—No cumpliste tu promesa, Remus...

—Te quedaste dormido.

—¡Silencio! —bramó el profesor—. ¿Puedo continuar la clase, señores?

—Siga, profesor... —dijo Sirius con una sonrisa.

El aula restaba en silencio y sólo la voz del profesor rompía el tranquilo ambiente. Un murmullo constante se oía al final de la clase, mientras Remus y Sirius susurraban y compartían miradas.

—Me podrías haber despertado... —insistió Sirius—.

—Estabas tan adorable y me sabía tan mal, que no quise despertarse —Remus miraba al profesor mientras Sirius se acercaba a su oreja para susurrarle sin que nadie los pudiera oír.

—Mas mal te supo no haberme despertado.

—Tienes razón —declaró Remus—. Luego me arrepentí...

Sirius sonrió satisfecho y con malicia. Se sintió orgulloso de que Remus imitara su picardia y que le siguiera el rollo.

—Espero que hoy no te duermas, Black... —dijo Remus girándose a verle y mirándole a los ojos completamente.

—Hoy si que no —confirmó Sirius mordiéndose el labio inferior—.

—¡Hey! —gritó James desde el pupitre de al lado—. ¿De que habláis vosotros dos?

—No quieras saberlo —susurró Sirius—.

—¿Que? —insistió James que no había oído la respuesta de Sirius.

—Nada... —dijo Sirius con una sonrisa—. Le decía que Snape lleva sin lavarse el pelo tres meses. Creo que la última vez fue cuando le tiramos aquel cubo a principios de curso...

James no pudo evitar soltar una carcajada. Peter que también lo había escuchado, imitó a su compañero. Los cuatro reían juntos y crearon un jaleo general en la clase, desconcentrado y atrayendo la atención del resto de alumnos y del profesor.

—¡Vosotros cuatro! —gritó el profesor—. ¿Cuantas veces tengo que decirles que se callen? ¿Tengo que echarles otra vez de mi clase?

Los chicos callaron.

La clase continuó, pero Sirius no podía dejar de mirar al chico que estaba sentado a su izquierda rozando su pierna con la suya muy sutilmente. Remus tenía el ceño fruncido y sus ojos miraban atentos al profesor que explicaba delante de la clase. Sus labios estaban apretados y Sirius sintió ganas de cogerle de la mano y salir de allí corriendo. Pasar el día entre su sonrisa y en sus brazos mientras se dedicaban su tiempo.

—Me estás poniendo nervioso mirándome así, Sirius... —pronunció Remus en un susurró—.

—Lo siento —dijo Sirius ruborizándose y mirando al profesor—.

—No me molesta.

—Solo te pones nervioso, ¿no?

—Exacto —declaró Remus con una sonrisa.

—Oye —añadió Sirius con energía—. He estado pensando que podríamos ir a algún sitio esta noche, los dos solos... —enfatizó—.

—¿A donde?

—Podríamos ir a Hogsmeade a pasar un rato —dijo captando la atención de Remus por completo. El chico se giró hacía él y dejo de prestar atención a la explicación del profesor que se movía energético por la clase.

—¿Hablas en serio?

—Sí, mi amor... ¿Por que no? —dijo Sirius—.

Sin darse cuenta y sin pensarlo dos veces, Sirius habló en voz alta sin susurrar. En oírlo, Lily se giró, se quedó mirando a Sirius y a Remus con una sutil sonrisa y las cejas alzadas.

—¿Que, Evans... Algún problema? —dijo Sirius molestó—.

—No... —hizo una mueca—. No pasa nada —dijo y se volvió a dar media vuelta mientras el profesor seguía su discurso—.

Remus bajó la vista al papel que tenía encima del pupitre y en el que estaba tomando algunos apuntes de las palabras del profesor. Sus mejillas se tornaron rojas en gran medida y restó callado durante unos largos minutos.

—¿Estás bien? —dijo al fin Sirius que también había quedado traspuesto tras la intervención de Lily—.

—Si... —dijo en un susurró como respuesta—. Estoy bien.

