Draco se encontraba sentado en una de los altos bancos que había en el estudio de Luna, no había querido tomar ni mover nada, ni siquiera se había atrevido a encender las luces, el lugar parecía poseer un aura en la que solo Luna podía dominar y eso ponía al hombre rubio un tanto nervioso, Hermione iba retrasada y él se sentía a cada momento más ansioso.

Hermione esperó pacientemente a que el ascensor se abriera, esperando que su amiga no se molestara con ella por la tardanza, se había olvidado de comer en todo el día mientras fantaseaba con Draco Malfoy que hasta se había olvidado de su hambre, pero de camino al estudio la había recuperado.

Al bajar en el piso donde era el estudio de Luna, la morena se sorprendió de no divisar las luces que siempre estaban encendidas, ella bien sabía que su amiga detestaba la oscuridad.

Cuando Draco vio abrir la puerta del lugar a Hermione, se sintió de nuevo ese chiquillo de secundaria que no sabía ni lo que hacía, y temió, temió volver a arruinarlo todo con ella. Se veía tan sencilla, sin maquillaje alguno, su cabello lacio y suelto, su ropa cómoda y holgada, era su Hermione, aun sin todo el adorno que le daba la vida de modelo, era su ninfa.

— ¿Luna? — su voz suave llamando a su amiga lo hizo levantarse del lugar en el que permanecía estático.

—Hermione— a pesar de la oscuridad, en la que apenas podía alcanzar a ver una silueta alta que claramente no era la de Luna, era la voz, la esencia que perfumaba todo el lugar, sabía que era él, no podía ser otro que Draco Malfoy, y Hermione levantó sus murallas inmediatamente.

— ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Luna? — preguntó rápidamente ella, sin ningún atisbo de emoción en su voz, aunque los nervios la estaba matando por dentro.

—Me alegra que hayas venido— Draco trató de acercarse en la penumbra, pero la joven, adivinando su presencia, se alejó un paso, rompiendo el corazón del rubio.

— ¿Dónde está Luna? — volvió a preguntar la muchacha, rodeando su cuerpo con sus brazos en un intento de protegerse.

—Con mis hermanos— respondió el rubio, intentando encontrar alguna señal que le dijera que aquella mujer que lo veía con desconfianza entre las sombras aun lo amaba.

— ¿Qué haces aquí? — preguntó con frialdad.

—Tenía que verte, no podía irme sin intentar hablar contigo antes— "Irme" la palabra resonó en la cabeza de la morena provocándole un dolor irracional que aguó sus ojos inmediatamente, ella bajó la cabeza para ocultar su rostro, aunque no era necesario se decía, él no podía verla entre esa oscuridad.

Pero Draco sí podía hacerlo, podía verla claramente, era como un rayo de luz que iluminaba aquel cuarto amplio y oscuro, era la luz que alumbraba su vida, su guía en esa vida que él mismo había creado y de la cual ahora no podía salir si Hermione no estaba en ella.

—No tenemos nada de qué hablar, Draco— su nombre laceró como el ácido los labios de Hermione— ¿Es que no entiendes que te quiero lejos de mí y de mi vida? Te odio— Más que tratar de convencerlo a él, Hermione intentaba asegurase a sí misma que eso era lo que quería, eso era lo correcto, lo mejor para su corazón maltrecho y su autoestima hecha polvo.

—Hermione, por favor— suplicó el rubio, intentando acercarse de nuevo a su ninfa, a Hermione que se alejaba un paso más de él, sentía su corazón punzándole de dolor, no creía poder resistir una vez más escuchar esas palabras de su boca "Te odio", preferiría mil veces un hierro al rojo vivo atravesándole el pecho que esas palabras venidas de ella.

—Te odio, Draco— Como si la chica se hubiera dado cuenta de cuánto herían esas palabras al joven rubio las repitió— Te odio, te odio, te odio— las repitió como un mantra, sin darse cuenta de que su acompañante se había quedado clavado al piso, presa del dolor y la angustia.

—Por favor, Hermione, no lo digas más, te lo suplico— fueron esas palabras que la hicieron detenerse.

