El ambiente era embriagador, las voces se hacían eco de la estancia y el calor reinaba en los corazones. Todos los allí presentes, charlaban y sonreirán a sus acompañantes. Todo parecía estar en armonía dentro de aquel ambiente. Las Tres Escobas siempre había sido un lugar de ocio para todos aquellos alumnos que en sus días de visita a la villa, querían pasar un buen rato. Esos días en los que los alumnos se hacían dueños del local, los autóctonos de la zona no se dejaban ver por la taberna. Así que, prácticamente, toda la clientela eran alumnos de la escuela.

Lily y James reían mientras Sirius explicaba como el día anterior había acabado en clase con los de primer curso. Remus, a su lado, le miraba encandilado mostrando una sonrisa torcida y sintiendo como todo él caía por Sirius, como perdía los sentidos fijándose en él y perdiéndose en sus palabras y el movimiento de sus labios mientras hablaba.

—Se levantó y me acompañó a la clase de Transformaciones que estaba haciendo McGonagall a los de segundo y me dejó allí —contaba Sirius de su disputa con el profesor de Historia de la Magia—. ¡Me sentaron al lado de un niño que ni me miró!

—Seguro que estaba muerto de miedo —se reía James.

—No me extraña... —dijo Lily siguiendo la broma.

—Se sentía intimidado, supongo —continuó Sirius—. Fue gracioso cuando McGonagall dijo que esa era la clase en debía estar y todos se rieron en mi cara... En fin, gadgets del oficio...

—¿Se puede saber que hiciste exactamente?

—Estaba tirando aviones de papal a Snape... —dijo Remus rodando los ojos—. Por eso lo llevaron con los de segundo curso, porqué eso solo lo haría un alumnos de segundo, no de sexto...

—A Remus le van los jovencitos —Sirius le miró y guiñó un ojo a su chico mientras se llevaba el último sorbo de la copa a la boca.

Estaban en una de las mesas del centro del local. Estaban envueltos por cuatro mesas mas llenas de gente. Solo estaban Lily, James, Sirius y Remus. Peter había pillado un refriado y llevaba una semana en cama. El cambio de invierno a primavera había alterado el cuerpo del Merodeador y había pillado una gripe que le impedía poder moverse de la cama.

—Remus —dijo Lily empezando de nuevo otra conversación. Él la miró—. ¿Has acabado el trabajo de Defensa Contra las Artes Oscuras?

—No empecéis con vuestros royos de súper aplicados en las clases, porqué no puedo con ello —dijo Sirius rodando los ojos.

—Cállate —Remus tenía un brazo puesto sobre los hombros de la silla de Sirius y levantando la mano, acarició su pelo y le sonrió—. Lo acabe hace un par de días, pero me costó lo mío...

—Es muy largo ¿verdad? Tardé dos semanas en acabar el apartado tres, pensé que no lo acabaría nunca...

—Yo no lo acabaré nunca —expuso James.

—Ya somos dos, hermano —Sirius levantó la mano sobre la mesa para que James chocará los cinco.

—¿Sois conscientes de que se tiene que entregar mañana? —dijo Lily alzando las cejas y mirando a Sirius y James con los ojos muy abiertos—. ¿Cuando pensáis empezar?

—Tranquila, mi amor... Yo tengo hechos el primero y el segundo apartado. El tercero y el cuarto, los acabo esta noche antes de pasarme por tu habitación —James ladeó una sonrisa—.

—No te lo crees ni tu —rió Lily. James enmudeció—.

—Eso es lo bueno de estar en la misma habitación con tu novio... —dijo Sirius—. No tienes que preocuparte por si te dejará entrar en su habitación o no, es la misma.

—Gracias por recordádmelo, Pad... —dijo James con ironía y haciendo reír a los presentes.

Remus se ruborizó en escuchar la palabra novio. Desde hacía un tiempo, Sirius había aceptado esa palabra y ambos habían empezado a usarla con mas frecuencia refiriéndose a su relación. Todo había cambiado mucho desde finales de aquel frío enero en el que ambos se habían aceptado y habían empezado su relación en serio. Aún así para Remus, escuchar la palabra novio refiriéndose a él, aún se le hacía extraña. Lo adoraba, adoraba aquella sensación que recorría su cuerpo en escuchar esa palabra siendo pronunciada por Sirius. Adoraba verle orgulloso mientras la pronunciaba en voz alta. Simplemente, lo adoraba.

—No te puedes quejar, James... No molestamos —dijo Sirius torciendo su sonrisa y enseñando los dientes.

Lily reía divertida mientras Remus se sonrojaba mas de lo que ya estaba. Sirius lo miraba y disfrutaba.

—¿Te conté, Lily, que me los encontré haciendo de las suyas? —James ladeó la cabeza y miró a su chica que lo escuchaba atenta. Ella respondió moviendo la cabeza—. Fue hace un par de días... —Remus y Sirius se reían muertos de vergüenza—. Estaba yo entrando en la habitación, eran las dos del mediodía, como mucho. Acababa de salir de clase cuando en llegar, me encuentro a Remus sin pantalones y Sirius transformándose en perro...

—¿Estabas desnudo y no se te ocurre nada mejor que convertirte en perro? —La risa de Lily se escuchaba en todo el bar.

—Fue lo primero que se me ocurrió —se defendió Sirius entre risas.

—Peor fue lo mió —añadió Remus—, que me quedé allí quieto, sin hacer nada...

—Me hubiera gustado verlo —dijo divertida la chica.

—Puedes pasarte cualquier noche y te encuentras con la misma situación—exclamó Sirius—. No suelo transformarme cada vez que aparece alguien, pero me asusté —rió.

