Capítulo 4: enamorada

Alguien la despertó. No era consciente de que estaba soñando hasta que alguien la despertó, y, suerte que lo hizo, porque aquello era una auténtica pesadilla. Primero se vio a sí misma en clase, intentando resolver un ejercicio de matemáticas excesivamente complejo que jamás había visto. El tiempo pasaba volando. La manecilla del reloj había avanzado quince minutos cada vez que la miraba. El profesor, el cascarrabias de matemáticas, la miraba con desaprobación para, finalmente, quitarle la tiza. Entonces, escuchaba las risas de sus compañeros a su espalda. Al volverse, estaba desnuda.

La segunda pesadilla transcurrió en su propia casa y era la continuación de la primera. Su padre perdía la pescadería por falta de ventas y, para colmo, por culpa de su suspenso en matemáticas, ella perdía la beca que los amparaba a ella y a su hermano en un colegio de élite. Al no poder pagar las facturas, les cortaban la luz. Cada vez había menos comida, la hipoteca los ahogaba. La desgracia culminaba perdiendo la casa en la que vivían.

La tercera pesadilla estaba relacionada con Inuyasha. En ella sucedía algo que jamás imaginó que pudiera afectarle tanto. Inuyasha se cansaba de esperarla, de perseguirla, de luchar por su atención. Le daba la espalda un día cuando iba a recogerla y se juntaba con una de sus compañeras de clase. Ella lo aceptaba de buenas a primeras y lo besaba allí en medio, delante de todo el mundo. Un fuerte dolor en el estómago la asaltó al contemplarlos, algo palpitó dolorosamente contra su pecho, el vientre se sentía como si lo estuvieran desgarrando. ¡Inuyasha era suyo!

Fue un alivio despertar para descubrir que nada de todo aquello era verdad. No obstante, el punzante dolor que sentía en el vientre le hizo retorcerse de dolor. ¿Por qué demonios le dolía tanto? ¿Qué le estaba sucediendo?

— ¿Qué te sucede, Kagome?

Era la voz de Inuyasha. Echa un ovillo como estaba en la cama de canapé del cuarto de invitados, mirando hacia la pared, volvió la cabeza sobre el hombro para mirarlo. Su rostro estaba apenas iluminado por la luz que entraba por la puerta abierta desde el pasillo. Aunque no distinguía del todo bien su semblante, le pareció que estaba preocupado por ella. Eso, en cierto modo, le reconfortó.

— Hacías mucho ruido y te removías… — explicó — Por eso vine a verte.

— Creo que necesito tomar un vaso de agua… — dijo respirando entrecortadamente — No me encuentro muy bien...

— Déjame comprobar eso… — le tocó la frente — ¡Estás ardiendo!

— No sé qué me pasa... me duele mucho el vientre…

Empezaba a preocuparse de verdad. Encendió la luz de la lámpara de la mesilla y la examinó. Kagome tenía la cara roja cubierta por el sudor. Tenía muy mal aspecto. Horas antes, cuando la llevó hasta el dormitorio de invitados decepcionado por su evidente poca disposición para su próximo asalto, juraría que solo tenía un cierto mal estar. No imaginó que su estado empeoraría tanto y tan rápido. Se acostaron sobre las doce y media y eran las cinco de la mañana.

No estaba seguro de lo que tenía que hacer. Con Kamui no habría dudado ni un solo instante, pero Kagome no era su hija, era diferente. No tenía forma de pedir un médico de familia a domicilio; eso era algo que solo los padres podían hacer. ¿Y qué diría si la llevaba a urgencias? Era un hombre adulto con una menor que no era familiar suyo durmiendo en su casa. Nadie le creería si decía que era la niñera. ¿Debería llamar a los padres? Podía coger el número de su teléfono. ¡Claro que tenía que llamarlos! Él querría que lo llamaran inmediatamente si su hijo estaba enfermo. Llamaría a los padres y llevaría a Kagome a urgencias. Se encontrarían allí.

