Capítulo 3: celos

Fue a recoger a su hijo en coche como cada tarde. A pesar de haber perdido su oportunidad la noche anterior, estaba contento porque ese día tendría otra, al siguiente otra y otra más; así, infinidad de veces. Terminaría consiguiendo lo que deseaba antes o después. Entonces, sería Kagome quien lo buscaría a él con impaciencia, ansiosa, deseando repetir. Estaba seguro de que una vez que lo probara, jamás podría volver a rechazarlo. Tenía tantos planes para ellos dos, tantas ideas, tanto deseo contenido. Sería suya.

Ese día no fue a la oficina. En su lugar, se quedó trabajando en casa, algo que podía permitirse alguien de su cargo. Quizás, por eso lo miraban tanto otros padres. No era muy común que él no acudiera a buscar a su hijo vestido de traje. Ese día, llevaba puestos unos pantalones color caqui y camisa blanca. Tenía la esperanza también de parecerle más juvenil a Kagome. A ella le intimidaba su edad más incluso de lo que él creyó en un principio. Si lo veía como una persona más cercana, podría tener más oportunidades de seducirla. ¿Qué hacían los adolescentes? Él solo recordaba las hormonas y las ansias inagotables de sexo. Eso no lo ayudaría. Necesitaba conocer el tipo de entretenimientos que les gustaban, insertarse en su mundo.

A lo mejor se lo estaba tomando muy en serio. ¿Merecía tanto la pena un polvo con Kagome? La fachada era estupenda, sin duda alguna, aunque eso no significaba que no pudiera decepcionarlo. Ya se había acostado antes con mujeres hermosas que no podrían haber resultado más decepcionantes en la cama. En el caso de Kagome, también tendría que tener en cuenta su inexperiencia. Era virgen; estaba cada vez más convencido de ello. Tenía dudas. Estaba poniendo mucho en riesgo por una muchacha a la que ni siquiera había probado.

Kamui llegó justo en ese instante. Antes de que pudiera cogerlo en brazos, le mostró un dibujo de la clase de plástica. Se quedó de piedra. Kamui había dibujado algo completamente diferente a lo que habituaba a dibujar. Estaban ellos dos cogidos de la mano, etiquetados sobre las cabezas como de costumbre. Hasta ahí todo normal. La novedad en el dibujo era Kagome. Estaba dibujada al otro lado de Kamui, llevándolo también de la mano. ¿La estaba confundiendo con su madre? Tampoco le extrañaba. Kagome en dos días le había dado más amor que su madre en cinco años. Aquello no podía estar bien.

— Es muy bonito, hijo.

— ¿Crees que también le gustará a Kagome?

Kamui quería la aprobación de Kagome. Había intimado demasiado con ella, la introdujo en su vida; hizo justamente lo contrario de lo que se prometió. Aquello ya no podía ser solo sexo, no cuando su hijo la había magnificado de esa forma. Debió acostarse con ella esa misma tarde, cuando se lo propuso. Todo habría sido más sencillo, las reglas habrían estado establecidas. Proponerle que fuera la niñera de Kamui fue el mayor error que podría haber cometido. ¿Tenía que despedirla?

— Kagome viene ahora. — comentó su hijo — Está hablando con un compañero de clase. Me ha dicho que no tardará mucho.

Algo se activó dentro de él al escuchar a su hijo. ¿Kagome estaba con un chico? ¿Con un chico de su edad?

— Y, por curiosidad, ¿sabes de qué hablaban?

— No sé... algo de salir el sábado juntos... creo...

Era justo lo que temía. Ese chico era un pretendiente de Kagome y encima de su edad. Tenía competencia joven, algo que desearía haber podido evitar y que habría evitado de haber hecho las cosas bien desde el principio. Le había dado demasiada tregua a Kagome. El problema era que tampoco podía renunciar a ella, ya no. De una forma u otra, Kagome terminaría en su cama y antes de lo que ella imaginaba. Mientras tanto, aplastaría como un insecto a todo aquel que osara interponerse entre ellos.

