La noche oscura caía sobre ellos. Hogsmeade era un paradero desolador cuando la noche caía y todas las luces se apagaban por completo, dejando el paraje al acecho de la oscuridad. Solo estaban ellos, frente a la nada y embaucados por el calor del alcohol. No veían nada más allá de sus propias manos, iluminadas por una linterna de llama que habían dejado sobre el suelo de césped.
—Mañana el tren sale a las 11 de la estación —dijo James, rompiendo el silencio que se había creado.
Los cuatro estaban sentados alrededor de la pequeña linterna portátil que habían traído desde el castillo. James y Sirius a un lado y Remus y Peter al otro, charlaban con tranquilidad y sin ganas de que aquel curso acabará.
—Mañana no hay quien nos despierte...
—Espero que no os quedéis dormidos —dijo Remus—. No seré yo quien me espere a que todos estéis en pie... Si no estáis a la hora, yo me voy. ¡Quedáis avisados!
—Al final, tanto hablar, serás tu el que no te levantes, Moony —declaró James.
—Sí —confirmó Sirius—. Ya le ha dado tres tragos a la botella de Whisky... —Dijo en tono molesto.
—Tu le has dado muchos más —Remus se defendió—. Que nunca lo haga, no significa que no pueda hacerlo de vez en cuando...
—¡Ah genial! Pues si te da esta noche un coma etílico o algo por el estilo... A mi no me mires para ayudarte —dijo molesto.
—¡Vete al carajo, reina del drama!
El Whisky circulaba de unas manos a otras, mientras el calor del alcohol llenaba y colapsaba sus sistemas. Después de muchos tragos, finalmente hablaron y retomaron la conversación. La noche se tornaba más oscura.
—Echaré de menos esto —dijo James después de un largo silencio.
—¿Los piques que Remus y yo tenemos? —dijo Sirius riendo y relajando tensiones.
James le sonrió y Remus hizo una mueca, luego bebió de la botella dándole un largo trago.
—Echaré de menos estar los cuatro juntos y ver a Remus borracho... Creo que hace dos años que no lo veía así —confesó James animado, Sirius le miró con un brillo en los ojos.
—¡Sí, lo recuerdo! En cuarto, cuando bebimos por primera vez todos juntos y no nos pudimos mover de la habitación en dos días de la resaca... —dijo Sirius riéndose muy animado—. ¡Que tiempos aquellos!
—¡Que conste que no estoy borracho! —se defendió Remus por la acusación de James.
—Mejor que no lo estés, porque sabes que me voy a aprovechar de ti...
—A lo mejor lo hago por eso —Dijo Remus y todos rieron—. Yo de ti, no me daría ideas, Padfoot.
—¡Oh, cállate! —bramó Sirius riéndose por la picardia e inocencia al mismo tiempo que Remus tenía.
—Ha sido importante este año, ¿eh? —interrumpió James, tras estar pensándolo durante unos momentos por su cuenta, recordando todo por lo que habían pasado.
—Muy importante —reiteró Sirius—. El más importante de todos los antes vividos, estoy completamente seguro.
—Sexto no sé olvidará.
—Ha sido muy entretenido, sí —añadió Peter, siendo él quien dio el sorbo a la botella de Whisky esta vez—. Me lo he pasado muy bien, chicos.
—¡Me alegro, Peter! —dijo Sirius con entusiasmo—. Sin duda yo también —le guiñó un ojo a Remus y continuó—. James y Lily, Remus y yo... Las cosas no podrían ser más raras y complicadas, pero, sin embargo, nosotros no podríamos ser más felices.
—¡Que poético, Sirius! —gritó Remus. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos chispeaban alegría y luminosidad. La nariz se le había encendido en un rojo escarlata a la luz de la llameante linterna. El alcohol se mezclaba con su sangre y nublaba sus pensamientos—. A veces me gustaría morderte la cara de lo perfecto que eres. Me gustaría lamerte la cara entera y devorarte lentamente—dijo, hizo una pausa volviendo en si y continuó—. ¿He dicho yo eso en voz alta?
Todos rieron desprendiendo felicidad.
—El fetiche oculto de Remus... ¡Lamer caras! —se reía James a carcajadas.
Sirius se puso rojo y quiso levantarse y abordar a Remus, ahora tan alcoholizado y dispuesto a cualquier cosa. Le pareció un hecho de lo más tierno y a la vez, le excitó en exceso. Pensar que Remus estaba totalmente a su disposición le volvió loco y le hizo enloquecer.
—Vamos a emborrachar a Moony con más frecuencia, ¿os parece? —dijo Sirius con la voz llena de lujuria y arqueando una sonrisa.
—¡No, no le dejéis!
—Va Remus, no te quejes... Sabemos que tu disfrutas tanto como él si se aprovecha de ti —dijo James, sin poder parar de reír.
—A mi me gusta controlar, y si voy borracho, me controla él a mi... ¡Y no quiero!
