TRADUCCION: Esta historia no me pertenece, yo nunca la eh escrito ni mucho menos eh aportado con alguna idea o sugerencia, todo este trabajo pertenece a la autora Runandra, quien es la mente maestra tras esta idea, la historia original pueden encontrarla en el siguiente link:
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Aclaración: Hunter x Hunter no me pertenece.
Esto dice Runandra (la autora), puede contener spoiler… por no decir que tiene spoiler del fic XD: bueno, un capítulo más largo que el anterior. Si me preguntan qué significa Hatsubaba, no esperen respuesta. Tan solo es un nombre que apareció en mi mente mientras intentaba nombrar a la doctora. De hecho, me inspire en Baba-Yaga, la bruja del folklor ruso. Y sí, otra sesión de discusión trivial entre ellos. ¿Kuroro está demasiado OCC? Creo que también necesita cambiar, luego de todo lo que ha pasado con Kurapika. Sin mencionar el incidente de la cueva. Este capítulo tan solo sirve para enfatizar lo humano que es Kuroro, ¿no? Heheheh… y como siempre, los comentarios serán felizmente recibidos.
Próximamente: luego de que ambos se recuperaran, nuevamente retomaron su viaje. Sin embargo, cuando apenas se habían alejado del desierto que rodeaba a Ryuusei-gai, reciben un mensaje de Ishtar, diciéndoles que se encuentren con cierta criatura mítica. Incluso los proveerá con un muy… único… transporte.
La historia hasta ahora: Luego de que los dos se 'recuperaran' del incidente de la cueva, decidieron reiniciar su viaje. Parecía que la combinación de Kurapika y Kuroro, realmente era la mala suerte encarnada. Una vez más, se encontraron con un nuevo y no requerido desastre.
CAPITULO 10: Sangre
Habían estado vagando por semanas, intentando encontrar alguna criatura mágica, pero hasta el momento no habían visto alguna; nada, cero, ninguna. Realmente amargaba el humor de Kurapika, ya que ella lo veía como una gran pérdida de tiempo. Para empeorar las cosas, Kuroro Lucifer parecía disfrutar el viaje, imperturbado por sus constantes quejas y reclamos; es más, parecía divertirse con sus acciones. También, le molestaba haberse percatado del cambio de su trato hacia él. Antes, el se guardaba todo para él, hablando en muy pocas ocasiones con ella, pero últimamente eso había cambiado. No importaba realmente si ella le respondía o no, ya que hablaba de temas al azar; mayoritariamente, cosas triviales. Le hablaba sobre las ciudades que visitaban; de plantas y hierbas peligrosas que se cruzaban en su camino, animales, cualquier cosa. Pero más importante aún, se había percatado de que el lazo se había expandido considerablemente; ya tenía más de un metro. No sabía si sentirse feliz; porque podía alejarse más del hombre, o sentirse abatido; puesto que significaba que estaban comenzando a crear un vinculo.
"Hey." Inicio la conversación, cosa que era rara.
"¿Sí?" pregunto Kuroro, sin molestarse en girar para observarla. Aunque eso no la molestaba.
"¿Cómo es que todavía no encontramos ninguna criatura mítica?"
"Sabes, reciben el nombre de criaturas míticas por algo." Respondió con una risa ahogada. "Además, mientras más fuertes son, más difícil son de encontrar."
"Tsk, que molestia." Se quejó nuevamente.
Kuroro sólo se encogió de hombros y continúo caminando a su ritmo. Cuando sintió de forma repentina un tirón en su cuerpo, se detuvo y se volteo, con una ceja arqueada. Kurapika había dejado de caminar y observaba su mano. Para ser exacto, el anillo de su dedo.
"¿Qué ocurre?" caminó hacia ella.
"La piedra…" balbuceo, sus ojos fijos en el anillo. Kuroro miro el anillo y noto el cambio. El zafiro se había vuelto rojo.
Como si para clarificar aquello, un rugido se escucho en la cercanía. Los dos intercambiaron una rápida mirada, antes de dirigirse unánimemente hacia la fuente del rugido. En poco tiempo llegaron a una explanada, donde fueron enfrentados por una criatura que poseía una cabeza de cabra ubicada en el centro de su cuerpo de león y una cola que terminaba con una cabeza de serpiente. Los ojos de Kurapika se abrieron de golpe, sorprendida, nunca había visto algo tan horrible como aquella criatura. Kuroro, por otro lado, se veía más perturbado que sorprendido.
"Es muy inusual que una quimera ande por esta clase de lugares." Murmuro.
"¿Y qué hacemos ahora?" pregunto Kurapika, mientras se sobresaltaba por un rugido de la quimera, con sus brillantes ojos que los miraban con hambre.
"Matarla." Con un movimiento seco de su muñeca, Kuroro lanzo sus alfileres a la criatura, esta los esquivó fácilmente. "Las quimeras no dejan que sus presas escapen."
Sin vacilar, la quimera saltó; su enorme cuerpo navego en el cielo con la gracia de un gato, con sus afiladas garras dirigidas a ellos. Kuroro había flectado sus rodillas, listo para saltar, pero Kurapika no había hecho lo mismo. Ella miro a la criatura y luego a su mano. Era una buena oportunidad para probar su nueva cadena. Invoco su cadena y con un movimiento de su mano, envió la cadena de contraataque hacia la criatura. La cadena se envolvió alrededor de la quimera, restringiendo sus movimientos. Esta última, cayó al suelo con un golpe sonoro, sacudiendo ligeramente la tierra por el impacto.