Con la decisión tomada, cogió el móvil de Kagome y estaba navegando por su directorio cuando ella apartó el nórdico y las sábanas, evidentemente acalorada. Entonces, lo entendió todo. El alivio fue tan grande que al fin dejó de contener el aire. Kagome no tenía nada grave, ni anormal. De hecho, aquello era lo más normal del mundo o eso le pareció a él. Kagome no estuvo de acuerdo. En cuanto vio la sangre, se sentó abruptamente sobre la cama y empezó a balbucear cosas ininteligibles.

— Cielo, tranquila. — utilizó el mismo tono que con su hijo cuando estaba enfermo — ¡Y que fuera la primera vez, mujer!

Kagome lo miró espantada. En seguida supo que sí era la primera vez. A Kagome le acababa de bajar la regla por primera vez en su casa. Lo peor era que no parecía comprenderlo del todo. ¿No les enseñaban esas cosas en el colegio? ¿No había hablado del tema con su madre? Aunque claro, asistía a un colegio pijo, donde, seguramente, el sexo y todo lo relacionado con ello, incluido un tema como la menstruación, era tema tabú. Aunque la madre debería haber hablado con ella, ya estaba bastante crecida. ¡Kagome tenía quince años!

Lo que estaba claro era que él en ese momento debía demostrar paciencia y serenidad para que ella no se pusiera más nerviosa. Kagome necesitaba un hombro sobre el que apoyarse y, ¿quién sabe? A lo mejor con eso se ganaba los puntos que necesitaba.

— Tranquila, supongo que no esperabas esto. — la ayudó a levantarse — ¿Por qué no vas a darte una ducha? En el botiquín tienes antiinflamatorios para el dolor. Yo, mientras tanto, bajaré al Open Core que está aquí abajo y compraré lo que necesitas.

— Y-Yo...

— No digas nada, sé lo vergonzoso que es esto para ti. — le acarició el cabello con ternura — A mi hermanastra, Rin, le bajó la regla a tu misma edad y también en mitad de la noche. Yo era el único que estaba en la casa, así que no es la primera vez para mí.

Kagome sonrió al saber que Inuyasha tenía cierta experiencia en el asunto y lo siguió hasta el cuarto de baño, donde él la dejó para que se aseara. La verdad era que empezaba a sentirse mejor desde que supo lo que le estaba sucediendo. Se había llevado una buena sorpresa, sin duda alguna, pero se las apañaría. Además, Inuyasha sabía lo que hacía. Esperaba que su primera regla fuera en casa y que su madre la ayudara. Como a los catorce años aún no le había bajado, la verdad era que se olvidó por completo de que eso justamente tenía que suceder. Se alegraba de que hubiera sucedido con Inuyasha a pesar de lo vergonzoso que le estaba resultando. Él había sido tan tierno que le hizo sentirse mejor.

Mientras tanto, Inuyasha se vistió en su propio dormitorio para salir a toda prisa. En realidad, no le contó a Kagome toda la verdad sobre lo sucedido con su hermanastra esa noche. Sí le bajó la regla y sí lo gestionó él, aunque no se quedó en eso. Desearía poder decir que fue exactamente lo que su padre habría esperado de él. Al contrario, fue un cabrón. Rin se le insinuó y él se acostó con ella en su estado sobre la cama de sus padres. Después, tuvo que llevarla a urgencias y se sintió como un auténtico hijo de puta. Tras ese incidente, decidió cortar por lo sano, que nunca se repetiría. Además, seguro que Rin ya no querría saber nada de él.

Se equivocó por completo. Rin no permitió que se acabara tan fácilmente. Ella estaba decidida a seguir acostándose con él y no le costó nada convencerlo. Su relación estrictamente sexual duró dos meses en los que se sintió avergonzado de mirar a los ojos a la primera mujer a la que llamó madre mientras se acostaba con su hija adolescente. Decidió terminar con todo cuando se le hizo insoportable recibir el cariño de Izayoi en esas circunstancias y cuando se percató que, a partir de ahí, podría hacer mucho daño a Rin. Su hermanastra no lo aceptó. Estaba cada día más obsesionada con él, más histérica y controladora. Por eso, tomó la decisión de marcharse al fin de la casa de sus padres. Antes de irse, le explicó a Izayoi lo que había sucedido y le suplicó perdón. Izayoi lo perdonó y no dejó de ser su madre para su gran suerte.