—Muchas veces, dejarte llevar es la clave del éxito para disfrutar —se defendió Sirius entre risas.
—Yo disfruto controlándote en la cama, Sirius —Remus hablaba con la misma picardía que Sirius utilizaba en sus palabras—. Me gusta ver tu cara de cachondo y de extasiado que pones... Eso no tiene precio.
—¡Quitadle la botella! —gritó Sirius colorado—. Esta situación suele ser al revés...
—Es cierto, Sirius es el que suele emborracharse con más frecuencia —dijo James.
—Paso. Mañana no quiero tener resaca, que me mareo en el tren y lo paso muy mal.
—¡El tren! —bramó Remus alterado y dando un vote en el suelo alzándose ante los demás—. ¡Vayámonos o no nos despertaremos y perderemos el tren! —En levantarse se quedó frente a ellos, mirándolos alterado y agitando los brazos en alto—. ¡Venga! ¿A qué esperáis?
—No volvamos a dejarle beber —dijo Sirius—. ¿Queda claro?
—Hasta hace un momento querías emborracharme con más frecuencia —Remus movió el cuerpo haciéndose el remolón y sin poder controlar sus pies dio un traspié y tropezó.
Gracias a los reflejos y a la rapidez de Sirius, consiguió levantarse antes de que el chico perdiera el equilibrio del todo y cayera en redondo al suelo. Lo cogió por la cintura y lo arrimó a él.
—Me lo he pensado mejor... Me gusta que me controles en la cama, Remus Lupin —dijo Sirius, una vez habiendo tenido a Remus entre sus brazos.
Este le sonrió y le acarició con los dedos la mejilla, muy sutilmente.
—Odio cuando sonríes así y me haces perder el norte... —declaró Remus, enloqueciendo lentamente ante la sonrisa ladeada de Sirius, tan suya y emblemática.
—¡Iros a un hotel, pesados! —gritó James, poniéndose a su lado, seguido por Peter—. ¡Venga, vámonos! Mañana nos espera un largo día y la noche esta ya muy avanzada... Dudo que podamos dormir mucho.
Caminaron de vuelta a la casa de los gritos, dispuestos a volver por la entrada del Sauce Boxeador. Sirius y James reían detrás mientras Peter cargaba con Remus.
—¿Recuerdas aquel conjuro que lanzaste a Dorcas en segundo? —se reía James—. Pobre, estuvo tres días sin salir de su habitación.
—¡Se le quedó el pelo verde! —ambos iban cogidos por los hombros y reían yendo de lado a lado—. ¡Pobrecita!
—¡Pobrecito tu, Pad! Recuerdo que después de aquello ella, Lily y las demás te pusieron unos pastelillos que te dejaron la cara llena de granos —dijo James.
—Merlín ¡sí! Estuve todo el curso con aquellos granos asquerosos —dijo Sirius recordándolo y riendo por la anécdota—. Fue una venganza totalmente merecida.
—Y que lo digas.
James y Sirius iban a la suya, riendo y recordando viejos tiempo. Les había entrado la tristeza por dejar Hogwarts, una nostalgia sana. Ahora les tocaba prepararse para empezar su último curso y después de eso, enfrentarse al futuro y a su vida como adultos independientes.
Llegaron al castillo y caminaron bajo la capa hasta llegar a su habitación. No había nadie despierto. La Sala Común estaba completamente bacía, las luces estaban apagadas y las últimas llamas de las chimenea temían por expirar ante la fría noche. Subieron sin hacer ruido, se deshicieron de la capa al entrar en la habitación, pues muchas veces habían sido sorprendidos por McGonagall en llegar a la Sala Común después de una de sus aventuras nocturnas. Esta, les infligía castigos atareosos de cumplir que más valía evitarlos y eludirlos de cualquier manera posible.
En llegar a la habitación, Remus, despejado y con la cabeza un tanto más clara, se tumbó boca abajo en su cama, dejando los pies al aire sobre el colchón. Los demás, caminaban a su alrededor, poniéndose el pijama, guardando las últimas cosas y aseándose antes de irse a dormir y meterse en la cama. James estaba en el lavabo con la puerta cerrada y Peter tumbado en su cama, doblando unas camisetas que metería en su baúl posteriormente. Sirius vio allí tumbado a Remus y se estiró a su lado, él en cambió, boca arriba.
—Mi amor, ¿no quieres dormir conmigo en nuestra última noche juntos? —dijo Sirius—.
—No es nuestras última noche juntos —declaró Remus, con los labios pegados al colchón.
—De este curso, sí.
Remus se dio media vuelta y miró a Sirius, quedando de perfil a él. Sirius giró la cabeza para encontrarse con sus ojos ambarinos.
—A veces no te soporto.
—Yo a ti tampoco —declaró Sirius—. Pero te quiero demasiado.
