Capítulo dos.

El aire frío y húmedo del lugar golpearon el rostro de Hermione llenándola de sentimientos encontrados, aquel era su hogar, donde había nacido y crecido, pero también el lugar donde habían destruido su corazón.

Para disgusto de la joven, el viernes se había aproximado como una avalancha sobre ella y ahora se encontraba en aquel lugar que había evitado visitar durante los últimos cincos años, pero no podía haberlo pospuesto, al menos ya no.

Su madre había estado mandándole mensajes todos los días acerca de lo emocionada que estaba por su próxima visita y lo feliz que le ponía el tener a su única hija junto a ella en su cumpleaños, Fleur había organizado toda su agenda para que tuvieran libre desde el viernes hasta el lunes por la mañana, incluso su padre le había llamado en una ocasión para decirle, con palabras cortas, lo mucho que anhelaban su visita.

Le habían tendido una trampa y ahora ya no tenía escapatoria.

— ¡Pero qué lugar más encantador! — Exclamó Fleur, quien se bajaba de la camioneta que las había transportado hasta Chicago, la rubia muchacha se retiró sus gafas de marca a la vez que observaba todo el verdor que las rodeaba, los altos árboles, y la encantadora casa de tejas que estaba frente a ellas.

—Dime si piensas lo mismo dentro de dos días— se mofó Hermione, mientras se acercaba por el camino que dirigía a la puerta de su casa, Fleur y Garrett venían detrás de ella.

Tocó el timbre de la casa, que estaba adornado con miles de dibujos singulares, sin duda el alma creativa de su madre continuaba ejerciendo todo su poder en aquel hogar, dos minutos tardaron en abrir la puerta por donde apareció una mujer delgada, de vivos ojos grises, melena pelirroja, piel albina y rostro cubierto de pintura de diferentes colores, Mónica Granger.

— ¡Hermione! — chilló la mujer, colgándose del cuello de su hija, y lloriqueando como una adolescente en lugar de la mujer de cuarenta años que era, pero así era Mónica.

—Hola, mamá, feliz cumpleaños— saludó y abrazó la joven a su madre, quien lloriqueo más ante las palabras de su hija, la única verdad es que la había echado mucho de menos.

—Pasen, por favor— alentó Mónica, al divisar a los acompañantes de su hija— Hermione, debiste decirme que vendrías acompañada— le reprendió suavemente al darse cuenta de su atuendo sucio, pero ya era tradición de la mujer el pintar un nuevo cuadro cada cumpleaños, en el de ella, el de Wendell, su esposo, y su hija.

—No pensé que te molestara— fue la explicación de la muchacha. Tenía razón, a la mujer no le molestaban en absoluto esas nimiedades de etiqueta, sin embargo, conocía su edad a pesar de lo que todos comentaban, y comprendía que debía mantener cierto recato, aunque le causara una pereza increíble.

La señora Granger atendió afablemente a los invitados de su hija, Garrett insistió en mantenerse en la posada del pueblo, y por salud mental de su esposo, así lo permitió.

Instaló a Fleur en la única habitación de invitados con la que contaba y a Hermione en su antigua alcoba, lo cual puso a la muchacha nerviosa y triste a partes iguales.

—Señor Garrett, debe presentarse a mi fiesta esta noche— exigió la sonriente mujer al ver que el hombre se disponía a retirarse ahora que sus jefas estaban instaladas y seguras.

—Sería un honor, señora— aseguró el hombre, mientras salía del lugar y se despedía de las muchachas que consideraba como sus propias hijas.

—Gracias por acompañarnos, Garrett— le aseguró Hermione, quien lo acompañaba fuera.

—Sólo cumplo con mi trabajo, señorita Hermione— la joven le sonrió y lo vio desaparecer por la carretera que llevaba hacia la ciudad.

La castaña suspiró con cierto deje de alivio, si era sincera consigo misma, no sólo había echado de menos a sus padres, también toda aquella vieja ciudad que conocía tan bien.

—Estoy un poco cansada, mamá, bajaré a ayudarte en un momento— le anunció a su madre mientras subía las estrechas escaleras de madera hacia su dormitorio.

Al abrir la puerta, sintió que una bola demoledora la golpeaba, todo seguía tal cual lo había dejado al salir de aquella casa cuando tenía tan solo dieciocho años. Su madre, amablemente, había mantenido todo en completo orden y sin una pisca de polvo, la habitación se sentía cálida y oreada, como si no hubiera permanecido varios años sin uso.

Las sabanas purpura, los dibujos y afiches que decoraban las paredes azul pálido, las cortinas amarillas para imprimir un tono de color, el escritorio viejo, los libros apilados alrededor de éste, las luces navideñas que decoraban el cabecero de su cama, todo eso, había sido ella.