Sirius volvió a callar y se sintió algo violento ante la situación. Sabía que Remus se ponía de esa forma siempre que alguien les miraba raro o llamaban demasiado la atención. Sabía que no llevaba demasiado bien las muestras de cariño en público—.

—¿Entonces, que me dices? —volvió a insistir Sirius—. ¿Vamos a Hogsmeade esta noche? —hablaba entre murmullos, hablando mucho mas bajo que antes—. ¿Que me dices, eh?

Remus afirmó subiendo y bajando la cabeza y mordiéndose el labio inferior. No miró a Sirius.

—¿Eso es un si? —dijo con picardia—.

—Intento escuchar al profesor, Padfoot —dijo Remus mirándole a los ojos fijamente—.

—Tu te lo pierdes... —Sirius se giró y dirigió su vista al frente—. Yo iré —añadió—. Si no quieres venir, pues ya sabes... Tu te lo pierdes, Moony.

Remus suspiró.

—Qué si que quiero ir, Sirius... —respondió el chico—. No seas pesado, va... Quiero escuchar por qué está hablando del libro que tenemos que leer para la semana que viene...

—¿Cual es?

—Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

—Yo sé la respuesta —dijo Sirius con energía—. En mi cama...

Remus enmudeció de golpe. La clase había acabado y los alumnos empezaron a levantarse y el profesor ya había parado su discurso.

—Eso habrá que verlo...

—Cuando quieras —sentencio Sirius—.

Sirius sonrió satisfecho mientras James se acercaba, se dejaba caer sobre el pupitre y apoyaba su cabeza sobre las manos. Sonrió y dijo:

—¿Nos vamos a comer, señores Moony y Padfoot? —dijo—. ¿No tenéis hambre o qué?

—¡Sí, vamos! —dijo Sirius dando un bote en la silla y poniéndose en pie de un ágil salto—.

Los cuatro salieron de la clase y se dirigieron sin prisa al Gran Comedor. Después de comer tenían clase de pociones y a última hora Sirius tenía Cuidado de Criaturas Mágicas, Peter y Remus historia de la Magia y James tenía entrenamientos de Quidditch y se saltaba la última hora de clases. Comieron y luego se separaron para ir cada uno a los respectivos lugares del castillo donde se encontraba la clase asignada para cada asignatura diferente. Sirius le guiñó un ojo a Remus en irse y este le devolvió una suave y sincera sonrisa. Últimamente, ninguno de los dos tenía hambre, ni sueño, ni tristeza en el cuerpo. Ninguno de los dos quería estar con otra persona que no fuera ellos mismos. Vivían con un nudo permanente en el pecho que les oprimía al respirar. Todo pasaba lento cuando estaban separados y sin embargo todo pasaba demasiado deprisa cuando estaban juntos. Las noches pasaban rápidas y a la mañana siguiente se despertaban con un sabor diferente en la boca. El sabor de unos labios ajenos, los recuerdos de unos ojos que no eran los suyos y una sensación de plenitud completa. Había cambiado algo en ellos. Algo se había puesto en marcha, algo había empezado y no tenía marcha atrás.

La tarde pasó lenta, el tiempo parecía no avanzar. Sirius juró que la clase de Criaturas mágicas que tubo esa tarde había sido la mas larga de la historia. Fue algo que comentó en llegar la cena. Los cuatro amigos se reunieron en la Sala Común para dejar las mochilas y el material de clase. Remus había pasado un rato en la biblioteca con Lily y luego había subido para reencontrarse con Sirius y James tramando planes de los suyos. Cuando encontraron a Peter paseando por los pasillos, bajaron a cenar. Hablaron y rieron durante el tiempo que les llevó acabar sus platos.

—Estoy hecho polvo... —dijo James dejando caer su cabeza sobre la mesa del comedor y estampando su frente sobre la madera—. Los entrenamientos me dejan cao después de lo de la caída...

—¿Estas perdiendo facultades, amigo?

—Hoy no he podido volar... —dijo James que tenía un brazo esguinzado—. He estado dandovueltas al campo como un tonto.

—¿Enserio? —dijo Sirius—.

—Si, hermano... —respondió—. He trabajado físico, me han matado a correr, abdominales y estiramientos barios.

