Sus ojos conectaron.

Allí estaba Sirius, apoyado contra una columna de piedra. La chaqueta de cuero negro cubría sus brazos doblados al pecho. Sus pies estaban cubiertos por unas botas rodias y sus piernas estaba presas bajo unos apretados pantalones agujereados de color negro. Bajo la chaqueta de cuero, llevaba una camiseta blanca que transparentaba las curvas del pecho de Sirius.

Remus sintió como la sangre se movía con rapidez por todo su cuerpo.

Sus pies se movieron intuitivamente hacía aquel chico. Sirius se quedó helado y no se movió, pero a Remus le faltó poco para correr. Atravesó al gentío con una rapidez de la que ni él mismo se creía capaz de alcanzar.

Llegó hasta él.

Remus soltó la mochila que calló al suelo en un estrepitoso ruido. Se abalanzó sobre Sirius sin pensarlo dos veces y sus cuerpos encajaron como dos piezas de puzzle. Se enroscaron entre brazos y aspiraron con fuerza el aroma de aquel momento. Apenas había pasado dos semanas sin verse, dos semanas desde aquel beso, pero lo sabían, ya no podían estar él uno sin él otro. No supieron en que momento uno de los dos levantó la mirada haciendo que sus bocas quedaran muy juntas y había una fuerza magnética superior que incitaba a que se unieran. Había algo que les hacía imposible retirar la vista y separarse, había una atracción que pedía más. Remus apretó sus manos al cuello de la cazadora de piel negra y arrastrando a Sirius por la columna de piedra hacía el otro lado, quedaron escondidos de la vista de los ojos del mundo. Entre la fría pared y la pedregosa columna, Remus no lo soportaba más. Había algo superior a él que le incitaba a hacerlo. Y sufrió el terrible impulso de besarle.

Y lo hizo.

Fue un beso duro. La boca de Remus, aun habiendo sido la incitadora del beso, permaneció fría en un primer contacto. Sirius, en sentir a Remus tan tenso, colocó sus manos en la nuca del chico y la masajeó con calma y separando sus labios por unos segundos, miró a Remus. Ninguno de los dos entendió el poder de aquella mirada.

—Tranquilo —sus manos apretaron la nuca de Remus—. Tranquilo... —susurraba—.

Remus respiró con fuerza y afirmó subiendo y bajando la cabeza sutilmente.. Sus bocas se juntaron con lentitud. Sirius se dejo envolver por aquellos labios y por una vez, dejó que fuera la otra persona quien llevará el ritmo.

Jamás había disfrutado tanto de un beso.

Los labios de Remus eran tan cálidos, su calor corporal había aumentado considerablemente y, sin embargo, sentía escalofríos por todo el cuerpo. En sus manos había un nerviosismo nunca antes experimentado, como si fuera su primer beso, como si nunca se hubiera besado hasta entonces y se sintió un inexperto ante la magnificencia de Remus.

Había algo mágico que incitaba a Remus a seguir con aquel beso, había algo que les unía, una fuerza superior, una atracción fatal. Y Remus se vio incapaz de parar, le parecía el mayor de los castigos, la mayor de las condenas. No se imaginaba vivir sin sentir aquella sensación, sin sentir todo aquello que Sirius provocaba en él.

A medida que el beso adquiría más fluidez, sus lenguas bailaban pegadas al son de sus acelerados corazones. Las manos de Sirius, inmóviles y adheridas a la nuca de Remus, parecían inexpertas en el arte. Pero, Remus, quien tan nervioso y inseguro parecía, movía sus manos con total deleite para Sirius. Lo arrimó y lo aplastó contra la pared de la columna y, aunque Sirius fuera más alto, se sintió pequeño entre sus brazos. Las manos de Remus recorrieron su espalda, subiendo con lentitud desde los huesos del coxis hasta aferrarse con fuerza a su pelo. Recorrió con los dedos todas las fracciones de Sirius y se dio cuenta de que sus labios se habían separados y ambos respiraban con los ojos extasiados y el aliento entrecortado.