Se abrazaron y se acurrucaron juntos, para dormir lo más cerca y pegados posible. Disfrutaban estando tan juntos, sus corazones latiendo apresurados a pesar de la paz, tranquilidad y bienestar que sus almas se procesaban. Se quedaron dormidos y pronto Peter y James también durmieron.
La noche se tornó más oscura y entonces todo cambió. La luz brotó de la sombra y se hizo el día. Las nubes brillaron y el sol desprendió sus más amenos rayos de luz. Despuntó a través de las ventanas de las habitaciones de aquellos estudiantes de Hogwarts, que aquella mañana cogerían un tren de vuelta a casa. Todos menos Sirius Black. Él no acudiría a casa con sus padres a pasar el verano, él iría a casa con mejor amigo, en compañía de unos padres que no eran los suyos, una casa que no era la suya y que sin embargo, quería como si de su familia misma se tratara.
La mañana transcurrió con normalidad, todos desayunaron y pronto estuvieron listos para subir al tren en la estación de Hogsmeade. Y así fue, subieron al tren y el sueño se apoderó de ellos por completo. James y Peter desaparecieron del compartimento a media mañana, cuando el sueño había hecho su efecto recuperador y se sintieron con fuerza suficiente.
El traqueteo del tren movía los cuerpos de Sirius y Remus. Sus cabezas, unidas y apoyadas una sobre la otra, mientras dormían, se movían sutilmente con el vaivén del tren de regreso a Londres.
Fue Sirius quien se desveló primero de aquel sueño que había abordado a los chicos desde que subieron y se acomodaron en el compartimento de siempre. Miró a Remus por el rabillo del ojo, el chico aún dormía. Se incorporó levemente y dejo que Remus apoyara su cabeza en su hombro por completo.
—Es cierto que la resaca marea en el tren... —dijo Remus, despertándose del revigorizador suelo.
—Te lo dije.
—Me encuentro fatal —Remus se incorporó y pegó la cabeza al asiento, estirándose.
—No me vayas a potar encima, eh Moony.
—Calla —dijo en un susurró. No tenía fuerzas ni para hablar.
—No sabes beber —le echó en cara Sirius.
—Me duele admitirlo, pero tienes razón.
El viaje en tren se presentaba tranquilo, sin problemas aparentes que afectaran al transcurro del trayecto. Sirius y Remus querían pasar el mayor de su tiempo posible juntos, antes de la inminente separación durante el largo verano que les venía por delante. Realmente no tenían ninguna intención de separarse en todo el día y en todo lo que el viaje durara.
—Mi padre estará muy triste —dijo Remus—. No quiero ni pensar en lo que me encontraré en casa cuando llegue... Sus ánimos estarán por los suelos. Habrá sido un duro golpe el haberse quedado sin trabajo, más aún cuando mi madre, perdió el suyo hace unos meses...
—Por lo menos, estarás en tu casa propia... Yo no tengo de eso —Sirius habló sin mirarle y en voz baja, arrepintiéndose de inmediato por lo que había dicho. Remus no se lo merecía.
—Sirius... —pronunció Remus, decepcionado por las palabras.
—Lo siento—le besó—. Tu no tienes la culpa, lo siento amor. No quise decir eso, lo siento —balbuceaba inquieto y arrepentido—. Aún no lo tengo muy superado, la idea de que no tengo casa, ni familia, nada...
—No tendrás casa, pero tienes una familia —sentenció Remus mirándole a los ojos, muy seguro—. Tienes a James, tienes a Peter y me tienes a mi. Siempre me vas a tener, no importa lo que pase, no importa que pase entre nosotros, Sirius... Siempre voy a estar.
Sirius tragó saliva y pensó en lo protegido y cálido que se sentía cerca de Remus. Su cuerpo entero sufrió un cálido ataque en oír aquellas palabras. Se le olvidó todo aquello que preocupaba ahora su mente. Y la asfixiante ansiedad que oprimía su pecho por su situación, desapareció lentamente. Remus le abrazó con suavidad y se sintió protegido entre aquellos brazos. Era su hogar, lo sabía con total certeza.
—Podríamos tener nuestra propia casa... —pensó Sirius en voz alta—.
—¿Qué?
—Vivir juntos, en nuestra propia casa, Remus... —repitió Sirius con menos seguridad, haciéndose pequeñito ante la réplica de Remus—. ¿No te gusta la idea?
Remus lo dudó por un segundo, imaginando la situación. En su mente se dibujo una casita, con dos habitaciones y vio el comedor, vio la cocina, la entrada y las paredes pintadas de azul claro, fotografías enmarcadas de ellos dos, de James y Peter, un sofá grande, justo en medio del comedor, una gran mesa para celebrar noches con los Merodeadores y vio a Sirius. Vio a Sirius en medio de toda aquella imagen que se dibujaba en su cabeza, de pie, en medio de aquel gran espació creado en su mente. Y le pareció la mejor idea que había oído jamás.