—Luego Evans se queja... —dijo Sirius e inmediatamente empezó a reír—.

—¡Cállate! —bramó James—. Pues, que sepas que he esta noche hemos quedado en la Sala Común para hablar...

—¿No? —gritó Remus—. No me lo creo...

—¿Enserio, Prongs? —exclamó Sirius. James, acto seguido, afirmó subiendo y bajando la cabeza y frunciendo los labios—. ¡Tu si que sabes, hermano! —dijo Sirius y alzó la mano en el aire para que James chocará los cinco—. Pero, ¿como lo has hecho?

—Ayer en la enfermería le dije la verdad y de alguna manera, ha accedido a hablar conmigo.

—¿Estarás contento, no? —dijo Remus con una sonrisa en los labios—.

—Estoy nervioso... —les hizo saber James.

—Tu sé tu mismo —dijo Remus con una sonrisa—.

—Eso puede ser un problema siendo Evans de quien hablamos... —añadió Sirius haciendo referencia a la insistencia de Lily sobre la arrogancia de James y su actitud de superioridad—.

—Gracias por tu ayuda, Hermano —dijo James dibujando una mueca desenfadada—. Pero tienes razón... Tengo que relajarme y hablar con ella con calma y serenidad.

—Usa la cabeza ante todo... —añadió Remus—.

—Cabeza, Prongs —reiteró Sirius—. Cabeza.

Los chicos estuvieron en la Sala Común por un largo rato, hasta que los alumnos se fueron a sus habitaciones y cuando faltaba poco para que Lily volviera de la biblioteca. Estuvieron tranquilos frente a la chimenea, sentados en los sofás y hablando de todo un poco sin que nada les importara demasiado.

El tiempo pasaba y Sirius y Remus se miraban hablándose con la mirada. Querían irse a Hogsmeade esa noche y si no salían ya volverían demasiado tarde. No querían llamar la atención de James con sus extraños planes, así que tenían que buscar alguna excusa.

—¿No te apetece un poco de chocolate, Prongs? —Dijo Sirius que sabía que James estaba demasiado cansado como para bajar a las cocinas a por chocolate—. ¿Que me dices a bajar a buscar un poco?

—Bah, paso —dijo mirando el fuego—. Ademas, no quiero que Lily llegué y no estar.

—Como quieras... —Sirius miró a Remus que estaba sentado en la butaca al lado del sofá—. ¿Que me dices, Moony? ¿Nos damos un paseito?

Remus intentó que no se le escapará la risa nerviosa, en su lugar, sonrió satisfecho.

—Me parece bien —dijo—.

—¿Puedo ir? —Peter alzó la mano como cuando alguien quiere hablar en mitad de la clase para que el profesor le diera paso.

Remus se quedó un poco traspuesto.

—Tranquilo —comenzó Sirius con total naturalidad—. Té traeremos un poco, mejor quédate con James para hacerle compañía mientras no llegue Evans...

—Vale —afirmó Peter hundiéndose en la butaca roja.

Remus y Sirius salieron casi corriendo de la Sala Común con la única idea y principal motivo de estar juntos aquella noche en Hogsmeade. Querían pasar un buen rato. Apenas habían podido estar juntos en todo el día. Apenas habían podido tocarse y estar él uno cerca del otro en todo lo que llevaban de semana. Después de lo del partido de Quidditch y la consolidación de su relación, las cosas habían quedado en el aire. Necesitaban tiempo para entenderlo y necesitaban pasar tiempo juntos para entenderse y saber con certeza qué era eso que estaba creciendo entre ambos.

—¿Te parece bien si cogemos el túnel de la Bruja Tuerta y pasamos por Honey Ducks? —dijo Remus mientras bajaban las escaleras—.

—Esta bien, aunque me da miedo que nos vean... —añadió Sirius—. No llevamos la capa.

—¿Sirius Black tiene miedo? —dijo Remus con picardia—. ¿Quien eres tu y que has hecho con mi Sirius?

Sirius sonrió y el corazón le latió apresurado en escuchar mi Sirius.