—¿Y que estabais haciendo para que te asustarás? —preguntó divertida Lily—. ¿Eh, Remus?

Remus soltó una risa maliciosa.

—Sirius me había subestimado... —dijo mirando a su chico con picardía—.

Lily soltó un aullido.

—¡Esto se pone interesante!

Las puertas de la taberna se abrieron. Una enorme figura atravesó la puerta, agachando su gran cabeza para poder atravesar los marcos de la puerta. Hagrid apareció en la estancia y aunque la mayoría de la gente no percibió su presencia por el jaleo global que embotellaba el ambiente, el gigante hombre, se hizo escuchar.

—¡Atención por favor! ¡Escuchadme, todos! —Hagrid atrajo todos los ojos a él.

—¿Que pasa Hagrid, viejo amigo? —dijo el tabernero desde la barra mirando al hombre con el rostro lleno de preocupación por su entrada y su llamada de atención tan repentina.

Todos lo miraban esperando una respuesta por su parte.

—Ha habido un atentado en Londres —dijo, hablando con dolor—. El Director Dumbledore llama a todos los alumnos de Hogwarts a que vuelvan a la escuela de inmediato...

Sirius, Remus y James se miraron con temor, compartiendo miradas cómplices entre ellos. Hubo un silencio sepulcral durante unos segundos. Todos los allí presentes tardaron en asimilar la palabra atentando y poder reaccionar ante aquella terrible y aterradora realidad. Nadie dijo nada. El bat y su ambiente se sumieron en un frío y espectral silencio que abordó con brusquedad a todos los allí presentes.

Poco a poco fueron pagando y despejando el lugar. El tabernero no se preocupó demasiado por cobrar a los cientes que habían consumido. Simplemente desapareció de allí en enterarse del atentando. Los clientes fueron, sin embargo, los que dejaban el precio de sus comandas sobre la barra para saldar sus cuentas. Sirius, James, Remus y Lily pagaron y salieron del local. James rodeaba a Lily por encima de los hombros cuando llegaron fuera y esperaron a que Sirius y Remus salieran. Juntó a ellos estaba Hagrid.

—Id cuanto antes al castillo y no salgáis ninguno de los cuatro, bajo ningún concepto —les dijo a modo aviso—. Que nos conocemos... James, Sirius; nada de capa y visitas o excursiones nocturnas ¿entendido?

—¿Que ha pasado, Hagrid? ¿Donde ha ocurrido? —preguntó James preocupado.

—Ha sido en el Ministerio —confirmó.

Solo el padre de James trabajaba en el Ministerio de Magia. Era un cargo menor que no corría peligro de ataque terrorista, ni de la atención por parte de las fuerzas que ansían herir poderes mayores. Su padre estaba en la sección de Comunicación Mágica Internacional. I aunque, sabía que las fuerzas terroristas no tenían ningún interés en ese departamento, estaba preocupado. Muy preocupado.

Sirius miró a su amigo.

—Han atacado el Departamento de Aurores.

James suspiró, en parte, aliviado. Aunque apenado del mismo modo.

—No saben como —continuó Hagrid—, pero se han infiltrado en el departamento y uno de los despachos fue atacado por un grupo de... En fin, y se han llevado a tres aurores y mataron a magos civiles. Seis eran del personal de seguridad y los otros cinco eran meros espectadores del asedio.

Un grupo de alumnos se habían reunido alrededor y empezaron ha hablar entre ellos causando un murmullo general.

—¿Se sabe ya los nombres de los fallecidos? —preguntó Lily, hablando por el resto de alumnos allí presentes.

—Aún no saben nada, Lily... —contestó Hagrid—. En cuanto sepan algo, el Director Dumbledore os informará a todos, estoy seguro.

—Eso espero... —añadió Sirius.

Él sabía quien eran los terroristas, los responsables de aquel horrible hecho y del ataque. Sabía de quien se trataba y quien era los enmascarados detrás de aquellas fechorías.

—¿se sabe el porqué de los secuestros? —preguntó Remus.

—No, no todavía... Deberíais volver de inmediato al castillo. Dumbledore os quiere a todos dentro y fuera de cualquier peligro posible.

Así fue. Todos volvieron a la estación de salida para coger los carros. Subieron por grupos, como siempre. Había rostros sombríos de preocupación y frustración por no saber nada por el momento. Había gente que sucumbía a la desesperación y derramaba algunas lágrimas de impotencia. La villa quedó vacía. En hacerse eco de la noticia, todo el mundo volvió a sus casa y los alumnos de Hogwarts subían apresurados a los carros de ruedas, dispuestos a volver al castillo en cuanto antes.

Cuando los cuatro estuvieron acomodados y el carro empezó a andar, fue cuando hablaron entre ellos por primera vez después de la aterradora noticia.

—Sé quien fue... —declaró Sirius mirando fijamente a James, que pareció entenderlo con los ojos.

—¿Quién?

—Mortífagos...

—¿Qué?

—Oí la palabra en casa, antes de empezar el curso. Este verano hubieron varias reuniones y durante una de ellas, mi madre estaba hablando con mi tía cuando la mencionó. Estuvieron hablando durante mucho rato, tanto como duró la reunión de mi padre con algunos hombres... —explicaba Sirius dejando que el brazo de Remus le rodeara por encima de los hombros muy sutilmente—. Entre ellos estaban los padres de algunos Slytherins, mi tío Cygnus y mas gente que no reconocí...

—¿Que decía tu madre? —preguntó James.