La quimera luchó para liberarse, mientras la cadena se sacudía de forma peligrosa, como si estuviera por romperse. Sin embargo, nada de eso ocurrió. La quimera permaneció atada con su cola serpentina moviéndose furiosamente, mientras la cabeza gruñía. Frustrada, abrió su boca y vomito un chorro de fuego hacia ellos. Ambos lo esquivaron, y con un nuevo movimiento de la mano de Kurapika, la cadena envolvió la boca de la criatura, para evitar que continuara lanzando fuego.
"¿Qué cadena estas usando?" pregunto con curiosidad, Kuroro.
"Counterattack chain." Fue lo único que respondió Kurapika, sin dar una mayor explicación. Creía que el nombre por si solo era suficiente y que Kuroro tenía la suficiente inteligencia como para comprender el uso de esta. Sin embargo, no menciono que esta cadena era menos fuerte que la chain jail, y que no obligaba al prisionero a permanecer en zetsu. La fuerza de Uvogin, probablemente, hubieran roto la counterattack chain.
"¿Puede usarse en todos tus oponentes?"
"Todo lo que me ataque." Respondió nuevamente. "¿No vas a matarla?"
Kuroro hizo rodar sus ojos; si lo hubiese querido, ella podría haber matado la criatura. Simplemente le delegaba el 'trabajo sucio'. Aún así, respondiendo a su pregunta, Kuroro lanzo sus alfileres a la criatura, quien yacía indefensa en el suelo. Como blanco, escogió sus ojos y frente. La quimera rugió de dolor, su cuerpo se retorció en agonía, bajo la cruda restricción de Kurapika. Frunció el ceño ante el dolor que sufría la criatura, incomoda con la horrible escena. Le lanzo una mira a Kuroro, notando su frío e indiferente comportamiento hacia el sufrimiento de la criatura. Se burlo de él en su interior, intentando despreciarlo aún más.
La quimera, finalmente dejo de moverse, y cuando su cabeza cayó y su pecho dejo salir su último aliento, lanzó su ultimo y vengativo ataque. Demasiado ensimismado en sus pensamientos, Kurapika no notó que algo iba por ella. Kuroro vio que algo se movía por el rabillo de sus ojos, pero su reacción fue demasiado tardía.
Kurapika grito de dolor. Y Kuroro observo horrorizado, cuando noto que la cabeza de serpiente de la quimera había clavado sus colmillos fatales en el delicado cuello de Kurapika. Su boca y ojos se abrieron, pero ningún sonido salió. Sus rodillas se volvieron de gelatina, pero antes de caer al suelo, Kuroro sujeto su codo y arranco bruscamente, la cabeza de serpiente que se encontraba en su cuello. Con una rápida sacudida de su brazo, Kuroro separó la cabeza de serpiente de su cuerpo, lanzándola descuidadamente hacia un lado. Se giro hacia Kurapika y vio como la sangre fluía de las heridas en su cuello.
"¡Kurapika!" la sostuvo más fuerte, llamándola.
La chica kuruta parecía haberse congelado en aquel lugar. Sus ojos; los que se habían vuelto escarlata, estaban enanchados y desenfocados. Dejo escapar gritos de dolor y su cuerpo comenzó a temblar violentamente, como si estuviera sufriendo de un leve derrame cerebral. Ya no se podía sostener apropiadamente, por lo que Kuroro debió sostener todo su peso sobre sus brazos. Podía ver como el color de su rostro desaparecía rápidamente, dejando una cara fantasmal.
"¡Kurapika!" Nuevamente la llamo, a lo que ella respondió moviendo sus ojos hacia su dirección; ojos escarlatas que contaban pavor, miedo y dolor en su mayoría. Incluso en ese instante, Kuroro estaba fascinado por esos ojos; instintivamente, sintió que no debía perder esos ojos, sin importar cual fuera el costo.
Maldiciendo por lo bajo, Kuroro saco uno de sus cuchillos; aquel que no poseía veneno, y cortó cuidadosamente la marca de la mordedura, evitando las arterias. Notó que la mordedura no había afectado a la aorta por un cm; asumió que la chica logró ver el ataque a último momento, por lo que se movió, o simple y llanamente era pura suerte. De cualquier forma, tenía que succionar la sangre como acto de primer auxilio.
Se acuclillo en el suelo y acuno el débil cuerpo de Kurapika en sus brazos; sosteniendo su torso con un brazo, mientras el otro era usado para tratar la herida. Apretó el contorno de la herida, dejando salir la sangre infectada, entonces, se inclino para succionar el veneno. Estaba seguro de que no tenía herida alguna en su boca, por lo que reducía las posibilidades de envenenamiento mientras intentaba salvar la vida de la chica. Succiono y escupió la sangre dañada al suelo, repitiendo aquella acción varias veces, hasta que dejo de sentir el acido sabor del veneno. Kuroro sabía que no había succionado todo el veneno, pero esa sanación bastaba para mantenerla viva por uno o dos días; tres si era lo suficiente fuerte.