Sirius puso las manos en el pecho del chico y todo él, cayó rendido a sus pies, se sintió terriblemente suyo.

Remus acarició con suavidad los pómulos de Sirius, pasó las yemas de los dedos por las comisuras de los labios húmedos y calientes. Se perdió en aquel mar gris dentro de los ojos del chico al que acaba de besar.

—Tenemos que irnos —susurró muy bajito Sirius con una maliciosa sonrisa—.

Remus miraba su rostro con total deleite, como si no quisiera salir de aquel hueco entre la columna y la pared, aquel hueco que había sido el único testigo de aquel momento tan terriblemente íntimo.

—Vale... —Remus deshizo el contacto entre ellos y fue el primero en salir del hueco y volver a la estación—.

Sirius se quedó allí durante unos segundos, intentado desenturbiar su mente y canalizar todo lo que le acaba de pasar. Intentó entenderlo y reaccionar de una manera cuerda y madura. Apoyó la cabeza contra la pedregosa superficie y cerró fuertemente los ojos aspirando entrecortado. No podía creerse lo que acaba de pasar. Tenía la mente en blanco y el cuerpo le temblaba. Un gran éxtasis recorría todo su cuerpo provocando pequeñas descargas eléctricas allí donde las manos de Remus habían marcado territorio.

Salió detrás de Remus y ambos se quedaron mirando la bullicio de personas que fluían a su alrededor. Intentaron actuar como si nada hubiera pasado, ni si quiera se miraban.

Remus recogió su mochila del suelo y se clocó la chaqueta. Acto seguido miró a Sirius.

—¿Teníamos que irnos, no?

Sirius no salía de su asombro y mirando a Remus con los labios hinchados, las mejillas sonrojadas y los ojos muy abiertos, dijo:

—James nos espera en Covent Garden... —su voz temblaba—.

Sirius se sentía tan patético, se estaba comportando como un crío. Ese extraño ataque repentino de nerviosismo estaba jugando en su contra.

—¿Nos vamos pues?

Sirius asintió y cedió el paso a Remus.

Había muchísima gente aquella mañana en la estación y apenas podían moverse con fluidez. Aun así, ellos dos se mantuvieron lo más cerca posible. De camino hasta la salida sus manos se rozaron sutilmente, como si intentaran mantener el contacto y solo pudiera probar un poquito de aquella sensación.

Llegaron a la calle.

—¿Como llegamos a Covent Garden? —dijo Remus mirando a Sirius—.

—He venido en moto...

Los ojos de Remus se iluminaron.

—¿Ya la conduces?

—No podía esperar más... —dijo—.

Sus labios se tensaron en una gran sonrisa. Le temblaban las manos y se sentía de lo mas ridículo.

Remus no entendía porque era incapaz de entablar conversación con Sirius. Tampoco era que Sirius pusiera de su parte, pero después de haberle besado, no debería resultarle tan complicado.

Llegaron a la moto de Sirius. Estaba aparcada en medio de la cera, justo delante de la estación de tren.

Sirius pasó una pierna por encima de la moto y se sentó. La puso en marcha y miró a Remus con la sonrisa curvada.

—¿A que esperas?

—No sé si me atrevo a subir en eso...

El corazón de Sirius palpitaba con fuerza, pero a pesar de su nerviosismo, no podía dejar de ser Sirius, así que con la sonrisa torcida, una ceja alzada y la voz melodiosa y carismática, dijo:

—O sea que me pegas un morreo en medio de una de las estaciones de tren mas transitadas de Londres —Remus se ruborizo—. Y ahora no te atreves a subirte en una moto...

Remus frunció los labios y alzó una ceja intentado imitar la expresión de Sirius cuando coquetea con él y se subió en la moto.

—¿Contento?

—Vas a tener que sujetarte a algo, lobito... Si no quieres salir volando —le tentó Sirius—.