—¿Remus? —volvió a insistir Sirius algo preocupado.
—¿Cuándo?
—¿Cuándo, qué? —replicó Sirius sin entender.
—¿Qué cuándo nos mudamos?
Remus y Sirius se quedaron un rato más en aquel apaciguador ambiente en el que solo eran ellos dos, ellos dos contra el mundo. Se creó en aquel compartimento una atmósfera de calor y amor en el que los dos jóvenes compartieron sus últimos momentos a solas antes del verano que les iba a separar. En pensar en un futuro cercano separados, el pecho les ardía encolerizado e indignado por tal gran injusticia, pero ellos no podían hacer nada. La situación se les había presentado así y debían aceptarla, fuera como fuera. Tenían el consuelo de que podrían verse unos días, pero no sabían como iban a reaccionar ante la inminente separación. Llevaban juntos, en una relación, desde enero y ya estaban en julio. Había pasado mucho tiempo. No habían pasado un día separados el uno del otro y si, por casualidad, no habían podido verse durante el día, habían tenido la noche para solucionar ese inconveniente temporal. Pero ahora, el verano les separaba y eso suponía un cambio muy grande en sus rutinas. La rutina de tenerse cerca, de acercarse cuando lo necesitaran y tenerse a disposición él uno del otro en cualquier momento del día. Les dolía separarse, les dolía porqué no sabían como iban a afrontarlo. No sabían que pasaría durante todo ese tiempo. Remus tenía miedo a que Sirius no le echara de menos de la misma forma que lo haría él, con tanta intensidad. Tenía miedo a que Sirius se olvidara de él, de que en verano conociera a alguien más, de que en volver, todo se tornara negro. Pero debía confiar en él, debía creer en Sirius y esa era ahora la única esperanza que acompañaba su inquieta alma. Sirius, en cambio, tenía miedo a que le pasará lo que Remus temía. Se conocía, él era nuevo en eso de las relaciones, estar con alguien en serio, y le carcomía el miedo a traicionar a Remus. Estaba seguro de su apreció y su amor hacía él, pero tenía miedo de que estando separados todo esos sentimientos se le olvidaran y cometiera un error, un error que no podría enmendar. Sirius tenía miedo de poder hacerle daño a Remus y no quería. Jamás se lo perdonaría, no podría vivir con ese peso a sus espaldas. Y teniendo a Remus entre sus brazos, estando cerca de él y sintiendo su calor, tenía bien clara una cosa, que no quería estar con nadie más que no fuera él.
Fue entonces cuando dejó de tener miedo.
La mañana pasó y pronto se convirtió en mediodía. Remus y Lily caminaban a través del vagón de Gryffindor haciendo su función de prefectos. Ambos se aseguraban de que todos estuvieran perfectamente acomodados y daban el último repaso a la seguridad y bienestar de los más pequeños. Ayudaron a los de primero a mentalizarse de que volvían a casa y estuvieron hablando con ellos sobre lo que les había parecido el curso. Remus y Lily eran muy queridos entre aquellos que simpatizaban con alumnos más mayores.
—El tema es que no es algo para tomarse a la ligera... —decía Lily muy seria cuando se pararon antes de pasar al siguiente vagón—. No puedes dejarlo como si nada, es algo que te afecta muy directamente, Remus.
—Lo sé, pero me da miedo... —confesó—. Me inspira mucho respeto, es algo complicado de explicar.
—Te puedo entender, entiendo que te de miedo —declaró la chica—. Pero se trata de ti, de tu licantropía... Si hay una cura, no puedes dejar ir la posibilidad de ser tratada.
—¿Y si es falso? ¿Y si no funciona?
—Siempre habrá esa duda, es una desventaja que juega en tu contra, pero realmente nunca se sabe —dijo con firmeza. Ambos hablaban sobre las recientes noticias que Remus había tenido sobre la supuesta cura a la licantropía. Remus lo había leído la mañana anterior en el periódico y había sido uno de los temas estrellas para ser tratados con Lily. Ella siempre había sido quien más le había ayudado cuando había necesitado hablar de eso. Ahora, lo demostraba más que nunca.
—A demás, —añadió Remus—. Ni siquiera es una cura al cien por ciento, solo es una poción que reprime la transformación total. La licantropía seguirá existiendo, me seguiré convirtiendo en lobo, pero indefenso y en una medida controlable.
—¿Podrás pasar las noches de luna llena en una habitación, por ejemplo? —preguntó Lily, que no estaba del todo informada.
—Exacto, eso es algo muy positivo...
—Piensa en un futuro, cuando no estés en Hogwarts y no tengas la Casa de los Gritos para transformarte —decía Lily—. ¿Como lo harás?¡Esto, sin duda, puede ayudarte! No dejes la oportunidad de probar esta poción, ¿que puedes perder?