Kurapika soltó aire de dolor, su respiración era irregular, como si tuvieras dificultades para respirar. Sus globos oculares se movían frenéticamente en sus cuencas, mientras un frío sudor llenaba su frente. Sus ropas ya estaban empapadas por su sangre, por lo que el hombre sabía que primero debía detener la hemorragia, o de otra forma moriría desangrada en vez de envenenada. Kuroro arranco el borde de la camisa de ella, haciendo con la tela un vendaje, el que envolvió alrededor de su ensangrentado cuello. En poco tiempo, el vendaje se tiño completamente de carmesí.
"Aguanta." Le susurró, a pesar de que sabía que ella no podía oírlo, ni mucho menos comprender sus palabras. Quizás, solo se estaba autoconvenciendo.
Kuroro la cargo en sus brazos, como lo hacen con las novias, resguardándola y protegiéndola en sus brazos y torso. Sin desperdiciar un segundo, se marcho con la máxima velocidad que sus piernas le permitían. Había un solo destino en su mente; el único lugar que podía salvar la vida de Kurapika, y por ende, la suya también.
Fue despertado de la forma más inusual. Normalmente, era la débil presencia del Nen o el aura de extraños, o el sonido de pasos que perturbaban las arenas, o el olor de las personas que era acarreado por el viento, eso era lo que normalmente lo despertaba en su labor como guardián de las compuertas de la ciudad. Esta vez, fue el ligero y metálico olor de la sangre enferma.
Enderezando su viejo pero musculoso cuerpo, Jan contrajo sus ojos, observando el lejano horizonte que marcaba el comienzo del desierto que rodeaba la ciudad de la basura. Espero que algo apareciera, y ciertamente, vio como una figura se aproximaba—a una increíble velocidad. Jan se preparo, en el caso de que fuera un peligro lo que se acercaba. Espero, hasta que la figura se distinguiera lo suficiente, y para su sorpresa, si reconocía la figura que se aproximaba.
"¿Kuroro?" Lo llamo desconcertado. El joven corría hacia la ciudad, su pelo se encontraba desordenado y llevaba consigo un gran paquete en sus brazos.
"Jan, abre la puerta." Dijo con una voz lo suficiente fuerte como para ser oído por el cuidador, a pesar de la distancia que los separaba. Y lo suficiente tranquilo como para no levantar sospechas.
"Está bien." El hombre mayor asintió, abriendo rápidamente las compuertas y manteniéndolas en ese estado, para que Kuroro pudiera pasar sin tener que detenerse. Ni siquiera murmuro un gracias al hombre mayor; por lo que el último estaba bastante sorprendido. Jan se rasco la cabeza a la vez que se sentaba en su sitio habitual; el chico nunca había estado tan apresurado, nunca en toda su vida lo había visto así, ya que él lo había visto crecer.
Kuroro ni siquiera se molesto en seguir el camino. Tomando atajos, saltando desde los cajones a balcones, de techo a techo, hasta que llego a su destino. Donde aterrizo frente a las puertas del templo, con el paquete entre sus brazos quieto e imperturbable, por su descenso desde un edificio de tres pisos. Se metió al templo, solo para encontrar que la puerta ya se encontraba abierta para él. Ignorando su irritación; la que era minúscula en comparación con la gravedad de la situación, salto dentro de la entrada sin dudarlo dos veces.
Sopló el humo de su boca flojamente, sus dedos jugando con la pipa, esperando la llegada de su anticipado huésped. Ciertamente la puerta se abrió, o más bien, fue pateada por un joven, quien marcho directamente hacia ella, con el paquete aun seguro entre sus brazos.
"Eh estado esperando. Vamos, sígueme."
Sin esperar explicación alguna, Ishtar se puso de pie, deslizándose por la habitación hacia otra puerta. La cual abrió y dejo de esta forma para que Kuroro pasara, quien tenía sus manos ocupadas. Él la siguió mudamente, caminando brevemente por un oscuro túnel, antes de emerger, finalmente, en un frondoso bosque. Kuroro achico sus ojos cuando la luz lo ataco, mientras Ishtar parecía no ser afectada por el drástico cambio de brillosidad del ambiente. Ella camino por el bosque, con un Kuroro que la seguía de cerca. Caminaron sin detenerse hasta llegar a una pequeña laguna.
"Salta. Sabes que hacer." Ishtar se detuvo e hizo a un lado, indicando con un leve movimiento de su cabeza la laguna.
Kuroro la miro un instante, antes de comenzar a quitar la ropa que envolvía el débil cuerpo de Kurapika. Le quito el vendaje que rodeaba su cuello, antes de caminar hacia la laguna. Se detuvo al borde de la laguna y le dio una mirada final a Ishtar.
"Primero es lo primero." Ella asintió, entendiendo.
Aparto la vista y salto a la laguna sin pensárselo. Desde el punto de vista de Ishtar, ella podía ver como en poco tiempo el lago se teñía de negro. Frunció el ceño al ver aquello, girándose hacia Basille, quien había observado todo desde la rama de un árbol.
"Llámala por mí, ¿quieres?"
El basilisco parpadeo varias veces, antes de deslizarse de la rama y entrar a las profundidades del bosque.
El agua de la laguna era muy fría, y aun así refrescante. Parecía estar viva, el torrente se movía alrededor de ellos en una sutil danza. Sangre negra fue extraída de la herida de Kurapika tan pronto como se sumergieron en el agua. Kuroro abrió sus ojos y observo como la sangre fluía de ella en cantidades ridículas. Espero pacientemente hasta que todo el veneno salió de ella.