Levantó la vista al oír la voz de Kagome, se estaba riendo de alguna cosa. Caminaba hacia la salida con un chico de su edad lo bastante guapo como para que le resultara preocupante. Parecía el típico chico bueno, responsable y estudioso contrario al tipo de chico malo que también atraía tanto a las jóvenes de su edad. Tenía el pelo castaño tan bien cortado que parecía que había sido trazado con una regla. Lo peor eran esos ojos azul marino que perfectamente atraerían a una chica. Para su suerte, sus ojos dorados solían destacar más y podía fardar de tener un físico más atractivo para una mujer. No perdería ante él.

— Entonces, ¿quedamos el sábado en mi casa para estudiar?

Sí, para estudiar. ¡No se lo creía ni él! En sus tiempos, también quedó con muchas chicas para estudiar. Sabía muy bien lo que significaba.

— Me temo que no va a poder ser. — se metió entre los dos.

— ¡Inuyasha!

Lo sentía por Kagome, no quería avergonzarla, pero tenía que marcar su territorio de alguna forma. Al final, haberla contratado de niñera no iba a ser algo tan negativo. Al menos, le servía como excusa para ciertas cosas.

— El sábado tienes que cuidar de Kamui, es tu trabajo.

— ¿El sábado? ¿Por qué? — se quejó a su espalda — No dijimos nada de los sábados.

— A lo mejor tienes que quedarte a dormir porque llegaré tarde. No te preocupes, tendrás un extra por eso. — al fin volvió la cabeza hacia ella — Lo harás, ¿no?

Tal y como imaginó, Kagome le estaba dedicando un ceño fruncido en toda regla por aquella escena. También se lo estaba pensando. Sabía que la joven tenía conciencia, que era responsable y que no dejaría solo a Kamui. Aquello de tenerla de niñera tenía un punto de contrapartida que cada vez le estaba gustando más. Era suya y lo sería hasta que él y Kamui quisieran que lo siguiera siendo.

— Está bien. — aceptó finalmente — Tengo que trabajar, Houjo. En otra ocasión será.

— Está bien, lo comprendo. — sonrió — Yo también tengo trabajo en la cafetería, no importa.

Antes de que pudiera predecirlo, el joven le dio un beso en la mejilla a Kagome en sus propias narices. A pesar de la inocencia de ese beso, los dedos le cosquillearon por las ganas de estrangularlo. ¿Cómo se atrevía a besar a Kagome? Y, al mismo tiempo, ¿cómo podía ser tan idiota? En sus tiempos, él le habría comido la boca directamente. Un enclenque como ese no podía aspirar en serio a salir con una mujer como Kagome. No estaba a su nivel. Ese muchacho jamás le daría cuanto él podía darle con su experiencia y su habilidad.

— ¡Suerte estudiando!

— Igualmente, ¡adiós!

— ¡Adiós!

En cuanto el tal Houjo les dio la espalda para marcharse, Kagome le dio un codazo en las costillas que lo tomó totalmente por sorpresa. Después, le golpeó con la cartera del instituto repleta de libros y lo encaró con el ceño fruncido y los dientes apretados. Lamentaba que se hubiera enfadado, pero lo hizo por el bien de los dos. No quería que perdiera el tiempo con alguien que era tan poca cosa. Kagome tenía que estar con él, tenía que aprender y experimentar con él, no con un idiota. Cuando llegara el día, en un mes, un año o lo que fuera, él mismo la dejaría marchar si creía que había encontrado alguien a su altura. Hasta entonces, era suya.

— ¿Por qué has hecho eso? ¡Voy a suspender matemáticas por tu culpa! — lo acusó para su sorpresa — ¡Se suponía que Houjo iba a ayudarme!

