La refulgente luz de aquella mañana atravesaba con sensibilidad los temblantes párpados del agotado moreno, acompañada del habitual sonido que su móvil diariamente emitía, arrastrándole de un vacío sueño a una hastiada realidad, por lo que no dudó en alcanzar el suelo con sus gélidos pies y proceder el exacto orden de pasos para terminar atrapado entre las cuatro paredes que formaban su plomizo despacho.

—¡Hasta luego Sr. Yamazaki, que tenga un buen día! —pronunció Nagisa, uno de los asistentes en el cuidado del hogar de Sousuke, quién continuó su camino desatendiendo su presencia.

El día no iniciaba demasiado mal, pero, para su suerte, tan pronto como llegó al garaje tan sólo se encontró con una desierta habitación. Olvidó completamente que el vehículo le resultaba inservible en ese momento, ya que todavía permanecía aparcado y averiado en una zona en torno al edificio de la empresa donde los trabajadores estacionaban sus automóviles. Desatendió por completo comunicárselo a la compañía, pues se distrajo demasiado con aquel alegre joven -o repugnante, según diría Sousuke-, con el que en la calle se encontró.

—¡Mierda! ¡No me jodas ahora!

Sin duda alguna tomó su móvil del bolsillo de la chaqueta que llevaba en la mano y llamó a su fiel amigo, quién, tras explicarle la situación, accedió amablemente a llevarle junto a él al trabajo.

—Me has hecho esperar mucho, Princesa —dijo el pelirrojo que aguardaba en el costoso coche con su habitual pícara sonrisa.

—Disculpa Rin, no he logrado pegar ojo en toda la noche —procuró excusarse mientras se sentaba en el asiento libre del vehículo, al costado de su socio.

En cuanto los ojos del chico de afilados dientes se dirigieron hacia la mirada sombría y exhausta de Sousuke, le invadió un sentimiento de incomodidad, arrebatando de inmediato la sonrisa de su rostro.

—No te preocupes —le respondió este, algo extrañado, debido a la inusual actitud que presentaba su compañero—. Últimamente apenas duermes, ¿qué te sucede?

—¡Precisamente eres tú quién me suplica que te lleve a tu casa las carpetas que se te olvidan en tu oficina cuando te vas! —vociferó el ofuscado moreno, dirigiendo, por primera vez en aquel día, la mirada hacia el pelirrojo que había iniciado la marcha en coche.

—No es mi culpa si me mandan tanto trabajo —dijo el otro, sin apartar la vista de la carretera.

—¡¿Y acaso es mía la culpa?! —pronunció Sousuke malhumorado.

—¡Oye, no lo pagues conmigo si tienes un día horrible! —continuó el otro, desviando la atención hacia su compañero.

—¡No apartes la vista de la carretera!

Y, tras un intenso frenazo, decenas de cláxones y voces furiosas exhortaron. Sólo necesitaron un par de segundos para recobrar la respiración y sentir que su corazón latiría unos cuantos años más.

—Fuera —dijo aquel que perdió la que alguna vez fue la sonrisa que le alegraba ofrecer a su impaciente amigo.

—¿Qué? —preguntó desconcertado el moreno, creyendo -aunque realmente deseando- no haber escuchado bien.

—Que te largues de mi coche —respondió Matsuoka con la barbilla descendida y la mirada perdida en algún punto de su volante.

—Pues bien —aceptó su desengañado compañero.

Dicho esto, Yamazaki abrió la puerta del coche, llevó sus pies al suelo y desapareció de allí completamente colérico, no sin antes marcar el punto y final del buen ambiente que ambos siempre tenían con un estruendoso portazo, dejando atrás todo el bullicioso ruido de aquellas enajenadas personas.

—Idiota —decía y repetía con frecuencia, hasta llegar al punto de no recordar a quién se dirigía con ello.

Había recorrido un largo camino hasta lograr divisar el edificio de la empresa para la que trabajaba, sólo debía cruzar un paso de peatones y en un par de minutos estaría sentado en su cómoda silla, tras su escritorio. Los coches tomaban velocidad frente a él sobre la carretera, provocando una extraña mezcla de alborotadores sonidos, pues el motor de cada automóvil sonaba desemejante. Continuamente echaba un ligero vistazo al móvil de su bolsillo y miraba la hora, llegaba tarde y el semáforo no detenía aquel camino que todavía resultaba imposible de atravesar, provocando el aumento de sus nervios y frustración.