Adoraba cuando sus labios pronunciaban aquella palabra.

Lobito.

Remus se colgó la mochila a la espalda y pasó, con delicadeza, ambos brazos por debajo de la chaqueta de Sirius. Quedó en pleno contacto con el fino lino de la camiseta blanca y pudo notar las curvas del abdomen bien marcadas y prietas.

Sirius se estremeció en silencio bajo el tacto de sus manos.

Giró la cabeza quedando muy cerca del rostro de Remus que se pegó a él completamente.

Pudo sentir su aliento.

—No te sueltes.

Sirius acarició las manos de Remus que se adherían a su abdomen.

—Tu procura no matarnos a los dos...

—¡Oye! —puso el motor en marcha—. Aquí las normas las pongo yo...

El motor rugió y la moto aceleró. Sus cuerpos se movieron simultáneamente y Remus se pegó mas al cuerpo de Sirius, sin dejar ningún espacio entre ellos.

Avanzaron rápidamente por la ciudad. Sirius corría mucho y aceleraba con gran facilidad, así que pocas veces encontraban los semáforos en rojo. En llegar al centro de la ciudad, el tráfico fue disminuyendo, solo habían taxis. La moto de Sirius avanzaba precipitosa a través de los negros coches que circulaban las carreteras de la ciudad. Se movía con agilidad y fue en ese momento de plena velocidad y éxtasis para ambos, cuando Sirius se atrevió a hablar.

—¿Por que me has besado?

Remus no respondió.

—¿Has cambiado de idea y lo has aceptado, eh? —insistió Sirius—.

Remu seguía sin emitir palabra alguna.

—Sabía que lo harías...

—¿Sí, de verdad? —Remus jamás había entonado la voz de esa manera, jamás había coqueteado intentado imitar a Sirius, y ahora, estaba siguiendo y entrando en su juego—. Parecías muy confundido, algo nervioso...

—¿Yo? No era a mi a quien casi le da un ataque al corazón...

La moto frenó en seco y, gracias a la inercia, sus cuerpos se pegaron aún más. Remus acarició sutilmente el abdomen del chico y Sirius se estremeció.

—Ya hemos llegado...

—¿Tengo que soltarte? —dijo Remus en un susurro y pegado a la oreja de Sirius—.

—Por mi puedes quedarte así todo el día...

Remus suspiró y se contuvo para no morderle el cuello allí mismo, y bajó lentamente de la moto. Sus manos se arrastraron por el torso de Sirius mientras se bajaba y quedaba justo delante de él.

Sirius apagó el motor sin retirar los ojos de los de Remus. Ambos se estaban comiendo con la mirada.

—¡Mira que tenemos aquí! —James rodeó a Remus por los hombros—. ¿Porque habéis tardado tanto?

—Había mucho tráfico, —dijo Sirius bajando de la moto—. ¿Que pasa, Wormtail? ¿Que tal las fiestas? —Sirius se movió hasta Peter y lo saludó dándole un suave golpe en el brazo—. ¿Mucho desmadre en Noche Vieja?

Peter subió y bajó los hombros.

—Estuve en casa, no salí...

—Nosotros tampoco —dijo Sirius—.

—¿Nosotros? —Añadió Remus—. ¿Estuviste en casa de James en Noche Vieja?

Sirius le miró y asintió.

—¿Buscamos un sitio para comer o que? —añadió James queriendo cambiar de tema—.

—¿Algo Muggle? —dijo Sirius—.

—Vale.

Caminaron hasta un pequeño bar, un oscuro lugar que se reducía a cinco mesas desordenadas y una barra llena de gente. Se sentaron en la única mesa bacía, al fondo del pequeño local, arrinconados en la pared. Sirius se sentó al lado de Peter y enfrente de Remus. Sus piernas se rozaron en acomodarse en la silla. Ambos retiraron la pierna evitando el contacto. Tuvieron miedo a que los demás lo notaran.