¿Matemáticas? ¿Habían quedado para estudiar matemáticas? ¡No lo podía creer! Aunque, por otra parte, no parecía que Kagome le estuviera mintiendo. Tal vez, ella creía que eso era lo único que quería Houjo. No entendía que no era más que un truco.

— Kagome…

— Encima, ¿cómo has podido hacerme esto?

— ¿El qué?

Cada vez estaba más perplejo. No sabía de qué hablaba Kagome.

— ¡Hacerme trabajar el sábado! — puso los brazos en jarra — No me dijiste nada de que tuviera que trabajar los sábados, ni de que me tuviera que quedar a dormir — suspiró — Además, se notaba que lo improvisaste al momento.

Kamui lo estaba escuchando todo. No quería que los oyera discutir, ni que sacara conclusiones que podrían incluso llegar a ser acertadas. Solo le quedaba una opción.

— ¿Por qué no entras en el coche, Kamui? — le tendió la tan ansiada llave — En seguida estaremos contigo.

Kagome agachó la cabeza avergonzada por primera vez. Seguro que ni se acordó de Kamui cuando empezó a discutir con él. Tampoco la culpaba. Él también lo había olvidado por un momento. No apartó la vista de su hijo mientras se subía al coche, ni dijo una sola palabra hasta que la puerta se cerró. Entonces…

— No vuelvas a comportarte de esa forma delante de mi hijo. — le advirtió — No consentiré que mi hijo esté expuesto a esta clase de escenas.

Se aseguró de sonar lo más serio posible ante ella. Era consciente de que Kagome no lo hizo adrede, pero eso no significaba que lo fuera a dejar pasar. Su hijo estaba por delante de todo, incluido ella. Podía conseguir un polvo en cualquier sitio, por lo que más le valía no poner a prueba su paciencia. Su obsesión por ella no era tan fuerte como para nublarle el juicio. Si su familia peligraba, ella se iría; era prescindible.

— Tú tienes la culpa… — musitó.

— Tal vez, ¿y qué? — socarroneó — Yo soy tu jefe y yo mando. Si no puedes estar para mí cuando me interesa, puedo buscar a otra persona.

— Kamui me quiere a mí… — trató de defenderse.

— No te recomiendo que utilices a mi hijo en mi contra, puedes salir muy mal parada.

— Yo…

— Me gustas, — admitió — pero no tanto.

Si con eso ocurría el milagro de que no salía huyendo, aún tenía una oportunidad con ella. Admitía que había sido muy duro, implacable, quizás, mas iba siendo hora de poner los puntos sobre las íes. Había sido en exceso permisivo con la adolescente hasta ese día. Solo había dos razones por las que ella trabajaba para él: su buena mano con Kamui y el deseo que él sentía por ella. Si una de las dos cosas flaqueaba, ella estaba fuera. Se equivocó al no dejárselo claro desde el principio. Tal vez no lo hizo porque su erección tomó el mando de su vida durante unos días. Desde entonces, llegaría a un acuerdo con la razón porque le empezaban a picar las pelotas. Kagome estaba resultando una complicación totalmente innecesaria.

Se había encogido ante él. Minutos antes, le había demostrado el carácter que podía llegar a tener, un carácter que ni de lejos había imaginado que tendría. No era algo que le disgustase del todo, sobre todo en el dormitorio. No obstante, su encogimiento le hizo sentirse como un padre echando la bronca a su hija. ¡Demonios, no quería que ella lo viera así! Tenía que quitarle hierro al asunto o aquello iba a resultar de lo más incómodo para todos.

— Además, ese chico no te conviene.

— ¿Ah, no? — preguntó vacilante.

— No, es muy poca cosa para ti.

Se estaba relajando poco a poco. Perfecto, porque Kamui no tardaría en ponerse muy nervioso si continuaba viéndolos hablar o lo que para él sería discutir desde el automóvil. Eso por no hablar de todos los estudiantes o padres que se volvían hacia ellos. Deseaba que creyeran que era su padre o un familiar. No necesitaba que lo investigaran además.