Compró todo tipo de compresas de todas las marcas. No tenía ni idea de qué necesitaba ella, así que lo mejor era que escogiera. También le compró un camisón al pasar por esa sección. El pijama de Kagome necesitaba un lavado. A través de una rendija abierta de la puerta, Kagome tomó tímidamente la bolsa con todos los productos. Él se apoyó contra la pared del pasillo y esperó durante unos minutos a que ella saliera. Entonces, la acompañó a su propio dormitorio.

Kagome no dijo ni una sola palabra y se tumbó en su cama obedientemente. No la tocaría, no le haría daño. Solo quería hacer que se sintiera mejor. Por eso, la abrazó contra su pecho y le cantó, tal y como solía cantarle a Kamui cuando era un bebé de unos pocos meses, hasta que se durmió.


En los siguientes días, Kagome fue incapaz de olvidar cómo se había portado Inuyasha esa noche. Fue tan dulce, tan paciente y tan detallista con ella que se sentía incapaz de volver a verlo como un salido. Él era mucho más que eso. Además, ¿qué hombre trataría con tanto esmero a una mujer de la que solo quería obtener sexo? Cada vez estaba más convencida de que entre ellos podría haber una relación, algo serio de verdad, algo con futuro. De hecho, deseaba que así fuera. De una forma u otra, Inuyasha había logrado su objetivo. Estaba enamorada de él. Tan enamorada que apenas podía contener los suspiros cuando pensaba en él.

Las tornas habían cambiado y el juego también. Ya no iba a jugar al escondite con él, no le iba a hacer la cobra, ni a huir. Con un hombre al que amaba, sí que podía acostarse. Deseaba hacerlo. Esa parte de ella había despertado gracias a él; eso debía ser una señal. No acostarse con el único hombre que le había atraído en toda su vida sería una soberana estupidez. No le importaba que él fuera mayor, ni con cuántas mujeres estuvo antes que con ella. Lo único que le importaba era que, de ahí en adelante, solo estaría con ella. Además, no estaba mal eso de contar con un hombre experimentado. Tampoco le importaba que tuviera un hijo; adoraba a Kamui.

Se acostaría con él, saldrían juntos, se casarían en el futuro y serían muy felices. Nada podía fallar. Ella lo amaba y estaba segura de que él a ella también. El problema era que a los hombres les costaba más que a las mujeres darse cuenta de esas cosas. Por eso, sería muy paciente y le ayudaría a descubrirlo. ¿Cómo serían sus hijos? Seguro que guapísimos, como el padre.

Aunque le encantaba pensar en su futuro juntos, decidió que, por el momento, era más inteligente centrarse en un futuro más cercano. La regla por fin había finalizado por completo el día anterior y ya estaba completamente lista para mantener relaciones sexuales. Sonrió al recordar la cara que se le quedó a su madre al comunicarle que ya había tenido su primera menstruación. Se quedó sin palabras. Al igual que ella, había terminado olvidando que eso era algo que debía suceder tarde o temprano.

Sonrió al pensar en esa noche. Era viernes y se quedaría a dormir en casa de Inuyasha, a poder ser en su cama. Su madre creía que pasaría la noche en casa de Yuka en una Pijama Party. Ya lo había planeado todo con sus amigas para que la cubrieran de ser necesario. No les dio información muy concreta sobre Inuyasha por lo arriesgado de descubrirlos, pero les dio información lo bastante jugosa como para que no intentaran sonsacarle nada más. Inuyasha, por otra parte, todavía no sabía que se quedaría a dormir en su casa aunque no creía que le disgustase en absoluto.

Había planeado todo meticulosamente para esa noche. Llevaba una bolsa con ropa en una mano y la mochila colgada en la espalda. En la bolsa de ropa, había metido su conjunto de lencería más matador con una diminuta mini falda y una camiseta muy sexi. En la mochila llevaba la excusa perfecta para captar la atención de Inuyasha en forma de ejercicios extra de matemáticas. Se acercaría a él con la excusa de que necesitaba ayuda para completar los ejercicios y lo seduciría. Con esa idea en mente, subió al coche junto a él y sonrió con anticipación.