Un poco más, escucho que le decía el agua. La sensación de cosquilleo, que sentía cada vez que estaba en esa laguna, siempre era nueva para él. Nunca logró acostumbrarse. Kuroro miro su alrededor, esperando encontrarse con alguien flotando en la laguna, deseando ver el espíritu de la laguna al menos una vez. Recordó tiempos lejanos, cuando fue envenenado por primera vez y fue lanzado a la laguna por Ishtar. Para tratarlo, le había dicho en ese entonces, sin explicarle de ante mano. El había enloquecido, siendo un niño de diez años, temiendo morir ahogado o envenenado. En ese entonces, el agua lo abrazo gentilmente, succionando el veneno de su sistema, salvando su vida.
Kuroro se giro para observar el proceso de sangramiento de Kurapika, sorprendiéndose, al ver que su sangre había regresado a su normal tono rojo. Rápidamente, nado hacia la superficie, abrazando su frágil figura cerca de su cuerpo. Tan pronto como llego a la superficie, dio una bocanada de aire fresco. La cabeza de Kurapika se apoyaba débilmente contra su hombro, sus ojos continuaban apretadamente cerrados y su respiración era débil, casi inaudible. Todavía podía sentir el ligero movimiento de su pecho al respirar cuando presionó su cuerpo contra el suyo, indicando que ella aún respiraba.
"Vamos, sale de allí." Le menciono Ishtar de forma impaciente, comenzando a caminar hacia el lugar del cual habían provenido.
Obedientemente, Kuroro nado hacia el borde y saco el cuerpo de Kurapika primero, recostándola sobre el suelo, antes de salir el mismo del agua. Cuando hizo aquello, sintió como el agua lo empujaba, ayudándolo a salir de la laguna. Miro la ligeramente turbada superficie de la laguna, pero no dijo nada y en cambio, recogió a la chica inconsciente del suelo y camino rápidamente hacia el edificio.
Una vez dentro, fue conducido hacia otra habitación. En el interior, una sabía mujer ya lo esperaba. Su encorvada espalda y las arrugas en todo su cuerpo eran fieles testigos de que poseía alrededor de cien años, si es que no eran más. Alzo la vista cuando el entro al cuarto, con Kurapika en sus brazos; ambos mojados de pies a cabeza. Resoplo suavemente y se tambaleo por la habitación, ubicándose entre dos camas, las que estaban preparadas en la mitad del cuarto.
"Recuéstala aquí, muchacho." Le ordeno, su voz era tan antigua como la voz del viento. "No te preocupes por tu mojado estado. Nos preocuparemos de eso más tarde."
Observándola cuidadosamente, Kuroro puso a Kurapika sobre una de las camas, para luego retroceder lo más que permitía el lazo, dándole espacio a la anciana para revisar a la chica. La mujer observo la dormida figura de Kurapika y frunció profundamente su ceño. Olio el aire a su alrededor, como si intentara reconocer algo; entonces resoplo y enrosco su nariz, como si estuviera disgustada.
"Veneno de quimera. ¿Qué has estado haciendo, niño? No importa, le preguntare yo misma a la Dama." Divago consigo misma como una anciana lunática. "Ahora… ¿Qué tipo de sangre tiene?"
"No lo sé." Respondió honestamente. De todos modos ¿Cómo diablos iba a saber tal cosa?
"Tsk. Basille, ¡Ven aquí y has tu trabajo!" lo llamo la anciana, con su ronca voz. Pronto, Kuroro pudo oír la silenciosa y siseante voz de Basille, mientras se deslizaba por el cuarto.
El basilisko, rápidamente emergió y se aproximo a la cama donde se encontraba Kurapika. Se inclino sobre la chica y saco su lengua para olfatear el aire. Se inclino, acercándose a Kurapika, quien estaba, agradecidamente, inconsciente de la cercana proximidad entre ella y la serpiente. Entonces Basille probó la sangre, con un ligero toque de su lengua bípeda sobre las manchadas ropas de ella. Sus pequeños y saltones ojos rojos parpadearon por un tiempo, antes de que se girara hacia la anciana y entonces hacia Kuroro.
Sssu tipo de sssangre esss el misssmo que el de él… dijo con su característico siseo, sus ojos fijos en el sorprendido rostro de Kuroro.
"¿La misma que la de él? Que conveniente. ¿Cuál era tu tipo de sangre, muchacho?" La anciana se volteo hacia Kuroro.
"AB." Respondió.
"Recuéstate sobre la otra cama. Transferiremos tu sangre a ella; ha perdido demasiada sangre." Dijo mientras se atareaba alrededor de las camas. Kuroro obedeció sus órdenes y se recostó en la cama junto a la de Kurapika. Miro a la anciana, preguntándose qué haría a continuación. No había visto ningún equipo de transfusión, y ya que pensaba en eso, no había visto ningún equipo médico.
"Ahora, duérmete."
Habiendo dicho eso, la anciana envolvió a los dos con sus Nen. Haciendo que Kuroro, repentinamente, sintiera sueño, sin poder luchar contra él. Quedándose dormido en poco tiempo. La mujer junto sus manos con un aplauso y luego las refregó, como si intentara poner algo de calor en ellas. Separo sus manos, poniendo cada una de ellas sobre una de Kuroro y una de Kurapika.
