En respuesta a Sango-chan, el fanfic del que hablas en tu comentario no es mío, ni me suena. Tendrás que seguir buscándolo; ya lo siento.


Capítulo 2: la nueva niñera de Kamui

La proposición de Inuyasha Taisho la había trastocado por completo. ¿Cómo un abogado reputado con un hijo pequeño que tenía tanto que perder se atrevió a proponerle algo semejante? Aunque, por otra parte, nadie mejor que él sabía cómo defenderse de los problemas legales que pudieran surgir de una posible relación entre ellos. Si se lo había propuesto, era porque lo tenía todo bajo control. Mucho más de lo que ella hubiera deseado. Parecía tan seguro de sí mismo que, por un momento, le hizo planteárselo. ¡Como si eso fuera posible!

Sus padres no la educaron para que se liara con hombres adultos que perfectamente podrían hacerla pedazos. A diario salían en los telediarios noticias escalofriantes sobre ese tipo de relaciones. De hecho, en el instituto también había rumores cada vez que algo así sucedía. La joven que se acostaba con un adulto pasaba a ser una fresca de la que todos podían aprovecharse ante la mirada pública. La chica que se acostaba con un hombre adulto perdía una parte de sí misma que era irrecuperable. La chica que se acostaba con un hombre adulto entraba en un juego de adultos cuyas reglas desconocía. No era algo que la atrajera particularmente.

La verdad era que nunca se detuvo a pensar en los chicos, las relaciones sexuales o el amor. Su única fantasía, si es que podía considerarse así, era la de casarse con un hombre al que amara perdidamente. Nunca había pensado particularmente en el sexo. Quizás por excesiva información y poca práctica, por su edad, por falta de interés en los chicos con los que se relacionaba o por miedo. Desde que conoció a ese hombre, no dejaba de pensar en ello. Aunque odiara admitirlo, se había fijado en él mucho antes de que se insinuara tan siquiera. Era tan guapo que le quitaría el aliento a cualquier mujer. Podría tener a cualquiera. ¿Por qué ella? Se sentía tan halagada como aterrada.

Era incapaz de concentrarse en nada. Había estado todo el día en babia. Cuando sus amigas le hablaban, ella no las escuchaba. En clase, le habían llamado la atención en cinco ocasiones. En una de ellas, el profesor incluso tuvo que chasquear los dedos delante de sus narices para devolverla a la Tierra. Sus compañeros de clase se rieron de ella en ese instante y ella despertó. No dejaba de pensar en él, de imaginar cosas en ocasiones prohibidas, de desear y no poder tomar, de pensar en él regresando en su busca. ¿Volvería a por ella o lo dejaría estar? Ni siquiera le quedó eso claro.

Apretó el asa del maletín entre sus dedos y cruzó la carretera frente al colegio para volver a casa. Si se daba prisa, a lo mejor no tenía que pasar por el mal trago de volver a encontrarse con ese hombre.

— Te queda muy bien ese uniforme. — le murmuró alguien al oído — Estás increíble en mini falda.

Demasiado tarde.

El orgulloso Inuyasha Taisho volvía a la caza a solo un día de la primera expedición. No se podía esperar menos de él. Desearía que se lo pusiera más fácil para rechazarlo. Solo quería ser una adolescente normal como las de las series del canal Disney Channel. Ir a clase, sufrir en la época de exámenes, tener un grupo de amigas con el que salir, relacionarse esporádicamente con algún chico de su edad del que pudiera llegar a enamorarse. Sin embargo, eso se volvía un cometido increíblemente complicado cuando un hombre del calibre de Inuyasha se cruzaba en su camino.

— Eres un pervertido, ¿sabes?

Insultarlo se lo pondría más fácil, le ayudaría a alejarlo y a alejarla a ella misma. No obstante, el susodicho le sonrió, encantado. ¡No era un cumplido!