— ¿Y quién me conviene?

La respuesta a esa pregunta era muy sencilla.

— Yo.


Inuyasha le ayudó con las matemáticas a lo largo de la semana. Ella no se lo pidió; él, simplemente, se ofreció a hacerlo. Mientras Kamui jugaba a la consola a la vista de ambos, él le enseñó en la otra parte del salón. No era tan complicado con un buen maestro a decir verdad. Le encantaría poder ser tan inteligente como Inuyasha Taisho. Todo lo que hacía se le daba bien, tenía muchos conocimientos, era muy habilidoso. Aunque se pelearan en ocasiones, lo admiraba mucho más de lo que nunca admitiría ante su siempre inflado ego. Debajo del hombre obsceno de gran potencial sexual que él le había querido mostrar, había una persona increíble. Solo había que ver lo bien criado que estaba Kamui. Ahora bien, tenía la sensación de que Inuyasha no era consciente de esa parte de él mismo.

Las matemáticas no era lo único que había quedado aclarado. Lamentaba haberse comportado de esa forma tan inmadura en la puerta del colegio, frente a todo el mundo. Se había enfadado mucho con Inuyasha porque le estropeó, no solo una oportunidad de aprobar un examen que la llevaba de cabeza al abismo, sino también la oportunidad de salir con un chico que la ayudara a quitárselo de la cabeza. Creía estúpidamente que saliendo con otro él saldría de su mente. A lo largo de la semana se dio cuenta de que eso no sucedería, no de esa forma al menos.

Estaba claro, por un lado, que Inuyasha quería acostarse con ella; eso era algo que supo desde el primer momento. No iba a cambiar de opinión, ni iba a desistir. Si seguía yendo a su casa a trabajar, él la seguiría "atacando". Por otro lado, Kamui estaba a su cuidado por deseo del niño. Él la quería a ella, lo que había ayudado a que lograra un trabajo que, a pesar del acoso del más que atractivo jefe, tenía unas condiciones inmejorables. Si hacía cualquier cosa que dañara a Kamui, estaba fuera, automáticamente, de su casa y de sus vidas. Si Inuyasha dejaba de desearla, también estaba fuera. A primera vista, si quería permanecer allí, parecía que solo tenía una opción.

La tarde del sábado se sintió tan decepcionada con Inuyasha que estuvo a punto de lanzarle uno de sus centros de mesa de cristal a la cabeza. Después del sermón que le echó, de ponerla contra la espada y la pared, de jurar que la deseaba y que era el único hombre que le convenía, el muy cerdo había salido con otra mujer. Le hizo cuidar de Kamui un sábado para llevar a cenar a otra. Nunca se había sentido tan humillada como en ese instante. Si en algún momento tuvo la más mínima oportunidad de acostarse con ella, acababa de perderla para siempre.

Se dedicó a estudiar matemáticas mientras Kamui veía los dibujos en un canal de pago que ella tan siquiera conocía. Al ver la letra de Inuyasha en su cuaderno, se puso tan furiosa que lo cerró abruptamente. No tenía ningún derecho a tratarla de esa forma, no era de su propiedad. Lo peor era que había usado a su hijo cuando a ella la amenazó por algo muy similar. Ya no le parecía tan buen hombre. Sería inteligente, apuesto y encantador, pero también era arrogante, prepotente, rastrero y un auténtico sinvergüenza. Así no se trataba a una mujer a la que se pretendía conquistar.