—¿Y si es dañina? ¿Y si lo en vez de quitarme la licantropía lo que produce es el efecto contrarió y aumentan los síntomas? —Este era un tema que afectaba desmesuradamente los ánimos y la seguridad de Remus—. Lily, no sé si puedo arriesgarme...
—En cuanto llegues a casa, habla con tus padres, ¡es algo que debéis intentar! —Le incitaba la chica—. Se trata de ti y de tu bienestar...
Siguieron con su ronda de prefectos y Remus pareció escuchar con más afecto a Lily y sus amables y sinceros consejos. Remus sabía que tenía unos amigos excelentes, un novio maravilloso y estaba rodeado de personas estupendas, pero a la hora de dar consejos y de escucharte, no había nadie como Lily Evans. No había nadie que te escuchara y te mirara con esos ojos verde esmeralda, con aquel brillo, como lo hacía ella. Sus gestos, su manera de hablar, moverse y expresarse, te incitaban a confiar en ella y hablar de todo aquello que le perturbaba.
Pasaron al vagón anexo y se encontraron a un grupo de alumnos, entre ellos estaban James y Sirius, con Peter y más gente de Gryffindor. La mayoría eran de cursos superiores, y había una mezcla interesante de casas. Gryffindors y Hufflepuf en equivalencia, se distinguía algún Ravenclow y Slytherin se había quedado en su vagón, sin molestar a nadie.
—¿Que pasa aquí? —dijo Lily alarmada por tanto alboroto—. No podéis estar todo en los pasillos del vagón, podría ser peligroso...
Todos estaban colocados mirando algo que estaba dispuesto en medio del circulo de personas. Dentro de aquel circulo estaba Marlene McKinnon con El Profeta en las manos, abierto, mientras todos lo miraban alarmados..
—James, Sirius... ¿Que pasa? —dijo Remus acercándose a sus amigos.
Sirius se cogió de su brazo y le miró preocupado, había miedo en su mirada.
—Han asesinado al Ministro —le comunicó con el rostro ensombrecido. No era la muerta de el Ministro lo que realmente perturbaba su ser, sino lo que eso representaba. ¿Un golpe de estado, acaso? Esos eran los pensamientos que embaucaban su inquieta mente en aquellos instantes. En su cabeza estallaban miles de preguntas que se formulaban y que no tenían una respuesta. ¿Que significaba todo aquello? ¿Tendría que ver con lo que sus padres y los demás tenían entre manos? ¡Obvio que sí! Y si así era, ¿qué vendría ahora? ¿Cuál sería el siguiente ataque?
Había un silencio general, todos habían enmudecido. Conocían la situación actual del mundo mágico y todos temían que estuviera pasando lo que todos ya sabían. Era una sensación, una sensación de caos y fragilidad. Una sensación de colapso y de caída. Una sensación en la que como resultado, todo se derrumba y mueres.
Cuando todos se calmó, todos volvieron a sus compartimentos. Marlenne, Dorcas y Lily habían ido con los Merodeadores. Los siete se habían instalado en el compartimento de los Merodeadores como habían podido. Lily se había sentado en las piernas de James, pues sería imposible sino el traslado de las dos otras chicas al compartimento. Sirius y Remus habían aprovechado el poco espacio que tenían para sentarse juntos y poder estar más pegados sin levantar sospechas ante las dos chicas, amigas de Lily que no sabían nada, supuestamente. Todo seguía siendo un secreto que vivía entre los Merodeadores y Lily.
—¿Que creéis que pasará ahora? —preguntó Dorcas—. Eso, sin duda, significa algo.
Sirius miró a James.
—El Ministerio se encuentra en una situación un tanto precaria... El ataque terrorista que hubo hace dos meses y esto, descontrola mucho la situación... ¿Que harán sin Ministro? —dijo James—.
—Pondrán a otro —añadió Peter.
—Sí, —se defendió James e intentó explicarse mejor—. Pero me refiero... ¿A quién? El hecho de que hayan matado al Ministro y que se hayan llevado Aurores, quiere decir que quieren llegar al poder. ¿Y si solo les faltaba ese pequeño incentivo para conseguirlo?
—Solo necesitaban quitarse al Ministro de en medio y conseguirían llegar al poder.. —dijo Remus.
—Exacto —James miraba a Sirius—. Quizás el siguiente en la línea a subir al poder que el Ministro ha dejado, sea uno de los que están detrás de su muerte...
—¿Así que este es el principio de algo peor? —dijo Marlene.
—Eso parece —confirmó Lily—. Llevamos tiempo hablándolo y todo apunta a que las cosas van a ponerse mucho más feas de lo que están.
—Que el ministro haya sido asesinado lo demuestra —dijo Remus entrando en la dinámica de la conversación—. Hay varias cosas seguras en este momento, la primera es que, hay alguien que quiere llegar al poder. Y la otra, es que hay mucha gente que apoya su idea de querer llegar —Su mano se unía a la de Sirius por debajo de sus piernas, de tal manera, que nadie lo veía.