Inuyasha se limitó a sonreír al oírla. Le parecía encantadora intentando trazar una línea imaginaria entre ellos que los separara. Quizás le funcionara de no ser porque le faltaba madurez. No sabía insultar, ni quería hacerlo realmente, por lo que tampoco poseía la capacidad de hacerle daño, cosa que agradecía. No podría soportar a otra Kikio Tama en su vida. Una más y se acabaron las mujeres para siempre. Si quería follar, contrataría a una prostituta, cosa que odiaría. ¡Diablos, se había pronunciado contra la prostitución en el Tribunal Supremo! Tenía que aclararse las ideas, para lo que no le vendría nada mal un maldito polvo.

Ese último pensamiento funcionó como una orden para sus ojos, los cuales la examinaron con codicia. Podría ser suya. Estaba preciosa. Debiera estar prohibido que usara ese uniforme de colegiala que tanto morbo le daba repentinamente. A él nunca le gustaron los jueguecitos sexuales con disfraces, pero, de repente, encontraba su atuendo de lo más atrayente para llevar a cabo juegos de cama en la intimidad de su dormitorio. Mocasines negros con medias con corte por encima de las rodillas, minifalda negra de tablas, camisa blanca, americana negra y corbata roja. Los lazos rojos que llevaba en el pelo complementaban una imagen tan inocente como seductora.

Tenía que ser suya. De cualquier forma, a cualquier precio.

— ¡Qué bonitos! — exclamó agarrando uno de los lacitos — Te ves tan mona...

— No me toques mald...

— Shhhhhhhhh — la interrumpió señalando al coche.

Por primera vez, fue consciente de que no estaban tan solos como ella imaginaba. No se trataba solo de los otros alumnos que salían del centro, los cuales no sospecharían nada a no ser que ella diera indicios de lo que estaba sucediendo. Eso era algo que jamás haría. Fuera verdad o no que estaban juntos, empezarían a inventar inmediatamente. No, el problema era que Kamui estaba allí, en el coche, a menos de dos metros de ellos. No sabía si podía oírlos, pero sería suficiente con un gesto por su parte para que él sospechara que algo malo sucedía.

Aunque le resultaba tentadora la idea de amenazar a Inuyasha con destaparlo como lo que era delante de su propio hijo, algo en su interior le gritó que eso no era lo que haría una buena chica como ella. No podía discutir sobre las proposiciones de Inuyasha delante de su hijo. Decidió callarse y esperar a que terminara de hablar para luego marcharse.

— ¿Qué quieres? — preguntó lo más calmada posible — Ya te he dicho que no pienso ser tu amante y tengo que estudiar para un examen de matemáticas. ¡No tengo tiempo!

— Es que... verás...

Había estado decidido a pedírselo hasta que la tuvo delante. No sabía cómo soltarle que deseaba que fuera la niñera de Kamui sin que sospechara. ¿Cómo no iba a sospechar? El día anterior fue demasiado arrogante. Kagome esperaba un ataque por su parte, estaba en alerta roja por él. ¿Por qué demonios no se le ocurrió ofrecerle el puesto de niñera y seducirla después lenta y meticulosamente? Porque no quería que ella lo mal interpretara. Él no quería amor, solo sexo. La seducción sería algo que ella perfectamente podría mal interpretar. Lo lamentaba por la joven, pues parecía una buena chica, pero no deseaba su amor, ni lo necesitaba. Solo quería su cuerpo.

— No tengo todo el día. — lo presionó.

¿Cómo demonios podía decírselo sin que creyera acertadamente que se estaba metiendo en la maldita boca del lobo? Kagome no era tonta y él se lo puso en bandeja el día anterior. Además, ya no solo se trataba de lo que él deseaba de ella. Kamui era otro factor importante a tener en cuenta. Trabajaba más de lo que le gustaría y, en ocasiones, a pesar de estar en casa, no tenía tiempo para jugar con Kamui tanto como él necesitaba. Kamui pasaba mucho tiempo solo, no le vendría nada mal compañía, una niñera que lo tratara con cariño y jugara con él. Sabía que Kagome lo haría bien, que le gustaban los niños, y Kamui estaba tan ilusionado con la idea que casi no había dormido esa noche pensando en ello.