—En menudo sitio nos hemos metido —dijo James acomodándose en la mesa—. Podríamos haber ido al Caldero Chorreante... Al menos sé que pedir, aquí...

—Yo tampoco conozco la comida Muggle —dijo Peter—. No voy a saber que pedir...

—A ti te da igual, te lo comes todo... —dijo Sirius e inmediatamente todos rieron—.

Miró a Remus, su sonrisa era todo lo que necesitaba.

—Buena esa, hermano... —dijo James que inmediatamente miró a la camarera que se acercaba—. Enserio... ¿que pedimos?

—Yo os ayudo... —dijo Remus—.

La camarera llegó a la mesa.

—¿Que vais a tomar? —dijo la mujer con una libreta y un bolígrafo en la mano—.

James, Peter y Sirius se miraron entre ellos. No solían estar en contacto con el mundo Muggle y cuando se enfrentaban a acciones tan cotidianas como ir a un bar o comprar algo, siempre andaban algo perdidos.

Remus les miró y suspiró.

—Pon cuatro Coca Colas para beber —dijo muy seguro de si mismo—. Y pon cuatro raciones de Fish&Ships.

La mujer lo apuntó en la libreta y se retiró sin decir nada.

—¿Que son Fish&Ships? —dijo James—.

—Lo que comen los turistas...

—Nosotros no somos turistas —dijo Peter—.

—Ya, pero no os hubierais puesto de acuerdo... —respondió Remus hundiéndose en la silla—. Así que me he tomado la libertad de decidir que hoy comeremos como turistas...

—¿Quien te ha concedido esa libertad? —dijo Sirius alzando una ceja—.

Remus iba a responder.

—¡Bueno! —dijo James antes de que pudiera responder Remus.—. ¿Que planes tenemos para hoy?

—¡ALCHOOOOL! —gritó Sirius extendiendo los brazos en alto—.

Remus rodó los ojos.

—¿Enserio? —gruñó—.

—¿Que pasa, Moony...? —dijo Sirius colocando un codo sobre la mesa y acercando su cara—. ¿No tienes ganas de fiesta?

—Acordamos de ir a una discoteca o algo... ¿no? —dijo James—.

—¿Tus padres nos van a dejar?

—Mirad... —James clocó las manos a la altura de su rostro y las movía a medida que tramaba el plan—. Vamos a dormir en tiendas de campaña en el patio de atrás... Ellos suelen acostarse a las once o así... Salimos por la puerta de atrás y podemos volver cuando queramos, antes de que se despierten...

—¡Hasta que salga el sol! —gritaba Sirius eufórico—.

—¿Donde vamos a ir? —dijo Remus, no muy convencido por el plan—.Con 16 años a pocos sitios nos van a dejar entrar... Y menos aún, si queréis beber...

—Nos pegamos el pedo del siglo en mi jardín...

—¿Estas loco? —dijo Sirius—. Tus padres nos escuchan ¿y que?

—¿Acaso vas a gritar? —añadió James desafiando a su amigo—.

—No soy yo cuando estoy borracho...

Los chicos rieron recordando noches memorables en las que Sirius perdía la cabeza.

—¿Entonces, que? —dijo James—.

—Nos quedamos en tu patio trasero y si eso, luego salimos... —añadió Sirius—. ¿No?

La camarera llegó con cuatro latas de Coca Cola y cuatro basos de tubo con hielo y limón. Los colocó sobre la mesa y se volvió a ir hacía la barra.

—Quiero hacerme un tatuaje.

Los tres miraron a Sirius.

—¿Desde cuando? —dijo James—.

—Desde ahora —sus amigos lo miraban sin entender—. Y ademas, en cuanto acabemos de comer vamos a ir a hacérmelo...

—¿Con que dinero?

—Con el mio.

—¿Y que te vas a tatuar? —preguntó Remus—. No puede ser cualquier cosa, piensa que esas cosas duran para toda la vida...