—¿Que significa eso? —preguntó Marlene—. ¿Hay más como ellos?
—Mucho... Cada día más, por lo que sabemos —contestó James, ensombrecido.
—No debemos alarmarnos —dijo Sirius—. No es nada seguro.
—Sirius, todo lo que esta pasando, lo deja todo más que claro —añadió James.
—Entonces ¿quiere eso decir que la guerra es inminente? —preguntó Dorcas—.
Ninguno de ellos se atrevió a contestar.
—¿Sois conscientes de que si eso es cierto, nos va a tocar luchar? —se atrevió a decir Sirius.
Todos enmudecieron. Sabían la repuesta, conocían la situación y tuvieron miedo.
Todos tenían dieciséis años, eran niños, como aquel que dice. Pero todos parecían adultos, sus mentes habían tenido que ir más rápido que muchas de las que los envolvían, para que el mundo pudiera continuar rodando. Dentro de aquel compartimento se encontraban los que salvarían lo que parecía un mundo perdido, un mundo sin esperanzas en el cual la gente no vive, muere. Un mundo lleno de oscuridad, gobernado por la sombra. Ellos serán la luz que saque ese mundo de la desesperación y el dolor. Ellos pagaran con su vida la libertad de una humanidad condenada, ellos pagaran con sus sacrificios un futuro perdido. Dentro de aquel compartimento se encontraban héroes a los que acabarían uniéndose más héroes y finalmente, los que estaban, acabarían marchándose tras un grito de desesperación. Todos arriesgaron en esa guerra, todos perdieron algo. Eran niños, pero habían crecido demasiado rápido, al apresurado ritmo que la cruel vida les había impuesto injustamente, latigazo tras latigazo.
Al parecer, el viaje en tren, finalmente, se había ensombrecido. Algo había inundado el tren y sus pasajeros en un mar de dolor y nostalgia. Si los ánimos eran escasos, ahora lo eran mucho más.
—Revivamos este curso una vez más —dijo Sirius.
Ambos, Remus y Sirius, conocían aquel escondido y secreto lugar. Fue en cuarto curso cuando lo encontraron. Estaban ellos dos caminando por el tren cuando llegaron al final del último vagón y descubrieron aquella puertecita detrás del papel de la pared. Entraban cuando nadie miraba y se quedaban allí charlando hasta que quisieran marcharse. La primera vez que lo encontraron estuvieron ellos dos solos, igual que todas las demás. Pues les hablaban a James y a Peter sobre el fantástico sitio que habían encontrado, el tren frenaba y llegaban a su destino, Londres o la estación de Hogsmeade. Y cuando volvían a coger el tren, no se acordaban de llevarles hasta que, por algún motivo, ambos dos solos llegaban allí.
Se podía decir que era un lugar secreto entre ellos, un secreto que siempre había existido.
En el último vagón había una puerta trasera, teóricamente, cerrada a alumnos. Esta puerta llevaba a un pequeño balcón. Un balcón, una especie de plataforma en en la cola del tren que te permitía poder disfrutar de los paisajes que el tren dejaba atrás.
—Revivamos todos los momento vividos.
—Dejarían de ser tan especiales —dijo Remus a su lado.
Ambos estaban sentados en el suelo, uno al lado del otro, pero sin llegar a tocarse.
—¿Hay algo en especial que querrías revivir? —le preguntó Remus—. ¿Algún momento que revivirías a cualquier precio?
Sirius estuvo pensando. Lo pensó durante unos segundos, intentado escoger en todos aquellos momento que había vivido. En especial con Remus, quien había hecho que ese año marcara la diferencia. Un cambio tan radical en su vida, que merecía la pena, poder sentirse orgulloso de ello.
—Reviviría, sin duda, cuando fui a buscarte al tren... —declaró Sirius, dejando que sus ojos viajaran en silencio al pasado—. Reviviría todo aquel día al completo, poder volver a sentir toda aquella felicidad.
—¿Tan feliz te sentiste?
—Fue la diferencia.
—¿Como?
—Aquellos días pasó lo de mis padres —explicó Sirius—. Cuando me fui de casa y me fui con James... Y recuerdo lo mal que llegué a estar aquella semana. Y en cuanto llegaste, en cuanto apareciste hubo algo que cambio. Aquel contraste de emociones en aparecer tu, fue lo que me hizo tan feliz. La diferencia entre el cuando no estabas, al cuando apareciste y me besaste como nunca nadie me había besado antes —concluyó Sirius, recordando cada pequeño detalle de aquel momento y saboreando cada sensación que su mente aún recordaba vagamente—. Ojalá pudiera volver a sentir todo lo que sentí aquel día.
Remus sonrió y su corazón brillo bajo su piel.
El viento azotaba en sus rostros.
El cielo empezó a oscurecerse, estaban llegando.