Quería ser suya costara lo que costase. Ese hombre se le había metido debajo de la piel y en el centro del corazón. Ya no había marcha atrás posible; ya no tenía miedo. Se entregarían el uno al otro como en las películas románticas. Si se sentía tan bien como en las películas aparentaba, sería fabuloso. No podía esperar a que él la tocara.

Se cambió de ropa nada más llegar. El conjunto de lencería negro repleto de encajes y transparencias que le había regalado su tía, alegando que la necesitaría cuando llegara su noche, le venía perfecto para ocasión. La falda era tan mini que resultaba indecente por lo que tendría que tener cuidado con Kamui. La camiseta color beige dejaba al descubierto parte de su vientre y su ombligo, los brazos, ya que era de tirantes, y se ajustaba a su figura con un escote en v que dejaba adivinar el nacimiento de su pecho. Frente al espejo se planteó si no era demasiado. ¿Daba la sensación de que estaba buscando guerra? ¿Y no era eso lo que quería?

Se recogió el cabello en dos largas trenzas. Después, se sentó con Kamui a hacer los deberes hasta que llegara la hora de pedirle ayuda a Inuyasha.

— ¿Cómo se hace esto, Kagome?

Era un problema de matemáticas muy sencillo. Maldijo mentalmente a quien inventó las matemáticas una vez más. El problema de Kamui era tan fácil que hasta ella, que había conseguido aprobarlas hasta el momento muy raspada, sabía resolverlo. Pensó que todo sería más fácil si tuviera la edad de Kamui. ¡No, de eso nada! Siendo más pequeña todavía, habría perdido la oportunidad de conocer a Inuyasha, de que fuera suyo. Prefería estar tal y como estaba.

En cuanto Kamui terminó los deberes, lo sentó en el salón con su consola. Eso lo mantendría lo bastante idiotizado como para no fijarse en cómo ella seducía a su padre al otro lado del salón. Cogió su libro de matemáticas y atravesó el pasillo hasta llegar a la última puerta, donde se encontraba el despacho de Inuyasha. No quería molestarlo si estaba trabajando. ¿Era buena idea pedírselo? Empezaba a desistir cuando la puerta se abrió. Inuyasha se detuvo al verla.

— ¿Sucede algo?

¡Al diablo! Ella lo necesitaba a él mucho más.

— Tengo problemas para resolver los ejercicios de matemáticas… — le mostró el libro — ¿Me ayudas?

Inuyasha accedió a ayudarla en seguida. Le pidió que se fuera preparando mientras él guardaba unos cuantos documentos y apagaba el ordenador y fue al salón. Tras comprobar que todo estaba en orden con Kamui, se sentó a su lado, tomó el libro y comenzó a explicar. A pesar de lo buen profesor que era Inuyasha, ella apenas pudo escucharlo ese día. No podía dejar de mirarlo y de imaginarlo sin ropa. Nunca había visto a un hombre completamente desnudo. Se hacía una idea de cómo era, vio a su hermano de bebé, pero, de ahí, a verlo en vivo y en directo en un hombre adulto, había un trecho.

Se mordió el labio inferior con anticipación. Quería tocarlo, por todas partes, aunque eso le hiciera sentirse avergonzada. No podía estar mal acariciar a la persona amada, ¿no?

— Kagome, ¿me estás escuchando?

— ¿Eh?

No lo estaba escuchando. Bueno, sí lo hacía. Oía su voz suave y ronca, pero no atendía a lo que estaba explicando. Él tenía una voz preciosa. Tenía la voz de un hombre que haría suspirar a una mujer. ¿Cómo se escucharía cuando le susurrara mientras le hacía el amor? Lo que sí tenía claro era que cuando cantaba se escuchaba como si fuera un ángel. Así, de hecho, debían cantar los ángeles. Le encantaba.

Su mirada se dirigió inmediatamente hacia sus labios, deseosa, exigente. Quería besarlo de nuevo, que él la besara. Inconscientemente, se lamió el labio inferior en una sutil invitación. Inuyasha se removió incómodo en el sofá, como si hubiera entendido a la perfección lo que ella quería. ¿Y por qué no la besó? ¿No era eso lo que él quería? Un grito de Kamui tras matar a un enemigo en la consola le indicó muy claramente el porqué. La próxima vez tendría que hacerlo cuando estuvieran solos. Allí, podía hacerlo sudar, pero no lanzarse. Su plan no tendría un éxito completo hasta que Kamui estuviera en la cama.