—No llevamos la capa, ¿y si nos ven en HoneyDucks? A estas horas estará la tienda cerrada y no es muy buena idea. Habrá gente por la calle y no quiero arriesgarme—dijo Sirius—. ¿Por que no vamos, mejor por el camino del Sauce Boxeador y pasamos por la casa de los Gritos? Si vamos por ahí, sabemos con certeza que nadie nos verá. Y desde allí, el mirador nos pilla mucho mas cerca.

—Esta bien.

—Tranquilo, lobito... —dijo Sirius con una sonrisa y mirando a Remus—. Llevo chocolate, si es eso lo que te preocupa.

—Siempre sabes como complacerme ¿cierto Padfoot?

—Cierto, Moony.

Caminaron sin pausa bajando las escaleras. Caminaban a una distancia prudente él uno del otro. Sabían que si se tocaban o sus pieles se rozaban simplemente, no llegarían a Hosgmeade nunca. Se quedarían allá donde el contacto hubiera tenido lugar y su hubieran dedicado a saborearse.

Llegaron al primer piso, debían salir del castillo sin ser vistos. Caminaron apresurados hasta la salida mas cercana, ambos lucían una sonrisa dibujada en el rostro y el estómago anudado. Los corazones latían furiosos y queriendo hacerse oír.

Giraron la esquina para dar al pasillo donde se encuentra la puerta lateral. Para sorpresa de ambos, sentados en los ventanales del patio interior, se encontraba un numeroso grupo de alumnos. En acercarse mas se dieron cuenta de que eran alumnos de Slytherin. La oscuridad de la noche no facilitaba la visión y ni Remus ni Sirius supieron con certeza cuantos eran los alumnos que se encontraban a deshoras fuera de sus habitaciones y merodeando por los pasillos, al igual que ellos.

Aquellos que estaban de cara a ellos se quedaron mirándolos y los que estaban de espaldas a Sirius y a Remus, se giraron en darse cuenta de la presencia de alguien ajeno a ese grupo.

—Vaya, vaya... Mira que tenemos aquí —exclamó Bellatrix sentada en medio del grupo de alumnos.

—Buenas noches, Bella —dijo Sirius—.

Remus estaba asustado y intentó esconderse detrás de Sirius pero sus pies se quedaron pegados al suelo. Algo le erizó los pelos de la nuca, no supo is fue por el frío que entraba del exterior y de la apagada noche sin estrellas o de la situación en la que acababan de entrar él y Sirius sin quererlo ni beberlo.

—¿No es un poco tarde para que merodeéis por los pasillos? —bramó uno.

—¿Estáis husmeando, acaso? —quiso saber otro.

—¿Crees que seríamos tan idiotas como para aparecer si estuviéramos husmeado... —dijo Sirius completamente tranquilo y relajado—.

—¿Y que té trae por aquí, querido primo? —dijo Bellatrix—.

—¡Iban a meterse mano! —gritó Lucius sentado al lado de Bellatrix y con un enornem moratón en el ojo—. ¿Potter tiene el cuarto ocupado y os teneís que ir a los pasillos para chupárosla? —dijo con asco—.

Los presentes reían regodeándose en su inexistente grandeza.

—¿Quieres que te deje el otro ojo azul también? ¿Y que me dices de los dientes, te sobra alguno para que pueda rompértelos? —Sirius sintió como la cólera le subía impulsada por una fuerza ajena a su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, recorriéndole toda la espalda y asfixiando su abdomen.

—Ahora no té salva nadie, traidor —bramó uno de los presentes—.

Remus, inmediatamente reaccionó y supo que tenía que intervenir.

—¡¿Que sabrás tu, desgraciado, de lo que es una traición?! —dijo Sirius con el alma en la boca y los nervios a punto de ser perdido.

—Todos lo sabemos... Sabemos lo que has hecho —dijo Lucius—. Todo el mundo lo sabe, Black... Y si tu quieres formar parte de esa inmensa mayoría que acabará destruida, adelante...

—Nadie te lo va a impedir —añadió Bellatrix con una radiante sonrisa—.

Remus cogió a Sirius del brazo y tiró de él hacía delante.