Hermione levantó su rostro intempestivamente y vio al hombre a tan solo un metro de distancia de ella, no podía ver su rostro crispado de dolor y sus ojos anegados en lágrimas, pero podía sentir su calor, su altura, había crecido al menos otros diez centímetros desde la última vez que lo había visto, su aroma que la embotaba siempre, y la energía que corría a través de ella como antaño lo hacía cada vez que estaba junto a él.

—Te lo suplico— volvió a decir Draco, con voz rota, dándose cuenta de que aquella palabra había causado cierta reacción en la muchacha, en su chica que parecía un ratoncito de nuevo, asustada y sin saber qué hacer, ahora que estaban juntos, solos, sin la protección de sus amigas y ni siquiera la de la luz, Hermione se sentía más desprotegida que nunca.

—Hermione— susurró, más cerca de su rostro de lo que la morena esperaba, tampoco esperaba quedarse ahí, turbada por los viejos recuerdos y sentimientos, y por lo nuevos, pues sentía esa vibración recorrer todo su cuerpo más intensamente que antes, como si los cinco años en los que no supo nada de él llegaran de repente.

—No me toques— dijo tajantemente, adelantándose a Draco, quien tenía su mano a solo unos centímetros de la joven, el rubia podía sentir el calor y el temblor que irradiaba el cuerpo de Hermione a poca distancia de él.

Hermione se separó un poco más de nuevo, aferrándose a los cinco años que no supo nada de él, en los que su recuerdo la atormentó, en los que aprendió a vivir sin su pasado, sin las burlas ni los apodos denigrantes, cinco años en los que luchó y se sobrepuso a sus inseguridades, en los que esa mirada burlona y las palabras hirientes que un día le lanzara el amor de su vida se convirtieran un aliciente para continuar y superarse, en los que se convirtió en una nueva Hermione Granger, una nueva mujer, no la niña ratón de la que todos se burlaban, una nueva persona que nada tenía que ver con Draco Malfoy, él ya no tenía ningún poder sobre ella, a pesar de lo que su corazón quisiera decirle.

Se armó de valor, de coraje, de dolor y levantó su rostro, con su mano extendida logró llegar al interruptor de la luz y encenderla, cegando momentáneamente a Draco, ese no era su lugar, ahora las riendas las llevaba Hermione, estaba en su territorio, un estudio en el que pasó largas horas reforzando su coraza entre cientos y cientos de fotografías, maquillaje, perfumes caros, muchos agentes, ropas finas, una modelo.

—Quiero que desaparezcas de mi vida, Draco Malfoy, te desprecio, maldigo el día en el que tú y yo nos conocimos, no significas nada para mí, ahora tú eres nada— el rubio pudo reconocer las palabras que él le dijo años atrás, y sabía que las merecía, cualquier dolor que pudiera haber sentido en ese momento era nada a comparación del que sabía ella había sentido.

—No puedo, Hermione, soy egoísta lo sé, pero no puedo desaparecer de tu vida, porque tú eres toda la mía— Draco podía sentir lo desvalido que se encontraba, lo vulnerable que se estaba demostrando ante aquella ninfa fría y distante que lo veía sin ninguna compasión en sus bellos ojos marrones— Te amo, tú lo eres todo, todo lo que dije en el pasado fue por estupidez, cometí muchos errores y no sabes lo arrepentido que estoy; pero yo no maldigo ni un solo día o momento que pasamos juntos, aquel día en el prado…— Draco pudo notar la agitación en la morena al mencionar aquel día en el que se había entregado a él— Fuiste mía y yo fui tuyo, los dos juntos, como siempre debió ser.

El rubio pudo reconocer por un segundo en los ojos de la morena a su pequeña niña indefensa, perdida y confusa, pero solo fue un momento antes de que esos ojos marrones lo vieran con crudo y llano desprecio.

— ¿Ese día? — La burla tiñó los ojos de Hermione— No seas ridículo, ese día no significa nada para mí, no eres más que uno en la lista, ¿crees que una modelo como yo podría estar todo este tiempo sin un hombre en su cama? Qué arrogante eres, Draco Malfoy, no has significado más que uno de los otros tantos, así que no te creas tan importante— Mentía, pero eso él no lo sabía y ella había pasado ya tanto tiempo fingiendo y enmascarando tantas cosas que era una experta en mentir.

