius—. Esto es como siempre, tu solo déjate llevar...
—Creo que en este caso, dejarte llevar, no es algo muy difícil... —dijo torciendo una sonrisa—.
—Ay, mi lobito... —Sirius le rodeó con ambos brazos desde la espalda quedando colgado en él. Remus sintió un fuerte cúmulo de nervios apoderándose de su estómago y se le formó un nudo en la garganta—. Yo cuidaré de ti —dijo mientras deshacía el contacto—.
Entre ellos se construyó un muro invisible de incomodo silencio.
Ninguno de los dos pronunció palabra hasta que dejaron el sucio pasillo y llegaron a la casa de los gritos.
Remus y Sirius pasarían allí la noche, juntos.
Se acercaron acompasados hasta el gran ventanal abierto. Sirius apoyo sus brazos en la repisa y miro al horizonte. Remus se quedo un paso atrás, observando, al,igual que su compañero, al oscilante horizonte que se extendía ante ellos.
El sol se escondía entre las lejanas montañas. Y el cielo se pintaba de oscuro mientras el pálido rosa del atardecer acompañaba en su huida a la claridad del sol. Poco a poco el sol quedo totalmente escondido y lo único. Que iluminaba el cielo eran unos suaves rayos furtivos de luz. La ultima luz que el sol irradiaría sobre la tierra ese 25 de Diciembre.
—Ya viene...
Y durante esos minutos en los que el cielo se mantenía quieto, durante esos pequeños e insignificante minutos en los que el cielo callaba, Sirius se giro y miro a Remus frente a el. El cielo le estaba dando el tiempo necesario antes de saliera aquella luna y estropeara esa maravillosa ocasión.
Sirius quedo frente a el, muy quieto y muy cerca. No gesticulo palabra alguna, Remus tampoco. Ambos se miraban sin necesitar palabras, sus mentes estaban demasiado ocupadas en descifrar todo aquello que estaban sintiendo en aquel momento tan intenso, como para ponerse a hablar. No eran necesarias las palabras.
El cielo cambio de color y la habitación se inundo de oscuridad. Las sombras de los muebles pintaron el suelo y sus sombras se hicieron largas en la oscuridad de la noche que acechaba.
La luna saldría en cualquier momento. Remus apenas se había dado cuenta del repentino cambio en la luz de la habitación. Pero si se dio cuenta de que Sirius avanzaba en silencio hacia el, quedando muy justos. Pudo sentir sobre su rostro el suave aliento del chico y se estremeció. Estaba tan cerca que se asusto.
—¿Que haces? —dijo mientras notaba como las manos de Sirius se aferraban fuertemente a sus hombros.
Remus coloco las suyas sobre los brazos de Sirius con intención de retirarlos, pero fue imposible. Aquella atracción entre ambos era tan inevitable que no pudo contener aquellas ansias de él. Así que colocando las manos sobre sus brazos apretó con fuerza y acaricio sus brazos hasta llegar al cuello y se aferro a él con fuerza.
Respiró entre cortado y pudo sentir la sangre palpitando ardientemente en sus oídos.
—Sirius... —susurro— ¿Que haces? —fue lo ultimo que pudo pronunciar antes de que Padfoot estampara sus labios sobre los suyos, haciendo así que el cuerpo de Remus sufriera una reacción extraña. Una mezcla de repulsión ante lo desconocido y una especie de atracción fatal ante aquel desenfrenado beso que le estaba haciendo sentir lo nunca sentido.
Sirius movía su lengua con una avidez inigualable. Se introdujo en su garganta y no hubo manera humana de parar. No pudo pensar en nada, su mente se nublo y sus ojos se cerraron. No tenia control sobre su cuerpo, no había control en sus actos. No tenia el control de lo que sus manos hacían ni tocaban. No pensaba en nada, no podía. Era incapaz de reprimir todo aquello que aquel chico provocaba sobre el. Era incapaz de para aquello, no tenía control.
Maldijo al cielo y al universo el echo de ser humano y tener que parar para poder respirar. Inhalo con fuerza por la nariz, con las manos fuertemente agarradas al,cuello de su compañero. Y antes de poder volver a atacar aquella boca tan sabrosa, noto bajo la presión de sus manos como el cuello empezaba a desfigurarse.
Se giro y vio la luna llena imponentemente blanca sobre el cielo. Allí, pegada sobre aquel techo azul y negro.
Remus se retorcía de dolor y supo entonces que había llegado el momento.
—Estoy contigo, para siempre.
Todo se volvió oscuro.
El lobo y el perro en una noche oscura bajo la pálida luna.
¿Me quedó un final demasiado dramático?
Espero poder actualizar dentro de poquito tiempo, enserio que me sabe fatal el echo de tardar tanto, así que espero poder publicar pronto, hasta entonces...
Besos, Lúthien.