El fracaso en su empresa no era una opción. No podía decirle a Kamui que Kagome no había aceptado. De repente, la puerta del coche se abrió, lo que le hizo girar la cabeza, temeroso de que Kamui pudiera hacer una tontería como lanzarse a la carretera aunque él le hubiera enseñado bien. En su lugar, lo que el niño hizo fue correr hacia Kagome y abrazarse a sus piernas como una lapa. A lo mejor no le venía nada mal su intervención.

— Entonces, ¿vas a ser mi niñera?

— ¿Qué? — exclamó anonadada por las palabras del niño.

Esa era su oportunidad.

— Ayer, cuando volví al coche, Kamui me preguntó por qué había tardado tanto. — explicó guiñándole un ojo con complicidad — Le dije que te había pedido que fueras su niñera.

— ¡Ah, sí! — exclamó siguiéndole el juego — Ya lo recuerdo. Me temo que no puedo Kamui, yo…

— ¡Por favor!

Kamui la miró con los ojos tan brillantes que parecía a punto de echarse a llorar. Kagome lo miró como a un niño que se encontraba en estado terminal. Sabía que Kamui le ayudaría a lograrlo. Solo faltaba el empujón final. Seguro que una buena retribución económica la animaría.

— Te pagaría unos mil quinientos…

— ¿Al mes? ¡Eso es una barbaridad!

— Casi el triple de lo que normalmente ganan las niñeras al mes, pero, por una chica tan encantadora que cuide a mi hijo, pago lo que haga falta.

Entró en conflicto por su propuesta. Algo dentro de ella le gritó a pleno pulmón que aceptar sería el peor error que cometería en toda su maldita vida mientras que otra parte de ella le gritaba que con ese dinero podría pagar la universidad que sus padres no podían permitirse. Colocó la universidad y el peligro que suponía ese hombre en una balanza más equilibrada de lo que le hubiera gustado. No tenía por qué pasar nada, ¿no? Es decir, él no la forzaría si ella le decía que no. Seguro que sabría manejarlo. ¿Acaso no manejaba a los chicos de su edad? No sería tan difícil, aprendería. Además, Kamui estaba en la casa, ella lo estaría cuidando, por lo que siempre estaría en medio.

Casi podía leerle la mente. Esa chica era tan transparente como una ventana sin cristales. Aceptaría, claro que lo haría, porque creía que podía protegerse de él. Creía que Kamui sería su escudo.

— Entonces aceptas, ¿verdad? — le volvió a preguntar Kamui.

— De acuerdo.

La suerte ya estaba echada.

— ¿Puedes empezar hoy mismo?

No quería que tuviera ni un instante para reconsiderarlo. Kagome asintió con la cabeza desganada por su intervención en una conversación que hasta entonces Kamui manejó magistralmente. Bueno, eso era algo que arreglaría con el tiempo. Volvió a meter a Kamui en el coche y ató los mecanismos de seguridad de la silla que tenía que utilizar mientras miraba a Kagome. Se había apartado para llamar a su madre, contarle lo que había pasado y pedirle permiso. Eso era otra cosa que no había pensado. Kagome era menor de edad y estudiante. Los padres podrían estar preocupados por sus estudios si trabajaba o por un potencial jefe pervertido como en ese caso. No, él no era un pervertido. Prefería verse a sí mismo como un hombre sexualmente activo.

El asentimiento de cabeza de Kagome al finalizar la llamada telefónica le indicó que tenía permiso para hacerlo. Habría saltado de júbilo. Cada vez estaba más cerca de obtener lo que deseaba. Kagome se lo estaba poniendo tan fácil que casi le daba pena. Cuando se diera cuenta de lo que estaba sucediendo tan siquiera, sería demasiado tarde para que pudiera defenderse de él. Él, por su parte, intentaría no hacérselo difícil. Nada estaba más lejos de su intención que destrozar a una adolescente.

Intentó parecer indiferente en el trayecto en automóvil hacia el apartamento de Inuyasha, pero su indiferencia se esfumó rápidamente cuando llegaron al edificio. Aquella zona le había llamado la atención desde hacía un rato porque era la mejor zona de la ciudad, la más cara, la más exclusiva. La zona en la que también vivía su tía, a quien adoraba. La única razón por la que el hijo de un hombre como él y ella habían coincidido en la misma escuela era su beca de estudios. Sus padres tuvieron la gran suerte de resultar ganadores de un sorteo de becas escolares financiadas por un multimillonario anónimo en un colegio de élite cuando ella aún iba a la guardería. Esa beca incluía matrícula, mensualidad, uniforme, comedor y materiales para ella y para su hermano.

