"—Vamo, vamo, papi, canzme, canzamereía una dulce y pequeña voz a pocos metros de la morena que yacía recostada en el verde pasto de un hermoso prado rodeado de flores que despedían el aroma más relajante del universo.

Ese era su lugar, donde podía ser ella misma, sin dolor, sin rencores ni corazones rotos, solo amor y la razón de su existencia a pocos metros de ella.

Te enconté, mamiunos brillantes ojos verdes la veían, mientras sentía su cuerpecito haciendo peso sobre el de ella, sin embargo permaneció con los ojos cerradosPapi, mami etá domidasusurró el pequeñito en voz confidencial hacia el hombre que llegaba a su lado con una hermosa sonrisa de amor.

¿Dormida, eh? Quizá quiera que la despertemos con un ataque sorpresa de cosquillas antes de que la joven mujer pudiera siquiera abrir los ojos y protestar, los dos pares de manos estaban torturándola, haciéndola reír hasta hacerla llorar.

Me rindo, me rindochilló entre risas y lágrimas la morena.

¡Mami depertó!celebró el pequeñín de cabello caoba y ojos grises, iguales a los de su padre.

Ajá, desperté y ahora me vengaré por ese ataque sorpresael pequeño comenzó a correr por el lugar mientras su madre lo perseguía, a los pocos metros logró alcanzarlo y se reunió junto con el hombre que los veían con intenso amor en sus ojos.

Entre los dos hicieron reír hasta llorar al pequeño y después, madre e hijo, se aliaron en contra del padre, quien logró capturarlos entre sus brazos y detener el ataque de cosquillas.

La tarde caía sobre el lugar, dándole un nostálgico pero al mismo tiempo mágico toque a aquel prado que había presenciado tantos momentos entre la pareja.

Después de un ligero almuerzo, más risas y besos entre los padres, envolvieron en una cobijita al pequeño niño de solo tres años y lo dejaron reposar en medio de los dos sobre otras dos mantas que daban un ligero colchón.

La mujer y el hombre ahí se veían directo a los ojos, sintiendo la paz que su hijo les transmitía, en un momento, la combinación entre la belleza del lugar, del momento, la de su hijo y esposo, la morena no pudo evitar una pequeña lágrima de felicidad.

Te amo, Hermionesusurró el rubio, mientras se inclinaba sobre su cuerpo evitando aplastar a su pequeño, y besaba con devoción los labios de su esposa.

Te amo, Dracorespondía la joven, mientras más lágrimas bajaban por su rostro y tomaba con ambas manos el de su marido para imprimir con todo su fuerza, el gran amor que sentía, y sintió siempre por aquel hombre."

En ese momento Hermione fue expulsada de su sueño hacia su apartamento.

No había prado, ni flores, ni un hermoso niño de bellos ojos, ni Draco. Un sentimiento de felicidad se impregnó en su pecho para dar paso casi inmediatamente a la desesperanza, no había nada, nunca lo habría, porque Draco nunca la había amado.

Al otro lado de Nueva York, Draco era arrebatado de sus sueños dulces al lado de Hermione por una guerrilla fuera de la habitación de huéspedes en el apartamento de Luna Lovegood, donde se alojaba.

En un principio había insistido en mudarse a un hotel, insistencia que paró en el momento en que se dio cuenta que ahí, en el pequeño lugar de la rubia extraña, había cientos, sino miles de fotos de Hermione, pero no las que él como maldito obseso había recolectado de portadas e internet, eran auténticas, de sesiones en las que sonreía dejando de lado su aire de diosa, tomando uno más natural y juvenil, unas mal hechas, incluso unas donde ella hacía caras graciosas, y otras… Donde era solo ella, hechas por Luna por supuesto, pero para ellas, hechas entre amigas.

Hermione leyendo con un viajo pantalón de pijama y despeinada, de fiesta por la ciudad, con una sustancia extraña y verde en la cara y pepinillos en los ojos, durmiendo y con unos bigotes pintados, disfrazada de calabaza, con una peluca rosa, con un cachorro entre sus brazos, sonriendo simplemente…

— ¿Narcisa nunca te dijo que es de mala educación husmear en las cosas ajenas? — La voz de Luna hizo sobresaltar al joven que dejó caer las fotos que tenía en su mano.