¡Qué diferente a su actual habitación en Nueva York! Sin duda, no guardaba ninguna semejanza con el dormitorio de estilo moderno, con colores neutros y pinturas impresionistas que ahora tenía.

—Qué lindo— susurró Fleur, a sus espaldas, sobresaltando un poco a la castaña.

—Toca antes de entrar, por favor— bufó Hermione, sentándose recatadamente en la orilla de la cama, sintiéndose completamente incomoda, aquel ya no era su lugar seguro, su refugio, sólo era el contenedor de todas sus antiguas penas y tristezas.

—Siento que este lugar te queda— comentó despreocupada la rubia joven, mientras inspeccionaba los antiguos ejemplares que guardaba su amiga. — ¿Romeo y Julieta? — cuestionó con una mirada divertida, su amiga bufó desde su lugar.

Fleur estaba al tanto del gusto que sentía Hermione por la lectura, en su apartamento guardaba una amplia colección de los mejores ejemplares que podría comprar, pero ninguno, sin excepción, hablaba de amor, de Shakespeare sólo tenía uno o dos, y ambos eran dramas históricos, ni una sola novela romántica o maravillosa, sin embargo, los libros ahí eran en su mayoría eso, novelas románticas.

—Libros interesantes— comentó ligeramente a la vez que levantaba una acerca de un vampiro y su enamoramiento con una muchacha de pueblo.

—Gracias al cielo ya no leo esa basura— se burló Hermione, mientras se tendía en la cama, con mucha cautela y dejaba caer su cabeza en la almohada, lo menos que quería era revivir todas aquellas ocasiones en las que se había tirado en su cama a llorar por días enteros.

—Son historias muy bonitas— escuchó el comentario de su amiga a lo lejos, hundiéndose en un sueños profundo, no había podido dormir muy bien en el vuelo.

—A veces quisiera poder entender lo que te lastimó tanto, Hermione— fue lo último que escuchó de su amiga.

Se despertó repentinamente, agitada, con el corazón latiéndole a mil y una ligera capa de sudor en su frente, no podía recordar bien qué había soñado, pero estaba segura de que no había sido muy bueno, o tal vez sí.

— ¿Hermione? — Llamó la familiar voz de su mejor amiga, entrando a la oscura habitación, encendió las luces blancas de navidad y se acercó a ella— Tu madre dice que ya debes prepararte para la fiesta.

La muchacha se alarmó un poco al escuchar eso.

— ¿Cuánto tiempo dormí? — Fleur sonrió ante la molestia de su amiga.

—Casi tres horas, no te angusties— se adelantó a los reclamos de la castaña— Yo ayudé a tu madre con los preparativos y además vino una mujer muy amable a echar una mano, todo está listo y sólo te pide que te arregles y le ayudes a recibir a los invitados.

Refunfuñando, Hermione se introdujo en el cuarto de baño que había en su dormitorio y que sus padres habían añadido después de notar lo incomodo que era para la joven el compartir el de ellos.

Media hora después, Hermione salía de su habitación con todo el porte que había adquirido en los últimos años, caminar sobre unos tacones era lo más sencillo para ella, su ropa tenía todo el gusto que podía conseguir los millones que ganaba al año, y su melena y maquillaje ya eran permanentemente impecables.

—Cariño, te ves preciosa— Alabó Mónica, al ver el vestido negro y sencillo, pero muy elegante de su hija, los botines altos y el cabello suelto y ondulado que la rodeaba como una nube.

—Gracias, mamá, tú también te ves hermosa— le aseguró la muchacha, pero así era Mónica, podía vestir ese vestido blanco y recatado que llevaba en ese momento, o los viejos pantalones bombachos y las camisas hippie que solía usar, y seguir viéndose increíble, era algo natural en su madre.

—Los invitados llegaron— anunció Fleur, quien vestía un conjunto de falda y saco gris perla, su rubio cabello lo llevaba en una coleta alta y su maquillaje resaltaba los bellos rasgos de la joven, Wendell venía detrás de ella.

—Hija— saludó simplemente el hombre, Hermione se acercó para recibir un corto y torpe abrazo por parte de su progenitor y le plantó un beso en la mejilla.

—Hola, papá— sonrió ligeramente ante el sonrojo de su padre.

—Te hemos echado de menos, niña— fueron sus palabras, antes de retirarse con su esposa colgada de su brazo hacia la puerta, por donde empezaban a entrar los invitados.

Fleur se unió a ella en la puerta, asintiendo amablemente a las personas que la saludaban después de que Wendell y Mónica la presentaran.