Estaba acostumbrada a codearse con los ricos desde que era una niña. De hecho, el haberse criado con ellos desde parvularios había sido de gran ayuda para no ser una paria. Todos ellos habían jugado en el pequeño patio de su casa cuando celebraba su cumpleaños y habían comido los sándwiches y la tarta casera de su madre. Ahora bien, había visto como otros estudiantes que recibían becas por excelencia académica para el instituto no eran tan bien recibidos. Todos sabían que en su casa eran tan humildes como cualquiera de esos otros, pero ya se había formado un vínculo que la protegía. Le gustara o no, era uno de ellos a pesar de que su ropa interior en lugar de ser de Calvin Klein fuera de H&M. Solo desearía que a veces no fueran tan elitistas. En esos momentos, no se sentía tan integrada.

El edificio en el que vivía Inuyasha debía aparecer en alguna película como mínimo. Solo la zona del portal del edificio era mejor y más grande que toda su casa. ¿Qué clase de portal tenía el suelo de mármol? Un mármol tan brillante que se veía reflejada en él. Era de locos. Las paredes también eran de mármol a juego y en el techo había un techo falso con exquisitas molduras. También había plantas exóticas con bellas flores que captaron toda su atención. La lámpara de araña era asombrosa y también daba un poco de miedo pasar por debajo de ella. Si se le caía encima, la mataría, seguro. ¡Tenían portero! El hombre de mediana edad estaba trajeado, tenía un pinganillo en el oído y un puesto desde el que consultaba las cámaras de vigilancia que había en cada piso. Al dirigirse hacia uno de los dos ascensores, vio los buzones con bellas cristaleras. Aquello debía ser decadente como mínimo. Ni el edificio de su tía era tan ostentoso.

El ascensor era la continuación de todo aquello. Tenía un ascensor enmoquetado con las paredes forradas en terciopelo color burdeos. Incluso tenía un banco tapizado contra una pared y había un cuadro con toda la pinta de ser muy caro. Estaba empezando a agobiarse. Aquello era demasiado para una chica tan sencilla como ella. Temía lo que iba a encontrarse en el apartamento de Inuyasha. Ellos caminaban por allí con tanta normalidad que se sentía cada vez más extraña. ¿Qué hacía una chica como ella en ese sitio? Necesitaba tomar aire.

Inuyasha accionó el botón del panel que indicaba el decimotercer piso. Así hasta veintitrés pisos. Nunca había estado tan alto. Ella vivía en una diminuta casita de dos pisos en el extrarradio. Ni siquiera notó el movimiento del ascensor mientras ascendía aunque no pudo dejar de notar que había empezado a sonar música clásica. Aquel sitio no era para ella. Aún estaba a tiempo de echarse atrás, ¿no? Desearía que no le hiciera tanta falta ese dinero. Para su desgracia, la beca no se extendía para una buena universidad y con sus notas en matemáticas, jamás obtendría la beca que necesitaba.

El pasillo al que salieron tras detenerse el elevador parecía la prolongación de dicho ascensor, por lo menos en términos decorativos. Solo había tres viviendas por piso. Estaba segura de que serían enormes. Dos únicas ventanas dobles tintadas de negro en el corredor, una a cada lado en el lado de las escaleras, daban al exterior. El resto, era todo propiedad de cada apartamento.

Tragó hondo cuando Inuyasha sacó la llave de su apartamento. ¿Cómo sería su casa? Estaba impaciente por verlo y, al mismo tiempo, aterrorizada. Un hombre que vivía de esa forma y que tenía esa cara y ese cuerpo podía conseguir cualquier mujer. ¿Por qué ese empeño en ella?