— ¿Qué ha sido lo último que he dicho?

— No sé qué de los vectores... — respondió sin ningún interés.

— ¡No, no y no! — exclamó frustrado — ¡Kagome, tienes una capacidad de atención increíblemente reducida! — le señaló la hoja del libro — Estamos en el siguiente tema. Los vectores ya están pasados.

— Lo siento — murmuró en verdad arrepentida por haberle hecho perder el tiempo — Yo y las mates no nos llevamos bien, así que me distraigo con nada.

— Ya veo.

— ¿Te importa que vaya al cuarto de baño a refrescarme? Quizás así piense mejor…

Asintió con la cabeza totalmente de acuerdo. Kagome necesitaba despejar de pájaros la cabeza o iba a repetir como una condenada por la asignatura de matemáticas. No sabía cómo había sobrevivido durante tantos cursos con una competencia matemática tan reducida. Tampoco la culpaba. Era bien sabido que la enseñanza de las matemáticas era un desastre. Solo unos pocos con una competencia mucho más desarrollada que otros en dicha asignatura lograban sobrevivir. También entendía a los profesores. Enseñar matemáticas no era una tarea fácil.

Kagome regresó en seguida con el ánimo levantado. Al sentarse, su pecho quedó a muy poca distancia de su rostro durante unos instantes. ¿Qué había sido eso? ¿Y por qué llevaba esa ropa tan sexi? El sujetador negro se podía adivinar bajo la camiseta. Se limpió el sudor de la frente angustiado. Tenía que centrarse.

No pudo volver a centrarse. Para la hora de la cena, creía que estaba a punto de reventar. O se acostaba con Kagome o tendría que meterse hielo en los calzoncillos. Kagome cocinó para ellos. No habían acordado hasta qué hora se quedaría ella allí, ni si dormiría allí, nada. De todas formas, a él no le molestaba en absoluto la presencia de la joven en su casa. Estaba deseoso de que se quedara a "dormir". Fuera como fuese, la convencería para que se quedara y sería suya.

Cuanto más tiempo perdieran, sería peor. En cuanto terminaran de cenar, tenía que enviar a Kamui a la cama. Con su hijo pululando por la casa, no podía intentar ningún avance. Con esa idea en mente, probó la ensaladilla rusa. ¡Estaba deliciosa! No sabía que Kagome cocinara tan bien. Seguro que ella tuvo una buena madre que le enseñó a hacer ese tipo de cosas. Kamui y él no fueron muy afortunados en eso precisamente. Su madre biológica podía pudrirse en el infierno. De Kikio era mejor ni hablar. Admitía que la segunda esposa de su padre supuso una gran mejoría, aunque ya era tarde para él. Había ciertas cosas que se perdieron en el tiempo.

En cuanto Kagome se levantó para recoger los platos, decidió que era el momento.

— Hora de irse a la cama, Kamui.

— ¿Tan pronto? — se quejó — ¡Si es viernes!

— Ya son las nueve y…

— Pero…

— ¿No me has oído? — lo incitó a levantarse la silla — Ve inmediatamente a prepararte para dormir.

Esperaba no haber sonado demasiado duro, ni demasiado ansioso porque se fuera a dormir. Si era así, Kagome ni pestañeó. Se ofreció a recoger en vista de que ella había cocinado y la envió con Kamui a ayudarlo a prepararse para ir a la cama. Recogió tan rápido que cuando entró en el dormitorio de su hijo, todavía no se había metido en la cama.

— ¿Ya te has lavado los dientes, Kamui? — le preguntó Kagome.

— Sí. — se los mostró — ¿No me puedo quedar un poquito más?

Debió suponer que intentaría mendigar a Kagome. Se dispuso a intervenir cuando ella habló.

— Ya has oído a tu padre. — lo metió en la cama — Además, tienes que descansar bien.

— Pero yo no tengo sueño...

— Ya verás cómo en seguida te viene el sueño. — lo besó en la frente — Buenas noches.

— Buenas noches. — murmuró el niño bostezando.