Remus había enmudecido, estaba recordando aquel día.
—Te tatuaste las lunas... —le dijo con una sonrisa y el corazón enloquecido.
—Aún las tengo —dijo Sirius, bromeando—.
Remus rió con dulzura.
—El problema sería si no las tuvieras... —dijo Remus con una sonrisa permanente en sus labios. Supo que nadie le podría arrebatar esa sonrisa y esa felicidad mientras Sirius estuviera a su lado.
—¿Cuál revivirías tu? ¿Que momento? —fue Sirius quien preguntó esta vez—. De entre todos ¿cuál?
—Este. Justo ahora, justo este momento.
—¿Por qué? —quiso saber Sirius.
—Porqué es ahora cuando lo hemos vivido todo, cuando lo hemos aceptado todo. Es ahora cuando realmente empiezo a disfrutar, cuando empiezo a entender todo lo que hemos vivido. Es ahora cuando me doy cuenta de que he estado muy ciego todo este tiempo y que me he había perdido muchas cosas. Pero sé con absoluta claridad que las cosas no hubieran sido diferentes. Entiendo que nada hubiera sido igual, porqué todo ha sido como debía ser. En su debido momento, con su debido tiempo y sus inconvenientes —decía Remus, Sirius escuchaba atento—. Hemos pasado tantas cosas juntos y, reviviría este momento porqué soy feliz de poder decir que las he vivido todas.
—Remus, nunca entenderé que has hecho conmigo —dijo Sirius—. Tienes mi alma y mi cuerpo a tus pies y no eso no te basta... ¿Como te atreves a decirme eso? —el chico hablaba muy serio.
—¿Qué? —se excusó Remus sonriendo, sin llegar a entender su reacción—. ¿Que pasa?
—Dices eso y te quedas como si nada... ¿Acaso no entiendes que no tengo nada más que darte aparte de todo mi ser, que ya es tuyo? Diciéndome lo que me dices y exponiendo lo que sientes, haces que sienta que todo lo que yo he podido darte, sea insignificante. Tus palabras son inalcanzables a lo que yo podría ofrecerte.
Remus se inclinó hacía él. Colocó sus manos a ambos lados del rostro de Sirius y colisionó sus frentes. Cerró los ojos y aspiró aquel momento. Cada atisbo de aquella felicidad se guardó en un rinconcito de su cuerpo, cada olor, cada sonido, cada textura, color o emoción que sintió en ese momento, se almacenó en una parte de él y la atesoró para siempre. Ese sería el momento que guardaría, su recuerdo de su secreto con Sirius. El secreto que guardaría siempre con él.
—No necesito nada más. No quiero nada más.
Sirius dejó que Remus le hablara.
—Eres lo único necesario —suspiró y sus alientos se mezclaron—. No quiero vivir este verano, quiero pase lo más rápido posible para que empiecen las clases y poder verte. Quiero despertar a tu lado, quiero que tus ojos sean lo primero que veo cada mañana y que tu aliento sea lo primero que sienta. No quiero luz ni oxígeno, solo a ti, Sirius.
—No quiero separarme de ti.
—No quiero que lo hagas —hubo un silencio, no se movieron—. Pero es un bache que podemos superar, ¿verdad? Podemos ganar al tiempo, podemos ganar a la distancia... Son apenas tres meses, y nosotros podemos con ello.
—Hemos podido con Lunas Llenas desde los 14 años juntos, podemos con esto —dijo Sirius, añadiendo un poco de ánimos a la situación—. Solo son dos meses y medio... Más o menos.
—Sí...
Sus labios se juntaron en acabar sus dedicaron a besarse durante un rato, habían sellado la puerta que daba al pequeño balcón para que nadie pudiera sorprenderles. Estuvieron allí durante un buen rato, los besos se hacían cortos y era por eso que en acabar uno, volvían a empezar otro. Y así una y otra vez. Nunca acabarían de saciarse. Sirius nunca se cansaría de esa fiereza que la boca de Remus tenía, nunca se cansaría de que Remus nunca tuviera suficiente, de que no acabara nunca de saciarse. Remus no se cansaría nunca de aquella dulzura adherida a la piel de Sirius, nunca se cansaría de la suavidad de sus labios el sabor de sus besos y su cálido aliento. Nunca se cansaría de la manera que tenían sus manos de moverse sobre su cuerpo, la manera en la que Sirius le acariciaba, era una necesidad insaciable.
—Eres mi secreto —dijo Remus—.
El tren llegó a su destino momento después de que ambos volvieran al compartimento con James y Peter. Marlene, Dorcas y Lily se habían ido hacía rato. Cuando Sirius y Remus llegaron los Merodeadores volvieron a estar al completo. Los cuatro juntos, invencibles ante cualquier situación.