Contuvo el aliento al entrar. El vestíbulo de esa casa era del tamaño del dormitorio de sus padres. Dejó sus zapatos al igual que Inuyasha y Kamui en un armario zapatero en la entrada y su cartera del instituto en otro armario en el que guardaban los abrigos e impermeables. El espejo de cuerpo entero bellamente tallado en los bordes con formas florales le mostró cuan fuera de lugar estaba en ese sitio. Ni siquiera con su exclusivo uniforme de colegio pijo lograba encajar allí. La guiaron hacia el salón, una habitación de grandes dimensiones pintada en un color crema que reflejaba muy bien la luz solar. El salón estaba dividido en dos partes con dos grandes alfombras indias de colores cálidos y ricos. En una parte había un piano de cola blanco acompañado por unos sofás de cuero, unas librerías repletas de obras clásicas y bellos objetos decorativos de cristal. En la otra parte, se encontraba un mueble con hueco para una televisión LED tan grande que se sintió diminuta a su lado, un Home Cinema y varias videoconsolas. El mueble tenía hueco para el bar y copas tras unas vidrieras y unos cajones a ras del suelo. Frente al mueble, un sofá de color zafiro y una mesa de cristal.

Se quedó extasiada mirando un cuadro que había colgado en la pared, tras el piano. Se veía la orilla del mar en calma cuando al fondo el mar estaba picado y caían rayos por una tempestad; lo más llamativo era un caballo blanco cabalgando entre ambos panoramas, con el agua cubriéndole parte del lomo. En ese momento, se sintió exactamente igual, atrapada entre dos mundos diferentes.

— ¡Kagome, ven aquí! — la llamó el niño.

Kagome despertó de su ensoñación en cuanto escuchó la voz del niño al que cuidaría de ahí en adelante. Tendría que acostumbrarse. Gracias a ese trabajo, se podría pagar una muy buena universidad. Sonrió a Kamui lo mejor que pudo y se sentó junto a él. Kamui había conectado la Wii You a la televisión e insistía en que jugara con él. Su hermano se moría de ganas por tener esa Nintendo. La vieja Play Station 2 que le regalaron a ella en su día con todos los juegos de segunda mano habidos y por haber ya no era suficiente. Sabía que sus padres llevaban un tiempo ahorrando para intentar conseguirle una consola nueva por las próximas navidades. Kamui era muy afortunado de tener todos esos aparatos de última tecnología.

Ella no era muy buena en esas cosas, hacía años que no jugaba, desde que entró en el instituto más o menos. Kamui puso el Mario Car, insertó los mandos en unos volantes y le enseñó a jugar. Era penosa. Siempre recordaría la paliza que le dio un niño de cinco años. Después, Kamui quiso jugar a la FIFA, donde le fue mucho peor que en el juego anterior. El baloncesto le encantaba y no se perdía ni un solo partido, pero el fútbol no era en absoluto lo suyo. Por suerte, el siguiente juego parecía hecho exclusivamente para ella. El Just Dance era ideal para una animadora. Tenía el cardio y el ejercicio aeróbico perfecto para un buen calentamiento y algunos pasos que le parecieron muy interesantes se los apuntó mentalmente. Podrían insertarlos en la nueva coreografía para la próxima temporada de baloncesto.

Más tarde, se sentaron los dos juntos en el escritorio de Kamui en su dormitorio para hacer los deberes en equipo. Sus deberes de secundaria eran lo que se dice inalcanzables para un niño, pero a Kamui sí que podía ayudarlo de vez en cuando. Desearía que sus ejercicios de matemáticas fueran tan sencillos como las sumas y restas que hacía Kamui. Odiaba las ecuaciones y, si había algo que odiara aún más, era el álgebra. ¿Y todo para qué? Ni siquiera sabía qué utilidad tenía aquello en la vida real.

— Kagome, ¿te quedarás a cenar?

Se volvió abruptamente hacia la puerta cuando lo escuchó. La verdad era que Inuyasha se estaba portando realmente bien. Desde que llegaron a la casa, no le había hecho más caso del que cualquier otro jefe le habría hecho. Los dejó a su aire mientras que él trabajaba en su despacho al final del pasillo, un lugar que ella aún no había visto. Había sido una tonta al pensar mal de él, al creer que tenía motivos ocultos tras esa oferta de trabajo. Aquello lo hacía por su hijo.

— No quiero ser una molestia. — se excusó.

