—Que alegría estar en casa, como echaba de menos esta maravillosa sensación, enserio... —Sirius estaba sentado en la enorme mesa en el comedor de la casa de los Black en Grimmauld Place—.
Sus padres le miraban y Regulus comía de su plato en silencio.
—Eres un ingrato—dijo su madre mientras su nariz enrojecía—.
—No soy un ingrato, lo que pasa es que no quería venir aquí... —replicó Sirius—.
Apenas había probado la cena y el fuerte nudo que tenía su estómago preso, creía por momentos.
—¿Crees acaso que nosotros te queremos aquí? —Orión habló y levantó lentamente sus ojos del plato para encontrarse con los de su hijo—. Si estas aquí es por necesidad, no por gusto...
Regulus miró a su hermano y pudo ver como sus ojos se enrojecían.
—Sigo sin entender que hago aquí, entonces —dijo Sirius apenas sin voz—.
—Tu hermano ya te dijo que tenemos una cena en noche vieja... —Walburga hablaba mientras cortaba el filete en su plato—. ¿Que crees que dirían nuestros invitados si no estuvieras aquí?
—Que no estoy aquí...
—Sirius... —susurró Regulus—.
Orión volvió a levantar la vista del plato y miró a su hijo. Había una rabia en sus ojos, una rabia que inspiraba miedo a Sirius. Inspiraba un temor frío y helado, la sensación de poder matar. Esos ojos eran los ojos con lo que miraría un asesino a su victima.
—¿Que has estado haciendo este año, Sirius? —dijo Orión—.
—¿No habéis recibido las notas? —preguntó Sirius—. Pensé que las habían enviado la semana pasada...
—Las hemos recibido, sí. —Walbularga se giró hacía Regulus—. Estoy muy orgullosa de tus resultados, Regulus —dijo dibujando una sonrisa—. Tu padre y yo estamos muy contentos, enhorabuena.
—Grácias, Madre. —Regulus sonrió con temor y miró a su hermano que le miraba impasible—.
—¿Y yo, Madre? —Sirius habló entonces con una sonrisa burlona en el rostro—. ¿Me vas a felicitar a mi también? ¿Me vais a dar la enhorabuena por mis excelentes cualificaciones?
Su padre levantó la vista y le miró.
—¿Que haces cuando faltas a clase, Sirius? ¿Donde vas?
—¿Que gracia tendría si os lo cuento?
—Nos lo cuentes o no, seguirá sin tener ninguna gracia —dijo Orión—.
Entonces Sirius calló y la estancia se sumió en el silencio, un silencio frió y espectral que asolaba toda la casa desde hacía años.
Sirius no conseguía recordar en que momento había podido ser feliz allí. Era un desolador lugar que lo único que le provocaba eran ganas de salir corriendo en dirección contraría. Lo único que le retenía allí era su hermano y el recuerdo que podría tener de lo que alguna vez fue su relación, su hermandad y amistad.
—Espero poder disfrutar de tus modales en la cena de Noche Vieja —dijo Walburga mirando al mayor de sus hijos—. No quiero escuchar ni una palabra de reproche hacía nada, no quería escuchar ningún comentario despectivo hacía nadie y mucho menos que hables esos amigos tuyos... ¿Queda claro?
—¿A que viene eso ahora?
—Solo te advierto de que no quiero tonterías de las tuyas —dijo su madre con los ojos chispeantes—. Al más mínimo atisbo de grosería desearás no haber nacido...
—Ahora mismo lo estoy deseando con toda mi alma... —dijo casi en un susurro con la intención de que solo Regulus le escuchara—.
—No me has respondido a la pregunta de antes... —volvió a hablar Orión—. ¿Que demonios haces cuando no asistes a las clases?
—Últimamente no suelo faltar tanto a clase —dijo con las cejas arqueadas—. Es mas —hablaba mientras mantenía el cubierto en lo alto y tenía la boca llena—... Ahora asisto a clase y es cuando llego, que me echan sin motivo...
Su padre dio un golpe en la mesa.
—¡No estoy pagando esa asquerosa escuela para que mi hijo malgaste su tiempo sin ir a clase! —dijo en un grito ahogado y con la rabia aferrada a su garganta—.
Regulus temblaba en su asiento y Sirius le miró con los ojos entornados y apiadándose de él.
—Nadie te pide que lo hagas —osó decir Sirius—.
Esa noche estaban siendo demasiado crueles con él. Esa noche se estaban excediendo en terrible manera con él y no estaba dispuesto a dejarse callar por un par de asesinos.
Su padre respiró hondo y bajo despacio la vista al plato.
—Querida... —poso una mano sobre la de su esposa y la miró con delicadeza—. ¿Recuerdas que estuvimos planteando la idea de que Hogwarts ya no era un buen lugar para que nuestros hijos, futuras personas de las que nos hemos de sentir orgullosos... —matizo esas palabras por encima del resto—... pasen su época estudiantil?
—Lo recuerdo, Orión —respondió la mujer con una sonrisa de malicia dibujada en sus finos labios—.