"Jekyll y Hyde, muéstrense." Murmuró, y su Nen comenzó a tomar la forma de dos hombrecillos, los que eran del tamaño de una palma. Una tenía un delantal medico blanco mientras que el otro negro.
Sin esperar orden alguna de la mujer mayor, los dos médicos comenzaron a trabajar por su cuenta.
Entre balbuceos, realizaron cuidadosamente el procedimiento, revisando todas las condiciones necesarias para la transfusión sanguínea. Al final, crearon un largo tubo hecho de Nen, poniendo cada uno de los extremos en los corazones de Kuroro y Kurapika; sin realizar ninguna herida física. La sangre de Kuroro se deslizó en el tubo, entrando al cuerpo de Kurapika.
En la esquina de la habitación, escondida en la oscuridad, Ishtar observo el procedimiento mientras acariciaba la cabeza de Basille. Su rostro tenía una extraña expresión, sin embargo, permaneció en silencio.
Ordenó dulcemente unos mechones rubios que se encontraban sobre el pálido rostro, como una cariñosa madre haría con su hija. Escudriñando su rostro; con forma de corazón, delgado y pálido por su actual situación. Se percato de que estaba más delgada que la última vez que la había visitado, decidiendo interrogar al hombre mayor más tarde, cuando se despertara. Lanzo una rápida mirada a su hijo adoptivo, quien dormía profundamente junto a la chica. Su rostro estaba pálido de cansancio y pérdida de sangre, lo ultimo debido a la transfusión.
"Ah, aquí estas." Una voz ronca la llamo desde atrás de una cortina traslucida, y una encorvada figura entro al cuarto que era formado por puras cortinas.
"Hatsubaba, gracias por tu ayuda." La dama asintió en símbolo de respeto y agradecimiento, pero la anciana simplemente movió su mano, como intentando espantar un mosquito.
"Ni lo menciones. De hecho, estoy agradecida de que me llamaras, de esta forma pude ver nuevamente al muchacho. Dios mío, se ha vuelto tan apuesto." La mujer se rió igual que una bruja. "Y ¿Quién es la chica? ¿Su novia?"
"No realmente. ¿Debería llamarla compañera de viaje?" Ishtar rió suavemente a la vez que miraba a los dos jóvenes.
"¿Compañeros de viaje? El chico nunca viaja con un compañero." Resoplo la anciana.
Ishtar sonrió de buena forma, entonces, le explico brevemente la situación en la que Kurapika y Kuroro se encontraban. Al final de su breve historia, Hatsubaba rió felizmente.
"El chico aprenderá muchas lecciones de vida con esta experiencia. Ha, ¡Eso le servirá!"
"Probablemente, o eso espero." Nuevamente, Ishtar peino cuidadosamente el suave cabello de Kurapika, aunque esta vez se removió ligeramente.
Kurapika se sentía mareada, como su hubieran nubes en su cabeza, confundiendo sus sentidos. Sentía la presencia de personas a su alrededor, pero sabía que estas no le causarían daño alguno. Intento abrir sus ojos, lográndolo luego de mucho esfuerzo. Lo primero que vio fue un pálido rostro coronado por los rizos negros de su pelo.
"Kurapika, estas despierta." Le habló lentamente Ishtar, con un tono alegre.
"Nnh…" gimió, sintiendo su cuerpo lento y pesado. Miro su alrededor para ver donde se encontraba, pero no logro reconocer el lugar. Habían demasiadas cortinas traslucidas colgando a su alrededor; el aire se sentía ligeramente pesado por el incienso de sándalo, pero se sentía protegida y querida por alguna razón. Kurapika miro nuevamente el rostro pálido que la observaba; esta vez, reconociéndolo.
"¿Damas Ishtar?" se dirigió hacia ella, su voz sonó rasposa y seca.
"Shh, niña. Déjame hablar a mí." Dijo mientras ponía un dedo sobre los labios de Kurapika. Hatsubaba se acerco a la niña, sintiendo curiosidad por su conversación.
"Luchaste contra un quimera, ¿no? Allí fuiste mordida por su cola y perdiste la consciencia. Te relatare lo que te has perdido. Primero, luego de ser mordida, Kuroro te hizo los primeros auxilios. Succiono el veneno de la mejor forma que pudo y luego se apresuro en llegar hasta aquí, en menos de tres días."
Los ojos de Kurapika se ensancharon, sorprendidos e incrédulos. Se giro para observar al hombre mayor, quien seguía durmiendo junto a ella, plácidamente. Se percato de otra cosa; estaban durmiendo en la misma cama. Mientras Kurapika revisaba su entorno con un nuevo horror, comprendiendo la situación en la que se encontraba, la anciana se rió como una bruja.
"El chico corrió durante tres días sin parar, para llegar hasta acá, ¡Imagínate eso!" continuo riéndose, como si todo el asunto fuera realmente gracioso. "Incluso tuve que drogarlo para que durmiera, debido a su falta de descanso."
Kurapika observo a la sabía anciana, un poco desconcertada e incrédula. ¿Kuroro corrió para salvar su vida? Eso sería lo último que creería en su vida. Miro a Ishtar, esperando alguna explicación o negación. Descubriendo que la mujer intentaba ahogar su risa.