— No lo eres, te lo aseguro. Tengo comida suficiente, solo debo preparar las porciones y hacer el refrito. ¿Te quedarás?

— ¡Por fa, quédate!

La petición de Inuyasha y la súplica de Kamui terminaron por convencerla. Le enviaría un mensaje de texto a su madre para que no hiciera cena para ella y ya está.

— De acuerdo.

Media hora después, dejó a Kamui jugando para ir a la cocina a ayudar a Inuyasha con la cena. Desde el salón accedió a un comedor. Ella creyó que esa sería la cocina, por lo que se llevó una gran sorpresa al aparecer en ese comedor tan bonito y amplio. Aquella casa era enorme. No pudo evitar acariciar las sillas e incluso la mesa al rodearla. Bajo sus pies, caminaba sobre otra alfombra india. Del techo colgaba una lámpara de araña a menor escala que la del portal del edificio. Tenía un reloj de péndulo antiguo más alto que ella que la dejó sin aliento. Antes, solo había visto algo así en las películas. La pared era del mismo color que la del salón. A su madre le encantaría esa casa.

Supuso que la puerta que quedaba debía ser la cocina, ya no quedaban más opciones. Empujó la puerta y, efectivamente, accedió a una cocina de ensueño. Inuyasha estaba de espaldas a ella, dando vueltas a una comida que olía muy bien.

— ¿Necesitas algo?

¿Cómo había sabido que ella estaba ahí? No hizo ningún ruido…

— No, yo… solo… solo quería ayudar…

Esa cocina era el sueño de todo chef. Tan moderna, tan amplia, tan limpia y tan bien equipada que parecía la propia de un restaurante de cinco tenedores. Asombrada, se acercó a él intentando no ser una molestia. Ese olor era de curry y pollo.

— Huele muy bien…

¿Por qué estaba tan nerviosa?

— ¿Me acercas el orégano?

¿Orégano? ¿Para el curry? Lo miró extrañada por semejante petición. Nunca había mezclado curry con orégano. Se acercó a la estantería de las especias bien visible y buscó el bote de orégano. Utilizaba especias de alta calidad. La verdad era que no le extrañaba. Alguien que vivía en un apartamento como ese, no escatimaría en gastos en la comida precisamente.

Le entregó el bote con curiosidad y vio cómo lo espolvoreaba ligeramente sobre una salsa que tenía una pinta tremenda.

— ¿Quieres probar?

¿Tanto se le notaba la sorpresa? Inuyasha no esperó a que contestara. Alzó la cuchara, la sopló con delicadeza y se la ofreció. Ese tipo de escena romántica estaba tan trillada por las comedias románticas que casi se apartó de un salto. No debía pensar mal. ¿Y cómo demonios no hacerlo? Le ofreció ser su amante, la besó, la tocó y lo peor era que en el fondo le gustó. ¡No, mente fría! Solo le estaba ofreciendo la salsa para probarla, nada más. Se acercó y se mojó los labios. Al lamerlos casi gimió. Estaba deliciosa. El orégano le daba un toque que incrementaba su sabor. No esperaba que Inuyasha fuera tan buen cocinero.

— Cocinas muy bien. — admitió en voz alta.

— Cuando eres un hombre divorciado con un hijo, no te queda más remedio que tomar cursos de cocina. Kamui apenas tenía un año cuando nos quedamos solos y no podía darle de comer pizza, mucho menos todos los días. Tomé cursos de cocina mientras él todavía tomaba papillas…

— ¡Qué afortunado! Su padre y su madre cocinan para él.

— No, su madre no. — se volvió hacia la sartén como si hubiera dicho algo que lo incomodaba — Su madre nunca cocina para él.

Deseaba hacerle más preguntas, saber sobre él, sobre la tonta de su ex mujer por dejar escapar a un hombre así, sobre Kamui y sobre toda su vida, pero todo eso se quedó atrapado en su garganta. ¿Qué derecho tenía a hacerle ese tipo de preguntas? No era su novia, ni nada remotamente parecido. Seguro que la veía como a una cría en el fondo.