—Narcisa me enseñó un montón de cosas que seguramente ya olvidé— los ojos de la chica brillaron buscando algo en los de él, pero Draco no supo exactamente el qué.

— ¿Qué? — exteriorizó su duda.

—Estoy pensando en qué hacer— Fuera de la habitación, los gritos de Bill y Fleur se escuchaban más y más.

—Parece que no dejo de causar problemas— suspiró el rubio, Luna lo miró con una ceja alzada, ella conocía bien a los tipos que se conmiseraban en sí mismos, James era uno de ellos.

— ¿Tienes pena por ti mismo, Draco Malfoy? — La pregunta descolocó al joven, sin embargo sabía la respuesta.

—No, pero Bill no tiene por qué sacar problemas con su nueva flamante novia por algo que yo jodí hace muchos años, es algo que tengo que arreglar por mí mismo— aseguró con convicción.

— ¿Y cómo vas a hacerlo? — Cuestionó de nuevo la chica, Draco estaba casi seguro de que todas esas preguntas y miradas formaban parte de una prueba que no estaba seguro de aprobar.

—No tengo la más mínima idea, pero algo haré, no estoy dispuesto a perder de nuevo a Hermione por mi propia estupidez— los ojos de la muchacha relampaguearon, el joven rubio esperaba que aquello fuera una buena señal.

—Bien— con esto, salió de la habitación.

Por inercia el rubio la siguió hasta la sala donde ella se paró con su uno sesenta, aumentando unos doce centímetros de tacón, apoderándose del lugar como solo ella podía hacerlo, porque era suyo.

—Ayudaremos a Draco— declaró a los presentes.

Como llevado por un resorte, Neville se levantó del asiento en donde se había recostado a observar como su hermano y Fleur discutían, se puso tan recto como un soldado, quizá eso era para Luna.

—Estás loca si crees que voy a ayudar a este desgraciado— bufó la joven rubia mientras se acomodaba en los fornidos brazos de su novio.

—Fleur— se quejó el joven, que sin embargo, rodeo más férreamente la pequeña cintura de la chica.

—Lo harás, Fleur, a menos que quieras ver a tu mejor amiga sufriendo por el resto de su vida— contraatacó la rubia, unos ojos como dagas se clavaron en ella.

—Él es la razón de su dolor— le recordó, Luna concordó en eso con ella asintiendo.

—Lo sé, pero también sé que es el único que puede reparar lo que se rompió en Hermione— todos callaron ante esas palabras— Además, se aman— concluyó la joven, encogiéndose de hombros como si fuera un detalle menor.

La aseveración de que Hermione todavía siguiera amándolo y no lo odiara como ella misma se lo había dicho, creó un calor que amenazaba con expandirse por todo el cuerpo de Draco, si Hermione lo amaba como él a ella, lucharía, por supuesto que lo haría, daría hasta el último aliento que tuviera para que su amor venciera.

—Fleur— llamó el joven rubio, envalentonado por las palabras de su nueva mejor amiga, Luna— No te pido que me perdones por lo que hice, yo tampoco puedo perdonarme a mí, pero te pido, por el amor que le tienes a mi hermano, que me ayudes a que Hermione me escuche, que me dé una oportunidad, ni siquiera te pido que me apoyes con ella, sólo una oportunidad, es lo único que necesito, por su felicidad, por la de ambos.

La rubia miró con desdén a quien se supondría sería como su hermano, había apelado al amor que sentía por las únicas dos personas que la había hecho sentir como en casa, estaba jugando sucio, ambos lo sabían, pero al parecer, y Fleur lo entendió, ese hombre estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo, incluso si tenía que arrastrar a sus hermanos con él.