—No es mal momento para hablar sobre la inminente posibilidad del traslado a Durmstrang, ¿verdad?
El corazón de Sirius dio un vuelco. ¿Durmstrang? ¡Jamás! Jamás aceptaría ir a allí, jamás permitiría que sus padres se lo llevarán a tal lugar. Nunca permitiría que le separan de su verdadera familia, de su hogar, del lugar donde residía toda su felicidad. En Hogwarts, dentro de las paredes de aquel castillo centenario, estaba concentrado todo lo que le daba razones para seguir, todo lo que tenía. Nunca permitiría que le apartaran de todo aquello.
—Ni lo consideréis —Sirius se levantó de la silla, dando un fuerte golpe en la mesa, haciendo que los platos y vasos temblaran bajo el efecto del estrépito creado—. ¡Jamás me iré de Hogwarts!
—Harás lo que yo te ordene, cuando yo quiera y como yo quiera —Orión puso mucho énfasis en todas sus palabras y miró a su hijo con ira—. Siéntate y pide perdón por el golpe...
—NO.
—¿Como?
—He dicho, que NO.
—¡No te atrevas a hablarle así a tu padre! —chillo Walburga—. ¡Y siéntate en esa silla!
—Déjalo... —dijo con una sonrisa Orión—. Ahora cenará de pie ¿te parece?
Sirius suspiró y miró una vez a su hermano con una tierna sonrisa. Sirius sabía que esa noche las cosas no iban a acabar bien y esa sonrisa tenía la terrible finalidad de despedida.
—¡No pienso irme de Hogwarts! —volvió a insistir—.
—¿Por que? —Orión se pusó en pie—. ¿Por que no podrías estar con tus amigos? ¿Por que tendrías que renunciar a todo aquellos que amas? —decía con ironía e ira. Caminó hasta Sirius y se puso frente a él—. Sirius Black, traidor y deshonra de toda la familia. Cygnus no tenía bastante con Andrómeda que a mi te tubo que tocar otro traidor... ¿Que he hecho para que mi hijo, mi primogénito actúe así? ¿Que hemos hecho para que tal peso caiga sobre los Black? ¿Acaso hemos sido malos contigo? ¡Has tenido todo lo que siempre has querido! ¡Todos los caprichos que siempre has deseado!
—¡Solo eran cosas materiales, caprichos sin valor! —respondió Sirius—.
—¿Nunca ha sido suficiente? ¿Nunca has sido feliz? Y ahora nos lo pagas con esto... Con tu actitud, traicionando a tu familia y a su ancestral tradición —Orión hablaba acariciando cada palabra que sus labios emitían. Había ira y rabia en cada sonido que emergía de su garganta. Descargaba veneno sobre su hijo—. ¡A esos que llamas amigos! Esos traidores de Sangre Sucia y de procedencia Muggle... Y ESOS POTTER —dijo con asco— Una familia de traidores ¡QUE MERECEN LA MUERTE! —sus ojos centelleaban, eran los ojos de alguien que podía matar—. Pero no te preocupes, a todos ellos... Poca vida les queda —sonrió—.
Los manos de Sirius colisionaron sobre el pecho de su padre empujándole. Una ola de adrenalina había recorrido todo su cuerpo en escuchar aquellas palabras y la ira le emergió desde el interior. Empujó a su padre con la intención de hacerle daño.
—¡Cabrón hijo de Puta! ¡Jamás vuelvas a hablar de ellos...
Sirius calló al suelo dolorosamente al recibir un fuerte golpe en la cara. Calló en peso muerto sobre el frío parquet. Orión había pegado a su hijo y le había tirado al suelo, dejándolo casi inconsciente.
Walburga lloraba desde su silla.
Regulus se levantó con absoluta rapidez para socorrer a su hermano que yacía en el suelo.
Orión se masajeaba el dolorido puño.
—Sirius... —Regulus intentó incorporar a su hermano—. Sirius, levanta... ¡Vamos!
La cabeza de Sirius daba vueltas y sentía una fuerte presión en la nariz y en el ojo. Como si el peso del universo estuviera cayendo sobre su rostro y no pudiera tenderse en pie siquiera. Le sangraba la nariz. Un chorro de líquido escarlata mancho sus ropas, pero Regulus seguía al lado de su hermano intentando que se tendiera en pie. Al final lo consiguió.
Sirius intentó ubicarse y corrió hacía las escaleras, subiendo a su habitación con agilidad. Regulus le siguió.
Entró en su cuarto y fue a por la mochila, metió toda la ropa que se había traido de Hogwarts para las vacaciones y la cerró con fuerza.
—¿Que haces? —dijo Regulus desde el umbral de la puerta—. Sirius, no puedes irte...
—Claro que puedo —apenas podía emitir sonidos, tenías las cuerdas vocales totalmente contraídas—. Lo estoy haciendo, no aguanto más...
—No puedes dejarme solo...
—Pues lo estoy haciendo —Sirius cogió la chaqueta de cuero negra y las llaves de la moto. Se colgó la mochila a la espalda y fue hasta la puerta, encarando a su hermano—..