Notó que apagaba la vitrocerámica. Había terminado de cocinar. Cubrió la sartén con una tapa y antes de que pudiera predecir lo que iba a hacer, se volvió y la abrazó tan intensamente que algo se estremeció dentro de ella. No era la clase de abrazo que acostumbraba a recibir. Aquel abrazo era mucho más. Así era como una persona debía aferrarse a otra a la que no deseaba perder, a alguien a quien amara profundamente. Si solo pudiera creer que él la amaba, si le diera alguna señal más clara. Era incapaz de percibir sus sentimientos por más que lo intentara. Estaba cerrado herméticamente para ella.

O no tanto. El duro y prominente bulto de su entrepierna se clavó contra su vientre como claro identificativo de lo que él deseaba de ella. ¿Cómo pudo ser tan tonta? Había una sola cosa que él quisiera de ella y se había puesto en bandeja al confiarse. Tenía que separarse de él, lo antes posible. Inuyasha debió notarlo porque le apretó las nalgas con sus manos y la alzó hasta subirla sobre la encimera de mármol de la cocina. Solo pudo emitir una exclamación como queja antes de que sus labios se apoderaran de los de ella en un apasionado beso. ¿Por qué algo tan bueno tenía que estar tan prohibido? No podía acostarse con él, no podía fallarse a sí misma de esa forma. Ella quería entregarse por amor, no por sexo. ¿Tan difícil era de entender?

En un momento de cordura, logró romper el beso y lo abofeteó tan fuerte que se escuchó el plaff de la bofetada. Le pareció que se detenía el tiempo en ese instante. La magia se esfumó y fue rápidamente sustituida por una sensación de desasosiego y una tensión que le provocaron mareos.

— Pon la mesa. — le ordenó — Después, ve a buscar a Kamui y cenaremos.

— Inuyasha…

— Vete, ¡ya!

Genial, Inuyasha estaba enfadado con ella. Pues ella también estaba enfadada con él por atacarla. La tarde había sido estupenda, se había comportado bien, le hizo creer que sería un jefe profesional y ella se lo creyó como una tonta. ¿Ese dinero merecía el sacrificio de pasar por aquello todos los días? ¿Era un verdadero sacrificio?

La cena fue tensa. Kamui, al principio, hablaba e intentaba llamar su atención y la de su padre, pero, al rato, consciente de que ninguno de los dos estaba de humor aunque trataran de simular, empezó a pasear la comida de un lado a otro, al igual que ellos. Lamentaba no poder disfrutar de ese arroz con curry y pollo porque estaba delicioso. Sin embargo, la cara de pocos amigos de Inuyasha no era nada alentadora. Seguro que iba a despedirla. La contrató de niñera y para acostarse con ella. Si ella no le daba lo que él quería, ¿qué interés tenía en pagarle? Empezaba a sentirse como una prostituta y eso no le gustaba. ¡Por Dios! ¿En qué demonios estaba pensando Inuyasha? Si no le mandaba una señal lo antes posible, se volvería loca.

Tras la cena, Kamui y ella decidieron que fregarían los platos, ya que Inuyasha había cocinado. En realidad, solo tuvieron que recoger la mesa y enjuagar la vajilla para meterla en el lavavajillas. Luego, ayudó a Kamui a prepararse para ir a la cama. Le leyó un cuento y lo arropó en su cama con forma de cohete. A su hermano le encantaría tener una cama como esa con sábanas de Los Vengadores además.

Su trabajo ya había terminado por ese día. Ya solo le faltaba saber si había terminado para siempre. Inuyasha entró para darle las buenas noches. Salió al pasillo, pero se quedó frente a la puerta abierta para verlos con el corazón latiendo con fuerza contra su pecho. A pesar de ser un pervertido o un obseso sexual, era un muy buen padre. Pocos asumirían la responsabilidad que él se había echado sobre la espalda. No tenía a nadie más. ¿Se sentiría solo a veces? Aunque Kamui estaba con él, supuso que no era lo mismo que tener una esposa. ¿Qué habría sucedido entre él y su ex mujer para que se divorciaran? ¿Cómo era ella? Seguro que guapísima.