¿Qué estarían haciendo? La había sacado a cenar, ¿dormiría también fuera? Ella se quedaba a dormir, estaba claro. ¿Acaso se quedaba porque Kamui estaría solo toda la noche? Se retorció las manos sin poder dejar de pensar en ello. Igual había reservado habitación en un carísimo hotel o iba a la casa de ella. ¿Cómo sería esa mujer? Seguro que muy guapa y mucho más sofisticada que ella. Inuyasha podía acceder a ese tipo de mujeres. Seguro que ella llevaría un vestido precioso y joyas carísimas. Hablarían de cosas cultas, se reirían y, al final de la noche, harían el amor. Sí, ellos harían el amor porque a esa mujer la trataría con más respeto que a ella, seguro. ¡Estúpido Inuyasha!

Para su sorpresa, Inuyasha llegó a las once de la noche. Kamui y ella habían cenado a las nueves unos sándwiches con refrescos mientras veían una película de animación. Después, emitían una película de miedo de cuyo título tan siquiera se acordaba. Kamui había insistido en verla y, como Inuyasha dijo que los sábados podía acostarse tarde, como mucho a las doce, consintió que la viera. A ella no le gustaban demasiado ese tipo de películas, así que estuvo chateando con unas amigas a través del Whassap. Cuando se encendió la luz del salón, estaba jugando al Candy Crash y estaba a punto de hacer historia. Entre eso y lo enfadada que estaba con Inuyasha, ni siquiera prestó atención.

— Buenas noches.

Intentó parecer lo más ajena posible a su voz.

— ¿Ese es tu hijo?

La voz de mujer fue suficiente para hacer que se desconcentrara y perdiera la ventaja del tiempo que aún tenía en el juego. Perdió irremediablemente con su puntaje más alto. Odiaba ese juego, era demasiado adictivo. Aunque en ese momento no había nadie a quien odiara más que a Inuyasha. Bloqueó el teléfono e intentó parecer lo más receptiva posible al mismo tiempo que insensible. No quería que él notara lo mucho que le afectaba que hubiera vuelto acompañado.

Al alzar la vista, todas sus sospechas se confirmaron. Aquella mujer era cuanto ella no sería jamás. Estaba con una rubia despampanante que parecía sacada de la portada de Vogue. De hecho, era altísima y muy delgada. ¿Sería modelo de verdad? Desearía tener sus ojos azules color agua marina, su nariz excesivamente perfecta que parecía sacada del mejor quirófano de Hollywood y su melena rubia natural. A su lado, ella era de lo más corriente. Si Inuyasha trataba de castigarla, sus felicitaciones, lo había logrado con creces.

Echó una rápida ojeada al vestido, intentando aparentar que no le gustaba. Era precioso, verde lima, brillante y ajustado. Seguro que era de algún diseñador famoso cuyo nombre ella tan siquiera conocería. Parecía un tejido muy caro. El chal blanco que llevaba para cubrirse los hombros también parecía muy delicado. Eso por no hablar de los zapatos. ¡Menudos tacones! Lo que daría por tener unos tacones así de bonitos. No podían permitirse zapatos caros en su casa y su madre decía que era demasiado joven para usar tacones. ¡Todas las chicas de su edad usaban tacones! Aunque esa mujer no parecía en absoluto de su edad. Parecía estar más cerca de los treinta y de Inuyasha.

No era capaz de disimular que le importaba haberlo visto con una mujer como esa, así que optó por la opción menos humillante. Se volvió hacia la televisión, de la cual Kamui no había apartado la vista ni un solo instante. ¿Por qué la había llevado a su apartamento? Kamui y ella estaban allí, sabrían lo que sucedía, lo que iban a hacer. Se negaba a dormir en el cuarto de invitados mientras se escuchaba el chirrido de los muelles de su cama. No, seguro que no tenía una cama de muelles. Aun así, los escucharía.

— ¿Qué estáis viendo?

Justo en ese instante, el cuerpo de una persona empezó a retorcerse en la pantalla de forma macabra. ¿Qué demonios estaban viendo? Kamui era muy pequeño para ese tipo de película. Se lanzó sobre el mando de la televisión y se apresuró a cambiar de canal. Apareció una escena de sexo en otra película. ¡Qué mala suerte tenía! Volvió a pulsar el botón antes de que Kamui hiciera alguna pregunta y dio gracias al cielo cuando apareció la película de Disney de Rapunzel.

