Recordaba perfectamente el día que se conocieron. Pasara mucho tiempo, pero en apariencia seguía siendo igual de risueño, aunque en el fondo Kennen sabía que nadie conseguía quedar indiferente allí. Todo el sistema que organizaba el día a día de los "héroes" estaba muy bien planteado, pero aun así, uno acababa por percibir el pesar de los años, aunque no hubiera forma alguna de medirlos. El cuerpo no envejecía pero la mente se deformaba y su conciencia mutaba y se corrompía, adentrándose poco a poco en terreno de la locura. Pero en apariencia no pasaba nada, todos evitaban hablar de sus vidas pasadas y del tiempo que llevaban allí; muchos ya casi ni lo recordaban. Dormitaban, abrigados por una rutina imperturbable.
Kennen pensaba en esto mientras descendía velozmente en la más absoluta penumbra por la estrecha escalera de caracol. Los yordles habían penetrado hasta el final del primer subnivel y aparentemente no existía en él ningún tipo de vigilancia o sistema de protección. Era todo tan extraño... ¿realmente era inteligente adentrarse solo en un sitio así? Pero él confiaba en sus habilidades silenciosas, en su velocidad y en su astucia si se encontraba con algún inconveniente. Estaba en continuo contacto con sus compañeros y le habían proporcionado artilugios muy útiles en caso de necesidad, además... allí no se podía morir ¿qué era lo peor que podía pasarle? Concederle la muerte hubiese sido un premio demasiado dulce como para ser cierto...
Al poco rato de comenzar el descenso, las paredes de piedra desaparecieron dejando desnudo el esqueleto cobrizo de la escalera de caracol suspendido en el aire. El lugar no estaba completamente a oscuras, pero al yordle se le hizo imposible determinar la dirección de la que provenía la tenue iluminación. Era lo suficientemente intensa como para distinguir la profundidad de las cosas a su alrededor y se reflejaba, dándole cierta fosforescencia, en el metal de la escalera. Se había revelado para él una cueva grande como un mundo subterráneo, terriblemente extenso y la distancia a la que aún se encontraba del suelo era proporcional a la un edificio de unos cuantos pisos.
Pronto descendió a la altura en la que comenzaban a brotar del aire las colosales estanterías de piedra y se adentró en lo que desde arriba le había parecido un laberinto, pero él tenía los planos bien grabados en la mente por lo que no le sugirió impresión alguna.
Más y más paredes de piedra, había llegado al suelo y eso era lo único que veía por ahora. Muchas de las calles acababan por desenbocar en plazoletas en las que en el centro había monstruos esculpidos en piedra, que recordaban demasiado a las torres de los campos de la justicia. Cada una de aquellas bestias tenía en sus zarpas colgado un candelabro con una mortecina luz verdosa.
Mientras buscaba la entrada al siguiente subnivel, se dio cuenta de que por el mismo camino que él seguía se deslizaba una húmeda corriente de aire que parecía envolverlo todo.
(...)
El polvo se acumulaba en pos del macizo portalón, arrastrado por aquel cálido aliento. Estaba cerrado pero Veigar y Heimerdinger ya lo habían previsto y le equiparan adecuadamente. Más allá no habían traspasado nunca...
La gema/llave en su bolsillo era pequeña, pero cuando toco la superficie de la cerradura se expandió como un fluido sobre su recipiente. La puerta cedió y Kennen solo tuvo que empujarla, no sin dificultad, y siguió descendiendo por una segunda escalera de caracol.
(...)
En aquel siguiente subnivel los corredores eran más estrechos y el techo no estaba abierto si no bajo y cerrado, dando la impresión de estar recorriendo largas galerías. Costaba un poco respirar, la corriente húmeda se hacía más intensa. Cada cierto tiempo podía verse, entre las estanterías de gemas, asomar cabezas de gárgolas que sujetaban entre sus fauces pequeños candelabros con la misma apagada luz verdosa, por lo demás, estaba todo sumido en la completa oscuridad.
Como podía crear chispas con su cuerpo, la escasa visibilidad no sugirió ningún problema y al no costarle un verdadero esfuerzo atravesar el lugar sus pensamientos volvieron a perderse sin remedio ¿Hasta donde serían capaces de llegar? En el fondo no creía que todo aquello acabase funcionando, ellos no eran nada comparado con el poder de los dueños de runnaterra, de ninguna manera podía resultar tan fácil. Teemo tenía un increíble poder de persuasión y era un experto manipulador, era astuto, había conseguido unir a todos los yordles en su beneficio y los había contagiado de su ilusorio sueños de libertad, pero él lo conocía demasiado bien, o creía hacerlo, y en el fondo sabía que estaba tan inseguro como todos los demás. Lo que le perturbaba en aquel momento era reconocer que él no se estaba arriesgando para sí mismo, si no por Teemo y eso le frustraba ¿Merecería la pena? Su amigo nunca era sincero, en el fondo no sabía que pensaba realmente de él, si lo consideraba un auténtico amigo o solo se aprobechaba de la situación y lo manipulaba como a todos los demás. Se sentía como un completo idiota. El lugar en el que se encontraba era una perfecta materialización de su estado de ánimo. Tal vez él era más fácil de manejar que el resto ¿Por que si no alguien tan sociable que podía ganarse a cualquiera preferiría confiar en él que no era nadie?
Kennen seguía corriendo sin descansar, llevaba horas. Le habían preguntado varias veces con el audífono por su estado y él contestara con sequedad, no le apetecía hablar, estaba demasiado ocupado dándole vueltas a sus verdaderos fantasmas, aunque no sirviese de nada y el lo sabía, solo para hacerse daño a sí mismo. La humedad se le calaba en los huesos...
La bestia cada vez tenía más hambre y el olor del pequeño yordle le enloquecía, hacía mucho que no se alimentaba bien, pero aún era pronto, un nivel más y se lanzaría encima de él. Sería su sombra hasta entonces, irónico... Un bocado tan apetitoso que sin darse cuenta había comenzado a salivar.