—Hablaba sobre e tiempo que llevaban esperando ente momento, el momento idóneo para empezar lo que tanto tiempo habían estado preparando. Mi tía Druella, la madre de Bellatrix, explicaba que habían esperado el momento justo, el momento de grandeza y esplendor para decidir su cometido y su inminente aparición en el Mundo Mágico. —Sirius hablaba ensombrecido, con los ojos mas frises que de costumbre. Remus le miraba preocupado, arrimándose más a él y buscando más contacto con su cuerpo para poder apoyarle y que supiera que él estaba ahí, a su lado—.. Fue en aquel momento cuando escuché esa palabra por primera vez...

—Mortífagos... —susurró Remus con temor.

—Sí —pronunció Sirius—. Mortífagos, los seguidores de alguien que pretende destruir el mundo tal y como lo conocemos...

—¿Quién, Sirius? —dijo alarmado Lily.

—Se hace ver como un político... Dentro de poco se hará pública su imagen y no se tardará en hablar de él y conocer su nombre... Yo no lo sé, pero he escuchado algo sobre él en casa —hizo una pausa—. Pretende subir al poder a toda costa, pero lo único que quiere es implantar su dictadura. Un maniático, un loco.

Todos lo miraban, suspirando llantos de preocupación.

—No sé quien es... Solo sé que pronto se dará a conocer, pero estará camuflado —continuó Sirius—. Camuflará sus palabras con sutilezas y falsas promesas que nunca cumplirá. Solo quiere implantar su ideología al mundo. Temo que lo consiga...

Hubo un poderoso silencio.

—¿Como sabes todo esto?

—En mi casa —sonrió entristecido—, O la que un día fue, las paredes pueden oír...

—¿Y por qué no lo habías dicho antes?

—En realidad he informado a Dumbledore —declaró Sirius—. Hablé con ñel sobre estas supuestas reuniones y el asunto de Regulus. Cuando supo que me había escapado de casa, me llamó a su despacho y se lo conté.

—A mi me mencionaste algo, pero no pensé que esto llegaría a tal punto —añadió James—. Esta situación me da bastante miedo.

—A mi también —dijo Remus—. No sabes a lo que nos enfrentamos.

—Nosotros no nos enfrentaremos a nada —declaró Sirius algo ofendido. Se negaba a aceptar aquello que era evidente. No podía pensar en una guerra, no podía pensar en lo que podría pasar si todo lo que sus padres y los suyos estaban planeando—. No os preocupéis, todo esto es algo irrisorio, que no nos concierne... Es un tema de adultos —sentenció—. No creo que llegué muy lejos... Ya me conocéis, a veces, exagero demasiado las cosas. Lo hago todo mucho más dramático de lo que realmente es...

—Sirius, esto tiene pinta de ser algo serio y que nos concierne a todos —dijo Lily muy convencida de sus palabras—. Este atentado deja claro que no es un tema para tomarse a la ligera. Todavía no es asunto nuestro, pero tengo la sensación de que todo esto va a ir a más y llegará mucho más lejos...

—No todos los días se ven atentados en el ministerio...

—A demás, han secuestrado a cinco aurores... —añadió James—. Las cosas están muy feas...

Sirius suspiró resignado y se reconfortó en los brazos de su chico.

El carro avanzaba por la carretera que conducía sigilosa, a través del bosque, hasta el castillo. Los cuatro permanecieron en silencio durante el resto del camino. Sirius miraba a James con las cejas fruncidas y los labios apretados. James sabía que era lo que rondaba la cabeza de su amigo, lo conocía lo suficiente y sabía en que situación se encontraba su familia, como para saber que Sirius no estaba bien. El atentado había confirmado lo que tan ansiosamente deseaba saber. Ahora Sirius sabía con certeza que todo aquello que había escuchado en su casa durante tanto tiempo, se iba a cumplir. Todos los planes que durante años sus padres su gente habían urdido se iban a llevar a a su amigo, James sabía que Sirius no estaba bien y que todo aquello ensombrecía su alma en el mayor de los pesares. Se alegró que Remus estuviera allí, a su lado, para poder reconfortarle de la manera de la que él no era capaz de hacer.

Llegaron al castillo y bajaron de los carros. Se dirigieron juntos a la entrada.

James caminaba de la mano con Lily mientras Sirius y Remus caminaban a su lado, sin poder cogerse de la mano.

—¿Que hace allí mi hermano? —dijo Sirius en un suspiro, como si hubiera pensado en voz alta—.

Regulus estaba apoyado contra una de las columnas del patio. Los alumnos entraban, bajando de los carros y entrando en el castillo, igual que ellos. Todos los alumnos volvían y se dirigían a sus respectivas salas comunes. Regulus, en cambio, les miraba con las manos en los bolsillos y con la espalda apoyada en la columna. Sus ojos inspeccionaron primero a James y luego saltaron a Remus que se había acercado considerablemente al cuerpo de Sirius. Quisó cogerle, del brazo o de la mano, para hacerle saber que estaba allí, con él. No lo hizo.

Se acercaron hasta Regulus.

—Dumbledore nos ha llamado... —musitó.

—¿A los dos?

—Sí —dijo Regulus en un susurro.

—¿Para qué nos quiere a los dos juntos?

—En estos momento, sé lo mismo que tú, Sirius... —contestó resignado.

—A ver si bajamos esos humos, Regulus... —dijo James, que empezó a caminar de nuevo, con intención de marcharse. Lily le seguía y Remus también.

Regulus le dedicó una mirada de odio, pero no contestó.

—Te esperamos en la Sala Común, Hermano —enfatizó James mirando a Sirius—. Suerte...