— No sé cómo se cambió la tele…

No sabía si Inuyasha la creía y en verdad no le importaba demasiado. Solo quería que la rubia soltara su brazo. ¡No se iba a ir a ninguna parte si lo soltaba!

— Papá, ¿puedo quedarme a ver la película?

Salvada por Kamui.

— No sé, es muy tarde y todavía está por el principio.

Era verdad. El ladrón aún no había llegado a la torre de Rapunzel. Quedaba mucha película por ver. Decidió plantarse a favor de Kamui. Al fin y al cabo, para algo estaba ella allí. Se suponía que se quedaría por la noche precisamente porque Kamui estaría solo en el caso contrario. Inuyasha no debió haber vuelto. Si pretendía quedarse con esa mujer, ella se marcharía.

— Yo me quedaré con él hasta que acabe.

Después, si Inuyasha se quedaba, se iría. Si la rubia también se quedaba, ni siquiera se quedaría a ver la película con Kamui. Lo sentía por el niño, pero su padre era un capullo.

— Oye, amor — la rubia intentó captar la atención de Inuyasha inclinándose hacia él — ¿no me vas a presentar?

— Sí, claro.

¿Amor? ¿Lo había llamado amor? Intentó aparentar que no le afectaba con todas sus fuerzas. Tuvo que poner para ello todos sus esfuerzos en no cerrar los puños hasta que se le quedaran los nudillos blancos. Si lo hacía, a lo mejor también terminaba dándole un puñetazo a la rubia.

¿Acaso no le importaba que estuviera con otra? ¿Por qué demonios parecía tan impasible mientras veía la televisión con Kamui? Esperaba una reacción por su parte, una señal de que no se equivocaba, de que ella se sentía atraída por él, de que apartaría a la otra para reclamar su lugar. Esperaba cualquier cosa menos que ella lo ignorara. Se sintió muy decepcionado. Había montado todo ese numerito con aquella mujer insoportable solo para ponerla celosa sin éxito.

Se sintió tan estúpido como un adolescente. ¿Desde cuándo él hacía ese tipo de cosas tan propias de la edad del pavo? Había cenado en un maravilloso restaurante con una rubia tonta, egoísta, caprichosa y carente de encanto. Mientras tanto, Kagome vistiendo con ropas de lo más normales se veía más deseable que la otra. Prefería la sudadera holgada de Kagome al vestido ajustado de su cita. El plan había sido un fracaso total. Aunque, si lo que quería era ponerse a la altura de los jóvenes muchachos que rondaban a Kagome, no podría haber tenido más éxito. Esa noche, se había puesto en evidencia.

Lo siguiente que sucedió fue totalmente inesperado para todos. En un momento, la rubia había estado de lo más cariñosa y, al siguiente, lo abofeteó con tanta fuerza que se escuchó el chasquido. Kagome y Kamui dejaron de ver la película y se volvieron inmediatamente, anonadados. Él se quedó totalmente bloqueado. Le molestaba que le pegaran, por supuesto que sí, pero no comprendía el porqué. ¿Qué había hecho mal?

— Misa… — apenas musitó.

— ¡Si querías a otra, no sé para qué me has traído aquí!

Acto seguido, su cita salió de la casa como un tornado mientras lo maldecía. Al parecer, era más evidente de lo que él creía. Se llevó una mano a la mejilla, al notar el picor, y frunció el ceño. La noche no tendría que haber acabado así. Misa había conseguido que se sintiera más humillado si era posible.

— ¡Qué sensible! — exclamaron a la vez Kamui y Kagome.