"Hatsubaba dice la verdad. Ella es quien realizo la transfusión de sangre. Perdiste una gran cantidad de sangre, y por suerte, tienes el mismo tipo de sangre que él, restando tiempo en la búsqueda de un donante."
"¿Qué ella hizo qué?" chilló Kurapika, con sus ojos todavía abiertos por el shock.
"Realizo la transfusión de sangre." Ishtar repitió sus palabras. "Kuroro dono su sangre para salvarte de una muerte por hemorragia."
Instintivamente, Kurapika apretó su pecho con su mano, su corazón latía apresuradamente debido al nerviosismo. Ishtar la observo de cerca; sabía lo que pensaba, pero decidió no decirlo en voz alta. Sabía que no era bueno decir lo que la gente pensaba, especialmente, cuando había mirado de forma inconsciente los pensamientos del otro.
"Por cierto, ¿Cómo respondió cuando fuiste descubierta?" decidió cambiar el tema.
Kurapika la miro con perplejidad, sin comprender su pregunta. Ishtar alzo una ceja perfecta, rehusándose a clarificar su pregunta. Espero pacientemente, hasta que algo hizo click en la mente de Kurapika.
"No estaba sorprendido." Respondió luego de pensar en el accidente de ese entonces, hace semanas atrás, cuando había perdido su disfraz de chico.
"Como esperaba." Asintio Ishtar.
"Niña." Repentinamente Hatsubaba se acerco a kurapika. "Dime lo que opinas de él."
"Es un bastardo egoísta, que le gusta salirse siempre con la suya y divertirse a costa mía, alguien que cree saber todo y que cualquier cosa que no le favorezca, no posee mayor importancia, por lo cual no tiene problemas en deshacerse de ellas como si fuera basura." Las palabras que escaparon de su boca antes de que pudiera detener la ponzoña en ellas.
El cuarto quedo en silencio por tres largos segundos, antes de que Hatsubaba nuevamente sufriera un ataque de risa.
"¡Eso es! ¡Eso es lo que quería oír!"
Avergonzada por su repentino e insolente arrebato, su rostro se puso rojo y ella podía sentir como su cara ardía. Incluso Ishtar rió. Kurapika miro con desagrado a Kuroro, quien parecía imperturbado por los sonidos que las dos mujeres producían.
"Es exactamente eso. Por dios, nunca había oído una mejor descripción del chico que la tuya, muchacha."Hatsubaba le sonrió, mostrando una corrida de dientes blancos, a los que le faltaban partes.
"Pero tu impresión parece ser completamente negativa." Comento Ishtar, sus brillantes ojos negros buscando dentro de sus ojos.
"Bueno, no puedes culparla, no después de lo que el chico le ha hecho." Hatsubaba movió una impaciente mano frente a ella, como si espantara un abejorro. "Sin embargo, me agrada." La anciana le sonrió a Kurapika.
Kurapika le sonrió de forma incomoda; no sabía si sentirse cómoda o inquieta por el extraño comportamiento de la anciana. Repentinamente, la anciana sonrió de forma maliciosa, y se inclino hacia Kurapika.
"Niña, déjame contarte unas entretenidas historias…"
Su mente estaba clara, pero su cuerpo dolía horriblemente, como si no se hubieras movido de esa pose por días. Cuando despertó, su cuerpo estaba tan rígido como una roca, por lo que tuvo que sentarse y estirar su cuerpo. De alguna forma, sabía que la vieja bruja había mezclado su bebida con algunas pastillas de sueño, para dejarlo inconsciente, aunque debería estar agradecido de ello. Con el grado de cansancio y fatiga que poseía antes de dormir, no hubiese logrado dormir tan tranquilamente como lo había hecho.
Sintiendo un ligero revuelo a su lado, Kuroro miro hacia aquel lugar para observar como Kurapika se removía entre sueños; estaba durmiendo a su lado, mirando de frente a Kuroro. Su expresión era serena, sin rastro alguno de la agonía y dolor que había sufrido en los últimos días. Se inclino sobre ella y miro su cuello, solo para ver que se encontraba como siempre. No había cicatriz en su delgado cuello; ninguna marca de la mordida ni de corte. Cuidadosamente, toco la piel suavemente con la punta de sus dedos. El contacto despertó a la chica de sus sueños, y los ojos de Kurapika se abrieron de golpe.
Miro sus profundos ojos negros tan pronto como abrió sus ojos. Lo miraban con curiosidad, casi anticipando su próximo movimiento. No había removido sus dedos de su cuello, pero al menos había dejado de sentir su piel con sus dedos. La verdad era que le producía escalofríos, pero se reusaba a demostrarlo. Kurapika achico sus ojos, con sospecha.
"¿Qué estás haciendo?" le pregunto, alejándose de él, hundiéndose aún más dentro de la cama.
"La mitad de mi, esperaba que abofetearas o golpearas." Dijo sonriéndole y quitando su mano. Kurapika hizo rodar sus ojos.
"Cruza la línea y te daré una paliza." Lo amenazo, alejándose aún más del hombre con el que compartía la cama.
"¿Oh?" Arqueo una ceja y se inclino hacia Kurapika. Quería probar cuán lejos era 'la línea' que había dicho, pero se detuvo cuando la chica kuruta levanto un puño, dando un mudo ultimátum.