—¡Vayámonos! —le susurró tirando de él—. No merece la pena perder el tiempo con esta gente, Sirius...

—¡Parece que tu novio tiene prisa para que se la chupes! —gritó uno de ellos—.

—¡Basta ya! —dijo Regulus—. ¡Dejad que se vaya!

Sirius sintió como el estómago se le contraía, esta vez no era algo agradable. En la oscuridad de la noche no había distinguido los rostros de los Slytherins que se encontraban entre aquel grupo tan numeroso. Sin darse cuenta había pasado por el alto a su hermano y no lo había visto. En fijarse en los rostros de los presentes pudo distinguir mejor que Regulus estaba allí, Severus, Goyle, Crabbe, Nott, entre otros. Bellatrix era la única chica allí presente.

—¡Vayámonos! —volvió a insistir Remus viendo que Sirius se había quedado parada mirando a su hermano con los ojos rojos—. ¡Pad, por favor! Vamos...

Sirius empezó a caminar dejándose estirar por Remus, siendo arrastrado lejos de allí. Se había quedado traspuesto en saber que su hermano se encontraba entre aquella gente. Recordó sus palabras diciéndole lo asustado que estaba por las múltiples reuniones que se habían llevado a cabo durante las Vacaciones de Navidad. Recordó los ojos de Regulus mientras le decían que aquello había sido el principio de algo mas grande y no entendía como su hermano quería estar metido en algo así. Durante todo este tiempo de clases y desde que las Vacaciones acabaron, apenas había tenido tiempo de pararse a pensar sobre todo eso. No había pensado apenas en su hermano y en aquellas palabras que había pronunciado hasta ahora. Su hermano tenía miedo y el miedo obliga a las personas ha hacer cosas que no harían en una situación normal. Remus arrastraba de su brazo alejándole de la escena y del grupo con el que se habían encontrado. La noche había cambiado mucho para ambos, las cosas iban a ser diferentes y lo sabían Todo había sido rápido sí, pero intenso. Sirius tenía ganas de vomitar toda la cena y solo quería sentarse en algún lugar a no pensar en nada y ha aborrecer la vida. Los pies de Remus bagaron sin un rumbo aparente hasta que se le ocurrió ir a la segunda planta, en el ala oeste. Caminaron durante un largo rato en la oscuridad. Remus había bajado su mano por el brazo de Sirius y le cogía ahora de la mano. Habían entrelazado sus dedos con los de Sirius y pensaba soltarle.

—Quedémonos aquí —dijo Sirius frenando a Remus y dejándose caer sobre el suelo.

Sirius se sentó y se apoyó contra la pedregosa pared. Remus le imitó y se posiciono a su lado. Sus hombros se rozaron y Sirius sintió la necesidad de apoyar su cabeza sobre el hombro de Remus necesitaba saber que estaba ahí, con él.

Se quedaron callados durante unos minutos viendo como la oscuridad crecía a sus pies. Había u pequeño candelabro adherido a la pared como única fuente de luz.

—Sirius... —empezó Remus queriendo saber que le pasaba realmente—. No tienes que preocuparte...

—No me ha defendido —dijo en un hilo de voz—.

—¿Regulus?

—Ha dejado que se metieran con nosotros y que me llamaran traidor cuando él fue el primero en decirme que volviera a casa —le hizo saber Sirius a Remus—. No me puedo creer que se haya quedado callado sin decir nada.

La voz de Sirius era muy suave, hablaba sin fuerzas y con los ojos perdidos en algún punto de la oscuridad del pasillo ante ellos.

Remus no sabía que decirle.

—Estaba asustado ¿sabes?... Regulus, digo —decía Sirius con la cabeza aún apoyada sobre el hombro de Remus—. Vino a hablar conmigo para contarme lo mal que estaban las cosas y lo que los padres de esta panda de payasos están formando... Me vino a suplicarme que volviera a casa y me vino diciendo que estaba preocupado por mi... ¡Si esta es su manera de demostrarlo, que pare!