—Ya sé que duran para toda la vida... —Sirius miraba a Remus—. Quiero tatuarme las fases de la luna.

Remus enmudeció de golpe.

—¿Va enserio? —dijo James—.

—Hace tiempo que lo llevo pensando... Llevo dándole vueltas a la idea desde hace bastante y ahora que no tengo que pedir permiso ni dar explicaciones a nadie, lo voy a hacer.

—¿Como que no tienes que dar explicaciones a nadie? —preguntó Remus—.

—Luego os cuento...

Sirius intentaba eludir explicarle a Remus lo que había pasado con sus padres, no quería dar pena.

—¿Y que significado tiene las fases de la luna? —dijo James—.

—La luna fue lo que nos unió, ¿no?

—¿Lo fue? —preguntó Peter—.

—¡Claro!

—No te sigo... —añadió James—.

Remus sonreía enternecido.

—Así es como nos conocimos, ¿no? —explicaba algo emocionado—. Gracias a la luna, gracias a que Remus estaba solo en un compartimento y nos dio por sentarnos con él... Gracias a que Remus estaba solo, nosotros ahora estamos juntos.

Todos callaron y entonces entendieron.

—Me vas a hacer llorar, Padfoot —dijo James llevándose una mano al corazón y entristeciendo el rostro—. Enserio...

—Eres tonto —rió Sirius—.

—No, ahora enserio... Es una buena idea —insistió, ahora serenó, James—. Me gusta...

—¿Sí? —Sirius dio un brincó—. Pues ahora mismo vamos a ir a hacérmelo a algún sitio...

—¿Ahora? —dijo Remus—. ¿Estas seguro que quieres eso?

—Quiero las fases lunares en la espalda —dijo mientras se pasaba la mano por el costado, desde arriba hacía abajo—. Estoy al cien por cien seguro.

—¡Pues no se hable más! —dijo James—. Conozco un sitio en unas calles más abajo que hacen tatuajes, podríamos mirar a ver... ¿Has pensado en el precio?

—Tengo dinero.

Todos asintieron en silencio.

La camarera llegó a la mesa y sirvió los platos con una ración de Fish&Ships para cada uno. Luego, se retiró en silencio.

—¡Al ataque! —James se llevó cuatro patatas de golpe a la boca—.

Los demás lo imitaron y empezaron a comer.

—¿Sabes algo de Lily? —Remus habló mientras se limpiaba la boca con una servilleta—.

—No, la verdad...

—¿No os habéis escrito? —insistió—.

—No.

—Deberías escribirle —dijo Sirius—. Te lo dije el otro día...

—Deberías, sí —volvió a insistir Remus mientras miraba por el rabillo del ojo a Sirius. El no le miraba—.

—Ella me rechazó.

Aquellas palabras fueron difíciles de pronunciar en voz alta para James. Cada vez que recordaba aquella noche sentía como el calor corporal le subía de una manera estrepitosa. Pero a su vez, el recuerdo de aquella noche y el saber que ella no estaría otra vez con él, le mataba y le había sentir un malestar general que se propagaba por todo su cuerpo. El recuerdo del sabor de Lily le estaba consumiendo lentamente y el saber que ella no lo quería, lo mataba con calma y malevolencia.

Los platos se vaciaban a medida que la conversación se encaminaba hacía otros senderos.

—Sirius —los labios de Remus temblaron en pronunciar aquel nombre. Lo miro—. ¿Como es que has estado en casa de James en Noche Buena? ¿Que ha sido de aquella cena?

James miró a Sirius, este le devolvió la mirada.

—Tuve una pelea con mis padres la noche que volvimos de Hogwarts —se aventuró a decir Sirius—. Y no acabo muy bien, que digamos...

—¿Que paso?

—Bah, lo de siempre... Soy el hijo que nunca quisieron —intentó dibujar una mueca—. Las cosas no están fáciles y yo pasó de estar de ese bando...