"Honestamente, ¿Tan repulsivo es mi contacto?" Kuroro regreso a su lugar en la cama, decidiendo no continuar molestando a la chica, por si esta lo golpeaba de verdad. Su cuerpo no tenía ganas de tener otra lucha de puños con la chica.
"Quieres apostar." Dijo secamente, mientras relajaba su puño.
Kuroro se volteo para enfrentarla, en sus ojos había un brillo de maldad. "Mentirosa."
Kurapika lo fulmino con la mirada, pero había desconcierto en sus ojos. Kuroro sonrió de forma triunfal. "No hubieras hecho lo que hiciste en la caverna, si realmente odiaras cualquier clase de contacto conmigo."
"Estabas enfermo." Le respondió.
"Ahora también lo estoy."
"En estos momentos, estoy más enferma que tu."
"No me pareces tan enferma."
"Tú tampoco."
"Estoy así por tú culpa."
"No te pedí que hicieras algo por mí."
"No tenía otra opción."
"Podrías haberme dejado morir. Después de todo, no le temes a la muerte."
"Aún no puedo dejarte morir, te lo dije ¿no?"
"¿Por qué razón?"
"No puedo decírtelo ahora."
"Mezquino."
"Igualmente."
Kurapik abrió su boca para contraatacar sus palabras, pero no pudo pensar en nada. Kuroro le sonrió victorioso; como un niño que acababa de ganar una bolsa con sus dulces preferidos. De alguna manera, últimamente, habían comenzado a discutir sobre cosas triviales. Frustrada, resopló y aparto la vista. No podía mirarlo a los ojos por mucho tiempo; no quería recordar que el había compartido su sangre con ella. En ese instante, su sangre fluía en sus venas, mezclándose con la de ella. Cuando se le informo que el había donado su sangre para salvarla, se había sentido realmente extraña. Era como si pudiese sentir físicamente otra sangre, una diferente a la suya, fluyendo en sus pequeñas venas. De cierta forma, una parte de él ya se encontraba en su interior. Tirito al pensar en esa endemoniada idea, intentando apartarlo de su consciencia antes de que destruyera su cordura. En cambio, otra idea paso por su mente. Esta vez, sonrió maliciosamente.
Se volteo para enfrentar nuevamente a Kuroro.
"Sabes, me contaron unas interesantes historias."
"¿Qué historias?" pregunto bruscamente Kuroro.
"Historias… sobre ti." Intento ahogar la risa al recordar aquellas historias. Esto atrajo la atención de Kuroro, quien se movió para mirarla directamente a los ojos, su expresión era seria.
"¿Quién?"
"Hatsubaba."
Kuroro gruño con exasperación. Este gesto sorprendió a Kurapika con la guardia baja. Nunca había creído que el mostrara tal actitud; era como si sus debilidades más vergonzosas hubiesen sido descubiertas y fueran anunciadas públicamente. No obstante, esto complació a Kurapika, ya que probaban que las historias que le había contado la anciana eran realmente útiles. Más tarde debería agradecérselo.
"Así que ya la conoces." Era más una pregunta que una declaración.
"A penas." Admitió con honestidad. Sólo sabía que era un usuario Nen, especializada en sanar dentro de la ciudad. Parecía ser una vieja amiga de Ishtar, ya que se referían entre ellas de forma casual.
"Ella ha estado aquí desde el mismísimo comienzo. Nadie sabe con certeza cuan vieja es." Le dijo; un habito que había ganado en sus viajes con ella. Tenía la tendencia de contarle sobre las cosas que creía que ella no sabía; solo por diversión. Estaba al tanto de que a la chica no le gustaba cuando sabía menos que él.
"Pero de seguro, ella sabe mucho de ti." Sonrió deliberadamente. Maliciosamente.
Kuroro frunció el ceño con desagrado. No dijo nada, pero sus ojos le decían 'que dejara el asunto'. Eso solo hizo que sonriera en su interior, victoriosa. Ahora tenía una carta triunfal contra él. Oh, cuan divertidos serian los días por venir.
"No me llamaste." Hizo un triste puchero.
Kuroro solo la miro con frialdad. "No tenía porque hacerlo. Lo sabrías de todas formas. Además, siempre tienes un registro de nosotros, ¿no? Es por eso que sabías que venía con el moribundo kuruta."
"¡No los espío!" exclamó indignada, Ishtar, ante la acusación contra ella. Kuroro la miro con una ceja levantada, sus ojos claramente lo dudaban. "Hassammunin vino y me lo dijo, así fue como lo supe."
Decía la verdad. Unas pocas horas antes del arribo de Kuroro, el genio le había dado una breve visita. Donde le dijo que la chica kuruta estaba muriendo y en su desesperación, Kuroro, se dirigía hacia la ciudad, así que, quizá quisiera prepararse por si lo peor ocurría.
Kurapika intento no envolverse en el 'asunto familiar', pero no pudo evitar oír toda la conversación. No podía evitarlo, después de todo, estaba pegada al hombre. No obstante, intento lo mejor que pudo, ignorar los argumentos, aunque le intrigaba la forma en que Kuroro antagonizaba tan perfectamente a su madre adoptiva, mientras Ishtar realmente se preocupaba por su bienestar. Eventualmente, la curiosidad se transformo en irritación y la irritación en rabia; pero intento suprimirla. No iba a explotar frente a Ishtar; eso sería demasiado vergonzoso y fuera de lugar.