Remus le escuchaba con el corazón en un puño por no saber que decir ni que hacer para reconfortarle y poder ayudarle. —Deberías haber dejado que les reventara a todos la cara por lo que estaban diciendo —dijo Sirius rabioso y levantando la cabeza del hombro de Remus y mirándole—.

—Me da igual esa gente, Sirius... No me importa lo que ellos digan, para nada —concluyó Remus—. Pero no debes ponerte así cada vez que los ves, por qué otro día no estará tu hermano para decirles que paren en el momento justo...

—Ya ves tu de lo que me sirve... ¡Yo puedo con todos ellos y veinte mas! ¡No les tengo miedo!

—Yo si —declaró Remus—. Sé de lo que son capaces y no quiero que te hagan nada.

—A mi esos no me tocan ni el pelo...

El silencio volvió a inundar sus corazones. El frío estaba empezando a apoderarse de sus cuerpos y la oscuridad se había cada vez mas profunda. La noche había dado un giro inesperado y las ganas de ir a Hogsmeade habían menguado considerablemente.

—¿No piensas volver a tu casa, no? —preguntó Remus cogiendo la mano de Sirius entre las suyas y masajeándola con suavidad, acariciándola con la yema de sus dedos—.

—No, Remus... —declaró—. No pienso volver con esa gente, no pienso volver a esa casa hasta que todos hayan muerto y no tenga que oír sus voces ni recordar sus caras... Son seres despreciables que solo quieren su propio bien sin importarle lo demás... Jamás volveré mientras ellos estén dentro o anden cerca.

—¿Quieres que hablemos de ello? —preguntó Remus angustiado—.

—Bah... —Sirius apretó las manos de Remus y perdió su mirada en el suelo—. Es algo que tenía asumido desde hacía tiempo... Sabía que acabaría llegando ese día.

—¿Que hizo que decidieras irte esa noche?

—Fue un cúmulo de cosas... —le miró—. No tenía un buen día, me habías rechazado esa tarde en el tren de vuelta a Londres y justo la noche anterior fue lo del beso, ya sabes... —Remus enrojeció en recordar aquel primer beso—. Tenía como un nudo horrible en el pecho y no estaba para que mis padres me tocarán las pelotas...

—¿Que hicieron? —quiso saber Remus—.

—Lo de siempre, humillarme, compararme con mi hermano y criticaros.

—¿A nosotros?

—Sí... Sobre todo a James... Siempre sacan el tema de que soy de Gryffindor y que ya tienen suficiente con eso, que encima tengo amigos como vosotros... Mestizos o de una familia como la de James, traidores de la sangre pura —dijo con asco ante tal concepto—. Renegados a su fanatismo e ideales...

—¿Por eso te fuiste?

—Me fui porque me peleé con mi padre... Amenazó que la gente como los Potter acabarían muerta, le empujé y le insulté. No recuerdo lo que le dije pero me pegó un puñetazo y me tiró al suelo. Me fui lo mas rápido que pude y acabé en casa de James, no sabía a quien mas acudir...

—Ya... —Remus deseó por un momento haber vivido cerca de Sirius para haberle acogido en su casa y haber sido él a quien Sirius hubiera acudido—. No vuelvas a esa cosa, Sirius... —dijo Remus en un suspiró que solo Sirius pudo escuchar—. No quiero que vuelvas a un sitio así...

—No voy a volver, tranquilo.

—Regulus está asustado y por eso actúa así —dijo Remus—. Sabes que tu hermano te quiere y sabes como es, se asusta y hace esas cosas. Él no es tan valiente como tu, sabes que a la hora de la verdad se pondrá del lado que mas seguridad le prometa y que no podrás hacer nada para impedirlo.

—Yo también tengo miedo a veces, Remus y no por eso hago esas cosas...

—Tu miedo es diferente, Sirius —afirmó Remus—. Tu tienes miedo y cuando lo tienes lo enfrentas, eso es lo que te hace valiente y eso es algo que admiro.

Sirius se giró y le miró con los ojos rojos. Remus juró que sus ojos habían derramado alguna lágrima silenciosa, pero no quiso decir nada. Remus se dejó envolver por el brazo de Sirius mientras este acercaba su boca a la suya, acariciándole con la otra mano el rostro. Antes de que Sirius le besará, acarició con cuidado las cicatrices de su cara, observándolas con el ceño fruncido.