Les dirigió una mirada de pocos amigos. Al interceptarla, ambos volvieron la vista hacia el televisor con la espalda recta y la musculatura en tensión, como si esperaran recibir una buena bronca. No era culpa de ninguno de los dos. El idiota allí era él. Cogió aire y se dirigió hacia la cocina para ponerse algo frío en la mejilla. Escogió un paquete de guisantes del congelador que le cayó de maravilla sobre la piel enrojecida.

— ¿Te duele mucho la bofetada?

Kagome entró tímidamente en la cocina, pidiendo permiso con la mirada. Asintió con la cabeza para que se acercara y tomaron asiento en la mesa.

— No me ha dado tan fuerte, pero pica mucho.

— Las rubias se echan demasiada laca de uñas.

— Podrías haberme avisado. Los hombres estamos indefensos ante vuestros secretos estéticos.

Los dos se rieron juntos por primera vez. Nunca había escuchado a Kagome reír de esa forma, ni nunca le había sonreído a él de esa forma. Le daban ganas de protegerla para que nadie estropeara jamás esa sonrisa. Se sintió un ser horrible. Él mismo podía convertirse en el destructor de tanta belleza. El problema era que ya no podía echarse atrás. Había descubierto que no renunciaría a ella por muy peligroso que fuera.

— Parece ser que no era tan tonta como yo pensaba. — admitió — Tenía razón, aunque eso ya lo sabes. Siento el numerito.

— ¿De verdad lo sientes?

— Sí, me he comportado como un auténtico idiota. Quería ponerte celosa, como si pudiera hacerlo…

Sí que podía, pero tenía miedo de admitirlo. Si confesaba en voz alta que Inuyasha tenía tanto poder sobre ella, ya no habría marcha atrás.

— Kamui está solo, debería volver con él. — se excusó.

Eso era lo mejor para todos. Tenía que resistir el impulso por más fuerte que fuera. Inuyasha la destrozaría, ese mismo día le había demostrado la capacidad que tenía para hacerle daño. ¿Ella qué sería para él? ¿Un juguete? ¿Una diversión pasajera? Cuando se aburriera de ella, ¿qué haría? ¿La despediría y no volvería a hablarle nunca más? ¿O la mantendría en su puesto de niñera mientras paseaba a otras mujeres por su casa? ¿Se acostaría con otras mientras estaba con él? No podía confiar en él. Le había demostrado que no era un hombre de fiar, no en lo que respecta a las relaciones, al menos. En otros aspectos era tan perfecto que casi estaba tentada a olvidar sus defectos.

Se sentó junto a Kamui en el sofá y sonrió al ver a Rapunzel interrogando a Flynn con el camaleón. Ella también estaba encerrada en una especie de torre, confinada para protegerse del dragón que la acechaba. Aunque la situación no era la misma, la sensación era exacta. Deseaba con todas sus fuerzas poder escapar y ser libre.

Para su sorpresa, minutos después, Inuyasha se quitó la americana, la corbata y los zapatos y se sentó con ellos en el sofá. Kamui se puso muy contento y se tiró sobre su padre. Estaba segura de que el niño no acostumbraba a pasar los días festivos sin su padre. Inuyasha no parecía en absoluto de ese tipo, no con su hijo. La verdad era que, como padre de familia, él era un sueño. Cualquier mujer lo querría por marido. ¿Por qué se divorció? ¿Qué le hizo su ex mujer? No le cabía duda de que él también tendría lo suyo, pero parecía tan atormentado por su divorcio que sospechaba que algo le sucedió con la anterior esposa. Algo muy gordo a juzgar por la relación nula de la madre con el hijo.

Se removió incómoda al sentir unos calambres en el bajo vientre. Aquella sensación no era como cuando Inuyasha intentaba seducirla, era algo más bien desagradable. También notó un mal estar en la boca del estómago. Lo que le faltaba en ese momento era ponerse enferma. Se apoyó contra el respaldo del sofá y respiró hondo. Se le pasaría. Seguro que había comido demasiado o algo que no estaba buen estado… o algo por el estilo. Se recuperaría pronto.