Los ojos de Regulus tenían miedo.
—No te vayas...
—No puedo quedarme más tiempo aquí —sollozó Sirius—. ¡MIRA! —gritó señalando la nariz sangrando y el ojo entumecido—. Yo no soy como vosotros, jamás lo he sido... Y por eso, debo irme.
Bajo las escaleras de tres en tres con la chaqueta, las llaves y la mochila fuertemente aferradas a él. Era todo lo que necesitaba para irse. Eso, y el valor suficiente para enfrentar a ser rechazado para siempre en su familia. La fuerza suficiente para admitir que ya no iba a ser reconocido como Black, que su familia rehusaría de él y que para ellos, jamás volvería a existir.
Estaba listo.
Llegó al recibidor
—Si sales por esa puerta, jamás volverás a entrar —Orión hablaba desde el interior del pasillo—.
Sirius sujetaba el pomo de la puerta, dándole la espalda a su padre.
—¿Que me haría volver?
—Somos tu familia... —dijo Regulus desde la escalera—.
—Una familia que se considera superior a otras por hacer caso a un loco, maniático, asesino, que busca la muerte de todo aquel con quien se cruza... ¡Me niego a formar parte de esto!
La mano de Sirius hizo girar el pomo y salió sin mirar atrás.
Se puso la chaqueta y subió a la moto que había aparcada en la cera de enfrente. Era la moto que se compró con el dinero que sus padres le dieron por navidad el año anterior. Apenas había tenido tiempo para usarla y ahora era su oportunidad. Quería huir de allí. Quería alejarse cuanto más pudiera sin volver la vista atrás. Sin remordimientos y sin miedos al horizonte.
Encendió el motor y aceleró, entró en la ciudad de Londres y se materializó con la carretera que pisaba bajo las ruedas de la Harley Davinson Voladora del 66. Las luces parecían arder en sus ojos, las personas parecían simples sombras que desaparecían con el viento. Corría como nunca lo había hecho, esquivaba cuanto coche o autobús veía. Iba con un rumbo fijo y no pararía hasta llegar al lugar en el que se sentía acogido. No pararía hasta llegar a la persona que consideraba su hogar. Donde James estuviera, allí estaba su hogar. Siempre había sido así, nunca lo puso en duda.
Aparcó frente a la casa y bajó de la moto.
Abrió la valla y atravesó el jardín hasta llegar a la puerta. Era una colosal casa que formaba parte de una familiar urbanización a las afueras de la ciudad.
Pico al timbre y la puerta se abrió segundos después.
—¿Sirius? —el rosto de James empalideció al encontrarse a su hermano con la cara rota en su puerta—.
Sirius tenía la nariz rota y el rostro lleno de sangre reseca. El fluido escarlata se había adherido a su piel y por el viento durante el viaje en moto, este, se había secado. Su ojo izquierdo estaba morado y tenía la pupila ensangrentada. Había recibido un fuerte golpe y sufría una pequeña hemorragia interna.
—¡Oh, por Merlín! ¿¡SIRIUS QUE TE HA PASADO!? —James abrió la puerta y le incitó a entrar mientras Sirius colgó sus brazos en los hombros de su amigo. Se dejó caer, notó como sus piernas no le respondían y este le llevó al interior de la casa—. ¡MAMÁ, PAPÁ! ¡RÁPIDO, VENID!
—James, estoy bien —dijo Sirius intentando hablar—. Solo ha sido una pelea...
—Oh, Merlín... ¡Sirius, mira tu ojo! —James estaba muy alarmado—. ¿Que ha pasado? ¿Que te han hecho?
Los señores Potter aparecieron.
—¿Que son esos gritos, James? —dijo el Señor Potter—. ¡SIRIUS! —Exclamó en ver al joven—.
—¿¡Cielo, que te ha pasado!? —se alarmó la Señora Potter—.
—Siento de veras aparecer a estas horas y de esta forma... —dijo Sirius avergonzado—. No sabía donde ir...
—Oh, cariño... —la madre de James se acercó a Sirius y le abrazó con ternura—. No lo lamentas, tranquilo... Aquí siempre tendrás una casa.
—Lo siento... —volvió a balbucear—.
James se mordió el labio, jamás había visto así a Padfoot.
—Dime, ¿que te han hecho, Sirius? —dijo el señor Potter—.
Suspiró.
—Mi padre —contestó—, hemos discutido...
La madre de James sollozó.
—Tiene que verte un médico ahora mismo...
—¡NO! —exclamó Sirius—. No, no... No necesito médicos, de veras... Estoy bien, es solo un golpe —Sirius cambió la expresión en su cara e intentó imitar su habitual sonrisa—. Mañana estaré fresco como una rosa.
—Sirius... —James miró a su amigo muy preocupado—.
—De verdad, James... Estoy bien —dijo Sirius—.
Pero James vio la mentira en sus ojos, su hermano no estaba nada bien.
En el próximo, mas y mejor (espero y deseo). Hasta entonces,
Besos, Lúthien.