Remus pasó por su lado, dispuesto a irse y seguir a James en su camino a la Sala Común. Pasó por el lado de Sirius, que se giró hacía él y le cogió por el brazo.

Sus ojos se encontraron y Sirius suplico que se quedará.

—Ven conmigo... —dijo. Regulus le escuchó.

—No puede —sentenció—. Dumbledore ha dicho solo nosotros dos.

Ni Sirius ni Remus miraron a Regulus cuando dijo la condición. Sus ojos se dedicaron a mirarse y a hablar entre ellos sin emitir sonido alguno. La mano de Sirius se había quedado adherida al brazo de Remus y su conexión parecía no acabar nunca. Remus lo sabía, Sirius no quería quedarse solo porqué tenía miedo.

—Tenemos que irnos... —dijo Regulus con fastidio.

La mano de Sirius bajo por el antebrazo de Remus suavemente, con intención de deshacer el contacto. Sus dedos llegaron hasta la mano de Remus en su intento progresivo de deshacerse de ese contacto entre ambos.

Aquel momento, aquella conexión, apenas había durado cinco segundos. Para ellos parecía una eternidad, una eternidad en la que habían compartido todo lo que les pasaba por la cabeza en aquel momento. Sirius sintió el tacto de la mano de Remus durante unos minutos después de haberse separado.

Regulus y Sirius cogieron el camino mas rápido al despacho del director. Se accedía desde el segundo piso y no tuvieron necesidad de subir escaleras.

Durante el camino, ninguno de los dos dijo nada. Solo Sirius se atrevió ha hablar cuando se encontraban ante las puertas del despacho y Regulus estaba dispuesto a abrirlas.

—Recuerda que soy tu hermano... —dijo Sirius mirándole muy fijamente a los ojos—. Pese a todo, a pesar de cualquier cosa... Siempre lo seré.

Regulus asintió y miró al suelo. Tragó salivo y abrió la puerta. Él sabía que era lo que iba a encontrar al entrar al contrarió de Sirius, que no sabía a que se enfrentaba en cruzar aquel umbral.

Entró.

La estancia se sumió en el calor proveniente de la chimenea. Su cuerpo sufrió un repentino cambió de temperatura. Sintió un ardor en las mejillas, como si el calor de aquella estancia le hiciera sentir abrumado. Dumbledore estaba sentado tras su escritorio, con el imponente fénix a su izquierda. El animal miró a Sirius entretenido y ladeando la cabeza, como si le hubiera estado esperando. Dumbledore le miraba fijamente. Fue entonces cuando Sirius miró a ambos lados del escritorio. Habían dos figuras sentadas en las dos sillas a los dos lados de la gran e imponente mesa.

Sus padres.

Sirius no se lo pensó dos veces y caminó decidido, volviéndose, hacía la puerta. Cuando su mano rozó el pomo su padre se levantó de la silla y habló. En la mente de Sirius navegó el recuerdo de esa misma sensación. El frío pomo contra su mano y las duras palabras de su padre, arrastradas por su ronca voz. Recordó la noche que se fue, la noche en la que su padre le pego y le hizo sangre y en que la única persona que pudo ayudarle fue James. Nadie más, salvo él.

—¡Ven aquí, Sirius! ¿Vas a volver a irte? —pronunció Orión—. ¿Vas a volver a huir?

Sirius quiso escuchar lo que tenían que decir. Quiso saber que hacían allí, en Hogwarts.

Soltó el pomo y se dio media vuelta.

No miró a su padre, si no que dedicó sus ojos a Dumbledore que le miraba intentando entenderlo. El hombre asintió y le hizo sentarse. Sirius le obedeció y fue junto a Regulus, quedando justo en medio de sus padres.

Ninguno se miraron, todos dirigían sus ojos al Director.

—Supongo que estará preguntándose por qué están sus padres aquí, Señor Black... —dijo el Director, dando comienzo a la conversación.

—Sí, Señor Director... Me lo pregunto —afirmó Sirius con las cejas fruncidas. Miró a su hermano, girando la cabeza—. ¿Lo sabías? —Regulus asintió—. ¿Sabes el por qué de esta inesperada visita? —dijo sarcástico. El chico asintió—. ¡Genial!

—Entiendo que esto sea difícil para ti, Sirius... —Dumbledore le habló como si no hubiera nadie más en la sala y no estuviera sometido bajo la presión de tener a los padres de Sirius y Regulus allí—. Y a pesar de lo que te vengan a decir tus padres, no debes perder los nervios...

Sirius pensó en Remus y en que lo necesitaba allí.

Sus dedos recordaron el tacto de su mano.

—Venimos por qué tenemos algo que deciros a ambos... —dijo su padre—.

Sus labios recordaban el sabor de su boca.

Sus oídos recordaban la melodía de su voz.

—Dada la circunstancia en la que nos encontramos... —continuó.

El color de sus ojos.

El movimiento de su boca al hablar

—Vuestra Madre y yo, hemos pensando que lo mejor...

El olor de su ropa.

La fina piel de su rostro y sus cicatrices surcando la mayor parte de el.

—Lo mejor sería que dejaréis Hogwarts... —declaró alzando la barbilla y relajando los hombros—. Creemos que lo mejor sería que os marcharéis durante un tiempo y acabar vuestros estudios fuera del país... No es por ningún motivo aparente, solo queremos que os forméis de la mejor manera posible.

—Discúlpeme, Señor Black —interrumpió Dumbledore a Orión. Este le miró con odio—. Permítame discrepar. Sus hijos no recibirán una educación ni una formación mejor que la que reciban en este castillo. De eso puede estar seguro —dijo el anciano muy tranquilo de sus palabras.