En algún momento a lo largo de la película se quedó dormida. Se despertó al final, justo cuando se iniciaban los créditos finales de la película. De repente, notaba como unos tirones en los riñones y el dolor se había intensificado. ¿Qué hora era? Alguien encendió la luz en respuesta a sus pensamientos. Entrecerró los ojos molesta por el cambio de iluminación hasta que se adaptaron. Entonces, vio que el reloj marcaba las doce y cuarto de la noche.

— ¿Vemos otra película?

No era justo. Un niño de cinco años estaba más fresco que ella a esa hora. ¿No se le agotaba nunca la energía?

— Ya es hora de irse a la cama, Kamui.

Sí, también era hora de irse a dormir para ella. Se tomaría un vaso de leche caliente, una aspirina y a la cama. Todo eso lo haría en su casa. Si Inuyasha se quedaba a dormir allí, ella ya no era necesaria. Tenía que marcharse por más pereza que le causara. ¿Habría algún autobús? No quería molestar a su padre a esa hora para que fuera a recogerla. Tampoco quería tener que pedírselo a Inuyasha. Además, no podía dejar solo a Kamui.

— Kagome, ¿me lees un cuento?

¿Un cuento? No sabía si sería capaz de leer dos palabras seguidas.

— Kagome está cansada.

Escuchaba la voz de Inuyasha, pero no lo veía. No hacía más que andar de un lado a otro por el salón; probablemente, estaría recogiendo. A ella no le apetecía ni levantar la cabeza para mirarlo. Si tenía que volver a casa a esas horas y en ese estado, no llegaría. Buscaría en su móvil alguna ruta de autobús después de acostar a Kamui.

— Hora de dormir, Kamui.

Intentó aparentar normalidad mientras se levantaba, simular que no tenía ganas de doblarse por la mitad del dolor que sentía en los riñones y lo acompañó. Se llevó una mano a la boca en el pasillo mientras bostezaba ruidosamente. Ella también quería irse a la cama. Entre Inuyasha y ella metieron a Kamui en la cama y le dieron las buenas noches. No pudo menos que ver sorprendida cómo Inuyasha inspeccionaba toda la habitación en busca de posibles monstruos. Era encantador.

Salieron en cuanto terminó de comprobar el armario. Había dejado su bolsa con la ropa en el cuarto de invitados, así que se dirigió hacia allí mientras buscaba en Google un autobús. Tomó su bolsa y salió al pasillo, luego al salón. Solo le quedaba…

— ¡Kagome!

Se volvió sin apartar la vista del teléfono. No quería marcharse sin despedirse de Inuyasha, aunque deseó no encontrárselo.

— ¿Sí?

— ¿Se puede saber a dónde vas?

— A casa… musitó — ¿Conoces algún autobús cerca que…?

— A esta hora no hay autobuses y no puedes volver sola a casa. Pensé que te quedarías, eso era lo que…

— Tú estás en casa, ya no es necesario…

— Quédate de todas formas. No puedo dejar que te vayas sola a esta hora, vives muy lejos. Además, no tienes buen aspecto. ¿Te encuentras mal?

Sí, se encontraba muy mal y muy aliviada de no tener que marcharse. Sus padres ya estaban avisados de que no volvería a casa, así que no perdía nada por quedarse allí. Asimismo, por más que lo intentara, Inuyasha no conseguiría nada de ella. Se sentía demasiado enferma como para corresponder a nada.

— La verdad es que no me siento nada bien… — admitió — ¿De verdad puedo quedarme?

— Ese era el plan, ¿no? — le pasó un brazo sobre los hombros y le tocó la frente con delicadeza — Ven, estás ardiendo.

Inuyasha cogió su bolsa de viaje y la acompañó hacia el pasillo de nuevo cargando con la mayor parte de su peso. Si él fuera así todo el tiempo, podría llegar a amarlo.

Continuará…