Fue su turno de despedirse de su hijo, el cual, a pesar de jurar y perjurar que no tenía sueño, bostezaba ruidosamente y le costaba mantener los ojos abiertos. Los niños eran tan contradictorios a veces. Hizo las comprobaciones de cada día para asegurarse de que no hubiera ningún monstruo y se sentó en la cama junto a su hijo. Parecía disgustado con él, pero sabía que lo perdonaría. Le dio un beso en la frente y se despidió hasta el día siguiente antes de cerrar la puerta.

Le entraron las prisas. En ese tiempo, Kagome perfectamente podría haberse marchado. Esa no sería la primera vez que se oliera sus intenciones y huyera de él. Sin embargo, cuando entró en el salón, ella estaba allí guardando sus libros dentro de la cartera del instituto. Suspiró aliviado de no haberla perdido. Esa noche no se le podía escapar porque, por primera vez desde que se conocían, la había notado receptiva. Sería un completo idiota si desaprovechaba esa oportunidad. Kagome pasaría la noche en su casa y punto.

Tomada esa decisión, caminó hacia ella sin emitir un solo ruido que la alertara de su presencia y la abrazó desde atrás, rodeándola con sus brazos por debajo del pecho. Su espalda quedó pegada a su torso y su cabeza bajo su barbilla. Aspiró su aroma enardecido por él.

— Kagome... — musitó — Hueles tan bien...

— Inuyasha...

— Shhhhhhhhh… — la silenció — Estás muy mona con estas trenzas… — murmuró agarrando una — pero me gustas más con el cabello suelto…

Le deshizo una trenza pacientemente y luego otra, satisfecho porque ella no se lo impidiera. Eso tenía que ser una buena señal. Dejó caer su larga melena rizada sobre sus hombros y tomó un rizo con el que jugueteó. Tenía un cabello precioso. Alzó el rizo que tenía entre los dedos y lo olió. No sabía qué demonios le sucedía con Kagome. Nunca lo había excitado tanto una sola mujer.

— Kagome... ven a mi cama...

Se sintió abrumada por su propuesta. Sabía que él deseaba aquello, siempre lo dejó muy claro y ella se había preparado exactamente para eso, pero, aun así, la tomó por sorpresa, como si fuera la primera vez que se lo propusiera. No esperó a que ella contestara. La levantó en brazos, asumiendo acertadamente que ella aceptaba su proposición, y la llevó a su dormitorio. Una vez allí, la dejó en el centro de su enorme y comodísima cama de matrimonio. Una cama que ella ya había tenido el gusto de probar anteriormente debido al asalto inesperado de su primera regla. Ese día, probaría el colchón de una forma un tanto diferente.

— ¿Inuyasha?

— Tranquila, no te pasará nada. — murmuró contra sus labios — Seré muy suave…

Suspiró aliviada y dejó que Inuyasha la besara. Al principio, fue un beso dulce y tierno que con el paso del tiempo se tornó apasionado y salvaje. Sus lenguas bailaban entre ellas, acariciándose ferozmente. Era un beso húmedo y muy caliente. Tanto que sintió cómo le ardía el bajo vientre exigiendo algo que ella aún desconocía. Supuso que Inuyasha se sentiría de forma similar a juzgar por la dureza de la protuberancia masculina que se apretaba contra ella.

Los botones de la camisa de Inuyasha salieron volando en todas las direcciones cuando el tiró de ella con violencia. La camisa los siguió instantes después. Luego, él la ayudó a sentarse, agarró el borde de su camiseta y tiró de ella para sacársela por encima de la cabeza. Volvió a ser empujada contra el colchón e Inuyasha se tumbó sobre ella en contacto con su piel. Sus torsos solo estaban separados en ese instante por su sujetador, el cual sospechaba que no tardaría en desaparecer. Sintió timidez. ¿Y si a Inuyasha no le gustaba cuando la viera desnuda? No quería decepcionarlo.

Mordisqueó su cuello bajo la oreja en esa zona tan sensible y le miró los pechos desde esa posición, deseoso. No sabía de dónde había sacado Kagome esa ropa interior tan sexi, ni con qué intención la obtuvo, pero le encantaba. El sujetador estaba tan prieto y le levantaba tanto el pecho que parecía que en cualquier momento iba a reventar, dejándolos escapar de su prisión. ¿Por qué esperar tanto? Él mismo la liberaría antes. Había esperado demasiado para ese momento.