—Valiente eres tu... Afrontas cualquier cosa, por difícil que sea —murmuró Sirius mientras reseguía con la yema de los dedos las cicatrices que surcaban el rostro de Remus—.

Sirius le besó, lentamente y con calma. No tenían prisa, así que Remus dejó que Sirius propusiera el ritmo y se dejó llevar por su chico que le prometía el cielo y el sabor de as estrellas. Sus labios, humedecidos eran suaves y su lengua, hábil y tranquila, se movía acompasada con el ritmo de sus corazones. Ambos parecían sincronizados, cada movimiento que daban, cada roce de sus manos sobre el cuerpo ajeno parecía estar sincronizado con aquel que tenían delante.

—Hay algo que quería decirte desde hace algún tiempo.. —Remus separó sus labios de los de Sirius y habló con la respiración entre cortada y los ojos extasiados—. Llevo dándole vueltas varios días, pero no te lo había dicho...

—¿Que? —quiso saber Sirius—.

—James...

—¿Que pasa con James? —insistió—.

—¿Sabe él algo de lo nuestro? ¿Le has hablado de lo que tenemos o le has contado algo?

Sirius sonrió y negó ladeando la cabeza.

—¿No? —dijo Remus alarmado—. ¿No le mencionaste nada de lo del beso cuando estuviste con él durante navidad?

—No, la verdad... —hizo una pausa mientras pensaba sobre ello—. Estuve a punto en algún momento, pero no me atreví...

—¿Se lo vas a decir?

—¿Por qué yo y no tu? —mencionó alarmado Sirius—.

—Por qué es tu mejor amigo, debes ser tu quien se lo diga...

—Ya se enterará... —Sirius quería dejar el tema y volver a asaltar la boca de Remus. Pusó sus brazos alrededor de los hombros de Remus y volvió a acercarse a él buscando sus labios—.

—¡Eh! —Remus le paró antes de que Sirius pudiera besarle—. Me preocupa que nos pille o se huela algo y no se lo hayas dicho... —dijo—. Ya conoces a James, no quiere que le de uno de sus berrinches y se enfade con nosotros por no haberle dicho nada...

—Si nos lo montamos bien no tiene porqué enterarse...

—¿No quieres decírselo?

—No tengo ninguna prisa por decírselo, la verdad.

Remus se paró a pensar si es que realmente Sirius no tenía esperanzas sobre su relación. Pensó en que quizás Sirius se tomaba su relación como algo pasajero que no necesitaba plan de futuro. Quizás Sirius no quería decírselo a James por qué ¿para qué? Si no iban a durar demasiado.

—No sé si James está realmente preparado para saberlo —dijo Sirius—. Ya sabes a lo que me refiero... No creo que lo acepte a la primera.

—¿Eso crees? —exclamó Remus alarmado—. Entiendo tu inseguridad, pero James no es así...

—Me da miedo que lo sea —sentenció Sirius mirándose las manos—. Ya se lo diremos, no hay prisa... Pensaremos en la forma de hablar con él...

—Nunca has hablado con él de eso... ¿Verdad? —Afirmó Remus.

—¿El qué? ¿Que soy gay?

—Sí... —dijo Remus poniéndose colorado.

—No, nunca. Eres el primero en saberlo —Sirius le guiñó un ojo.

—Me alegro... —dijo Remus con una sonrisa—.

—¿Y yo, soy el primer también? —quiso saber Sirius—.

—No me gustan otros hombres, la verdad... —afirmó Remus. Sirius rió—. Así que supongo que eres el primero y el único...