Al final, Ishtar se retiró de su cubículo-cuarto con la cabeza gacha, abatida. Le sonrió débilmente a Kurapika, excusándose, para luego desaparecer tras las cortinas traslucidas. Kurapika miro con compasión la espalda de ella mientras se retiraba; se sentía mal por ella. Kuroro era la por persona para lidiar con argumentos; lo había experimentado de primera mano en repetidas ocasiones. Era demasiado rápido con las palabras, para su propio bien, algunas veces quería golpear el ingenio que había en su cabeza en vez de debatir. Kuroro cerró sus ojos y permaneció en silencio mientras repensaba algún asunto. Kurapika lo miro de cerca; un ceño en desaprobación se encontraba en su frente.
"¿Cuándo dejaras de antagonizar a tu madre?"
"Ella no es mi madre." Dijo con voz dura.
"¡Ella te crió!"
"Eso no la transforma automáticamente en mi madre. No tengo madre, fin de la discusión." Dijo con desdén.
"No, no lo es." Respondió testarudamente, kurapika, sus ojos llenos de rabia. "No puedo aceptar que seas tan malagradecido hacia tu madre adoptiva. No cuando tú asesinaste a mí madre."
"Eso." Kuroro se voltio hacia ella y frunció el ceño con desagrado; parecía estar enormemente molesto por su provocación. "No tiene nada que ver con esto. No es la cariñosa madre que tú conoces. Y no es de tu incumbencia. Mantente alejada de esto."
Kurapika estaba tan sorprendida por su repentina demostración de enojo. Kuroro algunas veces se había molestado con ella, cierto, pero jamás había demostrado su rabia hacia ella. Diablos, nunca había estado enojado con ella; solo irritado o harto. Sus negros ojos brillaban peligrosamente, indicándole que realmente sentía lo que le dijo. Su mirada cerró su boca y no pudo responderle verbalmente. Dejo el asunto y mudamente, acepto su derrota.
Hatsubaba se recostó contra su silla mecedora, el suave brillo de la luna penetraba el pequeño cuarto. Miró el estrellado cielo, su sabio rostro se suavizo al recordar el pasado. Viendo al crecido niño, había detonado la personalidad de abuelita que tenia. Se había sorprendido por completo al ver al muchacho con una niña en sus brazos; una por quien había estado dispuesto a sacrificar sus tres días de descanso para salvarla. Aún cuando escucho sus extrañas circunstancias, seguía sin poder imaginarse que el intentara tanto salvar a alguien. Kuroro no era la clase de persona que haría lo que fuese por engañar a la muerte; tenía que haber una potente razón tras todo lo que había hecho por ella. Lo había visto crecer y creía que se transformaría en un frío y calculador asesino, incapaz de expresar emociones debido a su duro entrenamiento y crianza.
Dejo escapar un cansado suspiro. Solo se podían ver los errores cuando los resultados eran vistos. Lamentarse no reparaba lo hecho, y su amiga Ishtar sabía aquello mejor que nadie. Era cierto que el muchacho se había distanciado de ella, pero era su culpa. Había sido dura con él, entrenándolo personalmente, con estándares que los humanos normales no hubiesen sido capaces de soportar. El muchacho había sobrevivido por milagro los infernales y duros entrenamientos, emergiendo como el excelente e incombatible luchador que era; con el costo de sus emociones y sentimientos; y quizá, su consciencia.
Si se ponía a contar el número de cicatrices que el muchacho tenía en su cuerpo; las cicatrices que había ganado luchando por el mundo podían ser contadas, tan solo, con una mano. La mayoría de sus cicatrices eran producto de su entrenamiento con Ishtar. Hatsubaba resopló con amarga diversión; recordó una ocasión, cuando Ishtar accidentalmente atravesó al niño con un arma, durante uno de sus entrenamientos. Esa vez había tenido suerte, por lo que pudo salvar su vida antes de que expirara.
Sin embargo, ella sentía que el niño necesitaba aprender a perdonar. Siendo la anciana que era, poseía cierta sabiduría, así que cuando vio a la chica kuruta y fue testigo de su personalidad, repentinamente sintió que las circunstancias, quizás, no fuera tan desastrosa como creían. De hecho, tal vez fuera benéfico para ellos; para que el chico hiciera las paces con el pasado, y para que la niña aprendiera a dejar ir el suyo, y que ambos aprendieran a perdonar.
Hatsubaba rió suavemente y levanto la vista para mirar la luna. Sonrió para sí, al recordar la transfusión que había hecho. Ahora compartían la misma sangre, aun cuando la niña se declaraba su enemiga. Solo esperaba que con el proceso de sangrado, la niña kuruta, liberase un poco del odio que poseía. Con el conocimiento de que ahora su sangre corría en sus venas, quizá le sirviera como catalizador para que ella aprendiera a aceptarlo.
La arrugada mujer dejo de pensar y suspiro. Solo podía desear, ¿no?
La tipeja que traduce… fyuuuuuuuuuuuuuuu un largo tiempo sin traducir, espero que sea de su agrado este capítulo u.u… me llevo dos días traducirlo… aunque no tanto… =)… bueno disfruten… nos leemos al ratooo!