—¿Bando? —dijo Peter, participando en la conversación—. ¿Que bando?

—¿En que mundo vives, Wormtail? —dijo James—.

El chico subió y bajó los hombros a modo respuesta.

—Sirius se refiere a lo que esta pasando —Remus tenía las manos apretadas entre las piernas—. Han habido muchas desapariciones de nacidos de Muggles y mestizos últimamente, están cambiando muchas cosas en el Ministerio y cada vez todo va a peor...

—Paso de esa mierda en la que andan metidos...

—¿Que sabes? —dijo Remus—.

—Me huelo algo... Mi padre dejó caer cosas que pasé por alto antes de empezar el curso —decía Sirius mirando fijamente a Remus—. No le di importancia hasta ahora, al ver todo lo que esta pasando.

—Hace un par de días, leí sobre los Milligan —añadió James—. ¿Lo habéis leído?

Remus y Peter negaron ladeando la cabeza.

—Han asesinado en su casa a los padres de Keira Milligan, es de Ravenclow y esta en quinto —dijo Sirius—. Encontraron los dos cuerpo en el salón... Habían entrado pero no se habían llevado nada, fueron solo para matarlos.

—Se ve, que los dos trabajaban en el ministerio... El padre era Auror —dijo James—.

—Las cosas están muy mal...

Sirius asintó con pesar.

—Pobre Keira —dijo Peter—.

Los cuatro callaron.

Sirius y Remus se miraban, no dejaban de hacerlo. Cada vez que Remus subía la vista se encontraba con aquellos poderosos ojos grises que le miraban con un brillo diferente. Un brillo que había aparecido en Sirius aquel día, un brillo inusual en él. Algo nuevo. Y quiso creer que ese brillo lo había provocado él, que él era el dueño y único propietario del motivo de aquel brillo en los ojos de Sirius. Supuso que era el encanto natural del chico lo que provocaba aquel brillo y se retiró a si mismo cualquier merito que pudiera otorgarse.

Moría por levantarse de aquella silla que lo tenía preso, tirar la mesa a una lado y coger a Sirius y embestirle contra una pared para volver a besarle como lo había hecho antes. Estaba conteniendo todas sus ganas de besarle allí mismo, delante de todo el mundo. Pero había algo que le hacía frenar, algo que contenía esas terribles ganas, ese desfrenó incontrolable. Los malditos prejuicios que el mismo se imponía.

—¿Nos vamos?

—Tenemos que pagar...

—Yo solo llevó galeones —dijo Peter mirando en su bolsillo—.

—Yo también —dijo Remus—.

—¿Y que hacemos? —James comprobó su cartera, solo encontró galeones—.

Sirius soltó una estrepitosa y sonora risa.

—No me gusta esa risa —dijo James contagiado—. ¿Que se te ha ocurrido ya, Padfoot?

—Una maravillosa idea... —sus ojos se tornaron oscuros—. Atención, esto es lo que haremos...

Pasó un rato, la mujer trajo la cuenta y la dejó sobre la mesa. Todos habían acabado de comer y se quedaron un rato más hablando. Peter se levantó y se dirigió al lavabo. Se tenían que bajar unas oscuras escaleras para llegar a los servicios.

A los cinco minutos, se oyó un fuerte grito proveniente de los lavabas e inmediatamente, subiendo por las escaleras, apareció una señora gritando histérica.

—¡UNA RATA! ¡UNA RATA!

Peter apareció detrás de la señora convertido en rata y persiguiéndola por todo el local.

Los chicos, conteniendo la delirante risa que se les escapaba por todos los poros de la piel, salieron del local. Aprovecharon el cautiverio de estrés y histeria que se había apoderado del bar y, escabulléndose entre la gente, salieron sin hacer el menor ruido posible.

Peter les seguía convertido en rata. Salió por la puerta, en ver que los tres chicos salían.

Corrieron calle abajo cuando vieron que Peter les seguía.