La cantidad de coches que cruzaban entre ellos a la velocidad de la luz disminuía, aquello indicaba que el semáforo no tardaría en escoger, de tres distintos, el color que Yamazaki necesitaba. No era el único que esperaba en aquel lugar, había una decena más en su misma situación, pero aún así, sólo pudo arrebatarle la atención un joven que aguardaba en el bordillo de la acera. El moreno no se explicaba el por qué ese chico no temía estar tan cerca de lo que podría ser una muerte segura, posiblemente sería un suicida o simplemente le atraerían las situaciones de riesgo, aún temiendo cometer un paso en falso. Aunque esta segunda la descartó en cuanto le vio avanzar hacia la carretera, lo que provocó en Sosusuke un impulso por alcanzarle, logrando agarrarle del cuello de la camisa y arrastrarlo hacia él, hasta terminar ambos en el suelo de la acera, a salvo, pero, para su sorpresa, todos los presentes mantenían su mirada sobre estos dos. Algunos susurraban o conservaban su silencio, mientras que otros aplaudían con alegría, hasta que el semáforo indicó el tan esperado permiso para cruzar al otro lado, por lo que allí permanecieron, solitarios.

Nada más Sousuke recobró la conciencia y su calmada pulsación se encontró con el muchacho que había salvado, quién tan agradable fragancia desprendía, sobre él, con la camisa desabrochada -pues había aferrado a aquél con una gran firmeza-, por lo que rápidamente lo apartó a un lado haciendo uso de su fuerza sobre su vigoroso pecho. Después, trató de ponerse en pie, para estirar y sacudir su costoso traje.

—Oye tú, ¿acaso eres retrasado mental? —pronunció con la mirada clavada en las mangas de la oscura chaqueta americana que estaba arreglando y, tras ajustar su grisácea corbata, continuó— ¿Por qué has hecho una estupidez como esa? No sabes el susto que me he llevado por tu culpa.

—Yo... Lo siento mucho señor... —respondió aquél que con dificultad se separaba del suelo— no pretendía causarle alguna molestia, sólo tenía algo de prisa —continuó sonriente.

En aquel ligero segundo, nada más sus miradas cruzaron, de algo se percataron, pues aquellos dos recordaron algo importante.

—¡Tú eres el del otro día! —vociferó Yamazaki que, al contrario que el del pelo color verde oliva, resultó sorprenderse.

—Sí, bueno, ya debería irme y supongo que tú también, creo que ya llegas tarde a tu trabajo — concluyó el sonriente joven.

El moreno observó inmóvil cómo el otro cruzaba por su lado dirigiéndose hacia el paso de peatones, pero algo le obligó a detenerle antes de que se distanciase demasiado.

—Oye —pronunció dando una vuelta sobre sí mismo, logrando que el otro respondiese del mismo modo.

—¿Qué quieres? —preguntó extrañado el ojiverde.

—¿No pensarás ir así por la calle?

El joven echó un vistazo a su vestimenta, logrando comprender a lo que el otro se refería.

—Oh, vaya, tendré que ir a comprarme una nueva camisa.

—Quédate esto —dijo Yamazaki, lanzándole su chaqueta con la mirada clavada en el suelo—, mañana vienes aquí a esta misma hora y me la devuelves, que me ha costado mucho dine...—pero antes de terminar la palabra se detuvo y rápidamente buscó otra excusa que resultase creíble— encontrarla, tengo muchas chaquetas y esa, en especial, me gusta, nada más.

—Oh, no puedo aceptarla —respondió el otro, extendiendo los brazos ofreciéndole de vuelta su prenda.

—No tienes por qué ser modesto. Me voy ya, que el semáforo no aguantará mucho más tiempo y probablemente mi jefe tampoco —y tras esto, desapareció corriendo a más no poder.

—Adiós —dijo en un tono casi inaudible, encontrando en el bolsillo de la chaqueta americana una tarjeta en la que aparecía escrito ''Permiso de conducción''—, Sousuke Yamazaki.

Nada más entró Sousuke al edificio y acercarse a conserjería para reportar su asistencia, la mujer de brillantes ojos verdes y labios color granate le informó que su jefe había solicitado una reunión con él en cuanto apareciese, por lo que el moreno acudió a su despacho sin pensárselo dos veces. No era como si la aguzada espina que crecía en el tallo de la mala fortuna que le acorralaba se hubiese hincado en su piel, él en realidad se había lanzado por completo a aquel rosal de mala suerte, algo que tan sólo él mismo podría evitar.