—Eso dependerá de la educación que usted crea la adecuada —replicó Walburga.

—Eso es más que evidente, Señora... En Hogwarts enseñamos la educación y formación que la sociedad moralmente necesita. Aquella que nos debe formar como personas razonables, que son capaces de aceptar los cambios y a todo el mundo...

—¿Se está refiriendo a al en concreto, Dumbledore? —preguntó con rabia Orión—. Espero que no... Y ahora si me disculpa, quiero llevarme a mis hijos de esta escuela en cuanto antes —sentenció.

—¡NO! —gritó Sirius—. ¿A donde has dicho que me quieres llevar? ¿A Dursmtrang? —Sirius rió con ironía y rabia—. Creí que os había quedado bien claro que no pensaba irme de Hogwarts por mucho que me obligaréis... Creí que os había dejado bien claro que no quería saber nada más de vosotros —Sirius cogió aire—. ¡Y bien claro me dejasteis que yo ya no formaba parte de vuestra casa!

Regulus se encogió.

Orión suspiró e intento reprimir todo aquella desenfrenada rabia que colapsaba sus sistema nervioso y nublaba su mente. Canalizó y almaceno todo aquel reprimido odio y aparentó la mayor serenidad posible.

—Sirius... —susurró—. ¿Donde están tus modales, hijo? —dijo con odio y una falsa sonrisa.

—No hace falta que finjas —dijo Sirius—. Dumbledore está al día de mi situación con vosotros. Él sabe que me fui de casa y sabe lo que me hiciste —miró a su padre—, las amenazas y todo el odio que habéis propagado... No os tengo miedo y no me iré de Hogwarts.

—¡Iras donde nosotros te ordenemos! Y tu hermano también —declaró la mujer con los ojos chispeantes de cólera—. No te atrevas a cuestionar nuestra autoridad.

—Si no estudio en Hogwarts, no estudiaré en ningún lugar más... —amenazó Sirius con dolor.

—Eso habrá que verlo... —sonrió victorioso Orión y se giró hacía el Director—. Quiero retirar a mis hijos de esta escuela de inmediato. El traslado esta preparado para esta noche, y no quiero problemas.

Sirius juró ver una sonrisa escondida en el rostro del Director Dumbledore.

—Eso va a ser imposible, Señor Black —declaró el Director.

—¿Disculpe?

—He dicho que eso va a ser imposible, Señor Black —repitió de nuevo, Dumbledore—. Existe una regla vigente que prohíbe la marcha del alumnos a mitad o durante el curso, si no es con un motivo aparente y justificado.

—El motivo está justificado —añadió Walburga.

—¿A sí? —cuestionó Dumbledore—. ¿Esa justificado por el Departamento de Educación del Ministerio? Que yo sepa, son pocos los motivos por los que el Ministerio permita la justificación de dicha marcha del alumno a otro centro —explicaba el Director con calma y sin moverse de su butaca—. Si mal no recuerdo, él único motivo era por una mudanza... ¿Se mudan ustedes, Señores Black?

No hubo respuesta por parte de los padres.

Orión creyó arder de la cólera retenida.

—Entonces no hay razón justificable por la que puedan llevarse a sus hijos...

Hubo un silencio. Orión miró a su mujer y ambos se levantaron a la misma vez.

—No espere una inscripción a la escuela por parte nuestra, Albus —dijo Orión—. Mis hijos no volverán a pisar Hogwarts el año que viene, eso téngalo por seguro...

Sirius no podía contenerse más y estalló.

—Recuerda entonces, Padre... Que ahora solo tienes un hijo —sentenció.

—¿Como te atreves, traidor insolente? —Orión se giró hacía su hijo y le propinó una bofetada en la mejilla izquierda.

Dumbledore se levantó de su butaca y se puso en pie.

—No toleraré violencia en esta escuela. ¡Váyanse! —bramó molesto el Director—. ¡Ahora!
Orión y Walburga caminaron hasta el final del despacho, quedando junto a la puerta. Regulus no se movió, miraba la escena como un simple espectador, el se mantenía al margen de todo lo que pasaba a su alrededor. Sirius miró a Dumbledore y este le dio permiso para hablar.

—No voy a volver —bramó Sirius—. No voy a volver a casa con vosotros, nunca mas.

Su padre se giró a mirarle.

—¿Eso es lo que quieres? —sonrió con malicia—. ¿Quieres quedarte en esta escuela, no? ¡Hazlo! Para mi no eres nada, traidor —declaró—. Tu mismo has dicho que yo ahora solo tenía un hijo... Pues así será. ¿Quieres quedarte en Hogwarts? ¡Búscate la vida, Sirius! No pienso pagar un Galeón más por ti. ¡Cámbiate el nombre y nunca más quieras saber de nosotros! Eres un traidor y los traidores no son hijos míos.

—Así sea —susurró Sirius.

Aquellas habían sido las últimas palabras del hombre antes de salir por la puerta acompañado de su mujer. Regulus se sentó en la silla donde había estado su madre momentos anteriores. Sirius se había quedado de pie, mirando a la puerta por donde habían salido sus padres. Su vida se desmoronaba. No tenía nada fuera de aquellos muros. No contaba con una cosa, no contaba con dinero ni familia. Ahora era definitivo, no era un Black. Nunca más volvería a ser recibido en su casa, nunca más sería reconocido como tal. Era libre de cualquier atadura que su apellido conllevara. ¿Quien era él? Se preguntaba.

¿Quién soy?

—¿Esta bien, señor Black? —la voz del Director le sacó de ensimismamiento. Se giró hacía él y asintió moviendo la cabeza—. Siéntate Sirius, por favor... —ordenó suavemente.