Se escuchó el clic del sujetador al abrirse el broche. Con delicadeza para no estropear la receptividad de Kagome, le sacó cada tirante con ternura y apartó la prenda. Tal y como la imaginó. Senos suaves, proporcionados, redondeados y altos, coronados por aquellas magníficas puntas rosadas que lo llamaban a gritos. Incapaz de resistirse a su llamada, inclinó la cabeza y besó uno de ellos. Kagome tembló. Lamió la punta de forma circular con la lengua. Kagome gimió. Enardecido por su respuesta, abrió los labios y lo tomó entre ellos succionando la delicada piel. Entonces, Kagome se arqueó contra él, maravillada.

Aquello era como estar en el cielo. Al escuchar los gemidos de Kagome, sintió que iba a desfallecer. Kagome tenía la capacidad de bajar todas sus defensas a cero. Se cambió de un pecho a otro y usó sus dedos para continuar estimulando aquel que acababa de abandonar. Oír los gemidos de Kagome lo encendía hasta límites insospechados. Nunca se había sentido tan estimulado con tan poco. Aquello solo era el principio de los preliminares.

Necesitaba beber de sus labios. Volvió a tomar su boca en un apasionado beso que ella le respondió con tanto fervor que lo dejó sin aire. Eso era justamente lo que quiso de ella desde el principio. Quería que lo deseara tanto que no pudiera pensar, que no controlara sus impulsos, que no fuera capaz de hacer nada que no fuera revolcarse con él. Al fin sus esfuerzos habían dado frutos. Kagome era toda suya incondicionalmente. Ni Dios podría separarlo de ella en ese instante. Bueno, quizás, Kamui sí, por lo que rezó internamente para que el niño estuviera bien formal esa noche.

Descendió de nuevo a su pecho mientras una mano ascendía lentamente por la suavidad de su muslo. La acarició arriba y abajo durante un tiempo, ascendiendo cada vez más, tomando más hasta que, finalmente, sus músculos se relajaron y el duro cierre de sus muslos se aflojó. Entonces, su mano encontró la cara interna de los muslos y ascendió hasta dar con su mismo centro, donde ella lo esperaba caliente y dispuesta. La acarició primero sobre la ropa interior para luego deslizar su mano dentro, donde lo aguardaba la humedad, prueba de que ella lo deseaba. Lentamente, comenzó a frotar el centro del calor, ese lugar tan diminuto y tan erógeno al mismo tiempo. Necesitaba más.

Al apartar la mano, Kagome protestó. Sonrió ante su enérgica protesta y le desabotonó la falda que luego salió volando. Las bragas también salieron volando. Le abrió las piernas de un tirón y la tomó con su lengua, tal y como había fantaseado en numerosas ocasiones. Ella sabía tan bien y estaba tan húmeda que sintió un espasmo en la entrepierna. No le urgía tanto un polvo desde que era un adolescente descontrolado y sexualmente hiperactivo. Kagome no dejaba de mover las piernas por lo que tuvo que agarrárselas y la obligó a estarse quieta para que, en vez de resistirse al orgasmo, tal y como estaba haciendo, disfrutara de él de una buena vez.

Se convulsionó al sentir esa oleada de placer hasta entonces desconocido para ella asaltarla de arriba abajo, tomando cada rincón de su cuerpo. Al principio, se había escandalizado cuando Inuyasha posó sus labios en ese sitio, pero en seguida lo deseó justo ahí para siempre. Se sintió tan plena y tan excitada que gritó. Ninguna película era tan buena como para expresar aquello. Por fin supo que esas escenas sexuales censuradas que habían servido como ejemplo hasta entonces, no representaban ni una mínima parte de la realidad. Aquella sensación no podía ser entendida hasta que uno la experimentaba.

