Cuando Katniss abrió los ojos Peeta descansaba a su lado. La respiración acompasada y totalmente relajado. Tenía una herida en la frente y parte de la manga rota. Sin querer despertarlo se acercó con cuidado a él y le observó de cerca.

Era algo indescriptible la paz que podía transmitirle solo con estar presente. Daba igual que fuera durmiendo, despierto, cerca o lejos. Incluso los días que había intentado matarla…incluso en aquellos momentos, sólo saber que estaba ahí, que respiraba el mismo aire que ella, la mantenía cuerda, tranquila. Como una fiera domada. Peeta tenía ese efecto.

Sacaba partes de ella que ni siquiera sabía que tenía.

Le apartó con cuidado el pelo y besó con cuidado su frente. ¿Qué le habían hecho?

Jamás tuvo tantas ganas de desgarrar a Snow como cuando vio lo que le había hecho a Peeta, y no el alejarla de ella, si no toda la tortura física y mental, quitarle ese ángel que ella veía en él cada vez que lo miraba, esa bondad instrinseca, esas ganas de luchar, esa esperanza y buena fe en el mundo de su alrededor. Esa certeza de que siempre habría una segunda oportunidad.

Todo eso se lo habían arrebatado con las torturas y ella estaba dispuesta a vengar hasta el más mínimo rasguño. Pero antes tenía que recargarse, verle ahí a su lado, indefenso y tranquilo, casi la hacían pensar que no había cambiado nada, que él seguía siendo su persona. Su luz, su baño reparador.

Se inclinó, acarició con su nariz la de él y acurrucándose apoyo la cabeza en su pecho, instintivamente él pasó los brazos a su alrededor y la apretó contra él.

-¿Estás bien? –susurró besando su pelo.

-Si…sólo…quédate conmigo esta noche…-katniss no pudo contener las lágrimas.

-Siempre –y la apretó más contra él.

Estiró los brazos hacía las hojas húmedas como si pudiera tocar su propia ensoñación.

Apretando los ojos lloró sin consuelo, cada noche pensaba en él, en sus brazos, en su cariño, en las ganas que tenía de tenerlo cerca, de saber que estaba bien. Soñaba con haber tenido una vida normal junto a él…

Cada noche era más duro y cada noche acababa llorando pero era su forma de mantener la cordura.

Se acomodó mejor sobre su dura mochila y se giró hacía el otro lado para fingir que dormía. Quizá al día siguiente al fin lo encontraran y pudiera dormir de verdad.