Sirius se movió veloz y se sentó en el asiento que su padre había ocupado, justo al lado de Regulus. Miró a su hermano por encima del hombre y volvió la vista rápidamente a Dumbledore.

—Siento lo que ha pasado, no sabía que esto iba a terminar así, la verdad —dijo el Director—. No debéis preocuparos por vuestros estudios aquí, es un tema aparte. Pero si antes de nada queréis tratar algo conmigo sobre lo que acaba de pasar o las amenazas que habéis recibido —miró a Sirius—, podéis contármelo ahora y buscaremos una solución.

—Yo no tengo nada que objetar —declaró Regulus—. Cumpliré la voluntad de mis padres y abandonaré la escuela el año que viene. No tengo problema alguno en acatar su petición.

Dumbledore le miró por encima de las gafas.

—¿Estás seguro, Regulus?

Regulus se levantó y hizo una pequeña reverencia con la cabeza.

—Gracias por su tiempo.

El joven se marchó sin decir nada más. Sus pasos le condujeron hasta la puerta y abandonó el despacho como si nada hubiera pasado. Para Regulus todo seguía igual. Él ya sabía que sus padres los querían fuera de Hogwarts, fuera de Inglaterra. Regulus ya había sido avisado de la llegada de Orión y Walburga, el ya sabía cuales eran las intenciones de sus padres, solo faltaba Sirius y su reacción. No le sorprendió su reacción, se la había imaginado vagamente desde que supo que sus padres iban a venir a Hogwarts con la intención de llevárselos a Hungría. Después de que Sirius se marchará de casa en vacaciones de Navidad, empezó a ver las cosas muy difíciles. Sabía que Sirius no iba a volver, pero en su interior, existía una pequeña esperanza de que todo volviera a ser antes. De que su hermano volviera con él en acabar las clases. Pero eso ya no podría ser, nunca más.

—¿Que voy a hacer ahora, señor? —dijo Sirius en un susurró, casi audible apenas y bajó la mirada a sus manos—. No tengo nada fuera de este castillo.

—¡Oh, no! —se alarmó Dumbledore—. Tienes más de lo que imaginas, Sirius...

Sirius levantó la vista y miró al Director.

—James me acogió en Navidad, pero no quiero depender de los Potter —explicó Sirius con sinceridad—. Ellos me aceptaron y me acogieron como uno de los suyos pero no puedo pedirles que me acojan durante todas las vacaciones de veranos, no quiero aprovecharme de su hospitalidad, ni mucho menos...

—Escribí a los Potter en cuanto me dijiste que habías pasado con ellos las Navidades y el incidente con tus padres —confesó Dumbledore—. Ya me he encargado personalmente de que los Potter te acojan durante este verano en su casa.

—Pero...

—No debes preocuparte por el dinero, ese es un tema a parte que ya saldaremos en otra ocasión... Por el momento, los Potter no aceptaran ninguna ayuda económica por tu parte y se han declarado completamente auto-suficientes para poder hacerse cargo de ti y mantenerte.

—¿Y el año que viene? ¿Como voy ha hacer para pagarme la escuela? —Sirius estaba al borde del colapso. El verano lo pasaría en casa de James, pero ¿el curso escolar, como lo iba a pagar? Su mundo se desmoronaba por momentos.

Dumbledore suspiró.

—Mi hermano aceptará irse, ya lo ha oído —Sirius alzó la voz—. Yo no pienso irme, pero tampoco te manera de poder quedarme si mis padres dejan de pagar...

—El año que viene se verá —Dumbledore se levantó—. Sirius has sido muy valiente al enfrentarte a tus padres, has demostrado una valentía que no conocía en ti y que has defendido hasta el final. Algo admirable, sin duda —afirmó convencido de sus palabras—. No debes preocuparte por el año que viene, primero acaba este —esbozó una sutil sonrisa—. Acaba este curso con las mejores calificaciones posibles y el año que viene se considerará la idea de una beca, pero antes debes acabar este con un buen promedio.

Sirius asintió nervioso.

—No lo dude, señor Director —confirmó esperanzado.

—Bien... —Dumbledore se movió detrás del escritorio, acercándose hasta el fénix que miraba a Sirius con sus ojos inquietos. El anciano acarició el lomo del animal y este reaccionó ante el tacto del hombre—. ¿Todo bien con el señor Lupin?

Sirius dudó unos segundos en que responder. No sabía a que se refería y dudó antes de pronunciar palabra.

Dumbledore sonrió.

—Lo digo porqué está escuchando a hurtadillas detrás de la puerta.

El anciano elevó su mano al aire y con un suave movimiento hizo que la puerta se abriera. Tras la colosal puerta de madera tallada apareció la figura del cuerpo de Remus, que en dar un paso, se iluminó por la luz que irradiaba del despacho. Remus caminó con temor mientras Sirius se ponía rojo y Dumbledore escondía una sonrisa.

—Perdóneme, Director...

—Tranquilo —el anciano hizo un gesto y Remus llegó hasta ellos con los pies cautelosos—. ¿Todo bien, Remus?

Sirius miró a Remus en cuanto estuvo a su lado, ahora se sentía completo.

Remus miraba al Director nervioso asintiendo a su pregunta.

—Supongo que estará usted al día de la situación en la que se encuentra su amigo, Sirius. ¿Me equivoco? —Remus negó ladeando la cabeza, Sirius le miraba enternecido—. Bien, entonces ¿se presenta usted como candidato para ayudarle con sus clases?