—Está bien— la sonrisa brillante de Bill, Neville, que no le caí tan mal, y Luna, la hicieron querer ahorcar a Draco— Pero un error, una lágrima, una sola palabra de Hermione y se acabó, te cortó las pelotas y me la llevo hasta Tombuctú o donde no puedas encontrarla, ¿está claro? — ambos, gris y azul, se encontraron en una lucha en donde finalmente acordaron que solo Hermione importaba, su odio podía esperar.

—Sí— Fleur asintió, pidiendo a todos los santos, cielos y mundos alternos que no se arrepintiera de lo que acababa de hacer y que ese demonio no volviera a hacerle daño a su amiga, porque aunque estaría feliz de castrarlo y ocultar bajo una roca a su mejor amiga para que no pudiera encontrarla, no le gustaría verla pasar por el mismo dolor una vez más, menos con el mismo desgraciado de antes.

Draco para sus adentros, esperaba que Hermione entendiera, que le diera una oportunidad de redimir sus errores, de hacerlo bien esta ocasión, que viera en sus ojos lo mucho que la amaba y que siempre la amó, internamente también se aseguró que, aunque esperaba que todo saliera bien, no tuviera que ir a buscar a su ninfa hasta los confines del mundo, aunque sin duda, lo haría, castrado o no.

En su habitación, aunque se sentía protegida y acogida como antes, Hermione no podía dejar de pensar en aquel futuro que Draco y ella pudieron haber forjado juntos, si tan solo él la hubiera amado un poco como ella a él, todo hubiera sido diferentes, sería como aquellas mujeres de sus libros, insensatas y tontas que dejan todo por el todo por el ser amado, sería Julieta mil veces enterrándose un puñal para estar a su lado, sería Desdémona dejando que Otelo la matara por celos, sería cualquiera, por Draco, si sólo… Él la amara.

Por el resto del día fantaseó y trató de llegar de nuevo a aquel lugar donde la pequeña replica de Draco, pero con su cabello caoba, jugaba y reía a su alrededor y donde ella podía besar y ver el amor de su hombre en sus ojos.

Su teléfono la sacó de su ensueño, era un mensaje de Luna, quien le pedía se vieran en una hora en su estudio, le pedía que fuera vestida como más le apeteciera y que no olvidara que la quería.

A pesar de la suspicacia que le creo aquel mensaje, un poco demasiado no Luna, se vistió con unos jeans, una sudadera holgada, sus viejos converse y se dejó suelto su cabello castaño, así, al natural frente a su espejo, casi parecía aquella chiquilla de Chicago, "Ratonella", suspiró, suponiendo que de todas formas Luna después la maquillaría, ya que Oliver se encontraba solo sabía él donde.

Como Garrett no se encontraba, Hermione tomó el pequeño Mini Cooper azul vibrante de Luna y salió rumbo al estudio.

—Yo me quedó aquí— anunció Draco, desconcertando a todos.

—Debemos ir a buscar un avión— objetó Neville, que no presentía nada bueno.

—Los veré en el aeropuerto, no tardaré, olvidé que debía verme con un último contacto por aquí cerca— El joven deslizó el celular de Luna de nuevo en su bolsa, tomó sus llaves que estaban adornadas con un colgante de brillantes colores, y bajó de la camioneta donde viajaban todos.

El plan original era que regresarían a Seattle, arreglarían sus asuntos para ausentarse por un tiempo y regresarían para intentar hacer que Hermione escuchara a Draco, pero él no tenía tiempo para eso, necesitaba ver a Hermione, a su ninfa, a su ratoncito, y pronto.

El sonido de un mensaje llegando a su celular hizo que saltara, esa reacción de sorpresa solo podía causarla Luna.

"No creas que no he visto lo que hiciste, mi vida es mi celular y no puedes tocarlo sin mi permiso, que sea la última vez. Pd. No lo arruines esta vez o yo también te arrancaré las bolas. L."

Ese era el mensaje, al parecer, su discreción no era nada en comparación con los sentidos de esa loquilla rubia, bueno, al menos le había deseado suerte, o algo parecido.

A unas cuantas calles se encontraría de nuevo con el amor de su vida, y de ahí en adelante… Se marcaría el curso de sus vidas.


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