Todos, o al menos la mayoría, veía con obvia sorpresa a la joven hija del matrimonio, apenas podían relacionar a la antigua muchachita que usaba sudaderas amplias y tenis con la mujer que se presentaba ante ellos, y más porque hasta en aquel pequeño pueblo podían reconocer al rostro de varias campañas publicitarias de las marcas más reconocidas.

— ¿Hermione? — la muchacha se tensó al reconocer la suave voz de aquella mujer, ¿cómo alguien podría olvidar a Narcisa Malfoy?

—Narcisa— saludó afablemente su rubia amiga a la mujer que la veía entre sorprendida e impresionada.

—Buenas noches, señora Malfoy— saludó cortantemente la castaña, sorprendiendo a su amiga y a la mujer, pero Fleur lo entendió, era el mismo tono que tomaba su amiga cuando no quería tener nada que ver con su interlocutor, varias veces había escuchado ese mismo tono con algunos fotógrafos y representantes.

—Qué agradable sorpresa el verte— sonrió cariñosamente la Hermione mujer, dirigiendo sus ojos grises y cálidos hacia la joven.

Hermione hizo su sonrisa de siempre, seca y sin emoción real, y asintió a las palabras de la señora, Lucius Malfoy, su esposo, notaba la creciente incomodidad de Hermione y el empeño de su mujer a hacerla hablar, así que decidió intervenir.

—Es un gusto verte de nuevo, Hermione— sonrió diplomáticamente el hombre y continuó su camino hacia el interior de la casa con su confundida esposa de la mano.

Fleur no dijo nada, y tampoco sacaría el tema a relucir, conocía lo suficiente a su amiga como para saber que no ganaría nada con eso.

Para fortuna de ambas, la velada se llevó a cabo sin más inconvenientes, cortaron el pastel, bailaron un poco, le entregaron sus regalos a Mónica y expuso su más reciente creación, una pintura surrealista donde plasmaba sus diferentes facetas a lo largo de sus cuarenta años.

Poco a poco las personas comenzaron a irse, uno que otro pidió una fotografía con la joven, felicitaron de nuevo a la cumpleañera, y se fueron. Los últimos en irse fueron Narcisa y Lucius Malfoy.

—Ha sido una fiesta encantadora, Mónica, me alegra haber podido ayudar— comentó Narcisa, Hermione entendió en ese momento que la mujer de la que hablaba Fleur había sido ella.

—Te lo agradezco mucho, Narcisa— sonrió Mónica, un tanto achispada por la bebida, ambas mujeres se besaron las dos mejillas y se despidieron de los esposos de cada una.

—Hermione, avísanos cuando vengas a Chicago de nuevo, me gustaría mucho poder conversar contigo— se despidió la señora Malfoy, apretando en un abrazo repentino a la estupefacta castaña.

—Hasta luego, señora Malfoy— Narcisa sonrió tristemente al comprender que detrás de su cortes pero fría respuesta, estaba una negativa a su petición, igual no menguaría en sus planes.

Detrás de todo el maquillaje, la ropa de marca y las frías sonrisas, Narcisa Malfoy pudo ver a la muchachita de diecisiete años que había aparecido en la puerta de su casa, mojada hasta los huesos pero con la sonrisa más soñadora que jamás hubiera podido ver.

Cuando por fin se quedaron solos, Hermione pudo respirar con tranquilidad por primera vez desde que los Malfoy habían entrado por la puerta de su casa, el pensamiento de que alguno de sus hijos pudieran atravesar en cualquier momento el umbral del lugar y reconocerla la tenía con los nervios a flor de piel, gracias al cielo eso no había ocurrido.

La muchacha se despidió de sus padres, abrazó afectuosamente a su madre, evitó la mirada interrogante de su amiga y huyó hacia su habitación, donde los recuerdos y las pesadillas no le dejaron conciliar el sueño apropiadamente.


Hola, quiero agradecerles todo el apoyo que mostraron en el primer capítulo, me entusiasman mucho, espero les agrade el segundo capítulo, el largo de los capítulo varía. Besos.

Reviews?

Love always, An.


Bueno, parece que hasta el momento este fic fue el que ganó… :)

En esta historia, Lucius no es… malo… ya saben, no es como acostumbra ser siempre…

Y, aunque sea algo confuso, Chicago va a aparentar ser más pequeño de lo que es, sé que es una ciudad bastante grande en la realidad, pero aquí va a ser más bien algo así como un pueblo, pueden imaginar que es un pueblo cercano a Chicago si les ayuda… :P

5 reviews = actualización INMEDIATA!

Con amor,

Old Brown Shoe :3