—Por supuesto —confirmó Remus antes de que el Director pudiera acabar de pronunciar la última palabra. Había estado escuchando la mayor parte de la conversación. Básicamente había seguido a Regulus y a Sirius en cuanto se habían ido—. Eso no tiene ni que preguntarlo...

Dumbledore sonrió y asintió.

—Márchense ahora y vayan con sus amigos, les estarán esperando preocupados... —dijo el Director—. Supongo que Sirius tendrá ganas de reírse un rato después de este mal trago —miró a Sirius—. No te preocupes, todo se solucionará llegado el momento... Mañana ven a mi despacho y acabaremos de aclararlo todo —Sirius asintió—. Ven cuando acaben las clases de la mañana, antes de ir a comer...

—Muchas gracias por todo, Dumbledore.

Sirius y Remus despejaron el despacho del Director y salieron sin hacer ruido. Caminaron uno al lado del otro, pero no se miraron ni se tocaron mientras salían de la sala. En salir y cerrar la puerta tras ellos. No pudieron evitar girar sus cuerpos y mirarse. Sirius bajó la vista sintiendo como todo lo que había sufrido se le aferrara a la garganta. Tenía ganas de gritar y llorar de impotencia todo aquello que se había callado. Quería llorar y no podía. Remus le abrazó en ver su indisposición. Abrazó su cuerpo y dejó que Sirius hundiera su cabeza en su cuello. Remus le acarició despacio la espalda sintiéndose meramente inútil ante aquella situación. No sabía que decirle, no sabía que hacer para poder ayudar a Sirius en aquel momento. No pudo hacer mas que abrazarle con sus brazos y aspirar su aroma. Quiso ayudarle y decirle que todo estaba bien, pero no le salían las palabras. Ver a Sirius tan frágil, tan débil le hacía daño. Le dolía ver como Sirius sufría. De alguna manera aquel sufrimiento se colaba por su cuerpo, calándole hasta los huesos. No podía hacer nada para remediar el dolor de Sirius, él no era lo suficientemente importante para Sirius como para poder reconfortarle y eso le ardía en el interior.

—Estoy aquí, estoy contigo —Como si eso fuera suficiente, pensó Remus.

En pronunciar aquellas palabras sintió como los brazos de Sirius se apretaban mas a él, como se aferraba con más fuerza a su cuerpo. Remus sintió como ese calor le abrasaba el corazón. Como si se complementaran mutuamente dándose un cariño que nadie antes había podido procesarles.

—Te quiero, Remus —los labios de Sirius acariciaron el lóbulo de la oreja de Remus en pronunciar aquellas palabras.

Desde aquel 22 de enero en el que aceptaron tener una relación y en el que por fin decidieron estar juntos formalmente, desde aquel día, nunca habían pronunciado esas palabras. Era algo prohibido entre ellos, no podían, no debían demostrarse el apreció mutuo que se procesaban tan fervientemente. Era algo que Remus no había querido hacer, prefería que Sirius diera el primer paso en ese aspecto tan peliagudo. No quería arriesgarse porqué era un cobarde, se decía a si mismo. Pero en escuchar aquellas sutiles palabras de Sirius, con tanta fuerza, con tanta pasión y estima, no lo dudó más, él también lo quería.

Arrimó su mejilla a la de Sirius y apretó su cuerpo al de su chico con una fuerza nunca demostrada. Un impulso creció desde lo más hondo de su ser y salió reflejado por todos y cada uno de los poros de su piel, queriendo expresar a Sirius cuanto lo quería.

—Me vas a dejar sin aliento, amor... —dijo Sirius en un sutil gemido. Su voz ronca y rota dejaba constancia de sus llantos—. ¿Supongo que eso significaba que tu también me quieres, no?

Remus levantó la cabeza y miró a Sirius a los ojos. Afirmó moviendo la cabeza energéticamente.

—Te quiero, Sirius —dijo con temor a que Sirius le dijera que todo aquello era una broma, que todo aquello era falso y que todo aquello que sentía solo era una ilusión. Pero no pasó, nunca pasaría. Y Remus se sintió convencido cuando los labios de Sirius acariciaron con ternura los suyos. Un casto beso, sin prisa, solo ellos dos, saboreándose con calma y sintiendo cada milésima de segundo de todas aquellas sensaciones que se acumulaban en sus corazones como si fueran las últimas.

No tardaron demasiado en ir a la habitación con los demás. Caminaron de la mano por todo el castillo, iban tan juntos que sus cuerpos escondían sus manos y nadie pudo ver aquel gesto. No podían permitirse caminar sin saber que se tenían al lado. Necesitaban estar en contacto. No habían hablado sobre lo que había pasado en el interior del despacho del director. Sirius había declarado no hablarle hasta que él estuviera preparado y se hubiera mentalizado de su situación. Remus lo respetó y no sacó el tema de nuevo.

En llegar, James se preocupó y quiso saber de que se trataba. Sirius lo explicó vagamente, sin darle la importancia que necesitaba. James se ofreció voluntario para que se viniera a su casa y Sirius le explico que Dumbledore ya lo había hablado con sus padres y que estaba todo solucionado.

Bajaron a cenar más tarde. El desazón y la pesadumbre que Sirius arrasaba les había contagiado el ánimo. Hogwarts estaba triste. La preocupación formaba parte de todos los alumnos por el atentado en Londres. Todos estaban preocupados, en todos existía el temor de que familia o amigos se hubieran visto inmersos en el incidente que se había llevado a cabo en la ciudad.

La cena en el Gran Comedor fue silenciosa y no hubo grandes alborotos.

Remus y Sirius se sentaron juntos y se mantuvieron la mas cerca posible.