—¡Corred! —dijo James—.

—¡Vamos! ¡Antes de que se den cuenta de que nos hemos ido!

—Tenemos que buscar un sitio para que Peter cambie.

Pararon a respirar.

La gente les miraba.

—Que se quedé así —se rió Sirius, mientras recuperaban el aliento—.

Los tres jadeaban y Peter, convertido en rato y desde el suelo, observaba la escena fascinado.

—¡Merlín! —Remus se colocó una mano en la barriga y se retorció intentado respirar—. Nos llegan a pillar y me muero...

—Estoy viejo para esto —bromeó Sirius—. No me podéis dar estos meneos así como así...

Los chicos rieron.

Empezaron a caminar despació, calle abajo. James iba en medio de Sirius y Remus y Peter iba metido en el bolsillo de James. Solo la cabeza y las dos patitas de delante le sobre salían del bolsillo.Y observaba todo lo que pasaba a su alrededor con los dos grandes ojos saltones que tenía en la cara.

—¿Donde has dicho que estaba la tienda de tattoos? —dijo Sirius a James—. Has dicho dos calles abajo y ya llevamos tres y no he visto nada...

—Espera, impaciente...

Siguieron bajando, calle tras calle.

James caminaba delante, Sirius a su lado. Remus caminaba detrás de los dos chicos que se movían apresurados. Remus tenía las manos en los bolsillos y miraba el suelo concentrado en sus pies. El día se había teñido de gris, pero su corazon latía con fuera y su estómago se contraía en un molesto pero satisfactorio nudo. No entendía lo que estaba sucediendo en su cuerpo.

Sirius se giró y lo miró, en ver que Remus estaba tan ensimismado mirando el suelo, volvió la vista al frente. Remus levantó la mirada en notar como Sirius se giraba, pero en hacerlo, Sirius ya no le miraba.

Siguieron caminando una calle más.

—¡AHA! —gritó James parándose frente una pequeña tienda—. Te dije que estaba cerca —dijo mirando a Sirius—.

—¿Cerca? Llevamos caminando media hora, Prongs... —dijo Sirius alzando las cejas—.

La tienda se reducía a un pequeño local con una sola puerta y los cristales tintados Había un cartel con alguno modelos de tatuajes y el nombre de la tienda.

Skin Inker.

—¿Estas seguro de esto, Sirius? —dijo Remus antes de que Sirius se aventurará a entrar—.

—Sí, sí que lo estoy —le miró y sonrió—. ¿Entras conmigo? Digo... ¿Entráis conmigo?

—Claro —dijo muy seguro Remus e inmediatamente se puso a su lado—.

Entraron juntos, James y Peter, en el bolsillo del chico, los seguían.


Y hasta aquí llega el capítulo 11. Espero haberles dejado con ganas de mas, esa siempre es la intención. ¿Que os ha parecido el beso? ¡Necesito saber que os parece esta cambio en los acontecimientos! ¿Les parece precipitado o es buena idea? ¡Quiero saberlo, por favor!

Las cosas ya ven cogiendo ritmo, llevo once capítulos, los que pensé en su día que haría, mas o menos, cuando empecé esta historia. Pero visto el plan creo que me va a llevar mucho mas, cada vez que escribo se me ocurren muchas mas cosas que pueden pasar y que pasaran. Me he propuesto acabar dignamente este fic, y lo voy a hacer, prometido.

Para aquellos que no se imaginan el tatuaje de Sirius, dejo aquí una foto de lo que podría ser. Cada uno que se imagine lo que quiera, pero esta fue mi idea. (Espero poder hacérmelo some day)

Bueno, esto es todo. Muchas gracias a aquellos que añadieron esta historia sus favoritos y que se toman la molestia de leerla.Y mil gracias a aquellos que comentan, esto no sería nada sin vosotros. Hasta aquí y hasta el próximo que vendrá con muuuuuuchas sorpresas,

Besos, Lúthien.