—Único —Sirius repitió relamiéndose los labios y acercándose peligrosamente a la boca de Remus nuevamente. Quería volver a donde lo habían dejado unos momentos atrás. Remus sabía lo que Sirius quería y no iba a negarse bajo ningún concepto a dárselo. Sirius tampoco iba a oponerse a recibirlo, así que ambos volvieron a reanudar sus quehaceres anteriores. Se besaron con lentitud. Sus labios saboreaban despacio y sin ninguna prisa. Hasta que Remus puso fin a la tranquilidad creada y embistió la boca de Sirius fieramente con su lengua ávida de deseo. Un placer solo saciable en Sirius y su cuerpo. Había comenzado como algo superior, más allá de ambos y de lo que les hacia encajar como si de piezas de puzles se tratara. Ahora ya no, había dejado de ser algo superior y alieno a ellos para convertirse en un magnetismo existente entre ambos, que emergía de ellos como cuerpos diferentes. Algo que antes había crecido en el medio, se había transportado a sus cuerpos, habitándolos y marcando su existencia de por vida.

Era el momento, supo Sirius. Era el momento de retornar a aquello que el día anterior no habían podido acabar y habían dejado a medio empezar. Un pecado que estuvieron a punto de cometer si no fuera por que tenían que ir al despacho del Director. Sus labios se amaban cuando Sirius sintió la necesidad de sentir más de lo que ya sentía. De dar un paso más. De consolidar algo que cada vez estaba más materializado. Sus manos recorrieron los muslos de Remus, subiendo delicadamente hasta su entrepierna e hizo presión en la zona más sensible. Sirius sabía. Inmediatamente, Remus soltó un gemido, ahogándolo en la boca de Sirius.

—Aquí no —susurró Remus con una voz apenas audible—.

—No hay nadie, es muy tarde... —dijo Sirius extasiado—. Venga... No pasa nada.

Calló e hizo más presión encima del pantalón. Notó como crecía bajo su mano y la presión ejercida.

—Sirius... —gimió Remus—. Estamos en los pasillos...

—Mejor —Esta vez sus dedos caminaron adheridos a las costuras y desabrocharon la cremallera del pantalón con brusquedad. Remus gemía de placer. La mano de Sirius se coló allí donde había ansiado y se dejó llevar. Remus separó su boca de la de Sirius sin poder contener su frenesí, la ola de calor y el placer que recibía su cuerpo con cada sacudida de la mano de Sirius. Ambos, extasiados, intentaban besarse pero Remus apenas podía respirar y Sirius estaba disfrutando demasiado viendo la cara de su chico.

Sirius sacudía su mano mientras se lanzaba al cuello de Remus y marcaba ahí su territorio y propiedad. No pensaba en nada, en su mente no había espacio para nada más, solo para disfrutar de aquel momento, para disfrutar de Remus y gozar cada nueva experiencia a su lado. Mientras tanto, Remus perdía la conciencia de sus propios actos. Cuando podía, buscaba la boca de Sirius y la besaba, relamiendo sus labios con la lengua.

Se movieron lentamente para estar más cómodos y más cerca. Sirius no soltó a Remus en ningún momento. Remus le cogió de la cintura y lo puso a horcajadas sobre sus piernas. Ambos estaban húmedos, el sudor corría por su frente y el rubor de sus mejillas podrá hacer arder a cualquiera que se acercara a menos de 10 metros de ellos.

—¿Lo estás disfrutando, lobito? —dijo Sirius con el éxtasis recorriendo su cuerpo entero.

Remus gimió en notar como Sirius aumentaba el ritmo considerablemente. En cualquier momento se vendría.

—Cállate y no pares —aulló Remus casi sin poder hablar.

La fricción en sus cuerpos era algo inevitable. Las manos de Sirius trabajaban con dureza y Remus no se había contenido a tocar lo que era suyo. Marcaba sus uñas en las nalgas de Sirius y las aferraba con fuerza mientras este seguía con su interés.

Ninguno de los dos supo como acabo aquello, ni en que momento decidieron parar o cuantas veces repitieron el mismo juego. Pero ambos habían sobrepasado el límite que la amistad tiene y conlleva. Habían asumido que eso se trataba de una relación y ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a ello. Eran conscientes de su suerte, placer y gozo. No iban a desperdiciar tal regalo. Ahora se tenían, ahora podían disfrutar el uno del otro y no iban a dudarlo ni por un momento, más aún cuando el corazón empezaba a entrar en el juego.