Inuyasha se incorporó en la cama y se desabrochó el cinturón del pantalón. Estaba decidido a ayudarlo y a devolverle lo que le había dado. Se sentó y lo ayudó con los botones de la bragueta, decidida. Quería verlo y tocarlo, tal y como él hizo con ella. Lo que para entonces había sido terreno desconocido para ella, tomó forma. Siempre había supuesto cómo sería por lo poco que vio de su hermano cuando le cambiaba los pañales de bebé. En ese momento era tan real y tan maduro que tragó hondo. No se imaginaba mirando en ese estado a cualquier hombre, solo a Inuyasha. Él era tan grande, tan fuerte y tan hermoso. Debería estar prohibido que un hombre fuera tan perfecto.

No sabía exactamente qué hacer. Lo tocó con timidez, sorprendida por su reacción y dudosa. Inuyasha se apiadó de ella y le enseñó cómo acariciarlo, dónde, en qué momento seguir o parar, qué no debía hacer y cómo funcionaba. Se lo explicó todo con suma paciencia. Finalmente, lo tomó entre sus labios, impaciente por saberlo todo. Ya conocía su tacto, ¿por qué no su sabor? Inuyasha dio un respingo aunque no la detuvo. La animó con palabras apasionadas y le acarició el cabello mientras ella lo saboreaba.

Instantes después, sin haber terminado, la empujó sobre la cama y acarició su clítoris con una mano. A continuación, introdujo un dedo que le resultó molesto durante unos instantes. Otro dedo lo siguió.

— Intento prepararte. — se explicó — Te va a doler un poco al principio…

— Lo sé…

La presión de sus dedos desapareció al tiempo que Inuyasha se tumbaba sobre ella sin cargar todo el peso de su cuerpo sobre ella. Se apoyó en un brazo y su mano se situó entre los dos para ayudarse a entrar en ella. Kagome se abrazó a su cuello al sentir cómo se iba adentrando en ella. Se le humedecieron los ojos; inconscientemente, le clavó las uñas en la espalda e intentó no parecer una cobarde mientras el dolor se agudizaba a medida que él avanzaba. Le temblaban las piernas.

Inuyasha se detuvo cuando, tras romper la barrera del himen, se introdujo por completo en ella. Sintió tanto placer que habría terminado en ese instante de no ser por los temblores de Kagome. Ella estaba incómoda.

— Si quieres parar, dímelo...

Hasta él mismo se sorprendió por sus palabras. No solía hacer esa clase de concesiones con ninguna mujer. Mucho menos con una que lo estaba volviendo loco por el deseo.

— No, sigue, por favor...

— ¿Estás segura? — preguntó contra sus labios.

— ¡Sí!

Dio gracias al cielo a que ella no se echó atrás a pesar de todo. A fin de cuentas, el daño ya estaba hecho, porque se saliera y lo dejaran, no iba a cambiar nada. Sin embargo, sí podía hacérselo más fácil encendiéndola de nuevo. Con ese pensamiento en mente, se inclinó sobre uno de los pezones y lo lamió con cariño. También utilizó los dedos en su centro, justo en ese lugar en forma de perla que tanto placer le causaba. Kagome reaccionó arqueándose contra él. Ese era el momento.

Primero se movió despacio, lentamente, disfrutando de cada embestida mientras se hacía hueco dentro de ella y le daba el tiempo y el espacio suficiente para recuperarse de la primera y dolorosa embestida. A medida que su respuesta se volvió más apasionada, el ritmo de sus embestidas aumentó hasta descontrolarse por completo en un cúmulo de empujones violentos y salvajes que solo buscaban la más plena satisfacción física. Cuando supo que estaba a punto de culminar, deslizó una mano entre los dos y se aseguró de que ella culminara con él.

Alcanzó el orgasmo más placentero y pleno de toda su vida. Tanto que se quedó sin aire durante unos instantes y lo recuperó abruptamente como una sacudida en el pecho. Se dejó caer sobre ella, cargando parte de su peso en sus brazos y apoyó la frente perlada en sudor contra la suya. Al fin tenía lo que tanto había deseado y lo volvería a tener una vez tras otra. Después de haberla probado y saber cuan buena era, sería muy difícil llegar a cansarse de ella.

— ¿Cómo estás, pequeña?

— Bien, creo…

Sonrió ante su tan ambigua contestación y rodó a su lado para luego arrastrarla con él. Después, le cantó.

Continuará...