La cena pasó rápida. Los alumnos no se demoraron mucho en las Salas Comunes, todos subían con prisa a sus habitaciones para que ese horrible y funesto día, acabará lo antes posible.

Peter se metió en cama y James se quedó con Lily en la Sala Común un rato antes de subir a su habitación. Remus y Sirius estaban en la cama de Remus, con las cortinas bajadas. Remus descansaba su cuerpo contra el cabezal de la cama y Sirius estaba tumbado, apoyando su cabeza sobre la pierna izquierda de Remus. Remus acariciaba con su mano el largo pelo negro de Sirius mientras el chico tenía la vista perdida en ningún sitio. Estaban en silencio hasta que Sirius tuvo ánimo para hablar.

—¿Te acuerdas de nuestro primer año en Hogwarts? —dijo—. 1970 queda muy lejos, ¿verdad?

Remus asintió.

—Parece que fue ayer cuando tu y James entrasteis en mi compartimento —Remus sonrió—. Nunca me olvidaré...

Sirius suspiró.

—Fuisteis lo mejor que pudo pasarme —dijo Sirius en un murmullo.

—Tu eres lo mejor que ha podido pasarme, Sirius —Remus inclinó su cabeza y besó los labios de Sirius con ternura. Este le devolvió el gesto y luego volvieron a su posición anterior.

Hubo un largo silencio.

—Ese mismo año, nuestro primer curso en Hogwarts, en volver a casa por Navidad —continuó diciendo Sirius sombrío—, mi madre me preguntó si tenía amigos y me preguntó por vuestras familias... Quería saber con quien iba su hijo Gryffindor, el eslabón perdido de la familia.

—Sirius no té machaques...

—No lo hago —hizo una larga pausa—. ¿Sabes que fue lo que me dijo cuando le hablé de que la gente de Gryffindor no era distinta a nosotros? —Remus esperó a que Sirius continuara—. Nunca olvidaré aquella conversación en el Salón. Mi padre leía el periódico y mi madre estaba a mi lado en el sofá morado que hay frente a la chimenea. Regulus no había empezado Hogwarts, tenía solo diez años... Yo once, recién cumplidos —Remus continuaba con su masaje en la cabeza de Sirius mientras este hablaba—. Sus palabras fueron claras y contundentes. Dijo: no puedo creer mi hijo tenga que compartir habitación con esos asquerosos sangre sucia y esos traidores de la sangre... —Sirius hablaba con dolor, su voz era un susurró y Remus le miraba con el ceño fruncido—. Sangre sucia.. —volvió a repetir—. Recuerdo su mirada cuando le dije que eso no estaba bien, que mi amigo James me había dicho que esa palabra no debía decirse, que estaba mal... —hizo otra pausa—. Mi padre levantó la vista del periódico que estaba leyendo... Sus ojos coléricos me miraron de la misma forma que me miró desde entonces... Esta noche también lo ha hecho.

—Sirius —gimió Remus lleno de dolor.

—No quiero ser como ellos, Remus...

—¡Tu no eres como ellos! —bramó indignado el chico. Se sentía extremadamente impotente ante la situación actual de Sirius.

Sirius se incorporó y se sentó justo enfrente de Remus. Se miraron a los ojos como nunca antes lo habían hecho. Sirius había estado llorando y sus ojos estaban enrojecidos, Remus nunca lo había visto así. Su rostro estaba entristecido, tenía otro color y su aura majestuosa y su alegría estaba apagada. Remus quiso poder ser suficiente como para abrazarle y reconfortarle. Pero no lo era.

—¿Que te parece si este verano pasas unos días en mi casa? —dijo Remus esbozando una sutil sonrisa para poder reconfortar el ánimo de su chico—. ¿Que me dices, eh? No es mala idea...

—¿Lo dices de verdad? —el color de la piel de Sirius adquirió un tono más rojo, más vivo.

—¿Por qué no?

—¡Sí! —gimió Sirius—. ¡Me parece genial! ¡Sí! No quiero ni pensar lo difícil que se me va a hacer tenerte a tanta distancia, creo que no podré soportarlo...

—Solo son dos meses de horrible sufrimiento y agonía —Remus torció los laterales de sus labios hacía abajo. Entristeciendo su rostro—. No voy a poder estar sin mi novio todo el verano...

—Yo tampoco —Sirius puso sus brazos alrededor de los hombros de Remus—. Escribamos a tus padres y pregúntales si puedo pasar unos días en tu casa... Aunque sean un par de días, lo único que quiero es verte.

—Mañana les escribiré —dijo Remus con una sonrisa—. Ahora ven aquí...

Remus se tumbó e incitó a que Sirius se tumbara con él, apoyando la cabeza sobre su pecho. Sirius lo hizo y su rostro quedó sobre la camisa de Remus de tal modo que podía aspirar su olor y sentir los latidos de su corazón. Aspiró ese aroma todo lo que pudo, guardándolo como el mayor de los tesoros. Remus acariciaba su espalda y subía hasta sus hombros, arrimándose más a él. Sus piernas se cruzaban entre ellas, queriendo mantener el calor que sus cuerpos se procesaban.

—Gracias, Remus... —Sirius acarició su pecho con la palma de la mano—. Muchas gracias por estar conmigo... Me he sentido muy solo —confesó.

—No será así nunca más.

La semana que viene o antes, ya estará el 21 listo para ser publicado.

Este es mi regalo de Año Nuevo. ¡Les deseo a todos un feliz y próspero 2016!

Mucho amor y cariño para todos. Hasta el próximo capítulo,

Besos, Lúthien.