Inuyasha cerró la puerta del dormitorio de Kamui al salir. Ella se mordió el labio inferior, nerviosa. Tenía que irse de allí, ya era muy tarde.

— Bueno, yo me marcho ya.

— Espera, tenemos que hablar primero.

Eso sonaba muy mal. Cuando un hombre decía eso era para dar malas noticias. ¡Iba a despedirla!

— Yo…

— Ven.

La guio hacia el salón en silencio. De repente, la luz se apagó y escuchó cómo se cerraba la puerta a su espalda. No veía nada y no conocía su casa lo bastante bien como para guiarse a oscuras. Algo la empujó y le hizo caer de espaldas sobre el sofá. Instantes después, tras haber acostumbrado en cierto modo sus ojos a la oscuridad, pudo atinar a ver en la oscuridad a Inuyasha cerniéndose sobre ella.

— Por favor, Inuyasha... — suplicó — Detente…

— ¿Por qué me has dado una bofetada antes? — murmuró contra su oído.

— Yo…

— ¿Acaso que no te gustan mis besos?

— No es eso…

— ¿Entonces?

Simplemente, no podía, no debía hacerlo. Era un hombre mayor, ella solo tenía quince años, sus padres no lo aprobarían, iba en contra de sus propios principios, él le rompería el corazón… Había tantas razones.

— No puedo ser tu amante.

Intentó sonar rotunda, decidida.

— Pero sí quieres serlo…

Más que nada en el mundo en ese instante. Aquellas fueron unas palabras que no pronunció, que se negaba a admitir. Desgraciadamente, Inuyasha no necesitaba que ella se lo dijera para saberlo. Se inclinó sobre ella y la besó de nuevo. En esa ocasión, fue más bruscos e incansable que en la cocina. No le dejó lugar para las dudas o para pensar si quiera. Le agarró las muñecas y las alejó de su cuerpo colocándolas sobre su cabeza para evitar también que ella intentara abofetearlo de nuevo. Le gustara o no, estaba bajo su control.

Sus labios se separaron de los de ella, dejándole tomar grandes bocanadas de aire de nuevo. Entonces, se deslizaron sensualmente hacia su cuello sensible, en el cual hizo tales maravillas que no pudo evitar frotarse los muslos con antelación. Algo estaba ardiendo en un lugar prohibido con tanta intensidad que estaba por gritar. Aquello era demasiado, aquello…

— ¡Papá!

Inuyasha se apartó de ella en un instante. Escuchó abrirse abruptamente la puerta del salón y sus pasos corriendo por el pasillo hacia el dormitorio de Kamui. Estaba salvada por la campana. Debía aprovechar para marcharse.

Kamui creía de nuevo que había un monstruo escondido dentro del armario. La lámpara de noche no surtía tanto efecto como hubiera deseado. Aunque muchos días tenía paz, otros muchos Kamui lo llamaba aterrorizado. Incluso lo llevó a un psicólogo que confirmó que no había nada fuera de lo normal. El remedio era asegurar el dormitorio ante él antes de dormir, impedir que viera películas de miedo y luces de noche o muñecos que le hicieran sentir protegido. Era una fase, se pasaría. No obstante, esa noche él olvidó hacer las comprobaciones porque no dejaba de pensar en Kagome y en su entrepierna. No volvería a suceder.

No tardó demasiado en calmarlo. En cuanto comprobaba el armario, Kamui siempre se quedaba mucho más tranquilo y no volvía a llamarlo en toda la noche. Le dio otro beso de buenas noches y regresó al salón, donde lo esperaba su propio beso de buenas noches y algo más. Ya tenía a Kagome justo donde la quería.

— Siento haberte hecho esperar... — dijo mientras entraba en el salón — ¿Kagome?

Kagome no estaba en el salón. En su lugar, vio una nota sobre la mesa de cristal. Se inclinó, la tomó y leyó consternado. Kagome se había marchado y su padre la recogería en coche. ¡Diablos, no había nada que pudiera hacer para traerla de vuelta! Mucho menos si el padre protector estaba en camino. Todo por no haber comprobado el armario de Kamui previamente. Sería más meticuloso de ahí en adelante. Kagome era un manjar al que no pensaba renunciar.

Continuará...