Draco lo veía todo rojo, no podía ponerles nombre ni rostro a los hombres que hubieran estado con ella, pero los odiaba, ¿cómo se habían atrevido a siquiera tocarla cuando él había sido el primero? Era cierto que él no había permanecido célibe en todos esos años y cierta parte de él tampoco se sorprendía de que ella no lo hubiera hecho, pero sus celos, su amor por ella, la envidia de no haber sido él quien estuviera entre sus brazos, en su corazón, lo carcomían por dentro.

—Estás mintiendo— Draco quiso creer aquello con todas sus fuerzas, que ella estaba mintiendo, que no era verdad.

— ¿Tú crees eso? — En la mueca burlona y los ojos arrogantes de Hermione no pudo descifrar si era mentira o verdad todo lo que le había dicho.

—Tú me amas, y yo te amo— aseguró el joven con vehemencia, sin apartar los ojos verdes de los de ella.

Hermione sintió algo vibrando lleno de dicha y dolor al mismo tiempo en su interior, ¿cómo se atrevía? Ella no creía una sola palabra de lo que decía, así que se obligó a tragarse sus sentimientos y sobreponer la dureza que había construido por su propio bien.

—Cree lo que quieras, pero no hay otra verdad que esta— Hermione respiró profundamente— Te odio, Draco Malfoy, y no quiero verte nunca más en mi vida— cuadró sus delicados hombros, levantó su rostro y con una última mirada de despreció se dispuso a salir.

—No voy a rendirme, ¿sabes? — Draco había sobrepuesto a su dolor la convicción que lo habían llevado hasta ese lugar, la convicción de recuperar a Hermione. — No me importa cuánto tarde, yo sé que me amas y que te amo más que a nada, voy a luchar por ti, Hermione.

Hermione no se volteó, se mantuvo firme y contuvo el sollozo que la estaba ahogando, no se dio la vuelta ni dijo nada más, no confiaba en su voz, cuando estaba segura de que no tendría nada más que decir, se fue, salió corriendo del lugar dejando a Draco dentro del estudio, abatido y con un peso enorme en su pecho.

El joven rubio se sentía desolado, había escuchado más veces de las que podía soportar aquellas palabras malditas, su mirada fría y distante, su arrogancia, sólo un poco de lo que ella había recibido de él años atrás.

Sin embargo, también estaba a muy poca distancia de ella, había sentido su calor cosquilleándole las yemas de los dedos, había sentido el temblor de su cuerpo contagiando al suyo, y esa vieja y añorada energía envolviéndolos a los dos, renovada y más fuerte que nunca.

No podía perderla, no podía darse por vencido, ahora que la había vuelto a ver de verdad, que habían compartido y habían declarado los términos en los que lucharía cada uno, estaba más convencido que nunca de que su amor era verdadero, que no era un capricho como había llegado a pensar en un ínfimo segundo de sus horas de reflexión.

Amaba a Hermione Granger, esa joven hermosa y fuerte que se hallaba debajo del maquillaje elaborado y las marcas de ropa, esa hermosa mujer que había renacido de entre las cenizas de una chica insegura y maltratada por adolescentes estúpidos e inmaduros.

Amaba a Hermione Granger, con todo su pasado, con todo su presente, y él sería su futuro, de eso se iba a encargar él mismo, pero primero tenía que arreglar algunas cosas, y para eso, necesitaba ayuda.

—Luna, creo que ya sé lo que haré— le aseguró a la joven Brandon en cuanto ésta contestó a su teléfono.

Bueno, esto debe ser interesante— contestó la muchacha con cierto aire maligno que impresionó al rubio.

—Te veré en el aeropuerto— terminó la llamada sin dejar que contestara y volvió a marcar otro número.

¿Draco? — contestó la dulce y siempre preocupada voz de su madre.

—Hola, mamá, me preguntaba… ¿Te gustaría venir a Nueva York para un desfile de modas? — con una idea en mente, Draco cerró el estudio de Luna y pilló en primer taxi que lo llevara al aeropuerto.


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¿Qué hará Narcisa en Nueva York?

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