Estaban sentados, riéndose y hablando entre sonrisas y miradas cómplices, cuando el tren frenó en seco. Habían llegado y era momento de despedidas. Una despedida amarga que marcaría el principio de una época. Este era el descanso que tendrían antes de la tempestad. Estando aún en el compartimento y en sentir como el tren frenaba, todos enmudecieron de golpe. James sabía lo que eso significaba para sus dos amigos, Sirius y Remus no podrían verse en mucho tiempo y le dolía. El momento había llegado, debían despedirse. Debían decirse adiós por un tiempo y no querían.
Sus pies se arrastraron vagamente hasta la puerta del vagón. Sirius y Remus se quedaron atrás unos momentos. Todos los alumnos bajaron del tren, pero ellos dos se quedaron dentro. El compartimento se hizo pequeño. Se sentaron uno en frente del otro, mirándose y intentando descifrar que era lo que pensaba el otro.
—No podemos despedirnos fuera...
—Seguimos siendo un secreto —declaró Sirius con una sonrisa entristecida.
—No es el fin del mundo, Pad —Remus dibujo una sonrisa—. Sigues siendo mio.
—¿Lo has dudado, acaso? —dijo Sirius tentándole. Suspiró y sonrió—. ¡Bésame, anda!
Ambos se inclinaron y volvieron a sentir los labios amenos. Unos labios que se habían vuelto de propiedad, con dos nombres, Remus y Sirius. Aquella sería la última vez que podrían hacerlo antes de bajar y tener que fingir que eran dos amigos más. Momento en el que tendrían que ocultar todo lo que sentían él uno por el otro. Una vez fuera de aquel compartimento de cortinas bajadas y puerta cerrada, deberían fingir que entre ellos no habían lazos tan fuertes que podrían con cualquier impedimento que el camino pusiera ante ellos. Seguían siendo un secreto, seguían siendo prohibidos y eso no podría cambiarlo nada. Nada ellos podían hacer contra eso.
Aquel fue, sin duda, su mejor beso.
Fin.
¿Fin? Eso aún está por ver... ¿Qué harían si les digo que hay más? ¿Se arriesgarían a seguir leyendo? ¿Querrían seguir con Remus y Sirius? ¿Y si dejo aquí lo que será el principio de la segunda parte? ¿Lo leerían? ¿Están preparados?
DEBILIDADES
CAPÍTULO 1
El vecindario donde vivían Remus y sus padres era un lugar tranquilo. Una hilera de casas de ladrillos rojizos con grandes ventanales y tejados de tejas oscuras, se disponían a ambos lados de la calle. Cada casa tenía un pequeño jardín propio y privado. La calle, Wiltshiere Road, no era demasiado larga y a Sirius no se le hizo difícil dar con el número 32. Siguió las instrucciones de Remus y llegó con absoluta facilidad. Sirius caminaba por la carretera, dispuesta en medio de las dos hileras de casas rojizas. Se paró frente al número 32 y suspiró hondo.
Estaba nervioso.
Muy nervioso.
No había pasado mucho tiempo desde su último encuentro con Remus, pero esta era una situación diferente. Los dos podían verse con mucha más facilidad gracias a su disposición a las apariciones. Podían transportarse a cualquier lugar y no debían preocuparse por la distancia. Como adultos que eran, su ritmo de vida era mucho más distinto al que llevaban hacía unos años. Ahora todo era diferente. Su relación se había mantenido desde que dejaron Hogwarts en el setenta y siete. Ahora, con 18 años y una vida por delante, ambos buscaban poder llevar su relación a otro nivel. Llevaban juntos cerca de tres años y querían, de una vez por todas, conseguir lo que tanto habían deseado. Y hoy, iban a dar su primer paso.
Y hasta aquí puedo decir... ¿Quieren seguir leyendo? Muy pronto, DEBILIDADES.
Notas de la autora:
Supongo que ahora me toca despedirme... Solo quería dar las gracias a todas aquellas personas maravillosas que se han tomado la molestia de ir leyendo esta humilde historia, creada desde mi cabeza como un mero entretenimiento y que finalmente, ha acabado ocupando la mayor parte de mi tiempo. Es una de las primeras historias que acabo como dios manda y satisfecha con el resultado. Veo mi evolución desde los primero capítulos y me siento orgullosa de mi misma de haber podido terminarla e ir mejorando poco a poco. El hecho de haberla acabado me motiva a seguir con una segunda parte, es por eso que me he embarcado en este nuevo proyecto que empiezo con muchas ganas. Espero que sea bien recibido, tiene todas mis energías y toda mi inspiración puesta en él. Me siento muy entusiasmada de empezar y seguir con este par de locos a los que he cogido muchísimo cariño.
Pero, en realidad, esto no es una despedida... En un par de días colgaré la segunda parte, DEBILIDADES. Todos aquellos interesados, atentos a mi perfil.
Una vez más... ¡GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS! Nos vemos en la segunda parte. Hasta entonces,
Besos, Lúthien.
